INDICE

El Mercado

El Puente de Icononzo

Mi Primer Caballo

Panorama de las Llanuras de San Martín

Una Compra de Novillos

Benedicto Nieves o La Mano de la Providencia

Los Conjurados del 25 de Septiembre en Palacio

Fundación de Bogotá

Revista de un Album

En Busca de Médico para María

Mariquita

Indios Paeces

Recuerdos de Tierra Caliente

El Paseo al Salto del Tequendama

La Cascada del Tequendama

Las Criadas de Bogotá

San Pedro

Las Coronas

Un Compadrazgo en la Montaña

Los Cojines de Tunja

Bogotá Después de una Revolución

Popayán y Pasto

Navegación por el Chocó

Las Tres Tazas

Cueva de Tuluni

Las Principales Edades de la Mujer

Jacinta

La Bruja

Viaje a Oriente

Revista de la Moda

La Justicia y el Delito en el Nuevo Reino de Granada

Los Entreactos de Lucia

Las Fiestas de Piedras

La Ventanera

Viaje a Oriente

El Trilladero del Vínculo

Historia de unas Viruelas

La Guitarra

Mi Cometa

La Niña Agueda

Una Ronda de Don Ventura Ahumada

 

UN COMPADRAZGO EN LA MONTAÑA

Por Pedro A. Isaza y C.

 

Todo el mundo sabe que en la revolución grande, es de­cir, cuando el general Mosquera |enchambranó este país en el año de 1860, andábamos los pobres granadinos como gallinas en árbol: unas veces arriba y otras abajo.

En aquella época aciaga para la República, se alborotó la colmena y salió el enjambre. Los que fueron muy ambi­ciosos, o muy |patriotas, se armaron por sí y ante sí caba­lleros andantes, y se largaron por esos mundos de Dios, a |desfacer agravios y enderezar tuertos, jurando por la cruz de su espada, no dormir a cubierto, ni comer pan a manteles, hasta no ver la República libre y tranquila del feroz tirano. Pero es lo bonito del asunto, que cada bando tenía |sus manchegos y que brotaban Quijotes como abejas en enjambre.

Yo, que he sido siempre un pobre pazguato y que le tengo un miedo espantoso al silbido de las balas, resolví |meterme |a mártir, como lo hicieron otros tantos, y llevé mi humanidad a una de las montañas del pueblo de X, en donde uno de mis amigos tiene su hacienda. Allí aguar­daba desesperado, que |los |patriotas de mi tierra resolvieran de quién quedaba la vaca, para salir, con mis honores, a contar mentiras, como lo hacen todos.

En una de aquellas correrías tropecé con Santos Rico. Es éste un hombre que ni es santo ni es rico; pero sí un campesino honrado, laborioso y formal como ninguno, aun cuando tiene un modo especial para expresarse que lo hace aparecer medio bellaco.

Como los medellinenses tenemos un genio |tan dulce y somos tan |afables, cumplidos y corteses fuera de la ca­pital, para tener el gusto de no saludar más tarde a los que nos han llenado de atenciones en su pueblo; y como yo necesitaba a Santos, di modo y maña de relacionarme íntimamente con él, para que me trajera del pueblo los cigarros que consumía y las cartas que me llegaban.

Mi permanencia en las montañas se prolongó por algún tiempo y nuestra amistad se afianzó, debido a que solicitó mi persona para que le sacara de pila lo que había de nacer pronto, pues Micaela, su mujer, estaba en malos |zapatos como él decía.

Yendo días y viniendo días, se dio la batalla de Santa Bárbara y con su resultado se abrieron de par en par las puertas de Antioquia, y pudieron penetrar, sin obstáculo alguno, las armas vencedoras.

Entonces regresamos los |mártires al seno de nuestras familias, y sucedió lo que sucede precisamente en estos casos. Fuimos los que más intrigamos, los que más per­seguimos a los vencidos y los que más ínfulas nos dimos. ¡Por eso es mundo!

Santos, que vino en aquellos días a traer una comuni­cación y que me encontró enrolado entre generales y co­roneles, me dijo con cierto aire de malicia, que me lastimó hondamente:

-¿Y qué tal, compadre, conque recogiendo |vaniaos, eh?

-Yo no supe qué contestarle y por lo mismo procuré, cuanto antes, salir de él, ayudándole a despachar su comisión.

Cuando se marchaba me dijo: «Adiós, compadre; hasta muy pronto que tengamos el gusto de verlo por allá; y como ahora no está |pordebajiao, ya sabe que no tiene que andar por los |deshechos».

