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II
¿Qué pasaba en el corazón del Oidor? Imposible es pintar
exactamente aquella mezcla de encontrados afectos que produce el
amor, y un amor desesperado y criminal como el que se había
apoderado de su alma. Movimientos de esperanza, de arrepentimiento;
ideas negras como el averno; los celos con todas sus espinas
dolorosas, que rompían su ensangrentado corazón; todas las olas de
un porvenir funesto, si lograba sus deseos, viniendo a estrellarse
en su frente; todos los dolores de la desgracia, si no era
correspondido... ¡Oh, virtud!, tu antorcha no iluminó su alma, o
fue que el demonio quiso ocupar enteramente su recinto; o que el
infeliz no tuvo ánimo para implorar al cielo, temiendo ser oído,
para que lo librara de este amor.
Una noche sin sueño, la fiebre abrasadora de la desesperación,
el flujo de suspiros involuntarios... ¡ni una lágrima!, ¡pero la
imagen de la amada con todos sus encantos, el recuerdo fresco y
vivo de todas sus acciones y aun de sus más insignificantes
palabras, la perspectiva tétrica del crimen, la agonía del
dolor!... ¡Ved qué tropa de penas sobre un corazón tan fuerte como
el que más, que no es sino un poco de sangre!
Por la mañana llamó con la campanilla a Simón. Simón era un
criado antiguo de su casa, que había querido acompañarlo a
América, porque lo había criado en sus brazos y lo amaba como a su
hijo.
-¡Simón!, he pasado una noche malísima, no he dormido; estoy
como con calentura.
-¡Ya!, las trasnochadas nunca son buenas, señor mío; yo, ya ve
vuesamerced, 80 años cumplo en estas pascuas, y nunca he sabido lo
que es un dolor de cabeza, ni lo que ha sido cogerme las ocho fuera
de mi cama. Algún viento, la humedad de este cielo, que no es como
el de Sevilla, el vino lleno de azucar... ¿quiere que llame a un
doctor?
-Gracias, mi buen Simón; mi mal no hay médico que lo cure.
-Pero, ¿qué tiene vuesamerced?
-Casi nada me duele, nada; pero estoy bien malo.
El viejo se confundió y se fue a preparar el almuerzo. Mientras
que almorzaban le dijo el Oidor a Simón:
-¿Sabes lo que pienso?, volverme a España; ya no me sienta este
clima.
En esto entró un canónigo, y fue preciso dejar la
conversación.
No bien se hubo acabado el despacho de aquel día en el Tribunal,
cuando el Oidor fue a la casa de don Salvador. Encontró con Clara
Rosa, que se divertía sola en el corredor regando unas flores:
estaba perfectamente adornada; su cabello recogido con tres
estrellas de oro y diamantes; arracadas y gorgueras de lo mismo;
una pañoleta de olán al cuello; su ajustador de seda turquí con
mangas de terciopelo celeste hasta el codo, en el que caía un
vuelo de encaje blanco con un brazalete de esmeraldas, pulseras de
lo mismo, y los dedos cuajados de piedras preciosas; sus enagüillas
azules de terciopelo, chapines de lana y medias de seda. Tal era el
adorno de la hermosa; pero en su cara se habían abierto unas ojeras
grandísimas; y sea la falta de sueño de la noche anterior, o
algunas lágrimas secretas, la faz demostraba un aire de melancolía
que daba más y más realce a su hermosura de 18 años; sus ojos eran
una hoguera incesante, su boca
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Botón de rosa apenas entreabierto,
Que a la tierra cayó del Paraíso.
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¡Cuántos encantos y cuán poderosos hechizos para ablandar un
corazón de piedra, no que uno que se derretía!
El Oidor la saludó con la gracia andaluza que caracterizaba
todos sus movimientos. Entraron a la sala y se empezó la
conversación.
-Y bien, Clara Rosa, dijo sonriéndose el Oidor, ¿mucho se
divirtió usted anoche?
-Sí señor, puedo decir que estuve muy contenta.
