INDICE

El Mercado

El Puente de Icononzo

Mi Primer Caballo

Panorama de las Llanuras de San Martín

Una Compra de Novillos

Benedicto Nieves o La Mano de la Providencia

Los Conjurados del 25 de Septiembre en Palacio

Fundación de Bogotá

Revista de un Album

En Busca de Médico para María

Mariquita

Indios Paeces

Recuerdos de Tierra Caliente

El Paseo al Salto del Tequendama

La Cascada del Tequendama

Las Criadas de Bogotá

San Pedro

Las Coronas

Un Compadrazgo en la Montaña

Los Cojines de Tunja

Bogotá Después de una Revolución

Popayán y Pasto

Navegación por el Chocó

Las Tres Tazas

Cueva de Tuluni

Las Principales Edades de la Mujer

Jacinta

La Bruja

Viaje a Oriente

Revista de la Moda

La Justicia y el Delito en el Nuevo Reino de Granada

Los Entreactos de Lucia

Las Fiestas de Piedras

La Ventanera

Viaje a Oriente

El Trilladero del Vínculo

Historia de unas Viruelas

La Guitarra

Mi Cometa

La Niña Agueda

Una Ronda de Don Ventura Ahumada

 

TAZA TERCERA

| BOGOTA

¡Todo ha variado!, decía yo no hace muchos días, reclinado de codos sobre mi mesa, y teniendo por delante una esquela de convite. Amigos, costumbres, esquelas, alimentos; ¡todo ha variado! ¡Qué triste es quedarse uno poco a poco atrás! ¡Qué triste y qué desolador es encon­trarse uno de extranjero en su patria!

Tales reflexiones las hacía yo sobre un cuadrado de papel porcelana, duro como los corazones de hoy, frío como las almas de hoy, inmaculado como los corazones de antes, que decía así en lindísimos y pequeñísimos tipos:

|Los marqueses de Gacharná hacen sus cumplimientos a José María |Vergara, |caballero, y |le avisan |que el |30 |del mes entrante, siendo el cumpleaños |de |su señora la mar­quesa, se hará música |en el hogar |y se tomará el té en familia. (Traje de etiqueta).

|¿Qué demonios |es esto?, repetía yo, aludiendo a un estribillo de bambuco, y llorando sobre mí y sobre mi patria; ¿Qué demonios es esto? Yo que he jurado no salir de Bogotá y morir aquí encerrado entre las retrógradas costumbres de mis cariñosos amigos, ¿cómo me encuentro de repente trasladado a un puerto de mar? ¿Quiénes son estos marqueses? ¿Qué idioma es este? ¿Por qué hacen música? ¿Por qué toman el té en familia y no en taza? Y sobre todo, ¿por qué toman té en lugar de tomar agua de borraja, que era el sudorífico que en antes se usaba? |Y gabán (en lugar de decir otra vez y |sobretodo); ¿por qué sudan o quieren sudar?

¡Ay!, ¡mi Bogotá! ¿Dónde estás, arrabal de mis entrañas? ¿Quién me dijera que en vez de este té fuera un chocolate en casa de Samper, con asistencia de Carras­quilla, Marroquín, Quijano, Valenzuela, Pombo, Guarín, Salvador Camacho y otros que no sudan?

Y esta lista la hacía yo por buscar alguno de esos nom­bres entre la lista de convidados que me acompañaban los marqueses, seguramente para que viera yo con quién tenía que habérmelas, pues no había de ser para que escogiera, como quien escoge platos en |la |carta de |un |hotel. Los convidados eran: |

Señor el duque de la Peniére, correo del Gabinete de Su Majestad el Emperador Napoleón.

Señor el barón Planajenet Dikswhy, cónsul de Inglaterra.

Señor el general Patricio Can de Lero.

|Señor |Bendix Matallana, artista.

Señor A. Bedghjlmnpgrst, diletantti, alemán.

Todos son por el estilo, ¡Dios eterno!, exclamaba yo, cuando después de veinte nombres más, entre los que había algunos de mujeres, divisé éste:

Señor Casimiro de la Vigne, caballero.

-¡Un paisano!, grité alborozado.

