INDICE

La Serenata

Joaquín Marín

Una Noche de Fiestas

La Docena de Pañuelos

Un Sueño de Dos Colores

El Último Abencerraje o la Trata de Caballos

La Pirámide de Itica-Pol (Viajes por Sur América)

Antiguo Modo de Viajar por el Quindio

Partida del Libertador

Es Mal que Anda

Los Viceversas de Bogotá

La Retreta

Literatura Fosil

Descripción del Puente de Icononzo. Llamado Generalmente de Pandi

Los Artesanos

El Tiempo Vale Dinero

Una Página

¡Lo que Puede un Pie!

Investigaciones sobre algunas Antigüedades

El Paseo Campestre

El Señor Eugenio Díaz

El Alma del Padre Mariño

El Lago de las Serpientes

La Barbería

Las Selvas del Carare

Santafé

La Empleomanía

Un Buque de Vapor

Baile de Sombras

El Desierto de la Candelaria

El Oidor Cortes de Mesa

El Hoyo del Viento

Presentimiento

Noche a Orillas del Meta

La Siembra del Trigo

Reflexiones

El Lazarino

El Manuscrito de mi Tio

Dos Veces Muerto

De Honda a Cartagena

 

JOAQUIN MARIN

Por José Caicedo Rojas

 

Estaba yo ausente de Bogotá cuando recibí la noticia de la muerte de Guarín. Temiendo haber sido mal in­formado, ya sobre el hecho mismo, ya sobre las circuns­tancias que lo hubieran acompañado, y no queriendo dar crédito a una cosa que para mí era imposible, escribí inmediatamente a un amigo mío, suplicándole me informase de lo que había en el particular, y, si por desgracia aquella noticia era cierta, me comunicase todos los pormenores de ella. El me contestó la carta que a continuación se verá, y que vale bien por una sentida necrología.

Aunque ésta es una carta puramente familiar, y como tal entra en ciertas interioridades ajenas de cualquiera otra clase de escrito, no creo que los pormenores que ella contiene puedan carecer de interés para las personas que conocieron y supieron apreciar el mérito del joven Guarín.

________

Mi querido amigo:

Me pides que te hable de Guarín, y me preguntas por qué no he escrito su necrología... La necrología de Guarín.. . ¡Palabras terribles que jamás me figuré tuviera que pronunciar, y que ni por la imaginación me habían pasado!...

¿Y para qué sería bueno escribir lo que tú llamas la necrología de Guarín? ¡Se escriben tantas cosas de cual­quiera que muere! La sola palabra necrología, ya gastada y sin resortes ¿no sería suficiente motivo para que el más sentido recuerdo de nuestro amigo fuese visto con indi­ferencia, y aun tal vez con repugnancia? Por lo que hace a la biografía de este joven extraordinario, paréceme que aún no es tiempo de escribirla: aguardemos mejor época, y por ahora libremos la memoria del genio del ultraje de la indiferencia, y aun del desprecio de los contempo­ráneos, y contentémonos con llorar en secreto su pérdida, aquellos que supimos apreciar lo que valía.

Así que esto, que en tono bajo y familiar te escribo, tenlo y guárdalo como cosa privada, que no debe ver la luz pública, sino solamente quedar dentro del reducido círculo de algunos amigos que sepan sentir como tú y como yo.

