INDICE

La Serenata

Joaquín Marín

Una Noche de Fiestas

La Docena de Pañuelos

Un Sueño de Dos Colores

El Último Abencerraje o la Trata de Caballos

La Pirámide de Itica-Pol (Viajes por Sur América)

Antiguo Modo de Viajar por el Quindio

Partida del Libertador

Es Mal que Anda

Los Viceversas de Bogotá

La Retreta

Literatura Fosil

Descripción del Puente de Icononzo. Llamado Generalmente de Pandi

Los Artesanos

El Tiempo Vale Dinero

Una Página

¡Lo que Puede un Pie!

Investigaciones sobre algunas Antigüedades

El Paseo Campestre

El Señor Eugenio Díaz

El Alma del Padre Mariño

El Lago de las Serpientes

La Barbería

Las Selvas del Carare

Santafé

La Empleomanía

Un Buque de Vapor

Baile de Sombras

El Desierto de la Candelaria

El Oidor Cortes de Mesa

El Hoyo del Viento

Presentimiento

Noche a Orillas del Meta

La Siembra del Trigo

Reflexiones

El Lazarino

El Manuscrito de mi Tio

Dos Veces Muerto

De Honda a Cartagena

 

Como resto de las más ruines preocupaciones, quedó sentado el que la |ruana y las alpargatas fueran el vestido y calzado de las gentes del pueblo; de esta usanza no era permitido salir, ya por el ridículo con que la gente noble lastimaba al que se metía a novelero, y ya porque en virtud de órdenes suntuarias el |corchete tenía el cargo de advertir al que se desmandaba, que la capa era peculiar a los |dones, como el |tapete a las damas. |Pero el flujo, |porque nos |hagan caso es el agente más poderoso para mo­vernos a dejar el puesto en donde plugó a la Providencia colocarnos. Bien que estos remontamientos repentinos, sin brújula ni remos, ni lastre ni armaduras, traigan consigo unas caídas ruidosas; a pesar de esto el anhelo es el de subir y brillar. El que no puede, más se engalana, trata de parecer, que es lo que le sucede al artesano; y véase como nos lo refiere |ño Chepito, sastre remendón de viejo, que ha conocido a todos los maestros presentes, porque él mis­mo fue oficial en el taller del maestro el |Muelón, y los vio | criaturitas, cuando comenzaron el aprendizaje.

El dice, por ejemplo, que |Facundo era un muchacho travieso, alborotador, que apandillaba a sus compañeros de oficio en los juegos de toros, cometas y guerrillas; que a su madre, que vivía por Belén, le costó amargas lágrimas hacer que el |patojo no destrozara la |ruanita de lana, los pantalones de manta azul y el sombrero de paja; con el bien entendido que cada infracción, cada falta, le costaba una docena de lapos, aplicados por el maestro, suspendido el paciente sobre las espaldas del mayor de los compañe­ros, y estirado de los pies por los chicuelos, lo que a ve­ces les servía de escarmiento, y de causa de burla las más. Poco a poco Facundo fue entrándole al oficio, y comenzó a obrarse en él la metamorfosis, viéndosele ya más aseado. Elevado al rango de oficial y entrado ya en la edad de la juventud, ganando por semana en proporción de su tra­bajo, adoptó la ruana |guasqueña o la de |cúbica, cuidadosamente cosida, abierta por ancho cuello, que deja ver el del dorman y parte del de la camisa; la corbata anudada con desdén; pantalones a la moda y zapatos de cuero inglés, para los domingos, y amarillos de s |oche para los demás días. El sombrero, de ordinario pajizo, o imitando el jipijapa, adornado con cinta negra, o bien cubierto con funda transparente, lo lleva picarescamente cargado hacia un lado, afectando en todo su porte el de un tunante ena­morado, que desde la tienda (hoy almacén), dirige chico­leos a las criaditas que van al mandado, o va a verse con ellas a la puerta de la casa donde sirven. Otros, en las alturas de Facundo, después de haberla corrido en baile­citos de |confianza, paseos al Boquerón, jugarreta y pasa­tiempos, se casan al fin, Dios sabe cómo y entregan la pelleja, dándose a rezar, cuidando trabajosamente de la familia, y despidiéndose de las milicias, en donde |dragoneaban de sargentos segundos; otros se acreditan de cala­veras, y de este número son los que traen un porte más elegante y pasan por ser de entre |ellos los | más cortejantes con las... |señoritas. Son los que están al frente de toda |parranda cuando se trata de divertirse, y conocen por sus pelos y señales, y saben dónde vive cada una de las... |señoritas, y tienen relaciones con los |cachacos del bronce, cuentan con éstos para todas las partidas de placer y se dejan llamar cariñosamente los |guachecitos. Si se trata de un baile, por supuesto a escote, ellos son los que solicitan la sala y los músicos, los que invitan a las... |señoras y compran el refresco; y se toman todos estos cuidados, por bailar a la noche un |vals con misia |Ularia, y | tener el se­gundo puesto en la contradanza que dirige |don Pepe, la que baila con |misia Encarna; tratando con toda delicadeza y finura a las que con cierta socarronería llaman |señoritas; lo que no impide que, por un desdén, desaire u otra cosilla las manejen luego a los puros |trompis |y les regalen ciertos dictadillos que... ya usted me entiende. Por andar en estos picos pardos, resulta que los tales oficiales no han ido al taller a trabajar, han quedado malísimamente con el maestro, que por lo mismo los despide. Como el |monis no se deja ganar de otro modo, hay que tomarlo |emprestado a rédito, para poder pagar el escote y lo que se ha tomado fiado; de aquí resulta que el día menos pensado, el alguacil los anda buscando con una boleta para que vayan a contestar demanda sobre lo que deben y les co­bran; y para mayor desgracia, los sargentos del cuadro de la guardia nacional, que son su pena negra, también los andan persiguiendo, porque hace cuatro domingos que no van al ejercicio. Por esta |embrolla, como dicen ellos, han perdido su ropa, sus trastos, deben el alquiler de la tienda, no tienen para semana y a punto de dar el alma al diablo, los reclutan para un cuerpo veterano y van a engrosar las filas del 79 que está en Pasto. ¡Oh, dolor... ! Queda para otra pluma elocuente y patética describir el rostro angustiado por momentos, grosero y burlón por otros, que pone el |guachecito el día en que, confundido en una partida de |voluntarios, sale de Bogotá, dirigiendo sus adioses a los compañeros de |capuchinadas, que se aso man a verlo partir, entre condolidos, escarmentados y bufones.