Mis lectores no saben quién es Casimiro de la Vigne; pero si recuerdan mi artículo de la taza de café, recordarán igualmente al hijo mayor de Juan de las Viñas, que se llamaba Casimiro. En 1848, época en que empezamos a tomar café, era niño de ocho años; en 1865 en que pasaba la escena de la taza de té, tenía veinticinco. Cuando él tenía ocho y yo veinte, él era un niño y yo un joven y él me llamaba de |usted y señor don. Ahora que él tiene veinticinco y yo treinta y nueve, ambos somos jóvenes y él me trata de |tú y me llama |José María a secas, como conviene entre personas de una misma edad. La edad, pues, nos ha apartado y nos ha juntado: esos doce años de diferencia que le llevo se acortan o se alargan. Hoy somos iguales; pero volverá otra época en que vuelvan a aparecer los doce años en cuestión; cuando él tenga cincuenta y yo sesenta y dos, él será apenas un hombre maduro y yo un viejo achacoso. ¡Quién sabe si entonces vuelva a llamarme señor don y a tratarme de usted! Pero como ahora somos de la misma edad, al encontrar su nombre sentí grande alborozo, iba a tener un compañero, y por eso grité: ¡un paisano! Falta explicar por qué siendo hijo del señor de las Viñas, se llama de la Vigne. En el colegio, en que se ponen apodos todos los muchachos, apodos que a veces se inmortalizan, Casimiro, que no te­nía ninguno, entró a la clase de francés. Los muchachos que aprendían entonces el |bonjour, traducían al francés todo lo que encontraban por delante: tradujeron al cate­drático, al pasante y se tradujeron a sí mismos. El doctor Herrera Espada se convirtió en Mr. La Forgue de l'Epée; el pasante, Mateo Castillo, se transfiguró en Matiheu Chateau y andando el tiempo vino a quedar con el nombre de |Chato, como corruptela de Chateau; y Chato Castillo se llama y se llamará hasta el día del juicio, a pesar de que tiene unas narices descomunales. Casimiro Viñas fue llamado Casimiro de la Vigne, y como no tenía antes sobrenombre alguno, le quedó éste para saecula saeculorum. El mozo era de talento y se hizo el bobo; se estuvo un semestre enfadándose cada vez que le quitaban su ridículo apellido y le daban su elegante apodo. Los otros mucha­chos por llevarle la contraria no le llamaban sino de la Vigne. Al fin del semestre fingió el bribón de Casimiro que aceptaba el apodo por darles gusto, y comenzó a fir­mar con él. He aquí cómo logró bautizarse a su gusto. Provisto de aquel apellido, de una buena figura y de un carácter simpático, ha penetrado en todos los salones de lo que se llama entre nosotros |alta sociedad y que no es alta de ninguna manera. Por estos motivos su nombre estaba inscrito en la |carta de los marqueses, y por eso iba yo a tener un amigo, un paisano, en aquella tierra de moros.

