INDICE

La Serenata

Joaquín Marín

Una Noche de Fiestas

La Docena de Pañuelos

Un Sueño de Dos Colores

El Último Abencerraje o la Trata de Caballos

La Pirámide de Itica-Pol (Viajes por Sur América)

Antiguo Modo de Viajar por el Quindio

Partida del Libertador

Es Mal que Anda

Los Viceversas de Bogotá

La Retreta

Literatura Fosil

Descripción del Puente de Icononzo. Llamado Generalmente de Pandi

Los Artesanos

El Tiempo Vale Dinero

Una Página

¡Lo que Puede un Pie!

Investigaciones sobre algunas Antigüedades

El Paseo Campestre

El Señor Eugenio Díaz

El Alma del Padre Mariño

El Lago de las Serpientes

La Barbería

Las Selvas del Carare

Santafé

La Empleomanía

Un Buque de Vapor

Baile de Sombras

El Desierto de la Candelaria

El Oidor Cortes de Mesa

El Hoyo del Viento

Presentimiento

Noche a Orillas del Meta

La Siembra del Trigo

Reflexiones

El Lazarino

El Manuscrito de mi Tio

Dos Veces Muerto

De Honda a Cartagena

 

Por fin, un día, terrible día, no lo recuerdo sin temblar, cayó sobre mi cabeza el rayo; pero el rastro de luz de que gocé al sentirme herido, ilumina e iluminará para siempre el cuadro sombrío de mis recuerdos.

Máximo había salido de un violento acceso de delirium tremens y empezaba ya a recobrar la razón y tranquilizarse. Eran las seis de la mañana. Yo había venido muy temprano, y me hallaba al lado de una ventana entreabier­ta, respirando el aire fresco de la mañana. Mercedes había velado casi la noche entera, y se dormitaba en un sillón, al lado opuesto y cerca de la cabecera del enfermo. De repente escucho un gemido sordo, volteo la cara y miro el rostro de Máximo amoratado, los ojos entreabiertos, que se inclina pesadamente dejándose deslizar inerte de la almohada sobre el lecho. Me acerco, aplico el oído al corazón, que no palpita; levanto los párpados, el ojo está hondamente cruzado por una red de venas sangrientas. Saco rápidamente la lanceta y le abro la arteria temporal, de la que se escapan lentas gotas de sangre espesa y ne­gruzca. La verdad me asaltó instantáneamente; Máximo estaba muerto.

¡Muerto al fin!

Apoyéme trémulo en la barandilla de la cama de bronce y casi maquinalmente volví los ojos a la viuda. Su arquea­do pecho se elevaba en tranquila aspiración. Ya no era la tierna joven de quince años atrás. El dolor había dado a sus facciones cierta gravedad beatífica. Sus mejillas hundi­das revelaban la seriedad de quien ha llorado y meditado mucho.

¡Pero, cuán hermosa me parecía entonces en su tran­quilo sueño!

Ella no sabe que ya está |libre, me dije para mí; y |libre repetían mis labios con voz apenas perceptible, pero que sonaba en mi corazón como la voz alegre del clarín que anuncia la victoria.

Familiarizado con la muerte, el cadáver no despertaba emociones de solemnidad en mi ánimo: vagamente cruza­ron por mi mente aquellas palabras del Evangelio: «dejad a los muertos que entierren a sus muertos», y me olvidé del hombre muerto, para pensar sólo en la mujer viva.

Quise prolongar esa ignorancia de lo que yo conside­raba tan grande dicha, y con cautela me arrodillé a las plantas de Mercedes, apoyando el brazo sobre la cama, y me puse a contemplarla... temblando; pero temblando de emoción y de placer; de infinito placer, como jamás me imaginé poder sentirlo.

Recobróse a poco, fijó en mí sus bellos ojos, en los que me pareció ver reflejarse la dicha que sin duda irradiaba de mi rostro. Luego, admirada, me preguntó ruborosa y con voz tímida: ¿qué es esto, doctor?

Por toda respuesta volví los ojos al cuerpo de Máximo; ella se levantó e iba a inclinarse sobre él, cuando acerqué mis labios a su oído y le dije: |muerto.

Ella dio un grito, se llevó las manos a la frente y cayó de rodillas sollozando.

¡Incomprensible corazón humano! Sentí celos y despe­cho al escuchar sus gemidos. Me parecían un insulto. Ya yo me consideraba como el dueño. Aquel |yo que por quince años había mantenido siempre a la distancia, atado al poste del deber, en el fondo del alma, sin dejarle res­pirar siquiera; aquel |yo, amante y entusiasta que por tanto tiempo había vivido en el calabozo de la disimulación y la frialdad, había roto de repente sus cadenas, saltado vigoroso y exigente a la mitad del camino, y allí estaba, lleno de fuerza y de soberbia, de sed de amor.

