INDICE

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El Puente de Icononzo

Mi Primer Caballo

Panorama de las Llanuras de San Martín

Una Compra de Novillos

Benedicto Nieves o La Mano de la Providencia

Los Conjurados del 25 de Septiembre en Palacio

Fundación de Bogotá

Revista de un Album

En Busca de Médico para María

Mariquita

Indios Paeces

Recuerdos de Tierra Caliente

El Paseo al Salto del Tequendama

La Cascada del Tequendama

Las Criadas de Bogotá

San Pedro

Las Coronas

Un Compadrazgo en la Montaña

Los Cojines de Tunja

Bogotá Después de una Revolución

Popayán y Pasto

Navegación por el Chocó

Las Tres Tazas

Cueva de Tuluni

Las Principales Edades de la Mujer

Jacinta

La Bruja

Viaje a Oriente

Revista de la Moda

La Justicia y el Delito en el Nuevo Reino de Granada

Los Entreactos de Lucia

Las Fiestas de Piedras

La Ventanera

Viaje a Oriente

El Trilladero del Vínculo

Historia de unas Viruelas

La Guitarra

Mi Cometa

La Niña Agueda

Una Ronda de Don Ventura Ahumada

 

TAZA SEGUNDA

| |SANTAFE DE BOGOTA

«Juan de las Viñas saluda a usted y le ruega que con­curra esta noche a su casa a tomar una taza de café».

Esta boleta, en papel azul, de carta, con una viñeta que representa un amor dormido, tiene, como lo ves, la fecha de 1848. La impresión es de Cualla: los tipos no dejan duda.

El café me era conocido como un remedio excelente, feo como todo remedio, mas no lo conocía bajo la faz de bebida tan deliciosa que mereciese un convite. En un jueves santo, día de ayuno y de abstinencia, había solido tomar una tacita de café; y en una que otra indisposición de estómago, se me había propinado una tacita de agua en que se habían hervido tres granos de café. Me parecía que aquella solución de calamaco, que aquella agua de cúbica, que aquel cocimiento de filaila no se podía pres­tar gran cosa para los placeres de la amistad y de la re­unión. No comprendía cómo mi amigo el señor de las Viñas y sus convidados, mozos de excelente humor y mejor salud, que de seguro no habían ayunado ese día, ni se habían abstenido de carnes, fueran a gastar una noche tomando café. Mi estómago sollozaba con la idea de renunciar esa noche a mi chocolate de media canela, aromático y alimenticio; pero mi espíritu novelero se exal­taba con la idea siempre mágica de ir a penetrar lo desco­nocido. El chocolate era para mí un amigo de infancia; pero me halagaba la idea de ir a conocer aquel extranjero a la moda. ¡Perra naturaleza humana! ¿Qué necesidad tenía yo de nuevas amistades?

Sea como fuere, yo no renuncié al convite. A las siete de la noche me dirigí a la casa de Viñas, armado de punta en blanco. El traje de baile que se usaba en aquel tiempo y era el que yo llevaba, consistía en zapato sin tacón, pantalón con ancha trabilla, lleno de pliegues en la cintura y sumamente angosto en su parte inferior. Presencié una vez el caso de que un dandy tuviera que colgar sus pan­talones sobre una viga, y meterse en ellos para que el peso del cuerpo hiciera entrar las piernas en aquellos tarros. El chaleco era de seda y tenía enormes solapas. La casaca de paño negro era de las llamadas punta de diamante, porque la falda era tan angosta y puntiaguda, que cuando el caballero se inclinaba para ponerse a los pies de una dama, la falda se levantaba recta y formaba un ángulo de setenta y un grados con las piernas del héroe. La cor­bata era muy ancha y se echaba con doble vuelta, y los cuellos de la camisa muy anchos también, volteaban, dando a las caras un aire de candor que engañó a muchos y a muchas. No hay que fiarse en el candor de las caras que tienen cuellos volteados, ni en la gravedad que os­tentan las que usan cuellos parados: uno y otra son en­gañosos y falaces.

