INDICE

La Serenata

Joaquín Marín

Una Noche de Fiestas

La Docena de Pañuelos

Un Sueño de Dos Colores

El Último Abencerraje o la Trata de Caballos

La Pirámide de Itica-Pol (Viajes por Sur América)

Antiguo Modo de Viajar por el Quindio

Partida del Libertador

Es Mal que Anda

Los Viceversas de Bogotá

La Retreta

Literatura Fosil

Descripción del Puente de Icononzo. Llamado Generalmente de Pandi

Los Artesanos

El Tiempo Vale Dinero

Una Página

¡Lo que Puede un Pie!

Investigaciones sobre algunas Antigüedades

El Paseo Campestre

El Señor Eugenio Díaz

El Alma del Padre Mariño

El Lago de las Serpientes

La Barbería

Las Selvas del Carare

Santafé

La Empleomanía

Un Buque de Vapor

Baile de Sombras

El Desierto de la Candelaria

El Oidor Cortes de Mesa

El Hoyo del Viento

Presentimiento

Noche a Orillas del Meta

La Siembra del Trigo

Reflexiones

El Lazarino

El Manuscrito de mi Tio

Dos Veces Muerto

De Honda a Cartagena

 

LA EMPLEOMANIA

COMEDIA EN ABREVIATURA

PERSONAJES

Don Nicasio Gallegas. Doña Nieves. El doctor Noley. Clotilde. Juanito.

(Lugar de la escena, cualquier capital de Estado)

| ACTO PRIMERO

Escena primera

(Don Nicasio y doña Nieves)

|Don Nicasio. ¡Buen primor, Nieves; te dí ayer veinte pesos para gastos ordinarios, y ya hoy me pides para lo mismo! Si continuamos así, apenas si nos alcanzará el sueldo para el mes. Hace casi dos años que gano ciento veinte pesos mensuales, y está por ver el real que haya economizado para cuando la vejez nos llame a cuentas, o para cuando yo quede cesante.

|Doña Nieves. ¡Eh!, | hijo, Dios no nos faltará. Aquellos diablos de chicos destrozan que es una maravilla; el ju­guete que hoy le sirve a Juanito, lo desecha mañana; los gastos de la casa son enormes; Clotilde no quiere ponerse un traje tres veces; las criadas piden un sentido por su salario. Por milagro alcanzan los ciento veinte pesos del sueldo.

|Don Nicasio. Bien, bien; nada arguyo. ¿Pero si me quitaren el destino en la próxima administración, qué haremos? Por males de mis pecados, le hice la oposición a la elección del futuro Presidente, cuya candidatura triun­fó a pesar de los esfuerzos de la administración actual; ¿mas qué quieres?, el señor Presidente me lo exigió, y yo, no obstante serme personalmente simpático el doctor Naranjo, y ser tanta tu amistad con tu comadre Nicolasa, tuve que ceder; porque de no, el señor Presidente me ha­bría removido. ¿Quién se había de figurar que triunfase la maldita candidatura del doctor Naranjo?

|Doña Nieves. Pierde cuidado: mi comadre Nicolasa me quiere mucho, y le tiene a Clotilde un amor entrañable; a pesar de tu oposición a la candidatura del doctor Naranjo, la buena de mi comadre no se ha dado por notificada, y me ha seguido tratando con el mismo cariño que antes. No te removerán, no te removerán, querido.

|Don Nicasio. ¡Que Dios te oiga!

|Doña Nieves. ¿Por qué no comienzas desde luego a adu­lar al doctor Naranjo? Yo me encargo de adular a mi comadre; seré más fina con ella y le adivinaré los pensa­mientos. Ayer me dejó entender que deseaba montar el Overo. ¡Hagamos una cosa: regalémoselo!

|Don |Nicasio. ¿El Overo? ¿Estás loca? ¿El Overo, que me costó 200 pesos? No me quedaría en qué montar.

|Doña Nieves. No importa. Hagamos bien las cuentas: el doctor Naranjo durará de Presidente dos años; en ese tiempo te darán... |(hace la cuenta en su cartera), dos y dos, cuatro; uno, es uno. . . Oye: 2.880 pesos en dos años... ¿No te parece que sí vale la pena de sacrificar el Overo?

|Don Nicasio. Bien!, pero dáselo como cosa tuya.

