INDICE

La Serenata

Joaquín Marín

Una Noche de Fiestas

La Docena de Pañuelos

Un Sueño de Dos Colores

El Último Abencerraje o la Trata de Caballos

La Pirámide de Itica-Pol (Viajes por Sur América)

Antiguo Modo de Viajar por el Quindio

Partida del Libertador

Es Mal que Anda

Los Viceversas de Bogotá

La Retreta

Literatura Fosil

Descripción del Puente de Icononzo. Llamado Generalmente de Pandi

Los Artesanos

El Tiempo Vale Dinero

Una Página

¡Lo que Puede un Pie!

Investigaciones sobre algunas Antigüedades

El Paseo Campestre

El Señor Eugenio Díaz

El Alma del Padre Mariño

El Lago de las Serpientes

La Barbería

Las Selvas del Carare

Santafé

La Empleomanía

Un Buque de Vapor

Baile de Sombras

El Desierto de la Candelaria

El Oidor Cortes de Mesa

El Hoyo del Viento

Presentimiento

Noche a Orillas del Meta

La Siembra del Trigo

Reflexiones

El Lazarino

El Manuscrito de mi Tio

Dos Veces Muerto

De Honda a Cartagena

 

LOS ARTESANOS

|Por Rafael |Eliseo |Santander

 

I

No hay que alarmarse, queridos compatriotas míos, si «El Duende» os toma hoy en boca, y con su brocha descom­puesta trata de presentar la parte del rostro de esta nuestra madre, que vosotros representáis dignamente, y que for­ma uno de sus rasgos fisonómicos que más la distinguen, y que bajo muchos aspectos más la hermosean. Ocúpense otros, enhorabuena, en describir las demás clases de la sociedad bogotana, y sobre ellas compongan artículos de costumbres, que compitan con los más aventajados en el arte; pero cuando de vosotros se hable, esta tarea corresponde a «El Duende», que así en opiniones e in­tereses, como en esperanzas y en porvenir, está identifi­cado con vuestro destino, desde que en 1810 hizo de sus ejecutorias un solemne auto de fe, |perteneciendo desde entonces al pueblo, viviendo con el pueblo, y muriendo por él, probablemente.

Hecha esta prevención, que los entendidos llamarán prefacio, nada tiene de particular que el ser que tan de cerca os pertenece, quiera sorprenderos, intentando bos­quejar algunos de los rasgos que más caracterizan la clase industrial de Bogotá, puesto que entre vosotros vive, y ha participado de vuestros limitados contentamientos, co­mo de las penas y sinsabores que constantemente os afligen; que os ha acompañado desde la ruidosa franca­chela, hasta la fiesta de |San |José y el mes de |María; y desde que en 1830, sellásteis en el Santuario con sangre preciosa vuestra decisión por los principios liberales, hasta el día que en Tescua sofocásteis la hidra de la guerra civil. Tal vez alguno tachará a «El Duende» de pródigo en elo­gios hacia sus compatriotas, y de apasionado y parcial lo criticará; mas a vosotros toca justificar cuanto de bueno se diga en este artículo, mostrando con hechos la verdad; y también debéis perdonarle si, al lado de vuestras vir­tudes, dejare entrever vicios o defectos, que si lastiman vuestra reputación, por desgracia son comunes a todos los humanos.

