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EL LAGO DE LAS SERPIENTES
(EN EL CHOCO)
|Por Juan de
|Dios
Restrepo
Provocado por un sol brillante, raro en esos países nebulosos,
cogí la escopeta y me fui a vagar por las selvas. No encontrando
caza mayor, me divertía cogiendo esas pequeñas y lindas ranas color
de oro, de cuya piel se extrae un veneno mortal, matando hormigas
negras, llamadas congas, cuya picadura da vértigo y contemplando
los colores variados y caprichosos de infinidad de insectos alados
que usted no conoce ni conocerá jamás. El país es ligeramente
accidentado y atravesando colinas, laderas y pequeños valles, me
perdí completamente en la espesura. No me curaba de las culebras ni
de los tigres, pues si el peligro cara a cara puede aterrarme,
nunca el peligro contingente. Encontré un arroyo con aguas tan
límpidas, que me propuse seguirlo hasta su nacimiento; poco a poco
se iba apretando su cauce en rocas de pórfido, hasta que al fin,
sólo caminando por entre el agua, pude seguir su curso. De repente
se abrió la estrecha gruta que seguía, presentándose a mi vista un
salón con paredes perpendiculares, tan lleno de sombra y frescura
que parecía un retrete construído por las hadas. Arriba, los
árboles del bosque, entrelazados por tupidas lianas, formaban un
verde pabellón; flores de rara belleza y perfume delicioso colgaban
en festones sobre las rocas. Un torrente salía de entre las
enredaderas formando una cascada vaporosa, cuyas aguas
descompuestas en espuma, caían en lluvia de perlas. Miríades de
mariposas azules volaban por todaspartes. Abajo, en derredor del
semicírculo formado por la roca, había una ancha faja de césped
cubierta de flores irisadas; y en medio, el agua de la cascada
formaba un pozo cuyas ondas transparentes eran dignas de refrescar
las formas de Diana cazadora. Las flores, las enredaderas, el lago,
la cascada, las mariposas y el pabellón de los árboles formban un
conjunto de belleza indescriptible. No pudiendo resistir al deseo
de bañarme, me sumergí en el agua. Parecíame que a cada momento
veía entrar una ondina de verde cabellera o una sílfide de mirada
voluptuosa. Pero de repente penetró por donde yo había entrado una
culebra cascabel, y en pos otras corales, equis, mapanaes,
verrugosas, etc., toda la gran familia venenosa estaba allí
representada. Juguetearon un momento sobre el césped y se arrojaron
al agua. Me quedé inmóvil, sumergido hasta el pescuezo, pues sabía
que al hombre quieto no lo muerden las serpientes. Jugueteaban en
el agua formando figuras caprichosas; algunas veces se rozaban
contra mí y el frío de sus anillos me penetraba hasta el corazón.
Conocí pronto que no tenían ninguna mira ofensiva sino bañarse
únicamente. A poco rato se salieron por donde habían entrado y no
volvieron más. Yo debía haber quedado loco o por lo menos con el
pelo cano, y sin embargo, conservo algunos átomos de juicio y no
tengo una sola cana en los cabellos.
Supe después, por los indios, que aquel baño se llama
|el lago
de las serpientes, muy frecuentado por ellas en los días
calurosos.
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