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Era lo primero conseguir los palos del armazón; para esto fui a
la esquina de la Calle Real, en donde don Jacinto Flórez estaba
construyendo una casa, y allí le hice señas a un muchacho que
pisaba barro para que me vendiese tres
|cañizos que
tuviesen las condiciones necesarias, a saber: secos, poco nudosos y
bien rectos.
-Yo me los robo, me contestó, de aquel montón que tienen
destinado para hacer los cielos rasos, ¿pero cuánto me da?
-Te doy un tacón magnífico para jugar la golosa; con ese nunca
se pasa por los infiernos y se llega en menos de nada a la tercera
gloria.
Al oír el muchacho nombrar tacón, se rió con una carcajada
improvisada
|ad hoc y siguió pisando su barro. Si la oferta
hubiese sido hecha hoy día en que hasta las niñas nacen con
tacones, ¡como hubiera sido aquella risa!
-Bueno; si no quieres, te encimo unas calzonarias.
-¿Son de caucho? Muéstrelas
|a ver.
Cuando le hube mostrado el orillo de paño y la
|majagua
que de un lado y otro me detenían los calzones en su tenaz
tendencia a la gravitación, inventó otra risa más burlona y tomó
pretexto para irse. El muchacho adivinó en mí la angustia que
produce la necesidad y se propuso explotarme.
¡Quien fuera don Jacinto!, decía para mi con los ojos preñados
de lágrimas que se querían saltar. ¡Cuántas cometas saldrían de
aquel montón!
Le di por fin a ese desalmado un trompo nuevecito y que no tenía
ni un
|quiñazo y le encimé el cordel y las calzonarias. Por
poco me pide el alma, como sucede en los tratos que se hacen con el
diablo. Debo decir, no obstante, que el tirano, compadecido de mí,
me hizo donación de una de las calzonarias, y ya supondrás,
querido Tomasito, que fue la de
|majagua la que me
dejó.
Más alegre que si hubiese cogido el cielo con las manos, salía
yo de allí con mis tres cañas (pues no me quizo entimar ni tanto
así), cuando un sobrestante me dio el grito detrás:
-¡Hola, niño! ¿A dónde va con los cañizos?
Y esto decía cuando detrás levantaba una zurriaga tan larga como
de aquí allá, sin
|tantica mentira.
Como mujer sorprendida en un crimen, solté las cañas, caí
sentado sobre el polvo y alcancé a mirar a mi verdugo, llorando.;
pero como llora un niño en el supremo afán de sus desventuras.
-¿Por qué se roba usted los cañizos?, me preguntó.
-Yo no los robé; aquel muchacho me los vendió, le contesté
temblando de pies a cabeza.
-Yo no le he vendido nada, contestó el maldito danzando en el
barro.
-Sí señor, le di mi trompo, mi cordel, mi...
-¿Con que sí, eh? Venga usted acá, dijo tomándome por una mano.
Vaya escoja allí cuantos cañizos quiera y que ese muchacho le
devuelva lo que le ha quitado, que después ajustaremos cuentas con
él.
¡Bendito sea quien imitando a Dios hace justicia en la tierra!
La cara de aquel hombre no se me olvidará jamás. Hoy si lo viera lo
llamaría para estrecharle la mano; pero nunca lo he vuelto a ver;
quien sabe en cual de nuestras guerras habrá muerto.
Como aún no me había atrevido a pensar con qué compraría la
cuerda, le hurté a la cocinera de casa las que servían para
extender la ropa que lavaba en la alberca y poner a asolear la
carne fresca, y provisto ya de estos elementos me puse a
desarrollar en grande los conocimientos geométricos aplicables a
las cometas, que en mi carrera de niño había adquirido. Aquel
exágono debía ser lo más regular posible, así fue que medí con la
escrupulosidad más grande las cuatro distancias de los lados,
seguro de que las cabezas saldrían iguales. Con la cuerda que me
sobró después de hecho el armazón, medí doce tantos iguales al
tamaño de ésta, y he aquí lo largo que debía tener el rabo. Vara y
cuarto medía a lo largo y una vara de ancho, si es que mis
recuerdos no se me han echado a pique con tantos tropezones
dolorosos que en la vida he tenido después. Porque has de saber que
los recuerdos de la niñez deben ser delicados como las redes
cristalinas que la escarcha forma con los hilos de las arañas en
las mañanas de verano sobre las hierbas de los campos.
