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INDICE
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LOS ARTESANOS
|Por Rafael
|Eliseo
|Santander
I
No hay que alarmarse, queridos compatriotas míos, si «El Duende»
os toma hoy en boca, y con su brocha descompuesta trata de
presentar la parte del rostro de esta nuestra madre, que vosotros
representáis dignamente, y que forma uno de sus rasgos fisonómicos
que más la distinguen, y que bajo muchos aspectos más la hermosean.
Ocúpense otros, enhorabuena, en describir las demás clases de la
sociedad bogotana, y sobre ellas compongan artículos de costumbres,
que compitan con los más aventajados en el arte; pero cuando de
vosotros se hable, esta tarea corresponde a «El Duende», que así en
opiniones e intereses, como en esperanzas y en porvenir, está
identificado con vuestro destino, desde que en 1810 hizo de sus
ejecutorias un solemne auto de fe,
|perteneciendo desde entonces
al pueblo, viviendo con el pueblo, y muriendo por él,
probablemente.
Hecha esta prevención, que los entendidos llamarán prefacio,
nada tiene de particular que el ser que tan de cerca os pertenece,
quiera sorprenderos, intentando bosquejar algunos de los rasgos
que más caracterizan la clase industrial de Bogotá, puesto que
entre vosotros vive, y ha participado de vuestros limitados
contentamientos, como de las penas y sinsabores que constantemente
os afligen; que os ha acompañado desde la ruidosa francachela,
hasta la fiesta de
|San
|José y el mes de
|María;
y desde que en 1830, sellásteis en el Santuario con sangre preciosa
vuestra decisión por los principios liberales, hasta el día que en
Tescua sofocásteis la hidra de la guerra civil. Tal vez alguno
tachará a «El Duende» de pródigo en elogios hacia sus
compatriotas, y de apasionado y parcial lo criticará; mas a
vosotros toca justificar cuanto de bueno se diga en este artículo,
mostrando con hechos la verdad; y también debéis perdonarle si, al
lado de vuestras virtudes, dejare entrever vicios o defectos, que
si lastiman vuestra reputación, por desgracia son comunes a todos
los humanos.
Sin querer va ese otro prólogo, y no faltará quien diga que es
porque «El Duende» no halla como entrar en materia. No, señores,
lo de menos sería decir, como pudiera decirlo cualquiera otro, que
estamos ya bien distantes de aquellos felicísimos tiempos en que
los gremios y cofradías fueron un plantel exquisito, donde bajo la
influencia de un riguroso aprendizaje se formaban nuestros
artesanos, y previo el noviciado y el competente examen, raro era
el aspirante que alcanzaba el glorioso tít
|ulo de maestro
mayor, que lo autorizaba para abrir un taller, ejercer por sí,
y poder enseñar su industria. Tal procedimiento formaba entre los
artesanos cierta aristocracia que frecuentemente pasaba a ser
hereditaria, en lo que no poco influían la forma de gobierno, el
flujo de las costumbres, y sus naturales tendencias a la imitación.
No es de nuestro resorte entrar en el examen de si semejante
régimen fuera a propósito para formar excelentes maestros y
oficiales en las artes, a favor de un sistema que establecía la
normal enseñanza de un preceptor, por algún tiempo, y el embarazo
que un examen ofreciera a los que con decisión y talento pensaran
vencer la rivalidad, la envidia y el orgullo que les opusieran los
maestros; ni nos toca tampoco encomiar o vituperar el sistema de
libertad actual en que, sin aquellas trabas, hemos visto improvisar
talleres, inaugurarse maestros y pulular oficiales, que es una
maravilla. Quede para otros decidir si de estas novedades la
sociedad ha reportado algún provecho, obteniendo mejores obreros,
que trabajen con perfección y más barato; o si hemos caído en las
manos de mil chapuceros, farfulladores, que así lo hacen de mal,
como piden de caro por sus hechuras. Los límites de este bosquejo
son tan circunscritos, que de nuestra pluma no hay que esperar sino
breves y toscas pinceladas que apenas revelen la existencia de un
artesano, existencia que hoy se desliza entre las fugaces
ilusiones que se desvanecen con la realidad tempranamente.
