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TAZA SEGUNDA
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|SANTAFE DE BOGOTA
«Juan de las Viñas saluda a usted y le ruega que concurra esta
noche a su casa a tomar una taza de café».
Esta boleta, en papel azul, de carta, con una viñeta que
representa un amor dormido, tiene, como lo ves, la fecha de 1848.
La impresión es de Cualla: los tipos no dejan duda.
El café me era conocido como un remedio excelente, feo como todo
remedio, mas no lo conocía bajo la faz de bebida tan deliciosa que
mereciese un convite. En un jueves santo, día de ayuno y de
abstinencia, había solido tomar una tacita de café; y en una que
otra indisposición de estómago, se me había propinado una tacita de
agua en que se habían hervido tres granos de café. Me parecía que
aquella solución de calamaco, que aquella agua de cúbica, que aquel
cocimiento de filaila no se podía prestar gran cosa para los
placeres de la amistad y de la reunión. No comprendía cómo mi
amigo el señor de las Viñas y sus convidados, mozos de excelente
humor y mejor salud, que de seguro no habían ayunado ese día, ni se
habían abstenido de carnes, fueran a gastar una noche tomando café.
Mi estómago sollozaba con la idea de renunciar esa noche a mi
chocolate de media canela, aromático y alimenticio; pero mi
espíritu novelero se exaltaba con la idea siempre mágica de ir a
penetrar lo desconocido. El chocolate era para mí un amigo de
infancia; pero me halagaba la idea de ir a conocer aquel extranjero
a la moda. ¡Perra naturaleza humana! ¿Qué necesidad tenía yo de
nuevas amistades?
Sea como fuere, yo no renuncié al convite. A las siete de la
noche me dirigí a la casa de Viñas, armado de punta en blanco. El
traje de baile que se usaba en aquel tiempo y era el que yo
llevaba, consistía en zapato sin tacón, pantalón con ancha
trabilla, lleno de pliegues en la cintura y sumamente angosto en su
parte inferior. Presencié una vez el caso de que un dandy tuviera
que colgar sus pantalones sobre una viga, y meterse en ellos para
que el peso del cuerpo hiciera entrar las piernas en aquellos
tarros. El chaleco era de seda y tenía enormes solapas. La casaca
de paño negro era de las llamadas punta de diamante, porque la
falda era tan angosta y puntiaguda, que cuando el caballero se
inclinaba para ponerse a los pies de una dama, la falda se
levantaba recta y formaba un ángulo de setenta y un grados con las
piernas del héroe. La corbata era muy ancha y se echaba con doble
vuelta, y los cuellos de la camisa muy anchos también, volteaban,
dando a las caras un aire de candor que engañó a muchos y a muchas.
No hay que fiarse en el candor de las caras que tienen cuellos
volteados, ni en la gravedad que ostentan las que usan cuellos
parados: uno y otra son engañosos y falaces.
La sala del señor y la señora Viñas era de una sencillez
patriarcal. Las blancas paredes no tenían más adorno que el que les
ponen a los difuntos cuando su inconsolable viuda, sus afligidos
huérfanos y sus inconsolables amigos les dicen:
|quede usted con
Dios. Ya se entiende que hablo de la cal.
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¡La cal!, triste presente
Que el hombre rinde al hombre,
¡Como un lauro postrer que da a su frente!
De esto nadie se asombre,
Que al decir los poetas lloradores
«Yo regaré de flores,
Dulce amigo, tus restos adorados
Entre la negra y triste sepultura»,
Usan de una figura
Retórica, de un tipo así tal cual;
Lo que riegan no son flores sino cal.
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Sobre la blanca cal de las paredes (que el papel no era de lo
más común en esa época), había láminas que nada tenían de
homogéneas: eran un San José, al óleo, obra de Figueroa; un cuadro
que representaba la muerte de Napoleón y dos láminas en cristal: la
una figuraba a Cleopatra escondiéndose en el seno un lagarto, y la
otra a Matilde cerrándose un ojo con un dedo para indicar que
lloraba a Malek Adel. ¡Pobre Malek Adel! ¡Cuánto lloré por tu
suerte entonces, que me creía yo tan rico de lágrimas! Y cuando
llegó la hora de llorar sobre mí mismo, no encontré ni una en mis
ojos: todas habían caído sobre tu sepulcro, sobre Corina, sobre
Atala y otros personajes que no eran de mi parroquia! ¡Las cosas
que hace uno de muchacho! ¡Y el interés que se toma por Oscar y
Amanda, Numa Pompilio y otros sin generales! Pero a decir verdad,
esta sensibilidad no está de por demás: a ella se debe que uno debe
aprender la historia romana y la griega al dedillo y obtener una
calificación de «sobresaliente con aclamación», como la obtuve yo
en un certamen en que recité de pe a pa todas las guerras púnicas.