Y la fuente estaba también allí, a mis plantas, pura, cristalina, deslizándose juguetona por entre las ramas y los guijarros del bosque.

Mi cabeza se perdía... sentía como que el mundo vi­sible se borraba todo de repente; que una oscuridad so­lemne invadía el universo y que sólo quedaba un ser ilu­minado, Mercedes... que no sé cuándo ni cómo, sufría el enlace elástico de mis brazos amantes que la estrecha­ban contra el corazón agitado. Sé que mis labios secaron materialmente sus lágrimas, que mis dedos acariciaron los rizos de su frente... Me imagino creer que en aquel éxtasis divino sus labios buscaron una vez los míos y que hubo un momento en que dejando de ser pasiva, los brazos de mi amada me estrecharon.

-¿Fue así? Yo no lo sé bien.

¿Cuando el cuerpo ardiente y fatigado se sumerge en fresco y perfumado baño, contamos acaso las gotas de agua y sentimos cuál refresca el pie y cuál el pecho?, no; el recuerdo es una sola sensación de bien.

Así fue aquello para mí; una ola, un lago, un mar de amor en que me sumergí un momento.

No sé que más promesas le hice de eterno amor, ni cómo le rogué que me aceptara por esposo, ni cuántas dulces amantes expresiones de ternura le deslicé en el oído; pero sí recuerdo que mi corazón desbordó en las emociones por tantos años comprimidas.

-¡Mi suegra!, oigo de repente que grita Mercedes, separándome, aterrada, con las manos.

Vuelvo la cabeza y miro a doña Catalina que penetra en la pieza, envuelta en un peinador de muselina.

-¡Infames!, gritó con voz vibrante. ¡Infames, traidores, dejan dormir a mi pobre hijo para venderlo así!... Máximo, Máximo, añadió corriendo hacia la cama.

Pero no pudo continuar. La apariencia del infeliz con­taba por sí sola la triste realidad. La pobre mujer se lanzó sobre él: por un momento como que se olvidó de nosotros en medio de sus sollozos.

Pero luego, como iluminada por una idea diabólica, con los puños cerrados y los ojos dilatados, se vino hacia nosotros.

-¡Asesinos, gritó, adúlteros y asesinos! Lo han traído aquí para envenenarlo lentamente, y cuando todavía no está frío el cadáver ya lo profanan.

No sé qué más dijo en su elocuente furor. Habló del juez, de denunciarnos a la autoridad. Dijo que ella ya sospechaba el crimen hacía tiempo... qué sé yo que más horrores le sugirió su amor maternal herido, ayudado por su imaginación febricitante.

Mas, cuando en su loco desvarío acusó a Mercedes de conspirar contra la vida de su marido y de venderlo, aquella, ya tranquila, lívida, pero sublime en su indigna­ción, le dijo:

-Mentira, calumnia infame. El doctor ha sido el más fiel y más constante amigo de su hijo. Usted miente de­lante de Dios. El ve que el doctor y yo somos inocentes; lo juro aquí sobre este cadáver. El doctor ha sido impru­dente, loco, es cierto; pero no criminal. Cuando él me habló de amor por la primera vez de su vida, hace pocos minutos, ya yo estaba viuda, ya yo era libre, como lo soy en este momento.

Yo había quedado paralizado por las palabras de doña Catalina, que penetraron como la hoja de un puñal hasta el fondo de mi corazón. Pero la generosidad de Mercedes despertó la mía, y dije con voz segura:

-El padre de Máximo era como él, un ebrio consue­tudinario: la mujer con quien se casó juró en el templo acompañarlo, amarlo y servirlo; pero lo abandonó cobar­demente, y lo dejó morir en tierra extraña, en un hospital de locos. Mercedes, en vez de seguir el ejemplo de usted, que se muestra tan airada, ha padecido en silencio quince años, soportando los insultos y los ultrajes de un hombre tan corrompido en el alma como en el cuerpo. ¿Qué derecho tiene usted de hablar? ¿Cómo acusa usted, egoísta y perjura, a esta santa mujer, víctima inocente de los vicios de su hijo? ¡Silencio!, le grité imperiosamente... Silencio!

Y como viese que ella quería encaminarse a la puerta, la tomé del brazo, y la hice sentar por la fuerza en un sillón.

