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VIII
Aquel día era uno de los más claros: tal cual nube flotaba en el
cielo sereno y azul; el sol daba brillo a todo. Don Luis salía de
la prisión.
Vestido sencillamente, con un capote negro y sombrerillo,
marchaba en medio de una pequeña escolta, acompañado de Simón, que
temblando y sin quitar los ojos de la cara de su amo, daba una
especie de jocosidad a aquella escena tan tremenda.
-¡Qué hermoso sol!, mi buen Simón, algún tiempo hacía que no le
veía lucir ni recibía sus rayos.
-Es cierto, señor, está muy sabroso.
-Y también te puedo asegurar que será la última vez que lo
vea.
-¿Y por qué la última vez, señor?, le preguntó Simón.
-Dices muy bien, no es la última vez, la última será cuando me
saquen...
El gentío era inmenso; la plaza estaba llena, principalmente al
tránsito del criminal. Entró la escolta en la audiencia, subió el
Oidor aquella escalera que tantas veces había trepado para juzgar,
ahora para ser juzgado; ¿y por qué? Esta pregunta se la hizo él, y
la respuesta que se dio fue horrorosa. Un cuadro de criminales
recuerdos se desarrolló a sus ojos, y don Salvador lleno de
heridas, y el abandono y el dolor de Clara Rosa; por todas partes
lágrimas y sangre, sangre inocente y lágrimas ardientes no más se
le presentaban.
El salón de la vieja audiencia en nada había variado: las mismas
sillas de terciopelo encarnado, el sitial antiguo, la mesa larga
con carpeta de seda, bancas a un lado y a otro, la mesa del
secretario, el reloj que tantas veces había sonado en sus oídos; su
silla solamente estaba cubierta con una gasa negra; ¡pero su
situación!
Los jueces estaban sentados, el secretario leía, la gente
cuajaba la pieza. Al entrar se hizo un murmullo, y todos volvieron
las caras para verlo. ¡Más valiera no haber nacido, que sufrir tal
vergüenza!, fue el pensamiento del Oidor.
Tomó asiento en una banca, y los soldados se exparcieron por la
sala. El golpe del fusil en el pavimento y la entrada del Oidor
habían suspendido la lectura. El presidente tocó la campanilla y
dijo: «siga leyendo, señor relator».
Se continuó con lo restante del proceso. Sobre la mesa estaban
el puñal y el sombrero del Oidor. Este, luego que reparó en ellos,
se estremeció. Aún estaba el fierro manchado con la sangre del
indefenso, del inocente, del anciano.
Concluída la lectura de la causa, pidió el fiscal que el
tribunal mandara comparecer a la R. M. Clara Rosa de la
Misericordia, religiosa de Santa Clara, para que absolviera
ciertas preguntas de un interrogatorio. El tribunal condescendió, y
salió el secretario de cámara con los autos.
Volvió a reinar el silencio en aquella sala. Simón con la mano
en el pecho rezaba, y era el único acento que de cuando en cuando
se oía; a las preguntas que hacía a su amo sobre si no se daría la
sentencia; si en caso de absolverlo, cuánto tendría que dar, el
Oidor no respondía; cruzado de brazos, fijamente mirando la punta
de los zapatos, parecía sumergido en la más profunda
meditación.
Un cuarto de hora habría pasado (que había sido un siglo para el
Oidor), cuando se sintió otro murmullo, y se vio entrar a la
religiosa, bajando el velo hasta los pies, desatinadamente y sin
saber para qué era llamada, ni dónde debía sentarse. Estaba tan
sumamente turbada, que el secretario tuvo que tomarla de la mano y
señalarle el asiento. Ella no había visto a don Luis; pero él, al
momento de mirarla, tapándose con ambas manos la cara, empezó a
temblar como un azogado. Todo el infierno con sus temores, su
desesperación, sus tardíos remordimientos, se había trasladado a
su pecho: tentado estuvo en este momento a arrebatar el puñal, y
darse muerte con el mismo instrumento que había obrado su
desgracia, y más que todo, la del infeliz objeto de sus criminales
amores.
El fiscal dijo: la R. M. Clara Rosa de la Misericordia
responderá categóricamente al tenor del siguiente
interrogatorio.
Ella entonces, quitándose el velo, paseó tímidamente en derredor
de la sala sus ojos, y reparando en el Oidor, que estaba como una
estatua en medio de los soldados, dio un ¡ay!, y empezó a
sollozar.