Escena segunda

(Don Nicasio, doña Nieves, Juanito)

|Juan. Mamacita, se rompió el |monacho.

|Doña Nieves. Eso es: y hoy costó cinco pesos.

|Juan. Yo quiero otro... yo quiero otro...

|Doña Nieves. Pero, hijo, papá no tiene plata.

|Juan. (Llora). Quiero otro |monacho.

|Doña Nieves. Mañana, hijo.

|Juan. Quiero otro... quiero otro... porque si no, me boto al pozo.

|Doña Nieves. ¡Sea por Dios! Nicasio, dame cinco pesos para comprarle otro |mono a este enemigo.

|Don Nicasio. Siempre tendré que vender la nómina del mes entrante. Toma. |(Le da dinero, doña Nieves se va con el niño).

Escena tercera

(Don Nicasio, doctor Noley)

|Don Nicasio. ¡Oh, doctor Noley! ¿qué vientos lo traen por acá? Tome usted asiento |(cumplimientos).

|Doctor Noley. (Que ha preguntado por la señora y los niños y satisfecho preguntas análogas). Ha sabido el señor Presidente que el gobierno general acaba de nombrar agente de hacienda nacional a un tal Agustín Polas; y no puede consentir en semejante paso, a todas luces impolítico.

|Don Nicasio. ¿Con que el tal Agustín Polas?... Vea usted... ciertamente, paso impolítico... ¿Qué le parece, meternos aquí a semejante hombre?... Razón tiene el señor Presidente... ¿Y quién es el tal Pules, o Polas?

|Doctor |Noley. Tengo vagas noticias de él. Sé que hace dos años redactó un periódico de oposición a la candida­tura del señor Presidente... Por lo demás, tiene fama de probo, inteligente e ilustrado.

|Don Nicasio. Sí, es muy ilustrado...

|Doctor Noley. ¿Le conoce usted?

|Don |Nicasio. No |, señor; en mi vida he oído tal nom­bre... ¿Pero no dice usted que es muy ilustrado?

|Doctor |Noley. El señor Presidente me envía a ordenarle a usted que firme esta protesta |(la saca), que tiene por objeto reclamar de tal nombramiento, por inconsulto.

|Don Nicasio. ¿Ya firmó el señor Presidente?

|Doctor |Noley. No; él no puede firmar esta clase de documentos.

|Don Nicasio (que ha leído el papel). ¿Mas qué significa mi firma aquí? Un cero a la izquierda... vamos al de­cir. . . Yo no conozco al tal Poles o Polas. ¿No fuera mejor que se pasase mi pobre nombre en silencio?

|Doctor |Noley. Había olvidado decir a usted que anoche recibió el señor Presidente una esquela de su amigo el doctor Manrique, en que éste solicita para su hijo, que acaba de llegar graduado a Bogotá, el destino que usted tiene... Usted sabe que el empleo es de libre nombra­miento y remoción...

|Don Nicasio (tose un largo rato). Ya voy cayendo en que yo leí el periódico del Polas.. . ¡Qué infamia, señor!... ¡ni una placera insulta como el tal! ... No nos conviene aquí ese hombre... |(se pone los anteojos). ¡Ya!, | los viejos, qué vamos a hacer... y el trabajo de noche ... Ahí va la firmita. |(Firma).

|Doctor |Noley. Hasta más ver, señor don Nicasio.

|Don |Nicasio. Señor doctor, beso a usted las manos; que no sea esta la última vez que lo vemos por aquí en su casa. |(Vase |el doctor).

