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Por fin, un día, terrible día, no lo recuerdo sin temblar, cayó
sobre mi cabeza el rayo; pero el rastro de luz de que gocé al
sentirme herido, ilumina e iluminará para siempre el cuadro sombrío
de mis recuerdos.
Máximo había salido de un violento acceso de delirium tremens y
empezaba ya a recobrar la razón y tranquilizarse. Eran las seis de
la mañana. Yo había venido muy temprano, y me hallaba al lado de
una ventana entreabierta, respirando el aire fresco de la mañana.
Mercedes había velado casi la noche entera, y se dormitaba en un
sillón, al lado opuesto y cerca de la cabecera del enfermo. De
repente escucho un gemido sordo, volteo la cara y miro el rostro de
Máximo amoratado, los ojos entreabiertos, que se inclina
pesadamente dejándose deslizar inerte de la almohada sobre el
lecho. Me acerco, aplico el oído al corazón, que no palpita;
levanto los párpados, el ojo está hondamente cruzado por una red de
venas sangrientas. Saco rápidamente la lanceta y le abro la arteria
temporal, de la que se escapan lentas gotas de sangre espesa y
negruzca. La verdad me asaltó instantáneamente; Máximo estaba
muerto.
¡Muerto al fin!
Apoyéme trémulo en la barandilla de la cama de bronce y casi
maquinalmente volví los ojos a la viuda. Su arqueado pecho se
elevaba en tranquila aspiración. Ya no era la tierna joven de
quince años atrás. El dolor había dado a sus facciones cierta
gravedad beatífica. Sus mejillas hundidas revelaban la seriedad de
quien ha llorado y meditado mucho.
¡Pero, cuán hermosa me parecía entonces en su tranquilo
sueño!
Ella no sabe que ya está
|libre, me dije para mí; y
|libre repetían mis labios con voz apenas perceptible, pero
que sonaba en mi corazón como la voz alegre del clarín que anuncia
la victoria.
Familiarizado con la muerte, el cadáver no despertaba emociones
de solemnidad en mi ánimo: vagamente cruzaron por mi mente
aquellas palabras del Evangelio: «dejad a los muertos que entierren
a sus muertos», y me olvidé del hombre muerto, para pensar sólo en
la mujer viva.
Quise prolongar esa ignorancia de lo que yo consideraba tan
grande dicha, y con cautela me arrodillé a las plantas de Mercedes,
apoyando el brazo sobre la cama, y me puse a contemplarla...
temblando; pero temblando de emoción y de placer; de infinito
placer, como jamás me imaginé poder sentirlo.
Recobróse a poco, fijó en mí sus bellos ojos, en los que me
pareció ver reflejarse la dicha que sin duda irradiaba de mi
rostro. Luego, admirada, me preguntó ruborosa y con voz tímida:
¿qué es esto, doctor?
Por toda respuesta volví los ojos al cuerpo de Máximo; ella se
levantó e iba a inclinarse sobre él, cuando acerqué mis labios a su
oído y le dije:
|muerto.
Ella dio un grito, se llevó las manos a la frente y cayó de
rodillas sollozando.
¡Incomprensible corazón humano! Sentí celos y despecho al
escuchar sus gemidos. Me parecían un insulto. Ya yo me consideraba
como el dueño. Aquel
|yo que por quince años había mantenido
siempre a la distancia, atado al poste del deber, en el fondo del
alma, sin dejarle respirar siquiera; aquel
|yo, amante y
entusiasta que por tanto tiempo había vivido en el calabozo de la
disimulación y la frialdad, había roto de repente sus cadenas,
saltado vigoroso y exigente a la mitad del camino, y allí estaba,
lleno de fuerza y de soberbia, de sed de amor.
Y la fuente estaba también allí, a mis plantas, pura,
cristalina, deslizándose juguetona por entre las ramas y los
guijarros del bosque.
Mi cabeza se perdía... sentía como que el mundo visible se
borraba todo de repente; que una oscuridad solemne invadía el
universo y que sólo quedaba un ser iluminado, Mercedes... que no
sé cuándo ni cómo, sufría el enlace elástico de mis brazos amantes
que la estrechaban contra el corazón agitado. Sé que mis labios
secaron materialmente sus lágrimas, que mis dedos acariciaron los
rizos de su frente... Me imagino creer que en aquel éxtasis divino
sus labios buscaron una vez los míos y que hubo un momento en que
dejando de ser pasiva, los brazos de mi amada me estrecharon.
