UNA COMPRA DE NOVILLOS
|
Por José Manuel
Groot
Por el camino de Funza
galopaba en mi caballo,
cuando sentí que venían
detrás de mí, a paso largo,
dos jinetes campesinos,
en alta voz conversando
en su lenguaje campestre;
al compás de los caballos
galopaban al tendido,
sonando huecos los cascos
sobre el duro camellón,
tal cual se pone en verano.
Eran estos campesinos,
ricachones, colorados,
de los que venden salud
robustos con el trabajo;
de buenas ruanas pastusas,
y cuellos almidonados
de puntas, y en la cabeza
sus grandes pañuelos blancos.
Y los caballos venían
espumosos y sudados
con el tendido galope
y la carga de sus amos.
Al pasar por junto a mí,
polvareda levantando,
«¡adiós!», me dicen y tiran
las riendas de los caballos.
El uno era don Alberto,
quien, alargando la mano,
los tres dedos me presenta,
tan duros como tres palos.
Y me dice: -¡Buenos días
le dé Dios!, ¿y cómo vamos?
¿A dónde bueno, señor,
va por aquí tan despacio?
Correspondiendo al saludo,
le tomé la dura mano
y le dije que a mi hacienda,
y que buscaba ganado
para cebar, pues tenía
en abundancia los pastos;
pero que buscaba bueno,
aunque lo pagara caro.
-Pues yo le vendo novíllos,
me dijo, y los doy baratos.
Mi compadre los conoce:
¿no es verdad, compadre Pacho?
Esto dijo, dirigiéndose
al otro, que iba callado,
quien le contestó -Muy cierto.
Yo los vi cuando los trajo
de la maleza que tiene
donde llaman el «Ajiaco»;
pero, eso sí, son velitres,
endemoniados de bravos.
Pero esos son los mejores,
interrumpió, y no los mansos,
que de noche se los roban
del potrero sin trabajo.
En tales pláticas íbamos
contra el viento galopando,
y nuestras ruanas batían
como banderas de barco.
Mi amigo tiró la rienda;
dirigiéndose a una casa,
pidió candela, y nosotros
le seguimos paso a paso.
Allí paramos los tres,
para encender un tabaco,
sacándome la candela
una india que estaba hilando.
Los hacos resuello toman,
uno que otro
|manotea,
lavados con el sudor
los hijares palpitando.
Don Alberto del bolsillo
de la chaqueta de paño
sacó su gran tabaquera
de nutria, con los tabacos,
y desenvolvió la cinta
para darnos un cigarro.
El otro dijo: -«
|No jumo,
porque voy y me emborracho».
Don Alberto su chicote
encendió y nos dijo: -«Vamos,
que se hace noche y yo tengo
que mercar unos encargos».
La rienda, volviendo, pica
y proseguimos al paso
hasta llegar a una puerta
¡donde hicimos los tres alto¡
Allí quedamos corrientes
y convenidos entrambos
en vernos al otro día
en su hacienda para el trato.
Yhabiéndonos despedido,
dándonos todos las manos,
-Dios me lo lleve con bien
me dijeron, y picaron.
Yo seguí para mi hacienda
a donde llegué temprano,
y di mis disposiciones
para ir a ver el ganado.
LOS NOVILLOS
Levantéme al otro día,
y una mañana de hielo
sin nubes al horizonte,
anunciaba tiempo bueno
para el consabido viaje
a casa de don Alberto
a comprarle los novillos
en número de doscientos.
El sol aún no asomaba
por encima de los cerros
cuando ya estaba ensillado
el caballo, y que vinieron
con toda la recogida
los muchachos y vaqueros
y ensillaron sus caballos,
todos mojados de hielo.
Cuando el sol su disco asoma,
centellando por el cielo
entonces por los cercados
con mi gente voy saliendo,
por entre vacas y toros
q
que, perezosos al fresco,
se levantan al pasar
mi caballo por entre ellos.
Y de entre aquestas majadas,
y pastales de poleos
los gratos olores salen
para embalsamar el viento.
