INDICE

La Serenata

Joaquín Marín

Una Noche de Fiestas

La Docena de Pañuelos

Un Sueño de Dos Colores

El Último Abencerraje o la Trata de Caballos

La Pirámide de Itica-Pol (Viajes por Sur América)

Antiguo Modo de Viajar por el Quindio

Partida del Libertador

Es Mal que Anda

Los Viceversas de Bogotá

La Retreta

Literatura Fosil

Descripción del Puente de Icononzo. Llamado Generalmente de Pandi

Los Artesanos

El Tiempo Vale Dinero

Una Página

¡Lo que Puede un Pie!

Investigaciones sobre algunas Antigüedades

El Paseo Campestre

El Señor Eugenio Díaz

El Alma del Padre Mariño

El Lago de las Serpientes

La Barbería

Las Selvas del Carare

Santafé

La Empleomanía

Un Buque de Vapor

Baile de Sombras

El Desierto de la Candelaria

El Oidor Cortes de Mesa

El Hoyo del Viento

Presentimiento

Noche a Orillas del Meta

La Siembra del Trigo

Reflexiones

El Lazarino

El Manuscrito de mi Tio

Dos Veces Muerto

De Honda a Cartagena

 

LOS VICEVERSAS DE BOGOTÁ

Por Bernardo Torrente

 

VIAJES

I

«No hay cosa como viajar:
El mundo es un libro abierto».
(Fábulas de un ingenio de Guatemala)

Así me dije un día, y tomando una resolución heroica, salíme de mi |rústico albergue, y | caminando por la recta y anchurosa calle de Neiva (vulgo de Los Carneros), di a poco rato con mi humanidad en el lindo y cómodo ferrocarril que de esta ex-monástica ciudad conduce por entre los indolentes cerros de Monserrate y Guadalupe a países ignotos. Todo viajero instruído sabe que este fe­rrocarril, arrancando del Egipto, viene a parar al pinto­resco sitio llamado «Pico de la Guacamaya»; sitio poético sitio de inspiración. Entre los antiguos griegos, aquel que se sentía con |vena (nosotros diríamos embocadura), se ponía en camino para la fuente Hipocrene; fuente que el caballo Pegaso, despidiendo una coz titánica, hizo brotar de la cima del monte Helicona. ¡Coz terrible y portentosa! (entre nosotros sólo algunos diputados al Con­greso pueden dar tan olímpicas patadas). Digo, pues, que el que se sentía con vena, se dirigía a la dicha fuente, y sin necesidad de copa, jarro, totuma o calabazo, se metía en la barriga un diluvio de aquellas cristalinas aguas; y héteme a Periquito convertido de repente en un portentoso orador, en un célebre poeta, o cosa por el estilo. Nosotros en el «Pico de la Guacamaya» tenemos nuestra fuente Hipocrene. ¡Cuántas veces al oír a un congresista, al leer un trozo de algunos de nuestros poetas vibradores, o al escuchar una proclama de alguno de nuestros innu­merables héroes, no he exclamado: «Viva el hombre por­tentoso inspirado por el "Pico de la Guacamaya!"».

Este monumento, que es todo de guijarro, descansa sobre la falda de Monserrate por la parte sur, teniendo a su pie el espumoso río que llaman el Boquerón.

Muchas son las opiniones que acerca de este Pico se han emitido; unos opinan que es un monumento elevado por los chibchas. Otros opinan que es un capricho de la naturaleza, que alguna convulsión geológica lo hizo bro­tar del seno de la tierra. Los que opinan que fue obra de los chibchas, no saben darse cuenta de la época en que fue construído, ni del acontecimiento que diera motivo para su erección.

Hay una antiquísima tradición que parece muy razo­nable, y que presenta, si no una prueba irrecusable, a lo menos apariencias de verdad. Esta tradición es la siguiente:

