INDICE

La Serenata

Joaquín Marín

Una Noche de Fiestas

La Docena de Pañuelos

Un Sueño de Dos Colores

El Último Abencerraje o la Trata de Caballos

La Pirámide de Itica-Pol (Viajes por Sur América)

Antiguo Modo de Viajar por el Quindio

Partida del Libertador

Es Mal que Anda

Los Viceversas de Bogotá

La Retreta

Literatura Fosil

Descripción del Puente de Icononzo. Llamado Generalmente de Pandi

Los Artesanos

El Tiempo Vale Dinero

Una Página

¡Lo que Puede un Pie!

Investigaciones sobre algunas Antigüedades

El Paseo Campestre

El Señor Eugenio Díaz

El Alma del Padre Mariño

El Lago de las Serpientes

La Barbería

Las Selvas del Carare

Santafé

La Empleomanía

Un Buque de Vapor

Baile de Sombras

El Desierto de la Candelaria

El Oidor Cortes de Mesa

El Hoyo del Viento

Presentimiento

Noche a Orillas del Meta

La Siembra del Trigo

Reflexiones

El Lazarino

El Manuscrito de mi Tio

Dos Veces Muerto

De Honda a Cartagena

 

II

¿Qué pasaba en el corazón del Oidor? Imposible es pin­tar exactamente aquella mezcla de encontrados afectos que produce el amor, y un amor desesperado y criminal como el que se había apoderado de su alma. Movimientos de esperanza, de arrepentimiento; ideas negras como el averno; los celos con todas sus espinas dolorosas, que rompían su ensangrentado corazón; todas las olas de un porvenir funesto, si lograba sus deseos, viniendo a estre­llarse en su frente; todos los dolores de la desgracia, si no era correspondido... ¡Oh, virtud!, tu antorcha no ilu­minó su alma, o fue que el demonio quiso ocupar entera­mente su recinto; o que el infeliz no tuvo ánimo para implorar al cielo, temiendo ser oído, para que lo librara de este amor.

Una noche sin sueño, la fiebre abrasadora de la deses­peración, el flujo de suspiros involuntarios... ¡ni una lágrima!, ¡pero la imagen de la amada con todos sus en­cantos, el recuerdo fresco y vivo de todas sus acciones y aun de sus más insignificantes palabras, la perspectiva tétrica del crimen, la agonía del dolor!... ¡Ved qué tropa de penas sobre un corazón tan fuerte como el que más, que no es sino un poco de sangre!

Por la mañana llamó con la campanilla a Simón. Simón era un criado antiguo de su casa, que había querido acom­pañarlo a América, porque lo había criado en sus brazos y lo amaba como a su hijo.

-¡Simón!, he pasado una noche malísima, no he dor­mido; estoy como con calentura.

-¡Ya!, las trasnochadas nunca son buenas, señor mío; yo, ya ve vuesamerced, 80 años cumplo en estas pascuas, y nunca he sabido lo que es un dolor de cabeza, ni lo que ha sido cogerme las ocho fuera de mi cama. Algún viento, la humedad de este cielo, que no es como el de Sevilla, el vino lleno de azucar... ¿quiere que llame a un doctor?

-Gracias, mi buen Simón; mi mal no hay médico que lo cure.

-Pero, ¿qué tiene vuesamerced?

-Casi nada me duele, nada; pero estoy bien malo.

El viejo se confundió y se fue a preparar el almuerzo. Mientras que almorzaban le dijo el Oidor a Simón:

-¿Sabes lo que pienso?, volverme a España; ya no me sienta este clima.

En esto entró un canónigo, y fue preciso dejar la con­versación.

No bien se hubo acabado el despacho de aquel día en el Tribunal, cuando el Oidor fue a la casa de don Salvador. Encontró con Clara Rosa, que se divertía sola en el corre­dor regando unas flores: estaba perfectamente adornada; su cabello recogido con tres estrellas de oro y diamantes; arracadas y gorgueras de lo mismo; una pañoleta de olán al cuello; su ajustador de seda turquí con mangas de ter­ciopelo celeste hasta el codo, en el que caía un vuelo de encaje blanco con un brazalete de esmeraldas, pulseras de lo mismo, y los dedos cuajados de piedras preciosas; sus enagüillas azules de terciopelo, chapines de lana y medias de seda. Tal era el adorno de la hermosa; pero en su cara se habían abierto unas ojeras grandísimas; y sea la falta de sueño de la noche anterior, o algunas lágrimas secretas, la faz demostraba un aire de melancolía que daba más y más realce a su hermosura de 18 años; sus ojos eran una hoguera incesante, su boca

Botón de rosa apenas entreabierto,
Que a la tierra cayó del Paraíso.


