INDICE

El Mercado

El Puente de Icononzo

Mi Primer Caballo

Panorama de las Llanuras de San Martín

Una Compra de Novillos

Benedicto Nieves o La Mano de la Providencia

Los Conjurados del 25 de Septiembre en Palacio

Fundación de Bogotá

Revista de un Album

En Busca de Médico para María

Mariquita

Indios Paeces

Recuerdos de Tierra Caliente

El Paseo al Salto del Tequendama

La Cascada del Tequendama

Las Criadas de Bogotá

San Pedro

Las Coronas

Un Compadrazgo en la Montaña

Los Cojines de Tunja

Bogotá Después de una Revolución

Popayán y Pasto

Navegación por el Chocó

Las Tres Tazas

Cueva de Tuluni

Las Principales Edades de la Mujer

Jacinta

La Bruja

Viaje a Oriente

Revista de la Moda

La Justicia y el Delito en el Nuevo Reino de Granada

Los Entreactos de Lucia

Las Fiestas de Piedras

La Ventanera

Viaje a Oriente

El Trilladero del Vínculo

Historia de unas Viruelas

La Guitarra

Mi Cometa

La Niña Agueda

Una Ronda de Don Ventura Ahumada

 

Era lo primero conseguir los palos del armazón; para esto fui a la esquina de la Calle Real, en donde don Ja­cinto Flórez estaba construyendo una casa, y allí le hice señas a un muchacho que pisaba barro para que me ven­diese tres |cañizos que tuviesen las condiciones necesarias, a saber: secos, poco nudosos y bien rectos.

-Yo me los robo, me contestó, de aquel montón que tienen destinado para hacer los cielos rasos, ¿pero cuánto me da?

-Te doy un tacón magnífico para jugar la golosa; con ese nunca se pasa por los infiernos y se llega en menos de nada a la tercera gloria.

Al oír el muchacho nombrar tacón, se rió con una car­cajada improvisada |ad hoc y siguió pisando su barro. Si la oferta hubiese sido hecha hoy día en que hasta las niñas nacen con tacones, ¡como hubiera sido aquella risa!

-Bueno; si no quieres, te encimo unas calzonarias.

-¿Son de caucho? Muéstrelas |a ver.

Cuando le hube mostrado el orillo de paño y la |ma­jagua que de un lado y otro me detenían los calzones en su tenaz tendencia a la gravitación, inventó otra risa más burlona y tomó pretexto para irse. El muchacho adivinó en mí la angustia que produce la necesidad y se propuso explotarme.

¡Quien fuera don Jacinto!, decía para mi con los ojos preñados de lágrimas que se querían saltar. ¡Cuántas co­metas saldrían de aquel montón!

Le di por fin a ese desalmado un trompo nuevecito y que no tenía ni un |quiñazo y le encimé el cordel y las calzonarias. Por poco me pide el alma, como sucede en los tratos que se hacen con el diablo. Debo decir, no obstante, que el tirano, compadecido de mí, me hizo do­nación de una de las calzonarias, y ya supondrás, querido Tomasito, que fue la de |majagua la que me dejó.

Más alegre que si hubiese cogido el cielo con las manos, salía yo de allí con mis tres cañas (pues no me quizo entimar ni tanto así), cuando un sobrestante me dio el grito detrás:

-¡Hola, niño! ¿A dónde va con los cañizos?

Y esto decía cuando detrás levantaba una zurriaga tan larga como de aquí allá, sin |tantica mentira.

Como mujer sorprendida en un crimen, solté las cañas, caí sentado sobre el polvo y alcancé a mirar a mi verdugo, llorando.; pero como llora un niño en el supremo afán de sus desventuras.

-¿Por qué se roba usted los cañizos?, me preguntó.

-Yo no los robé; aquel muchacho me los vendió, le contesté temblando de pies a cabeza.

-Yo no le he vendido nada, contestó el maldito dan­zando en el barro.