-Pero su aspecto no da indicios de tal cosa: más colorada, con
menos ojeras, y no tan triste había de poner usted esa cara divina
para que se lo creyera, usted ha llorado.
Clara Rosa se turbó toda, y le dijo con un acento tan triste:
¡no señor!, que el Oidor, que estaba ya en ascuas, se levantó para
sentarse en una silla junto de ella.
-¿Cómo no?, continuó el Oidor, aún se ven las señales de su
llanto. Vamos, amiga, sea usted más sincera, cuénteme la causa de
sus penas, pues juro que ninguna tiene en el mundo tanto derecho a
ser feliz como usted; tal vez regaños de don Salvador, ¿no es
esto?
-Pero, señor, por más amistad que usted me profese, ¿qué
utilidad le reporta saber las penas que pueda sufrir una pobre
muchacha, huérfana desde la infancia, sin apoyo, sin arbitrio en
la vida, criada en un monasterio?
-¡Cómo si me interesan las dichas y los dolores de usted!, sobre
mi corazón, Clara Rosa, créame usted que yo desde el momento...
Aquí se suspendió, por una señal de desagrado que notó en Clara
Rosa, y luego continuó diciendo:
-¡Eso es, caprichos del abuelo, bizcaíno había de ser! ¿no es
verdad, amiguita?
-Sí, señor; ya que usted quiere saberlo, oiga, pues, y verá que
son cosas de que usted no debía tener curiosidad. ¿No se acuerda
usted que cuando bailamos juntos a la media noche, se me cayó una
cinta y que usted la alzó?... Pero ahí parece que viene.
Y se levantó para sentarse en otro lugar. Así permanecieron un
rato hasta que el Oidor dijo:
-Bien, no viene; ¿y en qué paró?
-Pues luego que todos ustedes se fueron, se quedó a cenar y
empezó a reprenderme, y tanto, que me hizo llorar.
-¿Sí, conque está celoso?, dijo el Oidor.
-Y ya ve usted con cuan poca razón, señor don Luis; yo soy una
pobre, una infeliz, que sé muy bien cuánto le debo; ¡ah!, todo lo
que soy; y aunque entonces no supe tal vez lo que me hacía, yo lo
amo, y no seré capaz nunca de darle qué sentir.
-Pero, divina Clara Rosa ... dijo el Oidor.
Aquella, viendo que don Luis le iba a tomar la mano, se levantó
y se salió al corredor. A este tiempo entraba don Salvador, que
venía de dar su paseo por San Diego, después de haber estado desde
las ocho en la tienda. Era este español honradísimo y cortés, muy
devoto, exacto en sus promesas; de aquellos hombres de migajón que
ya casi no se hallan, formal, tratable, y aunque a la edad de
cincuenta años, enamorado de su mujer como un muchacho.
El padre de Clara Rosa fue un honrado antioqueno, que queriendo
mejorar su fortuna, se había trasladado a Santafé, con su mujer y
su hija. A poco tiempo murió aquella, dejándolo en la mayor
aflicción, principalmente por el cuidado de la educación de Clara.
Don Salvador, que era su amigo, se hizo cargo de la niña, la puso
en La Enseñanza, y habilitó al padre para que hiciera un viaje a
Jamaica; el que tuvo el más desgraciado fin del mundo, pues de
vuelta murió el padre de Clara Rosa en Honda, suplicando a su amigo
cuidara a su hija como propia y no la desamparase en la orfandad y
miseria, y mucho más en la edad en que la dejaba. Don Salvador
prometió ser su padre, y luego que salió del convento se casó con
ella. Los matrimonios en aquel tiempo casi no se hacían por
voluntad; y el cariño, el amor, era de lo que menos cuenta se
hacía. Clara Rosa, huérfana, inocente, a la edad de diez y seis
años, sin experiencia, criada en un monasterio, se arrojó en los
brazos del que hacía las veces de su padre, y éste dio el sí por
ella en los altares. Poco a poco con el trato de las amigas, y con
el claro talento de que la dotó el cielo, advirtió que había hecho
un voto, cuya inmensidad y duración, apenas empezaba a conocer. La
gratitud, el siempre cariñoso trato del marido, su misma utilidad,
la convencieron a amar por deber al que amaba por agradecimiento, y
a llevar una vida feliz, ignorando los ardientes afectos que estaba
condenada a no gustar.