Mi tío era esposo de una señora cuya familia fue de campanillas
por su alcurnia, por su riqueza (que en mi tiempo ya había venido a
menos) y por los servicios que prestó a la patria. Agustín Rosas, a
quien la historia llama Andrés porque así se hizo llamar cuando los
españoles lo fusilaron, fue sacrificado en Popayán a los veintiún
años, llevando ya las charreteras de coronel. No menos servicios
prestó Gabriel, quien con igual graduación murió algún tiempo
después de la acción del Santuario, sucedida en 1830. Y cuento esto
para dar a entender que mi tío era hombre de papeles. Calcule si
no; tenía por montones las
|Gacetas de Colombia,
coleccionadas sin faltarle una sola; tenía
|El Duende, El Día,
y qué se yo que más; ¿pero daría un papel de aquellos? ¡Si
acaso! Primero le sacaban una muela cordal.
Perdida toda esperanza de obtener nada allí, tuve la audacia de
entrarme en la casa de un inglés amigo de mis tíos, y tan leal que
hoy, cuando casi todos han desaparecido, ha hecho de mí un amigo
como para no dejar extinguir el recuerdo de aquellos a quienes
favoreció con su amistad. Una vez delante del doctor Davorem,
¿sabes lo que me pasó? Pues me cargó con un montón de
|Times,
es decir, con unas sábanas de papel tan largas y tan anchas que
con un número de ese periódico había para mil cometas, lo menos.
¡Ve si estaría contento! Quitarle el almidón a la aplanchadora y
conseguir tijeras, todo fue obra de un momento; así fue que en
menos de nada tuve forrada la cometa y con un fleco más largo que
un día de hambre.
Mucho bregué por igualar el viento del centro y los de arriba,
pero de un modo o de otro ya la cometa estaba lista; no me faltaba,
como quien dice, nada, sino conseguir los trapos para el rabo y la
cuerda para encumbrarla.
Entro, pues, en la historia del rabo, y a la verdad que en
buenas me meto, pues a fe que si no hablara de mi cometa, pondría
punto en boca y dejaría el asunto a plumas mejor cortadas.
Los trapos deshilachados y mugrientos son, a mi ver, la imagen
de nuestras dolencias secretas; en ninguna casa, por opulenta que
parezca, dejan de ocupar un lugar recóndito que se procura ocultar
a los extraños. Y cuántas veces bajo un rico frac, bajo los
espumosos encajes que adornan un traje de moaré, se ocultan...
Mejor será dejar esto también a plumas mejor cortadas.
Como el rabo debía ser de distintos colores, defraudé a una
criada de no se que prenda de su ropa blanca, y para conseguir unos
trapos me entendí con un negro aprendiz de sastre donde míster
Dubuy. Ese contrato fue de lo más disputado: según las
estipulaciones hechas, debía yo darle al negro el pan de mi
chocolate durante una semana, y obtendría en cambio el derecho a la
basura del taller, la cual me entregaría el domingo. Dueño ya una
vez de aquel rico botín, hallé retazos de calamaco colorado, de
paño negro y mil variantes más que dieron al rabo el aspecto más
hermoso que en mi vida he visto.
No se si debiera callar el medio que empleé para obtener la
cuerda, pero como el historiador debe ser verídico no ocultaré
nada.
Cerca a la primera Calle Real tenía una muy surtida tienda de
botillería una joven que de haber tenido narices o siquiera un
amago de elllas, habría sido de lo más elegante entre el bello
sexo. Y como de aquella falta de que adolecía nacían la falta de
buen timbre de voz y otras que no le faltaban, la pobre se volvía
pura miel con quien siquiera la saludase al pasar por su calle. Por
fortuna para ella, y creo que para mi también, un estudiante acertó
a escribirle una carta diciéndole que ella era el centro de todas
sus aspiraciones; y no le faltaba razón, porque lo que él deseaba
era vivir a sus costillas, no comiéndole medio lado sino cuanto
tenía en la tienda. Como aquella carta debía ser contestada
incontinenti, fui llamado como amanuense y depositario de ese
secreto. Pactamos que por la carta me daría cuatro ovillos de
cabuya; pero por supuesto no se habló de uno que otro dulce que al
descuido me engullía cuando ella volvía la espalda.
Por lo visto, el amor del estudiante iba creciendo a medida que
los tabacos y demás regalos se sucedían, y como el tal no podía
verla sino los domingos, había epístola diaria tan segura, como
seguros tenía yo los ovillos de cabuya que ganaba. Al terminar la
semana tenía un montón tan grande que hasta vergüenza y cargo de
conciencia me daba ya el verlo. Pero en fin: previsto está que de
las debilidades de unos nacen las fortalezas de otros.