Sin querer va ese otro prólogo, y no faltará quien diga que es porque «El Duende» no halla como entrar en mate­ria. No, señores, lo de menos sería decir, como pudiera de­cirlo cualquiera otro, que estamos ya bien distantes de aquellos felicísimos tiempos en que los gremios y cofra­días fueron un plantel exquisito, donde bajo la influencia de un riguroso aprendizaje se formaban nuestros arte­sanos, y previo el noviciado y el competente examen, raro era el aspirante que alcanzaba el glorioso tít |ulo de maestro mayor, que lo autorizaba para abrir un taller, ejercer por sí, y poder enseñar su industria. Tal proce­dimiento formaba entre los artesanos cierta aristocracia que frecuentemente pasaba a ser hereditaria, en lo que no poco influían la forma de gobierno, el flujo de las costumbres, y sus naturales tendencias a la imitación. No es de nuestro resorte entrar en el examen de si se­mejante régimen fuera a propósito para formar excelentes maestros y oficiales en las artes, a favor de un sistema que establecía la normal enseñanza de un preceptor, por algún tiempo, y el embarazo que un examen ofreciera a los que con decisión y talento pensaran vencer la rivali­dad, la envidia y el orgullo que les opusieran los maestros; ni nos toca tampoco encomiar o vituperar el sistema de libertad actual en que, sin aquellas trabas, hemos visto improvisar talleres, inaugurarse maestros y pu­lular oficiales, que es una maravilla. Quede para otros decidir si de estas novedades la sociedad ha reportado algún provecho, obteniendo mejores obreros, que tra­bajen con perfección y más barato; o si hemos caído en las manos de mil chapuceros, farfulladores, que así lo hacen de mal, como piden de caro por sus hechuras. Los límites de este bosquejo son tan circunscritos, que de nuestra pluma no hay que esperar sino breves y toscas pinceladas que apenas revelen la existencia de un ar­tesano, existencia que hoy se desliza entre las fugaces ilusiones que se desvanecen con la realidad tempranamente.

Si tan preciso no fuera, prescindiríamos de remontar­nos hasta inquirir la cuna del artesano; pero es fuerza comenzar por hallarla en esta clase numerosa que en el antiguo régimen se llamaba |el pueblo bajo, la plebe, la canalla, destinada siempre a formar el pedestal de la sociedad, sin |aspiraciones, sin |esperanzas, sin |porvenir. De ella germinaban los que sin tener más expectativa se dedicaban a ejercer los oficios mecánicos que por escarnio se titulaban |oficios viles, porque hacían incapaces de obtener ningún puesto de distinción o carga honorífica, al que a ellos se consagraba. Así que los oficios de sastres, carpinteros, zapateros, albañiles, etc. estaban como vinculados en la familia cuyo jefe lo ejercía, quien por afecto o mecanismo guiaba a sus hijos por el mismo sendero. Aquí entraba la aristocracia de que hemos hablado, y constituía la distancia que había entre maestros mayores, simplemente maestros, y oficiales o jornaleros. Aparte de los años de aprendizaje y demás requisitos que eran necesarios para venir a ser maestros, el vestido mismo hacía una distinción de estas categorías, que el menos avisado podía comprender. Figúrese el lector amigo, que encontraba por esas calles con un hombre frescachón aún, a pesar de los sesenta años, de formas abultadas, rostro lleno, barba enteramente rapada, el cabello recogido atrás, sujeto en apretada trenza, camisa con cuello desmedido y prolongada gola, enorme chaleco a la Luis XV, gran chaquetón de cuero de venado curtido (y re­curtido por el uso), calzón corto id. con su botonadura de muletilla a la rodilla, y la charnela a veces, media blanca aborlonada, y zapato de oreja recogida por una hebilla de plata; si a todo esto se añadía la capa magna de paño azul o blanco, y el sombrero chato de vicuña, no había que dudarlo, este personaje era un |maestro mayor, con voz y voto en el gremio y cofradía, taller abierto para recibir discípulos, y perito nato en todo avalúo ju­dicial. Seguíase a esta categoría, la de los oficiales con opción al maestrazgo, y no menos reconocidos por su vestimenta, que consistía en chaquetón y calzones tirando a zaragüelles, como los que se han descrito ya, gruesas botas de lana azul, las competentes alpargatas, sombre­rón de lana pardo, gran ruana |guasqueña, y el indispen­sable pañuelo |rabo de gallo atado en la cabeza. Por este estilo, aunque en inferior escala, se ataviaban los demás oficiales y aprendices que a un arte se dedicaban, dejando siempre traslucir un algo que los identificaba, a no dudar, con su oficio, de manera que el sastre por aseado, el zapatero trascendiendo a cuero, el herrero por lo mu­griento, el albañil por lo embarrado, y así de los demás, todos revelaban en su grotesca y genial figura el gremio a que pertenecían.

