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Salimos de la iglesia.
El puente viejo de las Aguas, o por mejor decir, sus ruinas, fue
lo que primero llamó la atención de John Bull.
-Antes de que usted me haga observación alguna sobre la utilidad
de este antiguo puente, le dije, quiero que usted vea el puente
nuevo de las Aguas, el cual hará como diez años que se construyó y
dista muy pocos pasos de aquí.
Nos pusimos en camino y pronto llegamos, y mi compañero se puso
a examinarlo detenidamente.
-Observe usted, le dije, que este puente nuevo está edificado
exactamente por el mismo sistema del antiguo, pues también carece
de piso.
-En todas las partes del mundo; en todas las naciones, desde
las más civilizadas hasta las más salvajes, dijo él, los puentes
han servido, sirven y servirán para dar paso a los yentes y
vinientes.
Luego sacó su cartera y apuntó:
|«Hay en Bogotá un puente
viejo y otro nuevo, llamados ambos de las Aguas; ambos sirven para
atajar el paso a los transeúntes. Estos dos puentes son dos
verdaderos viceversas de cal y canto».
Tomamos luego una estrecha senda que llega hasta la misma orilla
del río. En frente de una bocacalle hallamos un pequeño puente de
madera, lo pasamos y subimos una cuesta. Desde lo alto de la
bocacalle divisó mi compañero el Molino del Cubo; preguntóme el
destino de tan deteriorado edificio, y quedó sorprendido al saber
que siendo un molino de trigo, se moliera trigo en él.
-Yo aguardaba, me dijo, que en este
|molino de trigo, se
fabricara losa, papel, armas, pólvora, o que se curtieran
pieles, o se enseñaran idiomas, matemáticas y medicina, o que se
hiciera moneda; es decir, que sirviera para todo, menos para moler
trigo; pues por lo que llevo visto, en esta ciudad no deben tenerse
en cuenta los nombres de las cosas.
Me preguntó luego el nombre de una calle contigua al molino, la
cual comienza por un peligroso barranco.
-Se llama «Cara de perro».
-¿Y por qué tiene ese nombre tan injustificable?
-Porque en esta calle aparecía antiguamente todas las noches
|un perro sin cabeza.
John Bull se puso a escribir:
|«En
|Bogotá salen por las
calles animales con cara pero sin cabeza».
Seguimos nuestro paseo y a breve rato nos hallamos en la plaza
de San Francisco.
Lo primero que llamó la atención del isleño fue el arco que
comunica el convento de franciscanos con la iglesia de la Tercera.
Después de mirarlo un rato, escribió:
|«Hay en Bogotá un puente
de incontestable utilidad: La gente y el agua pasan por debajo de
él».
-Esta iglesia que está a mano derecha, dije al inglés, se llama
la Tercera, tiene un pequeño claustro que ha servido para
ejercicios espirituales, para exhibir animales raros, y actualmente
sirve para fábrica y exposición de muebles. Lástima es que esté
cerrada la iglesia, pues vería usted algunas obras de talla de
bastante mérito.
|
|
«Hay en Bogotá un puente de
incontestable utilidad: La gente y el agua pasan por debajo de
él».
|
John Bull escribió:
|«En
|Bogotá
|hay un convento que
|sirve
|para lo
|religioso, para
|lo zoológico y para
|exhibir trastos».
-¿Y
|
esta iglesia que está a mano izquierda, cómo la
llaman?, preguntó el inglés.
-La Veracruz, respondí.
-Como estaba abierta resolvimos visitarla. El inglés observó con
atención varias de las efigies, que en esta iglesia las hay de
reconocido mérito. Llamóle particularmente la atención la estatua
del
|Señor del Comercio, y mucho más la del judío que se
halla arrodillado delante de la bella imagen del divino Jesús.
-Este sayón o verdugo, ¿cómo se llama?
-Ignoro completamente su nombre de pila: aquí se llama
vulgarmente el judío del Comercio, y el pueblo cree que es el
patrón y protector de los comerciantes.