En aquel tiempo el mes de julio había dejado correr muchos de
sus bellos días; estaba, pues, en lo que se puede llamar el vigor
de su existencia. En uno de esos domingos, acaso el tercero,
después de haber salido de la
|congregación, en donde, como
polluelos, bajo las alas de una capilla perfumada y llena de luz de
aurora practicábamos los oficios de obligación, nos dimos cita
para después de almuerzo con el objeto de ir a San Diego a
encumbrar mi cometa.
Yo quisiera saber si tú has hecho algunos estudios psicológicos,
y si en el caso tal, has podido averiguar cómo es que los
recuerdos se hallan colocados en el cerebro. ¿Por qué algunos de
ellos aparecen con una tenacidad incontrastable, siendo de advertir
que esos recuerdos son muchas veces pertenecientes a hechos y cosas
enteramente sin interés en la vida? Cierto paraje de un camino
solitario, el vuelo precipitado de un ave pasajera, las facciones
de un rostro sin hermosura y sin interés, visto de paso, el grito
que hemos oído en un campo, grito que ha podido perderse en nuestra
imaginación como se perdió en el espacio, ¿por qué se conservan
vivos en la memoria? ¿Qué los detiene allí si no están ligados a
nada que pueda interesarnos? Ahora, ¿por qué el recuerdo de otros
hechos que forman parte de nuestra historia aparecen sin
consistencia, indecisos, débiles y sin forma visible, como si
hubiesen sido vistos al través de un sueño, en tanto que hay sueños
que toman el vigor y la fortaleza de los hechos positivos?
¡Qué domingo!, ¡qué domingo aquél! Ni una nube en el cielo, ni
una sombra en la tierra. El sol derramaba luz esplendorosa desde un
espacio azul, profundo y sin límites, como Dios reparte
misericordia sobre sus criaturas sin distinción alguna; las brisas
frescas, puras y sutiles parecían esperarnos detrás de ciertas
esquinas para sorprendernos con alguna chanza que a veces pasaba
de lo mandado, pues no contentas con alzarnos la ropa, nos botaba
haciendo rodar hasta el caño nuestro sombrero de
|panza de
burro o la cachucha de paño verde.
¡Oh!, ¡con qué audacia se rompe en la niñez el soplo que nos
detiene en el camino, soplo que vigoriza nuestras fuerzas y
ensancha nuestros pulmones, y con qué debilidad se sienta el
anciano a dejar pasar el huracán que le estorba el paso, le
enturbia la vista y oprime el pecho con el polvo que lleva en sus
alas!
A las once de la mañana estábamos reunidos en el zaguán de casa
todos los convidados incluso Julián, de quien intencionalmente no
quería hablar. ¡Es tan penoso traer recuerdos dolorosos, y
restregar heridas que aún no se han restañado! Tu hermano y
compañero de mi niñez, se fue ayer no más, como aprovechando un
descuido para que no lo detuviesen los que tanto le amaban. Ojalá
desde la eternidad acepte la terneza del recuerdo que le dedica uno
de sus compañeros, precisamente a tiempo en que remueve en la
memoria los perfumes más exquisitos de su vida.
Disputándonos el derecho cada cual de llevar alguna cosa, dile a
uno la cuerda, a otro el rabo, a éste el engrudo y papeles
llevados a prevención, como quien dice los vendajes, para el caso
de una caída o cualquier accidente, y yo me reservé el derecho de
llevar la cometa.
Aumentando el cortejo con los curiosos que se nos iban agregando
a nuestro paso por la Calle Real, de Las Nieves y la de los Tres
Puentes, entramos en la plazuela de San Diego con el orgullo y la
confianza de buen éxito con que los soldados de Atila, Alarico y
Breno llegaron a las puertas de Roma sucesivamente.
Allí encontramos diferentes grupos diseminados en el llano
esperando la ocasión de poder encumbrar sus cometas; pero era el
caso que el viejo Eolo estaría retozando con las Ondinas quien sabe
donde, y no había aparecido en toda la mañana. ¡Qué desesperación!
El marino a quien sorprende una calma chicha. en buque de vela,
escaso ya de agua y provisiones, o el labrador que con todo el
trigo derramado en la era abre los ojos y escudriña por todas
partes buscando alguna señal de viento, sufren menos que quien
después de tanto sacrificio se encuentra con que no puede ver
alzar su cometa. Las nubes posadas en los horizontes como montones
de ruinas inmóviles, las hojas de los árboles como incrustadas en
un espacio de plomo y un sol que abrasa, era lo que por todas
partes se nos ofrecía.
