EL ALMA DEL PADRE MARIÑO
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[1]
Por José María
Quijano Otero
|A Rafael
|Eliseo
|Santander
2 de noviembre de 187. .
Es día de finados, querido Pepe.
En esta fecha, más que en otra alguna, se avivan en el alma los
recuerdos de aquellas personas queridas que guiaron nuestros
primeros pasos en la vida, y que hoy duermen sueño más o menos
duradero, pero del cual despertarán para recibirnos en sus brazos.
Durante el año, hora por hora, y minuto por minuto, un ser
misterioso pronuncia el nombre de alguna persona amada sobre la
tierra, y ella abre las alas que su alma tiene y nuestros ojos no
ven, para acudir con presteza al llamamiento del Eterno; no deja
como huella de su paso en la vida sino un nombre y una fecha, sobre
una piedra que llaman mármol, para los poderosos; sobre una hoja de
papel, que llaman historia, para los grandes de la tierra; sobre
dos leños abrazados que los creyentes llamamos cruz, y que el
universo venera como símbolo de redención, para los desheredados
del mundo.
Yo, que de años atrás vengo amañándome más con los muertos que
con los vivos, estoy en mi día. Solo, perfectamente solo en mi
oficina; llenada la tarea del día, sin que algo quede pendiente en
mi escritorio; doy descanso a mi alma y la dejo que vuele por
campos desconocidos, temeroso de encontrarme con ella, ¡porque el
|téte
|a
|téte conmigo mismo, me daría miedo!
Y el alma va y viene, y después de ver de paso o siquiera sea
en sueños a las personas que nunca más verán mis ojos, se concentra
en sí misma, y mi cuerpo queda aletargado como tiene que suceder al
dejar de animarle la centella inmortal que le anima.
Pára esta noche, noche de finados, querido Pepe, tengo la
sospecha, y de tiempo atrás abrigo la esperanza, de que en ella
Dios permita a los muertos venir a visitar a los vivos; y ya que en
más de una vez he ido a dejarles en una oración algo como una
tarjeta de visita, hoy me quedo solo aguardando a que galantemente
vengan a corresponderla.
El edificio está vacío..., la noche oscura: circunstancias
propicias para los cuentos de aparecidos y de fantasmas. Cuando
niño, me asustaban con ellos; y hoy hombre, soy yo quien los llama,
yo quien aspira a que vengan a hacerme compañía durante algunos de
los momentos que han de vagar por el mundo.
Y parece que Dios oyó mi súplica. La puerta del espacioso salón
se ha abierto lentamente, y una figura singular ha entrado por
ella. Lleva el hábito blanco y la capa negra de la religión
dominicana, pero en sus hombros brillan las charreteras de coronel,
en sus botas granaderas suenan las espuelas del jinete; y en vez
del rosario de la Orden de Predicadores, se alcanza a ver que lleva
al cinto la espada de los caudillos.
No tuve que pensar mucho para reconocerle. En mi niñez había
oído hablar repetidas ocasiones de un ilustre personaje que en días
calamitosos para la patria había colgado los hábitos, como
generalmente se dice, y marchado, para los Llanos donde la
libertad buscaba asilo después de haber visto caer a muchos de sus
buenos hijos; se incorporaba con su partida a la invencible columna
de Nonato Pérez, y con él hizo campañas, llevó a cabo maravillosas
correrías, y ganó combates singulares.
Sí; no podía ser sino él. En su fisonomía quedó impreso el aire
severo de quien está enseñado a mandar y a ser obedecido. Su tez
está tostada por el sol de los Llanos; sus ojos brillan con esa
penetración que adquieren en los desiertos donde tienen que
dominar grandes distancias, lo mismo que los del águila ganan poder
singular a fuerza de tener que escudriñar la tierra desde las
vastas soledades del espacio.