¡Cuántos encantos y cuán poderosos hechizos para ablandar un corazón de piedra, no que uno que se de­rretía!

El Oidor la saludó con la gracia andaluza que caracte­rizaba todos sus movimientos. Entraron a la sala y se empezó la conversación.

-Y bien, Clara Rosa, dijo sonriéndose el Oidor, ¿mu­cho se divirtió usted anoche?

-Sí señor, puedo decir que estuve muy contenta.

-Pero su aspecto no da indicios de tal cosa: más colo­rada, con menos ojeras, y no tan triste había de poner usted esa cara divina para que se lo creyera, usted ha llorado.

Clara Rosa se turbó toda, y le dijo con un acento tan triste: ¡no señor!, que el Oidor, que estaba ya en ascuas, se levantó para sentarse en una silla junto de ella.

-¿Cómo no?, continuó el Oidor, aún se ven las señales de su llanto. Vamos, amiga, sea usted más sincera, cuén­teme la causa de sus penas, pues juro que ninguna tiene en el mundo tanto derecho a ser feliz como usted; tal vez regaños de don Salvador, ¿no es esto?

-Pero, señor, por más amistad que usted me profese, ¿qué utilidad le reporta saber las penas que pueda sufrir una pobre muchacha, huérfana desde la infancia, sin apo­yo, sin arbitrio en la vida, criada en un monasterio?

-¡Cómo si me interesan las dichas y los dolores de usted!, sobre mi corazón, Clara Rosa, créame usted que yo desde el momento...

Aquí se suspendió, por una señal de desagrado que notó en Clara Rosa, y luego continuó diciendo:

-¡Eso es, caprichos del abuelo, bizcaíno había de ser! ¿no es verdad, amiguita?

-Sí, señor; ya que usted quiere saberlo, oiga, pues, y verá que son cosas de que usted no debía tener curiosidad. ¿No se acuerda usted que cuando bailamos juntos a la media noche, se me cayó una cinta y que usted la alzó?... Pero ahí parece que viene.

Y se levantó para sentarse en otro lugar. Así permanecieron un rato hasta que el Oidor dijo:

-Bien, no viene; ¿y en qué paró?

-Pues luego que todos ustedes se fueron, se quedó a cenar y empezó a reprenderme, y tanto, que me hizo llorar.

-¿Sí, conque está celoso?, dijo el Oidor.

-Y ya ve usted con cuan poca razón, señor don Luis; yo soy una pobre, una infeliz, que sé muy bien cuánto le debo; ¡ah!, todo lo que soy; y aunque entonces no supe tal vez lo que me hacía, yo lo amo, y no seré capaz nunca de darle qué sentir.

-Pero, divina Clara Rosa ... dijo el Oidor.

Aquella, viendo que don Luis le iba a tomar la mano, se levantó y se salió al corredor. A este tiempo entraba don Salvador, que venía de dar su paseo por San Diego, después de haber estado desde las ocho en la tienda. Era este español honradísimo y cortés, muy devoto, exacto en sus promesas; de aquellos hombres de migajón que ya casi no se hallan, formal, tratable, y aunque a la edad de cincuenta años, enamorado de su mujer como un mu­chacho.

