INDICE

El Mercado

El Puente de Icononzo

Mi Primer Caballo

Panorama de las Llanuras de San Martín

Una Compra de Novillos

Benedicto Nieves o La Mano de la Providencia

Los Conjurados del 25 de Septiembre en Palacio

Fundación de Bogotá

Revista de un Album

En Busca de Médico para María

Mariquita

Indios Paeces

Recuerdos de Tierra Caliente

El Paseo al Salto del Tequendama

La Cascada del Tequendama

Las Criadas de Bogotá

San Pedro

Las Coronas

Un Compadrazgo en la Montaña

Los Cojines de Tunja

Bogotá Después de una Revolución

Popayán y Pasto

Navegación por el Chocó

Las Tres Tazas

Cueva de Tuluni

Las Principales Edades de la Mujer

Jacinta

La Bruja

Viaje a Oriente

Revista de la Moda

La Justicia y el Delito en el Nuevo Reino de Granada

Los Entreactos de Lucia

Las Fiestas de Piedras

La Ventanera

Viaje a Oriente

El Trilladero del Vínculo

Historia de unas Viruelas

La Guitarra

Mi Cometa

La Niña Agueda

Una Ronda de Don Ventura Ahumada

 

LAS TRES TAZAS

|Por José |María |Vergara y Vergara

Al señor Ricardo Silva

Mi querido Ricardo: te dedico estas tres tazas llenas la una de chocolate, la otra de café y la tercera de té. Tómate la que quieras; lo dejo a tu elección; pero no creo que seas ecléctico hasta el punto de tomarte todas tres. Debes escoger una y vaciar las otras dos.

Tu paisano, |Areizipa

|Postdata (en latín). ¡Hombre!, no derrames las otras: ofrécele la una a tu esposa y la otra a Manuel Pombo, (Fecha |ut |supra, igualmente en latín).

| TAZA PRIMERA

Soy coleccionador, bibliómano o anticuario, no sé cual de las tres cosas será; pero, sea lo que fuere, lo confieso con rubor, porque no se me oculta el ridículo que sigue a estos oficios serviles en nuestra tierra. Si en lugar de eso fuera revolucionario como don N ... que está graduado ya de doctor en revoluciones, y que es muy bien recibido en la sociedad; o si fuera militar, profesión que imprime carácter; o agiotista, profesión que idealiza al individuo, lo confesaría en alta voz y andaría con la frente tranquila y la conciencia erguida... como dicen algunos que se retiran a la vida privada. Creo que como dicen es «con la frente erguida y la conciencia tranquila»,y si yo he dicho al revés, no te afanes. Será equivocación del cajista, que de esas he visto yo.

Pues iba diciendo que yo soy bibliófilo, o cosa parecida; y por esta razón poseo impresos en abundancia y variedad. Una de estas variedades es la de esquelas de convite a entierros y bautismos; de ofrecimientos de nuevo estado y de despedida. ¡Qué de cosas he visto! ¡Sobre cuántas boletas han caído lágrimas que se me han saltado a trai­ción e impensadamente! «Dionisio Rodríguez y Zoila Díaz se ofrecen a usted en su nuevo estado», dice una esquela fechada en 1841. «Dionisio Rodríguez y su señora ofrecen a usted un nuevo servidor», dice otra, fechada en 1842. «¡Ha muerto la señora Zoila Díaz!, dice otra. Su inconsolable esposo y sus huérfanos suplican a usted que asista a las exequias mañana a las once». La fecha es de 1853. Estas esquelas recibidas a largos intervalos no cau­san sino una impresión sencilla; ¡pero reunidas así en un libro!, ¡sin más distancia entre el matrimonio y la muerte que una hoja de papel, y sin más tardanza que la nece­saria para volver una hoja! Así, amigo mío, la impresión es compleja y el sabor que queda en el alma, es un sabor a asco de la vida. ¡La vida es una canallada, es un robo cuatrero, es una miseria! Esaú vendió su derecho de pri­mer nacido por un plato de lentejas; si hubiera sido su nacimiento el que vendía debiera haberlo vendido por el plato sólo: darlo con lentejas hubiera sido un despilfarro horrible.

