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Esta otra es una señorita que toca el piano admirablemente y
sin esa afectación de los que aprenden la música por vanidad y no
por inspiración.
-¿Y quién es esa otra de aspecto imperial?
-Has dicho bien, porque es la emperatriz de su casa; pero no
ejerce ese saludable imperio que la naturaleza ha dado a la mujer
por medio de los sentimientos, sino un imperio despótico, cuyas
consecuencias recaen sobre el más humilde de los hombres que es su
marido, quien dice muy ufano que su mujer hace todo lo que se le
antoja porque él la quiere mucho. Aquí tienes el retrato del
marido.
-Me parece la personificación de la simpleza. ¿Quién es esa
señora tan célebre?
-Es célebre y se ha hecho célebre. Después te diré por qué.
-¿Y este caballero de aspecto tan grave?
-Este caballero estaba sin duda preocupado con la idea de que
iba a retratarse, y lejos de sentarse con naturalidad y manifestar
que no pensaba mucho en lo que hacía, demuestra lo contrario.
-Es cierto que los que se retratan pecan las más veces por
demasiada seriedad. Personas hay que estudian y ensayan la
posición que han de tomar con muchos días de anticipación; y al fin
no saben cómo poner las manos, abren los ojos más de lo natural, y
casi contienen el resuello, creyendo que en un acto tan grave deben
aparecer como la estatua de las meditaciones.
-Yo juzgo que los mejores retratos serían aquellos que se
hicieran sin saberlo la persona retratada.
-¿Quién es este sujeto que aparece con un aire tan modesto?
-¡Oh!, este es un individuo de mucho mérito moral e intelectual,
pero vive en la miseria.
-Eso es lo más común. ¿Y ese otro?
-Este es un personaje que, mereciendo estar con un grillete,
goza de todas las consideraciones de aquellos que creen que el
mundo es de los más audaces.
-Eso tampoco es raro, por desgracia. ¿Y por qué no has quitado
ese retrato de tu álbum?
-Porque su original lo puso donde lo ves, diciéndome: «que me lo
obsequiaba, porque estaba persuadido de la distinción que yo hacía
de él», distinción que él deduce de las circunstancias de haber
sido condiscípulos.
-¿Quién es este que parece orador?
-Pasemos al que sigue: después te diré su hoja de servicios.
Esta señora es muy instruída y el caballero que la acompaña es
su marido, el cual no tiene otro valor que el que le da la riqueza
que posee.
-Compadezco a la mujer.
-Pues yo compadezco al marido por la lucha constante que habrá
entre el espíritu y la materia. En esta otra pareja sucede todo lo
contrario: aquí el hombre aunque algo inteligente, parece que se
unió a esa señora sin hallar otro aliciente que la cuantía de su
dote.
Este individuo será de los que piensan que el matrimonio es un
negocio en el cual no debe entrarse sino llevando la garantía de
una ganancia positiva.
-¿Quién es este sujeto tan gordo? Parece un tonel.
-Este sujeto vale lo que pesa.
-¿En qué sentido?
-Por los caudales que tiene.
-¿Y este otro que parece un esqueleto?
-Es un desocupado que pesa lo que vale en todo
sentido.
-¿Y este viejo militar?
-Es un antiguo veterano a quien le oigo decir con frecuencia que
sus muchas cicatrices de nada le valen ahora porque son muy
viejas.
-¿Y ese sacerdote?
-Es un sacerdote mexicano, que hizo un viaje junto conmigo de
Cuba a Puerto Rico: es un hombre de instrucción, y de virtud
evangélica.
-¿Y este que parece un capuchino?
-«Erase un hombre», pegado a una barba que es su encanto.
-De veras que bien puede decirse así. Este es el siglo de las
exageraciones: esta barba debe estar al lado de la cola que vimos
al principio.
-Y de la romántica pareja que vimos después.
-¿Quién es este sujeto de aspecto romanesco?
-Un individuo que no tiene más importancia que la que todo el
mundo le concede por su figura, de la cual él es el primer
enamorado.
-¡Triste importancia, por cierto!
-Pero hay algo más que decir de él. Se propuso en años pasados
por ser diputado a la asamblea legislativa del Estado a que
pertenece, y ayudado por un pariente rico que tiene, puso en juego
las dos grandes palancas del siglo: la audacia y el dinero. Logró
así adornar la asamblea con una de las mejores estatuas que
figuraron en aquella corporación, remedo de muchas otras
corporaciones de nuestro país en que la mayoría de sus miembros
van estimulados por el interés particular.
|Hago para que hagas,
doy para que des, es la fórmula que ha tomado el patriotismo en
el corazón de esos hombres que a veces tienen en sus manos la
suerte de los pueblos.
-Has hablado el evangelio, como suele decirse.
-¿Quién es esta joven tan bonita?
-Es una joven que la ha echado siempre de muy despreocupada, y
semejante cualidad parece ha comprometido ya su reputación.
-¿Y esta otra de aspecto tan humilde?
-Esta es el reverso de la anterior: cree que, para observar la
religión debidamente, es preciso vivir en la iglesia y permanecer
en ella la mayor parte del día.
-¿Y qué me dices de esta otra lámina?
-A esta señorita le ha dado por leer novelas, y vive
desentendida de cuanto hay que hacer en su casa. No sabe ni hacer
un poco de té; porque dice que todas esas cosas le dan fastidio y
le chocan por demasiado vulgares
-¡Pobre del que se case con ella! Mujeres de esta clase no son
sino muebles de estrado.
-Esta por el contrario: del piano pasa a dar disposiciones a la
cocina, y tan pronto se la ve con la aguja arreglando la ropa de
sus hermanos, como dibujando o entrelazando flores para adornar la
sala de su casa, donde se ven por dondequiera objetos debidos a su
curiosidad y buen gusto.
-¡Excelente educación! Esta señorita nunca estará
fastidiada.
-Este otro es un petardista. A pesar de ser un individuo que
puede servir para algo, parece haberse propuesto no cumplir jamás
con aquel precepto que dice al hombre comerás con el sudor de tu
frente.
Aquí terminaron los retratos y Enrique me dijo que después me
mostraría su
|álbum de
|familia, donde tenía reunidos
todos aquellos seres ligados a él por este lazo. Este álbum es el
que Enrique llama
|urna de los
|afectos, verdadero
|ramillete del corazón.
Esta especie de revista social, que me parece conveniente, a
pesar de la prohibición que me impuso mi amigo Enrique, me hizo
comprender a cuanto se presta un
|álbum de retratos, y desde
entonces he resuelto no pedirlos ni darlos tampoco, sino a aquellas
personas a quienes me ligue un afecto verdadero; y teniendo
presente que cada imagen representa dos fisonomías más o menos
cargadas de sombras, no expondré a una exhibición vergonzosa a
aquellas personas cuya fotografía moral de lugar a comentarios que
no sean dignos de una sociedad civilizada.
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