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LOS VICEVERSAS DE BOGOTÁ
Por Bernardo
Torrente
VIAJES
I
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«No hay cosa como viajar:
El mundo es un libro abierto».
(Fábulas de un ingenio de Guatemala)
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Así me dije un día, y tomando una resolución heroica, salíme de
mi
|rústico albergue, y
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caminando por la recta y
anchurosa calle de Neiva (vulgo de Los Carneros), di a poco rato
con mi humanidad en el lindo y cómodo ferrocarril que de esta
ex-monástica ciudad conduce por entre los indolentes cerros de
Monserrate y Guadalupe a países ignotos. Todo viajero instruído
sabe que este ferrocarril, arrancando del Egipto, viene a parar al
pintoresco sitio llamado «Pico de la Guacamaya»; sitio poético
sitio de inspiración. Entre los antiguos griegos, aquel que se
sentía con
|vena (nosotros diríamos embocadura), se ponía en
camino para la fuente Hipocrene; fuente que el caballo Pegaso,
despidiendo una coz titánica, hizo brotar de la cima del monte
Helicona. ¡Coz terrible y portentosa! (entre nosotros sólo algunos
diputados al Congreso pueden dar tan olímpicas patadas). Digo,
pues, que el que se sentía con vena, se dirigía a la dicha fuente,
y sin necesidad de copa, jarro, totuma o calabazo, se metía en la
barriga un diluvio de aquellas cristalinas aguas; y héteme a
Periquito convertido de repente en un portentoso orador, en un
célebre poeta, o cosa por el estilo. Nosotros en el «Pico de la
Guacamaya» tenemos nuestra fuente Hipocrene. ¡Cuántas veces al oír
a un congresista, al leer un trozo de algunos de nuestros poetas
vibradores, o al escuchar una proclama de alguno de nuestros
innumerables héroes, no he exclamado: «Viva el hombre portentoso
inspirado por el "Pico de la Guacamaya!"».
Este monumento, que es todo de guijarro, descansa sobre la falda
de Monserrate por la parte sur, teniendo a su pie el espumoso río
que llaman el Boquerón.
Muchas son las opiniones que acerca de este Pico se han emitido;
unos opinan que es un monumento elevado por los chibchas. Otros
opinan que es un capricho de la naturaleza, que alguna convulsión
geológica lo hizo brotar del seno de la tierra. Los que opinan que
fue obra de los chibchas, no saben darse cuenta de la época en que
fue construído, ni del acontecimiento que diera motivo para su
erección.
Hay una antiquísima tradición que parece muy razonable, y que
presenta, si no una prueba irrecusable, a lo menos apariencias de
verdad. Esta tradición es la siguiente:
El pueblo chibcha, dividido en pequeñas parcialidades, sujeto a
una guerra civil continua, pobre en medio de la abundancia, y
hablando un idioma casi ininteligible; cansado de tantos males, y
no esperando nada nuevo de sus consejos y asambleas, que eran (como
en nuestros días) muestras del más irreprochable desorden, recurrió
a Bochica, su Dios, y haciéndole sacrificios, fervorosas súplicas y
elevándole un monumento para que hiciera cesar guerra tan
destructora y permitiera que los habitantes de Bogotá se
entendiesen y comprendiesen, le ofrecieron una completa enmienda
para lo sucesivo. Pero, sea que Bochica no tuviese confianza en las
promesas de un pueblo tan inconstante y novelero, o sea por otra
causa que no es del caso averiguar, lo cierto es que el día menos
pensado, el Dios de los chibchas tocó con su báculo el cerro de
Monserrate, donde estaba el mencionado monumento, y al instante
empezó un terremoto muy bien ordenado, pues sólo destruyó el
obelisco chibcha. Aun hubo una cosa muy rara: en el mismo lugar en
que éste estaba, brotó del seno de la tierra una gigantesca
guacamaya, animal significativo entre los indios por su variado
plumaje, sus abigarrados colores y porque no hace sino repetir,
sin comprenderlo, lo que una vez ha oído. Bochica tuvo la feliz
idea de anunciarles a los indios y a sus descendientes su suerte
futura. Asegúrase que en el pico de este animal había unos
jeroglíficos que decían: «Nunca os comprenderéis».