Por fin una voz dio el grito de alarma y todos nos preparamos
para maniobrar. Efectivamente, las hojas de los cerezos lejanos se
estremecieron con un rumor particular, una nube de polvo se alzó
en torbellinos y las primeras oleadas llegaron hasta nosotros.
A la voz de «eche», se alzaron las distintas cometas, otras
volvieron de cabeza contra el suelo y la mía se levantó majestuosa
como una gaviota sorprendida por el cazador en el ribazo de los
mares. Cobré cuerda unas tres veces y le di
|sustos otras
tantas, hasta que por fin logré colocarla en una corriente de aire
que le hizo cambiar de posición. Con inclinación constante hacia el
noroeste fue cobrando con tanta celeridad, que la cuerda pasaba,
con detrimento de nuestra piel, por entre las manos, romo si fuese
un hilo de fuego.
La emoción que en estos momentos se siente es inexplicable; el
más leve enredo en la cuerda, la más pequeña detención podía causar
una cabeceada o la ruptura de la cuerda. Ya se habían notado uno o
dos movimientos de la cometa a derecha e izquierda algo alarmantes,
la cola había azotado el espacio como si fuese una serpiente en
agonía, y por instantes se vieron volar tiras de papel arrancadas
al fleco, como las plumas de una paloma destrozada por el
halcón.
Por fin la aterradora voz de «¡se acabó la cuerda!», vino a
esparcir el pánico en todos nosotros. No había más remedio que
correr en el sentido de la aspiración de la cometa para ver si se
colocaba en otra corriente más débil, y así se hizo; pero aquel
juguete parecía arrebatado por algún demonio, pues mientras más
corriamos detrás, más se alzaba con una fuerza prodigiosa. No nos
quedó por fin más recurso que sacrificar algún sombrero para
echarle de aviso, y el del criado de casa fue elegido.
Practicámosle un agujero por la copa, lo soltamos y en el acto
empezó a subir hasta que llegó a los vientos. Entonces se sintió
algo de pesantez que la hizo descender probablemente a alguna
corriente más baja y pudimos descansar de aquel estado tan
peligroso en que nos hallábamos.
Por unanimidad de pareceres se convino en que era preciso cobrar
cuerda para tener de reserva y no ser sorprendidos en caso de un
nuevo huracán. Esta operación la hicimos por turno todos para tener
el gusto de soguear y sentir el impulso que la cometa ejerce sobre
las manos; dos de los que habían cumplido este antojo empezaron a
ovillar de nuevo y otros dos a desenredar los amarradijos que se
formaban en las matas que a nuestro alrededor había.
Con que placer veíamos entonces el movimiento que la cometa
hacía a cada impulso de nuestros brazos al cobrarle cuerda;
parecíanos ver a un nadador cuando trata de vencer la corriente, en
tanto que la cola se movía aquí y allí como la de perro que
acaricia al amo recién llegado. Así fuímosla trayendo sobre
nosotros hasta que un grito de deleite sonó unánime en todas las
filas.
«¡Parada en cuerda!», gritaron todos llenos de alegría. Este era
un triunfo que compensaba nuestras anteriores angustias. La cometa
había llegado a colocarse casi sobre nuestras cabezas y permaneció
inmóvil. El águila que otea su presa antes de precipitarse sobre
ella es menos hermosa.
Esto no duró mucho tiempo y empezamos a sentir una flojedad que
nos alarmó. El calmazo se presentaba de un instante a otro.
Nuestros brazos no alcanzaron a cobrar con la presteza debida, y la
cometa descendía con gran celeridad. Entonces apelamos a otro
recurso y fue el de correr hacia adelante para proporcionarle una
corriente artificial. Si hubiéramos permanecido allí, la cometa
habría caído en el. cementerio y la habríamos perdido.
Pensábamos bajarla definitivamente, cuando un grito general
llegó hasta nosotros, dado por los que encumbrában sus cometas en
la plazuela.
El huracán, por uno de esos cambios repentinos de la atmósfera,
volvía acompañado de una llovizna que se desprendía desde el
cerro.
-¡Tenga cuerda desenvuelta!, fue mi orden, y me preparé para
afrontar el nuevo peligro.