Si tan preciso no fuera, prescindiríamos de remontarnos hasta
inquirir la cuna del artesano; pero es fuerza comenzar por hallarla
en esta clase numerosa que en el antiguo régimen se llamaba
|el
pueblo bajo, la plebe, la canalla, destinada siempre a formar
el pedestal de la sociedad, sin
|aspiraciones, sin
|esperanzas, sin
|porvenir. De ella germinaban los
que sin tener más expectativa se dedicaban a ejercer los oficios
mecánicos que por escarnio se titulaban
|oficios viles,
porque hacían incapaces de obtener ningún puesto de distinción o
carga honorífica, al que a ellos se consagraba. Así que los oficios
de sastres, carpinteros, zapateros, albañiles, etc. estaban como
vinculados en la familia cuyo jefe lo ejercía, quien por afecto o
mecanismo guiaba a sus hijos por el mismo sendero. Aquí entraba la
aristocracia de que hemos hablado, y constituía la distancia que
había entre maestros mayores, simplemente maestros, y oficiales o
jornaleros. Aparte de los años de aprendizaje y demás requisitos
que eran necesarios para venir a ser maestros, el vestido mismo
hacía una distinción de estas categorías, que el menos avisado
podía comprender. Figúrese el lector amigo, que encontraba por esas
calles con un hombre frescachón aún, a pesar de los sesenta años,
de formas abultadas, rostro lleno, barba enteramente rapada, el
cabello recogido atrás, sujeto en apretada trenza, camisa con
cuello desmedido y prolongada gola, enorme chaleco a la Luis XV,
gran chaquetón de cuero de venado curtido (y recurtido por el
uso), calzón corto id. con su botonadura de muletilla a la rodilla,
y la charnela a veces, media blanca aborlonada, y zapato de oreja
recogida por una hebilla de plata; si a todo esto se añadía la capa
magna de paño azul o blanco, y el sombrero chato de vicuña, no
había que dudarlo, este personaje era un
|maestro mayor, con
voz y voto en el gremio y cofradía, taller abierto para recibir
discípulos, y perito nato en todo avalúo judicial. Seguíase a esta
categoría, la de los oficiales con opción al maestrazgo, y no menos
reconocidos por su vestimenta, que consistía en chaquetón y
calzones tirando a zaragüelles, como los que se han descrito ya,
gruesas botas de lana azul, las competentes alpargatas, sombrerón
de lana pardo, gran ruana
|guasqueña, y el indispensable
pañuelo
|rabo de gallo atado en la cabeza. Por este estilo,
aunque en inferior escala, se ataviaban los demás oficiales y
aprendices que a un arte se dedicaban, dejando siempre traslucir un
algo que los identificaba, a no dudar, con su oficio, de manera que
el sastre por aseado, el zapatero trascendiendo a cuero, el herrero
por lo mugriento, el albañil por lo embarrado, y así de los demás,
todos revelaban en su grotesca y genial figura el gremio a que
pertenecían.
No nos atrevemos, de miedo de pasar por difusos, a llegar hasta
el hogar doméstico de los buenos artesanos de aquel dichoso tiempo,
en que todo representaba una humilde cuanto pacífica situación. Una
casita pequeña, casi a extramuros o en apartada calle, y en ella
una salita que servía de
|salón de recibo, de comedor, de
oratorio, adornada la testera por un crucifijo de cobre, una
Virgen de Chiquinquirá, los gloriosos patriarcas y otros personajes
de la corte celestial, distribuidos en lo demás de ella; una mesa
habilitada para altar, para comer y planchar la ropa, y pesadas
sillas hacia los lados; y en seguida la alcoba, donde de noche se
recogía toda la familia, los amos en la ancha cama, cubierta del
pabellón socorrano, circundada del labrado rodapié; y los
chiquillos y los criados, y el perro y los gatos aquí y allí en
sabrosa confusión. El patio no era más animado, a pesar de los
|borracheros, la rosa blanca, el romero y el curubo
enredador, y el corredorcillo en forma de ángulo recto, adornado
con las estampas del hijo pródigo, o la entrada triunfal de Felipe
V en Madrid; antes bien, venían a aumentar la gravedad, la seria
pobreza; así como en las casas de los
|grandes reinaba la
misma gravedad, pero rica en muebles sin gusto, en toscos servicios
de plata y adornos que infundían recogimiento y tristeza.
No descendamos más, y quédese a un lado la tienda, este asilo
del jornalero, que le sirve como de antesala para pasar al
hospital, y de allí a la fosa. La pluma se detiene a delinear este
cuadro, no porque inspire horror, sino porque en una extensión de
seis pies cuadrados estaba, y continúa encerrada la familia del
jornalero, compuesta de la esposa, cinco hijos, tres hembras y dos
varones, aquellas creciendo en cuerpo y en gracias,
|para pasto
de lobos, y aquellos para el oficio, para ganar el jornal. Allí
anida también otro matrimonio sin hijos, y hay perro que aulla a la
luna, y gato que se torna en vagabundo dañino, y en ocasiones
frecuentes, los huéspedes apuran por demás el
|guatumillo, se
arma una
|zagarrera en que dan al traste con la tabla colgada
a la pared, a guisa de aparador, y sucumben las pocas vasijas del
preciso uso, despedazan la cortina de crudo que forma la alcoba; y
una desvencijada cama, una ruín mesita, y quien sabe que más, todo
en espantoso desbarajuste, remeda el encontrón de los hombres que
riñen, de las mujeres que se traban por las encrespadas melenas, y
los chicos que gritan y lloran sin misericoria, acompañados por el
cacareo de las gallinas. Todo se ha perdido, los hombres, las
ruanas, las mujeres, las enaguas, el común aparador; y no quedan
sino harapos y cacharros, una cabeza rota, un brazo del otro
descompuesto, mordiscos y
|solución de continuidad, como
dijera un médico novel.
