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LAS TRES TAZAS
|Por José
|María
|Vergara y Vergara
Mi querido Ricardo: te dedico estas tres tazas llenas la una de
chocolate, la otra de café y la tercera de té. Tómate la que
quieras; lo dejo a tu elección; pero no creo que seas ecléctico
hasta el punto de tomarte todas tres. Debes escoger una y vaciar
las otras dos.
|Postdata (en latín). ¡Hombre!, no derrames las otras:
ofrécele la una a tu esposa y la otra a Manuel Pombo, (Fecha
|ut
|supra, igualmente en latín).
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TAZA PRIMERA
Soy coleccionador, bibliómano o anticuario, no sé cual de las
tres cosas será; pero, sea lo que fuere, lo confieso con rubor,
porque no se me oculta el ridículo que sigue a estos oficios
serviles en nuestra tierra. Si en lugar de eso fuera revolucionario
como don N ... que está graduado ya de doctor en revoluciones, y
que es muy bien recibido en la sociedad; o si fuera militar,
profesión que imprime carácter; o agiotista, profesión que idealiza
al individuo, lo confesaría en alta voz y andaría con la frente
tranquila y la conciencia erguida... como dicen algunos que se
retiran a la vida privada. Creo que como dicen es «con la frente
erguida y la conciencia tranquila»,y si yo he dicho al revés, no te
afanes. Será equivocación del cajista, que de esas he visto yo.
Pues iba diciendo que yo soy bibliófilo, o cosa parecida; y por
esta razón poseo impresos en abundancia y variedad. Una de estas
variedades es la de esquelas de convite a entierros y bautismos; de
ofrecimientos de nuevo estado y de despedida. ¡Qué de cosas he
visto! ¡Sobre cuántas boletas han caído lágrimas que se me han
saltado a traición e impensadamente! «Dionisio Rodríguez y Zoila
Díaz se ofrecen a usted en su nuevo estado», dice una esquela
fechada en 1841. «Dionisio Rodríguez y su señora ofrecen a usted un
nuevo servidor», dice otra, fechada en 1842. «¡Ha muerto la señora
Zoila Díaz!, dice otra. Su inconsolable esposo y sus huérfanos
suplican a usted que asista a las exequias mañana a las once». La
fecha es de 1853. Estas esquelas recibidas a largos intervalos no
causan sino una impresión sencilla; ¡pero reunidas así en un
libro!, ¡sin más distancia entre el matrimonio y la muerte que una
hoja de papel, y sin más tardanza que la necesaria para volver una
hoja! Así, amigo mío, la impresión es compleja y el sabor que queda
en el alma, es un sabor a asco de la vida. ¡La vida es una
canallada, es un robo cuatrero, es una miseria! Esaú vendió su
derecho de primer nacido por un plato de lentejas; si hubiera sido
su nacimiento el que vendía debiera haberlo vendido por el plato
sólo: darlo con lentejas hubiera sido un despilfarro horrible.
¿Quieres que sigamos hojeando? Mira lo que sigue: ¡Un amigo mío
me convida en 1849 a comer en su tornaboda, y en la hoja siguiente
me convida su esposa a acompañar el cadáver de mi amigo al
cementerio! Yo acepté ambas cosas: brindé en el convite y lloré en
el entierro. ¿Quieres que sigamos hojeando? ¡Mira lo que sigue! Es
un convite para unos certámenes de niñas. Una de las sustentantes
es Clementina Forero, de edad de ocho años. ¿Sabes quién era la
abuela de esa niña? Zoila Díaz, a quien vi casar yo, que según mi
fe de bautismo y las barbas negras que peino, soy joven todavía;
pero que según el estudio de estas boletas, soy un Matusalem
detestable. Y yo mismo, ¿qué seré mañana para el que me herede
estas colecciones, sino una antigualla curiosa, un ente mitológico
que existió? ¿Quién hará vivir mis ideas, mis sentimientos?
¡Nadie!, ¡nadie! «¡Un hombre al agua!», gritan en un buque cuando
cae por descuido un marinero. Se ve a la víctima debatiéndose con
las olas, se ven sus movimientos, se oye su voz que invoca a Dios,
que nombra a su madre, a su esposa, que ofrece el oro que tiene en
tierra al que lo salve. Pasa un momento; ¿qué hay sobre el mar?
Nada. El buque se aleja; ¿qué deja atrás? Nada. Un hombre es
|nada después de que se consume. ¡Las generaciones son
buques!, de ellas se desprende un hombre que iba con ellas, y cae a
la tumba. Las generaciones siguen: ¿qué dejan atrás? ¡Nada!
¡La vida, si no es más que este totilimundi, en que pasan y
repasan figurillas, no vale ni el plato vacío de Esaú! No vale
nada, absolutamente nada. Cualquier negocio es a pura pérdida,
mientras no haya negociantes que garanticen la perpetuidad. Lo que
más humilla al hombre es la muerte; es vivir de arrendatario de la
vida, es no tener nada propio. Cuando menos lo piense, viene el
dueño y le pide lo que posee. Esta es una humillación por
excelencia ...