Volvimos a mirar las cometas que habían quedado a nuestra
espalda y comprendimos la suerte que se nos esperaba. El ruido de
las de fleco volado, de las de zumbador y los gritos de los niños
en su desesperación, nos hicieron comprender lo inminente del
peligro y lo afrontamos con serenidad, ya que no era posible
evitarlo.
Hoy veo representado en aquellos juguetes lo que pasa a los
hombres públicos. Más o menos, todos ascienden en diferentes
escalas, pero raros son los que descienden pacíficamente o por lo
menos sin avería, a la vida privada. Había allí cometitas
inquietas, cabeceadoras, que cambiaban de puesto a cada instante y
que por falta de lastre, como quien dice de instrucción alguna,
están destinadas a perecer enredadas en algún árbol o en la cuerda
de otra cometa más grande. Estas son el chisgarabís de las cometas.
Vi otras de carácter insidioso que llevaban en la cola oculta la
navajuela, y ¡ay! de la cometa que pasase por cerca de ellas,
porque entonces con un movimiento rápido como un rayo cortaban la
cuerda, aun la más fuerte. Los que tienen de esta clase de cometas
son odiados y se huye de ellos instintivamente. Podía verse allí
también aquella clase de cometas de las cuales nada había que
temer, pero a las que se les dañaba algún viento, se les caía el
peso que les habían puesto en el rabo o se les rompía algún listón,
como si dijéramos de algunos hombres: se les afloja algún tornillo,
y entonces empezaban a dar vueltas sobre sí mismas con toda la
celeridad de un
|ringlete hasta que se daban contra el suelo
haciendose mil pedazos. Algunas de estas cometas solían descender
en línea oblicua como un meteoro, pero acontecía también que antes
de estrellarse se rehabilitaban y volvían a ascender a la altura de
donde habían venido.
El huracán y la llovizna no tardaron en caer sobre nosotros y la
cuerda empezó a llevarse la piel de nuestras manos y aun pedazos de
nuestros vestidos; casi se le veía humear en dondequiera que se
rozaba con algún objeto. No tardó en convertirse aquel campo en un
desorden espantoso. Las voces, los gritos, los lamentos se
sucedieron en medio de la más cruda agitación.
-¡Tengan aquí porque me arrastra!, decía uno.
-¡Métale cintura y afiance con el pie!, contestaba otro.
-¡Ay! ¡Ay! ¡No, sea bestia! ¡Aguárdese me desenredo el pie,
porque me lo trueza!
-¡Cuerda! ¡Más cuerda!
-¡Se enredó aquí y no se puede soltar!
-¡Truece con los dientes, pero no vayan a echarle nudo
corredizo!
-¡Arre, diantre!, que me arrastra, ¡yo la suelto! ¡Me quema las
manos!
-¡Madre mía y señora! Se va a reventar. ¡Más cuerda!
-¡Se enredó en esta mata y no se puede soltar! ¿Qué hacemos en
este caso?
Un alarido general fue acompañado de una terrible voz.
|-«¡Se reventó la cuerda!», dijimos todos y partimos
corriendo.
Una puñalada dada a traición producirá el mismo movimiento que
la ruptura de la cuerda para una cometa. Hay cierto
estremecimiento, un no se qué de repentino y trágico que es
inexplicable. Mi cometa se fue hacia atrás después del
estremecimiento brusco que se le vio dar, y luego lentamente, como
un cuerpo sin vida, midió los espacios dando vueltas sobre si
misma. Ave herida en la mitad de su vuelo, descendió como luchando
en los espacios con su agonía.
Dehesas, solares, barrizales, cercas, vallados, matorrales,
nada nos detuvo hasta que encontramos las paredes mudas y
silenciosas que guardan a los muertos. Gritamos para que nos
abriesen la puerta, nadie nos abrió; golpeamos repetidas veces,
pero nadie contestó. El objeto de nuestras afecciones había
acertado a caer en donde han caído tantos seres queridos y que ya
no volverán. Imposible que entonces hubiera yo de imaginarme, que
aquello no era sino un símbolo de lo que nos pasaría en la vida.
Allí cayó mi madre y sucesivamente...
¡Después de haber recogido los restos de cuerda qué nos
quedaron, volvimos para nuestras casas, con el alma llena de
amargura, los vestidos húmedos, la piel desgarrada, las manos
heridas y la esperanza muerta!
Allá quedaron, Tomás, todos los afanes, todos los esfuerzos,
los sacrificios, las humillaciones, el orgullo y la alegría
infantil, no comparada eso sí, con nada de la vida.
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