Sí; no podía ser sino él. Con el poder intuitivo de mi espíritu,
mucho mayor en aquel instante en que la materia estaba subyugada,
pude leer su biogarfía como si hubiera estado escrita sobre su
pecho: era el que en el siglo se llamó Ignacio Mariño, en el
claustro de los Predicadores Fray Ignacio, en las pampas de
Casanare y en la historia el
|Coronel
|Mariño. Con esa
misteriosa facultad que llega a poseer quien se consagra al estudio
de la historia, siquiera sea de una comarca, con la doble
intención de deducir lecciones para lo futuro y de corregir en lo
posible olvidos o injusticias, pude ver al cura de almas de Tame,
Macaguane y Betoyes deponiendo en 1816 las insignias sacerdotales
para convertir a sus feligreses en guerreros abnegados de una
causa; le vi luego, de acuerdo con las guerrillas que comandaban
Francisco Rodríguez y Manuel Ortega, luchando contra la columna con
que el coronel Bayer se dirigía a Guadualito; sorprendiendo en
Chire, el 27 de marzo de 1817, el escuadrón del capitán Manuel
Jiménez que sucumbió al filo de la espada; y dando en seguida el
salto de Pore, que redimió a Casanare donde la libertad se
refugiaba, arrojada por fuerza mayor de breña en breña, batida
aquí, herida más allá, nunca vencida, y levantando en los desiertos
altar oculto donde rendir homenaje al Dios Redentor de los
oprimidos, con corazones poco ilustrados pero reconocedores de su
grandeza al admirar la inmensidad de sus obras.
Me pareció verle contristado, pero resuelto, acompañando al
banquillo a Bayer y sus edecanes europeos cuando en ellos cumplió
el formidable Galea la represalia de los asesinatos de Morillo. Me
pareció volverle a ver radiante de alegría al recibir noticias
favorables de las guerrillas que en la provincia del Socorro
dirigían José Ignacio Ruiz, los hermanos Salazar, e Ignacio Calvo;
y luego airado al tener noticia del sacrificio de La Pola y de sus
compañeros mártires, ordenando la muerte de los prisioneros que
tenía, no por medio de las armas, sino arrojándolos a cualquiera de
los ríos de Casanare, porque él, en la terrible necesidad de
exterminar para no ser exterminados, y en su santo candor
patriótico, tomaba al pie de la letra las palabras de la Iglesia, y
disponía la sofocación en el agua para evitar la efusión de sangre,
«por el temor de quedar irregular».
Le volví a ver en 1818 en el memorable asalto de la fundación de
Upía y el 21 de febrero batiendo con Ramón Nonato Pérez la columna
realista que dominaba en San Martín, y dejando libre toda la región
de los Llanos, cuyos hijos, supieron vivir libres como los vientos
que no hallan barrera en aquella inmensa región, altivos como sus
jaguares, que se sorprenden de hallar presa porque nadie ha de
respirar donde ellos imperan soberanos. Le alcancé a divisar entre
el fragor de Boyacá, en que la patria quedaba redimida; el 10 de
agosto entrando al frente de su escuadrón entre la lluvia de
flores, de lágrimas y de bendiciones con que los recibía un pueblo
agradecido; y dos días después volviendo al templo donde años antes
había hecho sus votos a celebrar la misa, que debió de ser
doblemente solemne, en que, depuestas las insignias militares,
desceñida la espada y descalzadas las espuelas, pudieron verse
aquellas mismas manos que habían empuñado un arma para redimir a
un pueblo, alzar en alto la hostia, santo símbolo de la redención
del humano linaje.
-.¿Qué hace usted aquí?, me dijo con aire severo, como quien
sorprende a un intruso en su propia casa.
Como yo callaba, sin poder dominar por el momento la primera
impresión:
-¿Qué hace usted aquí?, repitió.
-He cumplido ya mi deber, le contesté, y ahora descanso
pensando en los muertos.
-Sí, me replicó; yo bien sé que usted no se olvida de ellos; y
por lo mismo espero que sea mi guía en esta noche en que vuelvo a
la tierra, y queriendo visitar mi convento me hallo perdido y no lo
encuentro. ¿Qué edificio es éste, y dónde queda el convento de
Santo Domingo?
-Está usted en él, mi padre... no; mi coronel.
-Entonces vamos a la celda del Prior; yo le llevaré a usted...
vamos, sígame usted.
Yo le seguí al claustro principal.
El padre se detuvo contemplando desde el piso alto el bellísimo
jardín y la fuente que le da frescura, y le oí decir entre dientes:
-¡De buen gusto!, ¡cómo cambian los tiempos!