-Sí señor, le di mi trompo, mi cordel, mi...

-¿Con que sí, eh? Venga usted acá, dijo tomándome por una mano. Vaya escoja allí cuantos cañizos quiera y que ese muchacho le devuelva lo que le ha quitado, que después ajustaremos cuentas con él.

¡Bendito sea quien imitando a Dios hace justicia en la tierra! La cara de aquel hombre no se me olvidará jamás. Hoy si lo viera lo llamaría para estrecharle la mano; pero nunca lo he vuelto a ver; quien sabe en cual de nuestras guerras habrá muerto.

Como aún no me había atrevido a pensar con qué com­praría la cuerda, le hurté a la cocinera de casa las que servían para extender la ropa que lavaba en la alberca y poner a asolear la carne fresca, y provisto ya de estos elementos me puse a desarrollar en grande los conocimientos geométricos aplicables a las cometas, que en mi carrera de niño había adquirido. Aquel exágono debía ser lo más regular posible, así fue que medí con la escrupu­losidad más grande las cuatro distancias de los lados, seguro de que las cabezas saldrían iguales. Con la cuerda que me sobró después de hecho el armazón, medí doce tantos iguales al tamaño de ésta, y he aquí lo largo que debía tener el rabo. Vara y cuarto medía a lo largo y una vara de ancho, si es que mis recuerdos no se me han echado a pique con tantos tropezones dolorosos que en la vida he tenido después. Porque has de saber que los recuerdos de la niñez deben ser delicados como las redes cristalinas que la escarcha forma con los hilos de las ara­ñas en las mañanas de verano sobre las hierbas de los campos.

Mi tío era esposo de una señora cuya familia fue de campanillas por su alcurnia, por su riqueza (que en mi tiempo ya había venido a menos) y por los servicios que prestó a la patria. Agustín Rosas, a quien la historia llama Andrés porque así se hizo llamar cuando los españoles lo fusilaron, fue sacrificado en Popayán a los vein­tiún años, llevando ya las charreteras de coronel. No me­nos servicios prestó Gabriel, quien con igual graduación murió algún tiempo después de la acción del Santuario, sucedida en 1830. Y cuento esto para dar a entender que mi tío era hombre de papeles. Calcule si no; tenía por montones las |Gacetas de Colombia, coleccionadas sin fal­tarle una sola; tenía |El Duende, El Día, y qué se yo que más; ¿pero daría un papel de aquellos? ¡Si acaso! Pri­mero le sacaban una muela cordal.

Perdida toda esperanza de obtener nada allí, tuve la audacia de entrarme en la casa de un inglés amigo de mis tíos, y tan leal que hoy, cuando casi todos han desa­parecido, ha hecho de mí un amigo como para no dejar extinguir el recuerdo de aquellos a quienes favoreció con su amistad. Una vez delante del doctor Davorem, ¿sabes lo que me pasó? Pues me cargó con un montón de |Times, es decir, con unas sábanas de papel tan largas y tan an­chas que con un número de ese periódico había para mil cometas, lo menos. ¡Ve si estaría contento! Quitarle el almidón a la aplanchadora y conseguir tijeras, todo fue obra de un momento; así fue que en menos de nada tuve forrada la cometa y con un fleco más largo que un día de hambre.

Mucho bregué por igualar el viento del centro y los de arriba, pero de un modo o de otro ya la cometa estaba lista; no me faltaba, como quien dice, nada, sino conse­guir los trapos para el rabo y la cuerda para encumbrarla.

Entro, pues, en la historia del rabo, y a la verdad que en buenas me meto, pues a fe que si no hablara de mi cometa, pondría punto en boca y dejaría el asunto a plu­mas mejor cortadas.