-Adiós, Santos, le contesté; saludes a mi comadre, y que hasta que nos veamos.

La palabra empeñada por un montañés antioqueño, cuando se trata de compadrazgo, es inviolable; por eso yo aguardaba de un momento a otro el anuncio de que Micaela estaba en cama; y más de una vez había pensado en comunicarle a Elisa el compromiso que tenía contraído con Santos, para que ella se previniera, pues naturalmente debíamos cargar juntos; pero unas veces por olvido y otras por no molestarla, porque a ella le disgustan esas funciones, me había callado y aguardaba a que los acontecimientos se sucedieran espontáneamente.

Poco tuve que esperar, pues algunos días más tarde recibimos una cartica concebida en estos términos:

«Respetados señores:

Con cuanto placer mando coger la pluma para salu­darlos en unión de su respetable familia, deseando que al recibo de ésta se hallen gozando de cabal salud, como mi fino amor lo desea. La mía es buena, a Dios las gracias.

Esta se dirige para decirles que ya Micaela salió de su cuidado, dando a luz una niña muy robusta, y que los estamos aguardando para sacarla de pila conforme esta­mos |apalabriaos.

Reciban saludes de todos los de esta su casa y el fino amor de su compadre. - Santos Rico».

¡Aquí fue Troya!, exclamé, y no siéndome posible es­quivar por más tiempo el peligro, resolví quemar las naves, para lo cual presenté a Elisa la carta diciéndole:

-Toma y lee.

Ese tratamiento la inmutó un poco, y a proporción que iba leyendo se iba nublando el cielo de mis ilusiones; de manera que cuando concluyó la lectura de la carta, tenía la frente más arrugada que bastidor de piano.

-¡Siempre estás tú comprometido en funciones de esta clase, me dijo, y si fueras sólo muy bien, porque al fin eres libre y puedes hacer lo que te de la gana; pero comprometer a una...

-No te molestes, hija, que no hay motivo para tanto. En dos días vamos, paseamos un poco y les prestamos un servicio a aquellas buenas gentes.

-Pero... y los muchachos... ¿Tú crees que yo aban­donaría mis hijos y mi casa por andar en fiestas?

-No te afanes, que todo palo tiene comba. Mira: Do­lores, que ha criado esos muchachos y que los quiere como a hijos, se quedará con ellos; nosotros le hacemos a ella un pequeño regalo, que de mucho puede servirle, y nos vamos a desentumecer los huesos un par de días.

-¡Vaya!, puesto que te empeñas, iré.

 -¡Eureka!, ¡eureka!, dijo mi corazón; pero no me atreví a repetirlo con los labios, por temor de que Elisa se volviera atrás.

-Ahora, hija, vas a decirme, qué necesitas para que salgamos lucidos del apuro.

-En primer lugar, cómprate unas varas de linón blanco, trae cintas rosadas y algunas franjas, un ramo de flores artificiales...

-Y... gallinas y chocolatico sin harina...

-¡Animal! ¿Piensas en ir cargando gallinas desde aquí? ¡Lindo sería el pasó! Eso lo consigues allá.

-Tienes razón; es que estoy aturdido con el compa­drazgo.

-Mira: no olvides que tienes que comprar camisa para el compadre, camisón para la comadre, regalos para la ahijada y...

|Ora pro nobis, ora pro nobis, ora pro nobis; ¡Canastas!, si has de seguir con tus letanías, me vas a dejar arruinado en menos tiempo que el que gasta un clérigo loco en persignarse.

-¿Para qué te comprometiste? «Al que por su gusto muere, hasta la muerte le sabe».

Conocí que estaba colocado en mal terreno y salí a cumplir las órdenes de Elisa.

Una vez preparado, anuncié a mis futuros compadres, que el lunes próximo estaríamos con ellos: pero no me acordé, al dar aquel aviso, de que nosotros carecíamos de bestias, y de monturas, y de frenos, y de zamarros, etc. ¡Allí fueron los trabajos!

Imagínense... No, no se imaginen nada. Es mejor no referir las peripecias de aquel viaje, porque tendrían que derramar lágrimas, y yo soy enemigo de hacer llorar.

Decía, pues, que anuncié nuestra visita.

Entonces se volteó el Cristo y principiaron los sudores para otros.

¡Pobres mis pobres compadres! En el acto sentenciaron a muerte la gallina copetona,

Que con sus crespos pulmones,
Orgullosa y soberana,
Iba picando saltones
Sobre la verde sabana.

La huerta recibió una visita domiciliaria, y no quedaron en ella

Ni cebollas |de cabeza,
Ni ajos, tomates, ají,
Que no fueran a la artesa,
Destinados para mí.


