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JOAQUIN MARIN
Por José Caicedo Rojas
Estaba yo ausente de Bogotá cuando recibí la noticia de la
muerte de Guarín. Temiendo haber sido mal informado, ya sobre el
hecho mismo, ya sobre las circunstancias que lo hubieran
acompañado, y no queriendo dar crédito a una cosa que para mí era
imposible, escribí inmediatamente a un amigo mío, suplicándole me
informase de lo que había en el particular, y, si por desgracia
aquella noticia era cierta, me comunicase todos los pormenores de
ella. El me contestó la carta que a continuación se verá, y que
vale bien por una sentida necrología.
Aunque ésta es una carta puramente familiar, y como tal entra en
ciertas interioridades ajenas de cualquiera otra clase de escrito,
no creo que los pormenores que ella contiene puedan carecer de
interés para las personas que conocieron y supieron apreciar el
mérito del joven Guarín.
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Mi querido amigo:
Me pides que te hable de Guarín, y me preguntas por qué no he
escrito su necrología... La necrología de Guarín.. . ¡Palabras
terribles que jamás me figuré tuviera que pronunciar, y que ni por
la imaginación me habían pasado!...
¿Y para qué sería bueno escribir lo que tú llamas la necrología
de Guarín? ¡Se escriben tantas cosas de cualquiera que muere! La
sola palabra necrología, ya gastada y sin resortes ¿no sería
suficiente motivo para que el más sentido recuerdo de nuestro amigo
fuese visto con indiferencia, y aun tal vez con repugnancia? Por
lo que hace a la biografía de este joven extraordinario, paréceme
que aún no es tiempo de escribirla: aguardemos mejor época, y por
ahora libremos la memoria del genio del ultraje de la indiferencia,
y aun del desprecio de los contemporáneos, y contentémonos con
llorar en secreto su pérdida, aquellos que supimos apreciar lo que
valía.
Así que esto, que en tono bajo y familiar te escribo, tenlo y
guárdalo como cosa privada, que no debe ver la luz pública, sino
solamente quedar dentro del reducido círculo de algunos amigos que
sepan sentir como tú y como yo.
Hacía algún tiempo que no veía yo a Guarín, porque los
maldecidos acontecimientos del mes de abril (1854), y la distancia
de una milla a que vivíamos uno de otro, nos habían separado;
cuando a mediados de agosto me propuse arriesgar
|mi
|personalidad en la calle, y como una rata que atraviesa
velozmente de un agujero a otro, me presenté en su casa una tarde,
Agradecióme él sin duda esta visita, y me recibió, como siempre,
con los brazos abiertos. No hay satisfacción más grande que la que
se experimenta al ver el júbilo sincero, natural y espontáneo que
la presencia de uno produce en casa de un verdadero amigo: aquellas
caras alegres de amos y criados, que asoman por todas partes,
aquellas sonrisas amables, aquellas carreras de los niños que
anuncian bulliciosamente la llegada, serían capaces de romper un
corazón menos elástico que el que Dios nos ha dado para amar.
«Vengo a ver
|nuestro nuevo departamento, le dije, cuyo
arreglo me ha anunciado usted hace tanto tiempo». En efecto, me
condujo a las piezas que había preparado con tanto gusto como
profusión y elegancia; porque tú sabes que aunque Guarín no era
rico, era grande y rumboso en todas sus cosas, pero sin afectación
ni bambolla, y que su bolsillo jamás se cerraba para proporcionarse
todas las comodidades de la vida. En aquel departamento, compuesto
de una sala, un gabinete y un jardín, que apenas comenzaba a
plantar con sus manos, había colocado ya su magnífico piano de
cola, y veíanse amontonados aqui y allí en un gracioso desorden,
que pudiera compararse al delirio de un amante, las óperas de
Bellini, Donizzetti, Mozart y Verdi; las sinfonías de Haydn y
Beethoven, libros preciosos,
|álbumes riquísimos, bustos y
estatuitas de mármol, retratos de todas las notabilidades
artísticas, cuadros de Vásquez, lámparas de bronce, relojes
historiados, periódicos de todos géneros, fósiles y otras
curiosidades geológicas. En igual desorden estaba su pequeña
biblioteca: aquí andaba por el suelo fray Luis de Granada con
Humboldt; por allá estaba la Biblia con César Cantú; por aquí Juan
Flórez y Ocariz con Lamartine y Bossuet; allá las obras de Gaume
con Dumas y Feijóo; y en otro rincón, Cervantes con Kempis, el
diamante empastado, como él le llamaba.
