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Cuando supe que era Máximo mi futuro paciente, sentí despertarse
toda la curiosidad que me había acometido cuando la escena que he
descrito.
La libre o la zorra que se esconden y aparecen aquí y allí por
entre los matorrales, son menos excitantes para el cazador, que lo
es la expectativa de un caso científico para el que lleva dentro
del pecho el ardor de la ciencia. Mi corazón me decía que estaba en
la pista de un caso excepcionalmente interesante; así es que
marchaba con tal prisa, que apenas podía seguirme el criado que me
indicaba el camino.
Habiéndole interrogado, me refirió que su amo había tenido mucha
gente a su mesa; que había habido bulliciosa alegría; que después
de la comida, se había suscitado una disputa por asuntos de
política con uno de los convidados, y que Máximo lo había llenado
de improperios. Decíame que daba miedo verle la cara. Que la señora
lo había conducido con súplicas a su pieza, y que a poco había
salido gritando que Máximo se moría, y que corriesen a «llamar al
médico forastero, que dicen que es tan bueno».
Pocos minutos de examen me bastaron para comprender la causa
del mal. Era sólo el período comatoso que sigue con frecuencia a la
embriaguez alcohólica.
Cuando, merced a enérgicas aplicaciones, hubo recobrado el
sentido, ya muy avanzada la noche, cayó Máximo en un sueño
tranquilo que yo velaba atentamente, por temor de que asumiera un
carácter alarmante. Doña Catalina, su madre, arrodillada frente a
la camilla en que se hallaba el hijo adorado, la mano colocada
sobre el pulso, seguía con ojo alarmado los más ligeros cambios en
la movible fisonomía del bello joven. Como me acercase una vez con
gran cautela, sin que la señora se apercibiese de mi presencia,
pude estimar la singular semejanza de los dos rostros. La madre le
miraba fijamente como hablándose a sí misma, le escuché pronunciar
estas palabras casi en voz alta: «Lo mismo, lo mismo que su padre;
esta es una maldición de Dios».
La historia de los seis años siguientes estará dicha en breves
palabras. El secreto de la enfermedad de Máximo era simplemente una
irresistible tendencia al abuso de licores alcohólicos. Este
apetito tomó en el desgraciado joven un carácter periódico
francamente marcado. La sed aparecía a intervalos regulares de dos
o tres semanas seguidos por igual espacio de absoluta
abstinencia.
Las crisis, que se caracterizaban por los más violentos
arrebatos, concluían al principio por súbitos ataques de
inseguridad, que semejaban a congestiones cerebrales. Pero a medida
que andaba el tiempo, la excitación alcohólica, en vez de terminar
por el coma, se prolongaba en una situación más o menos dilatada de
agotamiento intelectual.
La degeneración de las facultades intelectuales en los
intervalos lúcidos era cada día más aparente. Su carácter se hacía
en ellos melancólico, suspicaz, exigente y cruel. Sus negocios se
desatendían con notable perjuicio y el brillante y atractivo joven
se hundía rápidamente en un mutismo intelectual que presagiaba el
completo idiotismo.
Su extraordinaria fuerza nerviosa, agotada en los excesos
periódicos, apagando la inteligencia, dejaba en comparativo estado
de vigor su vida vegetativa, que por algún tiempo parecía
fortalecerse a medida que su inteligencia se arruinaba.
En todo este tiempo mi constante preocupación se dirigía a
escudriñar la causa de tan feroz dominio por un apetito
desordenado. Rayos de luz me llegaban ocasionalmente, cuando
logré, por fin, a mi modo de ver, penetrar el tremendo
misterio.
En una ocasión, como se prolongase el estado de insensibilidad,
me alarmé por su vida y dejé comprender mis temores a la madre y
esposa, que apresuradamente llamaron un confesor que le procurase
los cuidados espirituales del caso. Era éste un sencillo fraile de
avanzada edad, que desde largo tiempo atrás, servía como padre
espiritual de doña Catalina. Terminada su labor a la cabecera del
enfermo, se retiraba ya, cuando una lluvia repentina de las que
caen a torrentes en los climas cálidos, lo obligó a detenerse.