-No debe turbarse la declarante, dijo el presidente; el fiscal
sólo pide su declaración para averiguar ciertos puntos del proceso
que aparecen dudosos. Pregunte el señor fiscal.
-Entonces éste dijo: señora, exponga usted como mejor sepa, y
teniendo presente que hay un Dios, que es testigo de nuestras
palabras, si usted conoce al reo, antes Oidor de esta Real
Audiencia.
Clara Rosa empezó entonces a redoblar su llanto, y dijo:
-¡Pero, señores, para qué es que ustedes quieren molestar más a
una infeliz que harto desgraciada es ya! ... y el llanto no la dejó
proseguir.
-Pero señora, dijo el presidente, lo que se desea es, que usted
diga, si conocía a don Luis Cortés de Mesa.
-Sí, señor.
-¿Y cuándo fue que estuvo la última vez en su casa?, prosiguió
el fiscal.
-Fijamente, señor, es imposible acordarme: ¡he pasado tantos
trabajos en este tiempo!
-Sí; ¿pero fue un poco antes de la muerte del esposo de
usted?
-Sí, señor, unos dos días antes.
-¿Y habló el reo con usted acerca de la muerte de él?
-No, señor; yo no soñaba ni en que él muriera tan presto;
hablamos de cosas indiferentes, de pura amistad.
-Señor fiscal, dijo levantándose bruscamente el Oidor, yo creo
que usted se excede en el interrogatorio preguntando cosas
inconducentes, y así reclamo ante la Audiencia.
El presidente hizo una señal de aprobación y dijo:
-Puesto que nada consta a esta señora, haré una pregunta:
¿había algún motivo de odio o enemistad entre don Luis Cortés de
Mesa, presente, y el esposo de usted?
-Ninguno, señor: porque, aunque es cierto que mi esposo habló
alguna vez en mi presencia de él, sin embargo fue únicamente por
la frecuencia con que él visitaba nuestra casa.
-Por fin, dijo el presidente: y vos, don Luis Cortés de Mesa,
¿qué tenéis que decir en vuestra defensa?
-Señor, dijo aquel levantándose, que remito toda la causa al
fallo de vuestra alteza, y que Dios sólo puede saber el fondo de
nuestros corazones.
-¡Pero cómo!, dijo el presidente, se os acusa de haber dado
muerte a un hombre, ¿y nada tenéis que decir?
-Que Dios es grande, señor, repito, y que en sus brazos se goza
de la paz que no da el mundo.
Entonces miró el presidente a los oidores, que agacharon la
cabeza, y firmó un papel, dándolo a firmar a los demás a su
vez.
Tocó la campanilla y dijo:
-Vistos: lea, señor secretario de cámara.
El secretario dijo leyendo: «Nos los presentes oidores de la
Real Audiencia de Santafé del Nuevo Reino de Granada, en la causa
seguida al antes Oidor de la misma Audiencia don Luis Cortés de
Mesa y a Simón Sánchez, su criado, por la muerte de don Salvador
Ordóñez, sucedida en la noche del 14 de septiembre del año pasado
de 1581, y considerando detenidamente que el reconocimiento del
cadáver, deposición de los testigos y confesión de los reos,
resulta que don Luis Cortés de Mesa, Oidor de esta Real Audiencia
de Santafé, fue el matador de dicho Salvador Ordóñez, como más
largamente aparece probado por las deposiciones de Simón, su
criado, reconocimiento del arma por el herrero, y del sombrero del
reo por el mismo: nos los presentes presidente y oidores creímos
que debíamos fallar y condenar, como fallamos y condenamos en
nombre del rey, nuestro señor, al citado don Luis Cortés de Mesa a
ser ajusticiado con el instrumento designado para tales casos por
la ley, según la distinción de su persona».
-¿Y no queda ninguna esperanza?, dijo el Oidor
levantándose.
-Sí: en la misericordia del Señor, o en la piedad del
excelentísimo señor virrey, respondió el presidente del tribunal,
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tapándos con una punta de la toga la cara, que tenía
empapada en llanto.
-Apelo, pues, para ante él, dijo don Luis.
-Concedida, dijo el presidente, y tocó la campanilla.
