INDICE

La Serenata

Joaquín Marín

Una Noche de Fiestas

La Docena de Pañuelos

Un Sueño de Dos Colores

El Último Abencerraje o la Trata de Caballos

La Pirámide de Itica-Pol (Viajes por Sur América)

Antiguo Modo de Viajar por el Quindio

Partida del Libertador

Es Mal que Anda

Los Viceversas de Bogotá

La Retreta

Literatura Fosil

Descripción del Puente de Icononzo. Llamado Generalmente de Pandi

Los Artesanos

El Tiempo Vale Dinero

Una Página

¡Lo que Puede un Pie!

Investigaciones sobre algunas Antigüedades

El Paseo Campestre

El Señor Eugenio Díaz

El Alma del Padre Mariño

El Lago de las Serpientes

La Barbería

Las Selvas del Carare

Santafé

La Empleomanía

Un Buque de Vapor

Baile de Sombras

El Desierto de la Candelaria

El Oidor Cortes de Mesa

El Hoyo del Viento

Presentimiento

Noche a Orillas del Meta

La Siembra del Trigo

Reflexiones

El Lazarino

El Manuscrito de mi Tio

Dos Veces Muerto

De Honda a Cartagena

 

VIII

Aquel día era uno de los más claros: tal cual nube flotaba en el cielo sereno y azul; el sol daba brillo a todo. Don Luis salía de la prisión.

Vestido sencillamente, con un capote negro y sombre­rillo, marchaba en medio de una pequeña escolta, acom­pañado de Simón, que temblando y sin quitar los ojos de la cara de su amo, daba una especie de jocosidad a aquella escena tan tremenda.

-¡Qué hermoso sol!, mi buen Simón, algún tiempo hacía que no le veía lucir ni recibía sus rayos.

-Es cierto, señor, está muy sabroso.

-Y también te puedo asegurar que será la última vez que lo vea.

-¿Y por qué la última vez, señor?, le preguntó Simón.

-Dices muy bien, no es la última vez, la última será cuando me saquen...

El gentío era inmenso; la plaza estaba llena, principal­mente al tránsito del criminal. Entró la escolta en la au­diencia, subió el Oidor aquella escalera que tantas veces había trepado para juzgar, ahora para ser juzgado; ¿y por qué? Esta pregunta se la hizo él, y la respuesta que se dio fue horrorosa. Un cuadro de criminales recuerdos se desarrolló a sus ojos, y don Salvador lleno de heridas, y el abandono y el dolor de Clara Rosa; por todas partes lágrimas y sangre, sangre inocente y lágrimas ardientes no más se le presentaban.

El salón de la vieja audiencia en nada había variado: las mismas sillas de terciopelo encarnado, el sitial antiguo, la mesa larga con carpeta de seda, bancas a un lado y a otro, la mesa del secretario, el reloj que tantas veces había sonado en sus oídos; su silla solamente estaba cubierta con una gasa negra; ¡pero su situación!

Los jueces estaban sentados, el secretario leía, la gente cuajaba la pieza. Al entrar se hizo un murmullo, y todos volvieron las caras para verlo. ¡Más valiera no haber na­cido, que sufrir tal vergüenza!, fue el pensamiento del Oidor.

Tomó asiento en una banca, y los soldados se exparcieron por la sala. El golpe del fusil en el pavimento y la en­trada del Oidor habían suspendido la lectura. El presidente tocó la campanilla y dijo: «siga leyendo, señor relator».

Se continuó con lo restante del proceso. Sobre la mesa estaban el puñal y el sombrero del Oidor. Este, luego que reparó en ellos, se estremeció. Aún estaba el fierro man­chado con la sangre del indefenso, del inocente, del an­ciano.

Concluída la lectura de la causa, pidió el fiscal que el tribunal mandara comparecer a la R. M. Clara Rosa de la Misericordia, religiosa de Santa Clara, para que absol­viera ciertas preguntas de un interrogatorio. El tribunal condescendió, y salió el secretario de cámara con los autos.

