INDICE

El Mercado

El Puente de Icononzo

Mi Primer Caballo

Panorama de las Llanuras de San Martín

Una Compra de Novillos

Benedicto Nieves o La Mano de la Providencia

Los Conjurados del 25 de Septiembre en Palacio

Fundación de Bogotá

Revista de un Album

En Busca de Médico para María

Mariquita

Indios Paeces

Recuerdos de Tierra Caliente

El Paseo al Salto del Tequendama

La Cascada del Tequendama

Las Criadas de Bogotá

San Pedro

Las Coronas

Un Compadrazgo en la Montaña

Los Cojines de Tunja

Bogotá Después de una Revolución

Popayán y Pasto

Navegación por el Chocó

Las Tres Tazas

Cueva de Tuluni

Las Principales Edades de la Mujer

Jacinta

La Bruja

Viaje a Oriente

Revista de la Moda

La Justicia y el Delito en el Nuevo Reino de Granada

Los Entreactos de Lucia

Las Fiestas de Piedras

La Ventanera

Viaje a Oriente

El Trilladero del Vínculo

Historia de unas Viruelas

La Guitarra

Mi Cometa

La Niña Agueda

Una Ronda de Don Ventura Ahumada

 

CAPITULO IV

  |EL DADO

Levantó la vela don Ventura para encender su cigarro, y vio allá en el hueco del candelero un hermosísimo dado, tanto más brillante cuanto que estaba parado por los treses. Ladeó el candelero y lo vació sobre la carpeta, y ¡oh prodigio!, quedó otra vez por los treses.

-¡Hola!, dijo con cierto gracejo irónico que usaba en ocasiones, ¡hola!, ¿con que este es un garito?... A ver, doña Nicanora, ¿qué profesión tiene usted para subsistir?

-Pues yo, señor don Ventura, fabrico aquí chicharro­nes, matando un marrano gordo todas las semanas; y están tan acreditados, que los más hermosos los vendo a real, y me aburren por ellos de las casas grandes; y yo no he puesto en la puerta el anuncio |«Chicharrones superiores», porque me comerían a demandas; y anunciar una cosa, y salir con que no siempre la hay, es sumamente ridículo... Ya usted ve, señor don Ventura: en Belén es donde se han hecho los mejores chicharrones del mun­do... Si vuestra señoría gusta, vamos y verá el marrano.

-Quiero conocer la fábrica -dijo don Ventura- y dejando tres guarantes en la puerta, se asomó al pequeño, patio, de donde vio que corría para el solar un bulto negro.

-¿Quién va ahí?, preguntó don Ventura.

-Nadie, señor: es que en esta casa suelen espantar y seguramente...

-Seguramente es el tahur, cuyo interinato ha des­empeñado usted tan mal; y si usted me sale con las patas tuertas... la pongo a desyerbar calles: ya sabe.

-Al libre Dios lo libra, señor don Ventura: no tenga usted cuidado por eso.

En efecto, don Ventura dio la vista de ojos que nece­sitaba. El patio, aunque sembrado de duraznos y curubos, daba con la luz de la vela una tristísima pintura por sus ennegrecidas paredes, y por sus ventanas y puertas bar­nizadas de manteca. El anfiteatro de anatomía cerduna era un cuarto de sucias paredes y de vigas muy tiznadas, de una de las cuales colgaba un marrano, que iba a liber­tar a la niña Nicanora de la mala nota de ociosa; marrano que por cierto estaba gordo y bien abierto, esperando la operación, que en los términos de la profesión se llama |deshacer. Los embudos las tripas secas, el orégano y los cominos, todo estaba en la alacena; y las morcillas, ensartadas en una varita, se hallaban también de presente, luciendo entre todas las de la tripa más gruesa, que las profesoras llamaban |obispo.

El señor jefe de policía observaba todo con una gravedad indecible, y luego que la ronda de la casa estuvo efectuada, vino a preguntar por su profesión a cada uno de los ter­tulios de la niña Nicanora.