Llegamos al claustro donde están hoy las secretarías de lo
interior y relaciones exteriores y la de hacienda y fomento.
-Desconozco las puertas, me dijo. En este extremo se hallaba la
celda del Prior; en aquel la del Provincial; ¿qué han hecho
aquí?
-La primera es hoy el despecho del secretario que tiene a su
cargo el régimen general interior del país y el cuidado de las
relaciones de amistad, comercio, etc., que Colombia cultiva con la
mayor parte de las naciones. En la segunda se encuentra el despacho
del miembro del ejecutivo que maneja la hacienda pública y fomenta
las mejoras materiales en la Unión.
-¿Y cómo andan esos ramos?, me preguntó con vivacidad.
-En el interior hay completa paz; con el exterior buenas y
cordiales relaciones; el tesoro público está desahogado, y en cada
uno de los Estados se está llevando a cabo alguna mejora de gran
trascendencia.
-Bajemos, me dijo; y con ese aire que se impone, que no admite
discusión de ninguna clase, me condujo al primer piso del
edificio, y después de ver la portería, volvió a entrar.
-Aquí era, e indicó el primer salón a la derecha, el refectorio
de la comunidad, donde por cierto teníamos escasa pitanza.
-Hoy es la tesorería general de la República, donde casi siempre
hay un sobrante de $200.000, y las órdenes de pago se cubren a la
vista.
El me miró en silencio, y siguió andando.
-Aquí, agregó sacudiendo la puerta del salón donde en años
pasados se reunió el Senado, era la sala
|de profundis.
-En ella se celebraban hasta hace pocos días las reuniones de
la sociedad de medicina; y en la actualidad están ahí depositados
los objetos que figuraron en la exposición de la industria
nacional, celebrada en 1872.
La sombra sacudió la puerta como si quisiera entrar, y le oí
decir entre dientes: -¡Vamos!, ¡él no podrá seguirme!, y
luego:
-Volvamos a la sala donde usted estaba. Yo tengo que verlo todo
de prisa, porque al sonar las nueve debo volver a cumplir la misión
que se me ha impuesto en lo alto.
Tan pronto como llegamos abrió uno de los balcones, y dominando
desde allí el segundo patio, me dijo:
-Toda esta parte habrán tenido que reedificarla, pues la
destruyeron los terremotos de 1827.
-Sí, mi padre, le contesté: apenas se han aprovechado algunas
paredes que no alcanzaron a desplomarse.
-Allí en el tercer piso, continuó el coronel como si hablase
consigo mismo, estaba en un lado el dormitorio de los legos, y en
el otro el de los devotos.
-Hoy, le interrumpí, están en la parte que mira al occidente los
archivos de la República, y en la que mira al norte los del
Virreinato. Los primeros empiezan con el acta de instalación del
Congreso de Angostura el 17 de diciembre de 1819, y en él se habrá
legajado hoy la nota en que el gobierno de Antioquia comunica al de
la Unión la plausible nueva de haber dado comienzo a la vía férrea
que pondrá en comunicación a Medellín con Puerto Berrío en el
Magdalena.
-¿Y en los segundos, qué conservan?
-Esos principian con la hoja de servicios de Gonzalo Jiménez de
Quesada, y el acta de instalación de la Audiencia el 7 de abril de
1550, y acaban con la orden que el Virrey Sámano pensó comunicar al
general Barreiro el 8 de agosto de 1819, y en la cual no acabó de
poner la fecha en la media noche de aquel día porque a esa hora
entró a su gabinete el coronel Martínez de Aparicio con la derrota
de Boyacá pintada en la cara. Allí se conservan como mera
curiosidad histórica, ya que la lucha de emancipación de un pueblo
no tiene necesidad de ser justificada, las Reales órdenes del 6 de
agosto de 1603, de 22 de diciembre de 1606, de 24 de julio de 1610
y por último la ley 8a del título 3, libro 3 de la Recopilación de
Indias en que se prohibía a los colonos, so
|pena de la vida,
comprar o vender a extranjeros; la Real orden de 3 de diciembre
de 1549, repetida después muchas veces, en que se imponía pena de
la vida a quienquiera que sin permiso del rey pasase a América; la
orden de la Real Audiencia que Lima publicó por bando el 17 de
julio de 1706 prohibiendo que los indios, mestizos, o quienquiera
que no fuese español, pudiese comerciar, «porque no era decente se
ladeasen con los peninsulares...»