Don Salvador, por otra parte, era el hombre más cariñoso y de
buen juicio, franco, amigo de servir a sus amigos, idolatrando en
Clara Rosa como en su ídolo, atento a conservar su rico comercio,
el hombre más cabal y corriente. Diversiones, bailes, paseos,
maestro de arpa, cuanto quería, cuanto soñaba, cuanto acertaba a
pensar, en todo daba gusto a la esposa. Su figura tampoco era
desagradable: un estatura más que mediana, gordo, cachetón; la
cabeza escarchada por los años, pero cubierta de espeso cabello;
fácil conversación, buenos y apreciables modales, la limpieza misma
llevada al exceso, tal era aquel hombre, cuya mano estaba abierta
al pobre y a la viuda, y cuyo corazón puro no sabía ni desear el
mal. Estimaba al Oidor, tanto por sus talentos y buenas prendas,
como por el lazo de paisanaje y de amistad que le unía a él; pero
empezaba a recelarse de sus miras viendo la frecuencia con que
venía a su casa, y el demonio funesto de los celos, que atormenta
principalmente cuando se miran las relevantes prendas del rival, y
a la consideración de los personales defectos, se había apoderado
de su alma. Hizo poca atención al Oidor, y manifestó su
descontento a Clara Rosa.
Despedido el Oidor, prohibió a su mujer que lo admitiera más en
su casa, y comisionó en secreto a Cecilia, una vieja ama de llaves
de la casa, para que espiara hasta las más indiferentes miradas de
aquella, encargándola de darle detallados avisos de todo.
Muy duro se hacía a Clara Rosa despedir de su casa a un hombre
tan eminente, ya por el puesto que ocupaba en la Real Audiencia,
como porque empezaba a cobrarle cariño al ver su amor desventurado
y las prendas que lo adornaban. Por una parte, el obstáculo
aumentaba este afecto, que venía a robustecer las naturales
comparaciones que hacía entre la edad tan desigual, los talentos,
el rango y las maneras de uno y otro. ¡Cuán disculpable era esta
hermosa, luchando sin guía ni consejero en la borrasca desatada de
afectos, si tal vez daba momentáneamente cabida a una inclinación
tan criminal! Consultó las dudas de su conciencia con su confesor
el guardián de San Francisco, que estaba ya prevenido por el
marido, de cuya casa se le enviaba el confortativo chocolate qué
tomaba su paternidad, los dulces y fuentes de colaciones con que se
refaccionaba su paternidad, el vino de Madera y Oporto con que se
fogueaba su paternidad y los olorosos tabacos de La Habana que
fumaba su paternidad. No era mucho, pues, que su paternidad hablara
elocuentemente a Clara Rosa, citándole los hechos de Raquel, Ester,
Judith y Santa Teresa, que tenían tanto que ver con la presente
materia, como mejor fortuna me depare Dios. Pero la bella índole de
Clara Rosa, su condescendencia genial para seguir el camino
virtuoso, no opusieron ciertamente obstáculo ninguno a la
elocuencia triunfadora del muy reverendo padre fray Clímaco
Matallana, guardián en el convento de humildes franciscanos de
Santafé; así fue que anegada en llanto, prometió no pensar más en
el Oidor, ni cosa que oliese a tal, y seguir, como hasta entonces,
queriendo a su buen marido, como a las telas de su corazón.
¡Con cuánto placer no oyó don Salvador tan faustas nuevas de
boca del muy reverendo padre guardián fray Clímaco, y más viendo
que Clara Rosa se esmeraba a porfía en manifestarle su cariño!
Eran como las nubecillas de diciembre, que gotean para secar el
polvo en un día caluroso y para mejor refrescar el aire. No hay
que decir de las damesanas de vino que fueron a dar de rondón en el
último vericueto de la celda del bendito fraile, como ni tampoco
las finas piezas de cendal para los hábitos de su paternidad, y las
de olán para camisas de su cuerpo pecador, como él mismo lo solía
llamar.