La sala del señor y la señora Viñas era de una sencillez patriarcal. Las blancas paredes no tenían más adorno que el que les ponen a los difuntos cuando su inconsolable viuda, sus afligidos huérfanos y sus inconsolables amigos les dicen: |quede usted con Dios. Ya se entiende que hablo de la cal.

¡La cal!, triste presente
Que el hombre rinde al hombre,
¡Como un lauro postrer que da a su frente!
De esto nadie se asombre,
Que al decir los poetas lloradores
«Yo regaré de flores,
Dulce amigo, tus restos adorados
Entre la negra y triste sepultura»,
Usan de una figura
Retórica, de un tipo así tal cual;
Lo que riegan no son flores sino cal.


Sobre la blanca cal de las paredes (que el papel no era de lo más común en esa época), había láminas que nada tenían de homogéneas: eran un San José, al óleo, obra de Figueroa; un cuadro que representaba la muerte de Napoleón y dos láminas en cristal: la una figuraba a Cleopatra escondiéndose en el seno un lagarto, y la otra a Matilde cerrándose un ojo con un dedo para indicar que lloraba a Malek Adel. ¡Pobre Malek Adel! ¡Cuánto lloré por tu suerte entonces, que me creía yo tan rico de lágri­mas! Y cuando llegó la hora de llorar sobre mí mismo, no encontré ni una en mis ojos: todas habían caído sobre tu sepulcro, sobre Corina, sobre Atala y otros personajes que no eran de mi parroquia! ¡Las cosas que hace uno de muchacho! ¡Y el interés que se toma por Oscar y Amanda, Numa Pompilio y otros sin generales! Pero a decir verdad, esta sensibilidad no está de por demás: a ella se debe que uno debe aprender la historia romana y la griega al dedillo y obtener una calificación de «sobre­saliente con aclamación», como la obtuve yo en un certa­men en que recité de pe a pa todas las guerras púnicas. ¡Qué tal si entonces me examinan en la historia de mi misma patria, que nunca me enseñaron en la universidad! Indudablemente me habrían calificado |réprobo sobresa­liente, porque hasta hace poco fue que supe que había existido un tal Gonzalo Jiménez de Quesada y otros varo­nes. Esto lo supe mucho después que aprendí a tomar café. Y a propósito del café, me había olvidado de que estaba describiendo una sala.

Los canapés forrados en zaraza, los taburetes de va­queta, las mesas pintadas de mala mano, todo indicaba una medianía de esas que se llaman con el adjetivo de­centes. Para mí no hay ni puede haber medianía que no sea indecorosa. Un lujo había en la sala, y ese no pertenecía al amigo Viñas: las parejas. Veinte muchachas que ni bajaban de los diez y ocho ni pasaban de los veinticuatro años; veinte muchachas rollizas, de caras ovaladas y lle­nas de hoyuelos, de mejillas pintadas por la salud y la ju­ventud, de ojos pícaros pero inocentes, amorosos pero señoriles, de bocas frescas que se perecían por hablar, pero que callaban modestas; de cuerpos rollizos vestidos con humildes camisones de zaraza, y sin más adornos en las cabezas que dos trenzas de abundante pelo; veinte doncellas listas para ser buenas esposas y buenas madres; con ausencia total de lectura de novelas de Dumas, y de romanticismo y de jaranas; tales eran las parejas con que se puso una contradanza que hizo estremecer la tierra en sus ejes, y se bailaron unos sendos valses que hicieron estremecer los ejes entre sus bocines.

