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TAZA TERCERA
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BOGOTA
¡Todo ha variado!, decía yo no hace muchos días, reclinado de
codos sobre mi mesa, y teniendo por delante una esquela de convite.
Amigos, costumbres, esquelas, alimentos; ¡todo ha variado! ¡Qué
triste es quedarse uno poco a poco atrás! ¡Qué triste y qué
desolador es encontrarse uno de extranjero en su patria!
Tales reflexiones las hacía yo sobre un cuadrado de papel
porcelana, duro como los corazones de hoy, frío como las almas de
hoy, inmaculado como los corazones de antes, que decía así en
lindísimos y pequeñísimos tipos:
|Los marqueses de Gacharná hacen sus cumplimientos a José
María
|Vergara,
|caballero, y
|le avisan
|que el
|30
|del mes entrante, siendo el
cumpleaños
|de
|su señora la marquesa, se hará
música
|en el hogar
|y se tomará el té en familia.
(Traje de etiqueta).
|¿Qué demonios
|es esto?, repetía yo, aludiendo a un
estribillo de bambuco, y llorando sobre mí y sobre mi patria; ¿Qué
demonios es esto? Yo que he jurado no salir de Bogotá y morir aquí
encerrado entre las retrógradas costumbres de mis cariñosos amigos,
¿cómo me encuentro de repente trasladado a un puerto de mar?
¿Quiénes son estos marqueses? ¿Qué idioma es este? ¿Por qué hacen
música? ¿Por qué toman el té en familia y no en taza? Y sobre todo,
¿por qué toman té en lugar de tomar agua de borraja, que era el
sudorífico que en antes se usaba?
|Y gabán (en lugar de decir
otra vez y
|sobretodo); ¿por qué sudan o quieren sudar?
¡Ay!, ¡mi Bogotá! ¿Dónde estás, arrabal de mis entrañas? ¿Quién
me dijera que en vez de este té fuera un chocolate en casa de
Samper, con asistencia de Carrasquilla, Marroquín, Quijano,
Valenzuela, Pombo, Guarín, Salvador Camacho y otros que no
sudan?
Y esta lista la hacía yo por buscar alguno de esos nombres
entre la lista de convidados que me acompañaban los marqueses,
seguramente para que viera yo con quién tenía que habérmelas, pues
no había de ser para que escogiera, como quien escoge platos en
|la
|carta de
|un
|hotel. Los convidados
eran:
|
Señor el duque de la Peniére, correo
del Gabinete de Su Majestad el Emperador Napoleón.
Señor el barón Planajenet Dikswhy,
cónsul de Inglaterra.
Señor el general Patricio Can de
Lero.
|Señor
|Bendix Matallana, artista.
Señor A. Bedghjlmnpgrst, diletantti,
alemán.
Todos son por el estilo, ¡Dios eterno!, exclamaba yo, cuando
después de veinte nombres más, entre los que había algunos de
mujeres, divisé éste:
Señor Casimiro de la Vigne, caballero.
-¡Un paisano!, grité alborozado.