El marqués de Gacharná es un francesito, natural de Sutamarchán. De edad de veinte y un años logró ir a Pa­rís; vivió en un quinto piso, devorando escaseces dos años mortales; volvió a Bogotá, donde se casó con una inglesa, nacida en el barrio de Santa Bárbara, y que tenía su dote, consistente en dos casas que le dejó su padre, ñor Juan de Dios Almanza. Ella era vana y él vano; ella amaba lo extranjero, y él se perecía por lo europeo; ella era flaca y él flaco; ella tenía dos casas y él no tenía ninguna, pero en cambio él había hecho un viaje a París y ella no había salido de la Calle del Rodadero. Ella se estremeció de amor cuando Miguel |le presentó su primer homenaje, en francés, y él se turbó de gozo cuando ella le tendió, en respuesta, su mano, que por lo blanca, lo flaca y lo trans­parente, parecía un pisapapeles de pasta de arroz. Una vez casados, fue vendida una de las dos casas, y con su valor, abrió Miguel un hermoso almacén de ropas, intro­duciendo en el comercio el nombre de |Gacharná and Com­pany, y a las pocas vueltas fue introductor por mayor con buen crédito. Se pasaron a la otra casa y empezaron una vida a lo extranjero. No recibían a nadie, porque así no se vulgarizaban; porque así podían romper con algunos parientes y antiguos amigos, cuya sociedad muy cordial no les convenía; y últimamente porque así podían vivir con suma economía, padeciendo hambres para poder ahorrar; y cuando a fuerza de privaciones habían aho­rrado trescientos pesos, daban un té, o una |soirée, no convidando sino muy pocas personas de lo más extranjero que les era posible, y uno que otro nacional que les sir­viera de intérprete. Siendo tan raras las soirées que daban y siendo tan refinada su elegancia, todos deseaban concu­rrir a aquella casa que no se abría sino tres veces al año; por este motivo sus convites eran recibidos con gratitud. Tal sistema de vida, además de hacerlos felices, influía notablemente en los negocios. Cuando uno entra en el almacén de un paisano que habla y ríe, a buscar camisas, y el paisano lo recibe cordialmnete, se siente uno irritado y muy dispuesto a pedir rebaja. Encuentra uno allí camisas de lino a cuatro pesos, ofrece a dos, rebajan a tres, y se sale el comprador indignado. Pregunte en el vasto y so­litario almacén de Gacharná and Company: ¿tiene usted camisas? Un hombre pequeño y muy flaco, provisto de unas patillas cuyas puntas se le enredan en las rodillas, arropado con un enorme gabán de paño color de cobija se desprende de su escritorio y llega al mostrador, con un lapicero de oro en la mano. Se hace repetir la pregunta de si hay camisas, se dirige sin contestar el saludo, a un estante y baja una caja de camisas de algodón.

-¿A cómo?

-A seis pesos |chemise.

-¿No da menos?

El señor Gacharná se encoge de hombros, vuelve a cerrar la caja y se dirige a su escritorio.

-Aguarde usted: las tomo.

El señor Gacharná tira la caja sobre el mostrador.

-¿Cuántas tiene esta caja?

-Una media docena.

-Tome usted la plata.

-No admito sino moneda fuerte.

-Pero, señor, estas pesetas son de 0.900...

-Moneda fuerte.

-Pues si no le gustan, tome usted oro, dice el compra­dor, abriendo otro bolsillo del portamoneda.

Mr. de Gacharná cuenta dos condores y medio, y tres fuertes; para el pico de ocheta centavos alarga uno cua­tro pesetas, y él las rechaza diciendo con aspereza:

-Moneda fuerte.

El comprador alarga un fuerte, escandalizado, monsieur de Gacharná devuelve una peseta, guarda su plata, vuelve la espalda sin despedirse y se dirige a su escritorio. El comprador repasa sus seis camisas de finísimo algodón ordinario, que le costaron $ 28.80 moneda fuerte, y se sale más contento que si hubiese comprado a su cordial paisano seis camisas de ordinario lino fino, que le hubieran costado $ 14.40 en pesetas.

Monsieur de Gacharná es el hombre que más vende en toda la Calle Real.

A las cinco de la tarde en que los mortales nos dirigimos a pasear los pies por el camellón y los ojos por el campo, monsieur de Gacharná cierra su vasto almacén y se va |solo y todo morno a pasearse de prisa en el altozano, porque a los inmortales se les enfrían mucho los pies. Allí camina solo y de prisa hasta las seis de la tarde en que es hora de comer, y se va a su casa a comer papas asadas en el horno, que ese no es alimento vulgar como las papas cocidas que comemos los hijos de los hombres. A veces se le junta en el altozano algún valiente que no le tiene miedo a su grave aspecto y se toma la. libertad de conver­sarle. El otro, que es un joven talentoso, y espiritual habla­dor, despilfarra su rica imaginación; y monsieur de Ga­charná contesta de vez en cuando: ¡Oh!, ¡sí!, ¡Bah! ¡Yes! ¡Pues! Of not.

