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UN COMPADRAZGO EN LA MONTAÑA
Por Pedro A.
Isaza y C.
Todo el mundo sabe que en la revolución grande, es decir,
cuando el general Mosquera
|enchambranó este país en el año
de 1860, andábamos los pobres granadinos como gallinas en árbol:
unas veces arriba y otras abajo.
En aquella época aciaga para la República, se alborotó la
colmena y salió el enjambre. Los que fueron muy ambiciosos, o muy
|patriotas, se armaron por sí y ante sí caballeros andantes,
y se largaron por esos mundos de Dios, a
|desfacer agravios y
enderezar tuertos, jurando por la cruz de su espada, no dormir a
cubierto, ni comer pan a manteles, hasta no ver la República libre
y tranquila del feroz tirano. Pero es lo bonito del asunto, que
cada bando tenía
|sus manchegos y que brotaban Quijotes como
abejas en enjambre.
Yo, que he sido siempre un pobre pazguato y que le tengo un
miedo espantoso al silbido de las balas, resolví
|meterme
|a mártir, como lo hicieron otros tantos, y llevé mi
humanidad a una de las montañas del pueblo de X, en donde uno de
mis amigos tiene su hacienda. Allí aguardaba desesperado, que
|los
|patriotas de mi tierra resolvieran de quién
quedaba la vaca, para salir, con mis honores, a contar mentiras,
como lo hacen todos.
En una de aquellas correrías tropecé con Santos Rico. Es éste un
hombre que ni es santo ni es rico; pero sí un campesino honrado,
laborioso y formal como ninguno, aun cuando tiene un modo especial
para expresarse que lo hace aparecer medio bellaco.
Como los medellinenses tenemos un genio
|tan dulce y somos
tan
|afables, cumplidos y corteses fuera de la capital, para
tener el gusto de no saludar más tarde a los que nos han llenado de
atenciones en su pueblo; y como yo necesitaba a Santos, di modo y
maña de relacionarme íntimamente con él, para que me trajera del
pueblo los cigarros que consumía y las cartas que me llegaban.
Mi permanencia en las montañas se prolongó por algún tiempo y
nuestra amistad se afianzó, debido a que solicitó mi persona para
que le sacara de pila lo que había de nacer pronto, pues Micaela,
su mujer, estaba en malos
|zapatos como él decía.
Yendo días y viniendo días, se dio la batalla de Santa Bárbara y
con su resultado se abrieron de par en par las puertas de
Antioquia, y pudieron penetrar, sin obstáculo alguno, las armas
vencedoras.
Entonces regresamos los
|mártires al seno de nuestras
familias, y sucedió lo que sucede precisamente en estos casos.
Fuimos los que más intrigamos, los que más perseguimos a los
vencidos y los que más ínfulas nos dimos. ¡Por eso es mundo!
Santos, que vino en aquellos días a traer una comunicación y
que me encontró enrolado entre generales y coroneles, me dijo con
cierto aire de malicia, que me lastimó hondamente:
-¿Y qué tal, compadre, conque recogiendo
|vaniaos, eh?
-Yo no supe qué contestarle y por lo mismo procuré, cuanto
antes, salir de él, ayudándole a despachar su comisión.
Cuando se marchaba me dijo: «Adiós, compadre; hasta muy pronto
que tengamos el gusto de verlo por allá; y como ahora no está
|pordebajiao, ya sabe que no tiene que andar por los
|deshechos».
-Adiós, Santos, le contesté; saludes a mi comadre, y que hasta
que nos veamos.
La palabra empeñada por un montañés antioqueño, cuando se trata
de compadrazgo, es inviolable; por eso yo aguardaba de un momento a
otro el anuncio de que Micaela estaba en cama; y más de una vez
había pensado en comunicarle a Elisa el compromiso que tenía
contraído con Santos, para que ella se previniera, pues
naturalmente debíamos cargar juntos; pero unas veces por olvido y
otras por no molestarla, porque a ella le disgustan esas funciones,
me había callado y aguardaba a que los acontecimientos se
sucedieran espontáneamente.
Poco tuve que esperar, pues algunos días más tarde recibimos una
cartica concebida en estos términos:
«Respetados señores:
Con cuanto placer mando coger la pluma para saludarlos en unión
de su respetable familia, deseando que al recibo de ésta se hallen
gozando de cabal salud, como mi fino amor lo desea. La mía es
buena, a Dios las gracias.
