INDICE

El Mercado

El Puente de Icononzo

Mi Primer Caballo

Panorama de las Llanuras de San Martín

Una Compra de Novillos

Benedicto Nieves o La Mano de la Providencia

Los Conjurados del 25 de Septiembre en Palacio

Fundación de Bogotá

Revista de un Album

En Busca de Médico para María

Mariquita

Indios Paeces

Recuerdos de Tierra Caliente

El Paseo al Salto del Tequendama

La Cascada del Tequendama

Las Criadas de Bogotá

San Pedro

Las Coronas

Un Compadrazgo en la Montaña

Los Cojines de Tunja

Bogotá Después de una Revolución

Popayán y Pasto

Navegación por el Chocó

Las Tres Tazas

Cueva de Tuluni

Las Principales Edades de la Mujer

Jacinta

La Bruja

Viaje a Oriente

Revista de la Moda

La Justicia y el Delito en el Nuevo Reino de Granada

Los Entreactos de Lucia

Las Fiestas de Piedras

La Ventanera

Viaje a Oriente

El Trilladero del Vínculo

Historia de unas Viruelas

La Guitarra

Mi Cometa

La Niña Agueda

Una Ronda de Don Ventura Ahumada

 

MI COMETA

Por José David Guarín

Dedicado al señor Tomás Pardo R.

Empiezo por confesar una debilidad. Yo soy hombre a quien se le da un pito para zurcir un articulejo, pero que suda lo que Dios sabe para hacer unos versos de los de ciento al cuarto. Y luego, como me da porque los tales han de ser de lo más suelto y blando posible, pues tanto peor.

Envuelto en mí mismo estaría probablemente hace pocos días bregando en mi escritorio con no sé qué idea o sudando con una sinalefa que pretendía a todo trance endurecerme un verso, y no sé realmente lo que sería de mí, pero el hecho es que me hallaba ausente de todo lo terrenal, excepto del objeto a quien pretendía endere­zarle los versos. ¡Qué diantre! En qué estado de beatitud tan excelente me hallaba, cuando una voz hacia mi es­palda dijo:

-Papacito, ¿me le pone los vientos a mi cometa?

-¡Qué!, dije volviendo a mirar con los ojos saltados y la fisonomía aterradora. El despertar brusco de aquel estado celestial a esta vida, me produjo una impresión nerviosa tal, que me llegó a los pies. El niño quedó so­brecogido al verme, pero yo, soltando la pluma, le tomé la cometa prometiéndole hacer lo que deseaba.

Entonces llegaron todos los recuerdos de mi niñez. La vista de aquel juguete produjo en mí el efecto de una melodía largo tiempo no oída, melodía que estuvo unida a las horas de felicidad muertas ya para el pasado, pero vivas aún para el recuerdo. Sentí en mi alma como el perfume que se empapa en el ala de una brisa y que sin saber de dónde venga ni a dónde vaya a morir, nos trae el recuerdo de otros días en que habíamos respirado la misma esencia al lado de algún ser querido. ¡Qué más perfume que el recuerdo de la niñez!

Todo aquello que recordé durante la operación y en tanto que el niño me hacía observaciones tan acertadas como él creía, según los conocimientos adquiridos ya en aquella materia, es lo que te dedico hoy, querido Tomás; tomándome sí una libertad, y es la de hacerte no sólo Mecenas sino personaje de mi historia.

Es de advertir que con esto hago un grande esfuerzo. Yo no escribiría nunca mi propia historia; hay un cendal que cubre nuestras miserias y nuestras felicidades que repugna levantar uno mismo. Muchos han existido que, haciendo a un lado el pudor, se han presentado desnudos ante el público y ante su propia conciencia. No sé si hayan hecho bien; pero por lo que hace a mí, jamás haré tal desacierto. ¡Qué!, si cuando llamándome a cuentas desciendo algunos peldaños dentro de mi alma, he vuelto tan horrorizado, ¿qué sería si intentase recorrer la historia de una vida que si por algo se ha hecho |notable es por la ignorancia de su carrera?

