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Eché mano a un artículo de «Crónica local», fresco todavía, que
contenía los siguientes párrafos:
I.-«El 10 del corriente
|recibieron la dulce coyunda
matrimonial el estimable señor H. H
|. y la
|simpática
señorita Z. Z
|. Reciba nuestros cordiales parabienes la
interesante pareja, que merece mil felicidades por la perfecta
armonía de los afortunados cónyuges, que nacieron el uno para el
otro».
Y Dios sabe qué dramas de codicia, desesperación y vergüenza han
determinado la unión de la «¡interesante pareja!»
II.-«Insertamos con gusto la siguiente lista de candidatos
para... (no importa el nombre de la ganga).
|Inteligencia,
ilustración, desinterés, acrisolado patriotismo (etc.),
|son
las cualidades
|que adornan en alto grado a estos candidatos,
y les aseguran la popularidad debida al mérito y
|un
espléndido
|triunfo».
¡Y cuántas intrigas vergonzosas no habrá de por medio! ¡Cuántas
bajezas no habrán cometido muchos de esos candidatos, para luego
incurrir en otros tantos prevaricatos!
III
|.-«Hemos tenido la más profunda satisfacción
|de
|asistir al espléndido banquete dado ayer por el señor N. N.
en honor de... (tal personaje o aniversario), banquete seguido de
|un brillante concierto. La función superó toda esperanza, pues
estuvo en todo tanto a la
|altura
|del objeto como
|del
|distinguidísimo anfitrión».
¡Pobre anfitrión!, cuánto te habrán mordido tus convidados y
censurado los no invitados!
IV.-Hemos leído con la
|mayor satisfacción el reciente
decreto del poder ejecutivo sobre ... (cualquier embrollo),
|y no
podemos menos que asociarnos con nuestros aplausos entusiastas al
feliz
|pensamiento del
|hábil magistrado. Previsión
absoluta, método, claridad, acierto y equidad, son
|lar
|cualidades características de aquel acto, que promete optimos
frutos».
¡Y el tal decreto causó el descrédito del Estado, o arruinó una
renta nacional, o provocó una insurrección!
V.-«Acaba de llegar a nuestra capital,
|el honorable señor
ministro K
|(o el eminente sabio señor B;
|o el
brillante artista señor R; o
|el muy reverendo y piadoso
misionero señor X, etc.).
|Sabemos que tiene las más benévolas
disposiciones respecto de nuestro país. Deseamos que su residencia
en esta capital le sea grata y se prolongue, y le ofrecemos
cordialmente nuestras simpatas»..
Y el tal ministro tal vez cubrió de humillaciones al país; el
misionero sembró en él acaso la cizaña; el sabio (si lo era), fue
quizás perseguido por la envidia, o si era un zote tunante, se
llevó médio museo; y el artista se marchó aprisa por no morirse de
hambre, o era algún caballero de industria, algún corsario armado
de clarinete o violoncello.
Cuando terminé la lectura de los cinco acápites laudatorios,
miré fijamente al buen Pichón y le dije:
-¡Diantre!, ¡tú no tienes relaciones sino con arcángeles! ¿Tu
«Crónica» mantiene este estilo en estado crónico?
-¡Qué quieres, Juancho mío!, la vida es una gran lotería (me
respondió Modesto), y es bueno
|ingeniarse para conseguir los
mejores lotes.
-Pero al menos, le repliqué, ya que ves las cosas así, podrías
variar un poco las formas y el estilo...
-¿Para qué? Si con muy ligeras
|variantes de una misma
sinfonía se alcanza el objeto ¿a qué fin devanarse los sesos con
innovaciones arriesgadas? Todo está dicho en este mundo, aun desde
antes de Aristóteles, y el hombre es a todas horas una repetición
de sí mismo.
Muy poco seducido por la filosofía de Pichón, púseme a leer en
silencio un artículo político que él parecía destinar a producir
gran sensación. Era un editorial lleno de previsión y ciencia,
nervio y originalidad, relativo a un suceso que debía realizarse
una semana después. Modesto había escrito para su periódico este
elocuente fárrago:
«Hoy ha tomado posesión de la Presidencia de la República el
excelentísimo señor don... (creo que era un general), en medio del
entusiasmo de las Cámaras y de toda la capital. Una
|nueva aurora
alumbra nuestro horizonte político; una
|nueva era comienza
en los fastos de nuestra historia.
|De hoy
|más,
|la hidra de
|la discordia
|no levantará su
cabeza.
|El
|timón del Estado estará en manos de un
|hábil piloto, que no dejará
|zozobrar la nave de la
República,
|azotada por
|contrarios vientos; él sabrá
|conducirla por en medio
|de los escollos al puerto de
salvación. La náción se levantará de ese
|lecho de
Procusto en que la ha tenido
|la ciega ambición de los
|partidos
|enemigos del orden (o
|
de la
|libertad, según el caso). Nuestra administración no será,
como hasta ahora, una
|torre de Babel. El nuevo Presidente
ofrece a todos
|el ósculo y la
|oliva de
|la paz.