Mientras que las señoras atendían al enfermo, nos salimos el padre
Cáceres y yo a un corredor interior, trabando en breve interesante
conversación. Como era natural, el joven moribundo formó el
exclusivo tema denuestra plática. El padre notablemente sencillo,
poseía un fondo especial de candor y natural inteligencia.
El misterio de que habíamos hablado respecto al padre de Máximo
la tarde que le vi por primera vez, no era otro, según el fraile,
sino que se hallaba dominado por la más violenta inclinación a los
licores alcohólicos. El era hombre de mundo, y ocultaba
cuidadosamente de los demás su criminal debilidad; pero la
satisfacía en secreto. El cambio que en sus modales, en sus ideas,
en sus palabras y hasta en su apariencia se efectuaba bajo la
influencia del licor era tan grande, que parecía otro hombre. El
suave y elegante joven de salón se convertía en el más áspero y
desalmado salvaje, dominado por las más brutales pasiones animales,
que ostentaba sin rubor y satisfacía de la manera más encenegada y
vulgar.
Por desgracia, la noche misma de sus bodas el licor despertó la
tremenda sed, y cuando los convidados se retiraron, la delicada e
interesante joven, verdadera violeta en su apariencia modesta,
lirio en su donaire y belleza, llena como el jazmín de tanto
perfume como hermosura, vio penetrar en su aposento virginal, en
vez del héroe respetuoso y amante, ideal de sus ensueños, un
atrevido libertino, de turbada voz y vacilante paso.
Dos o tres semanas bastaron para convertir en odio e indomable
repugnancia el pasado amor. Su naturaleza enérgica y altiva cortó
con valor el nudo, y se asiló al lado de su propia madre,
considerándose viuda desde entonces.
No fue tan breve, sin embargo, la separación, que no llevase
ella en sus entrañas el fruto de su desdichada unión, y en su
corazón una fuente de amargura de suspicacia, de violencia y
desengaño, que dieron al resto de su vida un tinte dramático y
sombrío.
A medida que hablaba el padre, recordaba en mi memoria una
observación que repetidas veces escuché de boca del venerable
Esquirol «que muchos niños concebidos en medio de los horrores de
la revolución francesa, vivieron nerviosos, irritables, débiles,
extremadamente susceptibles, y sujetos a desarreglos mentales por
la más ligera excitación».
Y sonaban en mis oídos las palabras del viejo Plutarco en su
moral: «los hijos de los borrachos salen borrachos y de cerebro
enfermizo». Posteriormente he leído un libro
|Le monde des
oiseaux, escrito por M' Toussenell, y encuentro allí esta
profunda observación: «Les enfants genéralement se ressentent de
l'influence passionalle qui a préside a leur conception. La plupart
des idiots son des enfants procrées dans l'ivrésse bachique».[1]
También se me vinieron a la mente las palabras de Diógenes que
cita Plutarco a un mozo casquivano y aturdido. «Joven, paréceme que
fuiste concebido en embriaguez de licor!» Y aquellas palabras de
Shakespeare en Coriolano. «Adelante cobardes, nacisteis en Roma,
es cierto, pero fuisteis concebidos en el temblor del miedo».
El velo se había descorrido. El desdichado Máximo, hijo de la
embriaguez, alimentado en el seno de una madre excitada por los más
violentos accesos de amargura y desencanto, se hallaba fatalmente
destinado a ser él mismo desgraciado, a terminar en la locura o el
idiotismo, y a sembrar en su camino abundante semilla de
lágrimas.
Nada te he dicho aún de la infeliz, heroicamente infeliz
Mercedes, la mujer de Máximo. Careciendo de la resolución y del
vigor del espíritu de doña Catalina, dotada del más abnegado y
sublime sentimiento del deber, no quiso jamás abandonar a su
marido. Echándose con valor a cuestas la pesada cruz con que la
suerte la había santificado, emprendió con ella la lenta ascensión
de su calvario.
