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XIII.

 

DE UN AMIGO A PEPE.

Guaduas, 28 de febrero de 1852.

AMIGO I SEÑOR DE TODO MI APRECIO.-Penoso es dar a U. las noticias que me pide en su apreciable, fecha 26 del corriente; mas, supuesto que lo desea, procuraré describirle, lo mejor que me fuere dable, los últimos momentos de Teodomiro, su querido amigo.

El llegó al Alto del Trigo el 5 de enero del próximo pasado. Al siguiente dia, recibí una esquelita escrita can lápiz, en que me suplicaba pasase a verlo escusándose con mucha urbanidad de lo que llamaba su atrevimiento diciéndome que sabia que U. i yo teniamos buena amistad. Inmediatamente pasé a verlo: cuando llegué estaba almorzando. Me dijo que estaba sufriendo hacia dias de un fuerte dolor de espaldas, a que se agregaba una tos mui importuna que le molestaba, sobre todo por las noches: que deseaba permanecer por algun tiempo en las inmediaciones de Guaduas, pues le gustaban mucho estos campos; pero que queria vivir incógnito, sin ser visitado de nadie, con escepcion de un médico de Bogotá que vendria a verlo de cuando en cuando, de Elias, su criado, i de mí. Añadió: que Elias era exelente cocinero! hombre de toda su confianza, i que no le faltaria la asistencia necesaria teniéndolo a su lado: me suplicó que le buscara una casita que tuviera una hermosa vista ácia el llano; i que no reparara en gastos, pues no le faltaban proporciones i deseaba ahorrarse molestias, pasando la temporada lo mejor que fuera posible.

Despues de haber conversado, por una media hora, acerca de la vida del campo, i de otros objetos indiferentes, me despedí; prometiéndole que cumplirla su recomendacion i que volverla a la tarde a darle razon. En efecto, encontré una casita mui aseada, e hize llevar a ella, cama, mesa, taburetes i demas muebles que crei necesarios; i volví, trayendo las llaves, a ofrecerle mi compañía para instalarlo en su nueva habitacion. Salimos a las ocho de la noche del Alto del Trigo, i llegamos a la susodicha casa despues de una hora: él trató de acostarse a descansar, i yo me despedí.

Tuve el gusto de tratarlo con mucha frecuencia, i algunos dias solia hacerle hasta tres visitas; pero de ordinario le hacia compañia por la noche. El gustaba de que le leyera, por lo regular en la Biblia, de la cual habia solicitado yo un ejemplar en casa del señor Cura. Esto me hace provecho cuando U me lee bastante, duermo tranquilo, solia decirme Aunque soi poco observador, notaba en él una mortal tristeza, i trataba por lo mismo de inspirarle valor, poniéndole de manifiesto que su juventud triunfaria de sus dolencias pero él de dia en dia estaba mi amilanado. Salia a pasear algunas veces, i Elias lo acompañaba a cierta distancia; volvia a la casa i se ponia a escribir, se acostaba despues en la hamaca, se levantaba i se recostaba en la cama, luego se sentaba en la silla; se paseaba por el cuarto, volvía a tomar la hamaca; echandose de ver a las claras que el dolor que sufria no lo dejaba de cansar. Me dijo que tenía un sedal en la espalda i que Elias se lo curaba.

Vino a verlo en dos ocasiones un médico de Bogotá, en ámbas lo halló con cateutura. Por lo estragos que visiblemente iba haciendo aquella enfermedad, inferia yo cuán agudos serian los dolores que el jóven padecia, pues a él no se le escapaba ni un jemido, ni una queja. Era tan bondadoso, tan afable, tenia unos modales tan esquisitos, que las horas que pasaba en su compañía se me hacian momentos. De dia en dia me iba ganado el afectó, i a lo último llegué a quererlo de veras, interesándome vivamente por su suerte. Conversaba con calma i con filosofia, mezclando siempre en todos sus discursos el nombre de Dios i el de la Reina del Cielo, mostrando que estaba arrepentido con sinceridad de los estravios de su juventud; como si hubiera recibido uno de aquellos golpes, con que la Providencia, por caminos desconocidos, aparta de sus estravios a los pobres mortales. ¡Qué estravios serian los suyos! era un joven mui feliz por su educacion, por sus riquezas, i por su cristiano modo de pensar. Yo esperaba confiadamente en su perfecto restablecimiento.

