INDICE

La Serenata

Joaquín Marín

Una Noche de Fiestas

La Docena de Pañuelos

Un Sueño de Dos Colores

El Último Abencerraje o la Trata de Caballos

La Pirámide de Itica-Pol (Viajes por Sur América)

Antiguo Modo de Viajar por el Quindio

Partida del Libertador

Es Mal que Anda

Los Viceversas de Bogotá

La Retreta

Literatura Fosil

Descripción del Puente de Icononzo. Llamado Generalmente de Pandi

Los Artesanos

El Tiempo Vale Dinero

Una Página

¡Lo que Puede un Pie!

Investigaciones sobre algunas Antigüedades

El Paseo Campestre

El Señor Eugenio Díaz

El Alma del Padre Mariño

El Lago de las Serpientes

La Barbería

Las Selvas del Carare

Santafé

La Empleomanía

Un Buque de Vapor

Baile de Sombras

El Desierto de la Candelaria

El Oidor Cortes de Mesa

El Hoyo del Viento

Presentimiento

Noche a Orillas del Meta

La Siembra del Trigo

Reflexiones

El Lazarino

El Manuscrito de mi Tio

Dos Veces Muerto

De Honda a Cartagena

 

II

Creeríase que la clase de estos beneméritos ciudadanos quedara extinguida en la ardiente lucha que trabamos con los |godos, desde 1810 hasta 1826, según que su sangre generosa fue prodigada en Bárbula y San Mateo, como en Tasines y Juanambú y Vargas y Boyacá, como en Pichincha y Ayacucho. Y recuérdese que el patíbulo español también fue marcado con ella, y no poca tiñó las aguas del Magdalena y salpicó los muros de la heroica Calamar.

De esta hueste de artesanos ¡qué raros fueron los que volvieron a pisar las riberas del San Francisco! Era de verlos tornar a la patria, cubiertos de cicatrices, adornados con gloriosas preseas, y afectando en su porte y maneras los modales cultos de un hijo de la capital, que en todas partes se distinguiera por su valor y moderación, por su gracia y galantería, y siempre echándola de fino y esme­rado en su comportamiento. Pero llegaba a |Santafé, abandonaba el servicio militar, o pedía su retiro; y pasado un año o dos cuando más, ya había reconocido el pelo de la dehesa, y esta fuerza de la primitiva inclinación le hacía tornar a sus antiguos hábitos. La ruana, o cuando más la capa, volvía a reemplazar la casaca de dos colores, el enorme cuello de la camisa, al apretado corbatín, los |suizos amarillos a las botas, y el sombrero enfundado al morrión. Tras de una vida de azares y agitaciones, olvidado ya el oficio, y más que todo, acostumbrado al ocio y distracción de un viejo soldado, imposible fuera volver al trabajo apacible del taller. Así que (no quisiéramos decirlo) con muy cortas excepciones, el artesano, militar retirado, ha pasado el resto de una vida gloriosa, alimentando los vicios ad­quiridos en las campañas. Parroquiano celoso del bodegón de la |niña Cerafina, allí permanece desde que por la mañana va a enjuagarse la boca con el anisado, para quitarse el mal sabor, hasta las once en que ya ha almorzado; de allí a la tesorería, si es que no ha vendido la pensión a algún desalmado de estos vampiros que se han repletado con la sangre del inválido, o del empleado calavera; y si alguna cosa logra, vuelve a la taberna, se entiende, a to­mar las onces, a |platicar con los otros camaradas sobre si pagarán la pensión o si ya la vendió al |caballero, que le dio cinco pesos por los veintisiete que percibiera al fin del mes. Mientras tanto llega la |consorte diciendo que aún no se ha desayunado la familia, ni tiene con que ir a la plaza, y que ya fueron a cobrar el alquiler de la casita; y se arma una de los diablos, en que ella le increpa que es un vagabundo, que se está malgastando el tiempo y el |monis, jugando y bebiendo, mientras que la pobre lo pasa haciendo tabacos y bregando con los chicos, que la tienen sin vida. Si a esto se agrega una chispita de celos, provoca y desafía el enojo del veterano, que llegará al punto de descargarle buenos muletazos, si en aquel momento no lo contuviera el teniente |Roncancio, que lo toma por el brazo y se lo lleva. ¿A dónde?, nada menos que a otro ventorrillo, frecuentado también por otros camaradas, y allí se pasa el resto del día entre un trago, una manita de dado y la relación de una batalla; y por la noche baile, se entiende |torbellino y zarandó, hasta quedar rendidos con el peso de la |culebra.

Quien sabe si este toque habrá estado por demás en el cuadro que nos hemos propuesto trazar; y si lo estuviere, quede en descuento por los que nos faltaren, atendidas las variedades que en nuestra tierra ofrece el tipo artesano, a tal punto, que no nos es posible comprendelas en un pobre articulejo como el presente; falta que será cuando más un baldón de nuestra insuficiencia, y como en cas­tigo de nuestro atrevimiento. Puede ser que alguno más indulgente haya encontrado que de este modo nos ha sido preciso entrelazar la casi fenecida generación de artesanos, con la actual, que comprende la que se ha formado en estos últimos treinta años.