El padre de Clara Rosa fue un honrado antioqueno, que queriendo mejorar su fortuna, se había trasladado a Santafé, con su mujer y su hija. A poco tiempo murió aquella, dejándolo en la mayor aflicción, principalmente por el cuidado de la educación de Clara. Don Salvador, que era su amigo, se hizo cargo de la niña, la puso en La Enseñanza, y habilitó al padre para que hiciera un viaje a Jamaica; el que tuvo el más desgraciado fin del mundo, pues de vuelta murió el padre de Clara Rosa en Honda, suplicando a su amigo cuidara a su hija como propia y no la desamparase en la orfandad y miseria, y mucho más en la edad en que la dejaba. Don Salvador prometió ser su padre, y luego que salió del convento se casó con ella. Los matrimonios en aquel tiempo casi no se hacían por voluntad; y el cariño, el amor, era de lo que menos cuenta se hacía. Clara Rosa, huérfana, inocente, a la edad de diez y seis años, sin experiencia, criada en un monas­terio, se arrojó en los brazos del que hacía las veces de su padre, y éste dio el sí por ella en los altares. Poco a poco con el trato de las amigas, y con el claro talento de que la dotó el cielo, advirtió que había hecho un voto, cuya inmensidad y duración, apenas empezaba a conocer. La gratitud, el siempre cariñoso trato del marido, su mis­ma utilidad, la convencieron a amar por deber al que amaba por agradecimiento, y a llevar una vida feliz, ignorando los ardientes afectos que estaba condenada a no gustar.

Don Salvador, por otra parte, era el hombre más cari­ñoso y de buen juicio, franco, amigo de servir a sus ami­gos, idolatrando en Clara Rosa como en su ídolo, atento a conservar su rico comercio, el hombre más cabal y co­rriente. Diversiones, bailes, paseos, maestro de arpa, cuanto quería, cuanto soñaba, cuanto acertaba a pensar, en todo daba gusto a la esposa. Su figura tampoco era desagrada­ble: un estatura más que mediana, gordo, cachetón; la cabeza escarchada por los años, pero cubierta de espeso cabello; fácil conversación, buenos y apreciables modales, la limpieza misma llevada al exceso, tal era aquel hombre, cuya mano estaba abierta al pobre y a la viuda, y cuyo corazón puro no sabía ni desear el mal. Estimaba al Oidor, tanto por sus talentos y buenas prendas, como por el lazo de paisanaje y de amistad que le unía a él; pero empezaba a recelarse de sus miras viendo la frecuencia con que venía a su casa, y el demonio funesto de los celos, que atormenta principalmente cuando se miran las relevantes prendas del rival, y a la consideración de los personales defectos, se había apoderado de su alma. Hizo poca aten­ción al Oidor, y manifestó su descontento a Clara Rosa.

Despedido el Oidor, prohibió a su mujer que lo admi­tiera más en su casa, y comisionó en secreto a Cecilia, una vieja ama de llaves de la casa, para que espiara hasta las más indiferentes miradas de aquella, encargándola de darle detallados avisos de todo.

Muy duro se hacía a Clara Rosa despedir de su casa a un hombre tan eminente, ya por el puesto que ocupaba en la Real Audiencia, como porque empezaba a cobrarle cariño al ver su amor desventurado y las prendas que lo adornaban. Por una parte, el obstáculo aumentaba este afecto, que venía a robustecer las naturales comparaciones que hacía entre la edad tan desigual, los talentos, el rango y las maneras de uno y otro. ¡Cuán disculpable era esta hermosa, luchando sin guía ni consejero en la borrasca desatada de afectos, si tal vez daba momentáneamente cabida a una inclinación tan criminal! Consultó las dudas de su conciencia con su confesor el guardián de San Fran­cisco, que estaba ya prevenido por el marido, de cuya casa se le enviaba el confortativo chocolate qué tomaba su paternidad, los dulces y fuentes de colaciones con que se refaccionaba su paternidad, el vino de Madera y Oporto con que se fogueaba su paternidad y los olorosos tabacos de La Habana que fumaba su paternidad. No era mucho, pues, que su paternidad hablara elocuentemente a Clara Rosa, citándole los hechos de Raquel, Ester, Judith y Santa Teresa, que tenían tanto que ver con la presente materia, como mejor fortuna me depare Dios. Pero la bella índole de Clara Rosa, su condescendencia genial para seguir el camino virtuoso, no opusieron ciertamente obstáculo ninguno a la elocuencia triunfadora del muy reverendo padre fray Clímaco Matallana, guardián en el convento de humildes franciscanos de Santafé; así fue que anegada en llanto, prometió no pensar más en el Oidor, ni cosa que oliese a tal, y seguir, como hasta en­tonces, queriendo a su buen marido, como a las telas de su corazón.