En medio de este acervo de cosas tomé asiento en una poltrona
que allí estaba, y supliqué a Guarín tocase una de mis fantasías
favoritas. Con aquella condescendencia que le era genial, se sentó
al piano y ejecutó admirablemente
|el sueño, luego
|ie
roulis, fantasía marina, y otra cuyo nombre no recuerdo, todas
del género que Guarín y yo llamábamos música
|contemplativa.
Con la última nota que expiró entre sus dedos como un eco
lejano, brotó de sus ojos una lágrima furtiva, que se apresuró a
enjugar con disimulo, a tiempo que yo sacaba mi pañuelo para
enjugar otra que respondía a la suya, producidas ambas por las
mismas emociones, y tal vez... por un mismo presentimiento.
Para mejor disimular, me dijo levantándose negligentemente del
piano:
-Si es cierto que el Angel del Juicio ha venido ya a la tierra
en forma humana, creo que no será el único ángel que haya bajado a
visitar a los hombres: el autor de estas melodías indefinibles lo
era también sin duda.
-Así es, le contesté: sólo un ángel puede tener pensamientos
del cielo.
Permíteme que continúe refiriéndote este diálogo, por la
significación que tiene para mí.
-¿Qué ha hecho usted en todo este tiempo?, me dijo.
-Creo haber hecho algo de provecho, le contesté; he
complementado mi matrimonio,
|velándome.
-Las circunstancias son muy tristes.
-Por lo mismo.
-¡Y se confesaría usted!, añadió sonriéndose.
-Es condición
|sine qua non, le contesté con una
seriedad verdaderamente diplomática; y lo he hecho con el mayor
placer. ¿Usted se ha reconciliado alguna vez con un amigo
enojado?
-No tengo amigos que se enojen.
-¡Cierto!, ¡quién había de enojarse con usted!
-¡Pero bien! ...
-Ha sido un día muy feliz para mí; porque lo son todos aquellos
en que veo feliz a mi esposa... ¡Y después no hay cosa más dulce
que reconciliarse con el mejor de los amigos, y por consiguiente
con el prójimo! Ni hay cosa más sabrosa que saldar cuentas con la
conciencia y con el mundo.
-Usted me está provocando, dijo alargándome la mano, voy a
confesarme. Hacía algún tiempo que por una inspiración secreta lo
deseaba, y usted es el ángel que viene a conducirme.
De allí mismo me dirigí al convento vecino a hablar con el santo
religioso que con tanta paciencia había oído mis pecados, y quedó
arreglada su entrevista con mi amigo.
Ocho días después, Guarín, esa alma candorosa y sencilla, en
que no había un solo punto negro, estaba limpio como una paloma, y
puro como el agua que salta de la roca. Tres meses más tarde hizo
su tercera confesión en el lecho del dolor, ¡y fue la última!
...
La siguiente visita que hice a Guarín después de la escena que
acabo de referirte, me proporcionó un momento feliz: él estaba
fuera de casa, pero me recibió su bella y amable esposa con las
demostraciones más vivas de gratitud.
-Usted es nuestro mejor, nuestro verdadero amigo, me dijo entre
otras cosas. Yo me congratulé con aquella alma piadosa y llena de
candor, sin esquivar sus palabras lisonjeras, y me instalé en mi
poltrona favorita, diciendo a la joven compañera de Guarín:
-Aquí se respira por todas partes un perfume de felicidad
inexplicable. ¡Cuán dichosos son ustedes! Sólo yo puedo comprender
esa dicha. Una sonrisa acompañada de un suspiro fue su única
respuesta. El corazón de la mujer es el verdadero magnetismo que
adivina los sucesos al través de los tiempos y de los
lugares...
A pocos momentos entró él, lleno de un alborozo casi infantil:
los religiosos de Santo Domingo acababan de regalarle una Magdalena
de Vásquez, que colocó al frente de otros dos bellos cuadros. Un
buen cuarto de hora gastamos en observar aquella pintura cuyo
paisaje nos parecía, aunque legos en el arte, demasiado bueno para
ser del pincel de Vásquez, que, según los conocedores, no era muy
fuerte en este género, o por lo menos se le tacha de amanerado.
Guarín, que en sus últimos días hallaba en todo una especie de
tinte místico, sin duda porque su alma estaba preparándose ya para
volar a las mansiones celestes, me dijo: «este regalo tiene una
gran significación, y es una rara coincidencia». En efecto, no pude
menos de reconocer con admiración en aquel lienzo animado un
elocuente aviso de
|perseverancia.