Esta se dirige para decirles que ya Micaela salió de su cuidado,
dando a luz una niña muy robusta, y que los estamos aguardando para
sacarla de pila conforme estamos
|apalabriaos.
Reciban saludes de todos los de esta su casa y el fino amor de
su compadre. - Santos Rico».
¡Aquí fue Troya!, exclamé, y no siéndome posible esquivar por
más tiempo el peligro, resolví quemar las naves, para lo cual
presenté a Elisa la carta diciéndole:
-Toma y lee.
Ese tratamiento la inmutó un poco, y a proporción que iba
leyendo se iba nublando el cielo de mis ilusiones; de manera que
cuando concluyó la lectura de la carta, tenía la frente más
arrugada que bastidor de piano.
-¡Siempre estás tú comprometido en funciones de esta clase, me
dijo, y si fueras sólo muy bien, porque al fin eres libre y puedes
hacer lo que te de la gana; pero comprometer a una...
-No te molestes, hija, que no hay motivo para tanto. En dos días
vamos, paseamos un poco y les prestamos un servicio a aquellas
buenas gentes.
-Pero... y los muchachos... ¿Tú crees que yo abandonaría mis
hijos y mi casa por andar en fiestas?
-No te afanes, que todo palo tiene comba. Mira: Dolores, que ha
criado esos muchachos y que los quiere como a hijos, se quedará con
ellos; nosotros le hacemos a ella un pequeño regalo, que de mucho
puede servirle, y nos vamos a desentumecer los huesos un par de
días.
-¡Vaya!, puesto que te empeñas, iré.
-¡Eureka!, ¡eureka!, dijo mi corazón; pero no me atreví a
repetirlo con los labios, por temor de que Elisa se volviera
atrás.
-Ahora, hija, vas a decirme, qué necesitas para que salgamos
lucidos del apuro.
-En primer lugar, cómprate unas varas de linón blanco, trae
cintas rosadas y algunas franjas, un ramo de flores
artificiales...
-Y... gallinas y chocolatico sin harina...
-¡Animal! ¿Piensas en ir cargando gallinas desde aquí? ¡Lindo
sería el pasó! Eso lo consigues allá.
-Tienes razón; es que estoy aturdido con el compadrazgo.
-Mira: no olvides que tienes que comprar camisa para el
compadre, camisón para la comadre, regalos para la ahijada y...
|Ora pro nobis, ora pro nobis, ora pro nobis; ¡Canastas!,
si has de seguir con tus letanías, me vas a dejar arruinado en
menos tiempo que el que gasta un clérigo loco en persignarse.
-¿Para qué te comprometiste? «Al que por su gusto muere, hasta
la muerte le sabe».
Conocí que estaba colocado en mal terreno y salí a cumplir las
órdenes de Elisa.
Una vez preparado, anuncié a mis futuros compadres, que el lunes
próximo estaríamos con ellos: pero no me acordé, al dar aquel
aviso, de que nosotros carecíamos de bestias, y de monturas, y de
frenos, y de zamarros, etc. ¡Allí fueron los trabajos!
Imagínense... No, no se imaginen nada. Es mejor no referir las
peripecias de aquel viaje, porque tendrían que derramar lágrimas, y
yo soy enemigo de hacer llorar.
Decía, pues, que anuncié nuestra visita.
Entonces se volteó el Cristo y principiaron los sudores para
otros.
¡Pobres mis pobres compadres! En el acto sentenciaron a muerte
la gallina copetona,
Que con sus crespos pulmones,
Orgullosa y soberana,
Iba picando saltones
Sobre la verde sabana. |
La huerta recibió una visita domiciliaria, y no quedaron en
ella
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Ni cebollas
|de cabeza,
Ni ajos, tomates, ají,
Que no fueran a la artesa,
Destinados para mí.
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El papayo que se levantaba orgulloso en la mitad del huerto,
cuyas altas y
|aparaguadas hojas apenas habían sido visitadas
por algún atrevido pajarillo,
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El papayo
|rumbalé
Hasta su verde penacho
Sintió trepar un muchacho...
¡Si es cosa que no se cree!
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El hijo mayor de mis compadres fue despachado inmediatamente
para el pueblo, en busca de
|
Chocolate sin harina,
Clavos, pimienta, canela;
Cien cigarros de Molina,
Cominos, jabón y velas.
