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MI COMETA
Por José David
Guarín
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Dedicado al señor Tomás Pardo R.
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Empiezo por confesar una debilidad. Yo soy hombre a quien se le
da un pito para zurcir un articulejo, pero que suda lo que Dios
sabe para hacer unos versos de los de ciento al cuarto. Y luego,
como me da porque los tales han de ser de lo más suelto y blando
posible, pues tanto peor.
Envuelto en mí mismo estaría probablemente hace pocos días
bregando en mi escritorio con no sé qué idea o sudando con una
sinalefa que pretendía a todo trance endurecerme un verso, y no sé
realmente lo que sería de mí, pero el hecho es que me hallaba
ausente de todo lo terrenal, excepto del objeto a quien pretendía
enderezarle los versos. ¡Qué diantre! En qué estado de beatitud
tan excelente me hallaba, cuando una voz hacia mi espalda
dijo:
-Papacito, ¿me le pone los vientos a mi cometa?
-¡Qué!, dije volviendo a mirar con los ojos saltados y la
fisonomía aterradora. El despertar brusco de aquel estado celestial
a esta vida, me produjo una impresión nerviosa tal, que me llegó a
los pies. El niño quedó sobrecogido al verme, pero yo, soltando la
pluma, le tomé la cometa prometiéndole hacer lo que deseaba.
Entonces llegaron todos los recuerdos de mi niñez. La vista de
aquel juguete produjo en mí el efecto de una melodía largo tiempo
no oída, melodía que estuvo unida a las horas de felicidad muertas
ya para el pasado, pero vivas aún para el recuerdo. Sentí en mi
alma como el perfume que se empapa en el ala de una brisa y que sin
saber de dónde venga ni a dónde vaya a morir, nos trae el recuerdo
de otros días en que habíamos respirado la misma esencia al lado de
algún ser querido. ¡Qué más perfume que el recuerdo de la
niñez!
Todo aquello que recordé durante la operación y en tanto que el
niño me hacía observaciones tan acertadas como él creía, según los
conocimientos adquiridos ya en aquella materia, es lo que te dedico
hoy, querido Tomás; tomándome sí una libertad, y es la de hacerte
no sólo Mecenas sino personaje de mi historia.
Es de advertir que con esto hago un grande esfuerzo. Yo no
escribiría nunca mi propia historia; hay un cendal que cubre
nuestras miserias y nuestras felicidades que repugna levantar uno
mismo. Muchos han existido que, haciendo a un lado el pudor, se han
presentado desnudos ante el público y ante su propia conciencia. No
sé si hayan hecho bien; pero por lo que hace a mí, jamás haré tal
desacierto. ¡Qué!, si cuando llamándome a cuentas desciendo algunos
peldaños dentro de mi alma, he vuelto tan horrorizado, ¿qué sería
si intentase recorrer la historia de una vida que si por algo se ha
hecho
|notable es por la ignorancia de su carrera?
Tú sabes que yo vine huérfano al mundo. ¿Podré decirlo así?
Cómo no, si cuando mi padre murió, apenas intentaba dar los
primeros pasos asido de la falda de mi madre enferma y decadente
ya. No muy tarde se fue ella también y entonces quedamos mi hermano
menor y yo en el nido sin que nuestras implumes alas aun pudiesen
sostenernos en el espacio en que habríamos de vivir. Sabes también
que nuestro segundo padre lo fue un virtuoso hombre a quien Dios
premie; y es en la casa de don Bernardo Pineda, contigua a la tuya,
en donde empieza esta mi narración.
Tres tomos de autores selectos, la Gramática griega, el Nebrija,
las Platiquillas, el Masústegui, el Arte explicado, la Geografía,
un tintero, papel y pluma colmaban una
|chácara que maldito
lo que nos pesaba cuando reunidos en la esquina del Colegio del
Rosario y en vía para el de los Jesuitas nos metíamos en el zaguán
de la casa de don Agustín de Francisco, o en los portales de los
correos para hacer de consuno las oraciones latinas.
En esa
|chácara faltan los cigarros, el tacón para jugar
la
|golosa, las bolas, el trompo, la ensaladilla contra los
patanes, y el medio real en efectivo para gastos extraordinarios,
cosas indispensables, según dijo Saravia; en todo estudiante de
aquellos tiempos, dirá cualquiera. Eso sería permitido en los otros
colegios, pero no en el de los Jesuitas, en donde la
|chácara y
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otras cosas debían estar palpables y
visibles en cualquier momento dado, como si fuera la conciencia de
uno de sus neófitos. Ahí está Florido, nuestro conserje entonces,
sacristán hoy de San Juan de Dios, que diga cuántas veces nos
registró hasta las entrañas y nos dio férula hasta en las narices.
¡Qué! Todavía recuerdo que un estudiante, por no quedar convicto y
confeso de un crimen cometido con una vieja, se tragó un
|triquitraque con pólvora
|y
|todo (que pudo
haberse reventado) antes que permitir que se lo hallaran entre su
bolsillo. Aquello habría merecido la expulsión o cuando menos una
vapulación docenaria
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[1]
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Entre
nosotros el contrabando se guardaba como carta de noticias en
tiempo de guerra, ya fuese entre los forros del capote, o de la
chaqueta, y cuando era una ensaladilla o pintura en que la figura
en primer término la formaba alguna de sus Reverencias (todavía lo
escribo con R mayúscula porque me da miedo), entonces el papel se
metía entre la funda o los forros del sombrero y a veces entre el
escapulario.