Los trapos deshilachados y mugrientos son, a mi ver, la imagen de nuestras dolencias secretas; en ninguna casa, por opulenta que parezca, dejan de ocupar un lugar re­cóndito que se procura ocultar a los extraños. Y cuántas veces bajo un rico frac, bajo los espumosos encajes que adornan un traje de moaré, se ocultan... Mejor será de­jar esto también a plumas mejor cortadas.

Como el rabo debía ser de distintos colores, defraudé a una criada de no se que prenda de su ropa blanca, y para conseguir unos trapos me entendí con un negro aprendiz de sastre donde míster Dubuy. Ese contrato fue de lo más disputado: según las estipulaciones hechas, de­bía yo darle al negro el pan de mi chocolate durante una semana, y obtendría en cambio el derecho a la basura del taller, la cual me entregaría el domingo. Dueño ya una vez de aquel rico botín, hallé retazos de calamaco colo­rado, de paño negro y mil variantes más que dieron al rabo el aspecto más hermoso que en mi vida he visto.

No se si debiera callar el medio que empleé para ob­tener la cuerda, pero como el historiador debe ser verídico no ocultaré nada.

Cerca a la primera Calle Real tenía una muy surtida tienda de botillería una joven que de haber tenido narices o siquiera un amago de elllas, habría sido de lo más ele­gante entre el bello sexo. Y como de aquella falta de que adolecía nacían la falta de buen timbre de voz y otras que no le faltaban, la pobre se volvía pura miel con quien siquiera la saludase al pasar por su calle. Por fortuna para ella, y creo que para mi también, un estudiante acertó a escribirle una carta diciéndole que ella era el centro de todas sus aspiraciones; y no le faltaba razón, porque lo que él deseaba era vivir a sus costillas, no comiéndole medio lado sino cuanto tenía en la tienda. Como aquella carta debía ser contestada incontinenti, fui llamado como amanuense y depositario de ese secreto. Pactamos que por la carta me daría cuatro ovillos de cabuya; pero por su­puesto no se habló de uno que otro dulce que al descuido me engullía cuando ella volvía la espalda.

Por lo visto, el amor del estudiante iba creciendo a medida que los tabacos y demás regalos se sucedían, y como el tal no podía verla sino los domingos, había epís­tola diaria tan segura, como seguros tenía yo los ovillos de cabuya que ganaba. Al terminar la semana tenía un montón tan grande que hasta vergüenza y cargo de con­ciencia me daba ya el verlo. Pero en fin: previsto está que de las debilidades de unos nacen las fortalezas de otros.

En aquel tiempo el mes de julio había dejado correr muchos de sus bellos días; estaba, pues, en lo que se pue­de llamar el vigor de su existencia. En uno de esos do­mingos, acaso el tercero, después de haber salido de la |congregación, en donde, como polluelos, bajo las alas de una capilla perfumada y llena de luz de aurora practi­cábamos los oficios de obligación, nos dimos cita para después de almuerzo con el objeto de ir a San Diego a encumbrar mi cometa.

Yo quisiera saber si tú has hecho algunos estudios psicológicos, y si en el caso tal, has podido averiguar có­mo es que los recuerdos se hallan colocados en el cerebro. ¿Por qué algunos de ellos aparecen con una tenacidad incontrastable, siendo de advertir que esos recuerdos son muchas veces pertenecientes a hechos y cosas enteramen­te sin interés en la vida? Cierto paraje de un camino so­litario, el vuelo precipitado de un ave pasajera, las facciones de un rostro sin hermosura y sin interés, visto de paso, el grito que hemos oído en un campo, grito que ha podido perderse en nuestra imaginación como se per­dió en el espacio, ¿por qué se conservan vivos en la me­moria? ¿Qué los detiene allí si no están ligados a nada que pueda interesarnos? Ahora, ¿por qué el recuerdo de otros hechos que forman parte de nuestra historia apa­recen sin consistencia, indecisos, débiles y sin forma visible, como si hubiesen sido vistos al través de un sueño, en tanto que hay sueños que toman el vigor y la fortaleza de los hechos positivos?

