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LA RETRETA
Por José María
Angel Gaitán
...Luego que refrescaron, que fue ya bastante tarde, Santiago
empezó a mostrarse impaciente por ir a tomar puesto en la retreta,
imaginándose que el concurso sería muy numeroso y que los puestos
eran más o menos preferibles; pues habiendo otras veces oído
hablar de las retretas de Bogotá, había llegado a formarse de ellas
una idea que se las representaba como algo de cierta
importancia.
Antes de irse quería hacer embolar sus botas, afeitarse,
peinarse y hasta salir en cuerpo; pero como venía de un clima menos
frío que el de Bogotá, le hizo presente don Juan que no le sería
fácil soportar así por primera vez una atmósfera tan helada como la
de aquella noche. A esta razón añadió la instancia de que saliesen
ambos más bien de ruana, cuyo traje, le dijo de un modo enfático,
suele ser muy socorrido en las retretas, y aunque Santiago se
desesperaba por quitarse la ruana, sabiendo que éste era en Bogotá
el vestido de la clase ordinaria, por lo que deseaba vivamente
ponerse cuanto antes a lo cortesano, cedió al imperio de esta
reflexión, no obstante haber preparado ya el escaso atavío que
había traído para su decencia y que debía integrarse con lo que don
Juan tenía que suministrarle, a cuyo efecto le había hecho ya las
indicaciones convenientes acerca de todo lo que le faltaba.
Al fin salieron vestidos de ruana, dejando a los sirvientes
acomodar sus modestas camas en diferentes rincones que por entonces
tomaron el título de lechos, sólo porque allí debía descansar y
dormir un cuerpo humano, bien que con tanta tranquilidad, que bajo
este aspecto no podía censurarse aquella denominación. Los dos
amigos se encaminaron para la esquina en donde se acostumbra
tocar la retreta. Aún era temprano para eso; pero el concurso que
poblaba ya el altozano de la catedral, por el cual tenían que
pasar, reanimó en Santiago la curiosidad y el deseo que de escoger
puestos se había apoderado de él, como un capricho infantil. Por
este motivo no quiso detenerse en el altozano, prefiriendo
acercarse lo más pronto posible a la esquina de la retreta, y
aguardar allí las ocho de la noche para oir comenzar la función.
Fue lástima, sin embargo, que no hubiera querido pasearse un rato
en aquel altozano, sitio de tantos misterios, donde bien pronto
había de pronunciarse su nombre.
Pocos momentos después de haberse parado en la esquina, se vio
aparecer a lo lejos un gran farol, que asegurado en la extremidad
de un palo, iluminaba con sus reflejos una enorme
|tambora
cargada sobre las espaldas de uno de los músicos que venía al lado
del que traía el enastado farolón; un luciente
|chinesco
venía también al hombro de otro músico, y su continuo campaneo hizo
palpitar el corazón de Santiago, que empezaba a considerar aquel
aparato como el anuncio de una solemnidad no menos agradable que
nueva y sorprendente a sus oídos. Apoyándose entonces contra la
pared, como quien se cansa de estar parado, manifestó a don Juan la
extrañeza con que veía un farol tan luminoso en una noche en que la
luna, que no se había ocultado todavía, dispensaba bien de la
molestia de cargarlo. Don Juan persuadía a Santiago de la utilidad
de llevar luz en las noches en que la luna, apenas empezando, debía
ocultarse muy temprano, cuando se vio venir otro farol poco menos
grande que el primero, que a la sazón ya reposaba fijo en la
esquina, sostenido por el asta en las manos del que exclusivamente
estaba destinado a su manejo; una nueva tambora y un nuevo chinesco
vinieron, con otros varios instrumentos, a ocupar sus respectivos
lugares en el sitio consagrado a la función, o más bien, al que la
función se consagraba.
Sonó por último la campanada de las ocho, y una caterva de gente
de todas clases se aglomeró sobre el mismo sitio, entre el áspero y
destemplado toque de clarines, pífanos y tambores, que parecían
empeñados en imitar a su modo el funesto bullicio de las campanas;
por lo menos así se lo hizo notar don Juan a su compañero, para
hacerle creer que tal estrépito, además de ser esencial de aquel
toque militar, no era de tan pésimo gusto, y que la función
principiaba con una especie de golpe teatral.
En seguida se ejecutó por los clarinetes y demás instrumentos
una pieza cuyas armonías no pudieron ser atendidas por nuestros dos
espectadores, a causa de que desde el principio de su ejecución se
propuso un hombre que tenían al lado acompañarla, silbando del modo
más fastidioso que puede hacerlo un chambón de esta música vulgar.