Respirando aire tan puro
bajo el turquí de los cielos
con el sol de la mañana
y los campos tan risueños,
iba yo por el camino
al galope y los vaqueros,
a la estancia donde estaban
los novillos. Y en efecto,
ya estaban en recogida,
y el patrón que con su rejo
haiendo lazo a caballo
andaba por el potrero,
con otros, tras el barcino,
que por ser el más violento
habíase
|desmanchado
corriendo como los vientos.
Y a veces plantado erguía
la nuca, y como de fuego
se le paraban los ojos
levantando agudos cuernos.
Por fin logran enlazarlo,
después de lances diversos
y al corral, bramando, viene
|
arcionado por dos rejos.
-¡Abran la puerta!, gritaron,
y nosotros más ligeros,
a la cerca nos subimos
y el animal llega, fiero,
con la cerviz agachada,
respirando vivo fuego.
Un bramido da; lo pican,
y al corral entra de un vuelo.
Mientras el trato se hacia,
regateando peso a peso,
nos vinieron a decir
que estaba listo el almuerzo.
El patrón se desmontó
y a la acción ató su rejo,
dándole a un mozo el |
caballo.
y se vino para adentro,
con la ruana atravesada,
sudándole cara y pecho,
las espuelas sonajeando
al arrastrar por el suelo;
con sus zamarros de tigre
y sombrero de hule nuevo,
que sujetaba la cinta
del pendiente barboquejo.
-Vamos a almorzar, nos dijo,
y llamó a sus compañeros,
que eran unos
|orejones
amigos de don Alberto.
Todos íbamos entrando
por un corredor estrecho
de
|pretiles de bahareque,
detrás de nuestro casero.
Desde que entramos al patio,
nos saludaron los perros,
mp class="MsoNormal">p class="MsoNormal">as el amo, con un
grito,
los hizo guardar silencio.
Al pasar, yo reparaba
las cornamentas de ciervos
colgadas en los pilares
de tunos nudosos, tuertos;
los costales en el patio,
de mazorcas todos llenos;
y sobre toldos el trigo
que limpiaban en arneros.
Dos rollizas muchachonas,
que nos miraban al sesgo,
en artesas exprimían
la cuajada para quesos.
A la puerta de la sala
se detuvo don Alberto
y arrimando el arriador,
nos dijo: «pasen adentro».
Nosotros fuimos entrando
y pusimos los sombreros
sobre bancas y petacas,
y tomamos los asientos
que al contorno de la mesa
encontramos ya dispuestos:
y el principal me cedió
el obsequioso casero.
EL ALMUERZO
¡
p class="MsoNormal">Oh!, ¡qué almuerzo tan cumplido
estaba sobre la mesa!
Nunca le he visto mejor,
pueda ser por la apetencia.
Un platonazo de papas
chorreadas de queso y tiernas,
con ahogado de cebollas
empapadas en manteca.
Una cazuela de sopa
¡con huevos fritos, qué buena¡
Con perejil y tomates,
con salchicha y con pimienta.
Un platón lleno de ajiaco
con habas y con alverjas,
con guascas y con cominos,
con cecina y carne fresca.
La sobrebarriga asada
con papas fritas se lleva
la palma entre los manjares
que estaban sobre la mesa.
Dos jarros de loza fina
de
|chicha estaban repletos
y en sus
|chipitas, al lado
las totumas |
timanejas.
Como corales lucía
con ajos en la salsera
el
|ají con calabaza
picante como candela.
¿Qué más pudiera pedir
quien la barriga tuviera
tan pelada como yo
siendo ya las nueve y media?
Don Alberto, puesto en pie,
rebanaba con destreza
el pan; y después sentóse
en su silla de vaqueta,
diciéndonos: |
hora sí
cada cuál haga su cuenta,
sin andar con ceremonias,
porque no es misa de fiesta.
Entonces nuestros ruanudos
vanse parando y empiezan
a revolver en el plato,
cada cual de cuanto encuentra.
Era de ver como andaban
las ruanas sobre la mesa,
al alargar de los brazos
con la cuchara derecha
unas veces a las papas
y otras hacia la cazuela;
unos por encima de otros
con demasiada franqueza.