No nos atrevemos, de miedo de pasar por difusos, a llegar hasta el hogar doméstico de los buenos artesanos de aquel dichoso tiempo, en que todo representaba una humilde cuanto pacífica situación. Una casita pequeña, casi a extramuros o en apartada calle, y en ella una sa­lita que servía de |salón de recibo, de comedor, de ora­torio, adornada la testera por un crucifijo de cobre, una Virgen de Chiquinquirá, los gloriosos patriarcas y otros personajes de la corte celestial, distribuidos en lo demás de ella; una mesa habilitada para altar, para comer y planchar la ropa, y pesadas sillas hacia los lados; y en seguida la alcoba, donde de noche se recogía toda la fa­milia, los amos en la ancha cama, cubierta del pabellón socorrano, circundada del labrado rodapié; y los chiqui­llos y los criados, y el perro y los gatos aquí y allí en sabrosa confusión. El patio no era más animado, a pesar de los |borracheros, la rosa blanca, el romero y el curubo enredador, y el corredorcillo en forma de ángulo recto, adornado con las estampas del hijo pródigo, o la entrada triunfal de Felipe V en Madrid; antes bien, venían a au­mentar la gravedad, la seria pobreza; así como en las casas de los |grandes reinaba la misma gravedad, pero rica en muebles sin gusto, en toscos servicios de plata y adornos que infundían recogimiento y tristeza.

No descendamos más, y quédese a un lado la tienda, este asilo del jornalero, que le sirve como de antesala para pasar al hospital, y de allí a la fosa. La pluma se detiene a delinear este cuadro, no porque inspire horror, sino porque en una extensión de seis pies cuadrados es­taba, y continúa encerrada la familia del jornalero, com­puesta de la esposa, cinco hijos, tres hembras y dos va­rones, aquellas creciendo en cuerpo y en gracias, |para pasto de lobos, y aquellos para el oficio, para ganar el jornal. Allí anida también otro matrimonio sin hijos, y hay perro que aulla a la luna, y gato que se torna en va­gabundo dañino, y en ocasiones frecuentes, los huéspedes apuran por demás el |guatumillo, se arma una |zagarrera en que dan al traste con la tabla colgada a la pared, a guisa de aparador, y sucumben las pocas vasijas del pre­ciso uso, despedazan la cortina de crudo que forma la alcoba; y una desvencijada cama, una ruín mesita, y quien sabe que más, todo en espantoso desbarajuste, re­meda el encontrón de los hombres que riñen, de las mujeres que se traban por las encrespadas melenas, y los chicos que gritan y lloran sin misericoria, acompañados por el cacareo de las gallinas. Todo se ha perdido, los hombres, las ruanas, las mujeres, las enaguas, el común aparador; y no quedan sino harapos y cacharros, una cabeza rota, un brazo del otro descompuesto, mordiscos y |solución de continuidad, como dijera un médico novel.

Y ya que se atravesó este |toque, que comprende, hasta hoy al menos, a todos los jornaleros pasados y presentes, y probablemente a los futuros, mientras que, como dice el actual secretario de las finanzas, no concluyamos con la |ruana |y la frisa, volvamos a nuestros pasados artesa­nos, que no conocieron sino paz y serenidad, sanas cos­tumbres, debidas en parte al celo y rigidez con que el oidor de semana, sin trámites ni enredos, corregía a fuer­za de azotes, aplicados en público por la mano del verdugo, al pobre diablo que se aficionaba a lo ajeno, o que de cualquier otro modo quebrantaba los bandos del buen gobierno, que hoy se llaman reglamentos de policía de orden (que no tenemos), de aseo (que no se conoce), de ornato (que no se entiende), y de salubridad (que nos hace vivir casi apestados). Entonces, el artesano que reñía o injuriaba a otro, que maltrataba a la mujer o la abandonaba, que era sorprendido en culpable contubernio, o en un oscuro garito, no tenía más que poner su alma con Dios y las posaderas a disposición del verdugo, quien lo maniataba a la rejilla de la cárcel chiquita, y al grito de