Escena cuarta

|Don |Nicasio. ¡Cómo se me sienta el hombre! ... y ese Poncio Pilato del Presidente, más que todos... Agustín Polas... Agustín Polas... no sé quién sea; pero cuando Noley dice que es hombre honrado, debe ser un ángel. ¡Y yo he firmado esa protesta injusta!... Estoy por renunciar... ¿Pero el pan de mis hijos?... , ¿los 120 pesos que cada mes se gastan en casa?... ¡Eh!, no; ¡suframos, firmemos, arrodillémosnos, besémosles los pies al primero que se nos encarame!

| ACTO SEGUNDO

Escena primera

(Don Nicasio, doña Nieves)

|Doña Nieves. Vengo rendida y abochornada. Después de haberle regalado esta mañana el caballo a mi comadre Nicolasa, volví hoy a visitarla, y me ha recibido con la mayor sequedad; me habló de la oposición que tú le habías hecho a su marido, y me dejó entender que pronto te arrepentirías. Yo le manifesté que tú habías obrado bajo las influencias del Presidente, y ella me exigió le hicieras la guerra a éste, a fin de que venga al suelo abrumado de descrédito. Comprometíme a ello, porque creo que sólo así salvaremos el destino.

|Don |Nicasio. ¡Mal hecho! Si me pongo de cuernos con el Presidente, ¿qué haré en estos dos meses que faltan para terminar su período?

|Doña Nieves. Poco | se te alcanza, a lo que veo, en achaques de politiquería. Algunos empleados acostumbran vol­tearle la espalda al gobernante caído, y volver el rostro hacia el venidero. En tales apuros, el mandatario que está al tomar portante para su casa, no se pone a remover empleados, pues se quedaría a solas, y lo silbarían hasta los pilluelos de la calle. Las aves saludan a la aurora, y no se curan del sol poniente.

|Don |Nicasio. Estás sabidilla. Me has convencido. Voy a escribir un artículo contra el Presidente. |(Golpes |en la puerta). ¡Adelante!

Escena segunda

(Dichos, el doctor Noley)

|Don Nicasio. ¿Qué milagro ver por aquí al señor doctor?

|Doctor Noley. Siempre a importunar a usted. El señor Presidente me envía...

|Don Nicasio. Vea usted... el bueno del señor Presi­dente... Y decía usted...

|Doctor Noley. Se necesita otra firma para otro asunto conexionado con el bien público.

|Don Nicasio. Cuanto se refiere al bien público merece las simpatías de los que nos desvivimos por la patria... Y decía usted ...

|Doctor Noley. Que tenga la bondad de firmar este me­morial referente a la renta de salinas aplicable a las mejoras materiales.

|Don Nicasio. ¡Ah!, | ¡muy bien!... Desde que el señor Presidente nos gobierna, hemos tenido tantas mejoras materiales... quiero decir... proyectos de mejoras materiales...

|Doctor Noley. Pero antes filosofemos un poco. El señor Presidente es un hombre digno de compasión. Vea usted: no pasa un día sin que se le pidan veinte destinos; y aun­que la asamblea creó algunos, sin más objeto que el de po­der satisfacer vigencias... Bien dijo el poeta:

Marqués mío, no té asombre
Ría y llore cuando veo
Tantos hombres sin empleo,
Tantos empleos sin hombre.


Pues, sí, señor, usted le sirve al Estado con inteligencia y honradez... ¿a qué negarlo?... y muchos claman con­tra usted por inepto. El doctor Manrique insiste en que se le dé al doctorcito, su hijo, el destino de usted. Mas el señor Presidente me dice todos los días que está satis­fecho de la adhesión de usted a su persona, y de su decisión por la causa del progreso y de la pública felicidad...

|Don Nicasio. ¡Oh señor doctor, ¿por el progreso y la felicidad del pueblo, quién no se ha de desvivir?

|Doctor Noley. Se me hace tarde. Aquí tiene usted el memorialito. ¿Lo quiere leer?

|Don Nicasio. No hay para qué; basta que sea cosa de usted y del señor Presidente |(firma).

|Doctor Noley. Gracias, don Nicasio. Hasta otra vista.

|Don |Nicasio. Beso sus manos, señor doctor. Que lo veamos con frecuencia en esta su casa. |(Vase el doctor).

