INDICE

La Serenata

Joaquín Marín

Una Noche de Fiestas

La Docena de Pañuelos

Un Sueño de Dos Colores

El Último Abencerraje o la Trata de Caballos

La Pirámide de Itica-Pol (Viajes por Sur América)

Antiguo Modo de Viajar por el Quindio

Partida del Libertador

Es Mal que Anda

Los Viceversas de Bogotá

La Retreta

Literatura Fosil

Descripción del Puente de Icononzo. Llamado Generalmente de Pandi

Los Artesanos

El Tiempo Vale Dinero

Una Página

¡Lo que Puede un Pie!

Investigaciones sobre algunas Antigüedades

El Paseo Campestre

El Señor Eugenio Díaz

El Alma del Padre Mariño

El Lago de las Serpientes

La Barbería

Las Selvas del Carare

Santafé

La Empleomanía

Un Buque de Vapor

Baile de Sombras

El Desierto de la Candelaria

El Oidor Cortes de Mesa

El Hoyo del Viento

Presentimiento

Noche a Orillas del Meta

La Siembra del Trigo

Reflexiones

El Lazarino

El Manuscrito de mi Tio

Dos Veces Muerto

De Honda a Cartagena

 

Cuando supe que era Máximo mi futuro paciente, sentí despertarse toda la curiosidad que me había acometido cuando la escena que he descrito.

La libre o la zorra que se esconden y aparecen aquí y allí por entre los matorrales, son menos excitantes para el cazador, que lo es la expectativa de un caso científico para el que lleva dentro del pecho el ardor de la ciencia. Mi corazón me decía que estaba en la pista de un caso excepcionalmente interesante; así es que marchaba con tal prisa, que apenas podía seguirme el criado que me indicaba el camino.

Habiéndole interrogado, me refirió que su amo había tenido mucha gente a su mesa; que había habido bullicio­sa alegría; que después de la comida, se había suscitado una disputa por asuntos de política con uno de los con­vidados, y que Máximo lo había llenado de improperios. Decíame que daba miedo verle la cara. Que la señora lo había conducido con súplicas a su pieza, y que a poco había salido gritando que Máximo se moría, y que co­rriesen a «llamar al médico forastero, que dicen que es tan bueno».

Pocos minutos de examen me bastaron para compren­der la causa del mal. Era sólo el período comatoso que sigue con frecuencia a la embriaguez alcohólica.

Cuando, merced a enérgicas aplicaciones, hubo reco­brado el sentido, ya muy avanzada la noche, cayó Máximo en un sueño tranquilo que yo velaba atentamente, por temor de que asumiera un carácter alarmante. Doña Ca­talina, su madre, arrodillada frente a la camilla en que se hallaba el hijo adorado, la mano colocada sobre el pulso, seguía con ojo alarmado los más ligeros cambios en la movible fisonomía del bello joven. Como me acer­case una vez con gran cautela, sin que la señora se apercibiese de mi presencia, pude estimar la singular semejanza de los dos rostros. La madre le miraba fijamente como ha­blándose a sí misma, le escuché pronunciar estas palabras casi en voz alta: «Lo mismo, lo mismo que su padre; esta es una maldición de Dios».

La historia de los seis años siguientes estará dicha en breves palabras. El secreto de la enfermedad de Máximo era simplemente una irresistible tendencia al abuso de licores alcohólicos. Este apetito tomó en el desgraciado joven un carácter periódico francamente marcado. La sed aparecía a intervalos regulares de dos o tres semanas se­guidos por igual espacio de absoluta abstinencia.

Las crisis, que se caracterizaban por los más violentos arrebatos, concluían al principio por súbitos ataques de inseguridad, que semejaban a congestiones cerebrales. Pero a medida que andaba el tiempo, la excitación alcohó­lica, en vez de terminar por el coma, se prolongaba en una situación más o menos dilatada de agotamiento in­telectual.

La degeneración de las facultades intelectuales en los intervalos lúcidos era cada día más aparente. Su carácter se hacía en ellos melancólico, suspicaz, exigente y cruel. Sus negocios se desatendían con notable perjuicio y el brillante y atractivo joven se hundía rápidamente en un mutismo intelectual que presagiaba el completo idiotismo.