En las dos o tres veces que estuve después en casa de Guarín,
siempre huyendo de ser conocido en la calle, no ocurrió nada de
notable; pero no quiero dejar de referirte una circunstancia que,
aunque insignificante a primera vista, me ha preocupado mucho
después de la catástrofe que lamentamos. Sobre un elegante armario
de rosa tenía siempre nuestro amigo una pequeña redomade porcelana,
de cuello estrecho, y en ella conservaba una flor, una sola flor,
que sin duda renovaba todos los días. La primera vez que hice alto
en esta flor aislada y solitaria, lejos de mirarla como un emblema
de soledad y de viudez, sólo vi en ello un capricho de artista, o
tal vez una casualidad; pero fue tan repetida mi observación, que
al fin le dije:
-¿Es usted partidario de los floreros
|unitarios? Para un
soltero sería un bello emblema de amor.
-No entiendo el lenguaje de las flores, me dijo; y un preludio
vago y distraído que murmuró en el piano, cortó nuestro dialoga,
que sin duda, había herido su corazón con una espina.
¿Era esta flor un terrible pregón de desgracia para su esposa, o
tal vez para mí? Por tal lo he traducido yo después.
Soy muy susceptible a esta clase de impresiones producidas por
tristes coincidencias. Por vía de episodio, y como se trata de
asuntos familiares, te referiré una anécdota bien singualr y que te
interesará por ser amigo de las personas que en ella figuran.
Cuando el malogrado general Acosta y yo exhumábamos el cadáver de
nuestro amigo el general Acevedo, notó aquel que en la caja
exterior en que debíamos depositarlo, formada de tablas de pino,
estaban casualmente estampadas las iniciales J. A., que lo eran de
José Acevedo y también de Joaquín Acosta, y debajo esta palabra
francesa
|fragile... La conmoción que experimentó Acosta fue
visible, y dirigiéndose a mí, «¿qué dice usted de eso?», me
preguntó. «Que es una especie de epitafio bien epigramático», le
contesté. Un mes después de esto murió el general Acosta, y su
cadáver fue colocado en la bóveda que ocupaba el del general
Acevedo. Refiriendo yo esta triste anécdota a Guarín, me dijo:
«¡Amigo!, crea usted, que el cielo nos anuncia muchas cosas que
pasan desapercibidas para nosotros... Esta vida no es más que un
|canon, para hablarle a usted en términos del arte; una
|fuga, como decimos los músicos, en que nos vamos alcanzando
unos a otros en diferentes entonaciones y claves, pero siempre en
el mismo tema, y siempre
|al final.
Volvamos a nuestro pobre amigo. Todavía has de admirar dos
cosas que tú llamarás pequeñeces, si quieres. Quince días antes de
su muerte se hizo retratar por tercera o cuarta vez, y llevó el
retrato a su esposa, diciéndole que era
|un regalo que quería
hacerle. Esto fue en medio de los días más aciagos de la
revolución.
Por ese mismo tiempo la esposa de Guarín había encargado a un
amigo suyo que le hiciese un pequeño dibujo con el cabello
de, su primer hijito, que ya había muerto. Este amigo,
encontrando a Guarín en la calle, le cortó casi por la fuerza, una
guedeja de pelo, y pocos días después, en el cumpleaños de la
señora, le remitió un primoroso trabajo compuesto del cabello de
entrambos. Este amigo había adivinado que, a aquel primer dardo que
había desgarrado el corazón de la madre, debía seguirse bien pronto
otro que desgarrase el corazón de la esposa.
El día 4 de diciembre se batían en las calles y casas de Bogotá,
catorce mil hombres: era el combate del crimen con la virtud, de la
nación con algunos granadinos desnaturalizados; ¡era la lucha de la
serpiente con el cóndor, en medio de esta tempestad de dos días,
que derribó tantos árboles, orgullo de la patria, y que agostó en
flor tanta mies, el genio se extinguía al soplo de una fiebre
violenta; Guarín apenas respiraba ya, acometido por crueles
paroxismos. ¡Momentos terribles! Su casa era un campo de batalla;
los soldados constitucionales que atacaban ciudad por el oriente,
se habían apoderado de ella; el vi fuego de fusilería se hacía a
diez pasos del lecho mortuorio; los toques de corneta, las voces de
mando se daban casi a su cabecera; los fantasmas que el agonizante
joven veía en su delirio, no eran fantasmas... eran los oficia y
soldados que, después de dar la muerte al enemigo iban a socorrer
al pobre febricitante, a sujetar al desdichado que había perdido la
razón por la afección cerebral y de allí volvían a cargar su fusil
o a desenvainar la espada... Algo muy extraordinario debía haber, y
en efecto lo hubo, en la muerte de Guarín...
