INDICE

La Serenata

Joaquín Marín

Una Noche de Fiestas

La Docena de Pañuelos

Un Sueño de Dos Colores

El Último Abencerraje o la Trata de Caballos

La Pirámide de Itica-Pol (Viajes por Sur América)

Antiguo Modo de Viajar por el Quindio

Partida del Libertador

Es Mal que Anda

Los Viceversas de Bogotá

La Retreta

Literatura Fosil

Descripción del Puente de Icononzo. Llamado Generalmente de Pandi

Los Artesanos

El Tiempo Vale Dinero

Una Página

¡Lo que Puede un Pie!

Investigaciones sobre algunas Antigüedades

El Paseo Campestre

El Señor Eugenio Díaz

El Alma del Padre Mariño

El Lago de las Serpientes

La Barbería

Las Selvas del Carare

Santafé

La Empleomanía

Un Buque de Vapor

Baile de Sombras

El Desierto de la Candelaria

El Oidor Cortes de Mesa

El Hoyo del Viento

Presentimiento

Noche a Orillas del Meta

La Siembra del Trigo

Reflexiones

El Lazarino

El Manuscrito de mi Tio

Dos Veces Muerto

De Honda a Cartagena

 

EL ALMA DEL PADRE MARIÑO | [1]

Por José María Quijano Otero

|A Rafael |Eliseo |Santander

2 de noviembre de 187. .

Es día de finados, querido Pepe.

En esta fecha, más que en otra alguna, se avivan en el alma los recuerdos de aquellas personas queridas que guia­ron nuestros primeros pasos en la vida, y que hoy duermen sueño más o menos duradero, pero del cual despertarán para recibirnos en sus brazos. Durante el año, hora por hora, y minuto por minuto, un ser misterioso pronuncia el nombre de alguna persona amada sobre la tierra, y ella abre las alas que su alma tiene y nuestros ojos no ven, para acudir con presteza al llamamiento del Eterno; no deja como huella de su paso en la vida sino un nombre y una fecha, sobre una piedra que llaman mármol, para los poderosos; sobre una hoja de papel, que llaman his­toria, para los grandes de la tierra; sobre dos leños abra­zados que los creyentes llamamos cruz, y que el universo venera como símbolo de redención, para los desheredados del mundo.

Yo, que de años atrás vengo amañándome más con los muertos que con los vivos, estoy en mi día. Solo, perfec­tamente solo en mi oficina; llenada la tarea del día, sin que algo quede pendiente en mi escritorio; doy descanso a mi alma y la dejo que vuele por campos desconocidos, te­meroso de encontrarme con ella, ¡porque el |téte |a |téte conmigo mismo, me daría miedo!

Y el alma va y viene, y después de ver de paso o si­quiera sea en sueños a las personas que nunca más verán mis ojos, se concentra en sí misma, y mi cuerpo queda aletargado como tiene que suceder al dejar de animarle la centella inmortal que le anima.

 Pára esta noche, noche de finados, querido Pepe, tengo la sospecha, y de tiempo atrás abrigo la esperanza, de que en ella Dios permita a los muertos venir a visitar a los vivos; y ya que en más de una vez he ido a dejarles en una oración algo como una tarjeta de visita, hoy me quedo solo aguardando a que galantemente vengan a correspon­derla.

El edificio está vacío..., la noche oscura: circunstancias propicias para los cuentos de aparecidos y de fantasmas. Cuando niño, me asustaban con ellos; y hoy hombre, soy yo quien los llama, yo quien aspira a que vengan a ha­cerme compañía durante algunos de los momentos que han de vagar por el mundo.

Y parece que Dios oyó mi súplica. La puerta del es­pacioso salón se ha abierto lentamente, y una figura singular ha entrado por ella. Lleva el hábito blanco y la capa negra de la religión dominicana, pero en sus hombros brillan las charreteras de coronel, en sus botas granaderas suenan las espuelas del jinete; y en vez del rosario de la Orden de Predicadores, se alcanza a ver que lleva al cinto la espada de los caudillos.

No tuve que pensar mucho para reconocerle. En mi niñez había oído hablar repetidas ocasiones de un ilustre personaje que en días calamitosos para la patria había colgado los hábitos, como generalmente se dice, y mar­chado, para los Llanos donde la libertad buscaba asilo después de haber visto caer a muchos de sus buenos hijos; se incorporaba con su partida a la invencible columna de Nonato Pérez, y con él hizo campañas, llevó a cabo maravillosas correrías, y ganó combates singulares.

