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¡LO QUE PUEDE UN PIE!
|Por
|Mariano González
Manrique
A José Manuel Marroquín, mi amigo muy
querido
I
Pocos días ha, escribiste y publicaste un artículo cuyo título
fue, si a mi memoria es dado recordarlo, «Vamos a misa al pueblo»,
en el cual describiste con exactitud los usos
|domingueros de
Chía, de donde eres vecino. ¡Ya te sonríes!, y te comprendo bien:
te acogiste a tal aldea o pueblo, o como tú quieras llamarlo,
porque en él has observado
|de cerca lo que has querido
generalizar a todos nuestros pueblos: te asiste la razón
indudablemente; y hablando con franqueza, has logrado hacer un
artículo maestro de costumbres de pueblo.
Hoy se me viene a las mientes ofrecerte un cuadro, aunque
pálido, de costumbres rústicas: quiero decir, de una de las escenas
más interesantes y variadas que ofrecen nuestros campos: una escena
que produce tantas emociones, cuantas miradas tiende uno a su
alrededor en ciertos momentos dados, o cuantas veces nos palpitan
los pulsos durante el curso de un minuto; esta escena la llamamos
comúnmente
|rodeos, nombre que creo adecuado porque viene de
|rodear la hacienda para recoger los ganados, contarlos,
señalarlos y herrarlos.
Vamos, pues, a rodeos a Tilatá.
Ante todo, ¿has estado alguna vez, por acaso o por voluntad, en
dicha hacienda de Tilatá? Si no has llegado nunca, al menos habrás
oído hablar de sus extensas serranías, de sus inmensos páramos,
del caprichoso curso de sus ríos, de la agilidad de sus caballos y
de la bravura de su ganado vacuno, ágil, saltador y
extraordinariamente fuerte.
Con esta corta advertencia, vamos al páramo. Adviértote que de
los ocho o diez días de trabajos
|rodeando, sólo me voy a
fijar en el primero, que es el principal y el que te dará una idea
de los demás.
Imagina formado en las inmediaciones de las casas de la
hacienda, una especie de cuerpo de ejército constante de cuarenta
jinetes, diestros
|vaqueros todos, y montados los más en
bizarros potros, cuyo mayor número es aún de
|falsa-rienda; y
además, setenta peones, todos y cada una de los cuales ostenta en
la diestra, en ancha
|chipa fomada de numerosas vueltas, el
dócil y anaranjado rejo; o como hubiera dicho nuestro Vicente
Herrera:
|
Amarillando en espiral el
|rejo,
Con que la fuga de la res amaga.
|
Figura dicho rústico ejército alejándose ya hacia las vecinas
lomas, en las cuales los pequeños zapadores van ensayando su
|lazo en tal cual toro manso que anda mugiendo por ahí, o en
una que otra yegua alebrestada que salta aquí y allá en busca de su
mimado
|potranco. Luego sigue trepando sierra arriba, y
después aún más, páramo arriba.
¡El páramo! ¡Alerta, hijos de la sierra y de los bosques! Porque
el páramo contiene árboles colosales, gigantes troncos derrumbados
por el huracán, enormes piedras, profundos abismos; y al cabo un
viento nebuloso y casi helado. ¡Alerta, intrépidos domadores de la
naturaleza fiera!
El páramo es la viva imagen de un amor turbulento: está lleno de
obstáculos casi insuperables; y en él solamente halagan el ímpetu
de la voluntad o el anhelo de la esperanza, algunas florecillas de
lindo color incrustadas en la roca o nacidas en el borde de un
abismo.
Entre el páramo y mi alma hallé una notable semejanza: en medio
de esa vigorosa naturaleza, esos estupendos árboles y esas enormes
rocas a cuyos pies murmura tal cual suave fuentecilla, me
representaban mis vigorosas pasiones calmadas por la dulce fuente
de la ternura.
¡Aquí de los conflictos, de la alegre vocinglería, y por decirlo
así, de un fabril entusiasmo en estas elevadísimas y perfiladas
regiones de los Andes! En uno de los altos picos el jefe supremo,
es decir, el dueño de la hacienda, ordena la partida en ocho
pelotones, cada uno de los cuales debe marchar sujeto a su jefe
parcial, por allí, por allá, por allende, por aquende, en busca de
algún hatajo que posa en un pico gramoso, o de otro que pasta en el
fondo de una cañada; pero tales jefes, obrando al fin
|parcialmente, después de recibir órdenes expresas, desfilan
con su pelotón a su antojo, o por donde mejor los guía su capricho.