Haydn, a quien tanto admiraba nuestro joven compositor, murió
en circunstancias idénticas; y refiriéndome éste los últimos
momentos del profesor alemán, se estremecía. «Figúrese usted, me
decía, que la ciudad de Viena era un infierno y el combate que se
había trabado en sus calles y casas con el ejército francés que la
sitiaba, era horrible. Haydn estaba expirando, y en vez de las
dulces armonías que debían haber acompañado sus últimos instantes,
sólo oía a su rededor las multiplicadas detonaciones del cañón, de
las bombas y fusiles, los gritos de guerra, los lamentos de los
heridos; ¡el humo de la pólvora le sofocaba!.... ¡Si el gran
maestro conservaba su razón, debió creer por un momento que estaba
ya irremisiblemente condenado!» ¡Quién hubiera dicho a nuestro
Guarín que en aquella relación que le aterraba, hacía la de su
propia muerte!
Los defensores de la ley, del orden y de la moral triunfaron al
fin.
|Guarín, que esperaba saludarlos con alegres canciones,
no vio su triunfo, como tampoco sus
|amigos hemos gozado de
él. La Providencia, que tenía levantado el brazo de su justicia
sobre esta ciudad por las blasfemias y abominaciones de sus
moradores, nos perdonó como a Isaac, pero señaló víctimas. Os
concedo la paz, dijo, pero a condición de arrebataros seres bien
queridos... El cambio se efectuó, y Bogotá y la patria, y el arte:
quedaron huérfanos; y Herrera, y Mendoza, y Olarte, y Caro y Guarín
y otros varios perecieron en aquel día de ira y de clemencia.
Las exequias se hicieron en la iglesia de la Candelaria el 6...
aquél día funesto en que Bogotá lloraba cubierta de luto; en que no
se oía sino el lúgubre concierto de mil campanas, las detonaciones
del cañón y los tristes lamentos de una población entera; en que
por todas partes y a todas horas tropezaba el transeunte con un
féretro, con un cortejo funerario.
Se cantó el magnífico oficio de difuntos que el mismo
|Guarín había compuesto; y aquellas lecciones llenas de
sublime melancolía, aquellas notas llenas de lastimera inspiración,
subiendo del coro a las bóvedas del templo, para reflejarse después
sobre el mismo que las había dictado, ¿no eran parte a despertarlo
de su último sueño?
Una señorita, discípula suya, dotada de un alma grande y de una
sensibilidad exquisita, se adelantó al catafalco, en el momento
solemne del miserere, y colocando sobre él dos coronas de ciprés e
inmortales, lo regó con un río de lágrimas.
Aunque las circunstancias eran poco propicias para desplegar
toda la pompa fúnebre del caso, sin embargo, la orquesta fue más
numerosa de lo que era de esperarse, y en ella se veían algunos
extranjeros que iban a pagar su postrera deuda de admiración y de
amistad. Yo mismo tomé parte en aquellas tristes armonías, y más de
una vez dejé el instrumento para enjugar las lágrimas, al par de
mis desolados compañeros.
Al declinar el día marchábamos silenciosos por la avenida del
cementerio algunos amigos que llevábamos en hombros aquellos restos
queridos, los cuales dejamos en su lecho de tierra, dándoles el
adiós postrero en medio de sollozos. El sol se despedía también en
aquel momento de nuestro amigo, haciendo penetrar tímidamente sus
últimos rayos por entre las arboleda del panteón, y dorando con
ellos las rosas que se mecían tristemente enfrente de aquella
tumba que iba a cerrarse.
Al siguiente día una mano desconocida escribió sobre el
calicanto que cerraba la entrada de la bóveda, estas palabras
latinas:
Aes rodit tempus, rodere corda
nequit;
pensamiento que vendrá mejor cuando la futura civilización de
nuestro país haya levantado a la memoria de
|Guarín un
monumento duradero.
|Guarín contaba apenas 29 años cuando murió. Había sido
feliz: tú sabes que su carácter apacible y bondadoso, su ingenuidad
y sencillez, su jovialidad bogotana, su excelente corazón, lo
hacían dichoso en el recinto doméstico y fuera de él. Tenía tantos
amigos y admiradores cuantas personas le conocían, porque sabía
hacerse agradable a todo el mundo, y poseía aquel imán secreto y
misterioso que se atrae todas las simpatías. Pero había sufrido ya
grandes golpes: en edad temprana perdió a su madre, quedando
huérfano, y mas tarde dos hijos varones, uno de ellos de edad de
seis años.
Creo haber satisfecho en lo posible tus deseos, haciéndote la
sencilla relación de pormenores que sin duda tendrán un grande
interés para tí, y que no he podido recordar sin profunda emoción,
y sin verter una lágrima de dolor. -Tu amigo, ***
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