He aquí cómo monsieur de Gacharná ha adquirido la fama de hombre profundo en economía política. Viéndolo tan inofensivamente bestia, un cónsul de Noruega lo propuso para sucesor suyo cuando tuvo que regresar a Europa; y el gobierno de Noruega teniendo informes de que era tan bestialmente inofensivo, le acre­ditó cónsul noruego en esta ciudad. Monsieur de Gacharná contestó aceptando el destino, renunciando el sueldo que pudiera tener, pidiendo su carta de naturaleza en Noruega y ofreciendo comprar un título, si tenían a bien dárselo. El gobierno noruego le contestó remitiéndole un título de marqués y la condecoración del Aguila Coja, que consiste en una cinta negra con puntadas de seda azul. El gozo de monsieur de Gacharná al saber que ya no era colom­biano, fue limitado como su entendimiento, pero profundo como su gravedad. He ahí cómo monsieur de Gacharná logró hacerse extranjero en su misma patria.

Tal era el hombre de quien decía una tía suya, cuando lo vio recién llegado de Europa: «Miguel no ha crecido; pero ha |enflacao».

Por lo que hace a la señora marquesa, pasaba su vida encerrada para no vulgarizarse. Gastaba las mañanas en estropear un piano de buen carácter y en alarmar a la vecindad cantando la |casta diva. Leía francés y le |hacía piedad ver procesiones u oir hablar español.

La estirpe originaria de Sutamarchán y aclimatada en Noruega, no debía extinguirse. Nació un angelito bello como todos los niños, hijo de aquel par de cucarrones; y aunque nació robusto, se iba debilitando porque estaba encerrado todo el día en un cuarto interior, en los brazos de su |bona, que era una india a quien aquella vida seden­taria había hechizado. La |bona Claudia se aprovechó de aquel interregno de su suerte para desquitarse de sus madrugadas en el campo; dormía todo el día y descansaba toda la noche; pero como tenía |mal dormir, único defecto de que se había acusado cuando se presentó de postulante, unas veces dormía sobre el niño y otras le quedaba de cabecera. Es decir, su defecto no era precisamente |mal dormir sino |buen dormir, y hasta en esto mintió la india, amén de otros defectos que ocultó, siendo uno de ellos la creencia que se había arraigado en su alma de que el hombre ha nacido para beber chicha y la mujer para acompañarlo.

Servía de compañero a la india y al niño un lebrel de casta, que dormía, sin exageración, tanto como la india. A la hora de comer se dirigía a la cocina con un trotecito zurdo: la cocinera le ponía mazamorra en un tiesto y él la despachaba en un santiamén. Si la mazamorra estaba caliente, le ladraba al tiesto mientras se enfriaba.

Todos estos pormenores y algunos otros más, los tenía yo de la Vigne que era muy amigo de los marqueses; y algo había visto yo en las pocas visitas que tenía hechas en aquella casa suta-noruega.

Llegó por fin el 30 del mes entrante. A medio día me hice afeitar y peinar por Saunier, y a las ocho de la no­che comencé a vestirme. Calcé botín de cabritilla, siete centímetros más angosto que la planta de mi pie; vestí pantalón negro de satín, camisa de olán batista, chaleco y corbata blancos y casaca negra abrochada de un botón. Eché |violette en mi pañuelo que no resistiría incólume un estornudo; suspendí de un cordón de oro un |French, parado por costumbre, y me calcé unos guantes tan blan­cos, que delante de ellos se hacía negro el marfil y more­nita la nieve. Me abstuve de refrescar; puesto que iba atomar té y en |familia nada menos, que así debía tocarme gran cantidad. Eran las diez de la noche y me dirigí a la casa de los señores marqueses, sita en el boulevard del Cuartillo de Queso, abajo del malecón de la Carnicería. El zaguán estaba de par en par, y entré hasta la galería de cristales, en donde encontré un ujier que recibió mi |carta. Penetré al salón e hice tres saludos: uno en la puer­ta, otro en la mitad del camino y el tercero al tomar asiento. Había diez o doce convidados; pero los demás no acabaron de entrar hasta las doce de la noche. Estu­vimos dos horas en una tertulia deliciosa; nadie hablaba. Los hombres estábamos en medio taburete esterilla, el cuerpo echado hacia adelante y el sombrero sobre las rodillas, todo a la última moda. Las señoras y señoritas conservaban igual postura, y habían dejado sus boas en la galería. Cada hora decía por turno una palabra algún convidado y todos nos reíamos de prisa para volver a que­dar en silencio. La palabra que se decía y que hacía reír era ésta u otra semejante: |esta noche hace frío. Al cabo de una hora decía otro convidado: |¡no |ha llegado el pa­quete!, y volvíamos a reírnos en tres notas: do, re y sol