Mis lectores no saben quién es Casimiro de la Vigne; pero si
recuerdan mi artículo de la taza de café, recordarán igualmente al
hijo mayor de Juan de las Viñas, que se llamaba Casimiro. En 1848,
época en que empezamos a tomar café, era niño de ocho años; en 1865
en que pasaba la escena de la taza de té, tenía veinticinco. Cuando
él tenía ocho y yo veinte, él era un niño y yo un joven y él me
llamaba de
|usted y señor don. Ahora que él tiene veinticinco
y yo treinta y nueve, ambos somos jóvenes y él me trata de
|tú
y me llama
|José María a secas, como conviene entre
personas de una misma edad. La edad, pues, nos ha apartado y nos ha
juntado: esos doce años de diferencia que le llevo se acortan o se
alargan. Hoy somos iguales; pero volverá otra época en que vuelvan
a aparecer los doce años en cuestión; cuando él tenga cincuenta y
yo sesenta y dos, él será apenas un hombre maduro y yo un viejo
achacoso. ¡Quién sabe si entonces vuelva a llamarme señor don y a
tratarme de usted! Pero como ahora somos de la misma edad, al
encontrar su nombre sentí grande alborozo, iba a tener un
compañero, y por eso grité: ¡un paisano! Falta explicar por qué
siendo hijo del señor de las Viñas, se llama de la Vigne. En el
colegio, en que se ponen apodos todos los muchachos, apodos que a
veces se inmortalizan, Casimiro, que no tenía ninguno, entró a la
clase de francés. Los muchachos que aprendían entonces el
|bonjour, traducían al francés todo lo que encontraban por
delante: tradujeron al catedrático, al pasante y se tradujeron a
sí mismos. El doctor Herrera Espada se convirtió en Mr. La Forgue
de l'Epée; el pasante, Mateo Castillo, se transfiguró en Matiheu
Chateau y andando el tiempo vino a quedar con el nombre de
|Chato, como corruptela de Chateau; y Chato Castillo se llama
y se llamará hasta el día del juicio, a pesar de que tiene unas
narices descomunales. Casimiro Viñas fue llamado Casimiro de la
Vigne, y como no tenía antes sobrenombre alguno, le quedó éste para
saecula saeculorum. El mozo era de talento y se hizo el bobo; se
estuvo un semestre enfadándose cada vez que le quitaban su ridículo
apellido y le daban su elegante apodo. Los otros muchachos por
llevarle la contraria no le llamaban sino de la Vigne. Al fin del
semestre fingió el bribón de Casimiro que aceptaba el apodo por
darles gusto, y comenzó a firmar con él. He aquí cómo logró
bautizarse a su gusto. Provisto de aquel apellido, de una buena
figura y de un carácter simpático, ha penetrado en todos los
salones de lo que se llama entre nosotros
|alta sociedad y
que no es alta de ninguna manera. Por estos motivos su nombre
estaba inscrito en la
|carta de los marqueses, y por eso iba
yo a tener un amigo, un paisano, en aquella tierra de moros.
El marqués de Gacharná es un francesito, natural de Sutamarchán.
De edad de veinte y un años logró ir a París; vivió en un quinto
piso, devorando escaseces dos años mortales; volvió a Bogotá, donde
se casó con una inglesa, nacida en el barrio de Santa Bárbara, y
que tenía su dote, consistente en dos casas que le dejó su padre,
ñor Juan de Dios Almanza. Ella era vana y él vano; ella amaba lo
extranjero, y él se perecía por lo europeo; ella era flaca y él
flaco; ella tenía dos casas y él no tenía ninguna, pero en cambio
él había hecho un viaje a París y ella no había salido de la Calle
del Rodadero. Ella se estremeció de amor cuando Miguel
|le
presentó su primer homenaje, en francés, y él se turbó de gozo
cuando ella le tendió, en respuesta, su mano, que por lo blanca, lo
flaca y lo transparente, parecía un pisapapeles de pasta de arroz.
Una vez casados, fue vendida una de las dos casas, y con su valor,
abrió Miguel un hermoso almacén de ropas, introduciendo en el
comercio el nombre de
|Gacharná and Company, y a las pocas
vueltas fue introductor por mayor con buen crédito. Se pasaron a la
otra casa y empezaron una vida a lo extranjero. No recibían a
nadie, porque así no se vulgarizaban; porque así podían romper con
algunos parientes y antiguos amigos, cuya sociedad muy cordial no
les convenía; y últimamente porque así podían vivir con suma
economía, padeciendo hambres para poder ahorrar; y cuando a fuerza
de privaciones habían ahorrado trescientos pesos, daban un té, o
una
|soirée, no convidando sino muy pocas personas de lo más
extranjero que les era posible, y uno que otro nacional que les
sirviera de intérprete. Siendo tan raras las soirées que daban y
siendo tan refinada su elegancia, todos deseaban concurrir a
aquella casa que no se abría sino tres veces al año; por este
motivo sus convites eran recibidos con gratitud. Tal sistema de
vida, además de hacerlos felices, influía notablemente en los
negocios. Cuando uno entra en el almacén de un paisano que habla y
ríe, a buscar camisas, y el paisano lo recibe cordialmnete, se
siente uno irritado y muy dispuesto a pedir rebaja. Encuentra uno
allí camisas de lino a cuatro pesos, ofrece a dos, rebajan a tres,
y se sale el comprador indignado. Pregunte en el vasto y solitario
almacén de Gacharná and Company: ¿tiene usted camisas? Un hombre
pequeño y muy flaco, provisto de unas patillas cuyas puntas se le
enredan en las rodillas, arropado con un enorme gabán de paño color
de cobija se desprende de su escritorio y llega al mostrador, con
un lapicero de oro en la mano. Se hace repetir la pregunta de si
hay camisas, se dirige sin contestar el saludo, a un estante y baja
una caja de camisas de algodón.