Escena tercera

|Don Nicasio. ¡Maldito hombre!, me tiene hético, ¿Qué diablos habré yo firmado?

Escena cuarta

(Dicho. Juanito)

|Juan. Papá, se me rompió el |mono; y yo | quiero otro.

|Don |Nicasio. ¡Quita de aquí! A mono por día, nos lleva la trampa.

|Juan. Yo quiero un |monacho... yo | quiero un |monacho. |(Llora).

|Don Nicasio. ¿Dónde está Nieves?

|Juan. Desde esta mañana no ha venido.

|Don Nicasio. ¿Clotilde?

|Juan. Tampoco ha venido.

|Don |Nicasio. Bien estamos: la madre por una parte, la hija por otra, las criadas por donde se les antoja; y todo dado al diablo.

|Juan. Yo quiero otro |monacho. (Se sienta a llorar).

|Don |Nicasio (toma |un periódico y se |pone |a leer). ¡Hola!, aquí hablan de mi persona. Veamos. «El Presidente no fija sus miras sino en asalariar empleados que se plie­guen ruinmente a su voluntad. ¿Habrá un hombre más inepto para desempeñar cualquier destino que Nicasio Gallegas? Sin embargo, este cómico personaje, por ser más dócil que un humilde jumento, goza de un magnífico sueldo. La política actual no para mientes en las aptitudes de los individuos para desempeñar los cargos públicos, ni en su honradez: no quiere sino docilidad y más docilidad». ¡Bribones!... ¿Habráse visto? Como ellos no firman todo lo que al señor Presidente le venga en antojo, no lo con­sideran a uno; cierto es que yo no sé de la misa la media; pero la oficina ahí va marchando; que para eso son los escribientes. Sin embargo, que griten, que escriban: ¿no tengo seguros 120 pesos mensuales? La filosofía aconseja que nos hagamos oídos de mercader.

|ACTO |TERCERO

Escena primera

(Don Nicasio, doctor Noley)

|Doctor Noley. Como iba diciendo: vi en |La Voz del Estado un artículo en que se habla mal del señor Presi­dente. Alguien me ha dicho que es usted su autor; yo no he podido creer, porque... es decir... el decoro... la gratitud... |(aparte) se ha asustado.

|Don Nicasio. (Tose mucho). Este mal de pecho me tiene muerto. Y, vea usted |(tose), cuando me arrecia, me entra una terrible sofocación... Esos son chismes; yo diera mi vida por el señor Presidente.

|Don Noley. Fácil me sería pedir el manuscrito en la imprenta. Cualquiera que sea su autor... una remoción es pan de cada día... Tengo un empeño con el señor don Nicasio: hágame usted un servicio, y lo del artículo quedará |interno.

|Don Nicasio. Mande usted, mande usted, señor doctor, |Doctor |Noley. Necesito falsificar este registro |(lo saca), pues el bien público exige que yo venga al congreso... Se requiere una letra desconocida; y yo sé que la señora de usted es capaz de sacarme bien.

|Don Nicasio (llama) ¡Nieves! ¡Nieves! ya viene:

Haremos, señor doctor, lo que usted manda. Por supuesto que el sigilo... ante todo el sigilo...

|Doctor Noley. Pierda usted cuidado.

Escena segunda

(Dichos, doña Nieves)

|Doña Nieves. ¿Llamabas? ¡Oh!, señor doctor, para ser­vir a usted.

|Don Nicasio. Siéntate ahí, porque nos vas a escribir una cosita.

|Doctor Noley. Vea usted, mi señora; sólo hay que co­piar estas cuatro líneas. Aquí donde dice «ciento veinte», escriba usted novecientos veinte. |(Doña Nieves se pone a escribir). ¡Cosas de la política!, en occidente borraron mi nombre en las listas; pero yo sabré hacerme representante.

|Don Nicasio. ¿Está el artículo aquel muy fuerte?

|Doctor |Noley. ¡Oh!, | ¡atroz! Dice, entre otras cosas, que el señor Presidente abusa de su puesto para exigir de los empleados inferiores cosas indebidas.

|Don |Nicasio. ¡Calumnia, calumnia! Por mí sé decir que el señor Presidente jamás me ha exigido nada.

|Doña |Nieves. Ya está.

|Doctor Noley. Es usted un rayo. Esto ha quedado mag­nífico. Gracias, mi señora: viva usted mil años para ser­vicio de la patria. Adiós, señor don Nicasio; adiós, mi señora.

|Don |Nicasio. Hasta más ver, señor doctor. Que le vea­mos cada rato en esta su casa.