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En la reducida estancia de mis compadres se reunieron todos los
vecinos de la comarca, y
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En un bochinche completo
De encontradas opiniones
Se dieron disposiciones
Para salir del aprieto.
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El uno fue comisionado para ir a solicitar, prestados, el mantel
y los cubiertos; otro para conseguir la media botella de vino de
consagrar, porque los blancos dizque no sabemos comer sin tomar
vino; un tercero para reclutar tazas y platos de loza en las casas
vecinas, y finalmente la mujer, mas
|literata en materias
culinarias, quedaba disponiendo cómo se hacía la conserva y se
preparaba la comida.
Una vez terminados estos preparativos, se pusieron nuestros
futuros compadres a esperar nuestras reales personas, con el mismo
ahinco con que los padres del limbo aguardaron el santo
advenimiento.
Llegamos.
Mi compadre nos recibió con el sombrero en la mano y por poco me
desmonta de un abrazo.
Mi comadre, que daba sus vueltas por la casa, a pesar de su poca
dieta, vino a saludarnos entre contenta y avergonzada, trayendo en
sus brazos el lazo de unión de nuestras familias.
Esta corderita de Dios que no podía saludarnos con el obligado
«¡Sacramentó del altar, padrinos!», que es la fórmula
reglamentaria entre las gentes de la montaña, soltó un vagido más
largo que la cuaresma y más agudo que un dolor de muelas. ¡Qué
pulmones de angelita! Yo creí que se le iba a salir la vida por el
ombligo, y así habría sucedido
sin remedio, si mi comadre no le hubiera tapado la boca con el
pecho.
¡Oh! aquella casita brillaba por lo aseada. Hasta a mi padre San
Benito, que tenía un congreso de santos en un ángulo del edificio,
le habían puesto, para aquel día, su muda de renovación. Nada
estaba mal colocado.
Nosotros entramos y nos instalamos en una camita o barbacoa de
palos, tendida con un lujo inusitado en aquellas montañas. Debajo
de este lecho estaba colgada la batea que servía de cuna a nuestra
ahijada, y de allí mismo sacó mi compadre una botella de
aguardiente de anís, de contrabando, del que sirvió en un pocillo
de loza, sin oreja por más señas, y lo presentó a Elisa.
Ella no aceptó, disculpándose con que le dolía la cabeza si
tomaba licor, y entonces el desorejado pocillo vino a mis manos.
Yo, que tenía bastante sed, supliqué a Santos que doblara la dosis
y una vez conseguido, dije, levantando el pocillo:
Con mucho gusto, compadre,
Voy a
|meterme este trago,
Advirtiéndole que lo hago
A salud de mi comadre.
|
Ya lo ves, Micaela, dijo Santos; siempre sacando décimas de la
cabeza. Ese es don que Dios le dio.
Ellos se quedaron hablando de mis habilidades, y yo me salí a
botar una saliva más grande que el sol.
Cuando regresé, estaba el muchacho mayor con el sombrero en una
mano y una cuchara con candela en la otra, y mi compadre me
presentó cigarros en un pañuelo, limpio como la conciencia de
aquellas buenas gentes.
Yo acepté, porque dizque puedo comer de todo, como dice Elisa;
pero ella se abstuvo de hacerlo, porque no ha cometido la necedad,
por no decir otra cosa, de contraer ese vicio tolerable en el
hombre pero repugnante y asqueroso en la mujer, y sobre todo en la
mujer joven.
Al fin sirvieron el almuerzo y nos sentamos a la mesa. Yo tenía
un hambre de 95° del centígrado, y me sentía, por lo mismo, capaz
de digerir un molino con ruedas y todo. Mis compadres se esmeraban
en atracarnos, y supongo que nos hubieran hecho reventar, si la
narración de la muerte y del velorio de uno de sus hijos no les
hubiera distraído un poco del homicida proyecto.
Como una medida estratégica y con el fin de desorientar al
enemigo, les dije:
-¿Y mucho sufrió el niño, comadre?
-No puede usted figurarse, compadre, todo lo que padeció el
querido de mis entrañas. Diez dias se estuvo por la Villa el
padrino de aquella criatura y ese mismo tiempo estuvo el angelito
sin
|poderse ir
|pal reino de los cielos.
-¿Y qué lo demoraba?
-Pues la bendición, señor; ¿no ve que no podía irse sin la
bendición de su padrino?
Es verdad.