Escribió mi compañero:
|«En
|Bogotá
|el comercio está protegido por uno
de los
|que
|dieron muerte al Redentor
|del
|mundo».
En seguida nos dirigimos al Humilladero. El compañero me
suplicó le contase lo que de esta pequeña iglesia se supiera, y le
referí lo que sigue:
Terminada la conquista de esta hermosa y fértil llanura, se
mandó levantar, por el adelantado Jiménez de Quesada, jefe de los
conquistadores, un altar para dar gracias al Todopoderoso, de los
venturosos esfuerzos de los españoles. Eligiose este sitio, y el
día 6 de agosto de 1538, reunidos todos los jefes y soldados y
algunos indios ya catequizados, se dijo la primera misa por el
reverendo sacerdote Juan de los Barrios. Algún tiempo después se
edificó esta pequeña iglesia, que es, sin disputa, el monumento más
antiguo de los que existen en la ciudad.
-Será sin duda dedicada al Salvador, pues veo un gran Cristo en
su nicho o camarín.
-Así es, respondí.
-¿Y quiénes son estos otros dos crucificados?
San Dimas el
|buen ladrón, y Gestas el
|mal ladrón.
La estatua de este último sirve de término o comparación al pueblo,
ya sea para la maldad, la fealdad, la firmeza, la energía, la
tenacidad, y en fin, para expresar comparando las prendas o los
defectos de determinadas personas, con los defectos o las prendas
que varios escritores biográficos atribuyen al señor Gestas, que es
el protector de los usureros. Así se dice generalmente, hablando de
un hombre malo, malísimo:
|este es peor que el mal ladrón.
¿Hay una persona que disfrute de una reputación bien sentada, de
gustar tomarse las cosas contra la voluntad de su dueño?
|Este le
puede dar lecciones al mal ladrón. ¿Hay un individuo de
completa e indiscutible fealdad? Popularmente se dice: Fulano es
más feo que e
|l mal ladrón. «Cara del mal ladrón», es uno de
los insultos que más popular y frecuentemente se oyen en las
muchas riñas a pico que hay en esta ciudad.
Si por gran casualidad alguno de nuestros grandes hombres da
alguna prueba de abnegación y de firmeza, sus partidarios dicen a
voz en cuello:
|Zutano es más sostenido, más firme y más
enérgico que el mal ladrón. Y también dicen los no partidarios
del grande hombre:
|Zutanu es más tenaz y testarudo que el mal
ladrón.
En fin,
|el mal ladrón es la representación más conspicua
de la verdadera popularidad y una prueba explícita y flagrante de
que entre nosotros no suenan bien las palabras
|badulaque ni
|pasado.
Sir John Bull escribió:
«En Bogotá los ladrones tienen
algunos altares y gozan de grande popularidad: raro, rarísimo país.
En Inglaterra a los ladrones se les levantan patíbulos y disfrutan
del cordel.»
Continuamos nuestro camino. El inglés se puso a mirar la torre
de San Francisco, la que le pareció bastante bien, y después de
decirme que estaba bien edificada, entramos a la iglesia. Había en
ella preparativos para una fiesta. Varias personas entraban con
candelabros, vasos de flores, espejos, cortinas y láminas; otras
clavaban colchas de varios colores en las columnas y cornisas de
los altares. Conduje a mi compañero hasta el altar mayor, en donde
había más empeño en poner cortinas y otros adornos de no buen
gusto. Le hice notar los magníficos bajos relieves que hay a los
lados de dicho altar. Le parecieron de gran mérito los pocos que
pudimos ver, pues la mayor parte estaban completamente ocultos
tras las malhadadas cortinas de percal, de seda, de lana, etc.,
todas ellas de dudosísimo color, con manchas de cera, de sebo y de
que se yo que más. Estos adornos tan suciamente intrusos, me dijo
el inglés, estarían bien en un templo de la India Oriental, en
donde se ven las muestras del culto idólatra elevadas hasta la
extravagancia; pero en la católica Bogotá, son un contrasentido,
un viceversa del buen gusto y de la bella sencillez que deben
reinar en un lugar consagrado a rendir culto al Ser Supremo. Aquí
se ocultan tras de algunas sucias telas varias obras artísticas que
hacen honor al país. Luego apuntó en su cartera:
|«En
|Bogotá
|lo poco
|que hay
|de mérito se
|cubre con los harapos del
|mal
|gusto». Largo
rato estuvimos viendo lo más notable de esta iglesia, que es de las
pocas en que hay algún aseo. Salimos y tomamos por la calle de los
«Carneros», nombre que hizo sonreir a mi compañero y que (según
dijo) le parecía de mal agüero para los casados que vivieran en tal
calle.