El pueblo chibcha, dividido en pequeñas parcialidades, sujeto a una guerra civil continua, pobre en medio de la abundancia, y hablando un idioma casi ininteligible; cansado de tantos males, y no esperando nada nuevo de sus consejos y asambleas, que eran (como en nuestros días) muestras del más irreprochable desorden, recurrió a Bochica, su Dios, y haciéndole sacrificios, fervorosas súplicas y elevándole un monumento para que hiciera cesar guerra tan destructora y permitiera que los habitan­tes de Bogotá se entendiesen y comprendiesen, le ofrecie­ron una completa enmienda para lo sucesivo. Pero, sea que Bochica no tuviese confianza en las promesas de un pueblo tan inconstante y novelero, o sea por otra causa que no es del caso averiguar, lo cierto es que el día menos pensado, el Dios de los chibchas tocó con su báculo el cerro de Monserrate, donde estaba el mencionado monu­mento, y al instante empezó un terremoto muy bien ordenado, pues sólo destruyó el obelisco chibcha. Aun hubo una cosa muy rara: en el mismo lugar en que éste estaba, brotó del seno de la tierra una gigantesca guacamaya, animal significativo entre los indios por su variado plu­maje, sus abigarrados colores y porque no hace sino re­petir, sin comprenderlo, lo que una vez ha oído. Bochica tuvo la feliz idea de anunciarles a los indios y a sus descendientes su suerte futura. Asegúrase que en el pico de este animal había unos jeroglíficos que decían: «Nunca os comprenderéis».

Contemplaba yo este obelisco haciendo varias refle­xiones filosóficas, que no quiero contar ni repetir por no pasmar a mis lectores, cuando sentí que por el camino de oriente trotaba un caballo. Un hombre montado venía con dirección al paraje en donde yo me hallaba. Cuando estuvo cerca, se apeó y atando el caballo a unos arbustos, se me acercó, y saludándome con una cortesía matemá­tica, me pidió algunos informes acerca del camino que debía seguir para llegar pronto a Bogotá. Suplicóme le proporcionase un cicerone para que le mostrara y expli­cara lo más notable de la ciudad, y añadió: «en mis dilatados viajes he aprendido que hay en el mundo muchos y extraños viceversas; pero, según recientes informes de varios sabios viajeros, Bogotá es un emporio de los viceversas más estupendos; pudiéndose decir que es un solo y completo viceversa en todo lo tocante a política, religión, comercio, adelantos materiales, etc.». Díjome que se llamaba John Bull, que viajaba para instruirse; y que se tendría por un |dichoso hombre si quisiera yo ad­mitirle en el número de mis amigos. Yo le contesté como bogotano, es decir con una gran cantidad de promesas y una mayor afluéncia de palabras y cumplimientos, en lo que no había un ápice de formalidad. Díjele mi nom­bre (Tequendama, como lo saben mis lectores), y le ofrecí ser seguro cicerone. A esto me contestó con un apretón de manos más expresivo de lo necesario y de lo que a mi tranquilidad corporal conviniera.

Llegó en esto el criado de Sir John Bull, y éste le dijo que se fuera a la posada y que se llevara el caballo, pues quería hacer a pie el camino que | faltaba para entrar a ala ciudad.

Partió el criado, que no era la primera vez que venía a Bogotá; y mi compañero y yo quedamos contemplando el Pico de la Guacamaya. Le conté todo lo que ya saben mis lectores del referido Pico, de lo que el inglés quedó muy maravillado, y yo contento por haber hecho la obra de misericordia |de |enseñar al que no sabe.

II

Emprendimos nuestra marcha Boquerón abajo, distra­yéndonos mirando a varios tritones, máyades y nereidas que en traje natural y de gran confianza retozaban entre las rocas y chorros espumosos del río. Sir John Bull las miraba alelado y no se atrevió a hacerme pregunta alguna; ni yo me di por entendido de su sorpresa.

A poco rato llegamos a un edificio de muy buena cons­trucción, de extensión considerable y en muy buen estado.

-Este edificio, dijo mi compañero, debe ser un esta­blecimiento fabril.

Yo extendí el brazo y le indiqué un letrero tallado en piedra: «Fábrica de tejidos de algodón».

-Good dam, dijo. Esto es muy bueno.

Estando mirando detenidamente este edificio, salió un hombre con algunas piezas de paño burdo; el inglés, des­pués de examinarlas prolija y minuciosamente, preguntó si aquellas telas eran fabricadas en aquel establecimiento, a lo que el obrero le respondió que sí. Sacó en seguida una cartera el inglés y apuntó: |«En Bogotá los tejidos de algodón se hacen de lana sola, al contrario de los paños de lana ingleses que se hacen de puro algodón». ¡Admirable viceversa!

Mi compañero, al ver la antigua fábrica de papel, me dijo: aquel establecimiento será sin duda también de manufacturas.

-Es una fábrica de papel, le dije.

-Yo quiero verla.