Las parejas hombres, o sean parejos, eran de lo más dis­parejo que puede darse en vestidos y en figuras. Unos gastábamos casaca, pero yo vi a uno que bailó con cha­queta. Era una tertulia casera. La contradanza, gloria de nuestros padres y gloria nuestra, de que se han privado nuestros hijos por ... pepitos, era y es (si se vuelve a bailar), el más decoroso y galante, el más vistoso y caba­lleresco de todos los bailes. Cuando la pareja que iba |poniendo la contradanza llegaba al fin de la hilera, era de verse aquel concertado desorden, aquella sistemática anarquía, aquel arreglado movimiento con que se movían cuarenta personas ejecutando a un tiempo las vistosas figuras. Y si la contradanza era |obligada, es decir, com­puesta de figuras muy difíciles, había un momento, aquel en que se ejecutaba el paso más obligado, en que hasta el espectador gozaba como no han soñado gozar estos pepitos que corcovean hoy en las alfombradas salas. El registro de los clarinetes despertaba los corazones; el re­doble en la tambora los hacía saltar, y al romper la música con la primera parte de la contradanza, los hacía hablar. Sí, señor, como usted lo oye; los corazones hablaban, que yo los oí. ¡A |sacar parejas!, gritaban los más alegres, y todos nos precipitábamos a sacar la que estaba compro­metida. Puestos en hilera, el afortunado mortal a quien tocaba poner la contradanza, aguardaba a que la música tocase la primera parte para romper el baile, y mientras tanto decía algunas palabras a su compañera, que bien gratas habían de ser, puesto que la veíamos remilgarse bajando sus párpados sobre sus alegres ojos. El que estaba de segunda pareja aguardaba con los dedos pulgares me­tidos entre el chaleco, y haciendo abanico con la mano abierta; y otros de los que habían quedado más abajo, divertían su impaciencia llevando con los pies el compás de la retumbante música de |viento que aquella noche era de vendaval.

Unas dos contradanzas y unos tres valses |redondos se habrían bailado cuando en un interregno se apareció en la sala mi amigo el de las Viñas y con su misma cara de alma de cántaro que conservó hasta la muerte, adornada en ese momento con sonrisa de gala, dijo en voz alta: |¡zeñores, vamoz a tomar café!

El golpe estaba dado, la situación era dramática. Por pronunciar dos zetas y la palabra |café había gastado Viñas cincuenta pesos redondos. Nos lanzamos a tomar los bra­zos de las hermosas convidadas, y nos dirigimos al come­dor. Viñas nos precedía llevando del brazo a su esposa, Magdalena Parra, que ya es muerta. Un manojo de plumas se necesitarían para describir aquel comedor, acostumbra­do a ser teatro de juntas pacíficas, y que esa noche iba a servir de campo de batalla; ¡qué digo, servir!, que había servido ya en los aprestos del refresco, pues se había re­movido este mundo y el otro para ponerlo decente. Un baño de tierra blanca había enlucido las paredes. Donde la pared por su altura estaba incólume, corriente; pero ¡cómo habría sentado la blanca tierra en la zona húmeda, es decir, en dos varas de altura, donde el verde de la humedad atropellaba las fórmulas, saltando a la cara como un cigarrón! ¿Cómo habría quedado en todos los puntos en que se había hecho hoyo por las puntas de las mesas, por los palitroques de los taburetes, por los saltos del perro Medoro o coger la pelota que lanzaban los chi­cos, saltos que habían dejado en la pared una especie de pentagramas curvilíneos formados por sus garras? La mesa en que comía todos los días el señor de las Viñas, rodeado de sus hijos como una viña de sus vástagos, era a propósito para aquella parra y aquellas viñas, pero insuficiente para los convidados, y se había tomado el partido de agregarle varias mesitas. Las que eran muy bajas se habían alzado sobre ladrillos, y aunque tamba­leaban como Edda delante de su amado, éste no era mucho inconveniente; pero las que habían quedado altas tenían la ventaja de la solidez en cambio de la abominable joroba que imprimían al mantel. Viñas me consultó sobre esta abominación un poco antes de llamar a los convidados: y yo, viendo que no había remedio en lo humano, le dije: el mar es lo más plano que se conoce, y sin embargo se desnivela cuando se agita, y así es más solemne. Viñas quedó tranquilo con esta aplicación. Había taburetes de todas formas, platos de todos colores, gente de todas clases y niños de todas las edades, porque las señoritas convida­das habían ido con sus padres, éstos con sus hijos chiqui­tos, y éstos últimos con todas las criadas de la casa. Los convidados eran cuarenta y los asistentes cuarenta mil. Nos sentamos, sí; aunque me pese el decirlo, nos sentamos cuarenta personas en treinta taburetes. El cómo, se ignora y se ignorará siempre. Magdalena Parra de Viñas que no se sentaba hacía tres días, bien hubiera querido sentarse aunque no fuera sino por poder llorar con descanso; pero, ¡qué sentarse en aquella Babilonia! El refresco empezó por |ajiaco, el modesto, el irreemplazable ajiaco, que si figurara en algún lenguaje, debería tener por significado: mérito sólido. Tras del ajiaco siguieron unos hermosos pollos asados, dignos de un príncipe conveleciente. Tras de los pollos hubo vinos: vino tinto, vino dulce y vino de consagrar. Tomamos más de lo justo, aunque no tomamos con injusticia; nos alegramos y nos enternecimos. ¡En esta delicada situación de ánimo se oyó en la cercana cocina un ruido de molinillos, y acto continuo entraron tres criadas bien vestidas, trayendo en tres grandes azafates pas­tusos, muchos pozuelos blancos llenos de café!