-¿A cómo?
-A seis pesos
|chemise.
-¿No da menos?
El señor Gacharná se encoge de hombros, vuelve a cerrar la caja
y se dirige a su escritorio.
-Aguarde usted: las tomo.
El señor Gacharná tira la caja sobre el mostrador.
-¿Cuántas tiene esta caja?
-Una media docena.
-Tome usted la plata.
-No admito sino moneda fuerte.
-Pero, señor, estas pesetas son de 0.900...
-Moneda fuerte.
-Pues si no le gustan, tome usted oro, dice el comprador,
abriendo otro bolsillo del portamoneda.
Mr. de Gacharná cuenta dos condores y medio, y tres fuertes;
para el pico de ocheta centavos alarga uno cuatro pesetas, y él
las rechaza diciendo con aspereza:
-Moneda fuerte.
El comprador alarga un fuerte, escandalizado, monsieur de
Gacharná devuelve una peseta, guarda su plata, vuelve la espalda
sin despedirse y se dirige a su escritorio. El comprador repasa sus
seis camisas de finísimo algodón ordinario, que le costaron $ 28.80
moneda fuerte, y se sale más contento que si hubiese comprado a su
cordial paisano seis camisas de ordinario lino fino, que le
hubieran costado $ 14.40 en pesetas.
Monsieur de Gacharná es el hombre que más vende en toda la Calle
Real.
A las cinco de la tarde en que los mortales nos dirigimos a
pasear los pies por el camellón y los ojos por el campo, monsieur
de Gacharná cierra su vasto almacén y se va
|solo y todo
morno a pasearse de prisa en el altozano, porque a los inmortales
se les enfrían mucho los pies. Allí camina solo y de prisa hasta
las seis de la tarde en que es hora de comer, y se va a su casa a
comer papas asadas en el horno, que ese no es alimento vulgar como
las papas cocidas que comemos los hijos de los hombres. A veces se
le junta en el altozano algún valiente que no le tiene miedo a su
grave aspecto y se toma la. libertad de conversarle. El otro, que
es un joven talentoso, y espiritual hablador, despilfarra su rica
imaginación; y monsieur de Gacharná contesta de vez en cuando:
¡Oh!, ¡sí!, ¡Bah! ¡Yes! ¡Pues! Of not.
He aquí cómo monsieur de Gacharná ha adquirido la fama de hombre
profundo en economía política. Viéndolo tan inofensivamente bestia,
un cónsul de Noruega lo propuso para sucesor suyo cuando tuvo que
regresar a Europa; y el gobierno de Noruega teniendo informes de
que era tan bestialmente inofensivo, le acreditó cónsul noruego en
esta ciudad. Monsieur de Gacharná contestó aceptando el destino,
renunciando el sueldo que pudiera tener, pidiendo su carta de
naturaleza en Noruega y ofreciendo comprar un título, si tenían a
bien dárselo. El gobierno noruego le contestó remitiéndole un
título de marqués y la condecoración del Aguila Coja, que consiste
en una cinta negra con puntadas de seda azul. El gozo de monsieur
de Gacharná al saber que ya no era colombiano, fue limitado como
su entendimiento, pero profundo como su gravedad. He ahí cómo
monsieur de Gacharná logró hacerse extranjero en su misma
patria.