La anarquía no
|devorará más las entrañas
|de
|la
patria, cual otro
|buitre de Prometeo, porque los
|protervos sabrán que
|la ley inexorable estará
|suspendida sobre sus cabezas como
|la espada de
Damocles. Durante cuarenta años hemos vivido haciendo y
deshaciendo leyes, sin provecho alguno, de manera que nuestra obra
política sólo ha sido
|una tela de Penélope. Hoy nuestro
primer magistrado,
|fuerte por su popularidad como por sus
títulos legales, nos promete una
|paz octaviana; y es de
esperarse que, bajo su influencia, no sólo
|cicatrizarán las
heridas de la patria, sino que el Congreso no será como en
tiempos anteriores,
|un
|campo de Agramante. Nosotros
sostendremos el poder
|que se inaugura con la conciencia,
lealtad
|e
|independencia de
|los hombres
|de
bien, resueltos
|a
|hacer todo
|sacrificio
que pueda evitar que
|la tea
|de
|la discordia
produzca un nuevo incendio
|y que
|la anarquía
|nos
devore. Por tanto, combatiremos los
|planes proditorios de
una oposición sistemática que, con su eterna utopía de reforma,
verdadera caja de Pandora, aspira a perdernos en un laberinto
inexplicable de contradicciones y errores, de donde no podríamos
salir ni conducidos por el hilo de Ariadna. La legitimidad será
nuestro caballo de batalla; la justicia el único norte de nuestras
aspiraciones (el bolsillo será el sur); la fidelidad nuestro
broquel; la ley nuestro mejor ariete; la verdad, apoyada en la
opinión pública, nuestra palanca de Arquimedes; y formando siempre
en las filas del gran partido ... (el nombre, según el caso, porque
es de ordenanza que todo partido sea grande), seguiremos
imperturbables la meta que nos señalan los principios... »
Aquí suspendí para tomar resuello. Miré de soslayo a Modesto y
comprendí que se sentía coronado de luz y gloria. Y eso que aún no
me había dejado ver sus obras de literatura epistolar (o
|pistolera) ni las de aquel género vergonzante que hace del
|álbum de cada señorita un hospicio de incurables y
espósitos; género que bien pudiera llamarse el de la literatura
parásita.
Modesto era un chico amable y galante (salvo en sus ratos de
grosería pedantesca), siempre sediento de adoración y exuberante
de entusiasmo; aunque, a decir verdad, su persona ocupaba el
primer lugar en los dogmas de su fetichismo profano. De ahí
resultaba, que, por lo común, como ciertos aspirantes a empleos que
solicitan diez o doce a un tiempo y en los ramos más heterogéneos,
porque lo que abunda no daña, Modesto tenía siempre entre manos
una media docena de ídolos femeninos, sin perjuicio del
excelentísimo señor Presidente y los demás ídolos masculinos.
Otro se hubiera encontrado apurado con aquella poligamia de
coqueterías, aquel politeísmo de crinolinas y corsés. Pero Modesto
era fecundo y listo en expedientes, y a fuer de hombre versado en
cosas de administración, sabía servirse hábilmente del sistema de
circulares, y burlarse de toda patente de privilegio literario.
Sus cartas amorosas y sus idilios de álbum (que no por ser de
|álbum eran muy
|albuminosos) no necesitaban de
borrador. Tenía su molde o modelo
|(su lecho de Procusto,
diremos),de donde salían himnos y flores para Concha lo mismo
que para Maritornes, con ligeras modificaciones, según la edad y
condición. Así es que no hay en América hombre que haya perpetrado
tan considerable número de
|albumicidios como el buen
Modesto.
Modesto era, pues, un hombre
|práctico en todo el rigor de
la palabra. A pesar de su ignorancia orgánica y radical, conocía el
mundo con la profunda intuición del interés o el amor de sí mismo,
y sabía por experiencia que la lisonja es en el mar de la vida el
mejor anzuelo para pescar la fortuna. Y como la lisonja tiene dos
formas esenciales, positiva y negativa, Modesto la prodigaba
ensalzando a sus ídolos y maldiciendo a los adversarios de éstos;
género de adulación que, bajo las apariencias de la noble
indignación y de la independencia de opiniones, es quizá el que más
complace a los mezquinos adulados, por ser el más vil.
Yo había, pues, descubierto el talismán de Modesto.
Profundamente ignorante del fondo de las cosas, por falta de
verdadero talento, estudio y método, sin embargo, algunas lecturas
superficiales, el trato con el mundo, la memoria de las palabras, y
sobre todo su admirable desparpajo, le habían hecho adquirir cierto
caudal de sofismas; frases tradicionales, citas y lugares comunes;
variedades de algas parásitas que viven en las aguas de la
literatura sin razón de ser, porque sobrenadan en esa espuma
inextinguible que se llama el
|hábito. A fuerza de remendar
frases, cebándose como un cuervo en los despojos de la literatura
|fósil, que los cataclismos del tiempo han dejado a flor de
tierra, Modesto había pelechado, ganado fama y subido a la
categoría de personaje. Nada favorece tanto a las nulidades,
sofismas de la especie humana, como esas mil vulgaridades del
lenguaje o el estilo, que sobrenadan en las letras y son los
sofismas de la literatura.
