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JULIO CORTAZAR
No necesito pedir
disculpas por estar aquí, siendo que no estoy. Con éstas o semejantes palabras
iniciaba Macedonio Fernández un discurso que él no pudo leer en persona. Sé que desde
el cielo de los cronopios, si me escucha -aunque debe estar ocupado oyendo a Satchmo o a
Bach-, don Julio celebra que yo empiece citando a Macedonio.
Circunstancias insuperables impiden que esté aquí en Guadalajara en este congreso de
cronopios diciendo, como ya tanto se habrá dicho con el corazón, la misma frase que él
inventó para Glenda y que Juan Rulfo le aplicó a él: queremos tanto a
Julio. Porque todos sus lectores lo queremos como al mejor amigo de la adolescencia.
Le he pedido a mi amigo Vicente Quirarte que lea las líneas que debería estar leyendo yo
para ustedes. Se lo agradezco y sé que lo hará mejor que yo.
Otra observación antes de irme si haber llegado. Rayuelescamente he fabricado una
versión de mi cuento que cumpla los requisitos de la Cátedra Julio Cortázar, es decir
que se pueda leer en veinte minutos. Esa versión, comprime y tacha un texto más amplio
que entrego a los organizadores de este evento.
Cortázar poeta.
Don Julio es contagioso. Uno lo lee y comienza a pensar en su ritmo, con sus dislocaciones
y sus muy coherentes frases que pueden terminar en una preposición y tener un sentido, es
más, un sentido nuevo.
Hay dos Cortázar sucesivos. Él lo dice. Uno, al que se le acaba el mundo en la
Argentina, otro que resucita en otra parte, todavía sin salir de la Argentina. El primero
es un maestro formal, discípulo de don Arturo Marasso. El otro es un niño travieso que
juega a la Rayuela y nos contagia a todos, que escribe para poder respirar e inventa
formas de respiración con su escritura.
Pero el que se salió del molde se aprovecha del joven aplicado que hacía ensayos sobre
literatura clásica. Lo que podemos leer del primer Cortázar es tieso, formal, impecable,
rígido, perfecto. Lo que adoramos del segundo es lo contrario, menos en cuanto a una
perfección más dialéctica, más personal, más conflictiva, es decir, humanamente, más
perfecta. Sí, ya se nos ocurrió a todos, un fama que se volvió cronopio, un cronopio
que pasó casi treinta años disfrazado de fama, un cronofama, un famopio, un famopio al
que, según cuentan, le explotó el coco la lectura de Opio de Cocteau. Un
famopio.
El Cortázar que se salió del molde, por lo demás, está cada menos interesado en los
límites entre los géneros literarios. En alguna parte él mismo desmiente lo que acabo
de decir: dice que él pasó de la poesía a la prosa narrativa, y así es, si llega a
ligarse el nacimiento para la bibliografía- del Cortázar cronopio con Bestiario
(1951) hasta la apoteosis que es Rayuela (1963), oficialmente una novela,
pero a la vez suma de géneros, novela-novela, novela-ensayo y, nadie aquí lo negará,
poema en sí misma y en muchos de sus fragmentos: ¿quién duda de que el capítulo 7, el
capítulo del beso, es uno hermosísimo poema?
Veo que me voy metiendo en un hueco metafísico propiciado por el mismo Cortázar. En
muchos textos él mismo traza fronteras entre la poesía y la narrativa, pero entrado en
gastos, en mitad de la novela, por ejemplo en 62, modelo para armar (1968) puede
aparecer el poema. Y esto es lo de menos en cuanto a la contradicción en que voy cayendo
deliberadamente, pues aun con los distingos- es indudable la calidad poética de la
prosa cortazariana. O si no, para ser literales, óigase como poema el comienzo de Prosa
del observatorio (1977):
Esa hora que puede llegar alguna vez fuera de toda hora, agujero en la red del
tiempo,
esa manera de estar entre, no por encima o detrás sino entre,
esa hora orificio a la que se accede al socaire de las otras horas de frente o de lado, de
su tiempo para cada cosa, su cosa en el preciso tiempo,
estar en una pieza de hotel o en un andén, estar mirando una vitrina, un perro acaso
teniéndote en los brazos, amor de siesta o duermevela, entreviendo en esa mancha clara de
la puerta que se abre a la terraza, en una ráfaga verde la blusa que te quitaste para
darme la leve sal que tiembla en tus senos... (...)