Hacía algún tiempo que no veía yo a Guarín, porque los maldecidos acontecimientos del mes de abril (1854), y la distancia de una milla a que vivíamos uno de otro, nos habían separado; cuando a mediados de agosto me propuse arriesgar |mi |personalidad en la calle, y como una rata que atraviesa velozmente de un agujero a otro, me presenté en su casa una tarde, Agradecióme él sin duda esta visita, y me recibió, como siempre, con los brazos abiertos. No hay satisfacción más grande que la que se experimenta al ver el júbilo sincero, natural y espontáneo que la presencia de uno produce en casa de un verdadero amigo: aquellas caras alegres de amos y criados, que asoman por todas partes, aquellas sonrisas amables, aquellas carreras de los niños que anuncian bulliciosamente la llegada, serían capaces de romper un corazón menos elástico que el que Dios nos ha dado para amar. «Vengo a ver |nuestro nuevo departamento, le dije, cuyo arreglo me ha anunciado usted hace tanto tiempo». En efecto, me condujo a las piezas que había preparado con tanto gusto como profusión y elegancia; porque tú sabes que aunque Guarín no era rico, era grande y rumboso en todas sus cosas, pero sin afectación ni bambolla, y que su bolsillo jamás se cerraba para proporcionarse todas las comodidades de la vida. En aquel departamento, compuesto de una sala, un gabinete y un jardín, que apenas comenzaba a plantar con sus manos, había colocado ya su magnífico piano de cola, y veíanse amontonados aqui y allí en un gracioso desorden, que pudiera compararse al delirio de un amante, las óperas de Bellini, Donizzetti, Mozart y Verdi; las sinfonías de Haydn y Beethoven, libros preciosos, |álbumes riquísimos, bustos y estatuitas de mármol, retratos de todas las notabilidades artísticas, cuadros de Vásquez, lámparas de bronce, relojes histo­riados, periódicos de todos géneros, fósiles y otras cu­riosidades geológicas. En igual desorden estaba su pequeña biblioteca: aquí andaba por el suelo fray Luis de Granada con Humboldt; por allá estaba la Biblia con César Cantú; por aquí Juan Flórez y Ocariz con Lamartine y Bossuet; allá las obras de Gaume con Dumas y Feijóo; y en otro rincón, Cervantes con Kempis, el diamante empastado, como él le llamaba.

En medio de este acervo de cosas tomé asiento en una poltrona que allí estaba, y supliqué a Guarín tocase una de mis fantasías favoritas. Con aquella condescendencia que le era genial, se sentó al piano y ejecutó admirable­mente |el sueño, luego |ie roulis, fantasía marina, y otra cuyo nombre no recuerdo, todas del género que Guarín y yo llamábamos música |contemplativa.

Con la última nota que expiró entre sus dedos como un eco lejano, brotó de sus ojos una lágrima furtiva, que se apresuró a enjugar con disimulo, a tiempo que yo sacaba mi pañuelo para enjugar otra que respondía a la suya, producidas ambas por las mismas emociones, y tal vez... por un mismo presentimiento.

Para mejor disimular, me dijo levantándose negligentemente del piano:

-Si es cierto que el Angel del Juicio ha venido ya a la tierra en forma humana, creo que no será el único ángel que haya bajado a visitar a los hombres: el autor de estas melodías indefinibles lo era también sin duda.

-Así es, le contesté: sólo un ángel puede tener pensa­mientos del cielo.

Permíteme que continúe refiriéndote este diálogo, por la significación que tiene para mí.

-¿Qué ha hecho usted en todo este tiempo?, me dijo.

-Creo haber hecho algo de provecho, le contesté; he complementado mi matrimonio, |velándome.

-Las circunstancias son muy tristes.

-Por lo mismo.

-¡Y se confesaría usted!, añadió sonriéndose.

-Es condición |sine qua non, le contesté con una seriedad verdaderamente diplomática; y lo he hecho con el mayor placer. ¿Usted se ha reconciliado alguna vez con un amigo enojado?

-No tengo amigos que se enojen.

-¡Cierto!, ¡quién había de enojarse con usted!

-¡Pero bien! ...

-Ha sido un día muy feliz para mí; porque lo son todos aquellos en que veo feliz a mi esposa... ¡Y después no hay cosa más dulce que reconciliarse con el mejor de los amigos, y por consiguiente con el prójimo! Ni hay cosa más sabrosa que saldar cuentas con la conciencia y con el mundo.

