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LA BARBERIA
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Por José Manuel
Groot
Pinté un cuadro de barbería, y voy a describirlo con todos sus
pormenores, agregándole algunos otros episodios para mejor
inteligencia de las costumbres de nuestros rapistas, que a buen
andar van desapareciendo con los resplandores de las barberías
francesas y la moda de las barbas. Pero antes permítame el lector
echar una mirada retrospectiva sobre los peluqueros de los tiempos
aristocráticos de coleta y bucles; pues no será razón que se
pierda la idea de sus costumbres.
Eran éstos unos hombres formalotes y bien criados, por el roce
que tenían con las barbas de los grandes, que con toda su
aristocracia no se desdeñaban de conversar con ellos, y antes les
buscaban el pico, para que los entretuvieran mientras les hacían
la barba y los peinaban. Con pintar al maestro Lechuga, habremos
dado el tipo de todos ellos.
Tenía tienda en la calle del Chorro de la Enseñanza (aunque
entonces no había chorro, sino enseñanza, que ya no hay), bien
limpia y esterada; con canapé y sillas de guadamacil; mesa con
escritorio de carey, para guardar
|los instrumentos del
oficio; las paredes estaban adornadas con grandes estampas de la
historia del hijo pródigo cuadro de la Virgen con marco dorado y
espejo de luna verdosa con marco de talla. Una cabeza de palo para
amoldar pelucas y el telar para hacerlas, ocupaban lugar sobre otra
mesa más pequeña; y en fin, el mollejón a un lado de la puerta, la
cual tenía sus dos abras de bastidores con celosía, pintadas de
verde.
Era el maestro Lechuga peluquero de los virreyes, con quienes
departía familiarmente, sin que por esto dejara de ser muy patriota
desde el 20 de julio y luego acérrimo partidario del Presidente
Nariño; es decir
|pateador, anticarraco y enemigo de los
socorreños.
El maestro Lechuga era hombre de edad, alto y amojamado,
cotudo, de gorro almidonado y casaca de paño blanco, capa blanca,
calzón corto con charnelas, medias blancas de la tierra y zapatos
con hebilla de cobre. Como todos los de su oficio, cuando iba a
peinar a las casas, cargaba terciada como carriel bajo la capa, una
grande bolsa de badana blanca en forma de morcón de manteca, donde
iban los polvos de almidón y la borla de polvorear, que no era de
pechuga de pato, sino de pabilo. En los grandes bolsillos de su
casaca iba la
|chácara de badana colorada, con varios senos
que guardaban las navajas, tijeras, peines, lancetas, fierro de
rizar y gatillo de sacar muelas; porque entonces los barberos eran
sangradores, sacamuelas y ventoseros, cuando las ventosas eran
sajadas y los ventoseros no conocían sanguijuelas, cuya operación
hacían con la navaja de barba. La jabonera, hisopo y marrones de
alambre iban en otro bolsillo.
El maestro Lechuga y el Patazas eran los más afamados para
peinar mujeres; ¡y cuidado, que eso tenía obra! No se peinaba una
dama, para visitar a la virreina o ir a baile, en menos de tres o
cuatro horas, y el peinado costaba una onza. Quienquiera formarse
idea de estos peinados lea en Quevedo el romance de los gatos, que
peleando en un tejado, vinieron rodando a dar sobre el peinado de
una dama que a este tiempo pasaba por la calle y no los sintió,
aunque siguieron la gresca encima.
Nunca olvidaré que a pocos días del 20 de julio, al maestro
Lechuga debí la independencia de la coleta, que tiranizaba mi
cabeza. Era el peluquero de casa, y como desde aquella gloriosa
fecha se proscribió el peinado español y se adoptó el de pelo
corto, introducido por Bonaparte en Francia, mi padre se hizo
cortar la coleta y mandó ejecutar la misma sentencia sobre la mía.
Era la coleta un moño largo de menos de una cuarta y tan grueso
como una longaniza, el cual se hacía de un mechón largo de pelo que
se dejaba en la nuca. Este se sobaba con alguna pomada, o con sebo,
y luego dándole dos o tres dobleces, se iba envolviendo con un
cordón de pabilo muy apretado, y hecho esto, se envolvía como
|tango de tabaco con una cinta negra.
