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LAS SELVAS DE CARARE
Por Manuel Ancízar
Las selvas del Carare no ceden en riquezas de todo género a las
de la hoya del Minero, y las sobrepujan en majestad. Desde que se
entra en el laberinto de colinas que ciñen los tortuosos pliegues
del río Guayabito, se viaja por en medio del alto bosque que a
derecha e izquierda limita la fangosa línea del camino, siempre
bajo la sombra, siempre húmedo y denso el ambiente, en términos que
disparado un tiro de escopeta, permanece quieto el humo de la
pólvora largo rato, sin ascender ni disiparse. El caucho, el
almendrón y el ceibo, colosos de vegetación, yerguen sus copas por
encima de los demás árboles cobijándolos con sus gigantescas
ramas, mientras el tronco redondo y recto, cuya circunferencia
ocupa un grande espacio, sostiene y alimenta profusión de árboles
menores, enredaderas semejantes a gruesos cables y tribus enteras
de parásitas sembradas en todas las axilas de las ramas. Cuando uno
de estos colosos cae, desarraigado por el huracán o minado por la
vejez, abre en el bosque una ancha calle, tronchando y sepultando
bajo sus ruinas cuanto alcanza, y entonces el oscuro tronco forma
una eminencia prolongada, que se cubre de arbustos e interrumpe la
llanura con la apariencia de una larga colina; tal es la grandeza
de estas ruinas vegetales, imponentes aunque postradas.
Enumerar las miríadas de animales que pueblan la selva, sería
imposible. Encima es un interminable ruido de aves, que ora sacuden
las ramas al volar pesadamente, como las pavas y paujíes, ora
alegran el oído y la vista, como los jilgueros, las diminutas
quinchas (colibrí), o el sol-y-luna, pájaro de silencioso vuelo,
brillante cual mariposa, llevando en las alas la figura del sol y
de la luna creciente, de donde le viene su nombre. Alrededor
remueven el ramaje multitud de cuadrúpedos y los inquietos zambos
corren saltando de árbol en árbol a atisbar con curiosidad al
transeúnte, las hembras con los hijuelos cargados a la espalda, y
todos juntos en familia chillando y arrojando ramas secas; mientras
más a lo lejos los araguatos, sentados gravemente en torno del más
viejo, entonan una especie de letanía en que el jefe gruñe primero
y los demás la contestan en coro. Bajo los pies y por entre la
yerba y hojarascas se deslizan culebras de mil matices, haciéndose
notar la cazadora por su corpulencia y timidez, y la
loma-de-machete, de índole fiera, cuerpo vigoroso, coronada da
cresta y armada de una sierra que eriza sobre el lomo al avistar al
hombre, lo que afortunadamente sucede raras veces; en ocasiones
saltan de repente lagartos enormes, parecidos a las iguanas, y
huyen removiendo la basura del suelo; en otras nada se ve, pero se
oye un sordo roznar en la espesura, y el ruido de un andar lento al
través de la maleza; de continuo y por todas partes la animación de
la naturaleza en el esplendor de su abandono y a raros intervalos,
a orillas del camino y escondida, se encuentra la choza miserable
de algún vecino de Guayabito, pálido y enfermizo, o cubierto el
cutis con las feas manchas del carate. El hombre está de más en
medio de aquellas selvas, y sucumbe sin energía, como abrumado por
el mundo físico.
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