El efecto que tal escena había producido en los circunstantes
es imposible de describir. Simón, arrasado en lágrimas, miraba a su
señor de hito en hito, creyéndolo ya difunto. Clara Rosa con el
cabello desordenado, manto y velo revueltos, permanecía en pie,
trémula y con los ojos fijos en la alfombra, como si fuera una cosa
que no perteneciera al mundo, y cuya alma hubiera volado a otra
región, dejando su bello cuerpo sobre la tierra. El presidente
sollozaba; y aunque se hallaba desprendido de un peso enorme,
sentía ahora todo el dolor de un amigo difunto. El Oidor por su
parte, sin atreverse a alzar los ojos, descosía una punta de su
vestido, como deleitándose en una cosa terrible; era su enajenación
como la de un sueño en que el cuerpo materialmente reposa, o se
agita; pero en el que el alma se pasea por un campo de agradables
ilusiones o de penosos proyectos futuros.
Los circunstantes, callando, se iban saliendo, y a poco rato, la
sala quedó desierta. Clara Rosa salió, cuando el Oidor, como
despertando, se levanta, extiende los brazos y grita: «¡Clara Rosa!
¡Clara Rosa!, ¡una vez no más: perdón!» Ella iba a pasar la puerta
cuando la sorprendió aquel acento; vuelve la cara y le responde
llorando, «¡adiós!»
-Perdóname, Clara Rosa, dijo más recio el Oidor, con la voz de
la desesperación y de la amargura.
La hermosa había pasado ya el umbral y no se quiso detener más.
Aturdido, sin fuerzas, casi loco, salió el Oidor para volver a la
cárcel; Simón le seguía. Los oidores empezaron a levantarse,
conversando apresuradamente unos con otros, y el reloj de la
Catedral dio la campanada de la una.
IX
Todo parece terminado para él; una sentencia irrevocable ha
sonado; una mancha indeleble de crimen se fija sobre su nombre; el
virrey, para colmo de su desgracia, no conmuta la pena. Breves
momentos le faltan; va a salvar el insondable abismo y a
presentarse ante Dios: no gime, porque las lágrimas son un
consuelo, y hasta éste le ha sido negado por el destino.
De su cuarto es conducido a la capilla, donde debe aparejarse
para dar cuenta de sus acciones; y ved qué espectáculo se le
presenta. Un pobre lecho donde debe dormir sus últimos sueños, una
mesa, encima el crucifijo glorioso de La Veracruz, que ha conducido
a tantos a las puertas de la muerte; un escaño, unas botellas, pan,
agua; es un cortejo fúnebre; lo mira y vuelve la cara. ¡No hay
remedio! El caliz es amargo, exclama, pero es preciso beberlo.
Hay una especie de sublimidad en la resignación, aun cuando el
trance que ha de pasar sea inevitable. Sócrates conversando con sus
discípulos, a tiempo que el sol de Atenas resplandeciente daba,
apagando sus últimos rayos en el pórtico del coliseo, y riendo al
tomar la copa mortífera, es un retrato de la magnanimidad y del
justo muriendo; ¡pero qué diferencia! ¿Ni cómo podemos comparar a
aquel sabio con un malhechor? Sócrates soñó con la Divinidad, y
ella se sonreía al recibirlo en su seno; Sócrates moría asesinado
por el pueblo; pero moría inocente y por una causa sublime y
heroica; ¿y éste?
Sus primeros momentos fueron consagrados a arreglar sus
intereses. Escribió a España a un hermano, único que había quedado
de su numerosa familia; le contaba su desgracia y el tremendo
castigo que estaba pronto a sufrir. «Cuando esta carta esté en tus
manos, caro hermano mío, escribía, mi garganta habrá sufrido desde
mucho tiempo el frío del fatal corbatín, y mi cuerpo, sepultado en
los desiertos de América, hecho polvo y gusanos, estará en la
oscuridad de la tumba. Muerto sin gloria, como un malhechor, tu
nombre te será odioso por ser el que lleva tu infeliz hermano; y
maldecirás mi delito, mi arrebato, mi criminal pasión. ¡Oh!,
¡cuántas veces la he maldecido del fondo de mi corazón, arrepentido
y despedazado por todas las penas! Te recomiendo a tu hijo. Mi
querido Camilo, debe saber cómo murió su tío; ese reloj es una de
las cosas que le lego; la hora que señala fue en la que entré a
esta capilla; cuéntale siempre mi crimen, y nútrelo en el temor de
Dios, óptimo, máximo».
Todos sus bienes los legaba a su familia: les recomendaba a
Simón, al que previno volviera a España, a su casa y al seno de los
suyos.
