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EL HOYO DEL VIENTO
Por el Presbítero
Romualdo Cuervo R.
El
|Hoyo
|del Viento queda a cuatro horas de Vélez,
entre los pueblos de Chipatá, La Paz y Aguada.
Esta sorprendente maravilla consiste en una profundidad hecha
por la naturaleza, sin que la mano del hombre haya concurrido en lo
más mínimo a su formación. Sus paredes, formadas de fuertes rocas,
ofrecen un punto de vista admirable. Casi todas son
perpendiculares; pero en uno que otro punto hay prominencias,
coronadas de arbustos, paja y musgo. El contorno de la boca está
casi todo cubierto de arbustos de distinto tamaño.
El viajero que visita esta extraña mansión de las guacamayas,
los pericos y las torcazas, llega por primera vez a la parte más
alta, y desde el borde descubre el centro cubierto al parecer de
arbustos, los cuales se hallan a una distancia de 228 varas. Queda
por algunos momentos como estático, y hiélasele la sangre al ver
que una caída le daría muerte instantánea y horrorosa.
La figura presenta un polígono irregular de 12 lados, con un
diámetro de 170 varas, medido desde los ángulos más salientes.
Parece a primera vista que tirando una pequeña piedra, se
alcanzaría a tocar la muralla opuesta; pero apenas recorre ésta un
corto espacio, se viene como hacia los pies del que la arroja. Los
voladores ordinarios, arrojados al tiempo de prenderles fuego, no
recorren la mitad del descenso sin acabarse.
La profundidad va en plano inclinado, del poniente al sur, y la
parte más baja mide 144 varas.
La roca que forma la muralla está dividida en bancos
sobrepuestos bien visibles; y la piedra de la superficie es muy
dura, de color de ceniza; mientras que la del centro es más blanda
y de diversos colores. He ahí lo que se distingue desde lo alto.
Descendamos al fondo, a describir su suelo, de que nadie nos ha
dado razón alguna.
__________
En julio de 1851, el señor Aimé Bergeron formó el proyecto de
visitar este punto y de bajar al fondo de él. Para esto mandó hacer
un aparato de madera, que figuraba una mesa vuelta al revés,
sostenida por dos fuertes arcos de hierro, un cable y una garrucha,
todo de mucha seguridad y capaz de contener a varias personas.
El 22 de julio visitamos el
|Hoyo, saludándolo con
varios voladores. El 25 se acabó de arreglar el aparato, en que
debía descender el naturalista granadino; porque el francés
amaneció indispuesto y sin resolución de emprender tan horroroso
viaje al interior de ese antro, que en todos tiempos ha helado la
sangre al más valiente de cuantos han visitado aquel punto.
Al fin, a las 11 y 10 minutos, hora en que el termómetro de
Reamur marcaba 18 grados, entré en una pequeña barquilla, menos
pesada que el otro complicado aparato. Acababa de llegar el doctor
Cerbeleón Pinzón, y mucha gente coronaba los puntos de vista.
Bergeron dio su cartera y Pinzón la pluma de metal con que
escribió sus obras, para consagrarlas con el aire de aquella
tierra desconocida.
Habiendo saludado a todos, y dada la voz convenida, empezó la
barquilla a bajar suavemente hasta una ceja de la muralla, en donde
salté a tierra, para cortar algunos arbustos que impedían el libre
descenso. Volví a entrar, hice con una pequeña bandera la señal
convenida, y volvió la barquilla a descender gradualmente.
De allí en adelante la barquilla queda separada de la muralla,
por la concavidad que hay, y entonces es cuando se enfría la sangre
al verse uno ya lejos de la altura, tan distante del suelo, y sin
otro apoyo que la barquilla. Confieso que sí es preciso tener
mucha firmeza para hacer este aéreo viaje.
Como la barquilla daba pausadamente algunas vueltas, pude
observar la concavidad con exactitud, y noté en algunos puntos la
roca cortada oblicuamente por vetas delgadas de cuarzo.
Cuando la barquilla igualó con la copa del árbol más alto,
dirigí la vista al fondo, creyendo que estaba ya casi en el suelo:
¡pero, cuanta fue mi admiración, al ver que faltaban más de 30
varas, y que fueran tan altos los árboles que poco antes
observábamos desde la altura como enanos arbustos!
Después de unas 40 varas más de descenso, llegué a pisar
atrevidamente el suelo de aquella horrible maravilla, y allí es
donde se conoce la sublimidad y grandeza que la adornan; allí el
viajero, elevando su vista a los excelsos bordes, se queda estático
al ver en lo alto a los espectadores, que parecen pequeños niños;
allí es donde se forma idea del poder y magnificencia del Supremo
Artífice que hizo tan grandiosa obra, tan llena de sublimidad y
hermosura, cercada de la soledad más solemne.
__________
Habiendo saltado a tierra, dí gracias al Ser Supremo, porque me
había concedido el contemplar lo que deseaba hacía tanto. En
seguida saludé la cueva con tres tiros de una gruesa pistola. Cada
estallido sonaba como el trueno de un cañón, y la muralla parecía
venirse abajo.