Volvió a reinar el silencio en aquella sala. Simón con la mano en el pecho rezaba, y era el único acento que de cuando en cuando se oía; a las preguntas que hacía a su amo sobre si no se daría la sentencia; si en caso de absolverlo, cuánto tendría que dar, el Oidor no respondía; cruzado de brazos, fijamente mirando la punta de los zapatos, parecía sumergido en la más profunda meditación.

Un cuarto de hora habría pasado (que había sido un siglo para el Oidor), cuando se sintió otro murmullo, y se vio entrar a la religiosa, bajando el velo hasta los pies, desatinadamente y sin saber para qué era llamada, ni dónde debía sentarse. Estaba tan sumamente turbada, que el secretario tuvo que tomarla de la mano y señalarle el asiento. Ella no había visto a don Luis; pero él, al mo­mento de mirarla, tapándose con ambas manos la cara, empezó a temblar como un azogado. Todo el infierno con sus temores, su desesperación, sus tardíos remordi­mientos, se había trasladado a su pecho: tentado estuvo en este momento a arrebatar el puñal, y darse muerte con el mismo instrumento que había obrado su desgracia, y más que todo, la del infeliz objeto de sus criminales amores.

El fiscal dijo: la R. M. Clara Rosa de la Misericordia responderá categóricamente al tenor del siguiente inte­rrogatorio.

Ella entonces, quitándose el velo, paseó tímidamente en derredor de la sala sus ojos, y reparando en el Oidor, que estaba como una estatua en medio de los soldados, dio un ¡ay!, y empezó a sollozar.

-No debe turbarse la declarante, dijo el presidente; el fiscal sólo pide su declaración para averiguar ciertos puntos del proceso que aparecen dudosos. Pregunte el señor fiscal.

-Entonces éste dijo: señora, exponga usted como mejor sepa, y teniendo presente que hay un Dios, que es testigo de nuestras palabras, si usted conoce al reo, antes Oidor de esta Real Audiencia.

Clara Rosa empezó entonces a redoblar su llanto, y dijo:

-¡Pero, señores, para qué es que ustedes quieren mo­lestar más a una infeliz que harto desgraciada es ya! ... y el llanto no la dejó proseguir.

-Pero señora, dijo el presidente, lo que se desea es, que usted diga, si conocía a don Luis Cortés de Mesa.

-Sí, señor.

-¿Y cuándo fue que estuvo la última vez en su casa?, prosiguió el fiscal.

-Fijamente, señor, es imposible acordarme: ¡he pasado tantos trabajos en este tiempo!

-Sí; ¿pero fue un poco antes de la muerte del esposo de usted?

-Sí, señor, unos dos días antes.

-¿Y habló el reo con usted acerca de la muerte de él?

-No, señor; yo no soñaba ni en que él muriera tan presto; hablamos de cosas indiferentes, de pura amistad.

-Señor fiscal, dijo levantándose bruscamente el Oidor, yo creo que usted se excede en el interrogatorio pregun­tando cosas inconducentes, y así reclamo ante la Audiencia.

El presidente hizo una señal de aprobación y dijo:

-Puesto que nada consta a esta señora, haré una pre­gunta: ¿había algún motivo de odio o enemistad entre don Luis Cortés de Mesa, presente, y el esposo de usted?

-Ninguno, señor: porque, aunque es cierto que mi esposo habló alguna vez en mi presencia de él, sin embar­go fue únicamente por la frecuencia con que él visitaba nuestra casa.

-Por fin, dijo el presidente: y vos, don Luis Cortés de Mesa, ¿qué tenéis que decir en vuestra defensa?

-Señor, dijo aquel levantándose, que remito toda la causa al fallo de vuestra alteza, y que Dios sólo puede saber el fondo de nuestros corazones.

