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LA DOCENA DE PAÑUELOS
Por José David
Guarín
Me metiste un clavo, Ricardo, y a fe que no me quedé con él
adentro. Por supuesto que ya ni te acordarás de que una vez que
estuve en esa capital a emplear mis cincuenta pesos, tú me metiste
unos pañuelos «rabo de gallo» tan caros como te dio la gana. Por
poco que no me queda plata con qué comprar el clavo, la canela, las
puntilla y demás artículos que formaban el presupuesto de mi
factura. De lo que sí te acordarás, porque eso se lo dice a todo el
mundo, es de los argumentos que me hiciste para convencerme de que
debía darte mis cincuenta pesos por la docena de pañuelos. Ya, que
eran pañuelos
|madrases muy finos, pinta firme; ya, que eran
tan grande que con uno solo habría para toldo de un ejército; que
la guerra del norte había hecho subir los algodones, que en
Inglaterra estaban las fábricas casi sin trabajo por falta de
materia prima; que esos artículos eran caros, porque en Europa se
manufacturaban tan sólo por 1os pedidos especiales de estas plazas,
pues debía suponer que las parisienses no usaban pañuelos «rabo de
gallo», fulas; y sobre todo, que siendo artículo de tanto consumo
no debía regatear, pues ya no quedaba sino esa docena y que me la
vendías por ser a mí, pues la tenían apartada. ¡Diablo!, me acuerdo
que si apuras más la dificultad, dejo mi plata y firmo una
obligación por el resto.
Cogí mi docena de pañuelos, compré mis otros
chis
|mecitos, tomé al fiado en el almacén de Párraga y
Quijano las bogotanas y cuartos listones, acomodé mi carguita y,
¡vámonos para nuestro pueblo!
Te juro por San Crispín el sabio, que nunca habrás tenido sueños
como los míos. Cuando se tiene factura adelantada y que el
consignatario anuncia que los bultos están de Honda para arriba, se
goza mucho; pero nunca eso sí, como un principiante que lleva
consigo todo su capital y toda su esperanza en una maleta. Nunca
hizo la lechera cuentas como las mías. Estudié por el camino todo
lo que me habías dicho para decírselo a los indios y sacarles un
doscientos por ciento en mis pañuelos. ¡Y cómo crecía mi capital
como si fuera espuma! ¡Qué de esperanzas fundadas en aquellos
chismes! ¡Qué disertaciones mentales acerca del trabajo y lo
próspero del comercio, que en todas épocas ha servido para llevar
entre sus fardos, no sólo la riqueza material, sino la intelectual
también! Un pueblo sin comercio es un pueblo bárbaro, decía para
mí, y orgulloso por ser comerciante, traía a la memoria la gloria
de los fenicios; y qué se yo que más diabluras pensaba, hasta que
llegué a casa.
Aquí debía poner yo punto, dejar lo anterior como disertación
preliminar y empezar con números romanos una serie de artículos;
sin embargo, me contento con poner sólo esta rayita:
________
En jueves llegué a mi pueblo; al día siguiente es el
|mercado
grande, con el item más que el jueves próximo era día de
Corpus. Me iban a faltar manos y pañuelos para vender. Muy a la
madrugada, entre oscuro y claro, me fui para mi tienda, que está en
la plaza, y empecé a arreglarlo todo. Los cominos en muy finos
cartuchos aquí, alli la canela y el azafrán en envoltorios muy
grandes para darlos cada uno por una mitad, pero por dentro con
dosis homeopáticas; las piezas de bogotana, que fueron dos, bien
extendidas para que ocultaran un hueco; los cortes de zaraza
colgando desde la tabla de más arriba, no tanto porque llamaran la
atención, cuanto porque cubrieran el inmenso vacío que mi falta de
crédito y capital, dejaban entre tabla y tabla. Reconté después los
pañuelos que traía, los intercalé entre los otros que se habían
convertido en
|hueso, e hice una sarta de todos ellos, que,
amarrada desde adentro, saliera hasta más afuera del marco de la
puerta. Con un pañuelo colorado izado en un palo, anuncié que la
legación estaba ese día de fiesta, y después de haberles hecho
todas esas trampas a los compradores, me senté a esperar. Una
araña, después de haber tejido su tela, no lo haría mejor que yo
esperando a mis parroquianos para cogerlos en todas esas
trampulinas que les tenía preparadas.