En seguida despaché el correo, con la noticia de haber llegado
felizmente, e invitando al señor Bergeron y a los demás, para que
alguno descendiera y presenciara lo que nadie había conocido hasta
entonces; pero el miedo en la boca del hoyo estaba a mucha más
altura que a la que ellos estaban de la profundidad; la prueba fue
que ninguno bajó. El correo subió y bajó por la delgada
cuerda.
En esto oí voces en la altura, que decían:
|¡salga a donde
|lo veamos! y me dirigí al subterráneo que queda hacia el
poniente. Desde la altura se ve allí un punto sin vegetación,
llamado la
|Plazuela, que desde arriba parece a nivel y es el
que causa más pavorosa impresión: es un plano tan inclinado, que
para bajar, se necesita muchas veces el apoyo de las manos. En ese
punto está la puerta del subterráneo, formada por un arco mal
trazado de unas 30 varas de altura y 40 de ancho, que van
disminuyendo gradualmente.
Habiendo caminado unas 40 varas debajo de la roca, vi que el
piso tiene menos inclinación y no hay tanta piedra. Encendí la
bujía en un farol de seguridad, porque empezaba a faltar la luz
natural; y al brillar la luz, se oyó la desagradable música de
miles de aves nocturnas, tan grandes como un gavilán, color
carmelito, con pintas blancas. Aquellos animales, en Chaparral se
llaman
|guapacoes y existen en la cueva de Tuluni; en Vélez
los llaman
|chilladores, y también los he visto bajo del
|Puente de Pandi.
Desde este punto se marcha sobre piedras y nidos de chilladores,
formados de barro y del estiércol de las mismas aves. Los nidos
tienen una figura circular, un poco cóncava, y a su lado están
amontonadas las pepas de frutas que traen de las tierras
calientes, entre las cuales hay semillas de palmas que he visto en
Carare y San Martín.
Adelantando unas 20 varas más, me sorprendió el ruido de una
fuente cercana, y a poco vi que nacía otra bajo unas piedras; luego
una tercera, que reunidas formaban mayor ruido.
Continuando a la izquierda por sobre piedras, llegué a un punto
en que cesaba el ruido de las aguas; lo que me hizo comprender que
estaba en un gran depósito, extendido del uno al otro lado del
subterráneo.
Era forzoso terminar el examen: a la escasa luz del farol,
advertí que el techo de la roca terminaba gradualmente, hasta
servir de depósito al gran caudal de agua. El punto por donde esta
se dirige al oriente, debe ser muy estrecho, porque desde el gran
pozo hasta cerca de la entrada está el rastro de una fuerte
torrentera.
El techo del subterráneo no es igual; hay puntos más altos que
otros, y la anchura se va angostando hasta llegar como a 12 varas
en la parte última.
La dirección que lleva el agua es hacia el sur; luego forma una
curva y sale por el oriente.
Salí del pavoroso subterráneo, con un calor de 22° Reamur.
Desgraciadamente se había roto el termómetro en mi descenso, y no
pude medir los grados de calor; pero yo sudaba como en Tocaima.
Empezando el examen por la derecha, no hallé en tierra ni bajo
los alares de la muralla, la más mínima indicación de que los
indígenas hubiesen pisado aquel suelo: sólo hallé los esqueletos de
un armadillo y de un perro, que sin duda habían caído de lo alto;
tampoco hallé reptil alguno.
Di la vuelta cruzando el diámetro, para examinar mejor el
terreno, no sin dificultad, por lo cerrado del barbecho. El monte
se compone de arbustos, chamiza y grandes árboles, de los cuales
algunos tienen tres varas de circunferencia en el tronco, otros
dos, otros una, y como cerca de 40 varas de altura. Esta altura es
precisa; porque mientras más sombra tienen, más se elevan: son de
tierra caliente, y han nacido necesariamente de semillas soltadas
allí por los chilladores. También hay como tres palmeros, aunque
no muy interesantes. La superficie del suelo es muy inclinada, de
oriente a poniente, y casi toda cubierta de piedras más o menos
grandes.
Terminado así mi examen como en hora y media, fuera de los tres
cuartos de hora de descenso, me despedí de aquella pacífica mansión
con tres pistoletazos, según la orden del señor Bergeron, recibida
por el último correo.
Me acomodé nuevamente en la barquilla, y dada la voz convenida,
empecé a subir gradualmente, hasta igualar con la copa del árbol
más alto. Luego comenzó la barquilla a dar ligeras vueltas, que me
produjeron un gran mareo, aumentándose así el horror que causa el
aislamiento; pero a pocos momentos se aquietó la barquilla, y seguí
felizmente.
Al salir al borde del hoyo, media hora después de empezar el
ascenso, toda la gente se apiñó a verme; y al salir, me abrazaban
los unos, otros me estrechaban la mano, y todos escuchaban con
atención y con alegría la relación de lo que había visto.
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