Tal era el hombre de quien decía una tía suya, cuando lo vio
recién llegado de Europa: «Miguel no ha crecido; pero ha
|enflacao».
Por lo que hace a la señora marquesa, pasaba su vida encerrada
para no vulgarizarse. Gastaba las mañanas en estropear un piano de
buen carácter y en alarmar a la vecindad cantando la
|casta
diva. Leía francés y le
|hacía piedad ver procesiones u
oir hablar español.
La estirpe originaria de Sutamarchán y aclimatada en Noruega, no
debía extinguirse. Nació un angelito bello como todos los niños,
hijo de aquel par de cucarrones; y aunque nació robusto, se iba
debilitando porque estaba encerrado todo el día en un cuarto
interior, en los brazos de su
|bona, que era una india a
quien aquella vida sedentaria había hechizado. La
|bona
Claudia se aprovechó de aquel interregno de su suerte para
desquitarse de sus madrugadas en el campo; dormía todo el día y
descansaba toda la noche; pero como tenía
|mal dormir, único
defecto de que se había acusado cuando se presentó de postulante,
unas veces dormía sobre el niño y otras le quedaba de cabecera. Es
decir, su defecto no era precisamente
|mal dormir sino
|buen dormir, y hasta en esto mintió la india, amén de otros
defectos que ocultó, siendo uno de ellos la creencia que se había
arraigado en su alma de que el hombre ha nacido para beber chicha y
la mujer para acompañarlo.
Servía de compañero a la india y al niño un lebrel de casta, que
dormía, sin exageración, tanto como la india. A la hora de comer se
dirigía a la cocina con un trotecito zurdo: la cocinera le ponía
mazamorra en un tiesto y él la despachaba en un santiamén. Si la
mazamorra estaba caliente, le ladraba al tiesto mientras se
enfriaba.
Todos estos pormenores y algunos otros más, los tenía yo de la
Vigne que era muy amigo de los marqueses; y algo había visto yo en
las pocas visitas que tenía hechas en aquella casa
suta-noruega.
Llegó por fin el 30 del mes entrante. A medio día me hice
afeitar y peinar por Saunier, y a las ocho de la noche comencé a
vestirme. Calcé botín de cabritilla, siete centímetros más angosto
que la planta de mi pie; vestí pantalón negro de satín, camisa de
olán batista, chaleco y corbata blancos y casaca negra abrochada de
un botón. Eché
|violette en mi pañuelo que no resistiría
incólume un estornudo; suspendí de un cordón de oro un
|French, parado por costumbre, y me calcé unos guantes tan
blancos, que delante de ellos se hacía negro el marfil y morenita
la nieve. Me abstuve de refrescar; puesto que iba atomar té y en
|familia nada menos, que así debía tocarme gran cantidad.
Eran las diez de la noche y me dirigí a la casa de los señores
marqueses, sita en el boulevard del Cuartillo de Queso, abajo del
malecón de la Carnicería. El zaguán estaba de par en par, y entré
hasta la galería de cristales, en donde encontré un ujier que
recibió mi
|carta. Penetré al salón e hice tres saludos: uno
en la puerta, otro en la mitad del camino y el tercero al tomar
asiento. Había diez o doce convidados; pero los demás no acabaron
de entrar hasta las doce de la noche. Estuvimos dos horas en una
tertulia deliciosa; nadie hablaba. Los hombres estábamos en medio
taburete esterilla, el cuerpo echado hacia adelante y el sombrero
sobre las rodillas, todo a la última moda. Las señoras y señoritas
conservaban igual postura, y habían dejado sus boas en la galería.