¡Qué domingo!, ¡qué domingo aquél! Ni una nube en el cielo, ni una sombra en la tierra. El sol derramaba luz esplendorosa desde un espacio azul, profundo y sin lími­tes, como Dios reparte misericordia sobre sus criaturas sin distinción alguna; las brisas frescas, puras y sutiles parecían esperarnos detrás de ciertas esquinas para sor­prendernos con alguna chanza que a veces pasaba de lo mandado, pues no contentas con alzarnos la ropa, nos botaba haciendo rodar hasta el caño nuestro sombrero de |panza de burro o la cachucha de paño verde.

¡Oh!, ¡con qué audacia se rompe en la niñez el soplo que nos detiene en el camino, soplo que vigoriza nuestras fuerzas y ensancha nuestros pulmones, y con qué debi­lidad se sienta el anciano a dejar pasar el huracán que le estorba el paso, le enturbia la vista y oprime el pecho con el polvo que lleva en sus alas!

A las once de la mañana estábamos reunidos en el zaguán de casa todos los convidados incluso Julián, de quien intencionalmente no quería hablar. ¡Es tan penoso traer recuerdos dolorosos, y restregar heridas que aún no se han restañado! Tu hermano y compañero de mi niñez, se fue ayer no más, como aprovechando un descuido para que no lo detuviesen los que tanto le amaban. Ojalá desde la eternidad acepte la terneza del recuerdo que le dedica uno de sus compañeros, precisamente a tiempo en que remueve en la memoria los perfumes más exquisitos de su vida.

Disputándonos el derecho cada cual de llevar alguna cosa, dile a uno la cuerda, a otro el rabo, a éste el en­grudo y papeles llevados a prevención, como quien dice los vendajes, para el caso de una caída o cualquier ac­cidente, y yo me reservé el derecho de llevar la cometa.

Aumentando el cortejo con los curiosos que se nos iban agregando a nuestro paso por la Calle Real, de Las Nie­ves y la de los Tres Puentes, entramos en la plazuela de San Diego con el orgullo y la confianza de buen éxito con que los soldados de Atila, Alarico y Breno llegaron a las puertas de Roma sucesivamente.

Allí encontramos diferentes grupos diseminados en el llano esperando la ocasión de poder encumbrar sus co­metas; pero era el caso que el viejo Eolo estaría retozando con las Ondinas quien sabe donde, y no había aparecido en toda la mañana. ¡Qué desesperación! El marino a quien sorprende una calma chicha. en buque de vela, es­caso ya de agua y provisiones, o el labrador que con todo el trigo derramado en la era abre los ojos y escudriña por todas partes buscando alguna señal de viento, sufren menos que quien después de tanto sacrificio se encuen­tra con que no puede ver alzar su cometa. Las nubes posadas en los horizontes como montones de ruinas in­móviles, las hojas de los árboles como incrustadas en un espacio de plomo y un sol que abrasa, era lo que por todas partes se nos ofrecía.

Por fin una voz dio el grito de alarma y todos nos preparamos para maniobrar. Efectivamente, las hojas de los cerezos lejanos se estremecieron con un rumor par­ticular, una nube de polvo se alzó en torbellinos y las primeras oleadas llegaron hasta nosotros.

A la voz de «eche», se alzaron las distintas cometas, otras volvieron de cabeza contra el suelo y la mía se le­vantó majestuosa como una gaviota sorprendida por el cazador en el ribazo de los mares. Cobré cuerda unas tres veces y le di |sustos otras tantas, hasta que por fin logré colocarla en una corriente de aire que le hizo cambiar de posición. Con inclinación constante hacia el noroeste fue cobrando con tanta celeridad, que la cuerda pasaba, con detrimento de nuestra piel, por entre las manos, romo si fuese un hilo de fuego.