¡Lindo cuadro, por cierto, tenemos a la vista! Mas, com­parándolo con el que hemos ofrecido en nuestra primera parte ¡cuántas degradaciones de luz, cuántas alteracio­nes, cuántas pérdidas; y qué inmensa variedad en todos los representantes de esta fantasmagoría que llamamos vida! Sin mayores conocimientos sobre las artes liberales y mecánicas, como sobre las nobles artes, gracias sean da­das por esto a la ignorancia misma de los señores espa­ñoles, o a su desidia, o si se quiere, política mañosa, para mantener a sus colonos en el mayor estado de brutalidad posible, nosotros no conocimos ni un pintor, ni un arqui­tecto, ni un escultor: no tenemos que echar de menos al relojero, al maquinista, al carpintero en fino. Y sin em­bargo, han desaparecido de la lista de los industriales, el que fabricaba sombreros de lana, el que torcía pita, el que hacía pajuelas y cuerdas de |chivo; el que engarzaba rosarios, y el fuellero, como el que sacaba hormillas de totuma, y el batihoja. ¿Qué es hoy un platero? Estupefacto se ha quedado a la vista de las piezas fabricadas en |ex­tranjis, que si bien no es oro todo lo que reluce, ya no es aquel tiempo en que él hiciera cálices y custodias, gar­gantillas y pendientes, y otros adornos y muebles en que, disponiendo con abundancia del oro y la plata, y de pre­ciosas esmeraldas y rubíes, componía, es verdad, un todo bronco, ordinario, sin finura, sin elegancia. Nada diremos del barbero, que se ha quedado estacionado al través de su rejilla, limitada su industria a rapar a algunos perezo­sos parroquianos, y a jornaleros y campesinos, que ya no hay pelucas que empolvar ni cabelleras que rizar, desde que una inmensa mayoría ha encontrado ser más cómodo el afeitarse cada uno por sí mismo, en su casa, bien que haya otros barberos que nos |afeitan a todos; y esto de las pelucas haya venido a ser negocio puramente de los |peluqueros franceses.

Vengan, pues, bajo nuestra pluma, los restantes arte­sanos, de todos los gremios antes conocidos, que así en confusa mezcla habremos de considerarlos, ya que por tantos motivos se hallan entre sí relacionados. Sastres, car­pinteros (hoy también ebanistas), herreros, silleros, que nosotros llamamos inocentemente |talabarteros, zapateros, albañiles, etc., forman esta |corte de maestros, oficiales y aprendices, así dividida, mientras que el orden y la na­tural dependencia de otro subsistan; porque esta desigual­dad existe en todas partes, mientras que existan unos hom­bres más inteligentes, laboriosos y emprendedores que otros, más ricos y afortunados que otros, y hasta más apuestos y hermosos que tantísimos feos, que son los más. Pero en estas clases de obreros no es la adulación ni la lisonja o el valimiento y el favor, lo que los eleva en su carrera, sino sus talentos y los medios con que pueda contar el hijo del pueblo para hacerse notable en la sociedad. Como de un manantial escondido, brotaron de repente maestros en todas las artes, rompiendo las trabas que tuvieran encadenada la industria, y comenzaron a lle­nar la ciudad de talleres. Hemos visto reemplazar los po­bres obrajes, donde no había más que los precisos mue­bles para trabajar, por espaciosos y aseados almacenes, surtidos de todos los elementos para la obra, a pedir de boca para el consumidor, quien encuentra en ellos cuanto le sugiera su deseo. El nombre del maestro, inscrito sobre la puerta en pulida muestra, provoca al elegante o al ne­cesitado a acudir allí, que será bien servido, conforme a la última moda de París, es decir, la de ahora dos años, un tanto reformada y adaptada al gusto del país, que en esto no vamos tan de carrera. Se nota cierta novedad por todas partes, que revela el ingenio, gusto y elegancia en la obra; pero sea la experiencia o la propensión a ponde­rar lo de otras edades, todo parece superficial, débil y de escasa duración. Si es en el vestido, ya no hay aquellos afamados paños que desafiaban los siglos, y que conver­tidos en capas o casacones inmensos, formaban un artículo considerable del patrimonio de la familia; en punto a mue­bles, todo es frágil, los asientos, las mesas, las camas, todo cede al menor esfuerzo, mientras que nuestros antiguos muebles, sobre ser macizos y corpulentos, ofrecían una completa comodidad. Hasta las casas hemos dado en ha­llarlas hechas al vapor, montadas al aire, divididas y sub­divididas en cuartitos, y donde el común está junto al fogón, la caballeriza debajo de la alcoba, y eliminado el patio como superfluo. Nosotros felizmente marchamos a la par con estas novedades, y las alabamos a despecho de ciertos vejetes, y de ellas nos complacemos más, cuando han venido a alterar los hábitos, genio e índole de nues­tros artesanos, para hacerlos mejores bajo muchos aspectos.

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