Este diablo de colgajo fastidioso caía sobre la espalda, y a lo
que uno volvía la cabeza para un lado u otro, le azotaba por el
opuesto. La libertad de la coleta, que trajo consigo la del coleto,
no se ha apuntado entre las conquistadas con la revolución del 20
de julio, y yo, por mi parte, quiero remediar la omisión,
bendiciendo la tijera libertadora del maestro Lechuga, y ruego a
Dios no permita que a los peluqueros franceses se les antoje
resucitar la coleta, porque protesto no entrar por la moda aunque
todos se vuelvan coletudos.
Después, en los tiempos de la patria, los barberos y las
barberías tomaron un carácter más democrático, aunque conservando
siempre cierta originalidad tradicional.
Todos habrán conocido la barbería del maestro Juan situada en
una tienda de la calle de la Puerta Falsa, o falseada, de Santo
Domingo, bajo el edificio de la antigua Universidad Tomística que
tantos y tan buenos doctores dio a la patria, cuando estuvo para
expirar, en virtud de la nueva ley de estudios que creó la
Universidad Central. A esta tienda solía yo ir a cortarme el pelo:
porque en cuanto a las barbas, nunca me las he dejado manosear de
otro; yo mismo me las pelo; mas no por miedo de que me degüellen,
porque esto se queda para los hombres grandes que se han dado a
querer de todos y temen que los echen antes de tiempo para el
cielo.
En uno de estos días en que fui a que el maestro Juan me cortara
el pelo, lo hallé afeitando a un orejón, cuyo caballo flaco y
espeluznado estaba a la puerta, cabizbajo y medio dormido, cogido
del cabestro que entraba a la tienda por debajo de los bastidores
de la puerta y servía de saltadera a los transeuntes, que no se
atrevían a pasar por las patas del
|mocho dormilón.
Yo entré y me senté en una silla de vaqueta de tres, renegridas
y lustrosas, que el maestro tenía para el oficio.
El campesino a quien afeitaba era un hombre fornido y colorado,
cerrado de negra barba y cejijunto, de edad como de unos cuarenta
años; de ruana colorada guasqueña, sombrero con funda de hule, el
que tenía en el suelo al pie de la silla, y entre la copa el
pañuelo de atarse la cabeza; zamarros de cuero colorado,
alpargatas y grandes espuelas. El hombre estaba como preso entre
los brazos de la silla y las vueltas de un paño que tenía cobijado
por encima de la ruana; con la cabeza tiesa y echada para atrás
contra el espaldar de la silla. Volvió los ojos para saludarme con
un monosílabo gangoso, a tiempo que el maestro le tenía cogidas las
narices con los dedos, y se las tiraba hacia arriba para raparlo
sobre el labio superior.
Acabada la rapadura, cogió el maestro las tijeras y empezó a
cortarle los pelos de las narices, como quien hace el oído a los
caballos, lo cual iba ocasionando una avería, porque habiéndole
hecho una cosquilla, dio un estornudo que por poco se le entran las
tijeras hasta el entendimiento. Después echó agua en la bacía de
lata y, aplicándosela bajo de la barba, empezó a lavarle toda la
cara con la mano; operación que hacía cerrar los ojos al orejón,
aguantar el resuello y apretar los labios, como si temiera tragar
alguna gota de agua que se le entrara por la boca, cosa que nunca
había entrado por aquel guargüero.