-Usted me está provocando, dijo alargándome la ma­no, voy a confesarme. Hacía algún tiempo que por una inspiración secreta lo deseaba, y usted es el ángel que viene a conducirme.

De allí mismo me dirigí al convento vecino a hablar con el santo religioso que con tanta paciencia había oído mis pecados, y quedó arreglada su entrevista con mi amigo.

Ocho días después, Guarín, esa alma candorosa y sen­cilla, en que no había un solo punto negro, estaba limpio como una paloma, y puro como el agua que salta de la roca. Tres meses más tarde hizo su tercera confesión en el lecho del dolor, ¡y fue la última! ...

La siguiente visita que hice a Guarín después de la escena que acabo de referirte, me proporcionó un momento feliz: él estaba fuera de casa, pero me recibió su bella y amable esposa con las demostraciones más vivas de gratitud.

-Usted es nuestro mejor, nuestro verdadero amigo, me dijo entre otras cosas. Yo me congratulé con aquella al­ma piadosa y llena de candor, sin esquivar sus palabras lisonjeras, y me instalé en mi poltrona favorita, diciendo a la joven compañera de Guarín:

-Aquí se respira por todas partes un perfume de feli­cidad inexplicable. ¡Cuán dichosos son ustedes! Sólo yo puedo comprender esa dicha. Una sonrisa acompañada de un suspiro fue su única respuesta. El corazón de la mujer es el verdadero magnetismo que adivina los sucesos al través de los tiempos y de los lugares...

A pocos momentos entró él, lleno de un alborozo casi infantil: los religiosos de Santo Domingo acababan de regalarle una Magdalena de Vásquez, que colocó al frente de otros dos bellos cuadros. Un buen cuarto de hora gastamos en observar aquella pintura cuyo paisaje nos parecía, aunque legos en el arte, demasiado bueno para ser del pincel de Vásquez, que, según los conocedores, no era muy fuerte en este género, o por lo menos se le tacha de amanerado.

Guarín, que en sus últimos días hallaba en todo una especie de tinte místico, sin duda porque su alma estaba preparándose ya para volar a las mansiones celestes, me dijo: «este regalo tiene una gran significación, y es una rara coincidencia». En efecto, no pude menos de recono­cer con admiración en aquel lienzo animado un elocuente aviso de |perseverancia.

En las dos o tres veces que estuve después en casa de Guarín, siempre huyendo de ser conocido en la calle, no ocurrió nada de notable; pero no quiero dejar de re­ferirte una circunstancia que, aunque insignificante a primera vista, me ha preocupado mucho después de la catástrofe que lamentamos. Sobre un elegante armario de rosa tenía siempre nuestro amigo una pequeña redomade porcelana, de cuello estrecho, y en ella conservaba una flor, una sola flor, que sin duda renovaba todos los días. La primera vez que hice alto en esta flor aislada y solitaria, lejos de mirarla como un emblema de soledad y de viu­dez, sólo vi en ello un capricho de artista, o tal vez una casualidad; pero fue tan repetida mi observación, que al fin le dije:

-¿Es usted partidario de los floreros |unitarios? Para un soltero sería un bello emblema de amor.

-No entiendo el lenguaje de las flores, me dijo; y un preludio vago y distraído que murmuró en el piano, cortó nuestro dialoga, que sin duda, había herido su corazón con una espina.

¿Era esta flor un terrible pregón de desgracia para su esposa, o tal vez para mí? Por tal lo he traducido yo después.