¡Oh!, ¡qué bocados tan grandes!
¡Oh!, ¡qué furiosa apetencia!
aquel
|machuca con pan
el cortejo de manteca;
el otro tiene la carne
entre los dientes sujeta,
y tira para arrancar
el bocado a viva fuerza.
Y al menear de las quijadas
nada resiste a la muela
que cruje cual del molino
la que le ponen de piedra.
Unos soplan, otros sorben;
hablan con la boca llena;
el cubierto casi inútil
junto a los platos se queda,
porque los dedos mejor
el oficio desempeñan
para manejar la carne
con prontitud y destreza.
El
|taquero del ají
se visita con frecuencia
y entonces el excitante
reclaman las |
timanejas
que en actividad se ponen
y cada rato se llenan,
las desocupan, y vuelven
a la carga con más fuerza.
Con la chicha, el buen humor
por momentos se despierta:
la conversación se anima
y a la vez todos se cuentan
de sus cacerías pasajes,
espantos de almas en pena.
De maleficios montón:
de rodeos y sementeras;
aquel en tal cacería
se botó por una peña
y por el aire enlazó
de las patas una cierva;
el otro, que vio una luz
en un rincón de la huerta
y que, cavando, encontró
un chorote con pesetas.
Otro dice que a un compadre
lo enfermó una
|yerbatera
Dándole a beber la
|chicha
mezclada con ciertas hierbas.
Otro de la romería
a Chiquinquirá en promesa,
yp class="MsoNormal">p class="MsoNormal">que en el bisbís
perdió
cuatro reales en las fiestas.
Cuando hubimos acabado,
nos paramos de la mesa,
y yo le mandé al sirviente
que me trajese candela.
Los otros siempre seguían
hablando y la boca llena,
mascando trozos de pan,
por la sala dando vueltas
en busca de los zurriagos,
de los sombreros, y llevan
las sillas a sus lugares
antes de salir afuera.
Para el corredor salimos
saciada nuestra apetencia
y yo encendí mi tabaco
cuando vino la candela.
Y después nos dirigimos
todos a la corraleja
donde estaban los ganados
fatigados con la siesta.
Pronto ajustamos negocio,
partiendo la diferencia,
y los novillos quedaron
para herrarse por mi cuenta.
Don Alberto su caballo
hizo traer, toma la rienda,
échasela ruana al hombro,
monta, y llama a la casera
y dejándole sus órdenes
sobre el hato y las ovejas,
pica adelante y nos abre
con el arreador la puerta.
Tomamos todo el camino
que sigue para mi hacienda,
don Alberto, yo y un mozo,
al pasito hasta una puerta,
donde paró su caballo,
mirando la sementera,
que desde allí me mostraba,
pegado a las talanqueras
y mientras eso el caballo
bregaba con la cabeza
por abrir la puerta, y tasca
el freno con impaciencia,
porque la entrada conoce
que lo lleva a la
|querencia
a donde come y relincha
se sacude y se revuelca.
Despedímonos al fin
dándonos ambos las diestras;
él abrió y tomó a galope
por el llano a toda rienda.
Yo proseguí mi camino
con el muchacho a carrera,
porque se iba haciendo tarde
para llegar a la hacienda.
Teniendo que disponer
para que trajeran leña,
preparar los herradores,
y arreglar la corraleja
para herrar al otro día
el ganado de la ceba
unos muletos de más
y potrancos de las yeguas.
..........................................
¡Ah!, . ¡vida del campesino!
¡Quién vivir así pudiera!
En otro tiempo me hallaba
entregado a tus faenas
lleno de paz y alegría
cogiendo mis sementeras,
haciendo ordeñar las vacas
y echando ganado a ceba.
¡Feliz el que del bullicio
de las ciudades se aleja
y en el campo retirado
su vida pasa serena!
De la bienaventuranza
es imagen en la tierra
la vida del campesino
cuando sólo en ella piensa.
Pero yo me veo envuelto
en medio de la tormenta
en este mar borrascoso
de política y contiendas.
Donde todo es renegar
todo vueltas y revueltas
agitación y fastidio
en interminable brega.