INDICE

La Serenata

Joaquín Marín

Una Noche de Fiestas

La Docena de Pañuelos

Un Sueño de Dos Colores

El Último Abencerraje o la Trata de Caballos

La Pirámide de Itica-Pol (Viajes por Sur América)

Antiguo Modo de Viajar por el Quindio

Partida del Libertador

Es Mal que Anda

Los Viceversas de Bogotá

La Retreta

Literatura Fosil

Descripción del Puente de Icononzo. Llamado Generalmente de Pandi

Los Artesanos

El Tiempo Vale Dinero

Una Página

¡Lo que Puede un Pie!

Investigaciones sobre algunas Antigüedades

El Paseo Campestre

El Señor Eugenio Díaz

El Alma del Padre Mariño

El Lago de las Serpientes

La Barbería

Las Selvas del Carare

Santafé

La Empleomanía

Un Buque de Vapor

Baile de Sombras

El Desierto de la Candelaria

El Oidor Cortes de Mesa

El Hoyo del Viento

Presentimiento

Noche a Orillas del Meta

La Siembra del Trigo

Reflexiones

El Lazarino

El Manuscrito de mi Tio

Dos Veces Muerto

De Honda a Cartagena

 

SANTAFE

Por Josefa Acevedo de Gómez

 

¡Santafé! Este nombre es muy querido: encierra muchos recuerdos para los habitantes ancianos de la antigua ca­pital del virreinato de la Nueva Granada. ¡Cuántos viejos darían el resto de su achacosa vida, y por añadidura la de tres o cuatro de sus hijos y nietos, porque existiera Santafé tal como era antes del año de 1810! Acaso tendrían razón, y yo por mi parte no quiero que se olvide lo que fue en otro tiempo el país de mi nacimiento.

Esta ciudad, fundada hace más de tres siglos por Gon­zalo Jiménez de Quesada, se asegura que tenía cerca de 40.000 habitantes en el año de 1810. Sus casas, sólidamente construídas, ofrecían espacio y comodidad a los que mo­raban en ellas; lo que, según la opinión de muchos, puede valer tanto como lo que se llama elegancia y buen gusto moderno. Macizos balcones, en cuya formación no se había economizado la madera; gruesas ventanas guarnecidas con espesas celosías, que daban escasa entrada a la luz y al aire que circulaba por espaciosas salas colgadas de un papel lustroso en donde ordinariamente se representaban paisajes y flores; altos y duros canapés con cerco dorado, forrados en filipichín o damasco de lana o seda, cuyas patas figuraban la mano de un león empuñando una bola; cuadros de santos con anchos marcos labrados y sobredorados y algunos retratos de familia al óleo, ejecutados por Figueroa y colocados lo más cerca del techo que era posible; enormes arañas de cristal; mesas labradas con caprichosos recortes; cómodas barnizadas de negro con tiraderas doradas; escritorios con cien cajo­nes embutidos de carey y concha de perla; enormes camas con espesas cortinas de lana o algodón, que corrían sobre varillas de hierro produciendo un ruido agudo y metálico; espejos ovalados colgados oblicuamente sobre las paredes, y sillas de brazos altos, forradas en terciopelo o damasco, cuya clavazón hacía comúnmente un dibujo poco variado. Tales eran los adornos comunes de la mayor parte de las casas de los nobles santafereños.

No es esto decir que no hubiera habitaciones invadidas por modas más modernas, paredes adornadas con láminas de exquisito gusto, muebles más elegantes y ligeros, y bal­cones y ventanas de hierro con delgados balaustres que daban entrada libre al aire y a la luz, asientos menos altos y más blandos, camas de diversas formas, con blancas colgaduras de muselina recogidas con grandes y vistosos lazos de cinta encarnada o celeste. Pero aquí no se trata de las excepciones; porque en tal caso este cuadro no tendría fin.