Escena tercera

(Dichos, menos el doctor)

|Don |Nicasio. Este hombre me quitará la vida: quién sa­be en qué parará esa falsificación.

|Doña Nieves. En nada. Todos los días se ve esto. ¿Por qué te comprometiste con tal hombre?

|Don |Nicasio. Porque el malvado sabe que yo soy el autor del artículo inserto en |La Voz del |Estado, y he querido taparle la boca.

|Doña |Nieves. Sí; pero nos conviene se sepa que tú es­cribiste eso para que el doctor Naranjo...

|Don Nicasio. Todavía no; disfrutemos del sueldo de estos dos meses; y cuando sea tiempo, el doctor Naranjo lo sabrá, y entonces acabaré de decir cuatro frescas.

Escena cuarta

(Dichos, | Clotilde)

|Clotilde |(llorando). Vea usted, papasito: José me ha traído esta carta para que yo reconozca mi firma. Yo no he escrito semejante cosa, ni jamás he querido a don Pedro, para escribirle cartas de amor.

|Doña Nieves. |A ver... la letra se parece a la tuya ... no...no es sino una imitación. ¡Infames! Jugar así con el honor de una niña! ¿No habrá castigo para las falsif­icaciones?

|Don |Nicasio |(en voz baja). Sí lo hay; pero no lo re­clamemos, porque nos cobijaría a ambos. ¿No es peor falsificar un registro que suplantar una firma?

|Clotilde. Voy a averiguar la picardía.

Escena quinta

(Dichos |, menos Clotilde)

|Doña Nieves. Sí; pero una lo hace por necesidad.

|Don |Nicasio. No hay necesidad que se le quite al delito su fealdad intrínseca. ¡Cuántas revoluciones se deben a la corrupción del sufragio! ¡La sangre vertida caerá sobre los falsificadores de registros!

|Doña Nieves. ¡Ay |, Dios mío.!, ¡a qué cosas se obliga una por un empleo! ...

|Don |Nicasio. ¡Pero qué hemos de hacer, querida! El pan de los hijos nos exige el sacrificio de todo; hasta el honor. ¡Malditos sean los empleos!, o más bien, maldita sea la necesidad que uno se forja de ellos!

| ACTO CUARTO

Escena primera

(Don Nicasio y doña Nieves)

|Don |Nicasio (entra). Vengo cansado, avergonzado, frito.

|Doña Nieves. ¿Qué tal estuvo la recepción?

|Don Nicasio. Buena... eso sí... buena. ¡Qué bien habló el doctor Naranjo!

|Doña Nieves. Es un hombre de muchos talentos.

|Don Nicasio. No sé por qué me trató con tanto des­precio. Dos horas perdí por poder entrar a saludarlo y felicitarlo; me recibió con mucha frialdad; en el curso de la conversación me dejó entender que era necesaria una casi completa renovación de empleados.

|Doña Nieves. ¿No te digo? ¡Si ese hombre es un bruto!

|Don |Nicasio. Tengo mis temores. Tú me has dicho que tu comadre Nicolasa ha dado en tratarte con mucha se­quedad; de suerte que ya ni esa esperanza nos queda.

|Doña Nieves. No | desesperemos, hijo; ¿cómo no ha de tener efecto el regalo del Overo?... Dime, ¿has visto hoy a Clotilde? Con tu ida a la recepción del Presidente y mi visita de toda la mañana a mi comadre Nicolasa, ni siquiera hemos podido cuidar a ese enemigo malo. Me dicen las criadas que ya no tiene más oficio que coquetear en la ventana. Yo sí he dado en notar que no salen de esta calle cuatro |cachifos repelentes.

