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PRESENTIMIENTO
Por Manuel
Pombo
La mort est la.-V. Hugo
Un caballero de fisonomía expresiva, la cabellera larga recogida
tras las orejas, los ojos negros y movibles proyectados sobre sus
órbitas, hermosa dentadura y correcto perfil, tocaba una noche en
el piano, y lo tocaba admirablemente.
Imprimía tal expresión a lo que tocaba; de tal manera trasladaba
a los sonidos del instrumento los sentimientos de su alma; que, a
poco rato, los que le oíamos nos hallamos transportados a un mundo
desconocido, a un pasado que, sin ser nuestro, nos envolvía en la
tristeza de los vagos recuerdos. Todos callábamos, todos sentíamos
meditábamos todos.
Quizá nunca había sido para nosotros tan honda la impresión de
la música, ni tan llena de unción la frase misteriosa que ella
interpretaba. El pianista tocó mucho, y no nos dimos cuenta de que
lo que tocaba ocupase tiempo, de que lo que oíamos tuviese medida,
de que lo que sentíamos pudiera acabarse.
Cuando dejó el piano, era tarde: paseó por nosotros su mirada
indagadora, y nos halló embelesados; esperó que le hablásemos, y
permanecimos mudos.
Entonces, para romper aquel prestigio, se dirigió a uno en cuyos
ojos creyó ver que asomaba el llanto:
-Gracias, le dijo, los dolores del alma se mitigan cuando son
compartidos.
Y luego, hablando con todos, añadió:
-Amigos míos, lo que he comunicado a ustedes no se si sean
recuerdos o presentimientos.
Volviendo en seguida a aquel a quien se había dirigido primero,
le interrogó:
-¿Tiene usted alguna pieza de predilección que yo pudiera
tocarle?
-Le oiría con mucho gusto el
|Ultimo pensamiento de
Weber.
-Justamente trabajé sobre su tema unos caprichos, que voy a ver
si recuerdo.
Y tocó aquella pieza conmovedora, cuyas notas parece que ha
escuchado el espíritu en la tribulación de un ensueño, o que
vienen de otro mundo al corazón que hacia él va, aquel prolongado
sollozo del alma que se despide de las alegrías de la vida; y le
añadió variaciones tan sentidas, tan tristes, que cuando terminó,
teníamos todos el corazón destrozado.
El suyo lo estaba también: su hermosa frente parecía abrumada
por los pensamientos, y en la agitada respiración de su pecho nos
pareció que se ahogaban los ayes y se estancaba el raudal de las
lágrimas.
Dejándonos bajo el influjo de estos pensamientos, nos apretó con
efusión las manos y se retiró.
Meses después ese hombre inspirado, ese poeta músico que era,
además, escritor distinguido y el biógrafo de Bolívar, hacía la
travesía de los Estados Unidos a Europa, acariciado por las
ilusiones y soñando en la gloria. La navegación había sido azarosa:
era de noche; los pasajeros se hallaban congregados en el salón
del buque, y él tocaba. Tocaba en el piano el
|Ultimo
pensamiento de Weber.
En impensado instante, el buque choca con otro y se despedaza:
el mar abre sus inmensas fauces, y el pianista y los que le
escuchaban se sepultan para siempre en sus abismos sin fondo.
¡Dolor supremo, infinita agonía de un momento!
Ese hombre era
|Felipe Larrazábal.
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