INDICE

La Serenata

Joaquín Marín

Una Noche de Fiestas

La Docena de Pañuelos

Un Sueño de Dos Colores

El Último Abencerraje o la Trata de Caballos

La Pirámide de Itica-Pol (Viajes por Sur América)

Antiguo Modo de Viajar por el Quindio

Partida del Libertador

Es Mal que Anda

Los Viceversas de Bogotá

La Retreta

Literatura Fosil

Descripción del Puente de Icononzo. Llamado Generalmente de Pandi

Los Artesanos

El Tiempo Vale Dinero

Una Página

¡Lo que Puede un Pie!

Investigaciones sobre algunas Antigüedades

El Paseo Campestre

El Señor Eugenio Díaz

El Alma del Padre Mariño

El Lago de las Serpientes

La Barbería

Las Selvas del Carare

Santafé

La Empleomanía

Un Buque de Vapor

Baile de Sombras

El Desierto de la Candelaria

El Oidor Cortes de Mesa

El Hoyo del Viento

Presentimiento

Noche a Orillas del Meta

La Siembra del Trigo

Reflexiones

El Lazarino

El Manuscrito de mi Tio

Dos Veces Muerto

De Honda a Cartagena

 

LA RETRETA

Por José María Angel Gaitán

 

...Luego que refrescaron, que fue ya bastante tarde, Santiago empezó a mostrarse impaciente por ir a tomar puesto en la retreta, imaginándose que el concurso sería muy numeroso y que los puestos eran más o menos pre­feribles; pues habiendo otras veces oído hablar de las retretas de Bogotá, había llegado a formarse de ellas una idea que se las representaba como algo de cierta importancia.

Antes de irse quería hacer embolar sus botas, afeitarse, peinarse y hasta salir en cuerpo; pero como venía de un clima menos frío que el de Bogotá, le hizo presente don Juan que no le sería fácil soportar así por primera vez una atmósfera tan helada como la de aquella noche. A esta razón añadió la instancia de que saliesen ambos más bien de ruana, cuyo traje, le dijo de un modo enfá­tico, suele ser muy socorrido en las retretas, y aunque Santiago se desesperaba por quitarse la ruana, sabiendo que éste era en Bogotá el vestido de la clase ordinaria, por lo que deseaba vivamente ponerse cuanto antes a lo cortesano, cedió al imperio de esta reflexión, no obs­tante haber preparado ya el escaso atavío que había traído para su decencia y que debía integrarse con lo que don Juan tenía que suministrarle, a cuyo efecto le había hecho ya las indicaciones convenientes acerca de todo lo que le faltaba.

Al fin salieron vestidos de ruana, dejando a los sir­vientes acomodar sus modestas camas en diferentes rincones que por entonces tomaron el título de lechos, sólo porque allí debía descansar y dormir un cuerpo humano, bien que con tanta tranquilidad, que bajo este aspecto no podía censurarse aquella denominación. Los dos ami­gos se encaminaron para la esquina en donde se acostum­bra tocar la retreta. Aún era temprano para eso; pero el concurso que poblaba ya el altozano de la catedral, por el cual tenían que pasar, reanimó en Santiago la curiosidad y el deseo que de escoger puestos se había apoderado de él, como un capricho infantil. Por este mo­tivo no quiso detenerse en el altozano, prefiriendo acercarse lo más pronto posible a la esquina de la retreta, y aguardar allí las ocho de la noche para oir comenzar la función. Fue lástima, sin embargo, que no hubiera que­rido pasearse un rato en aquel altozano, sitio de tantos misterios, donde bien pronto había de pronunciarse su nombre.

Pocos momentos después de haberse parado en la esquina, se vio aparecer a lo lejos un gran farol, que asegurado en la extremidad de un palo, iluminaba con sus reflejos una enorme |tambora cargada sobre las espaldas de uno de los músicos que venía al lado del que traía el enastado farolón; un luciente |chinesco venía también al hombro de otro músico, y su continuo campaneo hizo palpitar el corazón de Santiago, que empezaba a considerar aquel aparato como el anuncio de una solem­nidad no menos agradable que nueva y sorprendente a sus oídos. Apoyándose entonces contra la pared, como quien se cansa de estar parado, manifestó a don Juan la extrañeza con que veía un farol tan luminoso en una noche en que la luna, que no se había ocultado todavía, dispensaba bien de la molestia de cargarlo. Don Juan persuadía a Santiago de la utilidad de llevar luz en las noches en que la luna, apenas empezando, debía ocul­tarse muy temprano, cuando se vio venir otro farol poco menos grande que el primero, que a la sazón ya reposaba fijo en la esquina, sostenido por el asta en las manos del que exclusivamente estaba destinado a su manejo; una nueva tambora y un nuevo chinesco vinieron, con otros varios instrumentos, a ocupar sus respectivos lugares en el sitio consagrado a la función, o más bien, al que la función se consagraba.