-Maestro, le dijo don Ventura a don Alfonso Carrión ¿y usted todavía no se deja de eso? ¿No repara usted que un artesano no debe perder las fuerzas con las trasnocha­das? ¿No ve usted que la raza humana no es nocturna, y que el castigo para los pecados contra la naturaleza es la aniquilación de la misma naturaleza?... Usted se halla flaco, ojerudo y en extremo débil. La naturaleza no hizo nocturno al hombre; eso lo puede usted ver en los hom­bres primitivos, en los salvajes, que se acuestan al comenzar la noche; al contrario de usted, que se acuesta al comenzar el día. Otra prueba de que el hombre no fue criado para nocturno, es que los animales nocturnos tienen barbas largas, movibles y erizadas, con que se ayudan en las tinieblas; y nosotros no.

-Es verdad, señor don Ventura, le contestó el maestro. Los militares, por tener bigotes, será que son un poco más nocturnos, ¿no es así?

-Por otra parte, maestro Carrión, usted tiene niñas muy lindas que cuidar y una criada bonita. ¿Cómo aban­dona usted la plaza en las horas de más peligro?

-Mi esposa cuida las fortificaciones.

-¿Es ella la de toda la responsabilidad de la llave? ¿La encuentra usted todavía despierta a la madrugada?

-Sin duda.

-¿Y será justo despertar a la esposa y a los vecinos al aclarar el día con horrendos golpes de portón?

-Para eso yo me llevo la llave las más veces.

-¿Y si hay un incendio, o alguna enfermedad repentina?

-Mi criada tiene otra, y mi esposa otra.

-Tres llaves equivalen a tres puertas en la casa. Su casa está entonces como algunas de Tocaima o Guataquí, cuyos muros son de cerca de palos; y esta es una fortificación que no presta seguridad en donde hay preciosidades como sus hijitas, y asaltantes como los cachacos.

-¡Pero, señor! ¿Y la educación del corazón no será bastante?

-Entonces, no cierre ni tranque nunca... Mire, Ca­rrión, continuó don Ventura, poniéndole la mano en . el hombro al artesano: yo le tengo a usted cariño, y le aconsejo que se deje de juego. Usted es hombre de bien y por lo mismo está expuesto a ser víctima de los pillos. ¿O es que usted entiende de pillerías?

-¿Yo?, señor... ¡Ni pensarlo!

-¡Tanto peor! Y usted no debe jugar nunca. Los ar­tesanos de Bogotá son gente muy honrada; valientes y moderados; sumisos a la autoridad y respetuosos de los derechos ajenos... ¿Se acuerda, maestro, de que juntos nos hallamos en la acción del 9 de enero, bajo las órdenes de nuestro gran paisano?... Mire, Carrión: a usted no le conviene ser tahur; y yo sé cómo se lo digo. Y cuenta con dejarse ahora enganchar para alguna revolución, con promesas que no les pueden cumplir jamás. Al Libertador le debemos la independencia y la libertad. ¡Cuidado, maestro!

CAPITULO V

|UN |TRATANTE Y |UN ESTUDIANTE

Después se dirigió don Ventura a otro de los cofrades, y le dijo: ¿usted qué profesión sigue?

-¿Yo, señor?... tratante.

-¿En qué géneros y con qué casas trata usted? ¿Con qué hombres de bien está usted acreditado?

-Yo cambio pistolas por relojes, y ropa hecha por caballos, o por plata; o caballos por caballos, dando o recibiendo algún ribete: doy barato y sin engañar a nadie, y hago valer las cosas al mismo tiempo con hacerlas pasar por muchas manos; hago crecer la riqueza nacional con mi feliz industria.

-La riqueza pública no se aumenta con el precio con­vencional representado por monedas, sino aumentando los objetos de riqueza; produciendo para el consumo, y toda­vía mejor, para la exportación. Porque una torta suba al valor de un real, y una vara de bogotana al de una peseta, y unas botas al de cuatro escudos, y una ventana al de dos onzas, no por eso habrá más riqueza; sino por el contrario, más pobreza, porque el que necesita ese objeto tiene que desembolsar el doble, viniendo a ser el pobre la víctima del sofisma... Y dígame, ¿usted es casado?

-Lo mismo que si fuera.

-¿Lo mismo?

-Sí, señor, porque yo no doy que hacer a nadie con mi estado de célibe.

-¿Y dónde es su casa?