¡Qué tal si entonces me examinan en la historia de mi misma patria,
que nunca me enseñaron en la universidad! Indudablemente me habrían
calificado
|réprobo sobresaliente, porque hasta hace poco
fue que supe que había existido un tal Gonzalo Jiménez de Quesada y
otros varones. Esto lo supe mucho después que aprendí a tomar
café. Y a propósito del café, me había olvidado de que estaba
describiendo una sala.
Los canapés forrados en zaraza, los taburetes de vaqueta, las
mesas pintadas de mala mano, todo indicaba una medianía de esas que
se llaman con el adjetivo decentes. Para mí no hay ni puede haber
medianía que no sea indecorosa. Un lujo había en la sala, y ese no
pertenecía al amigo Viñas: las parejas. Veinte muchachas que ni
bajaban de los diez y ocho ni pasaban de los veinticuatro años;
veinte muchachas rollizas, de caras ovaladas y llenas de hoyuelos,
de mejillas pintadas por la salud y la juventud, de ojos pícaros
pero inocentes, amorosos pero señoriles, de bocas frescas que se
perecían por hablar, pero que callaban modestas; de cuerpos
rollizos vestidos con humildes camisones de zaraza, y sin más
adornos en las cabezas que dos trenzas de abundante pelo; veinte
doncellas listas para ser buenas esposas y buenas madres; con
ausencia total de lectura de novelas de Dumas, y de romanticismo y
de jaranas; tales eran las parejas con que se puso una contradanza
que hizo estremecer la tierra en sus ejes, y se bailaron unos
sendos valses que hicieron estremecer los ejes entre sus
bocines.
Las parejas hombres, o sean parejos, eran de lo más disparejo
que puede darse en vestidos y en figuras. Unos gastábamos casaca,
pero yo vi a uno que bailó con chaqueta. Era una tertulia casera.
La contradanza, gloria de nuestros padres y gloria nuestra, de que
se han privado nuestros hijos por ... pepitos, era y es (si se
vuelve a bailar), el más decoroso y galante, el más vistoso y
caballeresco de todos los bailes. Cuando la pareja que iba
|poniendo la contradanza llegaba al fin de la hilera, era de
verse aquel concertado desorden, aquella sistemática anarquía,
aquel arreglado movimiento con que se movían cuarenta personas
ejecutando a un tiempo las vistosas figuras. Y si la contradanza
era
|obligada, es decir, compuesta de figuras muy difíciles,
había un momento, aquel en que se ejecutaba el paso más obligado,
en que hasta el espectador gozaba como no han soñado gozar estos
pepitos que corcovean hoy en las alfombradas salas. El registro de
los clarinetes despertaba los corazones; el redoble en la tambora
los hacía saltar, y al romper la música con la primera parte de la
contradanza, los hacía hablar. Sí, señor, como usted lo oye; los
corazones hablaban, que yo los oí. ¡A
|sacar parejas!,
gritaban los más alegres, y todos nos precipitábamos a sacar la que
estaba comprometida. Puestos en hilera, el afortunado mortal a
quien tocaba poner la contradanza, aguardaba a que la música tocase
la primera parte para romper el baile, y mientras tanto decía
algunas palabras a su compañera, que bien gratas habían de ser,
puesto que la veíamos remilgarse bajando sus párpados sobre sus
alegres ojos. El que estaba de segunda pareja aguardaba con los
dedos pulgares metidos entre el chaleco, y haciendo abanico con la
mano abierta; y otros de los que habían quedado más abajo,
divertían su impaciencia llevando con los pies el compás de la
retumbante música de
|viento que aquella noche era de
vendaval.
Unas dos contradanzas y unos tres valses
|redondos se
habrían bailado cuando en un interregno se apareció en la sala mi
amigo el de las Viñas y con su misma cara de alma de cántaro que
conservó hasta la muerte, adornada en ese momento con sonrisa de
gala, dijo en voz alta:
|¡zeñores, vamoz a tomar café!
El golpe estaba dado, la situación era dramática. Por pronunciar
dos zetas y la palabra
|café había gastado Viñas cincuenta
pesos redondos. Nos lanzamos a tomar los brazos de las hermosas
convidadas, y nos dirigimos al comedor. Viñas nos precedía
llevando del brazo a su esposa, Magdalena Parra, que ya es muerta.