La única manera de precisar una afirmación auto evidente y cierta, a saber, que toda la
obra de Cortázar es poesía, es mediante un tratado de límites tipográfico; entonces
llamaré prosa a los textos justificados a la derecha y poesía a los que no
lo están. Así las cosas, además de dos libros íntegramente poéticos, Pameos y
meopas (1971) y Salvo el crepúsculo (1984), a partir de Historias de
cronopios y famas (1962) ya será habitual la aparición de poemas en sus libros:
A la salida del
Luna Park un cronopio advierte
que su reloj atrasa, que su reloj atrasa, que su reloj.
Tristezas del cronopio frente a una multitud de famas
que remonta Corrientes a las once y veinte
y él, objeto verde y húmedo, marcha a las once y cuarto-
meditación del cronopio: es tarde pero menos tarde para mí que para los famas,
para los famas es cinco minutos más tarde,
llegarán a sus casas más tarde,
se acostarán más tarde.
Yo tengo un reloj con menos vida, con menos casa y menos acostarme,
Yo soy un cronopio desdichado y húmedo.
Mientras toma café en el Richmond de Florida,
Moja el cronopio una tostada con sus lágrimas naturales.
Pero claro, ya se sabe, el tipo era
poeta desde el principio, como lo recuerda él mismo en una Encuesta a la literatura
argentina contemporánea: de golpe quiero ser músico, pero no tengo aptitudes
para el solfeo (mi tía dixit) y en cambio los sonetos me salen redondos. El director de
la primaria le dice a mi madre que leo demasiado y que me racione los libros; ese día
empiezo a saber que el mundo está lleno de idiotas. A los doce años proyecto un poema
que modestamente abarcará la entera historia de la humanidad y escribo veinte páginas
correspondientes a la edad de las cavernas; creo que una pleuresía interrumpe esta
empresa genial que tiene a la familia en suspenso
(1)
.
Y en Último round (1968), hablando de su Poesía permutante, cuartetos
de endecasílabos y de eneasílabos asonantados que el lector puede combinar a su antojo,
a la manera de Raymond Queneau, dice el mismo Cortázar: el contenido verbal se
adecúa estéticamente -¿por qué no decir también históricamente?- a esas formas
lujosas y envejecidas y desacreditadas. Yo soy un viejo poeta y esas formas me son
naturales y familiares, aunque haya guardado inédito casi todo lo escrito en esa línea a
lo largo de más de treinta y cinco años. Aquí pienso, acaso perversamente, que el
cronopio admite sus momentos de un fama aplicado y que escribe sonetos y rima participios,
no reniega de ellos y los guarda con cierto cronopial deleite.
Con la, para mí ininteligible, división del trabajo entre poetas y narradores, ni
Cortázar se filtraría hoy en una antología de poetas, y más cargado con el INRI de
escribir poemas conmovedoramente malos, como dijo José Miguel Oviedo, según
cuenta el mismo Cortázar en Salvo el crepúsculo. Ignoro si el casi siempre atinadísimo
Oviedo siga pensando lo mismo. Por mi parte, creo que una selección entre los poemas de
Cortázar, una antología, lo convertiría en un poeta muy apreciable.
Además del maniqueo tratado de límites entre prosistas y poetas, otros dos hechos
conspiran en contra de la entronización de Cortázar en el canon de la poesía castellana
del siglo XX. El primero consiste en que falta un trabajo arqueológico, o no lo conozco,
como el que realizó Saúl Yurkievich con las cartas, donde uno pueda encontrar ordenada
(¿) y reunida la obra poética de Cortázar. El segundo es el mismo Cortázar que, ya lo
conocemos, hace todo lo posible por contravenir los convencionalismos del género. Como
bien se sabe, Salvo el crepúsculo, su libro con mayor cantidad de poemas, lleva
intercaladas prosas sobre los poemas.
