INDICE

El Mercado

El Puente de Icononzo

Mi Primer Caballo

Panorama de las Llanuras de San Martín

Una Compra de Novillos

Benedicto Nieves o La Mano de la Providencia

Los Conjurados del 25 de Septiembre en Palacio

Fundación de Bogotá

Revista de un Album

En Busca de Médico para María

Mariquita

Indios Paeces

Recuerdos de Tierra Caliente

El Paseo al Salto del Tequendama

La Cascada del Tequendama

Las Criadas de Bogotá

San Pedro

Las Coronas

Un Compadrazgo en la Montaña

Los Cojines de Tunja

Bogotá Después de una Revolución

Popayán y Pasto

Navegación por el Chocó

Las Tres Tazas

Cueva de Tuluni

Las Principales Edades de la Mujer

Jacinta

La Bruja

Viaje a Oriente

Revista de la Moda

La Justicia y el Delito en el Nuevo Reino de Granada

Los Entreactos de Lucia

Las Fiestas de Piedras

La Ventanera

Viaje a Oriente

El Trilladero del Vínculo

Historia de unas Viruelas

La Guitarra

Mi Cometa

La Niña Agueda

Una Ronda de Don Ventura Ahumada

 

Esta otra es una señorita que toca el piano admirable­mente y sin esa afectación de los que aprenden la música por vanidad y no por inspiración.

-¿Y quién es esa otra de aspecto imperial?

-Has dicho bien, porque es la emperatriz de su casa; pero no ejerce ese saludable imperio que la naturaleza ha dado a la mujer por medio de los sentimientos, sino un imperio despótico, cuyas consecuencias recaen sobre el más humilde de los hombres que es su marido, quien dice muy ufano que su mujer hace todo lo que se le antoja porque él la quiere mucho. Aquí tienes el retrato del marido.

-Me parece la personificación de la simpleza. ¿Quién es esa señora tan célebre?

-Es célebre y se ha hecho célebre. Después te diré por qué.

-¿Y este caballero de aspecto tan grave?

-Este caballero estaba sin duda preocupado con la idea de que iba a retratarse, y lejos de sentarse con natu­ralidad y manifestar que no pensaba mucho en lo que hacía, demuestra lo contrario.

-Es cierto que los que se retratan pecan las más veces por demasiada seriedad. Personas hay que estudian y en­sayan la posición que han de tomar con muchos días de anticipación; y al fin no saben cómo poner las manos, abren los ojos más de lo natural, y casi contienen el resuello, creyendo que en un acto tan grave deben aparecer como la estatua de las meditaciones.

-Yo juzgo que los mejores retratos serían aquellos que se hicieran sin saberlo la persona retratada.

-¿Quién es este sujeto que aparece con un aire tan modesto?

-¡Oh!, este es un individuo de mucho mérito moral e intelectual, pero vive en la miseria.

-Eso es lo más común. ¿Y ese otro?

-Este es un personaje que, mereciendo estar con un grillete, goza de todas las consideraciones de aquellos que creen que el mundo es de los más audaces.

-Eso tampoco es raro, por desgracia. ¿Y por qué no has quitado ese retrato de tu álbum?

-Porque su original lo puso donde lo ves, diciéndome: «que me lo obsequiaba, porque estaba persuadido de la distinción que yo hacía de él», distinción que él deduce de las circunstancias de haber sido condiscípulos.

-¿Quién es este que parece orador?

-Pasemos al que sigue: después te diré su hoja de servicios.

Esta señora es muy instruída y el caballero que la acompaña es su marido, el cual no tiene otro valor que el que le da la riqueza que posee.

-Compadezco a la mujer.

-Pues yo compadezco al marido por la lucha constante que habrá entre el espíritu y la materia. En esta otra pa­reja sucede todo lo contrario: aquí el hombre aunque algo inteligente, parece que se unió a esa señora sin hallar otro aliciente que la cuantía de su dote.

Este individuo será de los que piensan que el matri­monio es un negocio en el cual no debe entrarse sino llevando la garantía de una ganancia positiva.