Un manojo de plumas se necesitarían para describir aquel comedor,
acostumbrado a ser teatro de juntas pacíficas, y que esa noche iba
a servir de campo de batalla; ¡qué digo, servir!, que había servido
ya en los aprestos del refresco, pues se había removido este mundo
y el otro para ponerlo decente. Un baño de tierra blanca había
enlucido las paredes. Donde la pared por su altura estaba incólume,
corriente; pero ¡cómo habría sentado la blanca tierra en la zona
húmeda, es decir, en dos varas de altura, donde el verde de la
humedad atropellaba las fórmulas, saltando a la cara como un
cigarrón! ¿Cómo habría quedado en todos los puntos en que se había
hecho hoyo por las puntas de las mesas, por los palitroques de los
taburetes, por los saltos del perro Medoro o coger la pelota que
lanzaban los chicos, saltos que habían dejado en la pared una
especie de pentagramas curvilíneos formados por sus garras? La mesa
en que comía todos los días el señor de las Viñas, rodeado de sus
hijos como una viña de sus vástagos, era a propósito para aquella
parra y aquellas viñas, pero insuficiente para los convidados, y se
había tomado el partido de agregarle varias mesitas. Las que eran
muy bajas se habían alzado sobre ladrillos, y aunque tambaleaban
como Edda delante de su amado, éste no era mucho inconveniente;
pero las que habían quedado altas tenían la ventaja de la solidez
en cambio de la abominable joroba que imprimían al mantel. Viñas me
consultó sobre esta abominación un poco antes de llamar a los
convidados: y yo, viendo que no había remedio en lo humano, le
dije: el mar es lo más plano que se conoce, y sin embargo se
desnivela cuando se agita, y así es más solemne. Viñas quedó
tranquilo con esta aplicación. Había taburetes de todas formas,
platos de todos colores, gente de todas clases y niños de todas las
edades, porque las señoritas convidadas habían ido con sus padres,
éstos con sus hijos chiquitos, y éstos últimos con todas las
criadas de la casa. Los convidados eran cuarenta y los asistentes
cuarenta mil. Nos sentamos, sí; aunque me pese el decirlo, nos
sentamos cuarenta personas en treinta taburetes. El cómo, se ignora
y se ignorará siempre. Magdalena Parra de Viñas que no se sentaba
hacía tres días, bien hubiera querido sentarse aunque no fuera sino
por poder llorar con descanso; pero, ¡qué sentarse en aquella
Babilonia! El refresco empezó por
|ajiaco, el modesto, el
irreemplazable ajiaco, que si figurara en algún lenguaje, debería
tener por significado: mérito sólido. Tras del ajiaco siguieron
unos hermosos pollos asados, dignos de un príncipe conveleciente.
Tras de los pollos hubo vinos: vino tinto, vino dulce y vino de
consagrar. Tomamos más de lo justo, aunque no tomamos con
injusticia; nos alegramos y nos enternecimos. ¡En esta delicada
situación de ánimo se oyó en la cercana cocina un ruido de
molinillos, y acto continuo entraron tres criadas bien vestidas,
trayendo en tres grandes azafates pastusos, muchos pozuelos
blancos llenos de café!
Fue el segundo momento solemne. Todos mirábamos, con curiosidad
aquel licor negro y espeso que venía entre sus sepulcros blancos,
como las almas de los fariseos. Nos pusieron por delante a cada
convidado nuestro pocillo de café hervido y batido, y cada uno dio
el primer sorbo. ¡Oh Silva!, ¡oh Silva!, ¡qué sorbo!, ¡qué
sorbo!
Si este artículo llevara números romanos, qué bien divididas
quedarían las situaciones dramáticas! Figúrate los números: Antes
de «Juan de las Viñas» un I. Después del «zeñores, vamoz a tomar
café» el II; y tras de los «pozuelos blancos llenos de café», el
III. El drama estaría hecho; no faltaría sino ponerle un nombre
bien romántico, como
|El Confiteor, o
|
Angel del
crimen, o
|El puñal santo, o
|Una Borrasca en las uñas,
|o La Segunda hoja de un libro, o cualquiera otra cosa
romántica, significativa y sonora. Todavía le faltaría algo:
ponerlo en verso, y esto no sería muy difícil; por ejemplo, este
dialoguito:
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¿No os parece, el de Cardona
Que el café está muy cargado?
-Está requetecargado
Y hace daño a mi persona.
-Que le falta azúcar creo,
¿No os lo parece, Cardona?
-No lo nota mi persona,
Más, sí lo creo de recreo.