En esta ingrata anarquía no pude menos que contemplar la fiel
imagen de nuestra
|Desconfederación Granadina; precisamente
dividimos nuestra República en ocho Estados, así como la partida
buscadora de reses bravas se dividió en ocho pelotones, y desfilan
o se precipitan por donde creen que les conviene, váyale bien o
mal al jefe supremo, asístale o no favorablemente la suerte; y esto
después de celebrar solemenmente un pacto federal, y sujetarse a
obedecer el mandato general, sin embargo de conservar su mando
particular. Aunque algunos alegarán en su abono, que el jefe en su
marcha les señaló fragosos y difíciles senderos, y se vieron
obligados a evitarlos.
La dura y penosísima, pero variada y alegre faena de buscar y
rebuscar, de coger y recoger, duró de las nueve de la mañana a las
cinco de la tarde, hasta que a esta hora bajaron páramos, sierras y
lomas, en inquieto y tormentoso tropel, mil y doscientas reses de
rabiosa estirpe, es decir, bravas y ariscas como te tornas tú
cuando te falla el gusto y delicadeza en una octava real, o se
manca tu magnífico estilo en un acápite de artículo.
Bajaron, digo, hasta juntarse en un sitio bautizado con el
nombre de «Las Tapias», distante de las casas de la hacienda un
poco más de media legua, y llamado así porque en él existen unas
antiguas ruinas de cierta casa de los jesuitas. En tal sitio se
encuentran inmensas
|corralejas, en donde se obligó a reposar
por algunos minutos al ejército cornudo. Después, formándose en
semicírculo los ciento diez guardianes de tan poco amables y
corteses prisioneros, dejan desfilar a éstos en vueltas y
revueltas, en tumbos y en rápidas carreras, con no poca zozobra y
solícito cuidado por evitar, según las reglas del instinto, el
desagradable choque de alguna aguda asta, deslizada furtivamente en
la parte inferior del muslo o en las ancas
|Del
|dócil potro o
|la revuelta yegua.
Todo esto, acompañado de un no interrumpido y estrepitoso ruido
formado por el penetrante grito de los peones, el mugido afanoso de
los terneros correspondiendo al tierno llamamiento de las vacas, y
haciendo coro al terrible bramido de los toros. Supongo que la
horrenda
|grita, o guazabara, que levantaban los indígenas en
la guerra de la conquista, cuando avistaban algún cuerpo de
soldados españoles, era apenas un leve alboroto respecto a esta
estruendosa vocería; y sus rápidos movimientos y sus emboscadas,
nada, en comparación de este correr y parar, volver y revolver,
subir y bajar.
Un usurero de nuestros días no forja en su revuelta cabeza
tantas combinaciones para robar al gobierno y esquilmar al primer
prójimo que cándidamente se le acerca, como ejecutaba esta turba
de bravío carácter para burlar el círculo formado por los jinetes y
los peones, o ensartar blandamente a algún descuidado guardián.
Al fin, a eso de las seis de la tarde llegamos alborozados a la
gran corraleja de la hacienda, en la cual, de grado o por fuerza
introdujimos nuestro bramante ejército, a la manera que arribara
un barco al ansiado puerto después de un terrible naufragio, alegre
y satisfecho de haber salvado su tripulación.
Dejemos, pues, nuestros animales ahí encerrados hasta
mañana.
II
Ya son las cinco de la mañana del siguiente día; y ten presente
que aunque arriba te digo que me voy a ocupar tan sólo del primero,
es que éste y el anterior son uno mismo, pues ayer fue el encierro
y hoy será la función.
En la hacienda se encuentran cuatro corralejas: una muy grande,
que está destinada al encierro, la siguiente a la
|herranza,
la tercera a recibir los terneros que por su tierna edad no pueden
resistir ni la señal ni el hierro, y la cuarta a guardar las reses
chicas y grandes herradas ya desde el año anterior.
Colócate en definitiva en el corral de la herranza, y si tienes
prudencia, miedo o pereza, súbete a un palquito levantado al
efecto, en el cual se hallan entreteniendo a una chiquilla dos
señoras, una de las cuales es la madre de tu amigo que te dedica
este articulejo, y la otra la hermana de quien lo escribe. Ya que
estás a su lado, sentado sobre una alfombrilla y con los pies
colgando, fija tu atención en lo que va a pasar ante tus ojos.
En un ángulo se levanta en forma de pira un montón de leña, cuya
chispeante llama calienta hasta tornarlos candentes, cuatro hierros
cuyos extremos contienen cuatro diferentes signos semejando
letras, que son una especie de
|visto bueno
|o sello
con que se marca, como tu sabes, ya en la paleta, ya en el costado,
etc., la res que lo necesita.
Aquí de ese embrollo babilónico de rejos que se levantan sobre
todas las cabezas o se arrastran bajo todos los pies; o mejor
dicho, de esa especie de hilo del laberinto cretense, con la
diferencia que éste guiaba y aquéllos desvían y enredan de tal
modo, que en tan complicada red podrían cogerse todos los diablos,
por alados y casquivanos que fuesen.