Sí; no podía ser sino él. En su fisonomía quedó impreso el aire severo de quien está enseñado a mandar y a ser obedecido. Su tez está tostada por el sol de los Llanos; sus ojos brillan con esa penetración que adquieren en los de­siertos donde tienen que dominar grandes distancias, lo mismo que los del águila ganan poder singular a fuerza de tener que escudriñar la tierra desde las vastas soledades del espacio.

Sí; no podía ser sino él. Con el poder intuitivo de mi espíritu, mucho mayor en aquel instante en que la materia estaba subyugada, pude leer su biogarfía como si hubiera estado escrita sobre su pecho: era el que en el siglo se llamó Ignacio Mariño, en el claustro de los Predicadores Fray Ignacio, en las pampas de Casanare y en la historia el |Coronel |Mariño. Con esa misteriosa facultad que llega a poseer quien se consagra al estudio de la historia, si­quiera sea de una comarca, con la doble intención de deducir lecciones para lo futuro y de corregir en lo posible olvidos o injusticias, pude ver al cura de almas de Tame, Macaguane y Betoyes deponiendo en 1816 las insignias sacerdotales para convertir a sus feligreses en guerreros abnegados de una causa; le vi luego, de acuerdo con las guerrillas que comandaban Francisco Rodríguez y Manuel Ortega, luchando contra la columna con que el coronel Bayer se dirigía a Guadualito; sorprendiendo en Chire, el 27 de marzo de 1817, el escuadrón del capitán Manuel Jiménez que sucumbió al filo de la espada; y dando en seguida el salto de Pore, que redimió a Casanare donde la libertad se refugiaba, arrojada por fuerza mayor de breña en breña, batida aquí, herida más allá, nunca vencida, y levantando en los desiertos altar oculto donde rendir ho­menaje al Dios Redentor de los oprimidos, con corazones poco ilustrados pero reconocedores de su grandeza al admirar la inmensidad de sus obras.

Me pareció verle contristado, pero resuelto, acompañan­do al banquillo a Bayer y sus edecanes europeos cuando en ellos cumplió el formidable Galea la represalia de los asesinatos de Morillo. Me pareció volverle a ver radiante de alegría al recibir noticias favorables de las guerrillas que en la provincia del Socorro dirigían José Ignacio Ruiz, los hermanos Salazar, e Ignacio Calvo; y luego airado al tener noticia del sacrificio de La Pola y de sus compañe­ros mártires, ordenando la muerte de los prisioneros que tenía, no por medio de las armas, sino arrojándolos a cualquiera de los ríos de Casanare, porque él, en la terri­ble necesidad de exterminar para no ser exterminados, y en su santo candor patriótico, tomaba al pie de la letra las palabras de la Iglesia, y disponía la sofocación en el agua para evitar la efusión de sangre, «por el temor de quedar irregular».

Le volví a ver en 1818 en el memorable asalto de la fundación de Upía y el 21 de febrero batiendo con Ramón Nonato Pérez la columna realista que dominaba en San Martín, y dejando libre toda la región de los Llanos, cuyos hijos, supieron vivir libres como los vientos que no hallan barrera en aquella inmensa región, altivos como sus ja­guares, que se sorprenden de hallar presa porque nadie ha de respirar donde ellos imperan soberanos. Le alcancé a divisar entre el fragor de Boyacá, en que la patria quedaba redimida; el 10 de agosto entrando al frente de su escuadrón entre la lluvia de flores, de lágrimas y de bendiciones con que los recibía un pueblo agradecido; y dos días después volviendo al templo donde años antes había hecho sus votos a celebrar la misa, que debió de ser doblemente solemne, en que, depuestas las insignias militares, desceñida la espada y descalzadas las espuelas, pudieron verse aquellas mismas manos que habían em­puñado un arma para redimir a un pueblo, alzar en alto la hostia, santo símbolo de la redención del humano linaje.

-.¿Qué hace usted aquí?, me dijo con aire severo, como quien sorprende a un intruso en su propia casa.

Como yo callaba, sin poder dominar por el momento la primera impresión:

-¿Qué hace usted aquí?, repitió.

-He cumplido ya mi deber, le contesté, y ahora des­canso pensando en los muertos.