¡Con cuánto placer no oyó don Salvador tan faustas nuevas de boca del muy reverendo padre guardián fray Clímaco, y más viendo que Clara Rosa se esmeraba a por­fía en manifestarle su cariño! Eran como las nubecillas de diciembre, que gotean para secar el polvo en un día ca­luroso y para mejor refrescar el aire. No hay que decir de las damesanas de vino que fueron a dar de rondón en el último vericueto de la celda del bendito fraile, como ni tampoco las finas piezas de cendal para los hábitos de su paternidad, y las de olán para camisas de su cuerpo pecador, como él mismo lo solía llamar.

Entre tanto el Oidor estaba poseído de mil esperanzas y temores, y del peso que trae consigo, abrumador y te­rrible, tan funesta afición. Es el tormento de Tántalo, que ve saciarse a otro de agua, mientras él se deseca de sed; es el corazón puesto sobre un yunque, recibiendo los gol­pes del martillo que lo vuelve pedazos. Pensaba pedir su traslación a otra parte, ya huír como un desertor, ya que­darse, vivir, morir; todas las furias se habían desencade­nado para atormentarlo, y lo que le faltaba era valor para tomar una resolución. ¡Ay de aquel corazón medroso, queno sabe determinarse a seguir un pensamiento cuando la razón grita!, ¡y qué de tormentos no se le preparan por su indecisión! Rómpase, despedácese, si es preciso; pero sea una vez, siguiendo los consejos de la conciencia que nunca se engaña. Arremolinado por mil siniestras ideas, ya se resolvía a cejar, prometiendo no ver más a la tur­badora de su quietud; pero su alma se desencajaba a este mero pensamiento y no podía resolverse a nada. Fluctuan­do a merced de todas las contradicciones de una mente acalenturada, ni en la soledad hallaba consuelo, y las conversaciones de sus amigos no eran atendidas, o pasaban sobre su pecho sin hacer impresión, como el viento por un arenal, sin hallar una planta que mover. En la Audien­cia hubo que despertarlo muchas veces de la profunda meditación en que se sumergía: ensimismado y taciturno, no acertaba con la palabra cuando sus compañeros le preguntaban. ¡Infeliz hombre!, su vida será una cadena de dolor, si la religión vence en su pecho; o un raudal de crímenes, si triunfa la voz halagüeña del placer.

Simón se esforzaba en vano por inquirir la causa de su pena. Toda afección desarreglada es vergonzosa; pero el profanar la unión nupcial, volver ingrato al ser más sensible y virtuoso, hacerlo criminal, profanar un santuario, marchitar una flor, corromper un corazón... Si hay palabras que manifiesten esta vergüenza, no será otra que la que el pueblo aullando, arroja sobre la frente del cul­pable, larguísima, de maldición y de desgracia, cuando asciende al cadalso, pálido y casi muerto. Así fue que Simón se quedó en ayunas, y no sabiendo qué decir, acon­sejó a su dueño que hiciera una confesión general y vería cómo restauraba la paz perdida. Efectivamente, este aviso era el único camino seguro que se podía tomar; pero era tarde, o no había fuerzas en el Oidor para tanto.

III

Muchos días habían pasado sin que nada turbase el reposo de don Salvador y de Clara Rosa, y sin que tampoco nada atenuase el amor del Oidor, y la pena que profunda­mente lo consumía: sus facciones manifestaban los interiores combates, y su aire distraído le daba un aspecto terrible, al mismo tiempo que causaba lástima y compasión.

Después de rezar las oraciones en casa de don Salvador, vino a servir el chocolate la tía Cecilia, y con mil escrú­pulos y reservas hizo señas al amo, como que tenía que contarle algo. Aquel no advirtió o se dio por desentendido, así es que la vieja estaba en ascuas; pero luego se acostaron y no hubo tiempo para decir nada.