Entre tanto el Oidor estaba poseído de mil esperanzas y temores,
y del peso que trae consigo, abrumador y terrible, tan funesta
afición. Es el tormento de Tántalo, que ve saciarse a otro de agua,
mientras él se deseca de sed; es el corazón puesto sobre un yunque,
recibiendo los golpes del martillo que lo vuelve pedazos. Pensaba
pedir su traslación a otra parte, ya huír como un desertor, ya
quedarse, vivir, morir; todas las furias se habían desencadenado
para atormentarlo, y lo que le faltaba era valor para tomar una
resolución. ¡Ay de aquel corazón medroso, queno sabe determinarse a
seguir un pensamiento cuando la razón grita!, ¡y qué de tormentos
no se le preparan por su indecisión! Rómpase, despedácese, si es
preciso; pero sea una vez, siguiendo los consejos de la conciencia
que nunca se engaña. Arremolinado por mil siniestras ideas, ya se
resolvía a cejar, prometiendo no ver más a la turbadora de su
quietud; pero su alma se desencajaba a este mero pensamiento y no
podía resolverse a nada. Fluctuando a merced de todas las
contradicciones de una mente acalenturada, ni en la soledad hallaba
consuelo, y las conversaciones de sus amigos no eran atendidas, o
pasaban sobre su pecho sin hacer impresión, como el viento por un
arenal, sin hallar una planta que mover. En la Audiencia hubo que
despertarlo muchas veces de la profunda meditación en que se
sumergía: ensimismado y taciturno, no acertaba con la palabra
cuando sus compañeros le preguntaban. ¡Infeliz hombre!, su vida
será una cadena de dolor, si la religión vence en su pecho; o un
raudal de crímenes, si triunfa la voz halagüeña del placer.
Simón se esforzaba en vano por inquirir la causa de su pena.
Toda afección desarreglada es vergonzosa; pero el profanar la unión
nupcial, volver ingrato al ser más sensible y virtuoso, hacerlo
criminal, profanar un santuario, marchitar una flor, corromper un
corazón... Si hay palabras que manifiesten esta vergüenza, no será
otra que la que el pueblo aullando, arroja sobre la frente del
culpable, larguísima, de maldición y de desgracia, cuando asciende
al cadalso, pálido y casi muerto. Así fue que Simón se quedó en
ayunas, y no sabiendo qué decir, aconsejó a su dueño que hiciera
una confesión general y vería cómo restauraba la paz perdida.
Efectivamente, este aviso era el único camino seguro que se podía
tomar; pero era tarde, o no había fuerzas en el Oidor para
tanto.
III
Muchos días habían pasado sin que nada turbase el reposo de don
Salvador y de Clara Rosa, y sin que tampoco nada atenuase el amor
del Oidor, y la pena que profundamente lo consumía: sus facciones
manifestaban los interiores combates, y su aire distraído le daba
un aspecto terrible, al mismo tiempo que causaba lástima y
compasión.
Después de rezar las oraciones en casa de don Salvador, vino a
servir el chocolate la tía Cecilia, y con mil escrúpulos y
reservas hizo señas al amo, como que tenía que contarle algo. Aquel
no advirtió o se dio por desentendido, así es que la vieja estaba
en ascuas; pero luego se acostaron y no hubo tiempo para decir
nada.
Al otro día, muy temprano, salió Clara Rosa a misa, según su
costumbre, y Cecilia dijo a don Salvador que permaneciese. Pretextó
aquel gana de almorzar, y se quedó para ver qué cosa era. No bien
hubo salido Clara Rosa cuando la vieja, mirando para todos lados y
advirtiendo que no había gente, dijo a don Salvador:
-Pues cierto, señor, que el Oidor no nos da treguas.
-¿Y qué ha sucedido?, dijo don Salvador, retirándose de la mesa,
y sin acabar de pasar un pedazo de pan que se había echado a la
boca.