Acabado el lavatorio, le enjugó la cara con la punta del paño,
alcanzó el peine, le sentó las patillas y el pelo, que estaba ya
cortado, le desenvolvió el paño y le puso en la mano el espejito
que descolgó de la pared para que se viera. El hombre lo cogió, sin
levantarse de la silla, se estuvo mirando atentamente un lado y
otro de la cara, tentándose en algunas partes, como para percibir
por medio del tacto de aquellas manazas encallecidas con el trabajo
de la barra y el rejo, si habrían quedado algunos pelillos sin
rasar. Paróse y, entregando el espejo al maestro, se pasó la mano
por la cara y con aire chancero dijo: «ahora sí estamos buenos
mozos». Alzó luego el pañuelo que estaba en la copa del sombrero,
desató la lazada y, cogiéndolo en las dos manos, se lo aplicó por
la mitad en la frente, y dándole vuelta a las puntas hacia atrás,
apretó bien, echó nudo, alzó el sombrero y se lo puso, bajando el
barboquejo. El maestro daba vueltas arrimando cosas y echaba el ojo
a ver cuándo venía la paga, y entretanto el orejón, echándose la
ruana al hombro, metió la mano al bolsillo del chaleco, sacó un
real y se lo dio al maestro, quien, diciéndole: «gracias», reparó
si sería falso y lo echó al cajón de la mesa entre una petaquita.
Mientras yo me quitaba la corbata y me acercaba a la silla en que
me habían de pelar, el orejón recogía el rejo del cabestro y
tomaba el
|arreador que estaba engarzado en el palo de la
silla. Luégo, cogiéndose el ala del sombrero con tres dedos, se
despidió de nosotros con una risueña cortesía y salió para la calle
arrastrando las espuelas. El mocho se despertó, paró las orejas y
dio un bufido a tiempo que el amo ataba el cabestro; hecho lo cual,
requirió las cinchas, dio un golpe sobre el asiento de la silla,
cogió la rienda y el mechón de la crín, se santiguó, puso pie en el
estribo, se horqueteó con garbo y, volviendo riendas, picó al
pasito por toda la calle de San Juan de Dios abajo.
Salimos del orejón; y el maestro se puso a recoger las mechas
que habían quedado por el suelo; salió a la calle, las echó al
caño, se sacudió una mano con otra, miró para arriba y para abajo,
volvió a entrar y me dijo:
-Ahora sí, señor, vamos a ver; que ya estamos desocupados.
Y tomando una silla que estaba arrimada a la pared, apartó la
que había servido al otro marchante, diciéndome:
-No es bueno sentarse en asiento que otro haya calentado,
porque no sabe uno qué humores pueden pegársele.
-La precaución es buena, le dije; pero yo no tengo recelo de las
gentes del campo, que son muy alentadas.
-Eso era en antes, me replicó; pero ahora no hay que fiarse,
porque los malos humores se han regado por todas partes, y no hay
guayabas sin gusanos.
Reíme y me senté. El maestro entró a una especie de alcoba que
tenía formada de bastidores de lienzo, y de entre una caja de nogal
sacó un paño de bogotana que desdobló, sacudió y me ató al pescuezo
con unos hiladillos. Tomó los instrumentos y empezó a meterme
tijeretazos. Yo callaba, y él rompió el silencio en que estábamos
y empezó a hablarme de cosas políticas, ciencia a que son muy
aficionados los barberos; y debe de ser por lo que conversan con
los funcionarios públicos, que gustan de oírlos mientras están
afeitándolos; y muchas veces les son útiles las buenas relaciones
con estas gentes principalmente en tiempo de elecciones. Yo le
contestaba una que otra cosa, siempre en el sentido que le gustaba,
porque siguiera conversándome, mientras me divertía observando, ya
su figura cuando se me ponía por delante esparrancado y hecho un
arco con sus calzones y chaqueta de listado y alpargatas no muy
limpias; ya las demás cosas que se presentaban a mi vista y que
para mí, que soy aficionado al género de costumbres, eran
verdaderos objetos de observación.
Había entrado poco antes y sentándose en una de las sillas, un
viejo de estampa pobretona, pero de aire no vulgar, narigón, flaco
y amoratado, la cabeza bien poblada de pelo cano y largo, peinado
para atrás; ruana azul, calzón de género blanco, alpargatas y un
sombrero de fieltro sin cinta, algo agujereado, como que había
servido de aviso de cometa. Por la confianza con que se sentó y
sacó del bolsillo un burujo de trapos, aguja e hilo para remendarse
la rodilla de los calzones que llevaba rotos, inferí que era de los
tertulios del maestro; y así era la verdad, porque luego se puso a
conversar con él sobre cierta cuestión suscitada en la gallera el
domingo pasado con motivo de una pelea de gallos empatada, en que
cada uno pretendía haberla ganado, como la acción del 13 de junio
en Usaquén.