Su extraordinaria fuerza nerviosa, agotada en los ex­cesos periódicos, apagando la inteligencia, dejaba en comparativo estado de vigor su vida vegetativa, que por algún tiempo parecía fortalecerse a medida que su inte­ligencia se arruinaba.

En todo este tiempo mi constante preocupación se diri­gía a escudriñar la causa de tan feroz dominio por un apetito desordenado. Rayos de luz me llegaban ocasional­mente, cuando logré, por fin, a mi modo de ver, penetrar el tremendo misterio.

En una ocasión, como se prolongase el estado de insen­sibilidad, me alarmé por su vida y dejé comprender mis temores a la madre y esposa, que apresuradamente llama­ron un confesor que le procurase los cuidados espirituales del caso. Era éste un sencillo fraile de avanzada edad, que desde largo tiempo atrás, servía como padre espiritual de doña Catalina. Terminada su labor a la cabecera del enfermo, se retiraba ya, cuando una lluvia repentina de las que caen a torrentes en los climas cálidos, lo obligó a detenerse. Mientras que las señoras atendían al enfermo, nos salimos el padre Cáceres y yo a un corredor interior, trabando en breve interesante conversación. Como era natural, el joven moribundo formó el exclusivo tema denuestra plática. El padre notablemente sencillo, poseía un fondo especial de candor y natural inteligencia.

El misterio de que habíamos hablado respecto al padre de Máximo la tarde que le vi por primera vez, no era otro, según el fraile, sino que se hallaba dominado por la más violenta inclinación a los licores alcohólicos. El era hom­bre de mundo, y ocultaba cuidadosamente de los demás su criminal debilidad; pero la satisfacía en secreto. El cambio que en sus modales, en sus ideas, en sus palabras y hasta en su apariencia se efectuaba bajo la influencia del licor era tan grande, que parecía otro hombre. El suave y elegante joven de salón se convertía en el más áspero y desalmado salvaje, dominado por las más brutales pasiones animales, que ostentaba sin rubor y satisfacía de la manera más encenegada y vulgar.

Por desgracia, la noche misma de sus bodas el licor despertó la tremenda sed, y cuando los convidados se retiraron, la delicada e interesante joven, verdadera violeta en su apariencia modesta, lirio en su donaire y belleza, llena como el jazmín de tanto perfume como hermosura, vio penetrar en su aposento virginal, en vez del héroe respetuoso y amante, ideal de sus ensueños, un atrevido libertino, de turbada voz y vacilante paso.

Dos o tres semanas bastaron para convertir en odio e indomable repugnancia el pasado amor. Su naturaleza enérgica y altiva cortó con valor el nudo, y se asiló al lado de su propia madre, considerándose viuda desde entonces.

No fue tan breve, sin embargo, la separación, que no llevase ella en sus entrañas el fruto de su desdichada unión, y en su corazón una fuente de amargura de suspi­cacia, de violencia y desengaño, que dieron al resto de su vida un tinte dramático y sombrío.

A medida que hablaba el padre, recordaba en mi me­moria una observación que repetidas veces escuché de boca del venerable Esquirol «que muchos niños concebidos en medio de los horrores de la revolución francesa, vivie­ron nerviosos, irritables, débiles, extremadamente suscep­tibles, y sujetos a desarreglos mentales por la más ligera excitación».

Y sonaban en mis oídos las palabras del viejo Plutarco en su moral: «los hijos de los borrachos salen borrachos y de cerebro enfermizo». Posteriormente he leído un libro |Le monde des oiseaux, escrito por M' Toussenell, y en­cuentro allí esta profunda observación: «Les enfants ge­néralement se ressentent de l'influence passionalle qui a préside a leur conception. La plupart des idiots son des enfants procrées dans l'ivrésse bachique».[1]

También se me vinieron a la mente las palabras de Dió­genes que cita Plutarco a un mozo casquivano y aturdido. «Joven, paréceme que fuiste concebido en embriaguez de licor!» Y aquellas palabras de Shakespeare en Corio­lano. «Adelante cobardes, nacisteis en Roma, es cierto, pero fuisteis concebidos en el temblor del miedo».