-Nada, señor.
-¿Cómo nada?
-Oiga usted con paciencia, que en una hora no se tomó
Zamora.
-Bien, bien; deja refranes, y al clavo.
-Pues como vuesamerced me dijo que viera
-¿Y qué has visto, pues?
-¿Pero cómo quiere que se lo diga, si a cada momento me
interrumpe?
-No interrumpo más; di breve.
-Pues como iba diciendo de mi cuento: y los tiempos están, señor
don Salvador, muy peliagudos, pues hoy se levanta uno bueno, y a la
noche... ¡Dios sea servido de remediar las cosas!
-¡Por Dios Cecilia!, di pronto, que ya no puedo aguantar más,
dijo don Salvador, levantándose y cerrando la puerta, ¿vino el
Oidor?
-Sí vino, señor; pero no hable usted tan recio.
-Bien, ¿y oíste qué le dijo Clara?
-Sí, señor; pero veamos si viene alguien, porque, como suele
decirse, las paredes tienen oídos, y no metas tus pulgares.
-A un lado chácharas, Cecilia, y al asunto, al asunto.
-Pues sí, señor, dijo Cecilia, arrimándose a don Salvador, ayer
tarde, cuando estaba en la tienda, vino; yo, al momento que lo
sentí entrar, me vine, dejando el dulce eh el fogón, que por eso se
acarameló.
-Bien, dijo don Salvador, eso no es del caso, prosigue.
-No me interrumpa más, señor, porque entonces... me callaré.
Don Salvador hizo una señal de que escucharía en silencio, y la
vieja prosiguió:
-Pues, como iba diciendo: vino el Oidor y yo me escondí detrás
de esas cortinas de la puerta de la alcoba y me puse a oír,
levantando pasito, pasito, una punta, sin que me sintieran, con un
miedo grande, no fuera a ser que el diablo, que todas las mueve...
y me puse a rezar a Santa Rita, y así rezando y oyendo con un palmo
de orejas, escuché calladamente.
Aquí quería don Salvador volver a interrumpir, pero la vieja
continuó diciendo:
-Al principio no hablaron sino de cosas indiferentes, del tiempo
y de la hermosura de mi ama.
-¡Cómo!, dijo don Salvador, ¿le decía que era hermosa?
-Sí, y que más linda niña nunca había visto, con no sé qué
perendengues de amor y de corazón que le dolía.
-¡Bien!, ¿y después?
-Después dijo él que estaba pensando en volver a España.
-Cierto, añadió don salvador, que mejor cosa no pudiera hacer,
¡lindo pensamiento!, así todos quedábamos sosegados.
-Usted no me deja acabar y no dilata la amita en volver.
-Sigue, pero sin rodeos Cecilia, por el amor de Dios, figúrate
cómo estaré.
-Yo lo creo, la cosa no es para menos: pero dijo pensaba en
irse a España, porque aquí no podía ser feliz. A esto contestó mi
señora que no hiciera tal.
-¿Eso dijo, Cecilia?, ¡la infame!
-¡Sí, pero qué!, usted no deja seguir.
-Prosigue.
-Pues le dijo que no hiciera tal, que aquí todos lo estimaban.
El dijo, que precisamente por mi señora era que se iba; que su
suerte le mandaba hacer el sacrificio de su comodidad. A esto
parece que mi señora se enterneció algo.
-¡Oiga!, ¡qué diablos!, dijo don Salvador, haciendo un puchero
feísimo.
-Luego siguieron hablando cosas que yo no las entendí bien.
-¡Bestia!, ¿y por qué no pusiste cuidado?
-¡Sí, como no estaba yo con un miedo tan grande! El Oidor estaba
sumamente turbado, y tomó una mano de mi señora, y cuando ella
acabó ya le había dado...
-¡Cuerno!, ¿un beso, Cecilia?
-Sí, señor, en la mano. Mi señora se paró al momento y le dijo
lo que su merced le había dicho que le dijera al Oidor, que no
volviera; que su merced se incomodaba; que lo quería a su merced
mucho, que era su segundo padre, que...