En cuanto a las costumbres, eran cristianas, pacíficas y decorosas, salvo también las excepciones, que no dejan de ser abundantes en la grande población de una ciudad que es capital de un extenso y rico virreinato, que encierra, aunque en menor escala, los mismos elementos para el mal que se encuentran en Roma, en París, en Londres, en Madrid y en todas las viejas capitales de la civilizada Europa. Los santafereños oían misa todos los días y des­pués se ocupaban de su almuerzo y de sus negocios. Comían de las doce a la una del día y durante las horas de sus comidas hacían cerrar cuidadosamente las puertas de sus casas.

Por la tarde paseaban por la Alameda o el Aserrío, y a la oración se retiraban a sus casas a |refrescar dulce y chocolate (orden en que se servía entonces este refresco, y que después se ha invertido con escándalo de los aman­tes de los antiguos usos). Luego se rezaba el rosario, se hacía o recibía alguna visita o se conversaba en familia hasta las nueve o diez de la noche, hora ordinaria de la cena. Despachada ésta, que era siempre abundante, se acostaban los buenos santafereños a dormir con tranquili­dad, para recorrer al día siguiente un círculo igual de quehaceres, paseos, comidas y conversaciones.

El domingo era otra cosa; aquel día se almorzaba pre­cisamente |tamales. El padre de familia visitaba y era visitado; la madre se adornaba para ir donde las señoras de la alta aristocracia española, es decir, las esposas de los empleados públicos. Los criados y los niños iban por la tarde al |guarrús de las Aguas o de Fucha, y casi todo lo mejor de la población paseaba por San Victorino, donde se veían pasar los tres únicos coches que había en la ciu­dad, a saber: el del Virrey, el del Arzobispo y el de la familia Lozano, llamado comúnmente el de las jerezanas.

Algunas piezas dramáticas, casi siempre mal ejecutadas, uno que otro baile en que figuraban la acompasada con­tradanza, el grave minuet, la fría alemanda, el elegante y gracioso bolero, y por remate, en casos de buen humor, el alegre sampianito; una que otra reunión de amigos en que se jugaba ropilla, y las anuales fiestas de Egipto y San Diego, en que se cenaba abundantemente y se jugaba con escándalo al pasadiez y al bisbís; tales eran las diver­siones de los hijos de la capital.

Mas en circunstancias notables, en los días grandes y de larga recordación, había fiestas reales, es decir, una misa solemne con |Te Deum |y asistencia del Virrey y de los tribunales, cuadrillas ecuestres a imitación de los juegos árabes, carreras de sortija, corridas de toros, salvas de artillería, besamanos o visita de ceremonia en casa del Virrey, y dos o tres bailes de |tono, en que no dejaban de ostentarse lujosos trajes bordados de oro y magníficos uniformes de oficiales reales y de coroneles en guarnición; bailes, en verdad, más a propósito que los de ahora para lucir las damas su agilidad, airosos movimientos, fino oído, paso acompasado y gracioso, que en el perpetuo brincadito a la indígena y en los trotes y carreras fatigantes de nues­tros días. Pero sigamos. Todas estas funciones nocturnas se terminaban por un suntuoso y abundante ambigú, en que hacía sus habilidades de repostero algún liberto de |casa grande que vestía también en estas ocasiones una gran casaca forrada con tafetán blanco.

Pero, ¿cuáles eran estas ocasiones singulares, solemni­zadas con tales fiestas? Voy a decirlo: cuando llegaba un nuevo Virrey, cuando se publicaba la bula de la Santa Cruzada, cuando nacía un príncipe o se casaba una infan­ta de España. Había también solemne función religiosa y lúgubre cuando moría un Pontífice o algún individuo de la real casa de Borbón.

Así, todas nuestras esperanzas y alegrías, todos nuestros duelos y regocijos nos venían del otro lado del océano. ¡Nada era nacional para nosotros! Hasta las telas y ali­mentos se llamaban de |Castilla cuando tenían alguna su­perioridad. De allá nos venían los virreyes, los oidores, los empleados de hacienda, los canónigos, los alcaldes y los soldados. De allá recibíamos las ropas y también los ví­veres que no produce el país. De allá nos venían las indul­gencias, las reliquias, la salvación del alma. ¡Pobres colonos! Nada teníamos, ni aun el sentimiento del amor patrio que había dormido 300 años en nuestros fríos y esclavizados corazones.

 

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