Quien tal hizo que tal pague,

le acomodaba desde veinticinco azotes para arriba, hasta doscientos, según lo demandaba la gravedad del caso, y negocio concluido. A pesar de tan amables correcciones, algunos -hoy que se sufre un dilatado proceso, la deten­ción en la cárcel por largos meses, y luego por pena seis de arresto, diez de prisión, y dos años de presidio- prefe­rirían el ver su... |en fiestas; la subordinación, decimos, y el respeto, como cierta pureza de costumbres y algún tanto de moralidad que se nota de menos, eran cualida­des que distinguían al artesano y lo mantenían en su ig­norada condición, que si no era la servidumbre, no dejaba de tener sus parecidos, que con ella la identificaran. Así sus entretenimientos, sus diversiones y pasatiempos eran tan limitados, que aparte de unas |fiestas reales, motiva­das allá por faustos acontecimientos para el Rey nuestro señor, y en las que el artesano no gozaba sino del espec­táculo de los toros, jugados con todo el ceremonial y gravedad española; para él sólo había la sustanciosa me­rienda, servida en despoblado, bien por Fucha o el Bo­querón, San Diego o San Victorino, en la que se des­plegaba el gusto y la abundancia: enormes cazuelas de pescado |sudao, de lomo atomatao, de arroz de menudo, flanqueadas por colmadas bandejas de papas guisadas, cubiertas de derretido queso, con la indispensable ensa­lada y la afamada chicha del |Cedro o de |Cuatro esquinas, rebosando en labradas totumas de Timaná; y todo esto en una hermosa tarde de verano a la caída del sol, cuando

Es púrpura el horizonte
Y el firmamento una hoguera,
Es oro la ancha pradera,
La ciudad, el río, el monte;

y al son del guitarrillo y el pandero, los ánimos se habían desahogado de las fatigas de la semana, con un rato de solaz y de confianza, coronado por el alegre |torbellino, alternado con la |manta redonda, y de vez en cuando una endecha popular, que algún cuitado amante no dejaba de dirigir a |la niña Estéfana, la hija del maestro el |Muelón por quien estaba perdido de ternura.

Tal era la vida de los artesanos de aquellos buenos tiem­pos; así corría monótona y tranquila, sin que ningún acontecimiento viniera a perturbar su serenidad, ni ella misma osara traspasar los límites que le impusieran los hábitos, las preocupaciones y la educación consiguiente a la forma monárquica que regía. El sastre, el carpintero, el albañil dejaban a su larga sucesión los cortos bienes que su indus­tria y economía les proporcionaban, y descendían al se­pulcro con el consuelo de haber enlazado a sus hijas con sus iguales, y cuando mucho, con haber dado un hijo a la iglesia, bien de clérigo de misa y olla, o bien de religioso en alguna de las órdenes monásticas. La crónica registrará con veneración los nombres de los Leones, de los Cortázares, Ortegas, Garayes, Torres y otros mil artesanos que en esta tierra ejercieron su humilde profesión, porque supieron honrarla y embellecerla con el ejercicio de todas las virtudes.

Tocamos ya al grande acontecimiento que vino a con­mover nuestra sociedad, que la sacó de sus cimientos, que la ha traído en perpetuas agitaciones y que la ha transfor­mado en todas sus clases. Seguiremos a este mismo arte­sano desde 1810, en que, como era natural, los principios y las ideas que entonces se proclamaron y no acaban de desenvolverse aún, debieron encontrar en su corazón gra­tas simpatías. Trataremos de describirlo tal cual hoy se ofrece a nuestra contemplación, con el temor de que no alcancemos a hacerlo con propiedad y maestría, porque, lo confesamos, |no siempre está el palo para cucharas. ¿Acepta el lector el partido? ¿Sí? Pues ya verá la segunda parte.

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