Ningún espectáculo más desgarrador para mí que el de una mujer
tierna, delicada y sensible, obligada a soportar los maltratos
morales y físicos de un dueño brutal y egoísta y lo que es más
aún, obligada a soportar sus caricias.
La divina paciencia de Mercedes, su inagotable dulzura su
perpetua lucha, el absoluto recato de sus palabras y modales,
obraron sobre mi ánimo lenta y poderosamente.
Hubo un tiempo en que se balanceaban en mi espíritu mi sed de
hombre de ciencia, mi deber como médico, y el atractivo celestial
de aquella noble mártir. Más tarde, si me hubiera visto obligado a
abandonar a mi enfermo, habría rogado de rodillas que me dejasen
volver al mismo lecho que abrigaba la más perfecta de las
criaturas.
Conocido ya el mal y su causa, me ocupé de atacarlo con vigor.
Prescribí una absoluta abstinencia, régimen dulcificante, aire del
campo y una vida activa.
Este plan fue acogido con deleite por Mercedes, a quien los
excesos de Máximo, que se ostentaban ya frecuentemente en lugares
públicos, la herían en el único punto débil acaso de su naturaleza
cuasi perfecta. Todo lo soportaba con paciencia; pero ser objeto
de la condenación, de las burlas o de la compasión del público, era
para ella como un dogal en el cuello. La opinión adversa o cruel la
asfixiaba.
A estas causas se agregaba el que la fortuna de Máximo se
hallaba por su incuria y desarreglo, fuertemente comprometida.
Mercedes quiso administrar ella misma una pequeña plantación de
cacao que poseían cerca a la ciudad, y decidió el inmediato
cambio.
Pero este plan fue recibido con la más viva oposición por doña
Catalina. Esta mujer amante, suspicaz y dominadora, veía con dolor
la separación de su hijo, y además... no sé qué terrible sospecha
le cruzaba por la mente.
¿Había penetrado ella el tierno interés... la pasión, en una
palabra, que me inspiraba su nuera? Fácil hubiera sido este
descubrimiento para cualquiera menos interesado y perspicaz que
aquella mujer.
En efecto, yo no tenía el arte de ocultar; y como no me atrevía
a hacer la más ligera manifestación que pudiera dar ofensa a
aquella virtud diamantina, poco me cuidaba tal vez, de dominar el
espectáculo de mi absoluta consagración, de mi siempre solícita
atención y de mi tierno interés. Casi yo no había conocido mujeres
en intimidad. En París, vivía entregado a mis estudios: perdí
temprano a mi madre y viví muchos años lejos de mis hermanos. El
primer calor de hogar que alegró mi corazón fue el de esta santa y
desdichada mujer. La amé, pues, sin pretender dominarme; pero la
amé en secreto, contento con la conciencia de ser para ella un
protector y un consuelo.
Y fui su protector, en efecto, y su consuelo. Protector, porque
ella estaba sola, sin parientes ni amigos íntimos. Mi influencia
sobre el débil esposo era casi absoluta y más de una vez mi suave
energía la evitó ultrajes, no sólo morales sino físicos. Doña
Catalina misma se doblegaba siempre a mi paciente energía o a la
necesidad en que se hallaba de mis conocimientos científicos. Sin
embargo, desde la traslación al campo, su latente antipatía se hizo
más aperente. Sus modales conmigo se hicieron fríos y reservados, y
se estableció una especie de muda hostilidad entre los dos
sumamente mortificante. Ella venía casi diariamente a la casa de
Máximo. Yo venía regularmente tres veces por semana. Empecé a notar
que mis prescripciones eran alteradas por la madre y a veces
abiertamente contradichas. Fueme totalmente imposible obtener la
absoluta abstinencia de licor para el enfermo, que yo consideraba
indispensable. La madre, en su ciego y necio cariño, satisfacía su
amado vicio, y los criados, apercibiéndose de ello, seguían su
ejemplo, procurándole licor o acompañándolo gustosos a los lugares
en que lo obtenía. Si yo trataba de establecer una especie de
confinamiento forzoso o vigilancia continua, doña Catalina decía
que su hijo no estaba preso; y facilitaba los medios de hacerlo
gozar de libertad, libertad que siempre terminaba en la taberna. Si
yo en ocasiones prescribía un régimen muy dulce, alimentos
exclusivamente vegetales, purgantes en abundancia y ocasionales
sangrías, doña Catalina decía, en ese tono impersonal propio de las
gentes débiles y suspicaces: «lo que quieren es matar a mi hijo -lo
van a matar de hambre- a fuerza de sacarle sangre acabarán con su
vida, etc.».