Y ya que se atravesó este
|toque, que comprende, hasta hoy
al menos, a todos los jornaleros pasados y presentes, y
probablemente a los futuros, mientras que, como dice el actual
secretario de las finanzas, no concluyamos con la
|ruana
|y la frisa, volvamos a nuestros pasados artesanos, que no
conocieron sino paz y serenidad, sanas costumbres, debidas en
parte al celo y rigidez con que el oidor de semana, sin trámites ni
enredos, corregía a fuerza de azotes, aplicados en público por la
mano del verdugo, al pobre diablo que se aficionaba a lo ajeno, o
que de cualquier otro modo quebrantaba los bandos del buen
gobierno, que hoy se llaman reglamentos de policía de orden (que no
tenemos), de aseo (que no se conoce), de ornato (que no se
entiende), y de salubridad (que nos hace vivir casi apestados).
Entonces, el artesano que reñía o injuriaba a otro, que maltrataba
a la mujer o la abandonaba, que era sorprendido en culpable
contubernio, o en un oscuro garito, no tenía más que poner su alma
con Dios y las posaderas a disposición del verdugo, quien lo
maniataba a la rejilla de la cárcel chiquita, y al grito de
Quien tal hizo que tal pague,
le acomodaba desde veinticinco azotes para arriba, hasta
doscientos, según lo demandaba la gravedad del caso, y negocio
concluido. A pesar de tan amables correcciones, algunos -hoy que se
sufre un dilatado proceso, la detención en la cárcel por largos
meses, y luego por pena seis de arresto, diez de prisión, y dos
años de presidio- preferirían el ver su...
|en fiestas; la
subordinación, decimos, y el respeto, como cierta pureza de
costumbres y algún tanto de moralidad que se nota de menos, eran
cualidades que distinguían al artesano y lo mantenían en su
ignorada condición, que si no era la servidumbre, no dejaba de
tener sus parecidos, que con ella la identificaran. Así sus
entretenimientos, sus diversiones y pasatiempos eran tan limitados,
que aparte de unas
|fiestas reales, motivadas allá por
faustos acontecimientos para el Rey nuestro señor, y en las que el
artesano no gozaba sino del espectáculo de los toros, jugados con
todo el ceremonial y gravedad española; para él sólo había la
sustanciosa merienda, servida en despoblado, bien por Fucha o el
Boquerón, San Diego o San Victorino, en la que se desplegaba el
gusto y la abundancia: enormes cazuelas de pescado
|sudao, de
lomo atomatao, de arroz de menudo, flanqueadas por colmadas
bandejas de papas guisadas, cubiertas de derretido queso, con la
indispensable ensalada y la afamada chicha del
|Cedro o de
|Cuatro esquinas, rebosando en labradas totumas de Timaná; y
todo esto en una hermosa tarde de verano a la caída del sol,
cuando
Es púrpura el horizonte
Y el firmamento una hoguera,
Es oro la ancha pradera,
La ciudad, el río, el monte;
|
y al son del guitarrillo y el pandero, los ánimos se habían
desahogado de las fatigas de la semana, con un rato de solaz y de
confianza, coronado por el alegre
|torbellino, alternado con
la
|manta redonda, y de vez en cuando una endecha popular,
que algún cuitado amante no dejaba de dirigir a
|la niña
Estéfana, la hija del maestro el
|Muelón por quien estaba
perdido de ternura.
Tal era la vida de los artesanos de aquellos buenos tiempos;
así corría monótona y tranquila, sin que ningún acontecimiento
viniera a perturbar su serenidad, ni ella misma osara traspasar los
límites que le impusieran los hábitos, las preocupaciones y la
educación consiguiente a la forma monárquica que regía. El sastre,
el carpintero, el albañil dejaban a su larga sucesión los cortos
bienes que su industria y economía les proporcionaban, y
descendían al sepulcro con el consuelo de haber enlazado a sus
hijas con sus iguales, y cuando mucho, con haber dado un hijo a la
iglesia, bien de clérigo de misa y olla, o bien de religioso en
alguna de las órdenes monásticas. La crónica registrará con
veneración los nombres de los Leones, de los Cortázares, Ortegas,
Garayes, Torres y otros mil artesanos que en esta tierra ejercieron
su humilde profesión, porque supieron honrarla y embellecerla con
el ejercicio de todas las virtudes.
Tocamos ya al grande acontecimiento que vino a conmover nuestra
sociedad, que la sacó de sus cimientos, que la ha traído en
perpetuas agitaciones y que la ha transformado en todas sus
clases. Seguiremos a este mismo artesano desde 1810, en que, como
era natural, los principios y las ideas que entonces se proclamaron
y no acaban de desenvolverse aún, debieron encontrar en su corazón
gratas simpatías. Trataremos de describirlo tal cual hoy se ofrece
a nuestra contemplación, con el temor de que no alcancemos a
hacerlo con propiedad y maestría, porque, lo confesamos,
|no
siempre está el palo para cucharas. ¿Acepta el lector el
partido? ¿Sí? Pues ya verá la segunda parte.
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