Fue el segundo momento solemne. Todos mirábamos, con curiosidad aquel licor negro y espeso que venía entre sus sepulcros blancos, como las almas de los fariseos. Nos pusieron por delante a cada convidado nuestro pocillo de café hervido y batido, y cada uno dio el primer sorbo. ¡Oh Silva!, ¡oh Silva!, ¡qué sorbo!, ¡qué sorbo!

Si este artículo llevara números romanos, qué bien divididas quedarían las situaciones dramáticas! Figúrate los números: Antes de «Juan de las Viñas» un I. Después del «zeñores, vamoz a tomar café» el II; y tras de los «po­zuelos blancos llenos de café», el III. El drama estaría hecho; no faltaría sino ponerle un nombre bien romántico, como |El Confiteor, o | Angel del crimen, o |El puñal santo, o |Una Borrasca en las uñas, |o La Segunda hoja de un libro, o cualquiera otra cosa romántica, significativa y sonora. Todavía le faltaría algo: ponerlo en verso, y esto no sería muy difícil; por ejemplo, este dialoguito:

¿No os parece, el de Cardona
Que el café está muy cargado?
-Está requetecargado
Y hace daño a mi persona.
-Que le falta azúcar creo,
¿No os lo parece, Cardona?
-No lo nota mi persona,
Más, sí lo creo de recreo.


Cuando el consonante es así, muy rebuscado y poco vulgar, sería algo más difícil; pero echando mano de con­sonantes más socorridos se andaría muy aprisa.

Pero sigamos con el café.

Apurado el primer sorbo, apartamos respetuosamente el pocillo, y yo volví la cara para escupir con maña y sin que nadie lo notara, el puñado de afrecho que me había quedado en las fauces; pero no pude hacer este acto de policía, porque mi vecino iba a hacer lo mismo y ambos nos recatamos para ocultar el secreto; es decir, cada uno tragó lo mejor que pudo, y otro tanto le sucedía a cada convidado. Pasado el primer momento, hablamos todos para engañarnos. Juliana, la señorita que estaba a mi de­recha, y que pretendía tener un gusto muy delicado y estar siempre a la moda, quiso hacerme creer que aquella bebida que tomaba por primera vez, no le era extraña. ¡Me gusta tanto el café!, decía haciendo gestos de horror. Clotilde, que estaba un punto más adelante, decía también: ¡es tanto lo que me gusta el café! Pero no puedo tomarlo sin que se me resientan los nervios.