Al otro día, muy temprano, salió Clara Rosa a misa, según su costumbre, y Cecilia dijo a don Salvador que permaneciese. Pretextó aquel gana de almorzar, y se quedó para ver qué cosa era. No bien hubo salido Clara Rosa cuando la vieja, mirando para todos lados y advirtiendo que no había gente, dijo a don Salvador:

-Pues cierto, señor, que el Oidor no nos da treguas.

-¿Y qué ha sucedido?, dijo don Salvador, retirándose de la mesa, y sin acabar de pasar un pedazo de pan que se había echado a la boca.

-Nada, señor.

-¿Cómo nada?

-Oiga usted con paciencia, que en una hora no se tomó Zamora.

-Bien, bien; deja refranes, y al clavo.

-Pues como vuesamerced me dijo que viera

-¿Y qué has visto, pues?

-¿Pero cómo quiere que se lo diga, si a cada momento me interrumpe?

-No interrumpo más; di breve.

-Pues como iba diciendo de mi cuento: y los tiempos están, señor don Salvador, muy peliagudos, pues hoy se levanta uno bueno, y a la noche... ¡Dios sea servido de remediar las cosas!

-¡Por Dios Cecilia!, di pronto, que ya no puedo aguantar más, dijo don Salvador, levantándose y cerrando la puerta, ¿vino el Oidor?

-Sí vino, señor; pero no hable usted tan recio.

-Bien, ¿y oíste qué le dijo Clara?

-Sí, señor; pero veamos si viene alguien, porque, como suele decirse, las paredes tienen oídos, y no metas tus pulgares.

-A un lado chácharas, Cecilia, y al asunto, al asunto.

-Pues sí, señor, dijo Cecilia, arrimándose a don Sal­vador, ayer tarde, cuando estaba en la tienda, vino; yo, al momento que lo sentí entrar, me vine, dejando el dulce eh el fogón, que por eso se acarameló.

-Bien, dijo don Salvador, eso no es del caso, prosigue.

-No me interrumpa más, señor, porque entonces... me callaré.

Don Salvador hizo una señal de que escucharía en silencio, y la vieja prosiguió:

-Pues, como iba diciendo: vino el Oidor y yo me escondí detrás de esas cortinas de la puerta de la alcoba y me puse a oír, levantando pasito, pasito, una punta, sin que me sintieran, con un miedo grande, no fuera a ser que el diablo, que todas las mueve... y me puse a rezar a Santa Rita, y así rezando y oyendo con un palmo de orejas, escuché calladamente.

Aquí quería don Salvador volver a interrumpir, pero la vieja continuó diciendo:

-Al principio no hablaron sino de cosas indiferentes, del tiempo y de la hermosura de mi ama.

-¡Cómo!, dijo don Salvador, ¿le decía que era her­mosa?

-Sí, y que más linda niña nunca había visto, con no sé qué perendengues de amor y de corazón que le dolía.

-¡Bien!, ¿y después?

-Después dijo él que estaba pensando en volver a España.

-Cierto, añadió don salvador, que mejor cosa no pu­diera hacer, ¡lindo pensamiento!, así todos quedábamos sosegados.

-Usted no me deja acabar y no dilata la amita en volver.

-Sigue, pero sin rodeos Cecilia, por el amor de Dios, figúrate cómo estaré.

-Yo lo creo, la cosa no es para menos: pero dijo pen­saba en irse a España, porque aquí no podía ser feliz. A esto contestó mi señora que no hiciera tal.

-¿Eso dijo, Cecilia?, ¡la infame!

-¡Sí, pero qué!, usted no deja seguir.

-Prosigue.

-Pues le dijo que no hiciera tal, que aquí todos lo estimaban. El dijo, que precisamente por mi señora era que se iba; que su suerte le mandaba hacer el sacrificio de su comodidad. A esto parece que mi señora se enter­neció algo.

-¡Oiga!, ¡qué diablos!, dijo don Salvador, haciendo un puchero feísimo.

-Luego siguieron hablando cosas que yo no las en­tendí bien.

-¡Bestia!, ¿y por qué no pusiste cuidado?

-¡Sí, como no estaba yo con un miedo tan grande! El Oidor estaba sumamente turbado, y tomó una mano de mi señora, y cuando ella acabó ya le había dado...

-¡Cuerno!, ¿un beso, Cecilia?