El velo se había descorrido. El desdichado Máximo, hijo de la embriaguez, alimentado en el seno de una madre excitada por los más violentos accesos de amargura y desencanto, se hallaba fatalmente destinado a ser él mismo desgraciado, a terminar en la locura o el idiotismo, y a sembrar en su camino abundante semilla de lágrimas.

Nada te he dicho aún de la infeliz, heroicamente infeliz Mercedes, la mujer de Máximo. Careciendo de la resolu­ción y del vigor del espíritu de doña Catalina, dotada del más abnegado y sublime sentimiento del deber, no quiso jamás abandonar a su marido. Echándose con valor a cuestas la pesada cruz con que la suerte la había santificado, emprendió con ella la lenta ascensión de su calvario.

Ningún espectáculo más desgarrador para mí que el de una mujer tierna, delicada y sensible, obligada a soportar los maltratos morales y físicos de un dueño brutal y egoís­ta y lo que es más aún, obligada a soportar sus caricias.

La divina paciencia de Mercedes, su inagotable dulzura su perpetua lucha, el absoluto recato de sus palabras y modales, obraron sobre mi ánimo lenta y poderosamente.

Hubo un tiempo en que se balanceaban en mi espíritu mi sed de hombre de ciencia, mi deber como médico, y el atractivo celestial de aquella noble mártir. Más tarde, si me hubiera visto obligado a abandonar a mi en­fermo, habría rogado de rodillas que me dejasen volver al mismo lecho que abrigaba la más perfecta de las criaturas.

Conocido ya el mal y su causa, me ocupé de atacarlo con vigor. Prescribí una absoluta abstinencia, régimen dul­cificante, aire del campo y una vida activa.

Este plan fue acogido con deleite por Mercedes, a quien los excesos de Máximo, que se ostentaban ya frecuente­mente en lugares públicos, la herían en el único punto débil acaso de su naturaleza cuasi perfecta. Todo lo so­portaba con paciencia; pero ser objeto de la condenación, de las burlas o de la compasión del público, era para ella como un dogal en el cuello. La opinión adversa o cruel la asfixiaba.

A estas causas se agregaba el que la fortuna de Máximo se hallaba por su incuria y desarreglo, fuertemente com­prometida. Mercedes quiso administrar ella misma una pequeña plantación de cacao que poseían cerca a la ciu­dad, y decidió el inmediato cambio.

Pero este plan fue recibido con la más viva oposición por doña Catalina. Esta mujer amante, suspicaz y domina­dora, veía con dolor la separación de su hijo, y además... no sé qué terrible sospecha le cruzaba por la mente.

¿Había penetrado ella el tierno interés... la pasión, en una palabra, que me inspiraba su nuera? Fácil hubiera sido este descubrimiento para cualquiera menos interesado y perspicaz que aquella mujer.

En efecto, yo no tenía el arte de ocultar; y como no me atrevía a hacer la más ligera manifestación que pu­diera dar ofensa a aquella virtud diamantina, poco me cuidaba tal vez, de dominar el espectáculo de mi absoluta consagración, de mi siempre solícita atención y de mi tierno interés. Casi yo no había conocido mujeres en inti­midad. En París, vivía entregado a mis estudios: perdí temprano a mi madre y viví muchos años lejos de mis hermanos. El primer calor de hogar que alegró mi cora­zón fue el de esta santa y desdichada mujer. La amé, pues, sin pretender dominarme; pero la amé en secreto, contento con la conciencia de ser para ella un protector y un consuelo.

