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SANTAFE
Por Josefa
Acevedo de Gómez
¡Santafé! Este nombre es muy querido: encierra muchos recuerdos
para los habitantes ancianos de la antigua capital del virreinato
de la Nueva Granada. ¡Cuántos viejos darían el resto de su achacosa
vida, y por añadidura la de tres o cuatro de sus hijos y nietos,
porque existiera Santafé tal como era antes del año de 1810! Acaso
tendrían razón, y yo por mi parte no quiero que se olvide lo que
fue en otro tiempo el país de mi nacimiento.
Esta ciudad, fundada hace más de tres siglos por Gonzalo
Jiménez de Quesada, se asegura que tenía cerca de 40.000 habitantes
en el año de 1810. Sus casas, sólidamente construídas, ofrecían
espacio y comodidad a los que moraban en ellas; lo que, según la
opinión de muchos, puede valer tanto como lo que se llama elegancia
y buen gusto moderno. Macizos balcones, en cuya formación no se
había economizado la madera; gruesas ventanas guarnecidas con
espesas celosías, que daban escasa entrada a la luz y al aire que
circulaba por espaciosas salas colgadas de un papel lustroso en
donde ordinariamente se representaban paisajes y flores; altos y
duros canapés con cerco dorado, forrados en filipichín o damasco de
lana o seda, cuyas patas figuraban la mano de un león empuñando una
bola; cuadros de santos con anchos marcos labrados y sobredorados y
algunos retratos de familia al óleo, ejecutados por Figueroa y
colocados lo más cerca del techo que era posible; enormes arañas de
cristal; mesas labradas con caprichosos recortes; cómodas
barnizadas de negro con tiraderas doradas; escritorios con cien
cajones embutidos de carey y concha de perla; enormes camas con
espesas cortinas de lana o algodón, que corrían sobre varillas de
hierro produciendo un ruido agudo y metálico; espejos ovalados
colgados oblicuamente sobre las paredes, y sillas de brazos altos,
forradas en terciopelo o damasco, cuya clavazón hacía comúnmente un
dibujo poco variado. Tales eran los adornos comunes de la mayor
parte de las casas de los nobles santafereños.
No es esto decir que no hubiera habitaciones invadidas por modas
más modernas, paredes adornadas con láminas de exquisito gusto,
muebles más elegantes y ligeros, y balcones y ventanas de hierro
con delgados balaustres que daban entrada libre al aire y a la luz,
asientos menos altos y más blandos, camas de diversas formas, con
blancas colgaduras de muselina recogidas con grandes y vistosos
lazos de cinta encarnada o celeste. Pero aquí no se trata de las
excepciones; porque en tal caso este cuadro no tendría fin.
En cuanto a las costumbres, eran cristianas, pacíficas y
decorosas, salvo también las excepciones, que no dejan de ser
abundantes en la grande población de una ciudad que es capital de
un extenso y rico virreinato, que encierra, aunque en menor escala,
los mismos elementos para el mal que se encuentran en Roma, en
París, en Londres, en Madrid y en todas las viejas capitales de la
civilizada Europa. Los santafereños oían misa todos los días y
después se ocupaban de su almuerzo y de sus negocios. Comían de
las doce a la una del día y durante las horas de sus comidas hacían
cerrar cuidadosamente las puertas de sus casas.
Por la tarde paseaban por la Alameda o el Aserrío, y a la
oración se retiraban a sus casas a
|refrescar dulce y
chocolate (orden en que se servía entonces este refresco, y que
después se ha invertido con escándalo de los amantes de los
antiguos usos). Luego se rezaba el rosario, se hacía o recibía
alguna visita o se conversaba en familia hasta las nueve o diez de
la noche, hora ordinaria de la cena. Despachada ésta, que era
siempre abundante, se acostaban los buenos santafereños a dormir
con tranquilidad, para recorrer al día siguiente un círculo igual
de quehaceres, paseos, comidas y conversaciones.
El domingo era otra cosa; aquel día se almorzaba precisamente
|tamales. El padre de familia visitaba y era visitado; la
madre se adornaba para ir donde las señoras de la alta aristocracia
española, es decir, las esposas de los empleados públicos. Los
criados y los niños iban por la tarde al
|guarrús de las
Aguas o de Fucha, y casi todo lo mejor de la población paseaba por
San Victorino, donde se veían pasar los tres únicos coches que
había en la ciudad, a saber: el del Virrey, el del Arzobispo y el
de la familia Lozano, llamado comúnmente el de las jerezanas.
Algunas piezas dramáticas, casi siempre mal ejecutadas, uno que
otro baile en que figuraban la acompasada contradanza, el grave
minuet, la fría alemanda, el elegante y gracioso bolero, y por
remate, en casos de buen humor, el alegre sampianito; una que otra
reunión de amigos en que se jugaba ropilla, y las anuales fiestas
de Egipto y San Diego, en que se cenaba abundantemente y se jugaba
con escándalo al pasadiez y al bisbís; tales eran las diversiones
de los hijos de la capital.
Mas en circunstancias notables, en los días grandes y de larga
recordación, había fiestas reales, es decir, una misa solemne con
|Te Deum
|y asistencia del Virrey y de los tribunales,
cuadrillas ecuestres a imitación de los juegos árabes, carreras de
sortija, corridas de toros, salvas de artillería, besamanos o
visita de ceremonia en casa del Virrey, y dos o tres bailes de
|tono, en que no dejaban de ostentarse lujosos trajes
bordados de oro y magníficos uniformes de oficiales reales y de
coroneles en guarnición; bailes, en verdad, más a propósito que los
de ahora para lucir las damas su agilidad, airosos movimientos,
fino oído, paso acompasado y gracioso, que en el perpetuo
brincadito a la indígena y en los trotes y carreras fatigantes de
nuestros días. Pero sigamos. Todas estas funciones nocturnas se
terminaban por un suntuoso y abundante ambigú, en que hacía sus
habilidades de repostero algún liberto de
|casa grande que
vestía también en estas ocasiones una gran casaca forrada con
tafetán blanco.
Pero, ¿cuáles eran estas ocasiones singulares, solemnizadas con
tales fiestas? Voy a decirlo: cuando llegaba un nuevo Virrey,
cuando se publicaba la bula de la Santa Cruzada, cuando nacía un
príncipe o se casaba una infanta de España. Había también solemne
función religiosa y lúgubre cuando moría un Pontífice o algún
individuo de la real casa de Borbón.
Así, todas nuestras esperanzas y alegrías, todos nuestros duelos
y regocijos nos venían del otro lado del océano. ¡Nada era nacional
para nosotros! Hasta las telas y alimentos se llamaban de
|Castilla cuando tenían alguna superioridad. De allá nos
venían los virreyes, los oidores, los empleados de hacienda, los
canónigos, los alcaldes y los soldados. De allá recibíamos las
ropas y también los víveres que no produce el país. De allá nos
venían las indulgencias, las reliquias, la salvación del alma.
¡Pobres colonos! Nada teníamos, ni aun el sentimiento del amor
patrio que había dormido 300 años en nuestros fríos y esclavizados
corazones.
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