El papayo que se levantaba orgulloso en la mitad del huerto, cuyas altas y |aparaguadas hojas apenas habían sido visitadas por algún atrevido pajarillo,

El papayo |rumbalé
Hasta su verde penacho
Sintió trepar un muchacho...
¡Si es cosa que no se cree!


El hijo mayor de mis compadres fue despachado inme­diatamente para el pueblo, en busca de

Chocolate sin harina,
Clavos, pimienta, canela;
Cien cigarros de Molina,
Cominos, jabón y velas.


En la reducida estancia de mis compadres se reunieron todos los vecinos de la comarca, y

En un bochinche completo
De encontradas opiniones
Se dieron disposiciones
Para salir del aprieto.


El uno fue comisionado para ir a solicitar, prestados, el mantel y los cubiertos; otro para conseguir la media botella de vino de consagrar, porque los blancos dizque no sabemos comer sin tomar vino; un tercero para reclu­tar tazas y platos de loza en las casas vecinas, y finalmente la mujer, mas |literata en materias culinarias, quedaba dis­poniendo cómo se hacía la conserva y se preparaba la comida.

Una vez terminados estos preparativos, se pusieron nuestros futuros compadres a esperar nuestras reales per­sonas, con el mismo ahinco con que los padres del limbo aguardaron el santo advenimiento.

Llegamos.

Mi compadre nos recibió con el sombrero en la mano y por poco me desmonta de un abrazo.

Mi comadre, que daba sus vueltas por la casa, a pesar de su poca dieta, vino a saludarnos entre contenta y aver­gonzada, trayendo en sus brazos el lazo de unión de nues­tras familias.

Esta corderita de Dios que no podía saludarnos con el obligado «¡Sacramentó del altar, padrinos!», que es la fór­mula reglamentaria entre las gentes de la montaña, soltó un vagido más largo que la cuaresma y más agudo que un dolor de muelas. ¡Qué pulmones de angelita! Yo creí que se le iba a salir la vida por el ombligo, y así habría sucedido

sin remedio, si mi comadre no le hubiera tapado la boca con el pecho.

¡Oh! aquella casita brillaba por lo aseada. Hasta a mi padre San Benito, que tenía un congreso de santos en un ángulo del edificio, le habían puesto, para aquel día, su muda de renovación. Nada estaba mal colocado.

Nosotros entramos y nos instalamos en una camita o barbacoa de palos, tendida con un lujo inusitado en aque­llas montañas. Debajo de este lecho estaba colgada la batea que servía de cuna a nuestra ahijada, y de allí mismo sacó mi compadre una botella de aguardiente de anís, de con­trabando, del que sirvió en un pocillo de loza, sin oreja por más señas, y lo presentó a Elisa.

Ella no aceptó, disculpándose con que le dolía la cabeza si tomaba licor, y entonces el desorejado pocillo vino a mis manos. Yo, que tenía bastante sed, supliqué a Santos que doblara la dosis y una vez conseguido, dije, levantando el pocillo:

Con mucho gusto, compadre,
Voy a |meterme este trago,
Advirtiéndole que lo hago
A salud de mi comadre.

Ya lo ves, Micaela, dijo Santos; siempre sacando décimas de la cabeza. Ese es don que Dios le dio.

Ellos se quedaron hablando de mis habilidades, y yo me salí a botar una saliva más grande que el sol.

Cuando regresé, estaba el muchacho mayor con el som­brero en una mano y una cuchara con candela en la otra, y mi compadre me presentó cigarros en un pañuelo, lim­pio como la conciencia de aquellas buenas gentes.

Yo acepté, porque dizque puedo comer de todo, como dice Elisa; pero ella se abstuvo de hacerlo, porque no ha cometido la necedad, por no decir otra cosa, de con­traer ese vicio tolerable en el hombre pero repugnante y asqueroso en la mujer, y sobre todo en la mujer joven.

Al fin sirvieron el almuerzo y nos sentamos a la mesa. Yo tenía un hambre de 95° del centígrado, y me sentía, por lo mismo, capaz de digerir un molino con ruedas y todo. Mis compadres se esmeraban en atracarnos, y su­pongo que nos hubieran hecho reventar, si la narración de la muerte y del velorio de uno de sus hijos no les hubiera distraído un poco del homicida proyecto.

Como una medida estratégica y con el fin de desorien­tar al enemigo, les dije:

-¿Y mucho sufrió el niño, comadre?