Y fui su protector, en efecto, y su consuelo. Protector, porque ella estaba sola, sin parientes ni amigos íntimos. Mi influencia sobre el débil esposo era casi absoluta y más de una vez mi suave energía la evitó ultrajes, no sólo morales sino físicos. Doña Catalina misma se doblegaba siempre a mi paciente energía o a la necesidad en que se hallaba de mis conocimientos científicos. Sin embargo, desde la traslación al campo, su latente antipatía se hizo más aperente. Sus modales conmigo se hicieron fríos y reservados, y se estableció una especie de muda hostilidad entre los dos sumamente mortificante. Ella venía casi diariamente a la casa de Máximo. Yo venía regularmente tres veces por semana. Empecé a notar que mis prescrip­ciones eran alteradas por la madre y a veces abiertamente contradichas. Fueme totalmente imposible obtener la ab­soluta abstinencia de licor para el enfermo, que yo con­sideraba indispensable. La madre, en su ciego y necio cariño, satisfacía su amado vicio, y los criados, apercibiéndose de ello, seguían su ejemplo, procurándole licor o acompañándolo gustosos a los lugares en que lo obtenía. Si yo trataba de establecer una especie de confinamiento forzoso o vigilancia continua, doña Catalina decía que su hijo no estaba preso; y facilitaba los medios de hacerlo gozar de libertad, libertad que siempre terminaba en la taberna. Si yo en ocasiones prescribía un régimen muy dulce, alimentos exclusivamente vegetales, purgantes en abundancia y ocasionales sangrías, doña Catalina decía, en ese tono impersonal propio de las gentes débiles y suspicaces: «lo que quieren es matar a mi hijo -lo van a matar de hambre- a fuerza de sacarle sangre acabarán con su vida, etc.».

Varias veces resolví en mi interior separarme para siem­pre de aquella casa que me atraía con una fascinación de víbora. Pero siempre flaqueaban mis resoluciones cuando al comunicarlas a Mercedes observaba la profunda nube de tristeza que cubría sus bellos ojos, y más de una vez las lágrimas que de ellos se escapaban. Y luego, cuando yo vencido, casi sin lucha, le comunicaba mi resolución de permanecer, y que ella, oprimiendo rápidamente el puño de mi mano, me decía con voz infantil: «gracias doctor, yo no sé qué haría sin usted»... entonces, ¡con cuánta sinceridad no deseaba que las contrariedades que sufría se tornasen en verdadero martirio, para probar así mi consagración infinita!

Yo creía ver en todas estas escenas y en mil detalles íntimos de dulcísimo y amargo recuerdo, una muda con­fesión que el deber y el pudor mantenían en forzoso, cautiverio.

Terrible, terrible es y aterrador el efecto lento, oculto, persistente de una pasión contenida que se alimenta de su propia impotencia, y que desarrollándose en el fondo del alma, sin salir jamás a la luz, crece monstruosa, como esos seres animados que viven en el oscuro fondo de las cavernas.

Doce años habían pasado de esta vida de tormentos, y el enfermo daba muestras de apresurar su triste fin. Se­ñales inequívocas de la invasión del delirium tremens asomaban rápidamente, acentuándose más y más cada día ese incalificable tormento que mis esfuerzos habían logrado dilatar.

Si quieres formarte una idea de lo que puede ser el infierno y sus martirios, procura presenciar el espectáculo, único en el cuadro de los dolores humanos, de una vícti­ma de tan espantoso tormento. La infinita facultad del rostro humano para retratar los sufrimientos más agudos se hace entonces aparente en el más marcado relieve. El terror domina todo. Terror profundo, absoluto, palpitante. El enfermo altera sus facciones como en presencia de implacables enemgios que lo asaltan, lo acosan, lo persi­guen. Corre desatentado, queriendo escapar del peligro; pero a donde busca la seguridad sólo encuentra nuevos verdugos que le amenazan con carbones encendidos, con garfios candentes, con uñas de acero. Un temblor súbitose apodera de la víctima, cae de rodillas implorando pie­dad, el rostro se cubre de copioso sudor, y al fin agotado y exánime, se hunde en forzado estupor, para despertar después a tener nuevos y más ingeniosos martirios, que la imaginación corrompida reviste con lujo de refinada crueldad. Todo lo siente el desdichado con aquella viveza indescriptible que precede al tormento; pero en los ma­les verdaderos, la realidad consuma su crisis. Aquí, todo es la anticipación del dolor, jamás el dolor mismo; la es­pada desnuda que amenaza el corazón; se ve a los pies el profundo precipicio, se sienten los anillos fríos de la serpiente, que enlaza los miembros; pero la espada jamás hiere, el abismo no atrae, la víbora no clava el diente.

 

[1] Mr. Howe, el sabio y famoso filántropo de Boston, director del asilo de ciegos y sordo-mudos, asevera en su informe de 1867, que de 300 idiotas en el asilo, más de las dos terceras partes son hijos de ebrios consuetudinarios.
 

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