¡Dichosos los que dicen, quitando así a la muerte su humillación
sin nombre: «La vida es una prueba, es un recodo del camino, es un
|tambo en la ruta, para descansar a su sombra un momento!
¡Nadie se va a vivir a un tambo; pues bien, la vida no ha sido
nunca de calicanto! ¡Venimos de Dios, hacemos un viaje alrededor de
la tierra y volvemos a Dios! ¿No hay franceses que salen de París,
viajan y vuelven a los diez o doce años a París? Pues así sucede al
hombre respecto de Dios». ¡Oh, esta sed de inmortalidad del
hombre, si no hubiera Dios, sería un veneno delante del cual el
ácido prúsico sería un caramelo pectoral y calmante! ¡Si los
volcanes rugen como rugen y braman como braman, será porque se les
ha figurado que no hay Dios! Yo en pellejo de ellos, y con tal
idea, no me estaría ni una hora sin un terremoto: me divertiría en
matar al mundo a fuerza de estrujones.
¡Pero hay Dios! ¡Aguantemos humildes la prueba de la vida!,
padezcamos la prueba de las boletas, y déjame divertir un poco la
imaginación, porque allí alcanzo a ver al principio del tomo una
esquela en papel florete que me sonríe. ¡Mírala, qué cuca! El papel
es un florete español de lo más florete que pueda hacer el hombre,
criautra nacida para hacer siempre papel. El largo de la esquela
es una cuarta, medida española; el ancho, media; y el margen tiene
cuatro dedos. ¿Quiéres que la lea?
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|Doña
|Tadea
|Lozano
saluda a usted y le ruega que venga esta noche a tomar en esta
su casa el refresco que ofrece en obsequio de algunos amigos.
Señor D. Cristóbal de Vergara.
|Santafé y
|mayo
|13 de 1813.
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He oído contar en casa que este refresco fue de lo sonado, de
lo grande. Asistieron cincuenta personas de lo más escogido que
había en la ciudad: Nariño, Baraya, Torres, Madrid y otros
personajes por el estilo. Nariño estaba en vísperas de marchar al
sur con su valiente ejército; y la marquesa de San Jorge, quería
darle por despedida, lo que se llamaba entonces un
|refresco, es decir,
|una taza
|de chocolate.
El palacio de la marquesa era, tú lo sabes, la misma hermosa,
sólida y opulenta casa que queda en la esquina de Lesmes, y en que
vive hoy don Ruperto Restrepo. Era y es una casa cien veces mejor
que lo que hoy se usa, estas casuchas que se vengan en altura de
techos lo que pierden en extensión de terreno; fábricas de tifos y
de tristezas; copia exacta de la generación actual; casas de gran
fachada y sin huertas ni jardines; con salas de 20.000 varas de
alto y corrales de vara en cuadro; casas que, en lugar de aquellas
andaluzas y espaciosas albercas en que corría a chorros la rica
agua del Boquerón, tienen bombas que pujan y brotan por la fuerza
una agua que sabe a magnesia y sedlitz. La casa de la marquesa ahí
está a la vista; es cien veces mejor que las de hoy. Su dueño no
debe cambiarla si no le dan doscientas casuchas de estas que la
moda levanta.
Pues en uno de sus salones fue donde se reunió la sociedad que
iba a tomar un refresco la noche del 13 de mayo de 1813. Treinta
caballeros y veinticinco señoras y señoritas asistían. Era el traje
de los caballeros, zapato de hebilla, media de seda, pantalón
rodillero con hebilla de oro, chaleco blanco y casaca sin solapas,
según la última moda, y que era llamada
|bonapartina. El
traje de las señoritas consistía en camisón de seda de talle muy
alto y descotado, mangas corridas y falda estrecha.
La gran sala estaba colgada de tela de seda recogida en profusos
pliegues. El mobiliario consistía en tres canapés con prolija obra
de talla dorada, y cuyos brazos semejaban culebras que mordían una
manzana. Fuera de los canapés había unas cincuenta sillas de
brazos, también doradas y forradas como aquellos, en damasco de
Filipinas. Del techo colgaban tres grandes cuadros dorados en que
se veían los retratos del conquistador Alonso de Olaya, fundador
del marquesado; de don Beltrán de Caicedo, último marqué de San
Jorge, por la rama de Caicedos; y de don Jorge de Lozano, poseedor
del marquesado en 1813.
El refresco tuvo lugar a las ocho de la noche, en el vasto
comedor. La mesa cubierta con un mantel de alemanisco de
resplandeciente blancura, soportaba el enorme peso de los platos de
colaciones, las botellas de aloja y los botellones de vino
español.
