INDICE

La Serenata

Joaquín Marín

Una Noche de Fiestas

La Docena de Pañuelos

Un Sueño de Dos Colores

El Último Abencerraje o la Trata de Caballos

La Pirámide de Itica-Pol (Viajes por Sur América)

Antiguo Modo de Viajar por el Quindio

Partida del Libertador

Es Mal que Anda

Los Viceversas de Bogotá

La Retreta

Literatura Fosil

Descripción del Puente de Icononzo. Llamado Generalmente de Pandi

Los Artesanos

El Tiempo Vale Dinero

Una Página

¡Lo que Puede un Pie!

Investigaciones sobre algunas Antigüedades

El Paseo Campestre

El Señor Eugenio Díaz

El Alma del Padre Mariño

El Lago de las Serpientes

La Barbería

Las Selvas del Carare

Santafé

La Empleomanía

Un Buque de Vapor

Baile de Sombras

El Desierto de la Candelaria

El Oidor Cortes de Mesa

El Hoyo del Viento

Presentimiento

Noche a Orillas del Meta

La Siembra del Trigo

Reflexiones

El Lazarino

El Manuscrito de mi Tio

Dos Veces Muerto

De Honda a Cartagena

 

LA DOCENA DE PAÑUELOS

Por José David Guarín

Al señor Ricardo Silva

 

Me metiste un clavo, Ricardo, y a fe que no me quedé con él adentro. Por supuesto que ya ni te acordarás de que una vez que estuve en esa capital a emplear mis cincuenta pesos, tú me metiste unos pañuelos «rabo de gallo» tan caros como te dio la gana. Por poco que no me queda plata con qué comprar el clavo, la canela, las puntilla y demás artículos que formaban el presupuesto de mi factura. De lo que sí te acordarás, porque eso se lo dice a todo el mundo, es de los argumentos que me hiciste para convencerme de que debía darte mis cincuenta pesos por la docena de pañuelos. Ya, que eran pañuelos |madrases muy finos, pinta firme; ya, que eran tan grande que con uno solo habría para toldo de un ejército; que la guerra del norte había hecho subir los algodones, que en Inglaterra estaban las fábricas casi sin trabajo por falta de materia prima; que esos artículos eran caros, porque en Europa se manufacturaban tan sólo por 1os pedidos especiales de estas plazas, pues debía suponer que las parisienses no usaban pañuelos «rabo de gallo», fulas; y sobre todo, que siendo artículo de tanto consumo no debía regatear, pues ya no quedaba sino esa docena y que me la vendías por ser a mí, pues la tenían apartada. ¡Diablo!, me acuerdo que si apuras más la dificultad, dejo mi plata y firmo una obligación por el resto.

Cogí mi docena de pañuelos, compré mis otros chis­ |mecitos, tomé al fiado en el almacén de Párraga y Quijano las bogotanas y cuartos listones, acomodé mi carguita y, ¡vámonos para nuestro pueblo!

Te juro por San Crispín el sabio, que nunca habrás tenido sueños como los míos. Cuando se tiene factura adelantada y que el consignatario anuncia que los bultos están de Honda para arriba, se goza mucho; pero nunca eso sí, como un principiante que lleva consigo todo su capital y toda su esperanza en una maleta. Nunca hizo la lechera cuentas como las mías. Estudié por el camino todo lo que me habías dicho para decírselo a los indios y sacarles un doscientos por ciento en mis pañuelos. ¡Y cómo crecía mi capital como si fuera espuma! ¡Qué de esperanzas fundadas en aquellos chismes! ¡Qué diserta­ciones mentales acerca del trabajo y lo próspero del comercio, que en todas épocas ha servido para llevar entre sus fardos, no sólo la riqueza material, sino la intelectual también! Un pueblo sin comercio es un pueblo bárbaro, decía para mí, y orgulloso por ser comerciante, traía a la memoria la gloria de los fenicios; y qué se yo que más diabluras pensaba, hasta que llegué a casa.