Cada hora decía por turno una palabra algún convidado y todos nos
reíamos de prisa para volver a quedar en silencio. La palabra que
se decía y que hacía reír era ésta u otra semejante:
|esta noche
hace frío. Al cabo de una hora decía otro convidado:
|¡no
|ha llegado el paquete!, y volvíamos a reírnos en tres
notas: do, re y sol
El traje de las señoras era muy notable. Gastaban camisón de
larguísima cola, lo que unido al peinado, les daba aspecto de un
endriago. El peluquero francés había hecho aquel edificio sobre sus
cabezas vacías. Con almohadas y colchones había abultado dos
|cachos que corrían por encima de la oreja, terminando en
puntas muy adelante de la frente; y detrás había otro promontorio
sin modelo conocido. Una vez que la dama está peinada, hacen
caminar por encima de su peinado un gato, para que quede
despelucada y tome la dandy un airecillo de mulata.
Esa noche cuando la señora marquesa concluyó su toilette, fue a
dar un beso a su hijo, antes de venirse a la sala; y el marquesito
al ver a mamá, con aquellos cachos y aquella cola, se tapó la cara
gritando: ¡el coco!, ¡el coco!
A las doce se pusieron las mesas de juego: dos tomaron un
ajedrez, cuatro un dominó, que es uno de los juegos más complicados
que se conocen; y otros nos pusimos a jugar
|ecarté. Yo
ignoraba ese juego; pero lo afronté con valor, porque Casimiro me
advirtió en voz baja que era
|burro sin figuras.
A la una de la mañana entró un caballero vestido a la última
moda, y con guantes blancos. Yo me levanté para saludarlo; pero
todos los otros se quedaron quedos, y Casimiro me dijo en voz
pianísima: ¡no seas bruto! Yo le repliqué en pianísimo que no
comprendía, y él me contestó en flautinísimo que era el criado que
entraba a servir el té. Acabáramos, dije en do mayor. Todos
volvieron a mirarme sorprendidos de aquella
|inconvenence y
yo me ruboricé como una novicia El caballero vestido de criado
volvió a entrar trayendo la tetera de plata alemana, y los
marqueses se levantaron gravemente a servir el té humeante. Un
terrón de azúcar refinado, más blanco que mis guantes, estaba en el
fondo de una taza más blanca que el azúcar; y sobre el terrón cayó
un chorro de agua hirviendo y un poquillo de leche tan blanca como
el azúcar o la taza. Yo apuré mi taza, y como el agua estaba
caliente y yo en ayunas, comencé a sudar prodigiosamente, que bien
lo necesitaba, y un suave calor me subió hasta el cerebro. Tenía un
hambre tiránica, y dirigí la vista buscando a quién comerme. Los
dueños de la casa estaban muy flacos, y me lancé sobre una bandeja
que contenía bizcochuelos extranjeros marcados con el sello de la
fábrica. Aunque sabían a enfermedad, me comí con disimulo catorce
docenas, que vienen a ser tanto como un cuartillo de nuestros
bizcochuelos bogotanos. Al rebullir el té con la cuchara tuve la
imprecaución de dejarla dentro de la taza, por lo cual el criado me
la volvió a llenar en dácame estas pajas; tomé la segunda taza sin
quitar la cuchara y el criado me la volvió a llenar mientras me
limpié un ojo. No atreviéndome a rehusar, de miedo de que me
desafiaran, me tomé la tercera taza; pero comprendiendo que en la
cuchara estaba el misterio de aquella insistencia, la separé de la
taza, y para que no quedara duda, la puse debajo del plato. El
criado cesó entonces en su furor, y yo me quedé inmóvil, lleno de
líquido y de bizcochuelitos que sabían a alcoba de enfermo; todavía
con hambre y sin embargo lleno; con gana de arrojar todo lo que me
sobraba, y sin embargo, con gana de comer todo lo que me faltaba.
¡Tormento superior al tonel de la fábula!
En seguida nos sirvieron astillas de helados y cucuruchos
llenos de llorones y uchuvas verdes.
Monsieur de Gacharná nos sirvió en copas chatas licor de oro.