-¿Fue así? Yo no lo sé bien.
¿Cuando el cuerpo ardiente y fatigado se sumerge en fresco y
perfumado baño, contamos acaso las gotas de agua y sentimos cuál
refresca el pie y cuál el pecho?, no; el recuerdo es una sola
sensación de bien.
Así fue aquello para mí; una ola, un lago, un mar de amor en que
me sumergí un momento.
No sé que más promesas le hice de eterno amor, ni cómo le rogué
que me aceptara por esposo, ni cuántas dulces amantes expresiones
de ternura le deslicé en el oído; pero sí recuerdo que mi corazón
desbordó en las emociones por tantos años comprimidas.
-¡Mi suegra!, oigo de repente que grita Mercedes, separándome,
aterrada, con las manos.
Vuelvo la cabeza y miro a doña Catalina que penetra en la pieza,
envuelta en un peinador de muselina.
-¡Infames!, gritó con voz vibrante. ¡Infames, traidores, dejan
dormir a mi pobre hijo para venderlo así!... Máximo, Máximo, añadió
corriendo hacia la cama.
Pero no pudo continuar. La apariencia del infeliz contaba por
sí sola la triste realidad. La pobre mujer se lanzó sobre él: por
un momento como que se olvidó de nosotros en medio de sus
sollozos.
Pero luego, como iluminada por una idea diabólica, con los puños
cerrados y los ojos dilatados, se vino hacia nosotros.
-¡Asesinos, gritó, adúlteros y asesinos! Lo han traído aquí para
envenenarlo lentamente, y cuando todavía no está frío el cadáver ya
lo profanan.
No sé qué más dijo en su elocuente furor. Habló del juez, de
denunciarnos a la autoridad. Dijo que ella ya sospechaba el crimen
hacía tiempo... qué sé yo que más horrores le sugirió su amor
maternal herido, ayudado por su imaginación febricitante.
Mas, cuando en su loco desvarío acusó a Mercedes de conspirar
contra la vida de su marido y de venderlo, aquella, ya tranquila,
lívida, pero sublime en su indignación, le dijo:
-Mentira, calumnia infame. El doctor ha sido el más fiel y más
constante amigo de su hijo. Usted miente delante de Dios. El ve
que el doctor y yo somos inocentes; lo juro aquí sobre este
cadáver. El doctor ha sido imprudente, loco, es cierto; pero no
criminal. Cuando él me habló de amor por la primera vez de su vida,
hace pocos minutos, ya yo estaba viuda, ya yo era libre, como lo
soy en este momento.
Yo había quedado paralizado por las palabras de doña Catalina,
que penetraron como la hoja de un puñal hasta el fondo de mi
corazón. Pero la generosidad de Mercedes despertó la mía, y dije
con voz segura:
-El padre de Máximo era como él, un ebrio consuetudinario: la
mujer con quien se casó juró en el templo acompañarlo, amarlo y
servirlo; pero lo abandonó cobardemente, y lo dejó morir en tierra
extraña, en un hospital de locos. Mercedes, en vez de seguir el
ejemplo de usted, que se muestra tan airada, ha padecido en
silencio quince años, soportando los insultos y los ultrajes de un
hombre tan corrompido en el alma como en el cuerpo. ¿Qué derecho
tiene usted de hablar? ¿Cómo acusa usted, egoísta y perjura, a esta
santa mujer, víctima inocente de los vicios de su hijo? ¡Silencio!,
le grité imperiosamente... Silencio!
Y como viese que ella quería encaminarse a la puerta, la tomé
del brazo, y la hice sentar por la fuerza en un sillón.
Confieso que me pesaba herir así el dolor de una madre por
irracional que fuera; ¿pero qué podía hacer? Era preciso evitar a
todo trance que diese pábulo a su insensato furor delante de los
criados, y que la atroz acusación circulase fuera de aquel
recinto.
Mi energía, la súbita revelación que le hice y el tono de mi voz
la aterraron realmente, y sin poder derramar lágirmas escondió su
cabeza entre las manos.