Poco tuve que esperar. Un indio fue acercándose, el primero,
como receloso, y con un aire de desconfiado o estúpido, cogió la
punta de un pañuelo y preguntó:
|¿Cuánto da este pañuelito?
(Ahora lo que Ricardo me dijo, y el indio quedará
convencido).
-Vale cinco reales, le contesté. Es pañuelo Madras muy fino, y
como los algodones se han escaseado con la guerra del norte, y
además los derechos de importación y el peso bruto hacen subir
tanto las facturas... El camino de Honda, los fletes, el peaje, la
contribución directa y tantos otros derechos hacen subir tanto los
artículos, que no se puede dar por menos de lo que he pedido.
-¿Cuánto, mi amo?, volvió a preguntar con el aire propio de
quien se ha quedado a oscuras.
-Cinco reales, volví a decirle, y resolví hablarle de otro
modo.
-¡Iiiihh!,
|enque fuera de seda, mi amo.
-Mejor que de seda, hombre, porque es pinta firme, no destiñe, y
mientras más lo laven más le sale el color. Un pañuelazo como ese,
es regalado por cinco reales.
El indio por toda respuesta movió la cabeza lentamente. Después
refregó bien la punta, lo sacudió, lo puso contra la luz y
dijo:
¡Y se deja pedir
|esque cinco
|riales!
-¿Y
|
qué tiene ese pañuelo?
-¿No ve sumercé que es pura tierra? Mire, queda
|que
|ni un cedazo de puro
|escarralao.
-Pero hombre, así, refregándolo, ni un cuero resiste. Ese
pañuelo no puede ser mejor.
-No ve sumercé que en el lavadero se le
|qué
|toitica la tierra colorada y queda que... ¿Cuánto es
|lúltimo?
-Cinco reales.
-¿Dos y medio será bueno?
Me rasqué la cabeza y contesté con calma:
-No se puede.
-Dos y medio, mi amo, y me encima la
|aujita.
-Dios me perdone y me de paciencia. Lo único puedo rebajarle es
medio real y le encimo la aguja.
El indio contestó con un gesto de desprecio, y sin decir nada
salió.
Aquí quisiera ver a Ricardo, para que vea si es lo mismo vender
allá en su almacén, que en una de estas tiendas en que se lidia
sólo con indios, pensé, y me puse a esperar otro.
-¿Tenemos por suerte cuerdas, mi amo?, pregunto otro...
-Sí hay, muy buenas: barcelonas.
El indio tomó un rollito en la mano, escogió la que le pareció
más a propósito y le metió diente. ¿Habrá cuerda que se resista a
tal prueba? Suponte que la cogen con los dientes y tiran a dos
manos. La que resiste ilesa a tal experimento, es la buena. Luego
que escogió unas pocas preguntó:
-¿A cuántas da, mi amo?
-A tres: son muy buenas.
-¿Las da sumercé a cinco por cuartillo?
-Imposible, aunque me las hubieran regalado.
-¿Me cambia sumercé dos huevos por un cartucho de cominos?,
preguntó una india.
-Sí. No me destuerza las cuerdas; si quiere, llévelas, y si no
...
En esto empezó a llenarse la tienda.
|-Abájeme sumercé un lazo, pero escójamelo.
-¿Me cambia un franco? Pero buena plata.
-Estos reales
|cundinos no los quieren.
-¿Cuánto es lo último del pañuelito?, volvió a preguntar el
mismo indio del principio.
-Cinco reales. Mientras usted se fue he vendido y han quedado de
venir por más para el Corpus.
-Rebájele
|sumercé y tratamos. Buena plata.
-No puedo.¿Lleva las cuerdas, o no? Y si no, déjelas.
-No, mi amo, de mí no hagas
|esconfianza
|enque soy
indio ...
-¿La bogotana?
-A dos y medio.
-¿Compra mantequilla?
-No.
-Alcáncela
|pa verla.
-Muy fina y ancha.
-Pero como un
|colador, dijo la india después de
|
fregarla.