La emoción que en estos momentos se siente es inex­plicable; el más leve enredo en la cuerda, la más pequeña detención podía causar una cabeceada o la ruptura de la cuerda. Ya se habían notado uno o dos movimientos de la cometa a derecha e izquierda algo alarmantes, la cola había azotado el espacio como si fuese una serpiente en agonía, y por instantes se vieron volar tiras de papel arrancadas al fleco, como las plumas de una paloma des­trozada por el halcón.

Por fin la aterradora voz de «¡se acabó la cuerda!», vino a esparcir el pánico en todos nosotros. No había más remedio que correr en el sentido de la aspiración de la cometa para ver si se colocaba en otra corriente más débil, y así se hizo; pero aquel juguete parecía arrebatado por algún demonio, pues mientras más corriamos detrás, más se alzaba con una fuerza prodigiosa. No nos quedó por fin más recurso que sacrificar algún sombrero para echarle de aviso, y el del criado de casa fue elegido. Prac­ticámosle un agujero por la copa, lo soltamos y en el acto empezó a subir hasta que llegó a los vientos. Entonces se sintió algo de pesantez que la hizo descender proba­blemente a alguna corriente más baja y pudimos des­cansar de aquel estado tan peligroso en que nos hallá­bamos.

Por unanimidad de pareceres se convino en que era preciso cobrar cuerda para tener de reserva y no ser sor­prendidos en caso de un nuevo huracán. Esta operación la hicimos por turno todos para tener el gusto de soguear y sentir el impulso que la cometa ejerce sobre las manos; dos de los que habían cumplido este antojo empezaron a ovillar de nuevo y otros dos a desenredar los amarra­dijos que se formaban en las matas que a nuestro alre­dedor había.

Con que placer veíamos entonces el movimiento que la cometa hacía a cada impulso de nuestros brazos al cobrarle cuerda; parecíanos ver a un nadador cuando trata de vencer la corriente, en tanto que la cola se movía aquí y allí como la de perro que acaricia al amo recién llegado. Así fuímosla trayendo sobre nosotros hasta que un grito de deleite sonó unánime en todas las filas.

«¡Parada en cuerda!», gritaron todos llenos de alegría. Este era un triunfo que compensaba nuestras anteriores angustias. La cometa había llegado a colocarse casi so­bre nuestras cabezas y permaneció inmóvil. El águila que otea su presa antes de precipitarse sobre ella es menos hermosa.

Esto no duró mucho tiempo y empezamos a sentir una flojedad que nos alarmó. El calmazo se presentaba de un instante a otro. Nuestros brazos no alcanzaron a cobrar con la presteza debida, y la cometa descendía con gran celeridad. Entonces apelamos a otro recurso y fue el de correr hacia adelante para proporcionarle una corriente artificial. Si hubiéramos permanecido allí, la cometa ha­bría caído en el. cementerio y la habríamos perdido.

Pensábamos bajarla definitivamente, cuando un grito general llegó hasta nosotros, dado por los que encum­brában sus cometas en la plazuela.

El huracán, por uno de esos cambios repentinos de la atmósfera, volvía acompañado de una llovizna que se desprendía desde el cerro.

-¡Tenga cuerda desenvuelta!, fue mi orden, y me pre­paré para afrontar el nuevo peligro.

Volvimos a mirar las cometas que habían quedado a nuestra espalda y comprendimos la suerte que se nos es­peraba. El ruido de las de fleco volado, de las de zum­bador y los gritos de los niños en su desesperación, nos hicieron comprender lo inminente del peligro y lo afron­tamos con serenidad, ya que no era posible evitarlo.