Confieso que me pesaba herir así el dolor de una madre por irracional que fuera; ¿pero qué podía hacer? Era preciso evitar a todo trance que diese pábulo a su insen­sato furor delante de los criados, y que la atroz acusación circulase fuera de aquel recinto.

Mi energía, la súbita revelación que le hice y el tono de mi voz la aterraron realmente, y sin poder derramar lágirmas escondió su cabeza entre las manos.

Pocos momentos pasaron. Mercedes se me acercó y, tomando mi mano entre las dos suyas, me dijo en voz, alta:

-Doctor, le suplico que monte y vaya al lugar, a dispo­ner lo necesario para el entierro, que tendrá lugar mañana a las diez. No pierda usted tiempo. Adiós.

Su voz era imperiosa en su dulzura; así es que dudando si debería obedecerla, no por eso dejé de inclinarme, le dije |adiós también con voz entrecortada, y me retiré.

La generosa defensa que ella había hecho de mí, la cariñosa mirada con que me despidió y el cordial apretón de sus manos de niño, todo me hacía esperar que el des­enlace sería lisonjero, y atravesé la distancia que separaba la hacienda de la población con el corazón ligero y el ánimo entusiasta.

Bien lejos estaba, sin embargo, de pensar que aquel adiós, tan descuidadamente pronunciado, habría de ser eterno.

Al otro día, al amanecer, llegó a casa un muchacho a caballo, trayéndome la siguiente carta de Mercedes:

"¡Amigo mío, mi fiel y tierno amigo!

Son las tres de la madrugada y hasta este momento puedo recoger mis pensamientos para escribirle estas lí­neas. Doña Catalina se repuso pronto del estupor, y ha vuelto a las más violentas acusaciones, con una mezcla de dolor y de irritación que me hacen temer por su razón. Desde los primeros momentos yo he prometido lo que acaso ya usted presiente en mi vida, perpetuamente con­trariada y destinada a no gozar de felicidad jamás. Le he prometido que usted y yo no nos casaríamos. Este sa­crificio lo hice en mi corazón desde que desperté del mo­mento de olvido en que la impetuosidad de su ternura me sumió, acabando de expirar mi marido. Entonces comprendí que había quedado viuda dos veces: en el alma y en el cuerpo. Le confieso que en lo íntimo de mi sor algo me ha dicho desde entonces que aquella (perdóneme la expresión, pero el momento es solemne), aquella... profanación exigía de mí una expiación perdurable; y me resolví a apurarla, y me impaciento por consumarla, como lo hago en esta carta que envuelve mi corazón hecho pedazos.

Usted me preguntará si yo tengo derecho de arrastrarlo a usted en mi sacrificio. Ciertamente, si al asegurar su felicidad yo no asegurara también la mía, usted tendría razón; pero mi justificación está en la vida que llevaré, viviendo de recuerdos. Nací con el sello del dolor, y sólo con la muerte escaparé de mi destino.

¡Perdón!, ¡perdón mil veces!, mi noble amigo. Ojalá que yo no le amara a usted como le amo. Me sería dable entonces recompensar, a pesar de todo, con mi mano su consagración, su protección y su interés por esta desgra­ciada, que sin usted habría apurado mil tormentos más, superiores a los que le han tocado. Amándole a usted no puedo ni aun mostrar mi gratitud; porque ella envuelve mi dicha, y mi deber me conduce a la expiación.

Vuelvo a ver lo que he escrito y no me arrepiento. Sería imposible soportar la vida llevando dentro de mí un re­mordimiento y tal vez una acusación. ¿Qué haría yo si pensara, siendo esposa suya, que alguien podría acusarme? No espero más que en la muerte, no lo culpo a usted; al contrario, lo disculpo porque sé leer en su alma; pero los demás no juzgarán como yo.

Lleve usted el consuelo de que a donde quiera que vaya le seguirán mis bendiciones. Gracias, gracias mil del fondo del corazón por tantos beneficios que no puedo pagar.

Conozco su corazón y creo que él me perdona como, sin duda, me ha perdonado ya Dios, porque él sabe cuánto me cuesta lo que hago".

Al siguiente día no más me separé para siempre de aquellos funestos lugares en que no podía vivir. De en­tonces para acá he estado esperando la muerte, que ya tarda demasiado en llegar».

Hasta aquí el manuscrito de mi tío.

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Como usted ve, él abunda en ercursos para explotar al­gunas de las más dramáticas situaciones del corazón humano.

Pueda ser que haya escritores a quienes llame la aten­ción el describirlos y formar con ellos una narración ficticia y atractiva bajo mil conceptos.

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