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II
Creeríase que la clase de estos beneméritos ciudadanos quedara
extinguida en la ardiente lucha que trabamos con los
|godos, desde 1810 hasta 1826, según que su sangre generosa
fue prodigada en Bárbula y San Mateo, como en Tasines y Juanambú y
Vargas y Boyacá, como en Pichincha y Ayacucho. Y recuérdese que el
patíbulo español también fue marcado con ella, y no poca tiñó las
aguas del Magdalena y salpicó los muros de la heroica Calamar.
De esta hueste de artesanos ¡qué raros fueron los que volvieron
a pisar las riberas del San Francisco! Era de verlos tornar a la
patria, cubiertos de cicatrices, adornados con gloriosas preseas, y
afectando en su porte y maneras los modales cultos de un hijo de la
capital, que en todas partes se distinguiera por su valor y
moderación, por su gracia y galantería, y siempre echándola de fino
y esmerado en su comportamiento. Pero llegaba a
|Santafé,
abandonaba el servicio militar, o pedía su retiro; y pasado un año
o dos cuando más, ya había reconocido el pelo de la dehesa, y esta
fuerza de la primitiva inclinación le hacía tornar a sus antiguos
hábitos. La ruana, o cuando más la capa, volvía a reemplazar la
casaca de dos colores, el enorme cuello de la camisa, al apretado
corbatín, los
|suizos amarillos a las botas, y el sombrero
enfundado al morrión. Tras de una vida de azares y agitaciones,
olvidado ya el oficio, y más que todo, acostumbrado al ocio y
distracción de un viejo soldado, imposible fuera volver al trabajo
apacible del taller. Así que (no quisiéramos decirlo) con muy
cortas excepciones, el artesano, militar retirado, ha pasado el
resto de una vida gloriosa, alimentando los vicios adquiridos en
las campañas. Parroquiano celoso del bodegón de la
|niña
Cerafina, allí permanece desde que por la mañana va a enjuagarse la
boca con el anisado, para quitarse el mal sabor, hasta las once en
que ya ha almorzado; de allí a la tesorería, si es que no ha
vendido la pensión a algún desalmado de estos vampiros que se han
repletado con la sangre del inválido, o del empleado calavera; y si
alguna cosa logra, vuelve a la taberna, se entiende, a tomar las
onces, a
|platicar con los otros camaradas sobre si pagarán
la pensión o si ya la vendió al
|caballero, que le dio
cinco pesos por los veintisiete que percibiera al fin del mes.
Mientras tanto llega la
|consorte diciendo que aún no se ha
desayunado la familia, ni tiene con que ir a la plaza, y que ya
fueron a cobrar el alquiler de la casita; y se arma una de los
diablos, en que ella le increpa que es un vagabundo, que se está
malgastando el tiempo y el
|monis, jugando y bebiendo,
mientras que la pobre lo pasa haciendo tabacos y bregando con los
chicos, que la tienen sin vida. Si a esto se agrega una chispita de
celos, provoca y desafía el enojo del veterano, que llegará al
punto de descargarle buenos muletazos, si en aquel momento no lo
contuviera el teniente
|Roncancio, que lo toma por el brazo
y se lo lleva. ¿A dónde?, nada menos que a otro ventorrillo,
frecuentado también por otros camaradas, y allí se pasa el resto
del día entre un trago, una manita de dado y la relación de una
batalla; y por la noche baile, se entiende
|torbellino y
zarandó, hasta quedar rendidos con el peso de la
|culebra.
Quien sabe si este toque habrá estado por demás en el cuadro que
nos hemos propuesto trazar; y si lo estuviere, quede en descuento
por los que nos faltaren, atendidas las variedades que en nuestra
tierra ofrece el tipo artesano, a tal punto, que no nos es posible
comprendelas en un pobre articulejo como el presente; falta que
será cuando más un baldón de nuestra insuficiencia, y como en
castigo de nuestro atrevimiento. Puede ser que alguno más
indulgente haya encontrado que de este modo nos ha sido preciso
entrelazar la casi fenecida generación de artesanos, con la actual,
que comprende la que se ha formado en estos últimos treinta
años.
