INDICE

La Serenata

Joaquín Marín

Una Noche de Fiestas

La Docena de Pañuelos

Un Sueño de Dos Colores

El Último Abencerraje o la Trata de Caballos

La Pirámide de Itica-Pol (Viajes por Sur América)

Antiguo Modo de Viajar por el Quindio

Partida del Libertador

Es Mal que Anda

Los Viceversas de Bogotá

La Retreta

Literatura Fosil

Descripción del Puente de Icononzo. Llamado Generalmente de Pandi

Los Artesanos

El Tiempo Vale Dinero

Una Página

¡Lo que Puede un Pie!

Investigaciones sobre algunas Antigüedades

El Paseo Campestre

El Señor Eugenio Díaz

El Alma del Padre Mariño

El Lago de las Serpientes

La Barbería

Las Selvas del Carare

Santafé

La Empleomanía

Un Buque de Vapor

Baile de Sombras

El Desierto de la Candelaria

El Oidor Cortes de Mesa

El Hoyo del Viento

Presentimiento

Noche a Orillas del Meta

La Siembra del Trigo

Reflexiones

El Lazarino

El Manuscrito de mi Tio

Dos Veces Muerto

De Honda a Cartagena

 

¡LO QUE PUEDE UN PIE!

|Por |Mariano González Manrique

A José Manuel Marroquín, mi amigo muy querido

 

I

Pocos días ha, escribiste y publicaste un artículo cuyo título fue, si a mi memoria es dado recordarlo, «Vamos a misa al pueblo», en el cual describiste con exactitud los usos |domingueros de Chía, de donde eres vecino. ¡Ya te sonríes!, y te comprendo bien: te acogiste a tal aldea o pueblo, o como tú quieras llamarlo, porque en él has observado |de cerca lo que has querido generalizar a todos nuestros pueblos: te asiste la razón indudablemente; y hablando con franqueza, has logrado hacer un artículo maestro de costumbres de pueblo.

Hoy se me viene a las mientes ofrecerte un cuadro, aunque pálido, de costumbres rústicas: quiero decir, de una de las escenas más interesantes y variadas que ofrecen nuestros campos: una escena que produce tantas emocio­nes, cuantas miradas tiende uno a su alrededor en ciertos momentos dados, o cuantas veces nos palpitan los pulsos durante el curso de un minuto; esta escena la llamamos comúnmente |rodeos, nombre que creo adecuado porque viene de |rodear la hacienda para recoger los ganados, contarlos, señalarlos y herrarlos.

Vamos, pues, a rodeos a Tilatá.

Ante todo, ¿has estado alguna vez, por acaso o por voluntad, en dicha hacienda de Tilatá? Si no has llegado nunca, al menos habrás oído hablar de sus extensas se­rranías, de sus inmensos páramos, del caprichoso curso de sus ríos, de la agilidad de sus caballos y de la bravura de su ganado vacuno, ágil, saltador y extraordinariamente fuerte.

Con esta corta advertencia, vamos al páramo. Adviér­tote que de los ocho o diez días de trabajos |rodeando, sólo me voy a fijar en el primero, que es el principal y el que te dará una idea de los demás.

Imagina formado en las inmediaciones de las casas de la hacienda, una especie de cuerpo de ejército constante de cuarenta jinetes, diestros |vaqueros todos, y montados los más en bizarros potros, cuyo mayor número es aún de |falsa-rienda; y además, setenta peones, todos y cada una de los cuales ostenta en la diestra, en ancha |chipa fomada de numerosas vueltas, el dócil y anaranjado rejo; o como hubiera dicho nuestro Vicente Herrera:

Amarillando en espiral el |rejo,
Con que la fuga de la res amaga.


Figura dicho rústico  ejército alejándose ya hacia las vecinas lomas, en las cuales los pequeños zapadores van ensayando su |lazo en tal cual toro manso que anda mu­giendo por ahí, o en una que otra yegua alebrestada que salta aquí y allá en busca de su mimado |potranco. Luego sigue trepando sierra arriba, y después aún más, páramo arriba.

¡El páramo! ¡Alerta, hijos de la sierra y de los bosques! Porque el páramo contiene árboles colosales, gigantes troncos derrumbados por el huracán, enormes piedras, profundos abismos; y al cabo un viento nebuloso y casi helado. ¡Alerta, intrépidos domadores de la naturaleza fiera!

El páramo es la viva imagen de un amor turbulento: está lleno de obstáculos casi insuperables; y en él sola­mente halagan el ímpetu de la voluntad o el anhelo de la esperanza, algunas florecillas de lindo color incrustadas en la roca o nacidas en el borde de un abismo.

Entre el páramo y mi alma hallé una notable semejanza: en medio de esa vigorosa naturaleza, esos estupendos ár­boles y esas enormes rocas a cuyos pies murmura tal cual suave fuentecilla, me representaban mis vigorosas pasiones calmadas por la dulce fuente de la ternura.