-Deja esta América, Simón mío, que tan fatal nos ha sido: tú
volverás a Sevilla, añadía, que yo no puedo volver a ver, consuela
a mi hermano, a sus hijos, a mis amigos; no, no los veas; no te
dejes conocer: ¿qué dirán de mí?
Esta idea de deshonra lo martirizaba; Simón no podía contener
las lágrimas.
Los primeros momentos del sumo dolor habían pasado; pero
restaban ahora los del arrepentimiento tardío y los de la
desesperación: restaba escuchar aquel grito de la conciencia;
|¡Si yo
|no hubiera hecho esto!... oído entre las
sombras, en la soledad, en las cadenas y en víspera de dar su
postrimer aliento. Arreglados todos los negocios del mundo, quiere
tomar el sueño: ¡vanamente!, ha huído de sus ojos. Llama a Simón,
conversa con él; pero todas sus frases acaban en una expresión de
dolor, como a cada golpe del hacha se sucede el quejido del árbol
que se corta en la montaña.
La capilla, antiguamente, lo mismo que la cárcel, no estaba
donde está hoy, y más espaciosa aún, tenía mayor ventilación. Una
ventanilla permitía la vista a la Sabana por el lado del poniente,
descubriendo del todo la gloriosa escena del campo inmenso, a lo
lejos las haciendas, y encima el cielo azul de julio. Asómase,
enciende un cigarrillo, y contempla un momento aquella perspectiva.
La luna iluminaba con rayos transparentes los techos de los
edificios, y blanqueaba amorosa la llanura; el viento susurraba
fuertemente, y las nubes corrían al ocaso, impelidas por sus
soplos, a ir a formar como promontorios o ciudades; la luz de la
luna no daba a la ventanilla, y así él veía sus rayos, pero no su
frente. Lo mismo estaba la noche fatal, y esto lo hace estremecer.
Eran las diez, y a esta hora estaba libre. «¡Por qué no morí
antes!, pensaba entre sí mismo, ¡tal vez hubiera alcanzado el
perdón de Dios, y una lágrima de Clara Rosa! Ella quizá me maldice,
y Dios extiende ya su brazo para hundirme en el infierno». Oyó
Simón estas últimas palabras y dijo:
-Señor, no desconfíe vuesamerced de la Providencia: la señora es
virtuosa y lo habrá perdonado; tal vez a esta hora estará orando a
Nuestro Señor en su monasterio por vuesamerced, ¡y Dios!, ¡ah,
señor! él es el padre de los pecadores.
El Oidor se sonrió amargamente y se complacía en arrojar
bocanadas de humo por la ventanilla, que eran deshechas por el
viento al mismo instante. Cargado contra la pared, el canto de un
grillo que moraba allí cerca en un agujero, lo entretiene, quiere
decir: ¡oye!, pero su pensamiento está en otra parte, volando,
revolviendo mil cosas mil imaginaciones.
-Tal vez, dijo a Simón, este animal que chilla es feliz; ahora
canta a la claridad de la luna, sin pensar en nada, cuando tal vez
mañana morirá; tendrá su mujer, sus hijos, y ahora junto de ellos,
goza de su felicidad; un pequeñito agujero le basta; con una migaja
de pan se alimenta, su mundo es una pared, ¡y es más feliz que yo!
¡Cuántos, a quienes yo mismo condené a muerte, habrán en estos
momentos escuchado sus chillidos, y reflexionando tan tristemente
como yo! Pasado mañana a esta hora él cantará; pero no tendrá quién
lo oiga; y de aquí a unos días también morirá.
Simón, si todo nace para morir, ¿por qué nos apesadumbramos?,
tarde o temprano ha de venir a tocarnos con su mano descarnada la
muerte... ¡ con que consolémonos! Suponte que ya yo tuviera 70
años; era cosa muy natural morir; pues bien, figurémonos que los
tengo, porque el tiempo pasa como un carro: muramos sin afligirnos
y descansemos para siempre.
Simón nada respondía, despavesaba de cuando en cuándo la vela,
o se paseaba, refregándose las manos, rezando en voz baja.
El silencio que se siguió a estas reflexiones no fue largo, en
la calle se oyó una voz, acompañada de una guitarra que cantaba un
viejo romance de la «Muerte y el Amor».