-¡Pero cómo!, dijo el presidente, se os acusa de haber dado muerte a un hombre, ¿y nada tenéis que decir?

-Que Dios es grande, señor, repito, y que en sus bra­zos se goza de la paz que no da el mundo.

Entonces miró el presidente a los oidores, que agacha­ron la cabeza, y firmó un papel, dándolo a firmar a los demás a su vez.

Tocó la campanilla y dijo:

-Vistos: lea, señor secretario de cámara.

El secretario dijo leyendo: «Nos los presentes oidores de la Real Audiencia de Santafé del Nuevo Reino de Gra­nada, en la causa seguida al antes Oidor de la misma Audiencia don Luis Cortés de Mesa y a Simón Sánchez, su criado, por la muerte de don Salvador Ordóñez, suce­dida en la noche del 14 de septiembre del año pasado de 1581, y considerando detenidamente que el reconocimiento del cadáver, deposición de los testigos y confesión de los reos, resulta que don Luis Cortés de Mesa, Oidor de esta Real Audiencia de Santafé, fue el matador de dicho Sal­vador Ordóñez, como más largamente aparece probado por las deposiciones de Simón, su criado, reconocimiento del arma por el herrero, y del sombrero del reo por el mismo: nos los presentes presidente y oidores creímos que debíamos fallar y condenar, como fallamos y condenamos en nombre del rey, nuestro señor, al citado don Luis Cor­tés de Mesa a ser ajusticiado con el instrumento designado para tales casos por la ley, según la distinción de su persona».

-¿Y no queda ninguna esperanza?, dijo el Oidor le­vantándose.

-Sí: en la misericordia del Señor, o en la piedad del excelentísimo señor virrey, respondió el presidente del tribunal, | tapándos con una punta de la toga la cara, que tenía empapada en llanto.

-Apelo, pues, para ante él, dijo don Luis.

-Concedida, dijo el presidente, y tocó la campanilla.

El efecto que tal escena había producido en los circuns­tantes es imposible de describir. Simón, arrasado en lágrimas, miraba a su señor de hito en hito, creyéndolo ya difunto. Clara Rosa con el cabello desordenado, manto y velo revueltos, permanecía en pie, trémula y con los ojos fijos en la alfombra, como si fuera una cosa que no per­teneciera al mundo, y cuya alma hubiera volado a otra región, dejando su bello cuerpo sobre la tierra. El presidente sollozaba; y aunque se hallaba desprendido de un peso enorme, sentía ahora todo el dolor de un amigo di­funto. El Oidor por su parte, sin atreverse a alzar los ojos, descosía una punta de su vestido, como deleitándose en una cosa terrible; era su enajenación como la de un sueño en que el cuerpo materialmente reposa, o se agita; pero en el que el alma se pasea por un campo de agradables ilusiones o de penosos proyectos futuros.

Los circunstantes, callando, se iban saliendo, y a poco rato, la sala quedó desierta. Clara Rosa salió, cuando el Oidor, como despertando, se levanta, extiende los brazos y grita: «¡Clara Rosa! ¡Clara Rosa!, ¡una vez no más: perdón!» Ella iba a pasar la puerta cuando la sorprendió aquel acento; vuelve la cara y le responde llorando, «¡adiós!»

-Perdóname, Clara Rosa, dijo más recio el Oidor, con la voz de la desesperación y de la amargura.

La hermosa había pasado ya el umbral y no se quiso detener más. Aturdido, sin fuerzas, casi loco, salió el Oidor para volver a la cárcel; Simón le seguía. Los oido­res empezaron a levantarse, conversando apresuradamente unos con otros, y el reloj de la Catedral dio la campanada de la una.

IX

Todo parece terminado para él; una sentencia irrevoca­ble ha sonado; una mancha indeleble de crimen se fija sobre su nombre; el virrey, para colmo de su desgracia, no conmuta la pena. Breves momentos le faltan; va a salvar el insondable abismo y a presentarse ante Dios: no gime, porque las lágrimas son un consuelo, y hasta éste le ha sido negado por el destino.