¿Quieres que sigamos hojeando? Mira lo que sigue: ¡Un amigo mío me convida en 1849 a comer en su torna­boda, y en la hoja siguiente me convida su esposa a acom­pañar el cadáver de mi amigo al cementerio! Yo acepté ambas cosas: brindé en el convite y lloré en el entierro. ¿Quieres que sigamos hojeando? ¡Mira lo que sigue! Es un convite para unos certámenes de niñas. Una de las sustentantes es Clementina Forero, de edad de ocho años. ¿Sabes quién era la abuela de esa niña? Zoila Díaz, a quien vi casar yo, que según mi fe de bautismo y las bar­bas negras que peino, soy joven todavía; pero que según el estudio de estas boletas, soy un Matusalem detestable. Y yo mismo, ¿qué seré mañana para el que me herede estas colecciones, sino una antigualla curiosa, un ente mitológico que existió? ¿Quién hará vivir mis ideas, mis sentimientos? ¡Nadie!, ¡nadie! «¡Un hombre al agua!», gritan en un buque cuando cae por descuido un marinero. Se ve a la víctima debatiéndose con las olas, se ven sus movimientos, se oye su voz que invoca a Dios, que nom­bra a su madre, a su esposa, que ofrece el oro que tiene en tierra al que lo salve. Pasa un momento; ¿qué hay sobre el mar? Nada. El buque se aleja; ¿qué deja atrás? Nada. Un hombre es |nada después de que se consume. ¡Las gene­raciones son buques!, de ellas se desprende un hombre que iba con ellas, y cae a la tumba. Las generaciones siguen: ¿qué dejan atrás? ¡Nada!

¡La vida, si no es más que este totilimundi, en que pa­san y repasan figurillas, no vale ni el plato vacío de Esaú! No vale nada, absolutamente nada. Cualquier negocio es a pura pérdida, mientras no haya negociantes que garan­ticen la perpetuidad. Lo que más humilla al hombre es la muerte; es vivir de arrendatario de la vida, es no tener nada propio. Cuando menos lo piense, viene el dueño y le pide lo que posee. Esta es una humillación por excelencia ...

¡Dichosos los que dicen, quitando así a la muerte su humillación sin nombre: «La vida es una prueba, es un recodo del camino, es un |tambo en la ruta, para descansar a su sombra un momento! ¡Nadie se va a vivir a un tambo; pues bien, la vida no ha sido nunca de calicanto! ¡Venimos de Dios, hacemos un viaje alrededor de la tierra y vol­vemos a Dios! ¿No hay franceses que salen de París, viajan y vuelven a los diez o doce años a París? Pues así sucede al hombre respecto de Dios». ¡Oh, esta sed de inmortali­dad del hombre, si no hubiera Dios, sería un veneno delante del cual el ácido prúsico sería un caramelo pecto­ral y calmante! ¡Si los volcanes rugen como rugen y braman como braman, será porque se les ha figurado que no hay Dios! Yo en pellejo de ellos, y con tal idea, no me estaría ni una hora sin un terremoto: me divertiría en matar al mundo a fuerza de estrujones.

¡Pero hay Dios! ¡Aguantemos humildes la prueba de la vida!, padezcamos la prueba de las boletas, y déjame divertir un poco la imaginación, porque allí alcanzo a ver al principio del tomo una esquela en papel florete que me sonríe. ¡Mírala, qué cuca! El papel es un florete español de lo más florete que pueda hacer el hombre, criautra na­cida para hacer siempre papel. El largo de la esquela es una cuarta, medida española; el ancho, media; y el margen tiene cuatro dedos. ¿Quiéres que la lea?

|Doña |Tadea |Lozano

saluda a usted y le ruega que venga esta noche a tomar en esta su casa el refresco que ofrece en obsequio de algunos amigos.