El traje de las señoras era muy notable. Gastaban ca­misón de larguísima cola, lo que unido al peinado, les daba aspecto de un endriago. El peluquero francés había hecho aquel edificio sobre sus cabezas vacías. Con almo­hadas y colchones había abultado dos |cachos que corrían por encima de la oreja, terminando en puntas muy adelan­te de la frente; y detrás había otro promontorio sin mo­delo conocido. Una vez que la dama está peinada, hacen caminar por encima de su peinado un gato, para que quede despelucada y tome la dandy un airecillo de mulata.

Esa noche cuando la señora marquesa concluyó su toi­lette, fue a dar un beso a su hijo, antes de venirse a la sala; y el marquesito al ver a mamá, con aquellos cachos y aquella cola, se tapó la cara gritando: ¡el coco!, ¡el coco!

A las doce se pusieron las mesas de juego: dos tomaron un ajedrez, cuatro un dominó, que es uno de los juegos más complicados que se conocen; y otros nos pusimos a jugar |ecarté. Yo ignoraba ese juego; pero lo afronté con valor, porque Casimiro me advirtió en voz baja que era |burro sin figuras.

A la una de la mañana entró un caballero vestido a la última moda, y con guantes blancos. Yo me levanté para saludarlo; pero todos los otros se quedaron quedos, y Casimiro me dijo en voz pianísima: ¡no seas bruto! Yo le repliqué en pianísimo que no comprendía, y él me contestó en flautinísimo que era el criado que entraba a servir el té. Acabáramos, dije en do mayor. Todos volvie­ron a mirarme sorprendidos de aquella |inconvenence y yo me ruboricé como una novicia El caballero vestido de criado volvió a entrar trayendo la tetera de plata alemana, y los marqueses se levantaron gravemente a servir el té humeante. Un terrón de azúcar refinado, más blanco que mis guantes, estaba en el fondo de una taza más blanca que el azúcar; y sobre el terrón cayó un chorro de agua hirviendo y un poquillo de leche tan blanca como el azú­car o la taza. Yo apuré mi taza, y como el agua estaba caliente y yo en ayunas, comencé a sudar prodigiosamente, que bien lo necesitaba, y un suave calor me subió hasta el cerebro. Tenía un hambre tiránica, y dirigí la vista buscando a quién comerme. Los dueños de la casa estaban muy flacos, y me lancé sobre una bandeja que contenía bizcochuelos extranjeros marcados con el sello de la fá­brica. Aunque sabían a enfermedad, me comí con disimulo catorce docenas, que vienen a ser tanto como un cuartillo de nuestros bizcochuelos bogotanos. Al rebullir el té con la cuchara tuve la imprecaución de dejarla dentro de la taza, por lo cual el criado me la volvió a llenar en dácame estas pajas; tomé la segunda taza sin quitar la cuchara y el criado me la volvió a llenar mientras me limpié un ojo. No atreviéndome a rehusar, de miedo de que me desafiaran, me tomé la tercera taza; pero comprendiendo que en la cuchara estaba el misterio de aquella insistencia, la separé de la taza, y para que no quedara duda, la puse debajo del plato. El criado cesó entonces en su furor, y yo me quedé inmóvil, lleno de líquido y de bizcochuelitos que sabían a alcoba de enfermo; todavía con hambre y sin embargo lleno; con gana de arrojar todo lo que me sobraba, y sin embargo, con gana de comer todo lo que me faltaba. ¡Tormento superior al tonel de la fábula!

En seguida nos sirvieron astillas de helados y cucuru­chos llenos de llorones y uchuvas verdes.

