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EL OIDOR CORTES DE MESA
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Por Juan Francisco
Ortiz
I
La tarde había sido tempestuosa, llena de truenos y de
aguaceros; y la noche, aunque ya no llovía, no por eso estaba menos
oscura y triste. Las oraciones habían sonado en las torres de
Santafé, y una multitud de luces que cruzaban en todas direcciones
las calles empantanadas, resplandecían confusamente aquí y allí.
Por la Calle Real, no obstante, empezando a reunirse, parecían un
chorro de fuego que iba a parar más lejos, a la segunda calle de
Las Nieves. En aquel año de 1581, era ese barrio el más poblado de
la ciudad; que parecía deber extenderse en edificación más bien
hacia el río del Arzobispo que al de Fucha. Los faroles fueron a
esconderse en una casa baja de regular apariencia, de donde salían
el ruido de una música alegrísima y el murmullo de muchas personas.
Un grupo de curiosos estaba apostado en la esquina y en la puerta,
para ver entrar la gente que iba al baile.
-¿En qué consiste, señor, dijo un encapado a un arrimón que
estaba cargado contra la pared (porque entonces como ahora y ahora
como entonces han existido aquí mirones y curiosos); en qué
consiste que entre tanta gente a esta casa?
-Yo le diré a vuesamerced, dijo el otro: aquí vive don Salvador
Ordóñez, y hoy son los días de su esposa.
-¡Don Salvador!, ¡ah!, ¿aquel español mercader de vinos de la
Primera Calle del Comercio?
-Sí, señor, el mismísimo; ¡y qué buen hombre que es!, todos
hablan de su fidelidad en los contratos: en fin, de aquella su
hombría de bien que diciendo blanco, blanco ha de ser.
-¿Y su mujer es joven?
-¿No la conoce usted?, pues cierto que muchacha más linda con
dificultad se da; tiene un cabello que parece de oro, bellos ojos,
blanca como una nieve, y los dientes como...
-En esto entraban unas señoras acompañadas de unos
caballeros.
-¿Ve usted esas damas?, no podrá usted negar que son buenas
mozas; ¡toma!, pues la una es la hija del Corregidor, y esa otra
alta, mimbreña, un poco desdeñosa, es la mujer del doctor
Rivera.
-¿Y qué edad tendrá, poco más o menos, la esposa de don
Salvador?
-Diez y ocho años cumple hoy, nada menos.
-¡Oiga!, es bien niña; ya, la plata, la, según parece, tendrá
50, ¿no es esto?
-Sí; tal vez más.
-¿Y hace mucho que son casados?
-Hará como dos años.
Los convidados seguían entrando, y la música no cesaba de sonar.
Para cierta edad, no hay cosa que alegre tanto como una sala de
baile; allí halla uno cuanto desea; los reverberos hacen ofuscar
los ojos; y mira uno lindos talles, ojos negros, ojos azules,
blancos brazos, cabellos rubios y cabellos de azabache; lo que uno
quiera: flores, perfumes, canto, música embriagadora, miradas de
ternura... todo.
Precedido de un negro que llevaba un gran farol, venía a entrar
un personaje de garboso cuerpo, cubierto con una ancha toga de
seda, que revolviéndose en mil pliegues, añadía gracia a su talle
gentil. Alto, no muy grueso, ojos negros como dos carbones, una
mirada profunda y vivaz, el cabello sin polvos y sin adorno, frente
elevada y espaciosa, unas maneras amenísimas: tal era el Oidor
Luis Cortés de Mesa. Agregad a esto, que su fresca y lozana edad
podía a lo mas rayar en los treinta años; que su talento forense lo
hacía el hijo mimado, y le daba mucho ascendiente sobre los viejos
oidores; que sabía cantar, acompañado de la guitarra, que era un
primor, y habréis formado una idea de él. Había sido educado en
Sevilla, y por no sé qué travesura que cometió en Madrid, el rey lo
había mandado, tan joven como era, de Oidor de la Real Audiencia
del Nuevo Reino de Granada.
Al entrar al salón, todos le hicieron la debida atención; pero
esta sala y su concurso, merecen bien, caro lector, gastar dos
líneas en describirse.
Figúrese usted un salón espaciosísimo, colgado de terciopelo
turquí con flores de oro; grandes faroles de reverbero, que
volvían la noche tan clara como el día; canapés de seda con unos
espaldares de a vara y media, hermanos de unas sillas tan largas
como tres tantos de las nuestras; en los dos rincones de enfrente
dos buenas mesas de caoba, ocupadas por un nacimiento quiteño;
enfrente, y en la mitad de la pared, un cuadro grandísimo y muy
bello del célebre pintor Vásquez (que entonces viejo ya, se
mantenía mandando a vender pinturitas que hacía en tabla, de gatos,
perrillos y otros animales); una alfombra quiteña, unas jarras de
flores y una araña de palo dorada en la mitad de la sala, cuyas
vigas estaban embutidas con dibujos de relieve, completan este
inventario.