Aquí debía poner yo punto, dejar lo anterior como di­sertación preliminar y empezar con números romanos una serie de artículos; sin embargo, me contento con poner sólo esta rayita:

________

En jueves llegué a mi pueblo; al día siguiente es el |mercado grande, con el item más que el jueves próximo era día de Corpus. Me iban a faltar manos y pañuelos para vender. Muy a la madrugada, entre oscuro y claro, me fui para mi tienda, que está en la plaza, y empecé a arre­glarlo todo. Los cominos en muy finos cartuchos aquí, alli la canela y el azafrán en envoltorios muy grandes para darlos cada uno por una mitad, pero por dentro con dosis homeopáticas; las piezas de bogotana, que fueron dos, bien extendidas para que ocultaran un hueco; los cortes de zaraza colgando desde la tabla de más arriba, no tanto porque llamaran la atención, cuanto porque cubrieran el inmenso vacío que mi falta de crédito y capital, dejaban entre tabla y tabla. Reconté después los pañuelos que traía, los intercalé entre los otros que se habían converti­do en |hueso, e hice una sarta de todos ellos, que, amarrada desde adentro, saliera hasta más afuera del marco de la puerta. Con un pañuelo colorado izado en un pa­lo, anuncié que la legación estaba ese día de fiesta, y después de haberles hecho todas esas trampas a los compradores, me senté a esperar. Una araña, después de haber tejido su tela, no lo haría mejor que yo esperando a mis parroquianos para cogerlos en todas esas trampuli­nas que les tenía preparadas.

Poco tuve que esperar. Un indio fue acercándose, el primero, como receloso, y con un aire de desconfiado o estúpido, cogió la punta de un pañuelo y preguntó:

|¿Cuánto da este pañuelito?

(Ahora lo que Ricardo me dijo, y el indio quedará convencido).

-Vale cinco reales, le contesté. Es pañuelo Madras muy fino, y como los algodones se han escaseado con la guerra del norte, y además los derechos de importación y el peso bruto hacen subir tanto las facturas... El ca­mino de Honda, los fletes, el peaje, la contribución directa y tantos otros derechos hacen subir tanto los artículos, que no se puede dar por menos de lo que he pedido.

-¿Cuánto, mi amo?, volvió a preguntar con el aire propio de quien se ha quedado a oscuras.

-Cinco reales, volví a decirle, y resolví hablarle de otro modo.

-¡Iiiihh!, |enque fuera de seda, mi amo.

-Mejor que de seda, hombre, porque es pinta firme, no destiñe, y mientras más lo laven más le sale el color. Un pañuelazo como ese, es regalado por cinco reales.

El indio por toda respuesta movió la cabeza lentamente. Después refregó bien la punta, lo sacudió, lo puso contra la luz y dijo:

¡Y se deja pedir |esque cinco |riales!

-¿Y | qué tiene ese pañuelo?

-¿No ve sumercé que es pura tierra? Mire, queda |que |ni un cedazo de puro |escarralao.

-Pero hombre, así, refregándolo, ni un cuero resiste. Ese pañuelo no puede ser mejor.

-No ve sumercé que en el lavadero se le |qué |toitica la tierra colorada y queda que... ¿Cuánto es |lúltimo?

-Cinco reales.

-¿Dos y medio será bueno?

Me rasqué la cabeza y contesté con calma:

-No se puede.

-Dos y medio, mi amo, y me encima la |aujita.

-Dios me perdone y me de paciencia. Lo único puedo rebajarle es medio real y le encimo la aguja.

El indio contestó con un gesto de desprecio, y sin decir nada salió.

Aquí quisiera ver a Ricardo, para que vea si es lo mis­mo vender allá en su almacén, que en una de estas tiendas en que se lidia sólo con indios, pensé, y me puse a esperar otro.

-¿Tenemos por suerte cuerdas, mi amo?, pregunto otro...

-Sí hay, muy buenas: barcelonas.

El indio tomó un rollito en la mano, escogió la que le pareció más a propósito y le metió diente. ¿Habrá cuer­da que se resista a tal prueba? Suponte que la cogen con los dientes y tiran a dos manos. La que resiste ilesa a tal experimento, es la buena. Luego que escogió unas po­cas preguntó:

-¿A cuántas da, mi amo?

-A tres: son muy buenas.

-¿Las da sumercé a cinco por cuartillo?

-Imposible, aunque me las hubieran regalado.

-¿Me cambia sumercé dos huevos por un cartucho de cominos?, preguntó una india.

-Sí. No me destuerza las cuerdas; si quiere, llévelas, y si no ...

En esto empezó a llenarse la tienda.

|-Abájeme sumercé un lazo, pero escójamelo.

-¿Me cambia un franco? Pero buena plata.

-Estos reales |cundinos no los quieren.