-No puede usted figurarse, compadre, todo lo que padeció el querido de mis entrañas. Diez dias se estuvo por la Villa el padrino de aquella criatura y ese mismo tiempo estuvo el angelito sin |poderse ir |pal reino de los cielos.

-¿Y qué lo demoraba?

-Pues la bendición, señor; ¿no ve que no podía irse sin la bendición de su padrino?

Es verdad.

-Eso sí, apenas vino mi compadre y le echó la ben­dición, se quedó como un pollito.

-Es muy raro eso.

-¡Y lo bien que se manejó después mi compadre! Ape­nas murió, mandó arreglar la túnica y la corona y la copa y los zapatos; arregló él mismo el altar y mandó por la música.

-Vamos por partes, comadre. ¿Copa de qué y para qué?

-Pues una copa de cartón, compadre, que llevan los angelitos en las manos para no pasar |sequía en el ca­mino.

-Bien, y ¿había aquí algún oficial con hormas y he­rramientas para que arreglara los zapatos del niño?

-No señor, esos se hacen de cartón, y se amarran a las plantas de los pies para que no se |entunen, pues como usted sabe, el camino del cielo es muy estrecho y está todo lleno de |tunas...

-Tiene mucha razón, mi señora.

-Mi comadre Teresa, que es tan curiosa, arregló todo y después |prendimos el baile.

-Usted bailaría mucho, ¿no es verdad?

-Por supuesto. Tres días que duró el velorio, esos mismos nos estuvimos bailando, y después le prestamos el angelito a |mano Tomás, para que lo bailaran una no­che en su casa.

-¿Y aguantó el niño todas aquellas funciones?

-¡Cómo no! Si estaba de lo más lindo: ¡parecía vivito!

Calculen ustedes, lectores mios, como se hallaría el es­tómago de los que estaban almorzando al tiempo que se referían aquellos hechos, al pensar que aquel angelito cuando lo llevaron al campo santo ya iba en estado de hacerlo tamales, y que por supuesto

«No es a rosas,
Ni es a claveles,
Ni es a jazmines
A | lo que hueles».


Como no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, nos levantamos al fin de la mesa y principió la función de vestida de niña y preparativos de marcha para el pueblo.

A esa hora se |endomingaron todos los que componían el acompañamiento, y Elisa dio el golpe de gracia sacan­do su |ajuar, que traducido literalmente decía:

Una camisa de linón blanco con moños de cinta rosada.

Un gorro de franjas blancas con id. de id. id.

Una vara de bayeta roja con flecos azules.

Una id. de id. azul con id. rojos.

Un paquete de bizcochuelos.

Un id. de pastillas de chocolate.

Media docena de camisas nuevas hechas de camisas viejas.

Todo esto fue escoltado por cuatro gallinas capitanea­das por un |desgallo.

Yo presenté a mi vez la camisa blanca para mi com­padre, el corte de zaraza morada para mi comadre y cien cigarros de Ambalema para el uso doméstico.

Arreglado todo, quise que nos pusiéramos en marcha; pero es el caso que todavía no habían acabado de vestir a |señá Teresa, que debía llevar la niña al pueblo. A esta mujer la envolvieron en un pañolón de raso, color café, que prestaron en la vecindad, y se lo prendieron con un alfiler que tenía la efigie de San Jerónimo. Debajo de ese toldo metieron la chiquita y nos pusimos en marcha.

Aun cuando no se conseguía un rayo de sol ni para una necesidad, siempre abrieron el paraguas y metieron debajo a |señá Teresa.

Así entramos al pueblo, donde después de practicar algunas diligencias y tocar algunas veces la campana grande, conseguimos que se reunieran el cura y el sa­cristán, y que juntos hicieran que la niña saliera del poder del demonio y entrara en las filas del catolicismo.

Cándida Rosa fue el nombre que se le dio, porque mi compadre sostenía que si se le quitaba el nombre que trajo (San Cándido, 3 de octubre), se le acababa el oído en la hora de la muerte, y mi comadre decía que ella se la tenía ofrecida a Santa Rosa y que debía llamarla así.

Yo arreglé la diferencia juntando los dos nombres y ha­ciendo de dos simples un bonito compuesto.

Desde entonces he venido a ser el oráculo de mi com­padre, en términos que no piensa sino con mi cabeza, ni habla sino por mi boca, y cuando llega una época elec­cionaria, siempre me escribe preguntándome cuáles son los candidatos buenos.

Como Santos ha adquirido algún capitalito, ya es me­dio |gamonal, y si continúa haciendose rico, tal vez sa­caremos de él alguna cosa de provecho.

Yo por mi parte ofrezco que llegado el caso le haré creer que San Pedro es la madre de Dios.

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