Al respecto, oigamos al mismo Cortázar: un amigo me dice: todo plan de
alternar poemas con prosas es suicida, porque los poemas exigen una actitud, una
concentración, incluso un enajenamiento por completo diferente a la sintonía mental
frente a la prosa, y de ahí que tu lector va a estar obligado a cambiar de voltaje cada
página y así es como se queman las bombitas. Puede ser, pero sigo tercamente
convencido de que poesía y prosa se potencian recíprocamente y que lecturas alternadas
no las agreden ni derogan. En el punto de vista de mi amigo sospecho una vez más esa seriedad
que pretende situar la poesía en un pedestal privilegiado, y por culpa de la cual la
mayoría de los lectores contemporáneos se alejan más y más de la poesía en verso, sin
rechazar en cambio la que les llega en novelas y cuentos y canciones y películas y
teatro, cosa que permite insinuar, a) que la poesía no ha perdido nada de su
vigencia profunda pero que b) la aristocracia formal de la poesía en verso (y
sobre todo la manera con que poetas y editores la embalan y presentan) provoca resistencia
y hasta rechazo por parte de muchos lectores tan sensibles a la poesía como cualquier
otro.
Aún así, desafiando actitudes y asumiendo como summa a Salvo el crepúsculo,
gracias a esa mezcla pueden hallarse allí una poética y los poemas de la imaginaria
antología. Lo primero es la analogía entre el poema y el psicoanálisis: mi solo
psicoanálisis posible debería cumplirse en la oscuridad, entre las dos y las cuatro de
la madrugada, obra impensable para los especialistas. Pero yo sí, yo puedo hacerlo a
mediodía y exorcizar a pleno sol lo íncubos, de la única manera eficaz:
diciéndolos. Poesía con una hora y una luz, la explicación comienza así:
Todo vino siempre de la noche, backround inescapable, madre de mis
criaturas diurnas y, luego, casi al terminar, corrobora: ...al despertar
arrastro conmigo jirones de sueños pidiendo escritura, y porque desde siempre he sabido
que esa escritura poemas, cuentos, novelas- era la sola fijación que me ha sido
dada para no disolverme en ése que bebe su café matinal y sale a la calle para empezar
un nuevo día. Nada tengo en contra de mi vida diurna, pero no es por ella que
escribo.
Voy por la página 56 de la primera edición de Salvo el crepúsculo y todavía
no salvo ningún poema para mi antología imaginaria. Pero allí está Para leer en
forma interrogativa que, para mí, lector, forma parte del apartado siguiente,
dedicado a los tangos. Oigámoslo:
Has visto
verdaderamente has visto
la nieve los astros los pasos afelpados de la brisa
Has tocado
de verdad has tocado
el plato, el pan, la cara de esa mujer que tanto amás
Has vivido
como un golpe en la frente
el instante el jadeo la caída la fuga
Has sabido
con cada poro de la piel sabido
que tus ojos tus manos tu sexo tu blando corazón
había que tirarlos
había que llorarlos
había que inventarlos otra vez.
En cuanto a los tangos, así escribe en
una de las prosas que intercala: No sé en qué medida las letras del jazz influyen
en los poetas norteamericanos, pero sí que a nosotros los tangos nos vuelven en
recurrencia sardónica cada vez que escribimos tristeza, que estamos llovizna, que se nos
atasca la bombilla en la mitad del mate. Uno espera que alguien rasgue una guitarra
y alguien se deje venir con Quizá la más querida:
Me diste la intemperie,
le leve sombra de tu mano
pasando por mi cara.
Me diste el frío, la distancia,
el amargo café de medianoche
entre mesas vacías.
Siempre empezó a llover
en la mitad de la película,
la flor que te llevé tenía
una araña esperando entre los pétalos.
Creo que lo sabías
y que favoreciste la desgracia.
Siempre olvidé el paraguas
antes de ira a buscarte,
el restaurante estaba lleno
y voceaban la guerra en las esquinas.