|Don Nicasio. ¿Qué quieres, hija?, el empleo, o mejor, la conservación del empleo, no nos deja tiempo para vi­gilar nuestra familia como Dios manda. ¡Qué triste es la empleomanía! El esclavo siquiera goza de libertad de pen­samiento; el jornalero siquiera es independiente; cuenta con el día de mañana y puede saber cómo se manejan sus hijos. Yo llevo treinta años de empleado público, y jamás he podido ahorrar cuatro reales, ni he tenido un sólo día de independencia. He besado muchas manos impuras; he ensalzado muchos nombres odiosos; he llo­rado muchos desengaños; he sufrido muchas humillacio­nes. Yo me tengo la culpa; porque desde muchacho estoy apegado a las oficinas públicas y no aprendí a trabajar. ¿Hoy qué puedo ya hacer? Nuestras necesidades han ve­nido creciendo con mis sueldos, y hoy no contamos con un real para trabajar.

Escena segunda

(Dichos, doctor Noley)

|Doctor Noley. ¿Qué tal, señor don Nicasio?, mi señora, a sus pies.

|Don Nicasio. Bien venido, señor doctor. Supongo que ya usted habrá visitado al doctor Naranjo: a mí me pa­reció un poco indispuesto con los que hemos rodeado la pasada administración. Sin embargo, yo no era de los más adictos; le digo a usted en confianza que sí era mío el articulillo de |La Voz del Estado. Como usted es mi amigo... y para usted no tengo secretos...

|Doctor Noley. Yo | estaba seguro de ello; pero vea usted qué injusticias las del mundo: a pesar de habérselo dicho al doctor Naranjo, no he podido evitar que usted sea depuesto.

|Don Nicasio. ¿Qué dice usted, doctor?

|Doctor Noley. Lo que usted me ha oído. El doctor Naranjo se me iba enfadando, porque yo, por cariño a usted, no quería aceptar el destino de usted; pero por fin, bien a mi pesar, acepté.

|Doña |Nieves. ¿De modo que nos condenan a morirnos de hambre?, doctor.

|Doctor |Noley. No se ha podido, mi señora, evitar esta remoción.

|Doña Nieves. ¡Ay!, | ¡Dios mío, qué suerte la nuestra!... Pero en usted ponemos nuestra esperanza, doctor. Usted sabe que sin el sueldo de Nicasio nos moriremos de ham­bre. Ruéguele usted al doctor Naranjo...

|Doctor |Noley. Un mes antes de tomar posesión de la presidencia, ya tenía comprometidos todos los destinos, y aun el doble de los que hay; y como no han alcanzado, ya se empieza a formar un alarmante núcleo de oposición.

|Doña Nieves. ¿Qué haremos, doctor, qué haremos? |(Llora).

|Doctor Noley. No hay sino un recurso; yo he dejado vacante el puesto de oficial 2° de mi nueva oficina, con la intención... si el señor don Nicasio quisiera...

|Don Nicasio: ¡Cómo no he de querer, mi buen amigo! ¡Peor fuera morir de hambre!

|Doctor Noley. ¡Me retiro!, porque tengo un asunto pendiente con el doctor Naranjo.

Escena tercera

(Dichos, menos el doctor)

|Don |Nicasio. Este hombre es un infame. Medrados es­tamos, de 120 pesos, voy a bajar a 30. De hoy más, querida, se acabó todo gasto superfluo: no más juguetes de a 5 pesos todos los días; no más trajes para Clotilde cada semana; no más vida ociosa. Aprendamos cualquier oficio, para ver si algún día soy hombre independiente, y tú mujer de tu casa.

|Doña Nieves. Es tarde, Nicasio: el que se acostumbró a destino, morirá empleado; la mujer que por largos años vivió de un sueldo, siempre pensará, al hacer sus gastos, en la nómina del mes entrante. Enseñémosles a nuestros hijos cualquier oficio; que nunca Juanito ponga los pies en una oficina; ¡que aprenda aunque sea a pisar barro!...

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