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Cuando el consonante es así, muy rebuscado y poco vulgar, sería
algo más difícil; pero echando mano de consonantes más socorridos
se andaría muy aprisa.
Pero sigamos con el café.
Apurado el primer sorbo, apartamos respetuosamente el pocillo, y
yo volví la cara para escupir con maña y sin que nadie lo notara,
el puñado de afrecho que me había quedado en las fauces; pero no
pude hacer este acto de policía, porque mi vecino iba a hacer lo
mismo y ambos nos recatamos para ocultar el secreto; es decir, cada
uno tragó lo mejor que pudo, y otro tanto le sucedía a cada
convidado. Pasado el primer momento, hablamos todos para
engañarnos. Juliana, la señorita que estaba a mi derecha, y que
pretendía tener un gusto muy delicado y estar siempre a la moda,
quiso hacerme creer que aquella bebida que tomaba por primera vez,
no le era extraña. ¡Me gusta tanto el café!, decía haciendo gestos
de horror. Clotilde, que estaba un punto más adelante, decía
también: ¡es tanto lo que me gusta el café! Pero no puedo tomarlo
sin que se me resientan los nervios.
Yo estaba excitado por el vino de consagrar que había tomado, y
no pude contenerme:
-Juan de las Viñas, dije en voz alta, ¿cuánto te abonan por
útiles de escritorio en tu oficina?
-Poca cosa, contestó con sorpresa el interpelado; ocho pesos al
año; ¿pero por qué me lo preguntas?
-Porque no puedo explicar el despilfarro que haces de tinta,
hombre.
-¿Qué quieres decir?
-Que nos has dado tinta de uvilla con tártaro en este impúdico
brevaje que acabas de propinarnos.
-Caballero, me parece que...
-¡Que me debes dar chocolate. Ahora no soy caballero, no soy
sino un hombre herido en lo más caro que tiene, en su guargüero,
soy un león enfurecido; y si no me das chocolate, te despedazo aquí
en presencia de tu tierna esposa y de tus tiernos hijos.
-Eres un hombre sin civilizar, un bárbaro, un indio bravo. No
sabes tomar café, la bebida de moda.
-¡Cómo!, ¿me llamas indio bravo después de hacerme tomar café
batido, servido con queso y retoritas? Te despedazo.
-Caballero, mire usted en qué casa está... dijo Magdalena Parra
de Viñas.
-Mi señora, estoy en una casa donde se bate el café: pido
chocolate.
-¡Sí!, ¡chocolate!, ¡chocolate!, clamaron todos los hombres,
insolentes por el vino, e incitados por mi mala crianza.
La escena se convirtió rápidamente en una escena de confianza.
Todos se reían, todos gritaban. Juan de las Viñas me pidió una
satisfacción. ¡Como quieras, le contesté! Estoy dispuesto no sólo
a satisfacerte, sino a probarte que el café ha sido hecho en
chorote... Viñas estaba un poco serio; pero otro de los
conmilitones propuso: bauticémoslo con café y pongámosle otro
nombre.
Por no recibir el café en la crisma, y también porque vio que
todo el pueblo estaba contra él, se echó a reir al fin, y dijo
subiéndose sobre un cajón, y tomando el pocillo de chocolate que
estaba apurando su inocente esposa. ¡Pido la palabra! La tiene
Viñas, con tal que no hable de café, contestó un insolente.
-Señores, dijo sin zeta ninguna y en el más puro castellano el
buen Viñas, que había estado a la moda durante un momento, y que
por un accidente volvía a su lenguaje, a su tono y a su felicidad
habitual: ¡señores, propongo un brindis con chocolate contra el
café!
-¡Bravo!, ¡bravo!, ¡bien! ¡Magnífico! ¡Admirable! ¡Hurra!
¡Hucha perro!, gritamos todos enternecidos, sorprendidos,
vencidos, conmovidos, mientras que Viñas aguardaba parado,
encajonado, encantado, admirado, ruborizado.
Y en nuestra feroz alegría palmoteábamos y bajábamos a Viñas de
su cajón en nuestros brazos, y lo estrechábamos, y llorábamos
sobre su faz. Hubo alguno que no pudiendo moderar su entusiasmo, le
hacía tambora en la cabeza.
Viñas quedó resarcido de sobra con aquel triunfo oratorio y
aquella ovación fraternal, del
|fiasco de su café.