En una tarima, que ocupaba todo un lado de la sala, estaban
sentadas todas las señoras, embasquinadas muchas, y otras con
peines de oro en la cabeza; arracadas en las gargantas; el cabello
revuelto hacia atrás y amarrado con una cinta de color; manos y
seno cuajados de diamantes, esmeraldas y perlas; estrechos jubones
de seda o de guadamesí de color; anchas polleras de raso, de lama
de oro o de brocado hasta los pies, y en estos zapatilla de tisú
con su alto tacón.
Los hombres, por su parte, no estaban menos gallardos: zapato
con hebilla, media de seda o de punto, charreteras en la rodilla,
calzón corto de paños finísimos de San Fernando, chupa de seda
bordada con lentejuelas blancas o amarillas, golilla al pescuezo,
bigotes, ferreruelo, capita corta, espada y sombreros gachos, con
plumas o sin ellas.
La mujer del mercader estaba de veinticinco alfileres; toda
tisú, oro y pedrería. Dijo una señora cincuentona, que muy bien
podía valer sus diez mil pesos; y otra, sacudiéndose las enaguas,
agregó: que ni con mucho la mujer del último Presidente se podía
comparar con ella, cuando un Jueves Santo o una Nochebuena iba a la
Catedral. Pero dejando a un lado lo que valiera su adorno o no, que
en eso no me meto, digo: que de todas las de la fiesta, era la más
hermosa sin ninguna disputa.
Tocaron un minué, y vieron bailar a Clara Rosa, suelta como una
gacela, con el abogado Lineros, joven muy distinguido. Los brazos
de la hermosa se extendían con tanta suavidad y gracia, sus pies
tocaban tan blandamente la tierra, sus mejillas se sonrosaban con
un color de grana tan vivo, que parecía una sílfide o una deidad
aérea. Ahora deteniéndose en su rápido curso, redoblaba con sus
tacones y seguía el compás de la música exactamente; sus ojos
lánguidos parecían desmayarse; su cabeza torcida con suavidad, ya a
un lado ya a otro, añadía nuevo encanto a su interesante actitud;
su pecho se hinchaba por grados con la agitación del movimiento; y
ahora era como cosa angélica que embelesaba la vista y arrobaba el
corazón. Los ojos del Oidor estaban clavados en ella; con la boca
abierta no se atrevía ni a resollar; palpitando, delirando,
extasiado seguía todos sus movimientos, sus labios dejaban oir el
compás de la música, siguiéndolo en todas sus cadencias. ¡Es una
cosa verdaderamente fatal el corazón! En medio de la soledad, o en
mitad de un concurso, hay siempre voces secretas, misteriosas
inspiraciones del cielo, que nos anuncian nuestros destinos.
Calladamente, y cuando estamos más embebecidos por la vista de una
mujer hermosa, por los acentos de una música embriagadora, por el
canto despertador de grandes meditaciones, o por el murmullo del
pueblo que aplaude o que vitupera, se oye aquel acento en el
corazón, y lo oprime como un mármol que cae sobre un cadáver. ¡Esta
noche puede serte fatal!, es tal vez el grito del alma. ¿He de
morir?, ¡qué importa!, yo no temo a la muerte; siento dejar la vida
solamente, cuando empiezo a recibir impresiones tan dulces.
Esto era ciertamente lo que pasaba en el corazón del Oidor de
Santafé. ¡Esta noche te será fatal! He aquí el grito que le lanzó
el mal genio en medio de esta escena agradable. Involuntariamente
se para, y conociendo su indiscreción, toma otro asiento. Era
tarde; el mal estaba hecho, y esta noche, realmente, le va a ser
fatal.
¿Para qué cansar más con la pintura de una fiesta que ya pasó?
Flores, vino, antorchas, canto, perfumes, música atronadora, nada
escaseó el marido para festejar el nacimiento del ídolo de su
corazón. Se había casado en su vejez; Clara Rosa era su apoyo, su
ídolo, su amor, su único pensamiento. Clara Rosa lo amaba con la
ternura de una huérfana que todo se lo debía, alianza, relaciones,
riquezas y honores; de una niña, que criada desde sus primeros años
en un monasterio, no sabía más del mundo que lo que veía en su
casa, y que al salir de aquel asilo había venido a encontrar en don
Salvador, su padre, su marido, el más fino amante.
¡Qué felices hubieran corrido sus días sin esa noche! Pero
estaba escrito que sería la última fiesta de su vida, y que el
destino no respeta ni las rosas del amor, ni la quietud del sabio,
ni los laureles del guerrero.
Ella se divirtió completamente; la función estuvo lucida. A las
once ya los muchachos se dormían, o jugaban con los perros y gatos
por la sala en medio de los concurrentes y el baile se acabó.
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