INDICE

La Serenata

Joaquín Marín

Una Noche de Fiestas

La Docena de Pañuelos

Un Sueño de Dos Colores

El Último Abencerraje o la Trata de Caballos

La Pirámide de Itica-Pol (Viajes por Sur América)

Antiguo Modo de Viajar por el Quindio

Partida del Libertador

Es Mal que Anda

Los Viceversas de Bogotá

La Retreta

Literatura Fosil

Descripción del Puente de Icononzo. Llamado Generalmente de Pandi

Los Artesanos

El Tiempo Vale Dinero

Una Página

¡Lo que Puede un Pie!

Investigaciones sobre algunas Antigüedades

El Paseo Campestre

El Señor Eugenio Díaz

El Alma del Padre Mariño

El Lago de las Serpientes

La Barbería

Las Selvas del Carare

Santafé

La Empleomanía

Un Buque de Vapor

Baile de Sombras

El Desierto de la Candelaria

El Oidor Cortes de Mesa

El Hoyo del Viento

Presentimiento

Noche a Orillas del Meta

La Siembra del Trigo

Reflexiones

El Lazarino

El Manuscrito de mi Tio

Dos Veces Muerto

De Honda a Cartagena

 

PRESENTIMIENTO

Por Manuel Pombo

 

La mort est la.-V. Hugo

Un caballero de fisonomía expresiva, la cabellera larga recogida tras las orejas, los ojos negros y movibles pro­yectados sobre sus órbitas, hermosa dentadura y correcto perfil, tocaba una noche en el piano, y lo tocaba admi­rablemente.

Imprimía tal expresión a lo que tocaba; de tal manera trasladaba a los sonidos del instrumento los sentimientos de su alma; que, a poco rato, los que le oíamos nos ha­llamos transportados a un mundo desconocido, a un pa­sado que, sin ser nuestro, nos envolvía en la tristeza de los vagos recuerdos. Todos callábamos, todos sentíamos meditábamos todos.

Quizá nunca había sido para nosotros tan honda la im­presión de la música, ni tan llena de unción la frase mis­teriosa que ella interpretaba. El pianista tocó mucho, y no nos dimos cuenta de que lo que tocaba ocupase tiem­po, de que lo que oíamos tuviese medida, de que lo que sentíamos pudiera acabarse.

Cuando dejó el piano, era tarde: paseó por nosotros su mirada indagadora, y nos halló embelesados; esperó que le hablásemos, y permanecimos mudos.

Entonces, para romper aquel prestigio, se dirigió a uno en cuyos ojos creyó ver que asomaba el llanto:

-Gracias, le dijo, los dolores del alma se mitigan cuando son compartidos.

Y luego, hablando con todos, añadió:

-Amigos míos, lo que he comunicado a ustedes no se si sean recuerdos o presentimientos.

Volviendo en seguida a aquel a quien se había dirigido primero, le interrogó:

-¿Tiene usted alguna pieza de predilección que yo pudiera tocarle?

-Le oiría con mucho gusto el |Ultimo pensamiento de Weber.

-Justamente trabajé sobre su tema unos caprichos, que voy a ver si recuerdo.

Y tocó aquella pieza conmovedora, cuyas notas parece que ha escuchado el espíritu en la tribulación de un en­sueño, o que vienen de otro mundo al corazón que hacia él va, aquel prolongado sollozo del alma que se despide de las alegrías de la vida; y le añadió variaciones tan sentidas, tan tristes, que cuando terminó, teníamos todos el corazón destrozado.

El suyo lo estaba también: su hermosa frente parecía abrumada por los pensamientos, y en la agitada respira­ción de su pecho nos pareció que se ahogaban los ayes y se estancaba el raudal de las lágrimas.

Dejándonos bajo el influjo de estos pensamientos, nos apretó con efusión las manos y se retiró.

Meses después ese hombre inspirado, ese poeta músico que era, además, escritor distinguido y el biógrafo de Bo­lívar, hacía la travesía de los Estados Unidos a Europa, acariciado por las ilusiones y soñando en la gloria. La navegación había sido azarosa: era de noche; los pasa­jeros se hallaban congregados en el salón del buque, y él tocaba. Tocaba en el piano el |Ultimo pensamiento de Weber.

En impensado instante, el buque choca con otro y se despedaza: el mar abre sus inmensas fauces, y el pianista y los que le escuchaban se sepultan para siempre en sus abismos sin fondo.

¡Dolor supremo, infinita agonía de un momento!

Ese hombre era |Felipe Larrazábal.

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