Contemplaba yo este obelisco haciendo varias reflexiones
filosóficas, que no quiero contar ni repetir por no pasmar a mis
lectores, cuando sentí que por el camino de oriente trotaba un
caballo. Un hombre montado venía con dirección al paraje en donde
yo me hallaba. Cuando estuvo cerca, se apeó y atando el caballo a
unos arbustos, se me acercó, y saludándome con una cortesía
matemática, me pidió algunos informes acerca del camino que debía
seguir para llegar pronto a Bogotá. Suplicóme le proporcionase un
cicerone para que le mostrara y explicara lo más notable de la
ciudad, y añadió: «en mis dilatados viajes he aprendido que hay en
el mundo muchos y extraños viceversas; pero, según recientes
informes de varios sabios viajeros, Bogotá es un emporio de los
viceversas más estupendos; pudiéndose decir que es un solo y
completo viceversa en todo lo tocante a política, religión,
comercio, adelantos materiales, etc.». Díjome que se llamaba John
Bull, que viajaba para instruirse; y que se tendría por un
|dichoso hombre si quisiera yo admitirle en el número de mis
amigos. Yo le contesté como bogotano, es decir con una gran
cantidad de promesas y una mayor afluéncia de palabras y
cumplimientos, en lo que no había un ápice de formalidad. Díjele mi
nombre (Tequendama, como lo saben mis lectores), y le ofrecí ser
seguro cicerone. A esto me contestó con un apretón de manos más
expresivo de lo necesario y de lo que a mi tranquilidad corporal
conviniera.
Llegó en esto el criado de Sir John Bull, y éste le dijo que se
fuera a la posada y que se llevara el caballo, pues quería hacer a
pie el camino que
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faltaba para entrar a ala ciudad.
Partió el criado, que no era la primera vez que venía a Bogotá;
y mi compañero y yo quedamos contemplando el Pico de la Guacamaya.
Le conté todo lo que ya saben mis lectores del referido Pico, de lo
que el inglés quedó muy maravillado, y yo contento por haber hecho
la obra de misericordia
|de
|enseñar al que no
sabe.
II
Emprendimos nuestra marcha Boquerón abajo, distrayéndonos
mirando a varios tritones, máyades y nereidas que en traje natural
y de gran confianza retozaban entre las rocas y chorros espumosos
del río. Sir John Bull las miraba alelado y no se atrevió a hacerme
pregunta alguna; ni yo me di por entendido de su sorpresa.
A poco rato llegamos a un edificio de muy buena construcción,
de extensión considerable y en muy buen estado.
-Este edificio, dijo mi compañero, debe ser un establecimiento
fabril.
Yo extendí el brazo y le indiqué un letrero tallado en piedra:
«Fábrica de tejidos de algodón».
-Good dam, dijo. Esto es muy bueno.
Estando mirando detenidamente este edificio, salió un hombre con
algunas piezas de paño burdo; el inglés, después de examinarlas
prolija y minuciosamente, preguntó si aquellas telas eran
fabricadas en aquel establecimiento, a lo que el obrero le
respondió que sí. Sacó en seguida una cartera el inglés y apuntó:
|«En Bogotá los tejidos de algodón se hacen de lana sola, al
contrario de los paños de lana ingleses que se hacen de puro
algodón». ¡Admirable viceversa!
Mi compañero, al ver la antigua fábrica de papel, me dijo: aquel
establecimiento será sin duda también de manufacturas.
-Es una fábrica de papel, le dije.
-Yo quiero verla.
Nos dirigimos a la entrada. Apenas habíamos llegado, cuando
salieron más de treinta bestias cargadas de sacos.
-¿Aquí se conduce el papel en sacos? preguntó el inglés.
-Lo que usted está viendo no es papel sino harina de trigo; pues
la fábrica de papel se ha convertido en molino de pan, le
contesté.
Volvió a sacar John Bull su cartera y escribió:
|«En Bogotá el
que sabe hacer papel, puede hacer mucho pan».