Al otro día por la mañana entró un sacerdote que había de
acompañarlo hasta los umbrales de la sepultura. Grave, de un
aspecto reservado y taciturno, con los brazos cruzados bajo el
tosco sayal permanecía al lado del Oidor, dispensándole todos los
cuidados de que es susceptible el corazón de una madre, todos los
consuelos que dispensa la religión, unidos a la ternura de los
amigos.
Había rogado el Oidor a Gil Pérez que viniera una vez más antes
de su muerte; pero aquel no se pudo resolver a tanto, y le envió
con una criada sus hijos para que le hicieran una visita tan
fúnebre. El mayor de ellos, que se llamaba Manuelito, apenas
contaba diez años; las otras dos niñas tenían seis y ocho. Apenas
los vio el Oidor cuando voló a abrazarlos, y lloraba besándolos
tiernamente. Padre, dijo, volviéndose al religioso, ¿por estos
niños no me perdonará Dios?
-¿Luego son vuestros?, preguntó aquel.
-No; mas de un amigo.
El religioso permanecía como una estatua sin mover un pie,
mirando fijamente y con religiosa ternura aquella escena
conmovedora.
-¿Y por qué no ha venido tu padre, Emilia?, dijo el Oidor. Esta,
en vez de responder, bajó los ojos sonriéndose y
refregándoselos.
-Nos dijo, contestó Manuelito, que viniéramos a despedirnos de
usted, que luego él vendría, ¿para dónde se va usted?
-¿Para dónde me voy?, dijo el Oidor, ¡ah!, ¡sí!, para un viaje
muy largo, muy largo.
-¿Y no volverá usted nunca?, añadió aquel.
-¡Quizá, Manuelito, es tan largo!, hay que pasar el mar...
¡tántos peligros!
-¿Con que tiene que pasar el mar?, añadió el muchacho.
-¿Y
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si se ahoga usted?, dijo Emilia.
-Efectivamente, repuso Manuelito, yo si fuera usted no emprendía
tal viaje... , pero, ¿por qué no está usted en su casa?
-Es, respondió el Oidor, para la mayor facilidad del viaje.
-Señor, dijo interrumpiéndole el religioso, reflexione usted lo
precioso de estos momentos, que son los últimos.
-Lo sé, amigo mío, pero déjeme vuestra paternidad despedirme de
mis inocentes amigos.
-Tomó una tira de papel y escribió:
-«Item, lego mi casa baja en los Tres-puentes, valor de ocho mil
ducados, con todos sus muebles, a Manuel, Emilia y María Pérez,
hijos de mi buen amigo Gil, en prueba de la fina amistad que le he
profesado a él y a su apreciable familia. Mis herederos pondrán
inmediatamente en posesión a los interesados».
-Vea su paternidad cómo desperdicio pocos momentos: tome usted,
Manuelito, llévele a su padre ese papel, que es lo único de que
puedo disponer; que me encomienden a Dios que me vaya bien en el
viaje, y ustedes sean muy formales y muy buenos, y no se olviden de
mí.
Abrazó luego a los niños y los despidió.
-Padre mío, van a ser las cinco de la tarde: es el último sol
poniente el que miran mis ojos; y con ser así, ¿me cree vuestra
paternidad que si me preguntan la contraseña respondería ahora como
aquel célebre emperador,
|aequa nimitas: tranquilidad del alma?
No; me había olvidado un momento; ni cómo puedo estar tranquilo
cuando... óigame vuestra paternidad con atención:
Se arrodilló a los pies del religioso y abrió aquel arcano de su
corazón, manchado con el doble crimen de un amor vedado y de un
asesinato. Las más sinceras lágrimas de arrepentimiento inundaban
su rostro; pero la tempestad que habían levantado en su pecho las
pasiones, y que lo habían mantenido rebotado, como el mar, hasta en
su más hondo seno, a la palabra de aquel sacerdote, al aparecerla
gracia, volvió a calmarse y pudo respirar con la mayor
libertad.
-¡Padre mío!, decía, ¿por qué no he disfrutado yo antes de este
consuelo?, ¿por qué, cuando aquel demonio lisonjero se encarnó
profundamente en mi corazón, no volé yo a los pies de vuestra
paternidad? Diga vuestra paternidad siempre y en todas partes, que
sólo la virtud da reposo, y que la religión es el único bálsamo de
las heridas del corazón. Diga vuestra paternidad que el Oidor de
Santafé, que mañana expiará su crimen en un patíbulo deshonroso,
habría evitado esta desgracia, si hubiera seguido las máximas de
Jesucristo. Pero, reflexionaba después, por todo debemos gracias a
Dios: tal vez sin ese golpe, yo hubiera muerto en la impenitencia.