Señor D. Cristóbal de Vergara.
|Santafé y |mayo |13 de 1813.


He oído contar en casa que este refresco fue de lo so­nado, de lo grande. Asistieron cincuenta personas de lo más escogido que había en la ciudad: Nariño, Baraya, To­rres, Madrid y otros personajes por el estilo. Nariño estaba en vísperas de marchar al sur con su valiente ejér­cito; y la marquesa de San Jorge, quería darle por despe­dida, lo que se llamaba entonces un |refresco, es decir, |una taza |de chocolate.

El palacio de la marquesa era, tú lo sabes, la misma hermosa, sólida y opulenta casa que queda en la esquina de Lesmes, y en que vive hoy don Ruperto Restrepo. Era y es una casa cien veces mejor que lo que hoy se usa, estas casuchas que se vengan en altura de techos lo que pierden en extensión de terreno; fábricas de tifos y de tristezas; copia exacta de la generación actual; casas de gran fachada y sin huertas ni jardines; con salas de 20.000 varas de alto y corrales de vara en cuadro; casas que, en lugar de aquellas andaluzas y espaciosas albercas en que corría a chorros la rica agua del Boquerón, tienen bombas que pujan y brotan por la fuerza una agua que sabe a magnesia y sedlitz. La casa de la marquesa ahí está a la vista; es cien veces mejor que las de hoy. Su dueño no debe cambiarla si no le dan doscientas casuchas de estas que la moda levanta.

Pues en uno de sus salones fue donde se reunió la so­ciedad que iba a tomar un refresco la noche del 13 de mayo de 1813. Treinta caballeros y veinticinco señoras y señoritas asistían. Era el traje de los caballeros, zapato de hebilla, media de seda, pantalón rodillero con hebilla de oro, chaleco blanco y casaca sin solapas, según la última moda, y que era llamada |bonapartina. El traje de las se­ñoritas consistía en camisón de seda de talle muy alto y descotado, mangas corridas y falda estrecha.

La gran sala estaba colgada de tela de seda recogida en profusos pliegues. El mobiliario consistía en tres canapés con prolija obra de talla dorada, y cuyos brazos semejaban culebras que mordían una manzana. Fuera de los canapés había unas cincuenta sillas de brazos, también doradas y forradas como aquellos, en damasco de Filipinas. Del techo colgaban tres grandes cuadros dorados en que se veían los retratos del conquistador Alonso de Olaya, fun­dador del marquesado; de don Beltrán de Caicedo, último marqué de San Jorge, por la rama de Caicedos; y de don Jorge de Lozano, poseedor del marquesado en 1813.

El refresco tuvo lugar a las ocho de la noche, en el vasto comedor. La mesa cubierta con un mantel de ale­manisco de resplandeciente blancura, soportaba el enorme peso de los platos de colaciones, las botellas de aloja y los botellones de vino español.

Sobre las servilletas dobladas reposaban grandes platos; entre éstos había platos pequeños; y entre los pequeños había pozuelos en que hacía visos azules y dorados la espuma de un chocolate que estaba guardado en pastillas hacía ocho años, en grandes arcones de cedro. El cacao había venido desde Cúcuta, y para molerlo, se habían observado todas las reglas del arte, tan descuidadas hoy por nuestras cocineras. Se había mezclado a la masa del cacao canela aromática, y se había humedecido con vino. En seguida cada pastilla había sido envuelta en papel, para entrar en el arcón en que iba a reposar ocho años. Para hacer el chocolate no se habían olvidado tampoco las prescripciones de los sabios. El agua había hervido una vez cuando se le echaba la pastilla; y después de esto se le dejaba hervir otras dos, dejando que la pastilla se desba­ratara suavemente. El molinillo no servía para desbaratar la respetable pastilla a porrazos, como lo hacen hoy inno­bles cocineras; no, en aquella edad de oro el molinillo no servía sino para batir el chocolate después de un tercer hervor, y combinando científicamente sus generosas par­tículas, hacerle producir esa espuma que hacía visos de oro y azul, que ya no se ve sino en las casas de una que otra familia que se estima. Preparado así el chocolate, exhalaba un perfume ... ¡un perfume ... ! ¡Musa de Gre­cia, la de las ingeniosas ficciones, hazme el favor de de­cirme cómo diablos se pudiera hacer llegar a las narices de mis actuales conciudadanos el perfume de aquel chocolate colonial! ¡Esto en cuanto al olfato; pero en cuanto al sabor! ... Es de advertir que la regla usada entonces por aquellas venerables cocineras, era la de echar dos pastillas por jícara, y ninguna de aquellas sabias cocineras se equivocaba. Si los convidados eran diez, se echaban veinte pastillas. ¡Hoy ... llanto cuesta el decirlo!, |! |quis |talia fando temperet a lacrymis! Hoy... hay cocineras que echan a pastilla por barba. ¿Qué digo?, ¡hay casas en que con una pastilla despachan tres víctimas!