¡Aquí de los conflictos, de la alegre vocinglería, y por decirlo así, de un fabril entusiasmo en estas elevadísimas y perfiladas regiones de los Andes! En uno de los altos picos el jefe supremo, es decir, el dueño de la hacienda, ordena la partida en ocho pelotones, cada uno de los cua­les debe marchar sujeto a su jefe parcial, por allí, por allá, por allende, por aquende, en busca de algún hatajo que posa en un pico gramoso, o de otro que pasta en el fondo de una cañada; pero tales jefes, obrando al fin |parcial­mente, después de recibir órdenes expresas, desfilan con su pelotón a su antojo, o por donde mejor los guía su capricho. En esta ingrata anarquía no pude menos que contemplar la fiel imagen de nuestra |Desconfederación Granadina; precisamente dividimos nuestra República en ocho Estados, así como la partida buscadora de reses bravas se dividió en ocho pelotones, y desfilan o se pre­cipitan por donde creen que les conviene, váyale bien o mal al jefe supremo, asístale o no favorablemente la suerte; y esto después de celebrar solemenmente un pacto federal, y sujetarse a obedecer el mandato general, sin embargo de conservar su mando particular. Aunque algunos alegarán en su abono, que el jefe en su marcha les señaló fragosos y difíciles senderos, y se vieron obligados a evitarlos.

La dura y penosísima, pero variada y alegre faena de buscar y rebuscar, de coger y recoger, duró de las nueve de la mañana a las cinco de la tarde, hasta que a esta hora bajaron páramos, sierras y lomas, en inquieto y tor­mentoso tropel, mil y doscientas reses de rabiosa estirpe, es decir, bravas y ariscas como te tornas tú cuando te falla el gusto y delicadeza en una octava real, o se manca tu magnífico estilo en un acápite de artículo.

Bajaron, digo, hasta juntarse en un sitio bautizado con el nombre de «Las Tapias», distante de las casas de la hacienda un poco más de media legua, y llamado así por­que en él existen unas antiguas ruinas de cierta casa de los jesuitas. En tal sitio se encuentran inmensas |corralejas, en donde se obligó a reposar por algunos minutos al ejér­cito cornudo. Después, formándose en semicírculo los ciento diez guardianes de tan poco amables y corteses prisioneros, dejan desfilar a éstos en vueltas y revueltas, en tumbos y en rápidas carreras, con no poca zozobra y solícito cuidado por evitar, según las reglas del instinto, el desagradable choque de alguna aguda asta, deslizada furtivamente en la parte inferior del muslo o en las ancas

|Del |dócil potro o |la revuelta yegua.

Todo esto, acompañado de un no interrumpido y es­trepitoso ruido formado por el penetrante grito de los peones, el mugido afanoso de los terneros correspondiendo al tierno llamamiento de las vacas, y haciendo coro al terrible bramido de los toros. Supongo que la horrenda |grita, o guazabara, que levantaban los indígenas en la guerra de la conquista, cuando avistaban algún cuerpo de soldados españoles, era apenas un leve alboroto respecto a esta estruendosa vocería; y sus rápidos movimientos y sus emboscadas, nada, en comparación de este correr y parar, volver y revolver, subir y bajar.

Un usurero de nuestros días no forja en su revuelta cabeza tantas combinaciones para robar al gobierno y esquilmar al primer prójimo que cándidamente se le acer­ca, como ejecutaba esta turba de bravío carácter para burlar el círculo formado por los jinetes y los peones, o ensartar blandamente a algún descuidado guardián.

Al fin, a eso de las seis de la tarde llegamos alboroza­dos a la gran corraleja de la hacienda, en la cual, de grado o por fuerza introdujimos nuestro bramante ejér­cito, a la manera que arribara un barco al ansiado puerto después de un terrible naufragio, alegre y satisfecho de haber salvado su tripulación.

Dejemos, pues, nuestros animales ahí encerrados hasta mañana.

II

Ya son las cinco de la mañana del siguiente día; y ten presente que aunque arriba te digo que me voy a ocupar tan sólo del primero, es que éste y el anterior son uno mismo, pues ayer fue el encierro y hoy será la función.

En la hacienda se encuentran cuatro corralejas: una muy grande, que está destinada al encierro, la siguiente a la |herranza, la tercera a recibir los terneros que por su tierna edad no pueden resistir ni la señal ni el hierro, y la cuarta a guardar las reses chicas y grandes herradas ya desde el año anterior.

Colócate en definitiva en el corral de la herranza, y si tienes prudencia, miedo o pereza, súbete a un palquito levantado al efecto, en el cual se hallan entreteniendo a una chiquilla dos señoras, una de las cuales es la madre de tu amigo que te dedica este articulejo, y la otra la her­mana de quien lo escribe. Ya que estás a su lado, sentado sobre una alfombrilla y con los pies colgando, fija tu atención en lo que va a pasar ante tus ojos.

En un ángulo se levanta en forma de pira un montón de leña, cuya chispeante llama calienta hasta tornarlos candentes, cuatro hierros cuyos extremos contienen cua­tro diferentes signos semejando letras, que son una es­pecie de |visto bueno |o sello con que se marca, como tu sabes, ya en la paleta, ya en el costado, etc., la res que lo necesita.