¿Tú recuerdas lo que era un jueves en aquella época? El jueves
significaba esto: una hora de estudio y otra de clase; lo que dura
una misa generalmente pasada en contemplaciones acerca de los
planes para lo futuro y ¡afuera todo el día! Una vez en el atrio de
San Carlos, nosotros parecíamos una bandada de mariposas viajeras
en el mes de junio, o una manada de corderos a los que les alzan
los palos de la talanquera cuando el sol ha evaporado el rocío que,
como lágrimas de la noche brilla en la fresca y menuda hierba de la
dehesa.
Espacio, luz, porvenir brillante y sin la sombra que dejan los
desengaños, he aquí la atmósfera en que nada un niño. ¡Al río!
¡Vámonos a Fucha!, era la voz más general en los meses de verano, y
he aquí en bandadas a los estudiantes por esos trigos de Dios.
Mucho he voltejeado durante mi peregrinación por este mundo
redondo; pero nada de lo que he visto se me ha quedado tan presente
como los sitios que pasée en mi niñez. Aquí están, como si los
viese ahora, los caminos y sus vallados cubiertos de malezas en
donde reventábamos los sapos a pedradas, después de provocarlos, la
acequia en donde pescábamos guapuchas, los sauces donde
avistábamos el nido, los
|alfandoques de Tres Esquinas, los
rosquetes del puente de Santa Catalina, los llanos que pasábamos a
volantines y la montada en los terneros; vivo está el recuerdo de
la fuga en que nos ponían los abejones cuando nos perseguían porque
les habíamos hurgado la colmena para extraer el sabroso alimento
que fabrican; y sobre todo el río, el río sobre su lecho de menudas
pedrezuelas en unas partes o de arena en otras, jamás se me
olvidará. Allá estará todavía el pozo de
|La Fragua que
nosotros veíamos, como ahora consideramos la eternidad, misterioso
e insondable.
Hay un hecho que nadie olvidará en su vida y es el día en que
por primera vez puede uno sobreaguarse. ¡Oh!, para mí el día en que
abandoné las vejigas y pude sostenerme sobre el agua nadando como
perro, será imperecedero. Aquella noche fue un eterno soñar
nadando en los espacios a más no poder, y los días que pasaba en el
colegio sin ir al río fueron largos como la eternidad de los
réprobos.
Vistos hoy con ojo imparcial los grupos de alisos cenicientos
que bordan a trechos las orillas del río sin rumores y casi sin
aguas, no se podrá menos de confesar que aquello es melancólico
como melancólicas son las extensas llanuras sin accidentes y sin
más vegetación que la que, como una felpa arrasada por el uso,
cubre el suelo siempre igual. Pero, sin embargo, ¡qué de perfume no
traen estos recuerdos al alma hoy! Cómo no confesar que
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¡Las memorias campestres de la infancia,
tienen siempre el sabor de la inocencia!
Esos recuerdos con olor de helecho
son el idilio de la edad primera,
son la planta parásita del hombre
que, aun seco el árbol, su verdor conservan
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[2]
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A la fecha de mi cuento ya había yo pasado por esa escala
rigurosa de las cometas en que se principia por aquellas que tienen
por armazón tres espartos y unos pedacitos de cera, por tamaño el
primer papel a que se le puede poner la mano, por rabo una tira de
trapo y por cuerda un hilo; cometas que tienen por objeto hacer
ejercicio, pues para que encumbren en las calles hay que correr
incesantemente hasta que quedan enredadas en el tejado más alto o
en el cerezo del solar vecino. Había pasado también, sabe Dios
cómo, de las cometas de miniatura al redondo y pesado pandero y,
por último, deseaba llegar ya a la cometa hecha y derecha y con
todas sus consecuencias. Y entro aquí en la historia de todos los
sacrificios que hube de hacer y de todas las combinaciones que
puse en planta a fin de conseguir los elementos para tan audaz
empresa, atendidas mis fuerzas económicas y rentísticas.
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En las funciones religiosas que los Padres de la Compañía
celebraban con el nombre de
|Mes de María, un estudiante
esperó una noche en el atrio la salida del concurso allí encerrado.
Al pasar una vieja que en una mano llevaba su linterna encendida,
en la otra la camándula y en los labios una oración, se le acercó
el pillo y con el aire más compungido le dijo: -Tenga la bondad,
por amor de Dios, de prestarme la candela para encender mi tabaco.
-Con mucho gusto, contestó la vieja, y le abrió la puertecilla a la
linterna. Luego que el pícaro le prendió la mecha a un
|triquitraque y lo dejó allí, se confundió entre el concurso.
¡Ave María Purísimal ¡San Jerónimo bendito!, fue la exclamación de
la abuela al lanzar el farol tan alto como pudo; ella creyó ser
destruida por una bomba infernal. Excusado es decir que al
estrellarse el farol en el suelo no quedó ni un vidrio bueno. Ya se
puede, pues, adivinar, que aquel a quien al día siguiente se le
hallara siquiera olor a pólvora, estaba perdido. De aquí el haberse
tragado el
|triquitraque al empezar la averiguación del
hecho.
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Gregorio Gutiérrez González.
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