Sobre las servilletas dobladas reposaban grandes platos; entre
éstos había platos pequeños; y entre los pequeños había pozuelos en
que hacía visos azules y dorados la espuma de un chocolate que
estaba guardado en pastillas hacía ocho años, en grandes arcones de
cedro. El cacao había venido desde Cúcuta, y para molerlo, se
habían observado todas las reglas del arte, tan descuidadas hoy por
nuestras cocineras. Se había mezclado a la masa del cacao canela
aromática, y se había humedecido con vino. En seguida cada pastilla
había sido envuelta en papel, para entrar en el arcón en que iba a
reposar ocho años. Para hacer el chocolate no se habían olvidado
tampoco las prescripciones de los sabios. El agua había hervido una
vez cuando se le echaba la pastilla; y después de esto se le dejaba
hervir otras dos, dejando que la pastilla se desbaratara
suavemente. El molinillo no servía para desbaratar la respetable
pastilla a porrazos, como lo hacen hoy innobles cocineras; no, en
aquella edad de oro el molinillo no servía sino para batir el
chocolate después de un tercer hervor, y combinando científicamente
sus generosas partículas, hacerle producir esa espuma que hacía
visos de oro y azul, que ya no se ve sino en las casas de una que
otra familia que se estima. Preparado así el chocolate, exhalaba un
perfume ... ¡un perfume ... ! ¡Musa de Grecia, la de las
ingeniosas ficciones, hazme el favor de decirme cómo diablos se
pudiera hacer llegar a las narices de mis actuales conciudadanos el
perfume de aquel chocolate colonial! ¡Esto en cuanto al olfato;
pero en cuanto al sabor! ... Es de advertir que la regla usada
entonces por aquellas venerables cocineras, era la de echar dos
pastillas por jícara, y ninguna de aquellas sabias cocineras se
equivocaba. Si los convidados eran diez, se echaban veinte
pastillas. ¡Hoy ... llanto cuesta el decirlo!,
|!
|quis
|talia fando temperet a lacrymis! Hoy... hay cocineras que
echan a pastilla por barba. ¿Qué digo?, ¡hay casas en que con una
pastilla despachan tres víctimas!
Pero el sabor de aquel chocolate era igual a su perfume; la
cucharrilla de plata entraba en el blanco seno de la jícara con
dificultad. No se hacían
|buches de chocolate como ahora, no;
ni se tomaba de prisa, ni con los ojos abiertos y el espíritu
cerrado. Cada prócer de aquellos cerraba un poquillo los ojos, al
poner la cucharita de plata llena de chocolate en la lengua; le
paladeaba, le tragaba con majestad; y don Camilo de Torres, dijo al
gran Nariño al acabar de vaciar su jícara:
|digitus Dei
|erat
|hic.
|-Bene dixisti, contestó el Presidente de Cundinamarca,
depositando respetuosamente su pocillo sobre el plato. Es sabido
que Torres y Nariño eran hombres de muchísimo talento.
Con tales jícaras de chocolate fue que se llevó a cabo nuestra
gloriosa emancipación política. Si hubiera sido el té su bebida
favorita, el acta del 20 de julio de 1810 no hubiera tenido más
firmas que la del virrey Amar que nunca quiso firmarla.
Olvidaba decir que la vajilla en que se sirvió aquel chocolate
de que vengo hablando, era toda de plata de martillo y que no era
prestada. En el fondo de cada plato estaba grabado el blasón de
aquella ilustre casa con el nombre de «Marqués de San Jorge», que
diez años más tarde había de cambiar su dueño por el título de «Sai
Bogotá», haciendo así de sus blasones un bodoque y tirándoselos a
la cara a Fernando VII al través de esos mares que recorrieron sus
altivos antepasados armados de todas sus armas.
El aristocrático refresco había terminado. Los agraciados
volvieron al salón precedidos por el gran Nariño que daba el brazo
a la marquesa de San Jorge.
Apenas llegaron al salón rompió la música de cuerda que estaba
prevenida, con una alegre contradanza que hizo saltar de alegría a
todos los que la escuchaban. Puso la contradanza el elegante Madrid
con la hermosa doña Genoveva Ricaurte. Las figuras fueron
|paseo,
cadena y triunfo, en la primera parte; y en la segunda
|alas
cruzadas, paso
|de
|Venus y ruedas combinadas. Tras
de la contradanza se bailaron un capitusé, un zorongo, un ondú y
dos cañas.
Eran las doce de la noche, dadas en el gran reloj de cucú que
sonaba en la recámara, y los convidados se prepararon para
retirarse. Los hombres pidieron a sus pajes sus ricas capas de paño
de grana, su espada y su sombrero de castor; las mujeres pidieron a
los caballeros sus mantos y sus pastoras, y salieron precedidas de
sus lacayos que llevaban grandes faroles para alumbrar las calles
solitarias por donde se retiraban los elegantes tertulianos.
Cuatro años después, todos los hombres de aquella tertulia,
menos dos, habían sido fusilados: todas las mujeres, menos tres,
habían sido desterradas.
Morillo hizo su cosecha de sangre. Pasó aquella tempestad y
vino Bolívar. Con Bolívar, vinieron los ingleses de la Legión
Británica, y con ellos, ¡cosa triste!, el uso del café que vino a
suplir la
|taza de chocolate.
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