El jueves por la tarde mandó a buscarme. Al punto de verme me dijo que se sentia mui mal; que en la noche anterior habia sufrido un ataque al pecho, tan violento que habia creido no amanecer con vida. Soi cristiano, prosiguió diciendo me con una sonrisa, i quiero lavar con las aguas de la penitencia mis vestidos viejos. Sírvase U. llamarme al Señor Cura: ya me he estado preparando hace algunos dias. Espero tranquilizarme, pues le confieso a U. que necesito de tranquilidad. Me decia esto con aquella injenua sonrisa que dejaba traslucir una alma no pervertida aun, ¡en la cual los sanos principios relijiosos habian echado profundas raices, sin que los viajes con todas sus disipasiones, ni las riquezas con todo su brillo, hubieran podido de apagar la luz de la fé, ni agotar el manantial de la esperanza. El Señor Cura vino por la tarde, el jóven se confesó largamente y yo me quedé a acompañalo aquella noche i las siguientes.

El viérnes por la mañana volvió el sacerdote, i siguió la obra de reconciliación empezada.. Cuando quedamos solos, me dijo el señor Teodomiro: estoi mui contento, porque que se me ha quitado de encima del corazon un grande peso: ahora, si vivo, la vida me será mas dulce; i si muero, la muerte no será tan amarga: deseo recibir la santa Eucaristia; pero le suplico que se interese a fin de que la administracion sea en privado.

Por la tarde vino el sacerdote con el Santo Viático. Antes de que entrara a la pequeña sala, su amigo se habla arrodillado i lloraba con tanta ternura que nos hacia llorar a Elias i a mi.  El sacerdote entró i puso sobre una mesa, que habiamos adornado con flores del Campo, una caja de oro en que estaba guardado el pan de los ánjeles. Preguntó al enfermo si queria reconciliarse de alguna rcsa: entonces el señor Teodomiro dijo que no. El sol declinaba ácia el occidente, i la sala parecia iluminada con un resplandor indescribible. Mi corazon estaba profundamente conmovido, al ver derramar tantas lágrimas de verdadero arrepentimiento a un jóven tan interesante que besaba la tierra con humildad, cuando el sacerdote, alzando la hostia consagrada, le repetia: "He aquí el que quita los pecadas del mundo."

Después de la comunion el señor Teodomiro siguió arrodillado, elevando su corazon al cielo en accion de gracias. Yo salí con el Señor Cura para acompañarlo algunas cuadras, cuando oimos que Elias nos llamaba, i nos apresuramos a volver, sospechando que le hubiera repetido el accidente…… Ah! Señor. El jóven habia muerto.

Estendimos una estera de Chingalé, i pusimos encima el cuerpo, vestido como estaba, con una bluza blanca de lino, un pantalon azul, i sus botas de charol: le apoyamos la cabeza en unas almohadas: abrimos las ventanas, i el viento sacudia los cabellos encanecidos de un jóven de 26 años, cuya frente doraba con sus rayos el sol que se escondia entre las nubes del poniente.

El sacerdote rezó en voz baja por largo rato.

Elias i yo llorábamos……

El sábado se hizo el entierro con aquella sencillez filosófica que él apetecia. Ayudé a cargar el féretro, i una turba de mujeres que iba detrás lloraba compadecida la muerte de un joven tan bien parecido. ¡Su corazon era mas hermoso, i yo solo lo conocia!. Señalé el lugar de la sepultura con una cruz de madera.

Elias, que sigue para esa, lleva con esta carta un cronómetro con las iniciales del difunto, diez i ocho onzas de oro que habia en su bolsa, dos caballos i la ropa de D. Teodomiro.

Soi de U. obsecuente servidor ¡amigo Q.B.S.M.

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