INDICE

La Serenata

Joaquín Marín

Una Noche de Fiestas

La Docena de Pañuelos

Un Sueño de Dos Colores

El Último Abencerraje o la Trata de Caballos

La Pirámide de Itica-Pol (Viajes por Sur América)

Antiguo Modo de Viajar por el Quindio

Partida del Libertador

Es Mal que Anda

Los Viceversas de Bogotá

La Retreta

Literatura Fosil

Descripción del Puente de Icononzo. Llamado Generalmente de Pandi

Los Artesanos

El Tiempo Vale Dinero

Una Página

¡Lo que Puede un Pie!

Investigaciones sobre algunas Antigüedades

El Paseo Campestre

El Señor Eugenio Díaz

El Alma del Padre Mariño

El Lago de las Serpientes

La Barbería

Las Selvas del Carare

Santafé

La Empleomanía

Un Buque de Vapor

Baile de Sombras

El Desierto de la Candelaria

El Oidor Cortes de Mesa

El Hoyo del Viento

Presentimiento

Noche a Orillas del Meta

La Siembra del Trigo

Reflexiones

El Lazarino

El Manuscrito de mi Tio

Dos Veces Muerto

De Honda a Cartagena

 

LAS SELVAS DE CARARE

Por Manuel Ancízar

 

Las selvas del Carare no ceden en riquezas de todo género a las de la hoya del Minero, y las sobrepujan en majestad. Desde que se entra en el laberinto de colinas que ciñen los tortuosos pliegues del río Guayabito, se viaja por en medio del alto bosque que a derecha e izquier­da limita la fangosa línea del camino, siempre bajo la sombra, siempre húmedo y denso el ambiente, en términos que disparado un tiro de escopeta, permanece quieto el humo de la pólvora largo rato, sin ascender ni disiparse. El caucho, el almendrón y el ceibo, colosos de vegetación, yerguen sus copas por encima de los demás árboles co­bijándolos con sus gigantescas ramas, mientras el tronco redondo y recto, cuya circunferencia ocupa un grande espacio, sostiene y alimenta profusión de árboles menores, enredaderas semejantes a gruesos cables y tribus enteras de parásitas sembradas en todas las axilas de las ramas. Cuando uno de estos colosos cae, desarraigado por el huracán o minado por la vejez, abre en el bosque una ancha calle, tronchando y sepultando bajo sus ruinas cuanto alcanza, y entonces el oscuro tronco forma una eminencia prolongada, que se cubre de arbustos e inte­rrumpe la llanura con la apariencia de una larga colina; tal es la grandeza de estas ruinas vegetales, imponentes aunque postradas.

Enumerar las miríadas de animales que pueblan la selva, sería imposible. Encima es un interminable ruido de aves, que ora sacuden las ramas al volar pesadamente, como las pavas y paujíes, ora alegran el oído y la vista, como los jilgueros, las diminutas quinchas (colibrí), o el sol-y-luna, pájaro de silencioso vuelo, brillante cual mariposa, llevando en las alas la figura del sol y de la luna creciente, de donde le viene su nombre. Alrededor remueven el ramaje multitud de cuadrúpedos y los inquietos zambos corren saltando de árbol en árbol a atisbar con curiosidad al transeúnte, las hembras con los hijuelos cargados a la espalda, y todos juntos en familia chillando y arrojando ramas secas; mientras más a lo lejos los araguatos, senta­dos gravemente en torno del más viejo, entonan una es­pecie de letanía en que el jefe gruñe primero y los demás la contestan en coro. Bajo los pies y por entre la yerba y hojarascas se deslizan culebras de mil matices, ha­ciéndose notar la cazadora por su corpulencia y timidez, y la loma-de-machete, de índole fiera, cuerpo vigoroso, coronada da cresta y armada de una sierra que eriza sobre el lomo al avistar al hombre, lo que afortunadamente sucede raras veces; en ocasiones saltan de repente lagartos enormes, parecidos a las iguanas, y huyen removiendo la basura del suelo; en otras nada se ve, pero se oye un sordo roznar en la espesura, y el ruido de un andar lento al través de la maleza; de continuo y por todas partes la animación de la naturaleza en el esplendor de su aban­dono y a raros intervalos, a orillas del camino y escondida, se encuentra la choza miserable de algún vecino de Gua­yabito, pálido y enfermizo, o cubierto el cutis con las feas manchas del carate. El hombre está de más en medio de aquellas selvas, y sucumbe sin energía, como abrumado por el mundo físico.

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