Soy muy susceptible a esta clase de impresiones producidas por tristes coincidencias. Por vía de episodio, y como se trata de asuntos familiares, te referiré una anécdota bien singualr y que te interesará por ser amigo de las personas que en ella figuran. Cuando el malogrado general Acosta y yo exhumábamos el cadáver de nuestro amigo el general Acevedo, notó aquel que en la caja exterior en que debíamos depositarlo, formada de tablas de pino, estaban casualmente estampadas las iniciales J. A., que lo eran de José Acevedo y también de Joaquín Acosta, y debajo esta palabra francesa |fragile... La conmoción que experimentó Acosta fue visible, y diri­giéndose a mí, «¿qué dice usted de eso?», me preguntó. «Que es una especie de epitafio bien epigramático», le contesté. Un mes después de esto murió el general Acosta, y su cadáver fue colocado en la bóveda que ocupaba el del general Acevedo. Refiriendo yo esta triste anécdota a Guarín, me dijo: «¡Amigo!, crea usted, que el cielo nos anuncia muchas cosas que pasan desapercibidas para nosotros... Esta vida no es más que un |canon, para hablarle a usted en términos del arte; una |fuga, como deci­mos los músicos, en que nos vamos alcanzando unos a otros en diferentes entonaciones y claves, pero siempre en el mismo tema, y siempre |al final.

Volvamos a nuestro pobre amigo. Todavía has de ad­mirar dos cosas que tú llamarás pequeñeces, si quieres. Quince días antes de su muerte se hizo retratar por ter­cera o cuarta vez, y llevó el retrato a su esposa, diciéndole que era |un regalo que quería hacerle. Esto fue en medio de los días más aciagos de la revolución.

Por ese mismo tiempo la esposa de Guarín había en­cargado a un amigo suyo que le hiciese un pequeño dibujo con el cabello de, su primer hijito, que ya había muerto. Este amigo, encontrando a Guarín en la calle, le cortó casi por la fuerza, una guedeja de pelo, y pocos días des­pués, en el cumpleaños de la señora, le remitió un primo­roso trabajo compuesto del cabello de entrambos. Este amigo había adivinado que, a aquel primer dardo que había desgarrado el corazón de la madre, debía seguirse bien pronto otro que desgarrase el corazón de la esposa.

El día 4 de diciembre se batían en las calles y casas de Bogotá, catorce mil hombres: era el combate del crimen con la virtud, de la nación con algunos granadinos desnaturalizados; ¡era la lucha de la serpiente con el cóndor, en medio de esta tempestad de dos días, que derribó tantos árboles, orgullo de la patria, y que agostó en flor tanta mies, el genio se extinguía al soplo de una fiebre violenta; Guarín apenas respiraba ya, acometido por crueles paroxismos. ¡Momentos terribles! Su casa era un campo de batalla; los soldados constitucionales que atacaban ciudad por el oriente, se habían apoderado de ella; el vi fuego de fusilería se hacía a diez pasos del lecho mortuorio; los toques de corneta, las voces de mando se daban casi a su cabecera; los fantasmas que el agonizante joven veía en su delirio, no eran fantasmas... eran los oficia y soldados que, después de dar la muerte al enemigo iban a socorrer al pobre febricitante, a sujetar al desdichado que había perdido la razón por la afección cerebral y de allí volvían a cargar su fusil o a desenvainar la espada... Algo muy extraordinario debía haber, y en efecto lo hubo, en la muerte de Guarín...

Haydn, a quien tanto admiraba nuestro joven compo­sitor, murió en circunstancias idénticas; y refiriéndome éste los últimos momentos del profesor alemán, se estre­mecía. «Figúrese usted, me decía, que la ciudad de Viena era un infierno y el combate que se había trabado en sus calles y casas con el ejército francés que la sitiaba, era horrible. Haydn estaba expirando, y en vez de las dulces armonías que debían haber acompañado sus últimos instantes, sólo oía a su rededor las multiplicadas detonacio­nes del cañón, de las bombas y fusiles, los gritos de guerra, los lamentos de los heridos; ¡el humo de la pólvora le sofocaba!.... ¡Si el gran maestro conservaba su razón, debió creer por un momento que estaba ya irremisiblemente condenado!» ¡Quién hubiera dicho a nuestro Guarín que en aquella relación que le aterraba, hacía la de su propia muerte!