Sonó por último la campanada de las ocho, y una caterva de gente de todas clases se aglomeró sobre el mismo sitio, entre el áspero y destemplado toque de cla­rines, pífanos y tambores, que parecían empeñados en imitar a su modo el funesto bullicio de las campanas; por lo menos así se lo hizo notar don Juan a su compa­ñero, para hacerle creer que tal estrépito, además de ser esencial de aquel toque militar, no era de tan pésimo gusto, y que la función principiaba con una especie de golpe teatral.

En seguida se ejecutó por los clarinetes y demás ins­trumentos una pieza cuyas armonías no pudieron ser atendidas por nuestros dos espectadores, a causa de que desde el principio de su ejecución se propuso un hombre que tenían al lado acompañarla, silbando del modo más fastidioso que puede hacerlo un chambón de esta música vulgar. Pero ni silbada la composición pudieron hacerse cargo de ella, porque en una taberna que quedaba al lado de arriba, a dos o tres pasos de distancia, cantaba uno a plena voz, acompañándose con un tiple aún más des­templado que sus gritos, los que, no es menester hacerlo notar, carecían en su tono y en sus combinaciones de armonía con los instrumentos de la retreta. En la tienda que estaba del otro lado sostenía la tabernera una reyerta estrepitosa con dos soldados de la guardia que aca­baban, según decía ella, de romper no se que cosa, y habían hecho derramar un líquido que, bañando gran parte de la calle, perfumaba con su olor fuerte y desagradable toda la extensión en que él aire impregnado de esas moléculas fermentadas, vibraba con las modulaciones agradables de uno de los grandes maestros de la escuela moderna.

-En verdad, decía Santiago, que esta es positivamente la escena del sonido.

-Y también la del olfato, añadió don Juan.

-Y hasta la del tacto diría yo, continuó Santiago, que observaba a la sazón a una muchacha que estaba cerca tomándole la mano a hurtadillas a un mozalbete de capote de calamaco, mientras la madre de aquélla procuraba arrimarse a la pared para dejar libre el paso a una familia que subía por la calle maldiciendo del concurso que no la dejaba andar, y a la cual alumbraba un farol que, iluminando de paso notablemente a los circunstantes, los puso en la curiosa actitud de tratar de conocerse recíprocamente, viéndose las caras en el mo­mento en que pasaba la luz; mas como varios parecía que andaban de incógnitos, eludieron aquella imperti­nente investigación, los hombres embozándose hasta los ojos, y las mujeres volviendo con disimulo las espaldas.

-¡Lucida reunión, don Juan! dijo Santiago luego que pasó el farol; mas, ¿por qué les disgustará tanto la luz?

-Es porque la luz siempre molesta a los ojos muy delicados, respondió don Juan.

-Esas personas de los ojos tan delicados, continuó Santiago, tendrán también el oído muy fino, ¿no es verdad?

-Sí señor, y por eso les gusta la música y frecuentan as retretas.

-Con razón, si pueden oirlas sin la molestia de aten­derlas; pues yo los veo a todos conversando unos con otros, como si de lo que menos se ocupasen fuese de oir la música; y esto es que aquí se toca a las mil maravillas.

-No sólo eso, Santiago; pues a todos agrada también mucho esta mezcla tan vistosa de clases y de sexos, tan fraternalmente unidos en medio de una calle tan angosta y de un modo tan compacto.

- Sí señor; los ojos políticos de que hablábamos esta tarde contemplaran las retretas como una especie de rato democrático; mientras los ojos morales demostrarán con ellas que la música suaviza las costumbres.

-Por eso le decía yo, repuso don Juan, que siempre concurro a las retretas, porque son una costumbre muy suave.

-A lo menos, dijo Santiago con desdén, pueden con­siderarse como un momento de distracción.

-Sin duda; y si no, vea usted que distraída parece aquella señorita con el joven que está a su lado.

-¿Cuál señorita?, pues deseo mucho ver una señorita.

-Aquella que con la roja brasa de su largo tabaco, se alcanza a divisar desde aquí.

-¿Es una señorita esa que tanto fuma?

-Sí señor; es una señorita, por lo menos de retreta.

-¡Vaya! repuso Santiago con desprecio y acercándose a una muchacha que se había reído maliciosamente de las últimas palabras de don Juan, se anuncia la tal se­ñorita con una linda gracia.

-Sí señor; aquí hay señoritas que han añadido a una de las tres gracias, la gracia de echar humo, continuó don Juan acercándose a Santiago, que se le había alejado un poco.

-No lo creerá usted, pero...

Aquí tuvo que interrumpirse Santiago, quien a su vez fue abandonado por don Juan, que corría a arrimarse a la pared, para dejar libre el paso a la banda de mú­sicos que en medio de un piquete bien armado, atro­pellaba sin reparo por entre la gente, que con menos reparo todavía, se precipitaba contra las paredes a uno y otro lado, abriendo dócilmente el camino que se necesitaba y que luego volvió a cerrarse.

-¡Pues hemos tenido un momento peligroso!, dijo Santiago sacudiendo de la ruana el polvo que le había quitado a la pared. Ya se ve; no dejamos aquí para los que tienen que subir o bajar más espacio del que ocupa el caño, y lo peor es que los desagradecidos se han propuesto no usar de él.