Hoy veo representado en aquellos juguetes lo que pasa a los hombres públicos. Más o menos, todos ascienden en diferentes escalas, pero raros son los que descienden pacíficamente o por lo menos sin avería, a la vida pri­vada. Había allí cometitas inquietas, cabeceadoras, que cambiaban de puesto a cada instante y que por falta de lastre, como quien dice de instrucción alguna, están des­tinadas a perecer enredadas en algún árbol o en la cuerda de otra cometa más grande. Estas son el chisgarabís de las cometas. Vi otras de carácter insidioso que llevaban en la cola oculta la navajuela, y ¡ay! de la cometa que pasase por cerca de ellas, porque entonces con un mo­vimiento rápido como un rayo cortaban la cuerda, aun la más fuerte. Los que tienen de esta clase de cometas son odiados y se huye de ellos instintivamente. Podía verse allí también aquella clase de cometas de las cuales nada había que temer, pero a las que se les dañaba algún viento, se les caía el peso que les habían puesto en el rabo o se les rompía algún listón, como si dijéramos de algunos hombres: se les afloja algún tornillo, y entonces empezaban a dar vueltas sobre sí mismas con toda la ce­leridad de un |ringlete hasta que se daban contra el suelo haciendose mil pedazos. Algunas de estas cometas solían descender en línea oblicua como un meteoro, pero acon­tecía también que antes de estrellarse se rehabilitaban y volvían a ascender a la altura de donde habían venido.

El huracán y la llovizna no tardaron en caer sobre nosotros y la cuerda empezó a llevarse la piel de nuestras manos y aun pedazos de nuestros vestidos; casi se le veía humear en dondequiera que se rozaba con algún objeto. No tardó en convertirse aquel campo en un desorden es­pantoso. Las voces, los gritos, los lamentos se sucedieron en medio de la más cruda agitación.

-¡Tengan aquí porque me arrastra!, decía uno.

-¡Métale cintura y afiance con el pie!, contestaba otro.

-¡Ay! ¡Ay! ¡No, sea bestia! ¡Aguárdese me desenredo el pie, porque me lo trueza!

-¡Cuerda! ¡Más cuerda!

-¡Se enredó aquí y no se puede soltar!

-¡Truece con los dientes, pero no vayan a echarle nudo corredizo!

-¡Arre, diantre!, que me arrastra, ¡yo la suelto! ¡Me quema las manos!

-¡Madre mía y señora! Se va a reventar. ¡Más cuerda!

-¡Se enredó en esta mata y no se puede soltar! ¿Qué hacemos en este caso?

Un alarido general fue acompañado de una terrible voz.

|-«¡Se reventó la cuerda!», dijimos todos y partimos corriendo.

Una puñalada dada a traición producirá el mismo movimiento que la ruptura de la cuerda para una cometa. Hay cierto estremecimiento, un no se qué de repentino y trágico que es inexplicable. Mi cometa se fue hacia atrás después del estremecimiento brusco que se le vio dar, y luego lentamente, como un cuerpo sin vida, midió los espacios dando vueltas sobre si misma. Ave herida en la mitad de su vuelo, descendió como luchando en los espacios con su agonía.

Dehesas, solares, barrizales, cercas, vallados, matorra­les, nada nos detuvo hasta que encontramos las paredes mudas y silenciosas que guardan a los muertos. Gritamos para que nos abriesen la puerta, nadie nos abrió; golpea­mos repetidas veces, pero nadie contestó. El objeto de nuestras afecciones había acertado a caer en donde han caído tantos seres queridos y que ya no volverán. Impo­sible que entonces hubiera yo de imaginarme, que aquello no era sino un símbolo de lo que nos pasaría en la vida. Allí cayó mi madre y sucesivamente...

¡Después de haber recogido los restos de cuerda qué nos quedaron, volvimos para nuestras casas, con el alma llena de amargura, los vestidos húmedos, la piel desga­rrada, las manos heridas y la esperanza muerta!

Allá quedaron, Tomás, todos los afanes, todos los es­fuerzos, los sacrificios, las humillaciones, el orgullo y la alegría infantil, no comparada eso sí, con nada de la vida.

 

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