Nos dirigimos a la entrada. Apenas habíamos llegado, cuando salieron más de treinta bestias cargadas de sacos.

-¿Aquí se conduce el papel en sacos? preguntó el in­glés.

-Lo que usted está viendo no es papel sino harina de trigo; pues la fábrica de papel se ha convertido en mo­lino de pan, le contesté.

Volvió a sacar John Bull su cartera y escribió: |«En Bogotá el que sabe hacer papel, puede hacer mucho pan».

-¿Y | qué tal papel salía de esa fábrica?

-Muy malo, respondí; pues aunque algunos temerarios dicen que el mundo nos contempla, que vamos a la vanguardia de la civilización, en esto de hacer papel no adelantamos gran cosa.

Sir John Bull me mostró el campanario de la iglesia de las Aguas, y manifestó que quería verla de cerca.

Un hombre que pasó casualmente por allí y había oído las últimas palabras de mi compañero se nos acercó y saludándonos atentamente, nos dijo que él nos con­duciría, pues era el sacristán de aquella iglesia, y que con mucho placer nos informaría de todo lo relativo a ella.

Mi compañero le dió algunas monedas y marchamos.

-Esta iglesia (dijo el sacristán), está unida a un peque­ño convento y pertenecía a los frailes dominicos.

Después que entramos y hubimos admirado el com­pleto desorden, deterioro y abandono de la iglesia, me dijo mi compañero: el abandono de estos templos, en esta ciudad tan católica romana, me prueba más y más lo que antes me habían asegurado: que Bogotá es la ciudad de los viceversas. Vea usted, entre los egipcios, entre los bramas, entre los kurdos y entre muchísimas nacio­nes que no profesaban la religión verdadera, sino una idolatría ridícula, los sacerdotes, que tanto engordaban con las preocupaciones de los pueblos, cuidaban de que los templos fueran los lugares más aseados y de que sus adornos fueran los más esmerados.

-Esta iglesia, dijo el sacristán, hará como cincuenta años que no produce grandes ganancias a los sacerdotes; así es que se halla en el estado en que ustedes ven. A fines del siglo pasado era otra cosa. Entonces la afluen­cia de gente era grande; las limosnas llovían; las donaciones eran frecuentes; las fiestas lo eran igualmente. Los frailes eran tenidos en mucho; y en mucho se los hacía tener a las gentes sencillas un cuadro que representaba una mujer joven, cuya cabellera la formaban horripilan­tes serpientes. Este cuadro se llamaba « |El |despeluco de las Aguas. Una tradición refiere lo siguiente:

Había una bellísima joven, llena de todas las perfec­ciones y gracias que en una criatura humana pueden ha­llarse. Poseía (y era de lo que estaba más ufana) una linda y abundantísima cabellera, que era el pasmo de cuantos la miraban. Un día que se contemplaba al es­pejo, exclamó llena de soberbia: «Ni |la Virgen de las Aguas tiene una cabellera tan bella como la mía». Anú­blase súbitamente el cielo; quedan transformados repen­tinamente en asquerosas serpientes los ponderados ca­bellos; exhala la tierra un insufrible vapor de azufre; óyese un espantoso y prolongado trueno y un demonio en hábitos de fraile dominico arrebata por los aires a la soberbia muchacha, dejando con un palmo de narices a más de cuatro galanes que suspiraban por ella. Después, se aclaró el cielo, desapareció el hedor de azufre y todo quedó en calma.

-¿Y no se ha sabido nada más de la muchacha desde que se la llevó el diablo?, preguntó el inglés.

-Nada, absolutamente, contestó con sencillez el sa­cristán.

El inglés le preguntó:

3cuac.jpg (43794 bytes)
|Esta iglesia está unida a un pequeño convento...

-¿No le parece que en esta tradición que usted nos acaba de narrar hay algunas exageraciones?

-Tal vez hay a alguna, dijo el preguntado, en lo del azufre y en lo de las serpientes; pero en cuanto a lo del fraile hecho el diablo por una bonita muchacha no hay ponderación ni exageración alguna; siendo, como es la cosa más natural del mundo, que aquí se ve con alguna frecuencia en las muchachas del pueblo; y yo he visto algunas cosas... ; pero, mejor es callar.

Sir John Bull apuntó en su cartera: |«En Bogotá se ve con frecuencia que muchachas del pueblo, bonitas, son arrebatadas por frailes hechos el diablo, o viceversa, por diablos vueltos frailes».

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