¿Cree vuestra paternidad que Dios me haya perdonado, y que no me
impute ya mi pecado?
-Sí, hijo mío, todo se debe esperar de su misericordia y de su
amor, de nuestro arrepentimiento y de la sinceridad de nuestras
lágrimas.
Aquella fatal noche se pasó en la mayor agonía. La siempre fija
idea del suplicio, que se acerca por momentos; la desesperación en
que cae el hombre al ver que no se puede evitar el lance; aquel
corazón que cuenta hasta el más pequeño instante; que hace atención
al más leve grano de arena que cae del reloj; la idea eterna, que
no se desecha de
|¡mañana ya no viviré!, tantos tormentos,
tantos recuerdos...
A la media noche, aunque el alma quiera velar, aprovechando el
tiempo en la súplica, el cuerpo que no entiende, y que cree
necesitar de sueño, lo reclama imperiosamente, y todos los
ajusticiados padecen de mucho sueño. ¿Es sueño? No; es un estado de
inercia en que el cuerpo parece dormido realmente, pero en el que a
cada momento se despierta el infeliz, saliendo de una penosa agonía
para preguntar ¿qué hora es?
-Pregunta más bien, le respondió el sacerdote, si ha sonado la
de la misericordia, y no te ocupes de un momento que debe
acercarse.
Las luces chirriaban con fuerza y parecían ya casi no alumbrar:
el Oidor no sabe, por fin, qué hora es realmente; pero se acuerda,
aunque confusamente, que la señalada para su suplicio es la de las
diez. El día reina ya, la luz de la mañana, que entra por las
hendeduras de las puertas, da en los ojos de Simón, y le hace
derramar lágrimas.
-¡Perdóneme vuesamerced, dice tirándose al cuello del preso;
pero ya es el momento de nuestros adioses!
El Oidor no sabe lo que le dice; se pasa la mano por los ojos
cargados de sueño, y no puede traer el pensamiento de lo que
aquellas palabras significan: ¡adioses! Dios reina en su corazón;
pero ¿lo perdonará?, es la única pregunta que se hace
interiormente.
Desde el momento de entrar a la capilla, no habían cesado de
tocar en todos los conventos la plegaria tristísima de la agonía.
Estos sonidos suspenderían, según son de terribles, según vienen
impregnados de pensamientos eternos y sublimes, el puñal en la
mano de un conspirador dominado por la ira, y la pluma en la mano
del impío. Dos días continuos había sonado en los oídos del preso
esta funestísima armonía del dolor, que avisa a los cristianos que
deben orar por el fiel que está luchando con las ansias de la
muerte; pero ahora ya no le hacían impresión alguna, porque su
corazón estaba casi falto de sensibilidad, por las repetidas
impresiones de dolor que había recibido; porque para conmoverlo se
necesitaría una representación tan viva como la presencia de su
antigua amiga.
Al acercarse al banco donde debía tender su cuello al
|garrote, debían doblar en la Catedral; al poner en él la
garganta, debía darse el segundo campanazo funesto, y cuando el
verdugo diera la vuelta, debía dejarse oir el último.
La gente empezaba a agruparse en la plaza; techos y ventanas
estaban ya cuajados; la hora era llegada.
Clara Rosa estaba orando con una religiosa anciana, al pie de
una imagen de Nuestra Señora de los Dolores, que sufrió toda esta
larga agonía por el amor de los hombres. De repente arrojó un
grito. Madre mía, dijo, ¡acaba de subir al cadalso!, y un doble
resonó en todos los ángulos de la ciudad.
La joven religiosa se desmayó a los pies de la imagen mientras
que los otros dobles sonaron. Abrió por fin los ojos y preguntó a
su compañera:
-¿Sonaron los demás?
-Hija mía, su alma goza hace rato de Dios, y descansa en su
seno.
El redoble del tambor se oyó entonces cruzando por la plaza,
ronco y funeral; y se escuchaba el murmullo de los que habían
asistido a aquella escena sangrienta, y que pasaban contando los
pormenores de la ejecución.
Aún hoy se mira un pedazo de piedra de sillería en la plaza
mayor de Bogotá, que sirvió para levantar el cadalso en que fue
ajusticiado el Oidor de Santafé, don Luis Cortés de Mesa.
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