Aquí de ese embrollo babilónico de rejos que se le­vantan sobre todas las cabezas o se arrastran bajo todos los pies; o mejor dicho, de esa especie de hilo del labe­rinto cretense, con la diferencia que éste guiaba y aquéllos desvían y enredan de tal modo, que en tan complicada red podrían cogerse todos los diablos, por alados y cas­quivanos que fuesen.

¡Qué surge un novillo por la puerta de la corraleja grande! Allá le va la soga de cuero a ceñirle la corna­menta con el un extremo, mientras que casi con el otro el jinete amarra a la cabeza de la silla y para firme; en­tonces uno de a pie enlaza el pie trasero izquierdo, o de­recho o ambos del novillo; otro se aferra a la cola; y en­tre los tres lo obligan a venir al suelo de costado, tan largo cual es el pobre animal; luego varía la escena, por­que otro, apoyando su rodilla en la paleta del novillo, le agarra fuertemente la cola, la introduce por entre las piernas de éste hasta subirla por el ijar; y así cogido, queda tan asegurado que lo desenredan de los estorbosos rejos, y se van precipitadamente, excepto el que tiene la co­la, a maniobrar con otra res, y después con otra y otra su­cesivamente. La operación es corta: un peón encargado de la señal se acerca al toro o ternero tendido, y con un cuchillo |ad |hoc le corta por mitad las orejas; y esto es como una carta de naturaleza que recibe un novillo en Tilatá. Luego, el mismo dueño de la hacienda viene apre­surado saltando por entre peones, rejos y reses tendidas en tierra, con el ardiente hierro y se lo planta en la pa­leta y después el herrete en la quijada. El animal humean­do y sufriendo se irrita y brama; lo sueltan, se apar­tan violentamente o esquivan la embestida, y él parte atropellando cuantos objetos encuentra.

¿A qué tomar más actores o modelos de corraleja para describirte minuciosamente esta operación, que dura de las cinco de la mañana a las tres de la tarde, y que es repetida en setecientas reses mas o menos? A estas horas (a medio día) este teatro de lidiadores, herrando dieciocho o veinte reses a la vez, escapando por allí, huyendo por aquí, |sacando |el lance por allá, es una delirante batahola, una deliciosa barahunda que produce un frenético entu­siasmo. ¡Qué lances! ¡Qué enredos! ¡Qué sustos! ¡Qué agitación en medio de esta estupenda gritería, de este tormentoso ruido para evitar la muerte que viene en la punta de una asta por delante, por detrás, por uno y otro lado! ¡Oh! ¡Qué delicioso frenesí! ¡Cuánta anima­ción y entusiasmo! ¡Cuánta vida!

Pero ya son las tres de la tarde, hora de comer nos­otros y de tomar su chicha y su mazamorra los peones. Unos pocos minutos de descanso.


Ya pasaron. Volvamos a la faena; y aquí viene lo me­jor del cuento para los espectadores y lo peor para mí: atención, Manuel querido, porque vas a asustarte y a reír a un tiempo; aunque para ello necesitas fijarte mucho y oir la gritería, pues siendo miope ves muy poco de lejos.

¡Puf!, que ya huelo a tierra.

A esta hora empiezan a precipitarse a las corralejas y trepan a las cercas divisorias, abandonando hasta la noche sus casas pajizas, unas veinticinco o treinta lindas serranas, tan lindas como las puedes pintar tú, menos no; una de ellas, la más gallarda y lozana entre todas, que es digna de las más tiernas poesías pastoriles, fue la primera que con la agilidad de una cervatilla trepó de dos brincos a la barrera, como si fuera la reina del espectáculo, desti­nada a conceder el premio al más diestro lidiador; pero por desgracia, tuviéralo o no, yo dejé de recibirla. Heme en frente de ella montado en un bizarro potro, y admi­rando absorto su preciosa fisonomía, su elegantísimo talle; a pesar de que,

Con las mejillas de granada y nácar,

como dice mi amigo Rafael Pombo, arrobaba mi imagi­nación, lo que desde el principio fijó mi vista (ya sabes tú mi caprichosa pasión por unos pies femeninos), fue su voluptuoso par de bellas patitas, las cuales me sembraron ahí como la estatua del Comendador.

En tanto, un mozo de gentil apostura, de quien hubiera dicho Zorrilla lo que dijo del famoso Pedro Romero de Sevilla: «El mozo de mejor trapo y más certero pulso que pisó jamás arena de redondel», descendió a la arena y provocó y capeó el violento novillo que a todo y a todos atacaba; le abandonó por fin, y el animal, hallándome de blanco, atacó con su encrespada frente por el anca a mi caballo; y entonces yo, que estaba distraído contem­plando la linda patita de la serrana, y el caballo, que estaba desapercibido, entonces. . .

|Caballo |y |caballero caímos a |la |par.

Un solo grito coreado y una nube de polvo en mi cabe­za, me advirtieron que estaba en tierra luchando por desembarazarme de un toro, de un caballo y de un rejo; al levantarme catándome las contusiones, no pude menos que exclamar: |¡Lo |que |puede un pie!

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