-¡Bien!, ¡bien!, ¡guapa muchacha, si es un ángel!, exclamaba el
viejo, refregándose los muslos llenos de contento; ¿y qué más?,
¿no le dijo más?
-¡Pues qué más le había de decir!, el Oidor hizo una cara
tristísima y se le salieron dos lágrimas como dos garbanzos.
-¡Pobre diablo!
-No, pobre sujeto, señor, habló de su desgracia, y tanto dijo,
que casi yo también las soltaba desde las cortinas. Mi señora se
conmovió, y como él la dijese que no lo quería, ella dijo que no lo
aborrecía. El Oidor exclamó con un suspiro: «¡ah, pero hay tanta
distancia de aborrecer a amar! ¡Clara!» Entonces yo noté un
movimiento y asomé las narices, y vi que el Oidor había tomado una
mano de mi señora que apretaba a su pecho, y que ella llorando se
inclinaba hacia él, hablando de su orfandad, de que toda su vida la
había pasado en un convento, que vuesamerced le hacía tantos
beneficios.
Don Salvador había estado oyendo esta relación anheloso, con la
boca abierta, dando o no su aprobación, según que la vieja decía
una u otra cosa. Al llegar a este paso, no pudo contenerse, y
arrojando un grito, dijo: ¡tan pérfida muchacha!, ¡no sigas por el
amor de Dios!, no sigas que me matas Cecilia.
-No señor, aún falta lo mejor, atienda vuesamerced: mi señora se
desprendió súbitamente del Oidor y le dijo: «señor, bastante tiempo
hemos dado al delirio; consideremos ahora cuál es nuestra presente
situación; yo soy casada, y como tal, debo cumplir con las órdenes
de mi marido; por más que amase a usted, no podría obrar de otro
modo... Olvídeme usted y no vuelva a mi casa; pues no me puedo
comprometer a recibirlo».
-¡Guapo!, ¡buenísimo!, dijo el viejo.
-El Oidor entonces le dijo con tanta tristeza: «¿con qué no
tengo nada que esperar?» Ella contestó: «del tiempo pende el
alivio de todos los males; yo no lo aborrezco a usted, usted sería
en otras circunstancias ¡ay!... Váyase usted, señor, y olvide a una
infeliz, que no merece ciertamente serlo». El Oidor tomó la mano,
que aquella no le negó, la volvió a regar con sus lágrimas, y como
atarantado salió temblando y despavorido.
-¡Oh!, ¡qué peso has quitado de mi corazón, Cecilia!, dijo don
Salvador. Clara Rosa es una muchacha sin igual; la reflexión puede
más en ella que el tumulto de afectos; y no debo exigir más, porque
mi edad... ¡Cecilia!, ¡estos 50, estos 50!... Conque ¿se irá el
Oidor?
-No sé, dijo Cecilia; pero usted no debe dormir, pues el hombre
es fuego, la mujer estopa, llega el diablo y sopla.
-¡Bien!, pón el almuerzo para Clara Rosa y para mí.
Don Salvador salió a la puerta de la calle a recibir a Clara
Rosa, que llegaba ya, linda como una flor, adornada con todo el
brillo de la juventud y la hermosura, y más que todo con el encanto
que añadía a sus gracias, el triunfo costoso que había conseguido
la virtud sobre el amor.
Aquel almuerzo fue la cosa más divertida para el viejo. El
lloraba de gusto mirando a la niña, que había soltado todo el flujo
de su buen humor. Chistes, sales alegremente prodigadas; era una
riada de placer la que inundaba el alma del anciano, y aquel día no
quiso ir a la tienda por prolongar su dicha. Salió a pasear con
Clara Rosa, que estaba tan fresca, tan hermosa, como la paz de que
gozaba.
-Te amo hoy más que nunca, hija mía, le dijo él; eres una
muchacha cumplida, me tienes encantado.
-Y yo también le quiero a usted. ¡Usted me ha hecho tantos
beneficios, me ha querido tanto!
-Y hoy más que nunca, amiguita.
Y salieron a la calle.
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