INDICE

La Serenata

Joaquín Marín

Una Noche de Fiestas

La Docena de Pañuelos

Un Sueño de Dos Colores

El Último Abencerraje o la Trata de Caballos

La Pirámide de Itica-Pol (Viajes por Sur América)

Antiguo Modo de Viajar por el Quindio

Partida del Libertador

Es Mal que Anda

Los Viceversas de Bogotá

La Retreta

Literatura Fosil

Descripción del Puente de Icononzo. Llamado Generalmente de Pandi

Los Artesanos

El Tiempo Vale Dinero

Una Página

¡Lo que Puede un Pie!

Investigaciones sobre algunas Antigüedades

El Paseo Campestre

El Señor Eugenio Díaz

El Alma del Padre Mariño

El Lago de las Serpientes

La Barbería

Las Selvas del Carare

Santafé

La Empleomanía

Un Buque de Vapor

Baile de Sombras

El Desierto de la Candelaria

El Oidor Cortes de Mesa

El Hoyo del Viento

Presentimiento

Noche a Orillas del Meta

La Siembra del Trigo

Reflexiones

El Lazarino

El Manuscrito de mi Tio

Dos Veces Muerto

De Honda a Cartagena

 

EL OIDOR CORTES DE MESA

| Por Juan Francisco Ortiz

 

I

La tarde había sido tempestuosa, llena de truenos y de aguaceros; y la noche, aunque ya no llovía, no por eso estaba menos oscura y triste. Las oraciones habían sonado en las torres de Santafé, y una multitud de luces que cru­zaban en todas direcciones las calles empantanadas, res­plandecían confusamente aquí y allí. Por la Calle Real, no obstante, empezando a reunirse, parecían un chorro de fuego que iba a parar más lejos, a la segunda calle de Las Nieves. En aquel año de 1581, era ese barrio el más po­blado de la ciudad; que parecía deber extenderse en edifi­cación más bien hacia el río del Arzobispo que al de Fucha. Los faroles fueron a esconderse en una casa baja de regular apariencia, de donde salían el ruido de una música alegrísima y el murmullo de muchas personas. Un grupo de curiosos estaba apostado en la esquina y en la puerta, para ver entrar la gente que iba al baile.

-¿En qué consiste, señor, dijo un encapado a un arri­món que estaba cargado contra la pared (porque entonces como ahora y ahora como entonces han existido aquí mirones y curiosos); en qué consiste que entre tanta gente a esta casa?

-Yo le diré a vuesamerced, dijo el otro: aquí vive don Salvador Ordóñez, y hoy son los días de su esposa.

-¡Don Salvador!, ¡ah!, ¿aquel español mercader de vinos de la Primera Calle del Comercio?

-Sí, señor, el mismísimo; ¡y qué buen hombre que es!, todos hablan de su fidelidad en los contratos: en fin, de aquella su hombría de bien que diciendo blanco, blanco ha de ser.

-¿Y su mujer es joven?

-¿No la conoce usted?, pues cierto que muchacha más linda con dificultad se da; tiene un cabello que parece de oro, bellos ojos, blanca como una nieve, y los dientes como...

-En esto entraban unas señoras acompañadas de unos caballeros.

-¿Ve usted esas damas?, no podrá usted negar que son buenas mozas; ¡toma!, pues la una es la hija del Co­rregidor, y esa otra alta, mimbreña, un poco desdeñosa, es la mujer del doctor Rivera.

-¿Y qué edad tendrá, poco más o menos, la esposa de don Salvador?

-Diez y ocho años cumple hoy, nada menos.

-¡Oiga!, es bien niña; ya, la plata, la, según parece, tendrá 50, ¿no es esto?

-Sí; tal vez más.

-¿Y hace mucho que son casados?

-Hará como dos años.

Los convidados seguían entrando, y la música no cesaba de sonar. Para cierta edad, no hay cosa que alegre tanto como una sala de baile; allí halla uno cuanto desea; los reverberos hacen ofuscar los ojos; y mira uno lindos talles, ojos negros, ojos azules, blancos brazos, cabellos rubios y cabellos de azabache; lo que uno quiera: flores, perfu­mes, canto, música embriagadora, miradas de ternura... todo.

Precedido de un negro que llevaba un gran farol, venía a entrar un personaje de garboso cuerpo, cubierto con una ancha toga de seda, que revolviéndose en mil pliegues, añadía gracia a su talle gentil. Alto, no muy grueso, ojos negros como dos carbones, una mirada profunda y vivaz, el cabello sin polvos y sin adorno, frente elevada y espa­ciosa, unas maneras amenísimas: tal era el Oidor Luis Cortés de Mesa. Agregad a esto, que su fresca y lozana edad podía a lo mas rayar en los treinta años; que su talento forense lo hacía el hijo mimado, y le daba mucho ascendiente sobre los viejos oidores; que sabía cantar, acompañado de la guitarra, que era un primor, y habréis formado una idea de él. Había sido educado en Sevilla, y por no sé qué travesura que cometió en Madrid, el rey lo había mandado, tan joven como era, de Oidor de la Real Audiencia del Nuevo Reino de Granada.

Al entrar al salón, todos le hicieron la debida atención; pero esta sala y su concurso, merecen bien, caro lector, gastar dos líneas en describirse.