-¿Y
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qué tal papel salía de esa fábrica?
-Muy malo, respondí; pues aunque algunos temerarios dicen que el
mundo nos contempla, que vamos a la vanguardia de la civilización,
en esto de hacer papel no adelantamos gran cosa.
Sir John Bull me mostró el campanario de la iglesia de las
Aguas, y manifestó que quería verla de cerca.
Un hombre que pasó casualmente por allí y había oído las últimas
palabras de mi compañero se nos acercó y saludándonos atentamente,
nos dijo que él nos conduciría, pues era el sacristán de aquella
iglesia, y que con mucho placer nos informaría de todo lo relativo
a ella.
Mi compañero le dió algunas monedas y marchamos.
-Esta iglesia (dijo el sacristán), está unida a un pequeño
convento y pertenecía a los frailes dominicos.
Después que entramos y hubimos admirado el completo desorden,
deterioro y abandono de la iglesia, me dijo mi compañero: el
abandono de estos templos, en esta ciudad tan católica romana, me
prueba más y más lo que antes me habían asegurado: que Bogotá es la
ciudad de los viceversas. Vea usted, entre los egipcios, entre los
bramas, entre los kurdos y entre muchísimas naciones que no
profesaban la religión verdadera, sino una idolatría ridícula, los
sacerdotes, que tanto engordaban con las preocupaciones de los
pueblos, cuidaban de que los templos fueran los lugares más aseados
y de que sus adornos fueran los más esmerados.
-Esta iglesia, dijo el sacristán, hará como cincuenta años que
no produce grandes ganancias a los sacerdotes; así es que se halla
en el estado en que ustedes ven. A fines del siglo pasado era otra
cosa. Entonces la afluencia de gente era grande; las limosnas
llovían; las donaciones eran frecuentes; las fiestas lo eran
igualmente. Los frailes eran tenidos en mucho; y en mucho se los
hacía tener a las gentes sencillas un cuadro que representaba una
mujer joven, cuya cabellera la formaban horripilantes serpientes.
Este cuadro se llamaba «
|El
|despeluco de las Aguas.
Una tradición refiere lo siguiente:
Había una bellísima joven, llena de todas las perfecciones y
gracias que en una criatura humana pueden hallarse. Poseía (y era
de lo que estaba más ufana) una linda y abundantísima cabellera,
que era el pasmo de cuantos la miraban. Un día que se contemplaba
al espejo, exclamó llena de soberbia: «Ni
|la Virgen de las
Aguas tiene una cabellera tan bella como la mía». Anúblase
súbitamente el cielo; quedan transformados repentinamente en
asquerosas serpientes los ponderados cabellos; exhala la tierra un
insufrible vapor de azufre; óyese un espantoso y prolongado trueno
y un demonio en hábitos de fraile dominico arrebata por los aires a
la soberbia muchacha, dejando con un palmo de narices a más de
cuatro galanes que suspiraban por ella. Después, se aclaró el
cielo, desapareció el hedor de azufre y todo quedó en calma.
-¿Y no se ha sabido nada más de la muchacha desde que se la
llevó el diablo?, preguntó el inglés.
-Nada, absolutamente, contestó con sencillez el sacristán.
El inglés le preguntó:
|
|
|Esta iglesia está unida a un pequeño convento...
|
-¿No le parece que en esta tradición que usted nos acaba de
narrar hay algunas exageraciones?
-Tal vez hay a alguna, dijo el preguntado, en lo del azufre y en
lo de las serpientes; pero en cuanto a lo del fraile hecho el
diablo por una bonita muchacha no hay ponderación ni exageración
alguna; siendo, como es la cosa más natural del mundo, que aquí se
ve con alguna frecuencia en las muchachas del pueblo; y yo he visto
algunas cosas... ; pero, mejor es callar.
Sir John Bull apuntó en su cartera:
|«En Bogotá se ve con
frecuencia que muchachas del pueblo, bonitas, son arrebatadas por
frailes hechos el diablo, o viceversa, por diablos vueltos
frailes».
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