Antes de tomar esta calle estuvimos contemplando el puente de
San Francisco; puente, que según le pareció a john Bull, es digno
de mejor río.
-Este puente, le dije, es uno de los pocos que hay en esta
ciudad que haya sido acabado por mano de los hombres. Pero esto que
le digo se lo explicaré después, y sigamos nuestro camino.
Llegamos al puente que está algunos pasos más abajo que el
anterior. Este puente carece de bardas o barandas (me dijo el
compañero), y en una noche oscura, cualquier transeúnte puede dar
una caída en que su humanidad no quede muy bien parada.
-¿Por qué no se ha concluído?
-Esta cuestión, contesté, la resolveré a su tiempo.
Había en la ancha calle algunas montañas de tierra; algunas
maderas interrumpían el paso por un lado, grandes depósitos de
barro le interrumpían del otro; montones de tejas y de ladrillos
cocidos al sol oponían al libre tránsito, si no un obstáculo
insuperable, sí un estorbo que no dejaba de causar algunas
detenciones. Y si a esto se agregan los no pocos carros que
continuamente suben y bajan se comprenderá por qué el paso por esta
calle es tan incómodo.
Más abajo hallamos una grande zanja o foso que hacía casi
intransitable el paso. Estaban componiendo una cañería que iba a
la casa de un particular. Sir John Bull me preguntó si no había
alguna ley que pusiera remedio a tales abusos, y no quedó poco
sorprendido cuando le contesté: aquí en esta tierra todo individuo
es libre para hacer lo que le de la gana, aun cuando sea estorbar
el libre tránsito de todos los demás individuos, así es que la
mucha libertad está en pugna con la libertad verdadera.
John Bull escribió:
|«En Bogotá la libertad individual se
opone a la libertad colectiva.»
Llegamos a la plazuela de Capuchinos, que le pareció al inglés
algo alegre. Preguntóme el nombre de la iglesia y el destino del
edificio adyacente.
-Este edificio que vemos es un antiguo convento de frailes
capuchinos. Ahora sirve de colegio de niñas.
-La iglesia es bonita, y veo que en el cambio del destino del
convento gana algo la civilización.
-Tal vez, le dije, hallaremos pocos que, como este, no hayan
perdido en el cambio.
Pasamos luego a la plaza de San Victorino, en donde mi compañero
estuvo examinando detenidamente la gran pila o pilón que provee de
agua a todo el barrio.
-Esta obra fue costeada por el canónigo Andrade; quien tuvo que
hacer grandes desembolsos, pues hizo traer el agua desde el río
llamado «del Arzobispo», que dista dos millas de aquí.
-Seguramente, dijo el inglés, sería para hacer ver que los
canónigos pueden ser útiles cuando se proponen serlo.
Llamóle mucho la atención el edificio conocido con el nombre de
«La Filarmónica».
-Aquello, me dijo, parece un palacio.
-Sí señor, es un proyecto de palacio consagrado a una de las
bellas artes: a la música. Se ha quedado sin techumbre porque se
ha tenido en cuenta que un edificio dedicado a la armonía debe ser
lo más fácilmente abierto, para que el mayor número posible de
personas goce de sus encantos. No sucedería esto si, siguiendo una
miserable rutina, se le hubiera puesto un techo que, por elegante
que fuera, no llenaría aquel objeto.