Está demostrado que el gran arte de hacerse notabilidad
consiste en uno de dos sistemas: o el del silencio estúpido pero
mañoso, que hace de los taimados ineptos hombres modestos, cuerdos
y profundos; o el de las citas de aforismos latinos, frases felices
producidas en lenguas extranjeras, y alusiones mitológicas o de
historia antigua que dan pasaporte a los pedantes para entrar en la
categoría de los sabihondos populares. La geología se ha
equivocado en su nomenclatura, porque ha omitido incluír entre sus
ramos de investigación la
|paleontología literaria.
¡Pobre América española! A virtud de dolorosas pruebas, a
fuerza de revoluciones, has logrado emancipar:
A los indígenas, de su
|tributo;
A los esclavos, de su
|cadena;
A los negociantes, de la
|alcabala;
Algunos trabajadores, del
|monopolio.
¡Pero tu literatura, arrastrándose todavía por las encrucijadas
del plagio y el mal gusto, no ha podido emanciparse de la
vulgaridad! No hay quien no haya hecho su pronunciamiento en favor
de alguna causa política o personal; pero nadie ha pensado en
encabezar una revolución que liberte las letras americanas del yugo
que sobre ellas hacen pesar:
La
|parca destructora,
|cortando
|con su tijera el
hilo de
|la
|vida;
E
|l timón del Estado, siempre
|en manos de pilotos
experimentados, con su correspondiente
|puerto de
salvación y su respectiva
|estrella polar;
La
|espada de Damocles, suspendida sobre todo auditor y
todo suscriptor de periódico;
La
|palanca de Arquimedes, que hoy no levanta sino tercios
de tontos;
El
|
|lecho
|de Procusto, que ya no sirve ni
para cama de pordioseros;
El
|
|buitre
|de Prometeo, que roe los tipos de
todas las imprentas;
La
|caja
|de Pandora, que ya no es sino una jaula de
ratones y cucarachas;
La
|manzana
|de
|la discordia, que está
mohosa;
La
|oliva de la
|paz, que nunca reverdece;
La
|torre de Babel, con todos sus habitantes pretérito
presentes y futuros;
El
|
|caballo
|de batalla, que a fuerza de
montarlo todo el mundo, está reducido a esqueleto;
El
|campo de Agramante, donde ya no caben los
plagiarios;
El
|
|nudo
|gordiano, que más de un necio
debiera desatar con las muelas;
La
|tienda de Aquiles, donde se refugian y han refugiado
todos los bribones de gran tono;
El
|talón del susodicho Aquiles, tan gastado ya que ni
serviría para calzarle un espolín;
La
|túnica de Deyanira, que de muy buena gana pondría yo
en las costillas a más de cuatro magistrados, no estuviera ya hecha
trizas;
Los
|huevos de
|Leda, que no han producido, no digo
un cisne, pero ni un miserable pollo, y están hueros de tanto
manosearlos;
El
|suplicio de Tántalo, que se ha hecho muy vulgar,
porque lo sufren todos nuestros empleados cesantes;
El
|tormento de Sísifo, que tantos padecen sin saberle
soportando una mujer, un empleo, un periódico, una fortuna mal
habida, u otra bagatela;
El
|ojo derecho de Filipo, que tantos tuertos han plagiado
sin gracia ni talento;
El
|manto de César, en que han envuelto su pulida mucho
fatuos enaltecidos;
El
|tonel de
|las
|Danaides, monopolizado
desde hace mucho por nuestros gobiernos para convertirlo en caja de
la tesorería nacional;
La
|amistad de Damon y Pitias, que ha degenerado en el
|comercio
|de
|amistades
|u otros, de
Cabrión y Pipelet.
Y de ribete,
|la
|tela de Penélope, que ya debería
destinarse como trapo muy viejo a la fabricación de papel.
Preciso es convenir en que todo este mobiliario carcomido y
lleno de telarañas debe de pesar mucho sobre el cuerpo magullado de
nuestra pobre literatura. ¿Y qué hacer? Propongo uno de dos
recursos radicales:
O hagamos una inmensa pira con todos esos mamotretos, esa leña
podrida que nos viene por herencia de los siglos, y metámosle fuego
con cartuchos de necrologías, felicitaciones, proclamas militares,
programas gubernamentales y otras variedades mentirosas;
O fundemos un gran museo de paleontología literaria; releguemos
a sus armarios todas las ruinas del ingenio, entre las cuales
vivirá el mal gusto como un viejo lagarto
|, y escribamos en
el frostispicio:
«
|Depósito de literatura fósil: se admite
|gratis
|toda la
|que se
|traiga».
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