-No tengo, porque para mis negocios no la necesito, y yo solo, me acomodo por ahí donde cualquier amigo.

-¿Con qué personas de representación trata usted?

-Esa clase de la sociedad no se rasca con los pipiolos.

-¿Lo conoce a usted algún señor de valer, honrado y de categoría, de esos que no engañan a nadie?

-No tengo la honra de conocerlos, señor.

-Pues yo sí conozco uno que otro... En fin, si usted no me acredita mañana que tiene profesión u oficio, y que tiene casa o posada conocida, o que lo conocen algunas personas de respeto por un hombre inofensivo, lo declaro vago, y lo pongo a cargar parihuela... Hasta mañana, caballero.

-Pero, señor, los que tienen una renta de qué subsistir, o son patrocinados ¿no andan por ahí sin oficio ni bene­ficio, sin que por eso la autoridad los declare vagos ni mal entretenidos?

-De esos tiene la autoridad garantías por su | conducta, y porque hay quienes los conozcan, sobre todo la policía, que tiene a su cargo la tranquilidad y la seguridad de los habitantes de una población entera. Conque hasta mañana, y me lleva usted a la jefatura dos señores que lo conozcan por hombre útil a la sociedad... Y este caballerito, dijo don Ventura, fijándose con burlones ojos en don Juanito Galafate, que era el contrahombre de la señora Nicanora; este caballerito, ¿qué carrera tiene?

-La de estudiante, señor, dijo el interrogado.

-No van tan mal sus estudios... ¿Y qué pruebas me da usted?

-Estas, le contestó don Juanito, levantando los codos, y mostrándoselos muy rotos.

-Eso, y el cuello postizo de su camisa, y el capote de calamaro verde me indican su clase; pero quería tener pruebas en lugar de indicios... ¿Y qué estudia usted?

-Segundo año de latín.

-Es usted un |cachifo, ¿no es esto?... ¿Y tan grande?

-Como la dominación de los españoles y la guerra de la independencia no han dejado tiempo para estudiar, por eso es que ahora estamos algunos patanes estudiando gramática.

-¿Y qué está usted dando?

-Nebrija, fábulas y Nepote... Aquí está el Nebrija en mi bolsillo: ¿lo quiere ver usted, vuestra señoría?

Sacó don Juanito un libro en pergamino, con más grasa que las puertas de la casa de doña Nicanora, y se lo presentó a don Ventura, el cual le dijo, como con aire de desconfianza:

-A ver: tradúzcame algún rengloncito.

|-Et nomen dogo finitum, caro jungitur illis, leyó don Juanito, y luego se quedó suspenso.

¿Pero, qué quiere decir eso?

|-Nomen, el hombre; |dogo, de godo; |finitum, está acabado; |et, y, |caro, caro les costará; |jungitur, a los que se les junten; |illis, a ellos.

-Pues ni tanto, ni tan poco, dijo entonces don Ventura, como distraído: ni tanto rigor como los godos, ni tanta soltura como en la patria boba. El Libertador lo que quiere es que haya gobierno... ¿usted es de la sociedad filoló­gica?, le preguntó en fin al patán. ¿De esa sociedad es­tudiantil tan enemiga del Libertador?

-No, señor don Ventura.

-Pues cuidado con eso, porque esa sociedad nos hace la guerra, y de golpe... Y dígame, caballero, ¿la carrera de tahur y la carrera de estudiante no son contradictorias?

-No, señor, ¿Por qué?

-Trasnochándose usted hasta la madrugada y levan­tándose a las nueve, ¿es posible estudiar?... Y con esa serie de |ases y cuatros, ¿no se feria el Nebrija y hasta las fábulas?... Usted sigue ahora conmigo para entre­gárselo mañana a sus padres y a su catedrático, para que le metan |veinticinco así, patán, o para que le pongan oficio, si es que la cachifa es vagancia; porque los estudiantes vagos son tan vagos como todos los vagos... Usted tiene condiscípulos que son la esperanza de Colombia, y debe usted imitarlos: lo que tiene es que no quieren al Libertador.