-Bastante silencio y calma hay en este santuario de la armonía,
me dijo él; pero fue interrumpido por un prolongado rebuzno que
partiendo de los pulmones de un individuo de la familia de los
paquidermos (que habitaba en el edificio), vino a herir nuestros
oídos con las escalas cromáticas de más difícil ejecución.
De esta clase de música y no de otra se disfrutará en este
encantado palacio, por muchos años.
El inglés escribió:
|«Hay en Bogotá un edificio filarmónico
que tiene por cubierta un verdadero cielo»
Llevé a John Bull a que conociera el puente que existe a pocas
varas de La Filarmónica.
-Este puente poca comodidad presenta a las personas que por él
pasan. ¿Por qué es que en esta ciudad se principian tantas cosas y
ninguna se concluye?
-Aquí, respondí, las obras de utilidad y de ornato se comienzan
con calor, luego viene el desaliento, y después se quedan las
cosas al cuidado del tiempo.
El inglés aputó:
|«En Bogotá las obras útiles y las de ornato
se principian por la mano del hombre, y el tiempo las concluye»;
y luego preguntó:
-¿No hay en esta ciudad alguna corporación que cuide, que
disponga que las mejoras materiales que se inicien sean una
realidad?
-Hay, le contesté, una corporación que se llama Municipalidad,
y que tiempo atrás se llamó cabildo: esta corporación tiene por
objeto velar por las mejoras materiales de la ciudad; pero sus
miembros no han entendido bien el objeto de su misión. Siempre
ponen trabas a los proyectos de adelanto que forman algunos
particulares que desean variar las cosas de una manera ventajosa
en lo tocante a comodidad, aseo, buen gusto, etc.; pero se quedan
siempre en proyecto. Tales son los obstáculos. Si usted por
ejemplo, quiere mejorar el cauce de los pequeños ríos que riegan
la ciudad, si quiere poner murallas que defiendan a los habitantes
de las corrientes que en la estación de las lluvias causan graves
daños, verá usted cuantas molestias le proporciona su buen deseo.
Parece que tal corporación hubiera puesto en su programa las
palabras abandono, descuido, inercia, así como las palabras
libertad, igualdad y fraternidad han figurado en algunos
lambertines de escudos de armas.
Usted se admirará: hay un desaliento general, una pereza, una
inercia tal en esta población, que si alguna autoridad celosa de
sus deberes emprende la obra más sencilla para que la ciudad esté
aseada, para que se haga algo bueno, la oposición sistemática más
terca y obstinada, no deja que el tal funcionario cumpla con sus
obligaciones. Un individuo de buen gusto quiere hacer algo, pero no
hay quien le ayude; y hoy que se puede mejorar mucho la ciudad, sus
esfuerzos son casi siempre estériles por falta de cooperación, aún
de los mismos individuos que más ventajas podrían sacar si hicieran
un pequeño esfuerzo y sacudieran su mucha pereza.
-¿No hay en este barrio, como en el que dejamos, algún
establecimiento fabril?
-Si que lo hay, dije, es una gran fábrica que podemos ver ahora
mismo.
Nos dirigimos por la carrera de Boyacá, camino que ya habíamos
andado, pasamos la calle de Capuchinos y nos detuvimos frente a una
casa de regular apariencia.
-Aquí tiene usted, le dije, una fábrica de cristal; en este
establecimiento puede usted proveerse de lo que necesite de este
ramo de industria.
Un minuto después varios peones sacaban de la fábrica unas
mesas, unas camas, asientos, cómodas y varios objetos de
ebanistería.
Mi compañero apuntó en la cartera:
|«En
|Bogotá
|hay una fábrica de cristal sin igual
|en
|Europa; se
fabrican en ella muebles de madera
|de todas
|clases».
Sir John Bull se sintió cansado (como lo estarán mis lectores),
me pidió tuviera la bondad de darle las señas de mi casa; se las di
y quedamos en que al día siguiente iría a visitarme, agregando que,
si yo lo tenía a bien, continuaríamos nuestras excursiones.
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