Yo estaba excitado por el vino de consagrar que había tomado, y no pude contenerme:

-Juan de las Viñas, dije en voz alta, ¿cuánto te abo­nan por útiles de escritorio en tu oficina?

-Poca cosa, contestó con sorpresa el interpelado; ocho pesos al año; ¿pero por qué me lo preguntas?

-Porque no puedo explicar el despilfarro que haces de tinta, hombre.

-¿Qué quieres decir?

-Que nos has dado tinta de uvilla con tártaro en este impúdico brevaje que acabas de propinarnos.

-Caballero, me parece que...

-¡Que me debes dar chocolate. Ahora no soy caballero, no soy sino un hombre herido en lo más caro que tiene, en su guargüero, soy un león enfurecido; y si no me das chocolate, te despedazo aquí en presencia de tu tierna es­posa y de tus tiernos hijos.

-Eres un hombre sin civilizar, un bárbaro, un indio bravo. No sabes tomar café, la bebida de moda.

-¡Cómo!, ¿me llamas indio bravo después de hacerme tomar café batido, servido con queso y retoritas? Te des­pedazo.

-Caballero, mire usted en qué casa está... dijo Mag­dalena Parra de Viñas.

-Mi señora, estoy en una casa donde se bate el café: pido chocolate.

-¡Sí!,  ¡chocolate!, ¡chocolate!, clamaron todos los hombres, insolentes por el vino, e incitados por mi mala crianza.

La escena se convirtió rápidamente en una escena de confianza. Todos se reían, todos gritaban. Juan de las Viñas me pidió una satisfacción. ¡Como quieras, le con­testé! Estoy dispuesto no sólo a satisfacerte, sino a probarte que el café ha sido hecho en chorote... Viñas estaba un poco serio; pero otro de los conmilitones propuso: bauti­cémoslo con café y pongámosle otro nombre.

Por no recibir el café en la crisma, y también porque vio que todo el pueblo estaba contra él, se echó a reir al fin, y dijo subiéndose sobre un cajón, y tomando el po­cillo de chocolate que estaba apurando su inocente esposa. ¡Pido la palabra! La tiene Viñas, con tal que no hable de café, contestó un insolente.

-Señores, dijo sin zeta ninguna y en el más puro castellano el buen Viñas, que había estado a la moda durante un momento, y que por un accidente volvía a su lenguaje, a su tono y a su felicidad habitual: ¡señores, propongo un brindis con chocolate contra el café!

-¡Bravo!, ¡bravo!, ¡bien! ¡Magnífico! ¡Admirable! ¡Hu­rra! ¡Hucha perro!, gritamos todos enternecidos, sorpren­didos, vencidos, conmovidos, mientras que Viñas aguardaba parado, encajonado, encantado, admirado, ruborizado.

Y en nuestra feroz alegría palmoteábamos y bajábamos a Viñas de su cajón en nuestros brazos, y lo estrechába­mos, y llorábamos sobre su faz. Hubo alguno que no pudiendo moderar su entusiasmo, le hacía tambora en la cabeza.

Viñas quedó resarcido de sobra con aquel triunfo ora­torio y aquella ovación fraternal, del |fiasco de su café.

Tomamos buen chocolate improvisado y nos fuimos a la sala para que vinieran a cenar los músicos. La mitad de los hombres se volvió con ellos, y la otra mitad se dividió por mitades; una que se quedó en la sala y otra que se vino con los músicos. De la mitad que quedó en la sala una mitad se apareció a pocos momentos en el comedor. Comimos más, bebimos más y fumamos con un furor homérico. A los músicos los cuidamos con un furor intermitente: los ha­cíamos tomar ajiaco después del dulce, o interrumpir una jícara de chocolate para contestar a un brindis con vino seco. Les alcanzábamos cigarro encendido cuando empe­zaban a tomar frito, y les hacíamos tomar agua después de tomar aguardiente. Concluyeron al fin, volvieron su­mamente complacidos a tomar sus instrumentos musicales y tocaron con una fuerza descomunal durante dos horas seguidas. A las tres de la mañana gritábamos durante el baile: ¡oído!, ¡viva mi pareja!, ¡viva el buen humor!, ¡viva quien baila! Los peinados de las mujeres, que se mante­nían modestas y tolerantes, era lo único descompuesto que había en ellas, porque cada media cadena obligada les hacía |una borrasca sobre el cráneo, al revés de lo que dice Víctor Hugo.