Tomamos buen chocolate improvisado y nos fuimos a la sala para
que vinieran a cenar los músicos. La mitad de los hombres se volvió
con ellos, y la otra mitad se dividió por mitades; una que se quedó
en la sala y otra que se vino con los músicos. De la mitad que
quedó en la sala una mitad se apareció a pocos momentos en el
comedor. Comimos más, bebimos más y fumamos con un furor homérico.
A los músicos los cuidamos con un furor intermitente: los hacíamos
tomar ajiaco después del dulce, o interrumpir una jícara de
chocolate para contestar a un brindis con vino seco. Les
alcanzábamos cigarro encendido cuando empezaban a tomar frito, y
les hacíamos tomar agua después de tomar aguardiente. Concluyeron
al fin, volvieron sumamente complacidos a tomar sus instrumentos
musicales y tocaron con una fuerza descomunal durante dos horas
seguidas. A las tres de la mañana gritábamos durante el baile:
¡oído!, ¡viva mi pareja!, ¡viva el buen humor!, ¡viva quien baila!
Los peinados de las mujeres, que se mantenían modestas y
tolerantes, era lo único descompuesto que había en ellas, porque
cada media cadena obligada les hacía
|una borrasca sobre el
cráneo, al revés de lo que dice Víctor Hugo.
Hubo un momento sublime de reposo y de respetuoso silencio,
durante el cual asesamos. Habíamos bailado tres horas seguidas sin
intermisión, y era la una y media de la mañana. Dejar acabar el
baile hubiera sido delito; prolongar el interregno, atrocidad;
seguir bailando, suicidio. ¿Qué hizo el bueno de Viñas? Fue e
inventó una cosa que no estaba en el programa de la fiesta; sacó
una guitarra, mudo testigo de sus ex-amores con su esposa, cuando
ésta no lo era aún, y propuso a Juliana que cantara.
-¡Pero si yo no canto!, exclamaba aquella adoradora del
café.
-¡Cómo no ha de cantar!, le decíamos todos, y sin más razón que
ésta, y una vaga sospecha que circuló a ese tiempo de que
efectivamente cultivaba aquel arte encantador, le dejamos la
guitarra en el regazo. Media hora se pasó en templarla y en
registrarla, al cabo de la cual tosió disimuladamente y empezó en
voz baja, algo acatarrada, aquella canción que entonces era de
moda:
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¡Hermosa, ven, y surcaremos juntos
El mar inmenso de la triste vida!
¡Hermosa, ven, y mi fatal herida
Ciérrala ya por el eterno Dios!
Tin, pin, tin, pin, pin, pin, pin.
¡Ciérrala yaaa!, por el eterno Diooos!
La, ra, la, ra, la, ra, lá.
Hermosa, ven, y surcaremos juntos...
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Iba a repetir la romántica cantora todo el convite a navegar;
iba ya a llegar a la curación de la herida, cuando al hacer un
trino en la voz y un arpegio en la guitarra,
|¡pao!, hizo la
prima, reventada en el quinto traste. La pobre prima, adelgazada
durante los amores de Viñas con su Parra, no pudo empezar con salud
la segunda época de sus glorias. ¡Ay!, ¡qué difícil es que una
prima alcancepara dos amores! Dicen que las primas limeñas resisten
hasta cuatro; pero las nuestras quedan exhaustas en el primero. No
habiendo otra prima a mano, fue menester renunciar al placer de oír
por tercera vez el convite a surcar juntos, y pasamos a otra
cosa.
Esa otra cosa no podía ser sino volver a bailar, y lo hicimos
con gozo hasta las cuatro de la mañana en que empezamos a despertar
a los chiquitos que dormían en los canapés, a rebullir a las
criadas que dormían en el corredor para que encendieran las
linternas, y a buscar los pañolones perdidos o confundidos. Las
madres se cobijaron la cabeza con el pañolón y se pusieron los
sombreros amarrándose el barboquejo. Las señoritas buscaron los
brazos de sus galanes, y salimos bien arropados todos a la fría
atmósfera de la calle, cantando a voz en cuello los hombres:
¡Hermosa, ven, y surcaremos juntos!
Hoy son huérfanos de padre y madre los hijos de Viñas: de
aquellas hermosas jóvenes con quienes tomé o iba tomando una
|taza de café, once han muerto; una (Juliana), está hace años
loca; tres son ricas y felices; seis piden limosna vergonzante; dos
son monjas y están expatriadas.
¡Triste campo es el de los recuerdos! Cada vez que entra uno
entre su triste memoria, se espanta de ver tantas lápidas.
|Aquí
yace... aquí yace... es lo que va leyendo. ¡Como en el
cementerio, no se mide un paso sin que uno vea la boca de una
bóveda!
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