De su cuarto es conducido a la capilla, donde debe aparejarse para dar cuenta de sus acciones; y ved qué espectáculo se le presenta. Un pobre lecho donde debe dormir sus últimos sueños, una mesa, encima el crucifijo glorioso de La Veracruz, que ha conducido a tantos a las puertas de la muerte; un escaño, unas botellas, pan, agua; es un cortejo fúnebre; lo mira y vuelve la cara. ¡No hay remedio! El caliz es amargo, exclama, pero es preciso beberlo.

Hay una especie de sublimidad en la resignación, aun cuando el trance que ha de pasar sea inevitable. Sócrates conversando con sus discípulos, a tiempo que el sol de Atenas resplandeciente daba, apagando sus últimos rayos en el pórtico del coliseo, y riendo al tomar la copa mor­tífera, es un retrato de la magnanimidad y del justo mu­riendo; ¡pero qué diferencia! ¿Ni cómo podemos comparar a aquel sabio con un malhechor? Sócrates soñó con la Divinidad, y ella se sonreía al recibirlo en su seno; Só­crates moría asesinado por el pueblo; pero moría inocente y por una causa sublime y heroica; ¿y éste?

Sus primeros momentos fueron consagrados a arreglar sus intereses. Escribió a España a un hermano, único que había quedado de su numerosa familia; le contaba su des­gracia y el tremendo castigo que estaba pronto a sufrir. «Cuando esta carta esté en tus manos, caro hermano mío, escribía, mi garganta habrá sufrido desde mucho tiempo el frío del fatal corbatín, y mi cuerpo, sepultado en los desiertos de América, hecho polvo y gusanos, estará en la oscuridad de la tumba. Muerto sin gloria, como un malhechor, tu nombre te será odioso por ser el que lleva tu infeliz hermano; y maldecirás mi delito, mi arrebato, mi criminal pasión. ¡Oh!, ¡cuántas veces la he maldecido del fondo de mi corazón, arrepentido y despedazado por todas las penas! Te recomiendo a tu hijo. Mi querido Camilo, debe saber cómo murió su tío; ese reloj es una de las cosas que le lego; la hora que señala fue en la que entré a esta capilla; cuéntale siempre mi crimen, y nútrelo en el temor de Dios, óptimo, máximo».

Todos sus bienes los legaba a su familia: les recomen­daba a Simón, al que previno volviera a España, a su casa y al seno de los suyos.

-Deja esta América, Simón mío, que tan fatal nos ha sido: tú volverás a Sevilla, añadía, que yo no puedo volver a ver, consuela a mi hermano, a sus hijos, a mis amigos; no, no los veas; no te dejes conocer: ¿qué dirán de mí?

Esta idea de deshonra lo martirizaba; Simón no podía contener las lágrimas.

Los primeros momentos del sumo dolor habían pasado; pero restaban ahora los del arrepentimiento tardío y los de la desesperación: restaba escuchar aquel grito de la conciencia; |¡Si yo |no hubiera hecho esto!... oído entre las sombras, en la soledad, en las cadenas y en víspera de dar su postrimer aliento. Arreglados todos los negocios del mundo, quiere tomar el sueño: ¡vanamente!, ha huído de sus ojos. Llama a Simón, conversa con él; pero todas sus frases acaban en una expresión de dolor, como a cada golpe del hacha se sucede el quejido del árbol que se corta en la montaña.