Monsieur de Gacharná nos sirvió en copas chatas licor de oro. Este licor es un aguardiente de Europa, blanco, blanquísimo, en el cual nadan unas partículas de oro que producen muy bello efecto a la vista y ninguna diferencia en el sabor. Como el licorcillo aquel es sabrosito, y yo estaba en ayunas y sudando, me achispé como un quidam, y ejecuté mil impertinencias que fueron miradas con bon­dad hasta por el señor duque de la Pepiniére, correo de gabinete de su majestad. El alemán, había cantado ya al piano, los hombres se habían separado en corrillos a con­versar con alguna animación; y yo, recordando mis tiempos de la taza de café, le cantaba a una niña de mi cono­cimiento este verso:

¡Hermosa, ven, y sudaremos juntos...!

De repente me quedé sin auditorio, porque un pepito vino a sacar a la señorita para un Strauss que ejecutoriaba en ese momento el diletantti alemán. El espectáculo que pasó entonces por mis ojos era sumamente animado y campesino: seis pepitos y tres extranjeros corcoveaban un Strauss, de tal manera, que yo, de acuerdo con un autor ilustre, que se oculta bajo el velo del anónimo, calculaba que ellos solos podrían trillar veinte cargas de trigo en un día. Ciando los bailarines acabaron de echar parva, se bailó un muy indecente baile, cuyo nombre ignoro y que consiste en bailar extremadamente abrazados, con otras circunstancias deplorables.

Hice algunas observaciones científicas, entre las cuales merecen lugar especial las siguientes:

Todas las mujeres hablaban de la guerra de Austria y de la política de Napoleón como de una cosa familiar. Todos los hombres hablaban de las modas de París para mujeres, como de una ciencia conocida.

Cada tres palabras, se atravesaba algún equívoco inso­portablemente libre y las mujeres se reían de él acaso más que los hombres.

Las noticias de la |Colombí, como ellos llamaban a la patria, las tenían de buena tinta, de los periódicos fran­ceses que allí se leyeron.

A cada cuatro palabras en mal español, se decían tres en mal francés.

No había una sola mamá ni un solo papá, si se excep­túa los pepitos bailarines. Las señoritas habían ido solas con sus hermanitos pepitos. Una señora casada había ido con un general de la |Colombí, muy amigo suyo y poco amigo de su marido.

Las despedidas no eran aquellas largas pero divertidas escenas que «El Duende» ridiculizó con mucha gracia. En lugar de aquellos cordiales abrazos de antaño, había sólo reverencias. La despedida se limitaba a un |bonne nuit, madame; bonne nuit, monsieur - Bonímadam - Bonímosie. Salimos a las |cuatro horas menos un cuarto de la mañana, según dijo monsieur de Gacharná viendo su |muestra. Soplaba un remusgillo del Boquerón, de lo más sutil que ha podido inventarse, y como yo estaba en cuerpo, con camisa de olán batista, y las libaciones con té me ha­bían hecho derretir en sudor, atrapé una pulmonía que fue considerada por los médicos como una obra maestra en su género; llegaron hasta desear que no me salvara para ver cómo estaban mis pulmones. Sin embargo, a despecho de la ciencia atravesé aquella crisis con felicidad. Y me he alegrado de no haber fallecido, por varias razones: una de ellas, porque así me libro de que me entierren al son de la |Bell |alma inamorata, en lugar del |Miserere mei Deus, que es lo que conviene a un difunto que no va a bailar ni a leer un libreto muy romántico. Otra de las ra­zones es porque tengo curiosidad de llegar a la cuarta época de Bogotá, para ver a qué se convida entonces.

En 1813, se convidaba a tomar una |taza de chocolate, en taza de plata, y había baile, alegría, elegancia y decoro.

En 1848, se convidaba a tomar una |taza |de café en taza de loza, y había |bochinche, juventud, cordialidad y decoro.

En 1866, se convida a tomar una |taza de té en familia, y hay silencio, equívocos indecentes, bailes de parva, nin­guna alegría y mucho tono.

Espero que así como en 1866 se me ha convidado a |tomar el té en familia, en 1880 se me convidará a |tomar quinina entre amigos. Están de moda los sudoríficos y antiespasmódicos; ¿por qué no les ha de llegar su sanmartín a los febrífugos y antihepáticos?

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