CAPITULO VI

|LA CELDA DE |FIQUE

Don Ventura se trasladó a la vuelta de la esquina, donde la más lúgubre de las escenas esperaba a su linterna, para lucirse ante los ojos humanos; unas paredes bardadas de polipodios y chupahuevo, un pavoroso zanjón que amenazaba la ruina de la calle y aun de la casa misma; un costalón de fique, de los de cargar tamo para las ca­ballerizas, aplicado a un agujero de la tapia con tres clavos y recogido por un lazo corredizo, cuya punta iba a terminar en la brusca mano de un guarante... ¿Habrá un cuadro más espantoso para el lector sensible?

-A ver, ¿qué tenemos por ahí?, preguntó don Ventura al acercarse.

-Ha caído alguna cosa, le respondieron; pero no sa­bemos qué... Algún espanto tal vez, porque para ser ratón o perro es bulto demasiado grande.

-¿Y cuánto hace que que está ahí?

-Hará como diez minutos, y se siente resollar... Ya queríamos retirarnos, no fuese a ser alguna cosa de la otra vida.

-¡Por cierto es cosa que me confunde!, exclamó don Ventura: los licenciados del Rifles y Granaderos de la guardia, que no se asustaban de un encuentro con las legiones españolas, que despreciaban su metralla, su táctica y sus barbas hasta el pecho, se asustan ahora de las áni­mas y de los espantos... ¡Hay cosas en esta vida!... Aflojen ese lazo, y veamos esa ánima en penas, o lo que sea... ¡Cobardes!

Entonces se arrimó don Ventura muy despacio, y des­corriendo la jareta del costalón introdujo su linterna y la cabeza, preguntando como admirado:

-¿Quién está ahí?

-Yo, señor, le contestó una voz suplicante... Yo, el padre Serafín.

-¿El reverendo padre Serafín?... ¡Imposible! ¿Luego ahí es su celda? ¿Y cómo se ha metido usted ahí?

-Su señoría lo sabrá más bien, que será el autor de esta trama; pero, sea una trampa, una celda o un encan­tamiento, sáqueme vuestra señoría antes que yo me ahogue.

Don Ventura volvió a alumbrar, y mirando al fondo con su rostro enjuto, y burlón en ocasiones, y con sus ojos indagadores y penetrantes, le alargó la mano al pa­dre, quien trataba de evitar los rayos de luz que le mar­tirizaban la vista.

-Mi reverendo padre -le dijo en seguida- ahora vea si tiene su paternidad posada donde vestirse, porque yo tengo que llevarlo a su convento. ¿Y qué diría su prelado de verlo así en pechos de camisa, y cubierto con esa gran capa negra?

-Pues yo donde suelo posar es donde la niña Nicanora, la que vende chicharrones.

-Un garito... donde se juega a los dados, ¿no es verdad?

-Ropilla es lo que solemos jugar a ratos, por no dejar; y eso con chochos.

Custodiado el padre por los guarantes se acercó a la casa de los chicharrones, y tocó a la puerta; pero ¡cuál fue el asombro de la niña Nicanora al encontrarse cara a cara con el padrecito, así que la abrió!

-¿Lo conoce? -le preguntó don Ventura- con cierto airecillo que expresaba una reconvención más dura que las leyes de Dracon. | [2]

Es fácil adivinar lo que pasó por el alma de la empre­saria Nicanora. Había negado al huésped antes que el gallo cantara dos ocasiones, como San Pedro a su Maestro. No lo conozco, había dicho y protestado. ¡Oh!, este garito de chicharrones tenía, como la pasiflora, todos los signos de la pasión; un Judas de muchacho, sayones, clavos, linterna, dados, cordeles y sepulcro, mujer piadosa y qué sé yo cuánto más. Doña Nicanora se quedó petrificada. Se había tratado de burlar de don Ventura en el juego de la ropilla, lo mismo que con la alusión de los sefarines, y ella debía saber quién era don Ventura. Por más de dos ocasiones quiso hablar para disculparse; pero ¿qué dis­culpa cabía en aquel terrible lance?

Mustia se quedó alumbrando la segunda entrada de don Ventura por su zaguán, más angosto y terrible que el estrecho de Magallanes. El padre no dilató en estar en traje de calle, llevando consigo sus hábitos envueltos en un pañuelo de seda lacre.