-Un cuartillo de clavo y canela.
-Tome, pero deme cuartillo hecho.
-¿Lo último? Le llevo media vara.
-Que si hay
|piedra contra.
-Es a dos y medio. No hay. Se la mido bien. ¿Lleva por fin el
pañuelo?
-¿Hay por fin
|piedra contra?
-No.
-Recaditos le mandó mi señá Eduvigis, y que qué tal le fue a
sumercé en su viaje, y que es su señor y que si trajo bogotana
fina, que le mande una pieza para verla, y que no le vaya a vender
los pañuelos bonitos porque quiere comprar uno, y que si trajo algo
particular, que se lo mande sumercé y que acá lo mandará
después.
-Dígale que no traje sino una pieza de bogotana, y que de esa
estoy vendiendo, y que me fue muy bien.
-Hasta luego.
-Memorias.
-¿Hay
|alimento belisanio?
-¿Qué?
|-Alimento belisanio, de ese que sirve para las
|lacras.
-Linimento veneciano, será.
-Sí, mi amo. Véndame sumercé un cuartillo.
-No hay.
-Manda decir mi señora que le mande para la semana, porque ya es
tardísimo, y cuando vaya ya no hay nada y todo caro.
-Toma, llévale, dije abriendo el cajón. No había vendido sino
real y medio en toda la mañana, y ya eran las nueve.
El hambre, el ruido del mercado y el alboroto de la tienda me
tenían zonzo, y, para colmo de todo, una maldita india se había
situado junto a la puerta con una marrana parida, y los cochinos
gritaban sin cesar. Tuve intenciones de comprársela para no
aguantar los chillidos.
En alcanzar alpargates para que se los midieran, en bajarlo todo
y volverlo a alzar, y contestar preguntas de cuantos iban llegando,
se me pasó media hora más. La tienda era un laberinto de indios que
entraban y salían, el mercado derramaba por las esquinas su gente a
fuerza de concurrido, cuando el primer campanazo a
|sanctus
sonó. Todos los indios y los sombreros cayeron como movidos por
resortes ocultos, los primeros de rodillas, los segundos boca
arriba, para que no se salieran los pañuelos.
Y nada volvió a oirse. El órgano dejaba escapar una sonata a
manera de marcha, y cada campanazo iba produciendo un ruido como si
fuera un eco, producido por los golpes de pechos y el murmullo de
las oraciones que a media voz rezaban todos; aquel ruido parecía el
oleaje lejano de un mar que se azota contra las costas ¡Y, cosa
extraña!, hasta la marrana y los cochinos que habían chillado en
toda la mañana callaron. Tres campanazos sonaron y otras tantas
veces se oyó el ruido de los golpes de pechos y oraciones, pero eso
sí, no acababan de dar el tercero cuando los de la plaza,
aprovechando el silencio en que estaban, empezaron a gritar:
-¡Maíz a siete reales!
-¡Yo lo doy a seis!
-¡Turma a cuatro!
-¡Quién compra carne gorda, y si no la boto!
Los últimos gritos ya no se oyeron, porque el ruido del mercado
empezó de nuevo, como si les hubieran destapado a todos las bocas
a un tiempo.
Al punto empezó en la tienda la misma barahunda de antes; pero
yo no aguanté más por entonces, y me preparé para cerrar e ir a
almorzar. Cuando ya iba a torcer la llave llegó de nuevo el indio
del pañuelo y me dijo:
-No cierre sumercé, véndame el pañuelito.
-A ver la plata que trae.
-Buena plata, mi amo, no haga
|esconfianza.
-Entonces cierro: así como así no tengo necesidad de apurarme.
Están volando; ya casi no quedan pañuelos.
-Abra sumercé, que no
|haiga
|
miedo que...
-Entonces me voy, dije, y cerré la tienda.
A tiempo de irme reparé que una india mocetona y robusta
acompañaba al indio.