-Sí, me replicó; yo bien sé que usted no se olvida de ellos; y por lo mismo espero que sea mi guía en esta noche en que vuelvo a la tierra, y queriendo visitar mi convento me hallo perdido y no lo encuentro. ¿Qué edificio es éste, y dónde queda el convento de Santo Domingo?

-Está usted en él, mi padre... no; mi coronel.

-Entonces vamos a la celda del Prior; yo le llevaré a usted... vamos, sígame usted.

Yo le seguí al claustro principal.

El padre se detuvo contemplando desde el piso alto el bellísimo jardín y la fuente que le da frescura, y le oí decir entre dientes: -¡De buen gusto!, ¡cómo cambian los tiempos!

Llegamos al claustro donde están hoy las secretarías de lo interior y relaciones exteriores y la de hacienda y fomento.

-Desconozco las puertas, me dijo. En este extremo se hallaba la celda del Prior; en aquel la del Provincial; ¿qué han hecho aquí?

-La primera es hoy el despecho del secretario que tiene a su cargo el régimen general interior del país y el cuidado de las relaciones de amistad, comercio, etc., que Colombia cultiva con la mayor parte de las naciones. En la segunda se encuentra el despacho del miembro del ejecutivo que maneja la hacienda pública y fomenta las mejoras materiales en la Unión.

-¿Y cómo andan esos ramos?, me preguntó con vi­vacidad.

-En el interior hay completa paz; con el exterior buenas y cordiales relaciones; el tesoro público está des­ahogado, y en cada uno de los Estados se está llevando a cabo alguna mejora de gran trascendencia.

-Bajemos, me dijo; y con ese aire que se impone, que no admite discusión de ninguna clase, me condujo al pri­mer piso del edificio, y después de ver la portería, volvió a entrar.

-Aquí era, e indicó el primer salón a la derecha, el refectorio de la comunidad, donde por cierto teníamos escasa pitanza.

-Hoy es la tesorería general de la República, donde casi siempre hay un sobrante de $200.000, y las órdenes de pago se cubren a la vista.

El me miró en silencio, y siguió andando.

-Aquí, agregó sacudiendo la puerta del salón donde en años pasados se reunió el Senado, era la sala |de profundis.

-En ella se celebraban hasta hace pocos días las reu­niones de la sociedad de medicina; y en la actualidad están ahí depositados los objetos que figuraron en la exposición de la industria nacional, celebrada en 1872.

La sombra sacudió la puerta como si quisiera entrar, y le oí decir entre dientes: -¡Vamos!, ¡él no podrá se­guirme!, y luego:

-Volvamos a la sala donde usted estaba. Yo tengo que verlo todo de prisa, porque al sonar las nueve debo volver a cumplir la misión que se me ha impuesto en lo alto.

Tan pronto como llegamos abrió uno de los balcones, y dominando desde allí el segundo patio, me dijo:

-Toda esta parte habrán tenido que reedificarla, pues la destruyeron los terremotos de 1827.

-Sí, mi padre, le contesté: apenas se han aprovechado algunas paredes que no alcanzaron a desplomarse.

-Allí en el tercer piso, continuó el coronel como si hablase consigo mismo, estaba en un lado el dormitorio de los legos, y en el otro el de los devotos.

-Hoy, le interrumpí, están en la parte que mira al occidente los archivos de la República, y en la que mira al norte los del Virreinato. Los primeros empiezan con el acta de instalación del Congreso de Angostura el 17 de diciembre de 1819, y en él se habrá legajado hoy la nota en que el gobierno de Antioquia comunica al de la Unión la plausible nueva de haber dado comienzo a la vía férrea que pondrá en comunicación a Medellín con Puerto Berrío en el Magdalena.

-¿Y en los segundos, qué conservan?