-Y fue por eso, y por... me interrumpió la sombra llevando la
mano a la empuñadura de la espada...
-Sí, mi coronel, le dije deteniéndole... fue por eso... y
continué:
Allí se conservan como curiosidades para la historia, la Real
cédula publicada el 6 de octubre de 1804 (¡ayer!), en que el rey de
las Españas prohibe en sus dominios de América el plantío de viñas
y olivares; la resolución gubernativa prohibiendo el cultivo del
lino en Santafé, iniciado por el doctor Lazo; la causa seguida
contra Gijón en Quito por el delito de haber establecido fábrica de
paños; y las que se siguieron en Santafé a don Juan Illanes por
haber establecido un batán; a Chavarría por haber montado fábrica
de loza; a Pierri por haber establecido la de sombreros; a Roel por
haber intentado abrir
|a su costa un camino que por el Opón
comunicase el interior del país con el Magdalena; a...
-Y fue por eso, interrumpió la sombra;...y por...
-Sí, mi coronel; y ahí se conservan la Real Cédula en que se
impone pena de muerte a quien lea la historia de América por
Robertson; la real orden prohibiendo en el Nuevo Reino el estudio
del Derecho de gentes; la Real Cédula dictada por Carlos IV
(¡ayer!), en que se opone al establecimiento de universidad en
Mérida «por
|cuanto no consideraba conveniente la ilustración en
América»; y, por fin, la orden que solicitó y obtuvo el Virrey
Amar (¡ayer!), para que no se hiciera uso de la imprenta
|obsequiada por don Manuel de Pombo al consulado de
Cartagena...
-Sí; exclamó la sombra, golpeando el suelo; ¡fue por todo
eso!
Su mirada tenía algo tan severo; sus manos estaban tan
crispadas; su fisonomía tan airada, que yo callé y algunos minutos
permanecimos en silencio e inmóviles.
-Allí en la planta de este segundo claustro, me dijo señalando
al frente, estaban la cocina del convento y el matadero de
ovejas.
-Hoy la primera, le contesté, es la oficina de encomiendas y la
segunda el despacho general de correos.
-En mis tiempos, me dijo, esos dos ramos no daban mucho que
hacer.
-Hoy cada correo que parte para el sur o Europa lleva de 20 a
100.000 duros, y diariamente entran y salen tres o cuatro valijas
en distintas direcciones.
-En esa esquina donde por la parte exterior se ostentan las
armas reales, era el lugar..., en fin, el
|número
|ciento...
-Yo sé, mi coronel; hoy funciona ahí la oficina central del
telégrafo, que pone en comunicación instantánea la capital con
Cúcuta en el norte, con Buenaventura en el sur y que mañana se
enlazará en Panamá con Europa y las Repúblicas del Pacífico.
-¡El rayo, dijo la sombra, se ha convertido en chispa para
ponerse al servicio del ingenio humano!... Y luego continuó:
-Aquí en el segundo piso, y en la parte occidental, era el
oratorio de los legos; ¿qué hay ahora?
-La Corte Suprema de Justicia.
-¿Y la administran?
-La Corte es una garantía en toda ocasión contra los abusos de
los mandatarios, y aun contra los mismos de las legislaturas. La
honorabilidad de las personas que hoy ejercen tan delicado encargo
haría desear a todos los litigantes que fuera este Tribunal quien
decidiera todas sus gestiones.
-Y bien, aquí en donde usted está, era el noviciado; ¿qué han
establecido ahora?
-Hasta hace muy pocos días era la oficina de la dirección
general de instrucción pública, obligatoria y gratuita en toda la
nación. Para mediados de diciembre, al concluír el año escolar,
saldrán de los establecimientos públicos más de 50.000 niños que
saben leer y escribir, geografía, historia patria, matemáticas,
etc.
-Esos son los verdaderos triunfos de la República, y para ese
día las campanas deberían echarse a vuelo y los cañones saludar tan
grato acontecimiento. Demasiadas ocasiones lo han hecho en
celebración de algún triunfo fratricida, para que no lo hagan el
día en que se arrebatan a la ignorancia 50.000 víctimas.