-¿Quién es este sujeto tan gordo? Parece un tonel.

-Este sujeto vale lo que pesa.

-¿En qué sentido?

-Por los caudales que tiene.

-¿Y este otro que parece un esqueleto?

-Es un desocupado que pesa lo que vale en todo sentido.           

-¿Y este viejo militar?

-Es un antiguo veterano a quien le oigo decir con frecuencia que sus muchas cicatrices de nada le valen ahora porque son muy viejas.

-¿Y ese sacerdote?

-Es un sacerdote mexicano, que hizo un viaje junto conmigo de Cuba a Puerto Rico: es un hombre de ins­trucción, y de virtud evangélica.

-¿Y este que parece un capuchino?

-«Erase un hombre», pegado a una barba que es su encanto.

-De veras que bien puede decirse así. Este es el siglo de las exageraciones: esta barba debe estar al lado de la cola que vimos al principio.

-Y de la romántica pareja que vimos después.

-¿Quién es este sujeto de aspecto romanesco?

-Un individuo que no tiene más importancia que la que todo el mundo le concede por su figura, de la cual él es el primer enamorado.

-¡Triste importancia, por cierto!

-Pero hay algo más que decir de él. Se propuso en años pasados por ser diputado a la asamblea legislativa del Estado a que pertenece, y ayudado por un pariente rico que tiene, puso en juego las dos grandes palancas del siglo: la audacia y el dinero. Logró así adornar la asamblea con una de las mejores estatuas que figuraron en aquella corporación, remedo de muchas otras corpora­ciones de nuestro país en que la mayoría de sus miembros van estimulados por el interés particular. |Hago para que hagas, doy para que des, es la fórmula que ha tomado el patriotismo en el corazón de esos hombres que a veces tienen en sus manos la suerte de los pueblos.

-Has hablado el evangelio, como suele decirse.

-¿Quién es esta joven tan bonita?

-Es una joven que la ha echado siempre de muy des­preocupada, y semejante cualidad parece ha comprometido ya su reputación.

-¿Y esta otra de aspecto tan humilde?

-Esta es el reverso de la anterior: cree que, para ob­servar la religión debidamente, es preciso vivir en la iglesia y permanecer en ella la mayor parte del día.

-¿Y qué me dices de esta otra lámina?

-A esta señorita le ha dado por leer novelas, y vive desentendida de cuanto hay que hacer en su casa. No sabe ni hacer un poco de té; porque dice que todas esas cosas le dan fastidio y le chocan por demasiado vulgares

-¡Pobre del que se case con ella! Mujeres de esta clase no son sino muebles de estrado.

-Esta por el contrario: del piano pasa a dar disposi­ciones a la cocina, y tan pronto se la ve con la aguja arreglando la ropa de sus hermanos, como dibujando o entrelazando flores para adornar la sala de su casa, donde se ven por dondequiera objetos debidos a su curiosidad y buen gusto.

-¡Excelente educación! Esta señorita nunca estará fastidiada.

-Este otro es un petardista. A pesar de ser un individuo que puede servir para algo, parece haberse propuesto no cumplir jamás con aquel precepto que dice al hombre comerás con el sudor de tu frente.

Aquí terminaron los retratos y Enrique me dijo que después me mostraría su |álbum de |familia, donde tenía reunidos todos aquellos seres ligados a él por este lazo. Este álbum es el que Enrique llama |urna de los |afectos, verdadero |ramillete del corazón.

Esta especie de revista social, que me parece conve­niente, a pesar de la prohibición que me impuso mi amigo Enrique, me hizo comprender a cuanto se presta un |álbum de retratos, y desde entonces he resuelto no pedirlos ni darlos tampoco, sino a aquellas personas a quienes me ligue un afecto verdadero; y teniendo presente que cada imagen representa dos fisonomías más o menos cargadas de sombras, no expondré a una exhibición vergonzosa a aquellas personas cuya fotografía moral de lugar a co­mentarios que no sean dignos de una sociedad civilizada.

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