Los defensores de la ley, del orden y de la moral triunfaron al fin. |Guarín, que esperaba saludarlos con alegres canciones, no vio su triunfo, como tampoco sus |amigos hemos gozado de él. La Providencia, que tenía levantado el brazo de su justicia sobre esta ciudad por las blasfemias y abominaciones de sus moradores, nos perdonó como a Isaac, pero señaló víctimas. Os concedo la paz, dijo, pero a condición de arrebataros seres bien queridos... El cambio se efectuó, y Bogotá y la patria, y el arte: quedaron huérfanos; y Herrera, y Mendoza, y Olarte, y Caro y Guarín y otros varios perecieron en aquel día de ira y de clemencia.

Las exequias se hicieron en la iglesia de la Candelaria el 6... aquél día funesto en que Bogotá lloraba cubierta de luto; en que no se oía sino el lúgubre concierto de mil campanas, las detonaciones del cañón y los tristes lamentos de una población entera; en que por todas par­tes y a todas horas tropezaba el transeunte con un fére­tro, con un cortejo funerario.

Se cantó el magnífico oficio de difuntos que el mismo |Guarín había compuesto; y aquellas lecciones llenas de sublime melancolía, aquellas notas llenas de lastimera inspiración, subiendo del coro a las bóvedas del templo, para reflejarse después sobre el mismo que las había dictado, ¿no eran parte a despertarlo de su último sueño?

Una señorita, discípula suya, dotada de un alma gran­de y de una sensibilidad exquisita, se adelantó al cata­falco, en el momento solemne del miserere, y colocando sobre él dos coronas de ciprés e inmortales, lo regó con un río de lágrimas.

Aunque las circunstancias eran poco propicias para desplegar toda la pompa fúnebre del caso, sin embargo, la orquesta fue más numerosa de lo que era de esperarse, y en ella se veían algunos extranjeros que iban a pagar su postrera deuda de admiración y de amistad. Yo mismo tomé parte en aquellas tristes armonías, y más de una vez dejé el instrumento para enjugar las lágrimas, al par de mis desolados compañeros.

Al declinar el día marchábamos silenciosos por la ave­nida del cementerio algunos amigos que llevábamos en hombros aquellos restos queridos, los cuales dejamos en su lecho de tierra, dándoles el adiós postrero en medio de sollozos. El sol se despedía también en aquel momen­to de nuestro amigo, haciendo penetrar tímidamente sus últimos rayos por entre las arboleda del panteón, y dorando con ellos las rosas que se mecían tristemente en­frente de aquella tumba que iba a cerrarse.

Al siguiente día una mano desconocida escribió sobre el calicanto que cerraba la entrada de la bóveda, estas palabras latinas:

Aes rodit tempus, rodere corda nequit;

pensamiento que vendrá mejor cuando la futura civili­zación de nuestro país haya levantado a la memoria de |Guarín un monumento duradero.

|Guarín contaba apenas 29 años cuando murió. Había sido feliz: tú sabes que su carácter apacible y bondadoso, su ingenuidad y sencillez, su jovialidad bogotana, su ex­celente corazón, lo hacían dichoso en el recinto doméstico y fuera de él. Tenía tantos amigos y admiradores cuan­tas personas le conocían, porque sabía hacerse agradable a todo el mundo, y poseía aquel imán secreto y misterioso que se atrae todas las simpatías. Pero había sufrido ya grandes golpes: en edad temprana perdió a su madre, quedando huérfano, y mas tarde dos hijos varones, uno de ellos de edad de seis años.

Creo haber satisfecho en lo posible tus deseos, hacién­dote la sencilla relación de pormenores que sin duda tendrán un grande interés para tí, y que no he podido re­cordar sin profunda emoción, y sin verter una lágrima de dolor. -Tu amigo, ***

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