¡Lindo cuadro, por cierto, tenemos a la vista! Mas,
comparándolo con el que hemos ofrecido en nuestra primera parte
¡cuántas degradaciones de luz, cuántas alteraciones, cuántas
pérdidas; y qué inmensa variedad en todos los representantes de
esta fantasmagoría que llamamos vida! Sin mayores conocimientos
sobre las artes liberales y mecánicas, como sobre las nobles artes,
gracias sean dadas por esto a la ignorancia misma de los señores
españoles, o a su desidia, o si se quiere, política mañosa, para
mantener a sus colonos en el mayor estado de brutalidad posible,
nosotros no conocimos ni un pintor, ni un arquitecto, ni un
escultor: no tenemos que echar de menos al relojero, al maquinista,
al carpintero en fino. Y sin embargo, han desaparecido de la lista
de los industriales, el que fabricaba sombreros de lana, el que
torcía pita, el que hacía pajuelas y cuerdas de
|chivo; el
que engarzaba rosarios, y el fuellero, como el que sacaba hormillas
de totuma, y el batihoja. ¿Qué es hoy un platero? Estupefacto se ha
quedado a la vista de las piezas fabricadas en
|extranjis,
que si bien no es oro todo lo que reluce, ya no es aquel tiempo en
que él hiciera cálices y custodias, gargantillas y pendientes, y
otros adornos y muebles en que, disponiendo con abundancia del oro
y la plata, y de preciosas esmeraldas y rubíes, componía, es
verdad, un todo bronco, ordinario, sin finura, sin elegancia. Nada
diremos del barbero, que se ha quedado estacionado al través de su
rejilla, limitada su industria a rapar a algunos perezosos
parroquianos, y a jornaleros y campesinos, que ya no hay pelucas
que empolvar ni cabelleras que rizar, desde que una inmensa mayoría
ha encontrado ser más cómodo el afeitarse cada uno por sí mismo, en
su casa, bien que haya otros barberos que nos
|afeitan a
todos; y esto de las pelucas haya venido a ser negocio puramente de
los
|peluqueros franceses.
Vengan, pues, bajo nuestra pluma, los restantes artesanos, de
todos los gremios antes conocidos, que así en confusa mezcla
habremos de considerarlos, ya que por tantos motivos se hallan
entre sí relacionados. Sastres, carpinteros (hoy también
ebanistas), herreros, silleros, que nosotros llamamos inocentemente
|talabarteros, zapateros, albañiles, etc., forman esta
|corte de maestros, oficiales y aprendices, así dividida,
mientras que el orden y la natural dependencia de otro subsistan;
porque esta desigualdad existe en todas partes, mientras que
existan unos hombres más inteligentes, laboriosos y emprendedores
que otros, más ricos y afortunados que otros, y hasta más apuestos
y hermosos que tantísimos feos, que son los más. Pero en estas
clases de obreros no es la adulación ni la lisonja o el valimiento
y el favor, lo que los eleva en su carrera, sino sus talentos y los
medios con que pueda contar el hijo del pueblo para hacerse notable
en la sociedad. Como de un manantial escondido, brotaron de repente
maestros en todas las artes, rompiendo las trabas que tuvieran
encadenada la industria, y comenzaron a llenar la ciudad de
talleres. Hemos visto reemplazar los pobres obrajes, donde no
había más que los precisos muebles para trabajar, por espaciosos y
aseados almacenes, surtidos de todos los elementos para la obra, a
pedir de boca para el consumidor, quien encuentra en ellos cuanto
le sugiera su deseo. El nombre del maestro, inscrito sobre la
puerta en pulida muestra, provoca al elegante o al necesitado a
acudir allí, que será bien servido, conforme a la última moda de
París, es decir, la de ahora dos años, un tanto reformada y
adaptada al gusto del país, que en esto no vamos tan de carrera. Se
nota cierta novedad por todas partes, que revela el ingenio, gusto
y elegancia en la obra; pero sea la experiencia o la propensión a
ponderar lo de otras edades, todo parece superficial, débil y de
escasa duración. Si es en el vestido, ya no hay aquellos afamados
paños que desafiaban los siglos, y que convertidos en capas o
casacones inmensos, formaban un artículo considerable del
patrimonio de la familia; en punto a muebles, todo es frágil, los
asientos, las mesas, las camas, todo cede al menor esfuerzo,
mientras que nuestros antiguos muebles, sobre ser macizos y
corpulentos, ofrecían una completa comodidad. Hasta las casas hemos
dado en hallarlas hechas al vapor, montadas al aire, divididas y
subdivididas en cuartitos, y donde el común está junto al fogón,
la caballeriza debajo de la alcoba, y eliminado el patio como
superfluo. Nosotros felizmente marchamos a la par con estas
novedades, y las alabamos a despecho de ciertos vejetes, y de ellas
nos complacemos más, cuando han venido a alterar los hábitos, genio
e índole de nuestros artesanos, para hacerlos mejores bajo muchos
aspectos.
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