¡Qué surge un novillo por la puerta de la corraleja grande! Allá
le va la soga de cuero a ceñirle la cornamenta con el un extremo,
mientras que casi con el otro el jinete amarra a la cabeza de la
silla y para firme; entonces uno de a pie enlaza el pie trasero
izquierdo, o derecho o ambos del novillo; otro se aferra a la
cola; y entre los tres lo obligan a venir al suelo de costado, tan
largo cual es el pobre animal; luego varía la escena, porque otro,
apoyando su rodilla en la paleta del novillo, le agarra fuertemente
la cola, la introduce por entre las piernas de éste hasta subirla
por el ijar; y así cogido, queda tan asegurado que lo desenredan de
los estorbosos rejos, y se van precipitadamente, excepto el que
tiene la cola, a maniobrar con otra res, y después con otra y otra
sucesivamente. La operación es corta: un peón encargado de la
señal se acerca al toro o ternero tendido, y con un cuchillo
|ad
|hoc le corta por mitad las orejas; y esto es como
una carta de naturaleza que recibe un novillo en Tilatá. Luego, el
mismo dueño de la hacienda viene apresurado saltando por entre
peones, rejos y reses tendidas en tierra, con el ardiente hierro y
se lo planta en la paleta y después el herrete en la quijada. El
animal humeando y sufriendo se irrita y brama; lo sueltan, se
apartan violentamente o esquivan la embestida, y él parte
atropellando cuantos objetos encuentra.
¿A qué tomar más actores o modelos de corraleja para describirte
minuciosamente esta operación, que dura de las cinco de la mañana a
las tres de la tarde, y que es repetida en setecientas reses mas o
menos? A estas horas (a medio día) este teatro de lidiadores,
herrando dieciocho o veinte reses a la vez, escapando por allí,
huyendo por aquí,
|sacando
|el lance por allá, es una
delirante batahola, una deliciosa barahunda que produce un
frenético entusiasmo. ¡Qué lances! ¡Qué enredos! ¡Qué sustos! ¡Qué
agitación en medio de esta estupenda gritería, de este tormentoso
ruido para evitar la muerte que viene en la punta de una asta por
delante, por detrás, por uno y otro lado! ¡Oh! ¡Qué delicioso
frenesí! ¡Cuánta animación y entusiasmo! ¡Cuánta vida!
Pero ya son las tres de la tarde, hora de comer nosotros y de
tomar su chicha y su mazamorra los peones. Unos pocos minutos de
descanso.
Ya pasaron. Volvamos a la faena; y aquí viene lo mejor del
cuento para los espectadores y lo peor para mí: atención, Manuel
querido, porque vas a asustarte y a reír a un tiempo; aunque para
ello necesitas fijarte mucho y oir la gritería, pues siendo miope
ves muy poco de lejos.
¡Puf!, que ya huelo a tierra.
A esta hora empiezan a precipitarse a las corralejas y trepan a
las cercas divisorias, abandonando hasta la noche sus casas
pajizas, unas veinticinco o treinta lindas serranas, tan lindas
como las puedes pintar tú, menos no; una de ellas, la más gallarda
y lozana entre todas, que es digna de las más tiernas poesías
pastoriles, fue la primera que con la agilidad de una cervatilla
trepó de dos brincos a la barrera, como si fuera la reina del
espectáculo, destinada a conceder el premio al más diestro
lidiador; pero por desgracia, tuviéralo o no, yo dejé de recibirla.
Heme en frente de ella montado en un bizarro potro, y admirando
absorto su preciosa fisonomía, su elegantísimo talle; a pesar de
que,
Con las mejillas de granada y
nácar,
como dice mi amigo Rafael Pombo, arrobaba mi imaginación, lo
que desde el principio fijó mi vista (ya sabes tú mi caprichosa
pasión por unos pies femeninos), fue su voluptuoso par de bellas
patitas, las cuales me sembraron ahí como la estatua del
Comendador.
En tanto, un mozo de gentil apostura, de quien hubiera dicho
Zorrilla lo que dijo del famoso Pedro Romero de Sevilla: «El mozo
de mejor trapo y más certero pulso que pisó jamás arena de
redondel», descendió a la arena y provocó y capeó el violento
novillo que a todo y a todos atacaba; le abandonó por fin, y el
animal, hallándome de blanco, atacó con su encrespada frente por el
anca a mi caballo; y entonces yo, que estaba distraído
contemplando la linda patita de la serrana, y el caballo, que
estaba desapercibido, entonces. . .
|Caballo
|y
|caballero caímos a
|la
|par.
Un solo grito coreado y una nube de polvo en mi cabeza, me
advirtieron que estaba en tierra luchando por desembarazarme de un
toro, de un caballo y de un rejo; al levantarme catándome las
contusiones, no pude menos que exclamar:
|¡Lo
|que
|puede un pie!
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