Fui una letra de tango
para tu indiferente melodía.
Quizá la mejor parte del libro esté
integrada por los poemas de amor, que comienza a aparecer desde la sección Ars amandi
y se prolonga con Cinco poemas para Cris. El talento de narrador es tributario
del poeta cuando el poema es, o parece ser, el fragmento de una conversación, como en Happy
new year o el primero de los Otros cinco poemas para Cris:
Todo lo que precede es
como los primeros momentos de un
encuentro después de mucho tiempo: sonrisas, preguntas,
lentos reajustes. Es raro, me pareces menos morena que
antes. ¿Se mejoró por fin tu abuela? No, no me gusta
la cerveza. Es verdad me había olvidado.
Y por debajo, montacargas de sombra, asciende despacio otro
presente. En tu pelo empiezan a temblar las abejas, tu mano
roza la mía y pone en ella un dulce algodón de humo. Hueles
de nuevo a sur.
Sin los pudores universales de los
poetas, don Julio va armando el libro en presencia del lector. Participan sus otros dos
yoes, Calac y Polanco: Calac parece comprender que una clasificación previa por
temas o periodos no parece la buena regla de juego, y que gracias a eso la baraja me va
poniendo inesperadas secuencias en la mano. Nos estamos divirtiendo de veras, Calac y yo,
mientras Polanco rabia en su rincón y murmura cosas como técnica estocásticas
inadmisibles, o procesos aleatorios dignos de una mosca dibujando su propio vuelo para
nadie, o de una cucaracha jugando contra Bobby Fischer en un embaldosado. Imagino que
hacia el final aparecerán pameos y prosemas que hubieran debido estar en lo ya
ensamblado, pero si este libro no es plástico, no es nada.
Pameos que hubieran debido estar en lo ya ensamblado. Acaso esta sea una
explicación de algo muy curioso, insólito en los libros habituales de poesía. En Salvo
el crepúsculo se repiten poemas, no una sino dos veces: en la sección que se titula
como el libro, Salvo el crepúsculo, y también en la sección llamada Preludios
y sonetos se incluye un soneto titulado Doble invención. La contravención
al convencionalismo se repite dentro de una misma sección, De antes y después,
y con un intervalo de apenas diez páginas, con Resumen de otoño, un poema del que
gracias a sus intercalaciones en prosa- sabemos su circunstancia concreta: y
también ternura por este balance que escribí en un sucio hotel del barrio latino,
exorcismo acaso pero sobre todo afirmación de todo lo que ya nada podía quitarme.
El poema dice:
En toda la bóveda de la
tarde cada pájaro es un punto del recuerdo.
Asombra a veces que el fervor del tiempo
vuelva, sin cuerpo vuelva, ya sin motivo vuelva;
que la belleza tan breve en su violento amor
nos guarde un eco en el descenso de la noche.
Y así, qué mas que estarse con los brazos caídos,
el corazón amontonado y un sabor de polvo
que fue rosa o camino-
El vacío excede el ala.
Sin humildad, saber que esto que resta
fue ganado a la sombra por obra de silencio;
que la rama en la mano, que la lágrima oscura
son heredad, el hombre con historia,
la lámpara que alumbra.
Con otro convencional poeta, esta doble
repetición no cabe pensarse sino como error imperdonable. Con Cortázar también cabe
pensarlo, que él no tuvo tiempo de revisar este libro fechado en mayo de 1984, es decir,
tres meses después de su muerte. Pero con Cortázar, sobre todo acompañado de Calac,
puede pasar cualquier cosa, y que repitan poemas del mismo modo que pusieron un final
circular e interminable en la sucesión numérica de los últimos capítulos de Rayuela.