-¿Cuánto es lo último del pañuelito?, volvió a preguntar el mismo indio del principio.

-Cinco reales. Mientras usted se fue he vendido y han quedado de venir por más para el Corpus.

-Rebájele |sumercé y tratamos. Buena plata.

-No puedo.¿Lleva las cuerdas, o no? Y si no, déjelas.

-No, mi amo, de mí no hagas |esconfianza |enque soy indio ...

-¿La bogotana?

-A dos y medio.

-¿Compra mantequilla?

-No.

-Alcáncela |pa verla.

-Muy fina y ancha.

-Pero como un |colador, dijo la india después de | fregarla.

-Un cuartillo de clavo y canela.

-Tome, pero deme cuartillo hecho.

-¿Lo último? Le llevo media vara.

-Que si hay |piedra contra.

-Es a dos y medio. No hay. Se la mido bien. ¿Lleva por fin el pañuelo?

-¿Hay por fin |piedra contra?

-No.

-Recaditos le mandó mi señá Eduvigis, y que qué tal le fue a sumercé en su viaje, y que es su señor y que si trajo bogotana fina, que le mande una pieza para verla, y que no le vaya a vender los pañuelos bonitos porque quiere comprar uno, y que si trajo algo particular, que se lo mande sumercé y que acá lo mandará después.

-Dígale que no traje sino una pieza de bogotana, y que de esa estoy vendiendo, y que me fue muy bien.

-Hasta luego.

-Memorias.

-¿Hay |alimento belisanio?

-¿Qué?

|-Alimento belisanio, de ese que sirve para las |lacras.

-Linimento veneciano, será.

-Sí, mi amo. Véndame sumercé un cuartillo.

-No hay.

-Manda decir mi señora que le mande para la semana, porque ya es tardísimo, y cuando vaya ya no hay nada y todo caro.

-Toma, llévale, dije abriendo el cajón. No había vendido sino real y medio en toda la mañana, y ya eran las nueve.

El hambre, el ruido del mercado y el alboroto de la tienda me tenían zonzo, y, para colmo de todo, una maldita india se había situado junto a la puerta con una marrana parida, y los cochinos gritaban sin cesar. Tuve intencio­nes de comprársela para no aguantar los chillidos.

En alcanzar alpargates para que se los midieran, en bajarlo todo y volverlo a alzar, y contestar preguntas de cuantos iban llegando, se me pasó media hora más. La tienda era un laberinto de indios que entraban y salían, el mercado derramaba por las esquinas su gente a fuerza de concurrido, cuando el primer campanazo a |sanctus sonó. Todos los indios y los sombreros cayeron como movidos por resortes ocultos, los primeros de rodillas, los segundos boca arriba, para que no se salieran los pañuelos.

Y nada volvió a oirse. El órgano dejaba escapar una sonata a manera de marcha, y cada campanazo iba produciendo un ruido como si fuera un eco, pro­ducido por los golpes de pechos y el murmullo de las oraciones que a media voz rezaban todos; aquel ruido parecía el oleaje lejano de un mar que se azota contra las costas ¡Y, cosa extraña!, hasta la marrana y los cochinos que habían chillado en toda la mañana callaron. Tres campanazos sonaron y otras tantas veces se oyó el ruido de los golpes de pechos y oraciones, pero eso sí, no acababan de dar el tercero cuando los de la plaza, aprovechando el silencio en que estaban, empezaron a gritar:

-¡Maíz a siete reales!

-¡Yo lo doy a seis!

-¡Turma a cuatro!

-¡Quién compra carne gorda, y si no la boto!

Los últimos gritos ya no se oyeron, porque el ruido del mercado empezó de nuevo, como si les hubieran destapa­do a todos las bocas a un tiempo.

Al punto empezó en la tienda la misma barahunda de antes; pero yo no aguanté más por entonces, y me pre­paré para cerrar e ir a almorzar. Cuando ya iba a torcer la llave llegó de nuevo el indio del pañuelo y me dijo:

-No cierre sumercé, véndame el pañuelito.

-A ver la plata que trae.

-Buena plata, mi amo, no haga |esconfianza.

-Entonces cierro: así como así no tengo necesidad de apurarme. Están volando; ya casi no quedan pañuelos.

-Abra sumercé, que no |haiga | miedo que...

-Entonces me voy, dije, y cerré la tienda.

A tiempo de irme reparé que una india mocetona y robusta acompañaba al indio.