-Esos principian con la hoja de servicios de Gonzalo Jiménez de Quesada, y el acta de instalación de la Au­diencia el 7 de abril de 1550, y acaban con la orden que el Virrey Sámano pensó comunicar al general Barreiro el 8 de agosto de 1819, y en la cual no acabó de poner la fecha en la media noche de aquel día porque a esa hora entró a su gabinete el coronel Martínez de Aparicio con la derrota de Boyacá pintada en la cara. Allí se conservan como mera curiosidad histórica, ya que la lucha de eman­cipación de un pueblo no tiene necesidad de ser justificada, las Reales órdenes del 6 de agosto de 1603, de 22 de diciembre de 1606, de 24 de julio de 1610 y por último la ley 8a del título 3, libro 3 de la Recopilación de Indias en que se prohibía a los colonos, so |pena de la vida, com­prar o vender a extranjeros; la Real orden de 3 de diciem­bre de 1549, repetida después muchas veces, en que se imponía pena de la vida a quienquiera que sin permiso del rey pasase a América; la orden de la Real Audiencia que Lima publicó por bando el 17 de julio de 1706 prohibiendo que los indios, mestizos, o quienquiera que no fuese es­pañol, pudiese comerciar, «porque no era decente se ladeasen con los peninsulares...»

-Y fue por eso, y por... me interrumpió la sombra llevando la mano a la empuñadura de la espada...

-Sí, mi coronel, le dije deteniéndole... fue por eso... y continué:

Allí se conservan como curiosidades para la historia, la Real cédula publicada el 6 de octubre de 1804 (¡ayer!), en que el rey de las Españas prohibe en sus dominios de América el plantío de viñas y olivares; la resolución gu­bernativa prohibiendo el cultivo del lino en Santafé, iniciado por el doctor Lazo; la causa seguida contra Gijón en Quito por el delito de haber establecido fábrica de paños; y las que se siguieron en Santafé a don Juan Illanes por haber establecido un batán; a Chavarría por haber montado fábrica de loza; a Pierri por haber establecido la de sombreros; a Roel por haber intentado abrir |a su costa un camino que por el Opón comunicase el interior del país con el Magdalena; a...

-Y fue por eso, interrumpió la sombra;...y por...

-Sí, mi coronel; y ahí se conservan la Real Cédula en que se impone pena de muerte a quien lea la historia de América por Robertson; la real orden prohibiendo en el Nuevo Reino el estudio del Derecho de gentes; la Real Cédula dictada por Carlos IV (¡ayer!), en que se opone al establecimiento de universidad en Mérida «por |cuanto no consideraba conveniente la ilustración en América»; y, por fin, la orden que solicitó y obtuvo el Virrey Amar (¡ayer!), para que no se hiciera uso de la imprenta |obsequia­da por don Manuel de Pombo al consulado de Cartagena...

-Sí; exclamó la sombra, golpeando el suelo; ¡fue por todo eso!

Su mirada tenía algo tan severo; sus manos estaban tan crispadas; su fisonomía tan airada, que yo callé y algunos minutos permanecimos en silencio e inmóviles.

-Allí en la planta de este segundo claustro, me dijo señalando al frente, estaban la cocina del convento y el matadero de ovejas.

-Hoy la primera, le contesté, es la oficina de enco­miendas y la segunda el despacho general de correos.

-En mis tiempos, me dijo, esos dos ramos no daban mucho que hacer.

-Hoy cada correo que parte para el sur o Europa lleva de 20 a 100.000 duros, y diariamente entran y salen tres o cuatro valijas en distintas direcciones.

-En esa esquina donde por la parte exterior se ostentan las armas reales, era el lugar..., en fin, el |número |ciento...

-Yo sé, mi coronel; hoy funciona ahí la oficina cen­tral del telégrafo, que pone en comunicación instantánea la capital con Cúcuta en el norte, con Buenaventura en el sur y que mañana se enlazará en Panamá con Europa y las Repúblicas del Pacífico.

-¡El rayo, dijo la sombra, se ha convertido en chispa para ponerse al servicio del ingenio humano!... Y luego continuó:

-Aquí en el segundo piso, y en la parte occidental, era el oratorio de los legos; ¿qué hay ahora?

-La Corte Suprema de Justicia.

-¿Y la administran?

-La Corte es una garantía en toda ocasión contra los abusos de los mandatarios, y aun contra los mismos de las legislaturas. La honorabilidad de las personas que hoy ejercen tan delicado encargo haría desear a todos los litigantes que fuera este Tribunal quien decidiera todas sus gestiones.

-Y bien, aquí en donde usted está, era el noviciado; ¿qué han establecido ahora?

-Hasta hace muy pocos días era la oficina de la di­rección general de instrucción pública, obligatoria y gra­tuita en toda la nación. Para mediados de diciembre, al concluír el año escolar, saldrán de los establecimientos públicos más de 50.000 niños que saben leer y escribir, geografía, historia patria, matemáticas, etc.