A esta conversación atendía un muchacho medio patojo que, parado
junto al mollejón, asentaba una navaja. Detrás de una abra de la
puerta había un poyo de hornilla para calentar el chocolate, lo
cual estaban contando la olleta, molinillo y fuelles que allí
había. Al pie del poyo estaba amarrado un gallo atusado que
cantaba, aleteaba y gorgoreaba que era un contento.
En las paredes, pintadas con friso de Corpus, había clavadas con
tachuelas, diversas estampas de periódicos y de totilimundis, con
más algunos retratos de generales. En una testera estaba colgado el
espejito con marco de lata, un cepillo y dos bacias. En las
rinconeras y envigado del techo se desplegaban grandes telarañas
que se batían de cuando en cuando con el aire que entraba por la
puerta.
Mientras que el maestro hacía su oficio, yo reparaba todo esto y
veía por entre la celosía de los bastidores la gente que pasaba por
la calle. Concluída la operación, el maestro tomó un cepillo y me
lo pasó por la cabeza, soplándome el pelo que se había pegado por
detrás de las orejas. Luego me peinó con agua las caídas y el
copete, y me alcanzó el espejo con aire satisfecho. Yo me miré, le
di su real y le dije.
-Muy bien, maestro
Al cabo de un mes, se abrió la primera peluquería francesa por
Mr. Lion en la Calle de los Plateros, y yo fui allí un domingo a
cortarme el pelo, más por dar gusto a la gente femenina de casa que
se empeñó en ello, que por otra cosa; y figúrese el lector cómo me
quedaría después de acostumbrado a la barbería del maestro Juan, al
hallarme en una famosa antesala, con sofás, taburetes extranjeros,
mesas de caoba, cortinas, etc. y unos cuantos cachacos de gran tono
y de bastante buen humor para reírse de verme a mí en medió de
todos ellos, haciendo el papel de joven a los cuarenta y tantos
años. Sin duda que ellos creyeron que esas eran mis pretensiones,
ignorando el motivo que me había impelido a ir allí.
Habían dado las doce del día, y como eran tantos y se les iba
llamando por medio de un sirviente, según el orden en que habían
entrado, calculé que tendría que estarme entre semejantes criaturas
por lo menos hasta las dos de la tarde, y así sucedió. La retirada
no me era honrosa, aunque hubiera podido hacerla; y así resolví
aguardar con paciencia, hasta que me llegara el turno de ser
introducidoa la
|sala
|del
|despacho, donde Mr.
Lion meneaba la tijera y cogía pesos que era gusto, pues tal era la
afluencia que causaba la novelería.
Al fin tuve la fortuna (porque por tal se tenía), de poner mi
cabeza en manos de Mr. Lion, quien entre perfumes y randas me peló
y peinó a las mil maravillas, haciéndome ciertos rizos con el
fierro, como entonces se usaba. Levantado del sillón de tafilete y
quitados los paños, me puso frente a un grande espejo donde me vi
los rizos, que me dieron risa, y dije: «ahora sí que se diviertan
conmigo los cachacos al salir». Díle mi peso al monsieur y salí
para la antesala, como si fuera a atravesar por entre una
candelada; pero por fortuna había muy pocos y entre ellos estaba un
conocido, que haciéndose el admirado, me dijo:
-¿Con que usted también por aquí?
Esto me proporcionó ocasión para decirles en qué había
consistido el verme allí, para que no creyeran que todavía estaba
yo pensando en parecer bonito.
Salí, pues, de la barbería francesa, haciendo comparaciones con
la barbería granadina, y me alegraba la idea de que el estímulo
habría de hacer con este oficio como con los otros, que en vista
del modo de trabajar de los extranjeros, se han mejorado, en
términos de competir nuestros talleres con los mejores de aquellos.
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