Aquí venía como pedrada en ojo de boticario otro capítulo y su mote en letras grandes que dijera: |Planes para |engañar indios |; pero ya que he adoptado el sistema de rayitas pondré esta otra:

________

En tanto que me servían el almuerzo, y después, mien­tras que almorzaba, me puse a pensar en que lo mejor del mercado había pasado ya y yo no había vendido un solo pañuelo. Los castillos formados perdían su base y venían a tierra; el nuevo viaje a Bogotá a traer más pañuelos y artículos para la tienda, lo veía muy lejano, y mi viaje a Europa cuando hubiera enriquecido con esa tienda, se nubló tanto como la esperanza que hoy tiene un empleado de ver cuartillo. Y revolviendo ideas, for­mando planes y pensando en tretas, se me ocurrió la tenacidad del indio del pañuelo, me acordé de la india mocetona que lo acompañó a lo último, y hasta la criada que me servía el almuerzo vino a figurar, ¡quién lo creyera!, en primer término para mis nuevos fines. Cierto es que el almuerzo se me fue sin sentir, pero yo combiné un plan.

Antes de volver a la tienda instruí debidamente a la cocinera,  me fui a completar el plan de mis nuevas operaciones.

Lo primero que hice fue esconder los pañuelos, no dejando sino dos colgados; después salí a la puerta y llamé a un muchacho, le ofrecí un caramelo porque bus­cara a otros y me ayudaran en mi proyecto, y luego que lo hube arreglado todo me senté a esperar.

El primero que entró fue el indio del pañuelo, acom­pañado de la india.

-Mire, le dije al verlo, por no haber querido llevar el pañuelo desde esta mañana, ya no queda sino aquel, y ese otro está apartado.

¡Mire qué caso!, dijo la india, y era el mejor.

A este tiempo llegó un muchacho ahogándose y dijo:

-Que manda decir la niña Juanita |Castra, que aquí están los seis reales por el pañuelo y que se lo mande, y que si tiene otro de esos mismos, que se lo aparte, que ora mandará por él.

-Vean a ver, dije a los indios, si quieren el pañuelo y si no, ya ven que van a llevárselo.

-Pero seis |riales, ¡cuándo!, esta mañana me lo daba por cuatro y medio.

-Y no quiso llevarlo; ahora ni un cuartillo menos.

Los dos indios se miraron.

|-No encimará alguito, mi amo.

-Un alfiler les doy.

El indio sacó una bolsa de cuero y a escondidas em­pezó a sacar real por real, luego echó sobre el mostrador; fui a contar y había cinco y medio.

-Falta medio.

-Rebájenos sumercé, mi amo, ese mediecito.

-No puedo; si no lo quieren, déjenlo.

Entonces el indio echó un cuartillo más.

-Ahí está, dijo, rebájenos sumercé el cuartillo, no sumercé tirano.

-No, les contesté, moviendo la cabeza.

Un cuarto de hora lo menos me estuve para sacarles el otro cuartillo.

Al despedirse la india, le di su trago y le dije que tenía escondidos otros dos, y que si necesitaba más le vendía uno. Muy agradecida salió, a tiempo que entraban otros. Cuando esos me ofrecían dos y medio por el pañuelo, entró la criada de casa y me preguntó qué valía el pañuelo.

-Ya no lo vendo, le contesté, no hay sino ese y lo necesito.

Me rogó con seis reales que me los echaba sobre el mostrador, y no quise darlo. En tanto los indios se mi­raban unos a otros. A fuerza de súplicas les vendí el pa­ñuelo. Así me estuve toda la mañana sosteniendo esa po­sición falsa, para ver de vender a los indios los pañuelos. A las doce no había uno solo ni de los tuyos ni de los otros viejos, que hacía tiempos tenía ahí. Nueve pesos saqué de la docena de pañuelos «rabo de gallo»s, y han durado preguntando por dos semanas los mismos pañuelos. Gracias a los muchachos que cumplieron su co­misión y a la criada que llegó a tiempo, y más que todo a mis ardides, que si no, Ricardo, ahí estuvieran tus pañuelos.

Después de esta fiel historia, de lo que es vender en una de estas tiendas, ¿volverás a meterme tan cara otra docena de pañuelos? Todavía me duelen los cinco pesos que te dí por ella, aunque les gané cuatro a los indios a fuerza de trampas.

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