-Sí, señor, en la mano. Mi señora se paró al momento y le dijo lo que su merced le había dicho que le dijera al Oidor, que no volviera; que su merced se incomodaba; que lo quería a su merced mucho, que era su segundo padre, que...

-¡Bien!, ¡bien!, ¡guapa muchacha, si es un ángel!, ex­clamaba el viejo, refregándose los muslos llenos de conten­to; ¿y qué más?, ¿no le dijo más?

-¡Pues qué más le había de decir!, el Oidor hizo una cara tristísima y se le salieron dos lágrimas como dos garbanzos.

-¡Pobre diablo!

-No, pobre sujeto, señor, habló de su desgracia, y tanto dijo, que casi yo también las soltaba desde las cor­tinas. Mi señora se conmovió, y como él la dijese que no lo quería, ella dijo que no lo aborrecía. El Oidor exclamó con un suspiro: «¡ah, pero hay tanta distancia de aborre­cer a amar! ¡Clara!» Entonces yo noté un movimiento y asomé las narices, y vi que el Oidor había tomado una mano de mi señora que apretaba a su pecho, y que ella llorando se inclinaba hacia él, hablando de su orfandad, de que toda su vida la había pasado en un convento, que vuesamerced le hacía tantos beneficios.

Don Salvador había estado oyendo esta relación an­heloso, con la boca abierta, dando o no su aprobación, según que la vieja decía una u otra cosa. Al llegar a este paso, no pudo contenerse, y arrojando un grito, dijo: ¡tan pérfida muchacha!, ¡no sigas por el amor de Dios!, no sigas que me matas Cecilia.

-No señor, aún falta lo mejor, atienda vuesamerced: mi señora se desprendió súbitamente del Oidor y le dijo: «señor, bastante tiempo hemos dado al delirio; conside­remos ahora cuál es nuestra presente situación; yo soy casada, y como tal, debo cumplir con las órdenes de mi marido; por más que amase a usted, no podría obrar de otro modo... Olvídeme usted y no vuelva a mi casa; pues no me puedo comprometer a recibirlo».

-¡Guapo!, ¡buenísimo!, dijo el viejo.

-El Oidor entonces le dijo con tanta tristeza: «¿con qué no tengo nada que esperar?» Ella contestó: «del tiem­po pende el alivio de todos los males; yo no lo aborrezco a usted, usted sería en otras circunstancias ¡ay!... Váyase usted, señor, y olvide a una infeliz, que no merece cierta­mente serlo». El Oidor tomó la mano, que aquella no le negó, la volvió a regar con sus lágrimas, y como atarantado salió temblando y despavorido.

-¡Oh!, ¡qué peso has quitado de mi corazón, Cecilia!, dijo don Salvador. Clara Rosa es una muchacha sin igual; la reflexión puede más en ella que el tumulto de afectos; y no debo exigir más, porque mi edad... ¡Cecilia!, ¡estos 50, estos 50!... Conque ¿se irá el Oidor?

-No sé, dijo Cecilia; pero usted no debe dormir, pues el hombre es fuego, la mujer estopa, llega el diablo y sopla.

-¡Bien!, pón el almuerzo para Clara Rosa y para mí.

Don Salvador salió a la puerta de la calle a recibir a Clara Rosa, que llegaba ya, linda como una flor, ador­nada con todo el brillo de la juventud y la hermosura, y más que todo con el encanto que añadía a sus gracias, el triunfo costoso que había conseguido la virtud sobre el amor.

Aquel almuerzo fue la cosa más divertida para el viejo. El lloraba de gusto mirando a la niña, que había soltado todo el flujo de su buen humor. Chistes, sales alegremente prodigadas; era una riada de placer la que inundaba el alma del anciano, y aquel día no quiso ir a la tienda por prolongar su dicha. Salió a pasear con Clara Rosa, que estaba tan fresca, tan hermosa, como la paz de que gozaba.

-Te amo hoy más que nunca, hija mía, le dijo él; eres una muchacha cumplida, me tienes encantado.

-Y yo también le quiero a usted. ¡Usted me ha hecho tantos beneficios, me ha querido tanto!

-Y hoy más que nunca, amiguita.

Y salieron a la calle.

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