La capilla, antiguamente, lo mismo que la cárcel, no estaba donde está hoy, y más espaciosa aún, tenía mayor ventilación. Una ventanilla permitía la vista a la Sabana por el lado del poniente, descubriendo del todo la gloriosa escena del campo inmenso, a lo lejos las haciendas, y en­cima el cielo azul de julio. Asómase, enciende un cigarrillo, y contempla un momento aquella perspectiva. La luna iluminaba con rayos transparentes los techos de los edifi­cios, y blanqueaba amorosa la llanura; el viento susurraba fuertemente, y las nubes corrían al ocaso, impelidas por sus soplos, a ir a formar como promontorios o ciudades; la luz de la luna no daba a la ventanilla, y así él veía sus rayos, pero no su frente. Lo mismo estaba la noche fatal, y esto lo hace estremecer. Eran las diez, y a esta hora estaba libre. «¡Por qué no morí antes!, pensaba entre sí mismo, ¡tal vez hubiera alcanzado el perdón de Dios, y una lágrima de Clara Rosa! Ella quizá me maldice, y Dios extiende ya su brazo para hundirme en el infierno». Oyó Simón estas últimas palabras y dijo:

-Señor, no desconfíe vuesamerced de la Providencia: la señora es virtuosa y lo habrá perdonado; tal vez a esta hora estará orando a Nuestro Señor en su monasterio por vuesamerced, ¡y Dios!, ¡ah, señor! él es el padre de los pecadores.

El Oidor se sonrió amargamente y se complacía en arrojar bocanadas de humo por la ventanilla, que eran deshechas por el viento al mismo instante. Cargado contra la pared, el canto de un grillo que moraba allí cerca en un agujero, lo entretiene, quiere decir: ¡oye!, pero su pen­samiento está en otra parte, volando, revolviendo mil cosas mil imaginaciones.

-Tal vez, dijo a Simón, este animal que chilla es feliz; ahora canta a la claridad de la luna, sin pensar en nada, cuando tal vez mañana morirá; tendrá su mujer, sus hijos, y ahora junto de ellos, goza de su felicidad; un pequeñito agujero le basta; con una migaja de pan se alimenta, su mundo es una pared, ¡y es más feliz que yo! ¡Cuántos, a quienes yo mismo condené a muerte, habrán en estos mo­mentos escuchado sus chillidos, y reflexionando tan tris­temente como yo! Pasado mañana a esta hora él cantará; pero no tendrá quién lo oiga; y de aquí a unos días tam­bién morirá.

Simón, si todo nace para morir, ¿por qué nos apesa­dumbramos?, tarde o temprano ha de venir a tocarnos con su mano descarnada la muerte... ¡ con que consolémonos! Suponte que ya yo tuviera 70 años; era cosa muy natural morir; pues bien, figurémonos que los tengo, porque el tiempo pasa como un carro: muramos sin afligirnos y des­cansemos para siempre.

Simón nada respondía, despavesaba de cuando en cuán­do la vela, o se paseaba, refregándose las manos, rezando en voz baja.

El silencio que se siguió a estas reflexiones no fue largo, en la calle se oyó una voz, acompañada de una guitarra que cantaba un viejo romance de la «Muerte y el Amor».

Al otro día por la mañana entró un sacerdote que había de acompañarlo hasta los umbrales de la sepultura. Grave, de un aspecto reservado y taciturno, con los brazos cruza­dos bajo el tosco sayal permanecía al lado del Oidor, dispensándole todos los cuidados de que es susceptible el corazón de una madre, todos los consuelos que dispensa la religión, unidos a la ternura de los amigos.

Había rogado el Oidor a Gil Pérez que viniera una vez más antes de su muerte; pero aquel no se pudo resolver a tanto, y le envió con una criada sus hijos para que le hicieran una visita tan fúnebre. El mayor de ellos, que se llamaba Manuelito, apenas contaba diez años; las otras dos niñas tenían seis y ocho. Apenas los vio el Oidor cuando voló a abrazarlos, y lloraba besándolos tierna­mente. Padre, dijo, volviéndose al religioso, ¿por estos niños no me perdonará Dios?

-¿Luego son vuestros?, preguntó aquel.

-No; mas de un amigo.