Pero ni silbada la composición pudieron hacerse cargo de ella,
porque en una taberna que quedaba al lado de arriba, a dos o tres
pasos de distancia, cantaba uno a plena voz, acompañándose con un
tiple aún más destemplado que sus gritos, los que, no es menester
hacerlo notar, carecían en su tono y en sus combinaciones de
armonía con los instrumentos de la retreta. En la tienda que estaba
del otro lado sostenía la tabernera una reyerta estrepitosa con dos
soldados de la guardia que acababan, según decía ella, de romper
no se que cosa, y habían hecho derramar un líquido que, bañando
gran parte de la calle, perfumaba con su olor fuerte y desagradable
toda la extensión en que él aire impregnado de esas moléculas
fermentadas, vibraba con las modulaciones agradables de uno de los
grandes maestros de la escuela moderna.
-En verdad, decía Santiago, que esta es positivamente la escena
del sonido.
-Y también la del olfato, añadió don Juan.
-Y hasta la del tacto diría yo, continuó Santiago, que observaba
a la sazón a una muchacha que estaba cerca tomándole la mano a
hurtadillas a un mozalbete de capote de calamaco, mientras la madre
de aquélla procuraba arrimarse a la pared para dejar libre el paso
a una familia que subía por la calle maldiciendo del concurso que
no la dejaba andar, y a la cual alumbraba un farol que, iluminando
de paso notablemente a los circunstantes, los puso en la curiosa
actitud de tratar de conocerse recíprocamente, viéndose las caras
en el momento en que pasaba la luz; mas como varios parecía que
andaban de incógnitos, eludieron aquella impertinente
investigación, los hombres embozándose hasta los ojos, y las
mujeres volviendo con disimulo las espaldas.
-¡Lucida reunión, don Juan! dijo Santiago luego que pasó el
farol; mas, ¿por qué les disgustará tanto la luz?
-Es porque la luz siempre molesta a los ojos muy delicados,
respondió don Juan.
-Esas personas de los ojos tan delicados, continuó Santiago,
tendrán también el oído muy fino, ¿no es verdad?
-Sí señor, y por eso les gusta la música y frecuentan as
retretas.
-Con razón, si pueden oirlas sin la molestia de atenderlas;
pues yo los veo a todos conversando unos con otros, como si de lo
que menos se ocupasen fuese de oir la música; y esto es que aquí se
toca a las mil maravillas.
-No sólo eso, Santiago; pues a todos agrada también mucho esta
mezcla tan vistosa de clases y de sexos, tan fraternalmente unidos
en medio de una calle tan angosta y de un modo tan compacto.
- Sí señor; los ojos políticos de que hablábamos esta tarde
contemplaran las retretas como una especie de rato democrático;
mientras los ojos morales demostrarán con ellas que la música
suaviza las costumbres.
-Por eso le decía yo, repuso don Juan, que siempre concurro a
las retretas, porque son una costumbre muy suave.
-A lo menos, dijo Santiago con desdén, pueden considerarse como
un momento de distracción.
-Sin duda; y si no, vea usted que distraída parece aquella
señorita con el joven que está a su lado.
-¿Cuál señorita?, pues deseo mucho ver una señorita.
-Aquella que con la roja brasa de su largo tabaco, se alcanza a
divisar desde aquí.
-¿Es una señorita esa que tanto fuma?
-Sí señor; es una señorita, por lo menos de retreta.
-¡Vaya! repuso Santiago con desprecio y acercándose a una
muchacha que se había reído maliciosamente de las últimas palabras
de don Juan, se anuncia la tal señorita con una linda gracia.
-Sí señor; aquí hay señoritas que han añadido a una de las tres
gracias, la gracia de echar humo, continuó don Juan acercándose a
Santiago, que se le había alejado un poco.
-No lo creerá usted, pero...
Aquí tuvo que interrumpirse Santiago, quien a su vez fue
abandonado por don Juan, que corría a arrimarse a la pared, para
dejar libre el paso a la banda de músicos que en medio de un
piquete bien armado, atropellaba sin reparo por entre la gente,
que con menos reparo todavía, se precipitaba contra las paredes a
uno y otro lado, abriendo dócilmente el camino que se necesitaba y
que luego volvió a cerrarse.
-¡Pues hemos tenido un momento peligroso!, dijo Santiago
sacudiendo de la ruana el polvo que le había quitado a la pared. Ya
se ve; no dejamos aquí para los que tienen que subir o bajar más
espacio del que ocupa el caño, y lo peor es que los desagradecidos
se han propuesto no usar de él.
-Vea usted unas señoritas, dijo entonces don Juan, que deseaba
hacía rato satisfacer la curiosidad de Santiago y no había podido,
pues aunque con frecuencia van algunas señoras a retreta, esa noche
no había ido ninguna; las que don Juan señalaba eran extrañas a la
función, y por la decencia con que estaban, se conocía que no
habiendo podido continuar su camino para alguna visita, por
estorbárselo la gente que esperaba la continuación de la retreta
en otra música, se detuvieron a alguna distancia.