A pesar de negarse a una ordenación cronológica, después de que Polanco juzga que a un
poema se le nota el tiempo, Cortázar intenta una catalogación basada en el tiempo:
Soy capaz de fechar viejos textos sin fecha, el vocabulario es mi carbono 14, no sí
los temas y los modos porque nada ha cambiado en ese terreno donde sigo siendo el
mismo, quiero decir romántico / sensiblero / cursi (todo esto sin exagerar, che). Los
grados de la abstracción fijan inequívocamente mis revueltos pameos: cuanta más
distancia hay entre la sustancia verbal del poema y la sustancia de la vida, más tiempo
ha pasado. No es que ahora busque especialmente lo concreto, digamos como los poetas de la
escuela de Nueva York, pero creo que lo concreto me busca a mí, y que casi siempre me
encuentra. Enseguida vendrán una Carta de amor y un soneto amoroso que
suman a la antología imaginaria que voy construyendo, al igual que toda la serie que
viene con el título de El nombre innominado, donde aparecen joyas como este
brevísimo poema:
Siempre fuiste mi
espejo,
quiero decir que para verme tenía que mirarte.
En esta sección del libro hay poemas de enamorado, como El niño bueno y
dolorosos poemas de desamor o de olvido, como Ganancias y pérdidas o Si he de vivir, y
remata con un poema estremecedor, Encargo:
No me des tregua, no me perdones nunca.
Hostígame en la sangre, que cada cosa cruel sea tú que vuelves.
¡No me dejes dormir, no me des paz!
Entonces ganaré mi reino,
naceré lentamente.
No me pierdas como una música fácil, no seas caricia ni guate;
tállame como un sílex, desespérame.
Guarda tu amor humano, tu sonrisa, tu pelo. Dálos.
Ven a mí con tu cólera seca de fósforo y escamas.
Grita. Vomítame arena en la boca, rómpeme las fauces.
No me importa ignorarte en pleno día,
saber que juegas cara a sol y al hombre.
Compártelo.
Yo te pido la cruel ceremonia del tajo,
lo que nadie te pide: las espinas
hasta el hueso. Arráncame esta cara infame,
oblígame a gritar al fin mi verdadero nombre.
Y avanzo y avanzo en Salvo el
crepúsculo, y cuento más de veinticinco poemas como para integrar ese imaginario
fascículo de lecturas en que, por lo demás, suelen terminar los buenos poetas, con sus
pildoritas del doctor Ross, contadas más como píldoras que como perlas. ¿Cuál poeta no
desea íntimamente que de él quede un verso perdido, cuál no sabe, aún sin admitirlo,
que muy probablemente mejore que si le reduce a los veinte poemas, que acaso ni siquiera
alcance a veinte, ni a diez? Y vean ustedes, don Julio sobrepasa esos límites, el mismo
que no encuentro en ninguna antología de poesía argentina, ni mucho menos
hispanoamericana.
Podría derivar mi lectura deteniéndome en ciertos motivos recurrentes en los poemas
cortazarianos. Por ejemplo, fiel a la región de donde vengo, mostrar las apariciones del
café en estos versos, desde la taza que regresa a la vigilia hasta la triste taza
tanguera de una despedida desolada. Podría, en fin, subdividirme yo mismo en los
diferentes niveles simultáneos que cubren estos poemas, pero el tiempo que permite esta
lectura no alcanza para semejante nado sincronizado. Más bien quisiera redondear con el
enunciado que, conjeturo, permite a Cortázar un vuelo tan libre y que considero
importante rescatar para una época de profesionales de la literatura: mi actitud de
aficionado suele dejar perplejos a editores y a amigos. La verdad es que la literatura con
mayúscula me importa un bledo, lo único interesante es buscarse y a veces encontrarse en
ese combate con la palabra que después dará el objeto llamado libro.
Acaso la virtud que tiene este regreso, volver a beber de Cortázar para escribir estas
líneas, es caer en la cuenta, de nuevo, que muchas de las opiniones que consideraba más
personales, muchas de las actitudes que creía muy mías, muchas de las construcciones
verbales que yo creía mi exclusiva chifladura, las aprendí en ese lúcido y tierno
hermano mayor de todos nosotros, el cronopio de los cronopios, Julio Cortázar.
Darío Jaramillo Agudelo
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Encuesta a la
literatura argentina contemporáneo, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1984
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