-Cito -dijo don Ventura al despedirse- al maestro Carrión y a doña Nicanora para que oigan una notifica­ción mañana a las nueve, en mi despacho. El cachifo, que siga con nosotros en patrulla. ¡Hasta hoy! ¡Hasta hoy! (porque ya son las dos).

CAPITULO VII

|LA |RONDA

-Bajaba don Ventura de Belén con sus filas engrosadas por un padre prisionero y por un cachifo marchando en el mayor silencio, hasta que a distancia de una cuadra, como saliendo de una meditación profunda, volvióse el padre hacia el jefe, y le dijo:

-¡Señor don Ventura! Si |posibile est tranceat a me, calix iste.

-¿Cómo así, mi padre?

-Que si puede caber en lo posible el que vuestra se­ñoría no me entregue a mis prelados así como prisionero de guerra...

-¿Por qué mi padre?

-Porque me sancochan.

-¿Cómo?

-Mañana (o más bien hoy), a horas de refertorio me ponen en vergüenza pública, y en seguida ayuno y en­cierro, ¡quién sabe por cuántos meses!

-Pero si dizque es usted tan |travieso.

-Muchachadas, señor... Hágase usted el cargo: yo entré pequeñito al convento, sin sospechar siquiera en las emociones tiernas del corazón, las que forman la vida del hombre social, así como el capitán Cook, que bajó al cálido sepulcro, en una de las islas Marianas, antes de sospechar que los buques podrían volar algún día, como las águilas, por el portentoso móvil del vapor... Y que hay otra cosa...

-¿Qué, padrecito?

-Que en los grandes establecimientos como factorías, haciendas, trapiches, conventos y fábricas, a los magnates no se les notan mucho sus resbalones porque tienen la clientela a su favor.

-¿Cómo así, padrecito?

-Pues que a mí no tienen los padres maestros que echarme en cara sino una mera culebrilla, unas señitas por la ventana de mi celda, y el recibo de un cartucho de dulces... ¿Pero ellos?...

-¿Ellos, qué, padrecito?

-Ellos (los padres maestros), que pueden andar solos por la calle, como señoritas bogotanas recién casadas, y que por ocasiones consiguen licencia de casa; que reciben petacas de tabacos con florecitas y mejorana, y tazas de dulce, y muchas cosas con que le hacen volver la boca agua a un pobre frailuco... aunque es verdad que los hay muy santos también.

-Eso será porque son padres maestros.

-¿Y no hemos de comenzar por algo los padres aprendices?

Un profundo y tétrico silencio se siguió a tan impor­tante y seria conversación. El paso sonaba a un solo golpe en las piedras, porque los licenciados del Rifles y Gra­naderos estaban habituados a ello; don Ventura tenía sus pelos de militar; el estudiante era miliciano del maestro Arce, que disciplinaba a los colegios; y el padre, por afición y porque tenía buen oído; todos caminaban al compás, pero con mucho silencio.

 

[2] El día de la famosa conspiración contra el Libertador, a eso de las once llegó a pie, a una de las haciendas del sur de la Sabana, el señor Luis Vargas Tejada, y diciéndole a uno de los hijos del hacendado que iba de fuga, éste le dio un macho y los auxilios del caso. Al día siguiente pasó don Ventura Ahu­mada con tropa en solicitud del señor Vargas Tejada, pregun­tándolo a todos; pero no habiendo cogido sino la bestia ensillada, apareció con la tropa otra vez en la hacienda y al ver en la puerta al auxiliador, les dijo a sus secuaces.
-Suelten ese machito al potrero, y entreguen aquí la montura para que me la guarden.
Y luego, volviéndose al hacendado con un semblante entre risueño y compasivo, le dijo:
-¿Lo conoce?
En la hacienda se supo que las ejecuciones de los conspiradores y las prisiones de los cómplices y auxiliadores eran inexorables. Se esperaba de un momento a otro un resultado terrible; pero los días, las semanas y los meses se pasaban; y por último, el hecho quedó en silencio, debido a algunos cortos obsequios anteriores de aquella hacienda, que don Ventura no había olvi­dado. Don Ventura buscó con una prolijidad inaudita al prófugo; pero no faltó a la gratitud. Las casas de campo son en la Nueva Granada institutos de caridad; pero no todos son agradecidos como don Ventura.
 

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