-Hacen muy bien de no acercarse mucho, dijo Santiago, que la
cosa no es para alquilar balcones, si usted me permite hablar con
franqueza, señor don Juan.
-¡Qué! ¿Se queja usted de la retreta?, repuso éste: a mí me
parece que aquí se ha ejecutado cuanto puede exigir la música, por
decirlo así, de arte mayor. Vea usted aquel de la capa corta
detrás de una de las señoras de gorras y chales, que son una de las
familias más ricas de Bogotá; cualquiera diría por su actitud que
representa una ansiosa
|aspiración; y mientras tanto, ha de
saber usted que una de las otras señoritas, está haciendo
apoyaturas en una nota cuatro tonos más baja, por lo menos. Mire
usted este corrillo del frente: lo componen una madre y una hija
muy pobres, y un comerciante muy rico; si usted lo oyera de cerca,
se formaría la idea de una bien difícil, pero deliciosa
|armonía, en que el comerciante entonando la
|canzoneta, apenas atiende al
|non troppo presto de la
joven y al
|soprano del sí
|mordente de la señora. Vea
usted este que viene tan embozado a pasar por aquí, después de
haber pasado cien veces; es el
|metrónomo de la función.
En esta explicación estaban cuando Santiago, despojado de su
puesto, iba a colocarse en medio de la calle; pero al hacerlo
sufrió un fuerte empellón, de uno que por venir con la barba sobre
el hombro, tratando de mirar a las mujeres que estaban a su
izquierda, no veía en consecuencia por donde iba.
-No me parece de muy buen gusto su retreta, dijo Santiago con un
poco de mal humor, y componiéndose el sombrero que había perdido su
lugar con motivo del encuentro.
-Con todo, contestó don Juan, esto es bastante fílarmónico no
sólo en la parte instrumental, sino también en la animada.
A este tiempo marchó la música para la plaza; y ese era el
momento en que debía desempeñar Santiago también su nota musical,
entre el nuevo atropellamiento que causaba siempre la banda de
músicos al abrirse paso. Le tocó, pues, como al más inexperto,
verificar una especie de
|estaccato en medio del caño; y
habría dado en tierra si no hubiese escapado haciendo veloces
|acciaturas sobre el hombro de una muchacha que venía por la
orilla del caño junto a él, y acompañada de una mujer que
representaba alguna edad.
Esta, bien por aprovechar la ocasión que creía ofrecerse, bien
porque le gustase el talle de Santiago, bien por ambos motivos, o
bien últimamente por razones sobre las cuales podrán hacerse
después conjeturas mejor fundadas, le tomó como por casualidad la
mano haciéndole una seña y diciendo algunas chanzas alusivas al
peligro de que acababa de librarlo su pupila. Esto bastó para que
Santiago empezase a sentir su natural susceptibilidad, y a
considerar como agradable la retreta.
Ya los músicos iban adelante, y la gente, extendiéndose por la
calle, los seguía. Al lado de Santiago iba su defensora, a quien
parecía abandonar la mujer que la acompañaba y que tan afectuosa
con él se había mostrado. Este se inclinaba de cuando en cuando
por ver a aquella la cara, que su imaginación le iba iluminando con
los rasgos más interesantes de la belleza; pero en sus tentativas
sólo lograba ver parte de las cejas, cuando ella salía de la sombra
que hacían los tejados y recibía la débil luz de la luna, que ya
estaba ocultándose.
Sin embargo, el airoso y casi elegante continente de esta joven,
sus movimientos graciosos, pero más que todo, cierta timidez, susto
y vergüenza que se dejaban traslucir a pesar de ella misma,
inflamaron de tal suerte la sangre de Santiago, que ya no fue dueño
de evitar el seguir, aunque a ciegas, aquel cortejo. Para ello
empezó por perderse de su compañero, quien de repente, hallándose
solo, comenzó a buscarlo en vano por entre el tumulto, pensando que
por alguna casualidad se habría extraviado. Primero se paró; luego
volvió a mirar atrás, a un lado y otro, estirando el cuello para
buscar por encima de las cabezas, la de su amigo. Todo fue inútil:
Santiago no parecía y don Juan se inquietaba en extremo previendo
el peligro que aquel corría de perderse por las calles de la ciudad
y tener por consecuencia que pasar la noche sin dar con su
habitación.
Hacía ya rato que la música iba por la plaza, en cuyos ángulos
se extendían las bulliciosas cadencias de una contradanza,
acompasada por los solemnes dobles de las ocho. Don Juan continuaba
buscando afanoso a su amigo, ya entre la gente que rodeaba a los
músicos, ya entre la que se había colocado en el altozano.
Ultimamente la retreta se acabó, toda la gente se fue retirando
y don Juan no sabía donde pudiera encontrar a Santiago.
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