Este licor es un aguardiente de Europa, blanco, blanquísimo, en el
cual nadan unas partículas de oro que producen muy bello efecto a
la vista y ninguna diferencia en el sabor. Como el licorcillo aquel
es sabrosito, y yo estaba en ayunas y sudando, me achispé como un
quidam, y ejecuté mil impertinencias que fueron miradas con bondad
hasta por el señor duque de la Pepiniére, correo de gabinete de su
majestad. El alemán, había cantado ya al piano, los hombres se
habían separado en corrillos a conversar con alguna animación; y
yo, recordando mis tiempos de la taza de café, le cantaba a una
niña de mi conocimiento este verso:
¡Hermosa, ven, y sudaremos juntos...!
De repente me quedé sin auditorio, porque un pepito vino a sacar
a la señorita para un Strauss que ejecutoriaba en ese momento el
diletantti alemán. El espectáculo que pasó entonces por mis ojos
era sumamente animado y campesino: seis pepitos y tres extranjeros
corcoveaban un Strauss, de tal manera, que yo, de acuerdo con un
autor ilustre, que se oculta bajo el velo del anónimo, calculaba
que ellos solos podrían trillar veinte cargas de trigo en un día.
Ciando los bailarines acabaron de echar parva, se bailó un muy
indecente baile, cuyo nombre ignoro y que consiste en bailar
extremadamente abrazados, con otras circunstancias deplorables.
Hice algunas observaciones científicas, entre las cuales merecen
lugar especial las siguientes:
Todas las mujeres hablaban de la guerra de Austria y de la
política de Napoleón como de una cosa familiar. Todos los hombres
hablaban de las modas de París para mujeres, como de una ciencia
conocida.
Cada tres palabras, se atravesaba algún equívoco
insoportablemente libre y las mujeres se reían de él acaso más que
los hombres.
Las noticias de la
|Colombí, como ellos llamaban a la
patria, las tenían de buena tinta, de los periódicos franceses que
allí se leyeron.
A cada cuatro palabras en mal español, se decían tres en mal
francés.
No había una sola mamá ni un solo papá, si se exceptúa los
pepitos bailarines. Las señoritas habían ido solas con sus
hermanitos pepitos. Una señora casada había ido con un general de
la
|Colombí, muy amigo suyo y poco amigo de su marido.
Las despedidas no eran aquellas largas pero divertidas escenas
que «El Duende» ridiculizó con mucha gracia. En lugar de aquellos
cordiales abrazos de antaño, había sólo reverencias. La despedida
se limitaba a un
|bonne nuit, madame; bonne nuit, monsieur -
Bonímadam - Bonímosie. Salimos a las
|cuatro horas menos un
cuarto de la mañana, según dijo monsieur de Gacharná viendo su
|muestra. Soplaba un remusgillo del Boquerón, de lo más sutil
que ha podido inventarse, y como yo estaba en cuerpo, con camisa de
olán batista, y las libaciones con té me habían hecho derretir en
sudor, atrapé una pulmonía que fue considerada por los médicos como
una obra maestra en su género; llegaron hasta desear que no me
salvara para ver cómo estaban mis pulmones. Sin embargo, a despecho
de la ciencia atravesé aquella crisis con felicidad. Y me he
alegrado de no haber fallecido, por varias razones: una de ellas,
porque así me libro de que me entierren al son de la
|Bell
|alma inamorata, en lugar del
|Miserere mei Deus, que
es lo que conviene a un difunto que no va a bailar ni a leer un
libreto muy romántico. Otra de las razones es porque tengo
curiosidad de llegar a la cuarta época de Bogotá, para ver a qué se
convida entonces.
En 1813, se convidaba a tomar una
|taza de chocolate, en
taza de plata, y había baile, alegría, elegancia y decoro.
En 1848, se convidaba a tomar una
|taza
|de café en
taza de loza, y había
|bochinche, juventud, cordialidad y
decoro.
En 1866, se convida a tomar una
|taza de té en familia, y
hay silencio, equívocos indecentes, bailes de parva, ninguna
alegría y mucho tono.
Espero que así como en 1866 se me ha convidado a
|tomar el
té en familia, en 1880 se me convidará a
|tomar quinina entre
amigos. Están de moda los sudoríficos y antiespasmódicos; ¿por
qué no les ha de llegar su sanmartín a los febrífugos y
antihepáticos?
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