Pero volvamos a Facundo, que si bien no ha dejado de participar de estas |francachelas, ha tenido en cambio me­jor conducta, ha sido más sobrio y económico, y la fortuna junto con la |gubernata que ha observado le han soplado a su contentamiento, de suerte que se ha encaminado por la senda que conduce al |maestrazgo. Después de haber economizado ayunos realitos, y recibido alguna parte de herencia que le tocaba por el intestado de un tío, siguió por ponerse medias y sombrerito castor; corridos algunos días, abrió una tienda, puso una gran muestra, y se anun­ció en «El Día»; y para el |corpus inmediato, se presentó con capa magna, corbata verde, chaleco de terciopelo co­lorado, calzón de casimir blanco, y quedó inaugurado el |maestro N... Esta feliz circunstancia lo ha puesto en contacto con los intrigantes en política, que se aprovechan de su ignorancia y palurdería, para hacerlo un fanático o un demagogo, y enredarlo en todas las cuestiones de par­tidos y elecciones y hacerlo que trabaje, ¡pobrecito!, en beneficio de otros. Así es que se le ve dejar el taller, quizá en un momento precioso, para ir a alumbrar en la proce­sión de Jesús Nazareno, y renegar de |los facciosos; o se esconde y encierra a referir las noticias que tiene del |catire Obando, y a exhalarse en votos porque este pajarraco vuelva algún día a su país, que al fin es granadino como todo hijo de vecino, de estos que también han sido facciosos, y han matado... y hoy están |en grande. Esta circunstan­cia, decimos, lo ha colocado en situación de que si sus com­promisos no han sido muy explícitos, no sea molestado para el servicio en la guardia nacional, y de hecho quede eximido de ser cívico; pues no parece sino que la capa es circunstancia para darlo de baja en aquel cuerpo, o para no ser alistado; como si sólo fuera carga que hubiera de gravitar sobre los granadinos de alpargata y ruana, el ser guardias nacionales. Ya lo veremos.

Aquí parece que vamos a poner término a este trabajo. No queremos engolfarnos en las consiguientes reflexiones acerca de si nuestros artesanos han ganado con la trans­formación política, y han mejorado su condición, como su porvenir, adelantando un algo, con el común progreso que ha hecho avanzar nuestra sociedad. Si dijéramos que los artesanos de hoy tienen mejores modales, son más cultos, más atentos; que tratan de imitar los modos, el tono y la cortesanía de la fina sociedad; que se consagran con más esmero, no sólo a su oficio, sino al cultivo de las otras artes liberales, creerían algunos que les adulábamos para granjearnos sus votos en las próximas elecciones para la Presidencia, a la que indudablemente aspiramos. O bien, no querríamos que nos contestasen que nuestros artesanos, de cuenta de haber leído el contrato social, han comprendido que la |igualdad que allí se encomia, ha de entenderse pelo a pelo, sin contar con que de otro lado la madre común nos ha hecho tan desiguales, que es una necedad pretender que el que no ha recibido una buena educación, haya de tratar y alternar con otro que sí la ha recibido o que tiene otros motivos para que se le considere de otro rango; así es que la cosa más salada de este mundo, y que veríamos con placer, sería un billete de desafío dirigido por un zapatero a un diputado, pidiéndole expli­caciones por las ofensas que le ha irrogado en el momento en que probándose unas botas, y resultándole angostas, ha maldecido de todos los zapateros del mundo. Choca­ríamos también el que a nuestros oidos llegase, que una parte de nuestros artesanos que se entretiene en prácticas religiosas, en confesarse y comulgar, es acaso más intolerante y... al paso que otra parte, que ha leído las Ruinas de Palmira y el Citador, sin entenderlos, vociferara que no hay tal Dios, ni tal religión cristiana y se burlara de estos objetos santos y respetables. Semejantes contras­tes nos afligirían demasiado, al paso que sólo deseamos que nuestros artesanos sean piadosos, creyentes sinceros, sin fanatismo ni hipocresía; que se ilustren sin alcanzar a entrever el impiismo, que todo lo pervierte, y que sean tan exigentes como quieran en cuanto por derecho les toque, mas sin propasarse con groseras vulgaridades, con inepcias de taberna, ni con manejos soeces. Para nada de esto, aquí concluímos, jurando no proceder de malicia, etc.

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