-Esos son los verdaderos triunfos de la República, y para ese día las campanas deberían echarse a vuelo y los cañones saludar tan grato acontecimiento. Demasiadas ocasiones lo han hecho en celebración de algún triunfo fratricida, para que no lo hagan el día en que se arrebatan a la ignorancia 50.000 víctimas.

-Hoy funciona en este local, continué, la oficina de la junta auxiliar del poder ejecutivo para la organización de la compañía nacional que emprenderá la construcción del ferrocarril que, atravesando por el territorio de los Estados de Cundinamarca, Boyacá y Santander, comuni­cará a Bogotá con el bajo Magdalena.

-Sí, exclamó la sombra, la República anda, la Re­pública prospera; y luego, poniéndose de pie, agregó:

-Dios bendiga a aquellos que la aman y la impulsan por la vía del progreso.

-Como la generación presente, le dije, os bendice a vosotros que la fundásteis.

En aquel momento los relojes de la ciudad dieron tres golpes, anunciando que sólo faltaba un cuarto para las nueve.

-Segundo toque de marcha, dijo el coronel; pero como no quiero irme de la tierra sin volver a ver el cuartel a donde llegué con mis compañeros de armas después del triunfo de Boyacá, lléveme usted a San Agustín.

Prontamente nos pusimos en camino. El padre admira­ba de paso los elegantes edificios de las dos Calles de Florián que teníamos que recorrer para llegar a la plaza. Al entrar en ella, la luna, desembozada ya de su ropaje de nubes, iluminaba de lleno el grandioso edificio que allí se está construyendo, y el padre me dijo:

-Allí estaban la audiencia, la real cárcel de corte, y el divorcio.

-Que han sido reemplazados por el Capitolio de la nación.

-En el centro, donde se alza la parte principal del edificio, quedaba la sala de tormento.

-Ahí se reune hoy el Senado de la República.

La sombra meditó un momento, y continuando nuestra marcha aceleradamente, llegamos a la esquina de Santa Clara.

-Aquí vivían tranquilas y felices las religiosas... ¡Cuán sensible es que no hubieran respetado siquiera a las mujeres!... ¿Qué han hecho en este edificio?

-En él se ha establecido la Escuela Normal de seño­ritas, donde se educan e instruyen ciento o más niñas, que saldrán de él a propagar la ilustración en los distritos, con una posición asegurada.

-Y así serán otras tantas víctimas arrebatadas al vicio o a los peligros de la vida.

Tres toques distintos interrumpieron en aquel instante nuestro diálogo: los relojes daban lenta y pausadamente los nueve golpes que el coronel aguardaba como tercer toque de marcha; los clarines de los cuarteles daban el de silencio; y en el edificio resonaba el coro bellamente preparado por el señor Síndici para los certámenes de la escuela. Algunos versos se perdían en el sordo rumor de la noche, pero otros nos llegaban distintamente:

«Gloria, gloria a los héroes preclaros... ».

-Adiós, me dijo la sombra. Es hora de regresar a la eternidad, y el toque del antiguo clarín de mi regimiento me anuncia que debo volver a mi sueño de silencio y de olvido. He vuelto una vez a mi patria de la tierra, y la he hallado próspera y feliz; vuelvo regocijado a la del cielo...

«¡Patria, patria, tu nombre sagrado!»... cantaba el coro...

¡Patria!, ¡Patria!, devolvió el eco; y ¡Patria! ¡Patria!, alcancé a oir en el espacio, donde se perdía la sombra.

__________

Quedé sumergido en profunda meditación algunos mi­nutos y repentinamente volví en mí sobresaltado al sentir que alguien me tocaba el hombro.

Me hallé entonces sentado en mi escritorio en la oficina y cerca de mí el oficial de la guardia del edificio que, galantemente, venía a advertirme que era hora de cerrar las puertas.

Maquinalmente recogí los papeles que tenía por delante, y hallé este artículo que cariñosa y respetuosamente envío a usted, mi querido Pepe, como un humilde hijo de mi imaginación que busca quien le apadrine.

 

[1] A este artículo, que describe nuestra capital durante la paz de la República, servirá de complemento uno de la señora doña Josefa Acevedo de Gómez, que pinta el atraso de la Colonia y otro del doctor Salvador Camacho Roldán, que describe la ciudad después de los horrores de una guerra civil.

 

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