-Hoy funciona en este local, continué, la oficina de la junta
auxiliar del poder ejecutivo para la organización de la compañía
nacional que emprenderá la construcción del ferrocarril que,
atravesando por el territorio de los Estados de Cundinamarca,
Boyacá y Santander, comunicará a Bogotá con el bajo Magdalena.
-Sí, exclamó la sombra, la República anda, la República
prospera; y luego, poniéndose de pie, agregó:
-Dios bendiga a aquellos que la aman y la impulsan por la vía
del progreso.
-Como la generación presente, le dije, os bendice a vosotros que
la fundásteis.
En aquel momento los relojes de la ciudad dieron tres golpes,
anunciando que sólo faltaba un cuarto para las nueve.
-Segundo toque de marcha, dijo el coronel; pero como no quiero
irme de la tierra sin volver a ver el cuartel a donde llegué con
mis compañeros de armas después del triunfo de Boyacá, lléveme
usted a San Agustín.
Prontamente nos pusimos en camino. El padre admiraba de paso
los elegantes edificios de las dos Calles de Florián que teníamos
que recorrer para llegar a la plaza. Al entrar en ella, la luna,
desembozada ya de su ropaje de nubes, iluminaba de lleno el
grandioso edificio que allí se está construyendo, y el padre me
dijo:
-Allí estaban la audiencia, la real cárcel de corte, y el
divorcio.
-Que han sido reemplazados por el Capitolio de la nación.
-En el centro, donde se alza la parte principal del edificio,
quedaba la sala de tormento.
-Ahí se reune hoy el Senado de la República.
La sombra meditó un momento, y continuando nuestra marcha
aceleradamente, llegamos a la esquina de Santa Clara.
-Aquí vivían tranquilas y felices las religiosas... ¡Cuán
sensible es que no hubieran respetado siquiera a las mujeres!...
¿Qué han hecho en este edificio?
-En él se ha establecido la Escuela Normal de señoritas, donde
se educan e instruyen ciento o más niñas, que saldrán de él a
propagar la ilustración en los distritos, con una posición
asegurada.
-Y así serán otras tantas víctimas arrebatadas al vicio o a los
peligros de la vida.
Tres toques distintos interrumpieron en aquel instante nuestro
diálogo: los relojes daban lenta y pausadamente los nueve golpes
que el coronel aguardaba como tercer toque de marcha; los clarines
de los cuarteles daban el de silencio; y en el edificio resonaba el
coro bellamente preparado por el señor Síndici para los certámenes
de la escuela. Algunos versos se perdían en el sordo rumor de la
noche, pero otros nos llegaban distintamente:
«Gloria, gloria a los héroes preclaros... ».
-Adiós, me dijo la sombra. Es hora de regresar a la eternidad, y
el toque del antiguo clarín de mi regimiento me anuncia que debo
volver a mi sueño de silencio y de olvido. He vuelto una vez a mi
patria de la tierra, y la he hallado próspera y feliz; vuelvo
regocijado a la del cielo...
«¡Patria, patria, tu nombre sagrado!»... cantaba el coro...
¡Patria!, ¡Patria!, devolvió el eco; y ¡Patria! ¡Patria!,
alcancé a oir en el espacio, donde se perdía la sombra.
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Quedé sumergido en profunda meditación algunos minutos y
repentinamente volví en mí sobresaltado al sentir que alguien me
tocaba el hombro.
Me hallé entonces sentado en mi escritorio en la oficina y cerca
de mí el oficial de la guardia del edificio que, galantemente,
venía a advertirme que era hora de cerrar las puertas.
Maquinalmente recogí los papeles que tenía por delante, y hallé
este artículo que cariñosa y respetuosamente envío a usted, mi
querido Pepe, como un humilde hijo de mi imaginación que busca
quien le apadrine.
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[1]
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A este artículo, que describe nuestra capital durante la paz de
la República, servirá de complemento uno de la señora doña Josefa
Acevedo de Gómez, que pinta el atraso de la Colonia y otro del
doctor Salvador Camacho Roldán, que describe la ciudad después de
los horrores de una guerra civil.
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