Hubo un momento sublime de reposo y de respetuoso silencio, durante el cual asesamos. Habíamos bailado tres horas seguidas sin intermisión, y era la una y media de la mañana. Dejar acabar el baile hubiera sido delito; pro­longar el interregno, atrocidad; seguir bailando, suicidio. ¿Qué hizo el bueno de Viñas? Fue e inventó una cosa que no estaba en el programa de la fiesta; sacó una guitarra, mudo testigo de sus ex-amores con su esposa, cuando ésta no lo era aún, y propuso a Juliana que cantara.

-¡Pero si yo no canto!, exclamaba aquella adoradora del café.

-¡Cómo no ha de cantar!, le decíamos todos, y sin más razón que ésta, y una vaga sospecha que circuló a ese tiempo de que efectivamente cultivaba aquel arte encan­tador, le dejamos la guitarra en el regazo. Media hora se pasó en templarla y en registrarla, al cabo de la cual tosió disimuladamente y empezó en voz baja, algo acatarrada, aquella canción que entonces era de moda:

¡Hermosa, ven, y surcaremos juntos
El mar inmenso de la triste vida!
¡Hermosa, ven, y mi fatal herida
Ciérrala ya por el eterno Dios!
Tin, pin, tin, pin, pin, pin, pin.
¡Ciérrala yaaa!, por el eterno Diooos!
La, ra, la, ra, la, ra, lá.
Hermosa, ven, y surcaremos juntos...


Iba a repetir la romántica cantora todo el convite a navegar; iba ya a llegar a la curación de la herida, cuando al hacer un trino en la voz y un arpegio en la guitarra, |¡pao!, hizo la prima, reventada en el quinto traste. La pobre prima, adelgazada durante los amores de Viñas con su Parra, no pudo empezar con salud la segunda época de sus glorias. ¡Ay!, ¡qué difícil es que una prima alcancepara dos amores! Dicen que las primas limeñas resisten hasta cuatro; pero las nuestras quedan exhaustas en el primero. No habiendo otra prima a mano, fue menester renunciar al placer de oír por tercera vez el convite a surcar juntos, y pasamos a otra cosa.

Esa otra cosa no podía ser sino volver a bailar, y lo hicimos con gozo hasta las cuatro de la mañana en que empezamos a despertar a los chiquitos que dormían en los canapés, a rebullir a las criadas que dormían en el corredor para que encendieran las linternas, y a buscar los pañolones perdidos o confundidos. Las madres se co­bijaron la cabeza con el pañolón y se pusieron los sombre­ros amarrándose el barboquejo. Las señoritas buscaron los brazos de sus galanes, y salimos bien arropados todos a la fría atmósfera de la calle, cantando a voz en cuello los hombres:

¡Hermosa, ven, y surcaremos juntos!


Hoy son huérfanos de padre y madre los hijos de Viñas: de aquellas hermosas jóvenes con quienes tomé o iba to­mando una |taza de café, once han muerto; una (Juliana), está hace años loca; tres son ricas y felices; seis piden limosna vergonzante; dos son monjas y están expatriadas.

¡Triste campo es el de los recuerdos! Cada vez que en­tra uno entre su triste memoria, se espanta de ver tantas lápidas. |Aquí yace... aquí yace... es lo que va leyendo. ¡Como en el cementerio, no se mide un paso sin que uno vea la boca de una bóveda!

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