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XI.

 

DE TEODOMIRO A PEPE

Guáduas, 18 de enero de 1852

APENAS vuelo de mi sobresalto, de mi asombro……..

"¡Maldito el dia en que nací i la hora en que se dijo: un hombre ha sido enjendrado!"

Mis manos se han manchado con sangre! Una familia entera jime ahora en la desolación……

Roberto no existe!!!

Yo le he dado la muerte!

No tengo reposo, ni sosiego: mi alma está perturbada, mi pecho palpita i parece que se rompe. El sueño huyó de mis ojos. Paso los dias i la noches en mortal congoja……El remordimiento se me presenta con una pistola en la mano: veo correr a piés un reguero de sangre: oigo caer al suelo una víctima, i las brisas de la tarde i los vientos de la noche, parece que repiten sin cesar estos tristes acentos: "Cain! Cain! que has hecho de tu hermano?" I mi conciencia los traduce:  "Teodomiro, qué has hecho de tu amigo?"

Venceré el horror que me causan tan amargos recuerdos, para pintarte algunos pormenores de aquella escena de sangre, a la cual, contra mis sentimientos tuve la debilidad de asistir.

Roberto i yo dormiamos en una misma alcoba, el veintiocho por la noche, i ámbos gastamos una parte de ella en escribir: me acosté rendido de cansancio i me quedé dormido.

Me parecia que estaba en lago de Jinebra, casado ya i con familia. Mi esposa conocida con el nombre de "CAROLINA LA BELLA," estaba sentada junto a mí, con nuestros dos hijos, en un barco de pescadores, era la hora melancólica de la tarde en que las sombras bajan y se  estienden por la orilla del lago. Las estrellas empezaban a brillar en la bóveda del cielo, i por do quiera que volviamos los ojos encontrábamos paisajes encantadores, quintas primorosas, arboledas magníficas i rebaños que se acercaban lentamente a sus apriscos: oíamos la flauta de los zagales, i el ruido de algunos buques de vapor, que cortaban las aguas como mónstruos marinos, dejando en pos de sí una larga cabellera de humo, que se destrenzaba soberbia sobra las ondas pacíficas del lago.

Yo estaba reconcentrado, gozando de mi felizidad, i gustaba el bien que, por las jenerosas manos de Carolina, se derramaba en las chozas de tantos infelices a quienes ella socorria con nuestras riquezas, como si fuera madre de los pobres, o un ángel mandado por Dios para hacerme completamente feliz, i a ellos ménos desgraciados. Carolina tenia en su frente unas flores que acababa de cojerle en la ribera; i sus cabellos hermosísimos, flotaban al soplo del viento, i venian a jugar sobre mi rostro: yo cojia aquellos dorados anillos, i los besaba, cuando oí una voz que dijo;

-Teodomiro! Ya va a amanecer! Era la voz de Roberto.

-Están preparados los caballos? le pregunté.

-No; pero estarán listos ahora mismo, contestó, i llamó a uno de mis criados.

-Están cargadas las pistolas? le dije.

-Las mias sí, me respondió.

Entonces saqué de una caja unas que tenia sin estrenar, pues me habian llegado de Inglaterra hacia pocos dias, i me las puse en el bolsillo.

Tomó el sombrero i bajamos las escaleras. Aqué hora se prepara hoi el almuerzo? preguntó uno de los criados.  A la hora acostumbrada, le dije, i montamos.

Bajamos a la calle del Comercio, pasamos por la plaza Bolívar, seguimos las calles de la Carrera, de San Agustin, Santa Barbara i las Cruces, hasta que llegamos mas allá del Hace-Rio, donde se estiende el llano en que queda la casa de San Vicente.

Allá nos desmontamos, i atamos los caballos a unos matorrales.

Hacia poco que habia amanecido. El llano estaba humado con la lluvia de la noche anterior,

Roberto estaba pálido, i tenia grandes ojeras. Llevaba una capa con mangas. Yo me quite el capote de invierno que traia, lo doblé, me senté encima de él i me puse a mirar la ciudad con una tristeza indecible.

Perdemos el tiempo, dijo Roberto, i esto ha de despacharse. Al decir así, disparó su pistola. Unos pajarillos que dormian en sus nidos entre los zarzales huyeron espantados: los caballos se asustaron i halaron  furiosos de la brida, El se acercó con su pistola para que las cargáramos lealmente en presencia uno de otro. Sacó unas balas i me las dió para que viera que tenian el peso conveniente: echó una a su pistola yo eché otra a la mia, atacamos i pusimos los fósforos.

A cuántos pasos? preguntó.

A los que quieras, respondí.

Quieres a veinte? Pensé que era gallardo disminuir un poco la distancia i le respondí: tiremos a quince.

Bien, mui bien, contestó Roberto con desenfado.

Cuál es la señal? dije.

La campana de la Catedral contestó. Saqué mi reloj i vi que eran las cinco i veinte i siete

Minutos.

Parados con el brazo estendido i las pistolas encaradas esperamos el golpe del reloj.

La campana sonó. Fuego, gritó Roberto,  i disparó al mismo tiempo.

Yo disparé tambien, las balas se cruzaron i cayó bocabajo.

Me has herido gritó Roberto. Corrí a socorrerlo, pero ya no existia. La bala le habia atravesado el corazon. Tambien salí yo levemente herido.

Lleno de miedo i sumamente perturbado monté a caballo, volví a la casa, saqué algun dinero seguido por uno de mis criados salí corriendo como si alguno me persiguiera.

En el Arenal paré para reparar le herida, el muchacho me la vendó con un pañuelo, no desangraba mucho, i creia que no seria cosa de cuidado, pero a las pocas horas ya me era imposible andar: el dolor era insoportable. Buscamos por ahí una casita donde reposar, i allí me curaron, i pasé una noche infernal, La anterior con todos sus horrores era un paraiso comparado con ella. Tenia atravesada una bala debajo del homoplato del brazo derecho. Vino mi escelente amigo el doctor V…… i me la estrajo al otro dia, i me alhagó con esperanzas de pronta convalecencia.

Así he pasado los primeros quince días, i despues me vine a Guáduas, por ver si acabo de reponerme. Tengo horas en que la herida del brazo no me atormenta; pero no hai alguna en que deje de despedazarme el acerbo dolor de la herida del Corazon. El buen sentido ha sido despreciado por mí, la moral ofendida, la religión ultrajada, las leyes violadas, el amor olvidado, un amigo ha quedado en el campo i su sombra i el remordimiento no me dejan descansar. Ya quisiera morir. Compadéceme.-. Teodomiro.

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