El religioso permanecía como una estatua sin mover un pie, mirando fijamente y con religiosa ternura aquella escena conmovedora.

-¿Y por qué no ha venido tu padre, Emilia?, dijo el Oidor. Esta, en vez de responder, bajó los ojos son­riéndose y refregándoselos.

-Nos dijo, contestó Manuelito, que viniéramos a despe­dirnos de usted, que luego él vendría, ¿para dónde se va usted?

-¿Para dónde me voy?, dijo el Oidor, ¡ah!, ¡sí!, para un viaje muy largo, muy largo.

-¿Y no volverá usted nunca?, añadió aquel.

-¡Quizá, Manuelito, es tan largo!, hay que pasar el mar... ¡tántos peligros!

-¿Con que tiene que pasar el mar?, añadió el mu­chacho.

-¿Y | si se ahoga usted?, dijo Emilia.

-Efectivamente, repuso Manuelito, yo si fuera usted no emprendía tal viaje... , pero, ¿por qué no está usted en su casa?

-Es, respondió el Oidor, para la mayor facilidad del viaje.

-Señor, dijo interrumpiéndole el religioso, reflexione usted lo precioso de estos momentos, que son los últimos.

-Lo sé, amigo mío, pero déjeme vuestra paternidad despedirme de mis inocentes amigos.

-Tomó una tira de papel y escribió:

-«Item, lego mi casa baja en los Tres-puentes, valor de ocho mil ducados, con todos sus muebles, a Manuel, Emilia y María Pérez, hijos de mi buen amigo Gil, en prueba de la fina amistad que le he profesado a él y a su apreciable familia. Mis herederos pondrán inmediata­mente en posesión a los interesados».

-Vea su paternidad cómo desperdicio pocos momen­tos: tome usted, Manuelito, llévele a su padre ese papel, que es lo único de que puedo disponer; que me encomien­den a Dios que me vaya bien en el viaje, y ustedes sean muy formales y muy buenos, y no se olviden de mí.

Abrazó luego a los niños y los despidió.

-Padre mío, van a ser las cinco de la tarde: es el último sol poniente el que miran mis ojos; y con ser así, ¿me cree vuestra paternidad que si me preguntan la contraseña respondería ahora como aquel célebre emperador, |aequa nimitas: tranquilidad del alma? No; me había olvidado un momento; ni cómo puedo estar tranquilo cuando... óiga­me vuestra paternidad con atención:

Se arrodilló a los pies del religioso y abrió aquel arcano de su corazón, manchado con el doble crimen de un amor vedado y de un asesinato. Las más sinceras lágrimas de arrepentimiento inundaban su rostro; pero la tempestad que habían levantado en su pecho las pasiones, y que lo habían mantenido rebotado, como el mar, hasta en su más hondo seno, a la palabra de aquel sacerdote, al aparecerla gracia, volvió a calmarse y pudo respirar con la mayor libertad.

-¡Padre mío!, decía, ¿por qué no he disfrutado yo an­tes de este consuelo?, ¿por qué, cuando aquel demonio lisonjero se encarnó profundamente en mi corazón, no volé yo a los pies de vuestra paternidad? Diga vuestra pa­ternidad siempre y en todas partes, que sólo la virtud da reposo, y que la religión es el único bálsamo de las heridas del corazón. Diga vuestra paternidad que el Oidor de San­tafé, que mañana expiará su crimen en un patíbulo deshonroso, habría evitado esta desgracia, si hubiera seguido las máximas de Jesucristo. Pero, reflexionaba después, por todo debemos gracias a Dios: tal vez sin ese golpe, yo hubiera muerto en la impenitencia. ¿Cree vuestra pa­ternidad que Dios me haya perdonado, y que no me impute ya mi pecado?

-Sí, hijo mío, todo se debe esperar de su misericordia y de su amor, de nuestro arrepentimiento y de la sinceridad de nuestras lágrimas.