Varias veces resolví en mi interior separarme para siempre de
aquella casa que me atraía con una fascinación de víbora. Pero
siempre flaqueaban mis resoluciones cuando al comunicarlas a
Mercedes observaba la profunda nube de tristeza que cubría sus
bellos ojos, y más de una vez las lágrimas que de ellos se
escapaban. Y luego, cuando yo vencido, casi sin lucha, le
comunicaba mi resolución de permanecer, y que ella, oprimiendo
rápidamente el puño de mi mano, me decía con voz infantil: «gracias
doctor, yo no sé qué haría sin usted»... entonces, ¡con cuánta
sinceridad no deseaba que las contrariedades que sufría se tornasen
en verdadero martirio, para probar así mi consagración
infinita!
Yo creía ver en todas estas escenas y en mil detalles íntimos de
dulcísimo y amargo recuerdo, una muda confesión que el deber y el
pudor mantenían en forzoso, cautiverio.
Terrible, terrible es y aterrador el efecto lento, oculto,
persistente de una pasión contenida que se alimenta de su propia
impotencia, y que desarrollándose en el fondo del alma, sin salir
jamás a la luz, crece monstruosa, como esos seres animados que
viven en el oscuro fondo de las cavernas.
Doce años habían pasado de esta vida de tormentos, y el enfermo
daba muestras de apresurar su triste fin. Señales inequívocas de
la invasión del delirium tremens asomaban rápidamente, acentuándose
más y más cada día ese incalificable tormento que mis esfuerzos
habían logrado dilatar.
Si quieres formarte una idea de lo que puede ser el infierno y
sus martirios, procura presenciar el espectáculo, único en el
cuadro de los dolores humanos, de una víctima de tan espantoso
tormento. La infinita facultad del rostro humano para retratar los
sufrimientos más agudos se hace entonces aparente en el más marcado
relieve. El terror domina todo. Terror profundo, absoluto,
palpitante. El enfermo altera sus facciones como en presencia de
implacables enemgios que lo asaltan, lo acosan, lo persiguen.
Corre desatentado, queriendo escapar del peligro; pero a donde
busca la seguridad sólo encuentra nuevos verdugos que le amenazan
con carbones encendidos, con garfios candentes, con uñas de acero.
Un temblor súbitose apodera de la víctima, cae de rodillas
implorando piedad, el rostro se cubre de copioso sudor, y al fin
agotado y exánime, se hunde en forzado estupor, para despertar
después a tener nuevos y más ingeniosos martirios, que la
imaginación corrompida reviste con lujo de refinada crueldad. Todo
lo siente el desdichado con aquella viveza indescriptible que
precede al tormento; pero en los males verdaderos, la realidad
consuma su crisis. Aquí, todo es la anticipación del dolor, jamás
el dolor mismo; la espada desnuda que amenaza el corazón; se ve a
los pies el profundo precipicio, se sienten los anillos fríos de la
serpiente, que enlaza los miembros; pero la espada jamás hiere, el
abismo no atrae, la víbora no clava el diente.
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[1]
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Mr. Howe, el sabio y famoso filántropo de Boston, director del
asilo de ciegos y sordo-mudos, asevera en su informe de 1867, que
de 300 idiotas en el asilo, más de las dos terceras partes son
hijos de ebrios consuetudinarios.
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