Pero el sabor de aquel chocolate era igual a su perfu­me; la cucharrilla de plata entraba en el blanco seno de la jícara con dificultad. No se hacían |buches de chocolate como ahora, no; ni se tomaba de prisa, ni con los ojos abiertos y el espíritu cerrado. Cada prócer de aquellos cerraba un poquillo los ojos, al poner la cucharita de plata llena de chocolate en la lengua; le paladeaba, le tragaba con majestad; y don Camilo de Torres, dijo al gran Nariño al acabar de vaciar su jícara: |digitus Dei |erat |hic.

|-Bene dixisti, contestó el Presidente de Cundinamarca, depositando respetuosamente su pocillo sobre el plato. Es sabido que Torres y Nariño eran hombres de muchísimo talento.

Con tales jícaras de chocolate fue que se llevó a cabo nuestra gloriosa emancipación política. Si hubiera sido el té su bebida favorita, el acta del 20 de julio de 1810 no hubiera tenido más firmas que la del virrey Amar que nunca quiso firmarla.

Olvidaba decir que la vajilla en que se sirvió aquel chocolate de que vengo hablando, era toda de plata de martillo y que no era prestada. En el fondo de cada plato estaba grabado el blasón de aquella ilustre casa con el nombre de «Marqués de San Jorge», que diez años más tarde había de cambiar su dueño por el título de «Sai Bogotá», haciendo así de sus blasones un bodoque y tirán­doselos a la cara a Fernando VII al través de esos mares que recorrieron sus altivos antepasados armados de todas sus armas.

El aristocrático refresco había terminado. Los agracia­dos volvieron al salón precedidos por el gran Nariño que daba el brazo a la marquesa de San Jorge.

Apenas llegaron al salón rompió la música de cuerda que estaba prevenida, con una alegre contradanza que hizo saltar de alegría a todos los que la escuchaban. Puso la contradanza el elegante Madrid con la hermosa doña Genoveva Ricaurte. Las figuras fueron |paseo, cadena y triunfo, en la primera parte; y en la segunda |alas cruzadas, paso |de |Venus y ruedas combinadas. Tras de la contra­danza se bailaron un capitusé, un zorongo, un ondú y dos cañas.

Eran las doce de la noche, dadas en el gran reloj de cucú que sonaba en la recámara, y los convidados se prepararon para retirarse. Los hombres pidieron a sus pajes sus ricas capas de paño de grana, su espada y su sombrero de castor; las mujeres pidieron a los caballeros sus mantos y sus pastoras, y salieron precedidas de sus lacayos que llevaban grandes faroles para alumbrar las calles solitarias por donde se retiraban los elegantes ter­tulianos.

Cuatro años después, todos los hombres de aquella tertulia, menos dos, habían sido fusilados: todas las mujeres, menos tres, habían sido desterradas.

Morillo hizo su cosecha de sangre. Pasó aquella tem­pestad y vino Bolívar. Con Bolívar, vinieron los ingleses de la Legión Británica, y con ellos, ¡cosa triste!, el uso del café que vino a suplir la |taza de chocolate.

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