Pocos momentos pasaron. Mercedes se me acercó y, tomando mi mano
entre las dos suyas, me dijo en voz, alta:
-Doctor, le suplico que monte y vaya al lugar, a disponer lo
necesario para el entierro, que tendrá lugar mañana a las diez. No
pierda usted tiempo. Adiós.
Su voz era imperiosa en su dulzura; así es que dudando si
debería obedecerla, no por eso dejé de inclinarme, le dije
|adiós también con voz entrecortada, y me retiré.
La generosa defensa que ella había hecho de mí, la cariñosa
mirada con que me despidió y el cordial apretón de sus manos de
niño, todo me hacía esperar que el desenlace sería lisonjero, y
atravesé la distancia que separaba la hacienda de la población con
el corazón ligero y el ánimo entusiasta.
Bien lejos estaba, sin embargo, de pensar que aquel adiós, tan
descuidadamente pronunciado, habría de ser eterno.
Al otro día, al amanecer, llegó a casa un muchacho a caballo,
trayéndome la siguiente carta de Mercedes:
"¡Amigo mío, mi fiel y tierno amigo!
Son las tres de la madrugada y hasta este momento puedo recoger
mis pensamientos para escribirle estas líneas. Doña Catalina se
repuso pronto del estupor, y ha vuelto a las más violentas
acusaciones, con una mezcla de dolor y de irritación que me hacen
temer por su razón. Desde los primeros momentos yo he prometido lo
que acaso ya usted presiente en mi vida, perpetuamente contrariada
y destinada a no gozar de felicidad jamás. Le he prometido que
usted y yo no nos casaríamos. Este sacrificio lo hice en mi
corazón desde que desperté del momento de olvido en que la
impetuosidad de su ternura me sumió, acabando de expirar mi marido.
Entonces comprendí que había quedado viuda dos veces: en el alma y
en el cuerpo. Le confieso que en lo íntimo de mi sor algo me ha
dicho desde entonces que aquella (perdóneme la expresión, pero el
momento es solemne), aquella... profanación exigía de mí una
expiación perdurable; y me resolví a apurarla, y me impaciento por
consumarla, como lo hago en esta carta que envuelve mi corazón
hecho pedazos.
Usted me preguntará si yo tengo derecho de arrastrarlo a usted
en mi sacrificio. Ciertamente, si al asegurar su felicidad yo no
asegurara también la mía, usted tendría razón; pero mi
justificación está en la vida que llevaré, viviendo de recuerdos.
Nací con el sello del dolor, y sólo con la muerte escaparé de mi
destino.
¡Perdón!, ¡perdón mil veces!, mi noble amigo. Ojalá que yo no le
amara a usted como le amo. Me sería dable entonces recompensar, a
pesar de todo, con mi mano su consagración, su protección y su
interés por esta desgraciada, que sin usted habría apurado mil
tormentos más, superiores a los que le han tocado. Amándole a usted
no puedo ni aun mostrar mi gratitud; porque ella envuelve mi dicha,
y mi deber me conduce a la expiación.
Vuelvo a ver lo que he escrito y no me arrepiento. Sería
imposible soportar la vida llevando dentro de mí un remordimiento
y tal vez una acusación. ¿Qué haría yo si pensara, siendo esposa
suya, que alguien podría acusarme? No espero más que en la muerte,
no lo culpo a usted; al contrario, lo disculpo porque sé leer en su
alma; pero los demás no juzgarán como yo.
Lleve usted el consuelo de que a donde quiera que vaya le
seguirán mis bendiciones. Gracias, gracias mil del fondo del
corazón por tantos beneficios que no puedo pagar.
Conozco su corazón y creo que él me perdona como, sin duda, me
ha perdonado ya Dios, porque él sabe cuánto me cuesta lo que
hago".
Al siguiente día no más me separé para siempre de aquellos
funestos lugares en que no podía vivir. De entonces para acá he
estado esperando la muerte, que ya tarda demasiado en llegar».
Hasta aquí el manuscrito de mi tío.
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Como usted ve, él abunda en ercursos para explotar algunas de
las más dramáticas situaciones del corazón humano.
Pueda ser que haya escritores a quienes llame la atención el
describirlos y formar con ellos una narración ficticia y atractiva
bajo mil conceptos.
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