Aquella fatal noche se pasó en la mayor agonía. La siempre fija idea del suplicio, que se acerca por momentos; la desesperación en que cae el hombre al ver que no se puede evitar el lance; aquel corazón que cuenta hasta el más pequeño instante; que hace atención al más leve grano de arena que cae del reloj; la idea eterna, que no se desecha de |¡mañana ya no viviré!, tantos tormentos, tan­tos recuerdos...

A la media noche, aunque el alma quiera velar, apro­vechando el tiempo en la súplica, el cuerpo que no en­tiende, y que cree necesitar de sueño, lo reclama imperio­samente, y todos los ajusticiados padecen de mucho sueño. ¿Es sueño? No; es un estado de inercia en que el cuerpo parece dormido realmente, pero en el que a cada momento se despierta el infeliz, saliendo de una penosa agonía para preguntar ¿qué hora es?

-Pregunta más bien, le respondió el sacerdote, si ha sonado la de la misericordia, y no te ocupes de un mo­mento que debe acercarse.

Las luces chirriaban con fuerza y parecían ya casi no alumbrar: el Oidor no sabe, por fin, qué hora es realmente; pero se acuerda, aunque confusamente, que la señalada para su suplicio es la de las diez. El día reina ya, la luz de la mañana, que entra por las hendeduras de las puer­tas, da en los ojos de Simón, y le hace derramar lágrimas.

-¡Perdóneme vuesamerced, dice tirándose al cuello del preso; pero ya es el momento de nuestros adioses!

El Oidor no sabe lo que le dice; se pasa la mano por los ojos cargados de sueño, y no puede traer el pensamiento de lo que aquellas palabras significan: ¡adioses! Dios reina en su corazón; pero ¿lo perdonará?, es la única pregunta que se hace interiormente.

Desde el momento de entrar a la capilla, no habían ce­sado de tocar en todos los conventos la plegaria tristísima de la agonía. Estos sonidos suspenderían, según son de terribles, según vienen impregnados de pensamientos eter­nos y sublimes, el puñal en la mano de un conspirador dominado por la ira, y la pluma en la mano del impío. Dos días continuos había sonado en los oídos del preso esta funestísima armonía del dolor, que avisa a los cris­tianos que deben orar por el fiel que está luchando con las ansias de la muerte; pero ahora ya no le hacían im­presión alguna, porque su corazón estaba casi falto de sensibilidad, por las repetidas impresiones de dolor que había recibido; porque para conmoverlo se necesitaría una representación tan viva como la presencia de su an­tigua amiga.

Al acercarse al banco donde debía tender su cuello al |garrote, debían doblar en la Catedral; al poner en él la garganta, debía darse el segundo campanazo funesto, y cuando el verdugo diera la vuelta, debía dejarse oir el último.

La gente empezaba a agruparse en la plaza; techos y ventanas estaban ya cuajados; la hora era llegada.

Clara Rosa estaba orando con una religiosa anciana, al pie de una imagen de Nuestra Señora de los Dolores, que sufrió toda esta larga agonía por el amor de los hombres. De repente arrojó un grito. Madre mía, dijo, ¡acaba de subir al cadalso!, y un doble resonó en todos los ángulos de la ciudad.

La joven religiosa se desmayó a los pies de la imagen mientras que los otros dobles sonaron. Abrió por fin los ojos y preguntó a su compañera:

-¿Sonaron los demás?

-Hija mía, su alma goza hace rato de Dios, y descansa en su seno.

El redoble del tambor se oyó entonces cruzando por la plaza, ronco y funeral; y se escuchaba el murmullo de los que habían asistido a aquella escena sangrienta, y que pasaban contando los pormenores de la ejecución.

Aún hoy se mira un pedazo de piedra de sillería en la plaza mayor de Bogotá, que sirvió para levantar el cadalso en que fue ajusticiado el Oidor de Santafé, don Luis Cortés de Mesa.

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