-Eso sí, apenas vino mi compadre y le echó la bendición, se
quedó como un pollito.
-Es muy raro eso.
-¡Y lo bien que se manejó después mi compadre! Apenas murió,
mandó arreglar la túnica y la corona y la copa y los zapatos;
arregló él mismo el altar y mandó por la música.
-Vamos por partes, comadre. ¿Copa de qué y para qué?
-Pues una copa de cartón, compadre, que llevan los angelitos en
las manos para no pasar
|sequía en el camino.
-Bien, y ¿había aquí algún oficial con hormas y herramientas
para que arreglara los zapatos del niño?
-No señor, esos se hacen de cartón, y se amarran a las plantas
de los pies para que no se
|entunen, pues como usted sabe, el
camino del cielo es muy estrecho y está todo lleno de
|tunas...
-Tiene mucha razón, mi señora.
-Mi comadre Teresa, que es tan curiosa, arregló todo y después
|prendimos el baile.
-Usted bailaría mucho, ¿no es verdad?
-Por supuesto. Tres días que duró el velorio, esos mismos nos
estuvimos bailando, y después le prestamos el angelito a
|mano Tomás, para que lo bailaran una noche en su casa.
-¿Y aguantó el niño todas aquellas funciones?
-¡Cómo no! Si estaba de lo más lindo: ¡parecía vivito!
Calculen ustedes, lectores mios, como se hallaría el estómago
de los que estaban almorzando al tiempo que se referían aquellos
hechos, al pensar que aquel angelito cuando lo llevaron al campo
santo ya iba en estado de hacerlo tamales, y que por supuesto
|
«No es a rosas,
Ni es a claveles,
Ni es a jazmines
A
|
lo que hueles».
|
Como no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, nos
levantamos al fin de la mesa y principió la función de vestida de
niña y preparativos de marcha para el pueblo.
A esa hora se
|endomingaron todos los que componían el
acompañamiento, y Elisa dio el golpe de gracia sacando su
|ajuar, que traducido literalmente decía:
Una camisa de linón blanco con moños de cinta rosada.
Un gorro de franjas blancas con id. de id. id.
Una vara de bayeta roja con flecos azules.
Una id. de id. azul con id. rojos.
Un paquete de bizcochuelos.
Un id. de pastillas de chocolate.
Media docena de camisas nuevas hechas de camisas viejas.
Todo esto fue escoltado por cuatro gallinas capitaneadas por un
|desgallo.
Yo presenté a mi vez la camisa blanca para mi compadre, el
corte de zaraza morada para mi comadre y cien cigarros de Ambalema
para el uso doméstico.
Arreglado todo, quise que nos pusiéramos en marcha; pero es el
caso que todavía no habían acabado de vestir a
|señá Teresa,
que debía llevar la niña al pueblo. A esta mujer la envolvieron en
un pañolón de raso, color café, que prestaron en la vecindad, y se
lo prendieron con un alfiler que tenía la efigie de San Jerónimo.
Debajo de ese toldo metieron la chiquita y nos pusimos en
marcha.
Aun cuando no se conseguía un rayo de sol ni para una necesidad,
siempre abrieron el paraguas y metieron debajo a
|señá
Teresa.
Así entramos al pueblo, donde después de practicar algunas
diligencias y tocar algunas veces la campana grande, conseguimos
que se reunieran el cura y el sacristán, y que juntos hicieran que
la niña saliera del poder del demonio y entrara en las filas del
catolicismo.
Cándida Rosa fue el nombre que se le dio, porque mi compadre
sostenía que si se le quitaba el nombre que trajo (San Cándido, 3
de octubre), se le acababa el oído en la hora de la muerte, y mi
comadre decía que ella se la tenía ofrecida a Santa Rosa y que
debía llamarla así.
Yo arreglé la diferencia juntando los dos nombres y haciendo de
dos simples un bonito compuesto.
Desde entonces he venido a ser el oráculo de mi compadre, en
términos que no piensa sino con mi cabeza, ni habla sino por mi
boca, y cuando llega una época eleccionaria, siempre me escribe
preguntándome cuáles son los candidatos buenos.
Como Santos ha adquirido algún capitalito, ya es medio
|gamonal, y si continúa haciendose rico, tal vez sacaremos
de él alguna cosa de provecho.
Yo por mi parte ofrezco que llegado el caso le haré creer que
San Pedro es la madre de Dios.
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