Tú sabes que yo vine huérfano al mundo. ¿Podré de­cirlo así? Cómo no, si cuando mi padre murió, apenas intentaba dar los primeros pasos asido de la falda de mi madre enferma y decadente ya. No muy tarde se fue ella también y entonces quedamos mi hermano menor y yo en el nido sin que nuestras implumes alas aun pudiesen sostenernos en el espacio en que habríamos de vivir. Sa­bes también que nuestro segundo padre lo fue un virtuoso hombre a quien Dios premie; y es en la casa de don Bernardo Pineda, contigua a la tuya, en donde empieza esta mi narración.

Tres tomos de autores selectos, la Gramática griega, el Nebrija, las Platiquillas, el Masústegui, el Arte explicado, la Geografía, un tintero, papel y pluma colmaban una |chácara que maldito lo que nos pesaba cuando reunidos en la esquina del Colegio del Rosario y en vía para el de los Jesuitas nos metíamos en el zaguán de la casa de don Agustín de Francisco, o en los portales de los correos para hacer de consuno las oraciones latinas.

En esa |chácara faltan los cigarros, el tacón para jugar la |golosa, las bolas, el trompo, la ensaladilla contra los patanes, y el medio real en efectivo para gastos extraordi­narios, cosas indispensables, según dijo Saravia; en todo estudiante de aquellos tiempos, dirá cualquiera. Eso sería permitido en los otros colegios, pero no en el de los Je­suitas, en donde la |chácara y | otras cosas debían estar palpables y visibles en cualquier momento dado, como si fuera la conciencia de uno de sus neófitos. Ahí está Flo­rido, nuestro conserje entonces, sacristán hoy de San Juan de Dios, que diga cuántas veces nos registró hasta las entrañas y nos dio férula hasta en las narices. ¡Qué! To­davía recuerdo que un estudiante, por no quedar convicto y confeso de un crimen cometido con una vieja, se tragó un |triquitraque con pólvora |y |todo (que pudo haberse reventado) antes que permitir que se lo hallaran entre su bolsillo. Aquello habría merecido la expulsión o cuando menos una vapulación docenaria | [1] . | Entre nosotros el contrabando se guardaba como carta de noticias en tiempo de guerra, ya fuese entre los forros del capote, o de la chaqueta, y cuando era una ensaladilla o pintura en que la figura en primer término la formaba alguna de sus Reverencias (todavía lo escribo con R mayúscula porque me da miedo), entonces el papel se metía entre la funda o los forros del sombrero y a veces entre el escapulario.

¿Tú recuerdas lo que era un jueves en aquella época? El jueves significaba esto: una hora de estudio y otra de clase; lo que dura una misa generalmente pasada en con­templaciones acerca de los planes para lo futuro y ¡afuera todo el día! Una vez en el atrio de San Carlos, nosotros parecíamos una bandada de mariposas viajeras en el mes de junio, o una manada de corderos a los que les alzan los palos de la talanquera cuando el sol ha evaporado el rocío que, como lágrimas de la noche brilla en la fresca y menuda hierba de la dehesa.

Espacio, luz, porvenir brillante y sin la sombra que dejan los desengaños, he aquí la atmósfera en que nada un niño. ¡Al río! ¡Vámonos a Fucha!, era la voz más general en los meses de verano, y he aquí en bandadas a los estudiantes por esos trigos de Dios.