Aquí venía como pedrada en ojo de boticario otro capítulo y su
mote en letras grandes que dijera:
|Planes para
|engañar
indios
|;
pero ya que he adoptado el sistema de rayitas
pondré esta otra:
________
En tanto que me servían el almuerzo, y después, mientras que
almorzaba, me puse a pensar en que lo mejor del mercado había
pasado ya y yo no había vendido un solo pañuelo. Los castillos
formados perdían su base y venían a tierra; el nuevo viaje a Bogotá
a traer más pañuelos y artículos para la tienda, lo veía muy
lejano, y mi viaje a Europa cuando hubiera enriquecido con esa
tienda, se nubló tanto como la esperanza que hoy tiene un empleado
de ver cuartillo. Y revolviendo ideas, formando planes y pensando
en tretas, se me ocurrió la tenacidad del indio del pañuelo, me
acordé de la india mocetona que lo acompañó a lo último, y hasta la
criada que me servía el almuerzo vino a figurar, ¡quién lo
creyera!, en primer término para mis nuevos fines. Cierto es que el
almuerzo se me fue sin sentir, pero yo combiné un plan.
Antes de volver a la tienda instruí debidamente a la cocinera,
me fui a completar el plan de mis nuevas
operaciones.
Lo primero que hice fue esconder los pañuelos, no dejando sino
dos colgados; después salí a la puerta y llamé a un muchacho, le
ofrecí un caramelo porque buscara a otros y me ayudaran en mi
proyecto, y luego que lo hube arreglado todo me senté a
esperar.
El primero que entró fue el indio del pañuelo, acompañado de la
india.
-Mire, le dije al verlo, por no haber querido llevar el pañuelo
desde esta mañana, ya no queda sino aquel, y ese otro está
apartado.
¡Mire qué caso!, dijo la india, y era el mejor.
A este tiempo llegó un muchacho ahogándose y dijo:
-Que manda decir la niña Juanita
|Castra, que aquí están
los seis reales por el pañuelo y que se lo mande, y que si tiene
otro de esos mismos, que se lo aparte, que ora mandará por él.
-Vean a ver, dije a los indios, si quieren el pañuelo y si no,
ya ven que van a llevárselo.
-Pero seis
|riales, ¡cuándo!, esta mañana me lo daba por
cuatro y medio.
-Y no quiso llevarlo; ahora ni un cuartillo menos.
Los dos indios se miraron.
|-No encimará alguito, mi amo.
-Un alfiler les doy.
El indio sacó una bolsa de cuero y a escondidas empezó a sacar
real por real, luego echó sobre el mostrador; fui a contar y había
cinco y medio.
-Falta medio.
-Rebájenos sumercé, mi amo, ese mediecito.
-No puedo; si no lo quieren, déjenlo.
Entonces el indio echó un cuartillo más.
-Ahí está, dijo, rebájenos sumercé el cuartillo, no sumercé
tirano.
-No, les contesté, moviendo la cabeza.
Un cuarto de hora lo menos me estuve para sacarles el otro
cuartillo.
Al despedirse la india, le di su trago y le dije que tenía
escondidos otros dos, y que si necesitaba más le vendía uno. Muy
agradecida salió, a tiempo que entraban otros. Cuando esos me
ofrecían dos y medio por el pañuelo, entró la criada de casa y me
preguntó qué valía el pañuelo.
-Ya no lo vendo, le contesté, no hay sino ese y lo necesito.
Me rogó con seis reales que me los echaba sobre el mostrador, y
no quise darlo. En tanto los indios se miraban unos a otros. A
fuerza de súplicas les vendí el pañuelo. Así me estuve toda la
mañana sosteniendo esa posición falsa, para ver de vender a los
indios los pañuelos. A las doce no había uno solo ni de los tuyos
ni de los otros viejos, que hacía tiempos tenía ahí. Nueve pesos
saqué de la docena de pañuelos «rabo de gallo»s, y han durado
preguntando por dos semanas los mismos pañuelos. Gracias a los
muchachos que cumplieron su comisión y a la criada que llegó a
tiempo, y más que todo a mis ardides, que si no, Ricardo, ahí
estuvieran tus pañuelos.
Después de esta fiel historia, de lo que es vender en una de
estas tiendas, ¿volverás a meterme tan cara otra docena de
pañuelos? Todavía me duelen los cinco pesos que te dí por ella,
aunque les gané cuatro a los indios a fuerza de trampas.
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