-Vea usted unas señoritas, dijo entonces don Juan, que deseaba hacía rato satisfacer la curiosidad de San­tiago y no había podido, pues aunque con frecuencia van algunas señoras a retreta, esa noche no había ido nin­guna; las que don Juan señalaba eran extrañas a la función, y por la decencia con que estaban, se conocía que no habiendo podido continuar su camino para alguna visita, por estorbárselo la gente que esperaba la conti­nuación de la retreta en otra música, se detuvieron a al­guna distancia.

-Hacen muy bien de no acercarse mucho, dijo San­tiago, que la cosa no es para alquilar balcones, si usted me permite hablar con franqueza, señor don Juan.

-¡Qué! ¿Se queja usted de la retreta?, repuso éste: a mí me parece que aquí se ha ejecutado cuanto puede exigir la música, por decirlo así, de arte mayor. Vea us­ted aquel de la capa corta detrás de una de las señoras de gorras y chales, que son una de las familias más ricas de Bogotá; cualquiera diría por su actitud que representa una ansiosa |aspiración; y mientras tanto, ha de saber usted que una de las otras señoritas, está haciendo apo­yaturas en una nota cuatro tonos más baja, por lo menos. Mire usted este corrillo del frente: lo componen una madre y una hija muy pobres, y un comerciante muy rico; si usted lo oyera de cerca, se formaría la idea de una bien difícil, pero deliciosa |armonía, en que el co­merciante entonando la |canzoneta, apenas atiende al |non troppo presto de la joven y al |soprano del sí |mordente de la señora. Vea usted este que viene tan embozado a pasar por aquí, después de haber pasado cien veces; es el |metrónomo de la función.

En esta explicación estaban cuando Santiago, despo­jado de su puesto, iba a colocarse en medio de la calle; pero al hacerlo sufrió un fuerte empellón, de uno que por venir con la barba sobre el hombro, tratando de mirar a las mujeres que estaban a su izquierda, no veía en consecuencia por donde iba.

-No me parece de muy buen gusto su retreta, dijo Santiago con un poco de mal humor, y componiéndose el sombrero que había perdido su lugar con motivo del encuentro.

-Con todo, contestó don Juan, esto es bastante fí­larmónico no sólo en la parte instrumental, sino también en la animada.

A este tiempo marchó la música para la plaza; y ese era el momento en que debía desempeñar Santiago tam­bién su nota musical, entre el nuevo atropellamiento que causaba siempre la banda de músicos al abrirse paso. Le tocó, pues, como al más inexperto, verificar una especie de |estaccato en medio del caño; y habría dado en tierra si no hubiese escapado haciendo veloces |acciaturas sobre el hombro de una muchacha que venía por la orilla del caño junto a él, y acompañada de una mujer que repre­sentaba alguna edad.

Esta, bien por aprovechar la ocasión que creía ofre­cerse, bien porque le gustase el talle de Santiago, bien por ambos motivos, o bien últimamente por razones sobre las cuales podrán hacerse después conjeturas mejor fun­dadas, le tomó como por casualidad la mano haciéndole una seña y diciendo algunas chanzas alusivas al peligro de que acababa de librarlo su pupila. Esto bastó para que Santiago empezase a sentir su natural susceptibilidad, y a considerar como agradable la retreta.

Ya los músicos iban adelante, y la gente, extendiéndose por la calle, los seguía. Al lado de Santiago iba su de­fensora, a quien parecía abandonar la mujer que la acompañaba y que tan afectuosa con él se había mostra­do. Este se inclinaba de cuando en cuando por ver a aquella la cara, que su imaginación le iba iluminando con los rasgos más interesantes de la belleza; pero en sus tentativas sólo lograba ver parte de las cejas, cuando ella salía de la sombra que hacían los tejados y recibía la débil luz de la luna, que ya estaba ocultándose.

Sin embargo, el airoso y casi elegante continente de esta joven, sus movimientos graciosos, pero más que todo, cierta timidez, susto y vergüenza que se dejaban traslucir a pesar de ella misma, inflamaron de tal suerte la sangre de Santiago, que ya no fue dueño de evitar el seguir, aunque a ciegas, aquel cortejo. Para ello empezó por per­derse de su compañero, quien de repente, hallándose solo, comenzó a buscarlo en vano por entre el tumulto, pensando que por alguna casualidad se habría extraviado. Primero se paró; luego volvió a mirar atrás, a un lado y otro, estirando el cuello para buscar por encima de las cabezas, la de su amigo. Todo fue inútil: Santiago no parecía y don Juan se inquietaba en extremo previendo el peligro que aquel corría de perderse por las calles de la ciudad y tener por consecuencia que pasar la noche sin dar con su habitación.

Hacía ya rato que la música iba por la plaza, en cuyos ángulos se extendían las bulliciosas cadencias de una contradanza, acompasada por los solemnes dobles de las ocho. Don Juan continuaba buscando afanoso a su amigo, ya entre la gente que rodeaba a los músicos, ya entre la que se había colocado en el altozano.

Ultimamente la retreta se acabó, toda la gente se fue retirando y don Juan no sabía donde pudiera encontrar a Santiago.

anterior | índice | siguiente