Figúrese usted un salón espaciosísimo, colgado de ter­ciopelo turquí con flores de oro; grandes faroles de re­verbero, que volvían la noche tan clara como el día; canapés de seda con unos espaldares de a vara y media, hermanos de unas sillas tan largas como tres tantos de las nuestras; en los dos rincones de enfrente dos buenas mesas de caoba, ocupadas por un nacimiento quiteño; enfrente, y en la mitad de la pared, un cuadro grandísimo y muy bello del célebre pintor Vásquez (que entonces viejo ya, se mantenía mandando a vender pinturitas que hacía en tabla, de gatos, perrillos y otros animales); una alfombra quiteña, unas jarras de flores y una araña de palo dorada en la mitad de la sala, cuyas vigas estaban embutidas con dibujos de relieve, completan este in­ventario.

En una tarima, que ocupaba todo un lado de la sala, estaban sentadas todas las señoras, embasquinadas muchas, y otras con peines de oro en la cabeza; arracadas en las gargantas; el cabello revuelto hacia atrás y amarrado con una cinta de color; manos y seno cuajados de diamantes, esmeraldas y perlas; estrechos jubones de seda o de gua­damesí de color; anchas polleras de raso, de lama de oro o de brocado hasta los pies, y en estos zapatilla de tisú con su alto tacón.

Los hombres, por su parte, no estaban menos gallardos: zapato con hebilla, media de seda o de punto, charreteras en la rodilla, calzón corto de paños finísimos de San Fer­nando, chupa de seda bordada con lentejuelas blancas o amarillas, golilla al pescuezo, bigotes, ferreruelo, capita corta, espada y sombreros gachos, con plumas o sin ellas.

La mujer del mercader estaba de veinticinco alfileres; toda tisú, oro y pedrería. Dijo una señora cincuentona, que muy bien podía valer sus diez mil pesos; y otra, sacu­diéndose las enaguas, agregó: que ni con mucho la mujer del último Presidente se podía comparar con ella, cuando un Jueves Santo o una Nochebuena iba a la Catedral. Pero dejando a un lado lo que valiera su adorno o no, que en eso no me meto, digo: que de todas las de la fiesta, era la más hermosa sin ninguna disputa.

Tocaron un minué, y vieron bailar a Clara Rosa, suelta como una gacela, con el abogado Lineros, joven muy distinguido. Los brazos de la hermosa se extendían con tanta suavidad y gracia, sus pies tocaban tan blandamente la tierra, sus mejillas se sonrosaban con un color de grana tan vivo, que parecía una sílfide o una deidad aérea. Aho­ra deteniéndose en su rápido curso, redoblaba con sus tacones y seguía el compás de la música exactamente; sus ojos lánguidos parecían desmayarse; su cabeza torcida con suavidad, ya a un lado ya a otro, añadía nuevo encan­to a su interesante actitud; su pecho se hinchaba por gra­dos con la agitación del movimiento; y ahora era como cosa angélica que embelesaba la vista y arrobaba el cora­zón. Los ojos del Oidor estaban clavados en ella; con la boca abierta no se atrevía ni a resollar; palpitando, deli­rando, extasiado seguía todos sus movimientos, sus labios dejaban oir el compás de la música, siguiéndolo en todas sus cadencias. ¡Es una cosa verdaderamente fatal el co­razón! En medio de la soledad, o en mitad de un concurso, hay siempre voces secretas, misteriosas inspiraciones del cielo, que nos anuncian nuestros destinos. Calladamente, y cuando estamos más embebecidos por la vista de una mujer hermosa, por los acentos de una música embria­gadora, por el canto despertador de grandes meditaciones, o por el murmullo del pueblo que aplaude o que vitupera, se oye aquel acento en el corazón, y lo oprime como un mármol que cae sobre un cadáver. ¡Esta noche puede serte fatal!, es tal vez el grito del alma. ¿He de morir?, ¡qué importa!, yo no temo a la muerte; siento dejar la vida solamente, cuando empiezo a recibir impresiones tan dulces.

Esto era ciertamente lo que pasaba en el corazón del Oidor de Santafé. ¡Esta noche te será fatal! He aquí el grito que le lanzó el mal genio en medio de esta escena agradable. Involuntariamente se para, y conociendo su indiscreción, toma otro asiento. Era tarde; el mal estaba hecho, y esta noche, realmente, le va a ser fatal.

¿Para qué cansar más con la pintura de una fiesta que ya pasó? Flores, vino, antorchas, canto, perfumes, música atronadora, nada escaseó el marido para festejar el naci­miento del ídolo de su corazón. Se había casado en su vejez; Clara Rosa era su apoyo, su ídolo, su amor, su único pensamiento. Clara Rosa lo amaba con la ternura de una huérfana que todo se lo debía, alianza, relaciones, riquezas y honores; de una niña, que criada desde sus primeros años en un monasterio, no sabía más del mundo que lo que veía en su casa, y que al salir de aquel asilo había venido a encontrar en don Salvador, su padre, su marido, el más fino amante.

¡Qué felices hubieran corrido sus días sin esa noche! Pero estaba escrito que sería la última fiesta de su vida, y que el destino no respeta ni las rosas del amor, ni la quietud del sabio, ni los laureles del guerrero.

Ella se divirtió completamente; la función estuvo lucida. A las once ya los muchachos se dormían, o jugaban con los perros y gatos por la sala en medio de los concurrentes y el baile se acabó.

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