Mucho he voltejeado durante mi peregrinación por este mundo redondo; pero nada de lo que he visto se me ha quedado tan presente como los sitios que pasée en mi niñez. Aquí están, como si los viese ahora, los caminos y sus vallados cubiertos de malezas en donde reventábamos los sapos a pedradas, después de provocarlos, la acequia en donde pescábamos guapuchas, los sauces donde avis­tábamos el nido, los |alfandoques de Tres Esquinas, los rosquetes del puente de Santa Catalina, los llanos que pasábamos a volantines y la montada en los terneros; vivo está el recuerdo de la fuga en que nos ponían los abejones cuando nos perseguían porque les habíamos hurgado la colmena para extraer el sabroso alimento que fabrican; y sobre todo el río, el río sobre su lecho de menudas pedrezuelas en unas partes o de arena en otras, jamás se me olvidará. Allá estará todavía el pozo de |La Fragua que nosotros veíamos, como ahora consideramos la eternidad, misterioso e insondable.

Hay un hecho que nadie olvidará en su vida y es el día en que por primera vez puede uno sobreaguarse. ¡Oh!, para mí el día en que abandoné las vejigas y pude sostenerme sobre el agua nadando como perro, será im­perecedero. Aquella noche fue un eterno soñar nadando en los espacios a más no poder, y los días que pasaba en el colegio sin ir al río fueron largos como la eternidad de los réprobos.

Vistos hoy con ojo imparcial los grupos de alisos ceni­cientos que bordan a trechos las orillas del río sin rumo­res y casi sin aguas, no se podrá menos de confesar que aquello es melancólico como melancólicas son las exten­sas llanuras sin accidentes y sin más vegetación que la que, como una felpa arrasada por el uso, cubre el suelo siempre igual. Pero, sin embargo, ¡qué de perfume no traen estos recuerdos al alma hoy! Cómo no confesar que

¡Las memorias campestres de la infancia,
tienen siempre el sabor de la inocencia!
Esos recuerdos con olor de helecho
son el idilio de la edad primera,
son la planta parásita del hombre
que, aun seco el árbol, su verdor conservan | [2] .


A la fecha de mi cuento ya había yo pasado por esa escala rigurosa de las cometas en que se principia por aquellas que tienen por armazón tres espartos y unos pe­dacitos de cera, por tamaño el primer papel a que se le puede poner la mano, por rabo una tira de trapo y por cuerda un hilo; cometas que tienen por objeto hacer ejer­cicio, pues para que encumbren en las calles hay que co­rrer incesantemente hasta que quedan enredadas en el tejado más alto o en el cerezo del solar vecino. Había pasado también, sabe Dios cómo, de las cometas de miniatura al redondo y pesado pandero y, por último, de­seaba llegar ya a la cometa hecha y derecha y con todas sus consecuencias. Y entro aquí en la historia de todos los sacrificios que hube de hacer y de todas las combi­naciones que puse en planta a fin de conseguir los elementos para tan audaz empresa, atendidas mis fuerzas económicas y rentísticas.

 

[1] En las funciones religiosas que los Padres de la Compañía celebraban con el nombre de |Mes de María, un estudiante esperó una noche en el atrio la salida del concurso allí encerrado. Al pasar una vieja que en una mano llevaba su linterna encendida, en la otra la camándula y en los labios una oración, se le acer­có el pillo y con el aire más compungido le dijo: -Tenga la bondad, por amor de Dios, de prestarme la candela para encender mi tabaco. -Con mucho gusto, contestó la vieja, y le abrió la puertecilla a la linterna. Luego que el pícaro le pren­dió la mecha a un |triquitraque y lo dejó allí, se confundió entre el concurso. ¡Ave María Purísimal ¡San Jerónimo bendito!, fue la exclamación de la abuela al lanzar el farol tan alto como pudo; ella creyó ser destruida por una bomba infernal. Excu­sado es decir que al estrellarse el farol en el suelo no quedó ni un vidrio bueno. Ya se puede, pues, adivinar, que aquel a quien al día siguiente se le hallara siquiera olor a pólvora, estaba perdido. De aquí el haberse tragado el |triquitraque al empezar la averiguación del hecho.
[2] Gregorio Gutiérrez González.
 

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