-Si, Edda. Hace mucho tiempo que he debido matarme, y no se por
qué no lo he hecho. Yo soy solo en el mundo, pero aunque no lo
fuera y fuera dueño del mundo, ¿de qué me serviría la existencia?
Mientras fuiste una niña, fui feliz al hado tuyo. . . . entonces
tenía yo ilusiones respecto de ti, no de mí. Pero desde que eres
una mujer completa, soy muy desgraciado. . . . he querido
entregarme a la embriaguez, pero he tenido miedo de mi mismo. ¿Lo
comprendes, Edda? miedo. . yo no quiero estar ebrio a tu lado. . .
. bien brutal soy sin eso.
Quiero morir porque estoy arrepentido de haberte salvado la
vida. Estoy arrepentido de haberte criado como si te hubiera
robado. Lo estoy de haberme dejado arrebatar por un afecto que yo
sabía que no podía ser correspondido; y como soy bueno, quiero que
mi arrepentimiento corrija en parte los males que te he hecho y que
me he hecho a mi mismo.
-Hay un medio de arreglarlo todo, Erico.
-Sácame de esta isla. Tu te quedarás en donde has estado toda tu
vida.
-Sin ti? solo? Abandonado? . . . .
| ¿cómo podría
vivir en esta gruta sin ti?
-Irnos juntos es imposible . . . .yo debo buscar a mi padre, yo
debo juntarme con el.
-Sí, y como yo no puedo seguirte ni quedarme mi resolución está
bien tomada. . . . No puedo seguirte porque tu irás a donde yo no
puedo ir como hombre, y donde no debo ir como amante. No puedo
quedarme, porque sufriría penas desconocidas.
Edda calló ante la lógica de Erico. Este continué así:
-Y como no quiero verte partir, porque mi dolor, mi brutalidad,
mi amor quizá me obligaría a detenerte. . . . está bien pensado lo
que he pensado: iré al monte, me ahorcaré y tu serás libre.
Edda lanzó un suspiro. ¿Debía ella detener a aquel hombre al
borde del precipicio? ¿debía consolarlo, fortalecerlo, introducir
en su pecho la esperanza? Edda comprendía que no debía hacer eso.
Se vio pues obligada a ser cruel, y lo fue: calló. Erico comprendió
este silencio y se afianzó mas en su determinación. El alma del
enano era grande y también era clara. No sorprendió la conducta de
Edda y continuo así:
-Una vez resuelto a morir, tengo necesidad de confiarte un
secreto; quiero ponerte en posesión de lo que siempre hubiera sido
tuyo, y de lo que tu debes gozar porque puedes gozarlo.
Edda estaba triste y contrariada,
Erico añadió:
-Sígueme! y se dirigió hacia el rincón de la gruta en donde
tenía el tesoro del pirata. Allí hizo volar en briznas la estacada
que lo ocultaba. El oro y los diamantes rodaron en cascada hasta
los pies de Edda. Erico alumbré con una antorcha el espacio en que
había tanta riqueza, y dijo a la huérfana: -todo eso es tuyo.
Permita el cielo que ese tesoro disculpe a tus ojos las faltas que
cometí arracándote de los brazos de la muerte y teniéndote a mi
lado. Cuando tal hice, solo pensé en hacerte mi heredera. Entonces
tu eras una niña y mi corazón estaba inocente. Hoy eres una mujer,
y yo debo limpiar mi corazón culpado con el agua del
arrepentimiento.
-Hay aquí algo mas grande que tu tesoro, y eres tu mismo. Erico!
exclamó Edda y beso las manos del enano.
Luego agregó:
-Ojalá que siempre hubieras sido mi padre, como lo fuiste el día
del naufragio y como lo acabas de ser ahora mismo; pero guarda tus
riquezas. Yo no las quiero; no las necesito.
-¿Me desprecias?
-No, Erico: te admiro. Voy a dejar la Islandia para ir a
encerrarme en un convento. Iré a golpear en las puertas de una casa
de Dios, cargada con los huesos de mi madre. Erico, no puedo amarte
como mujer, pero te amaré como santa. Adios, padre mío!
Al día siguiente Enico mostraba a la huérfana desde un agrio
peñasco el camino de Runkinik; y cuando esta partió cargada con los
huesos de su madre y con el retrato del joven sobre su corazón, la
fue siguiendo con los ojos hasta que la perdió de vista. Entonces
volvió a la gruta, entró en ella y tapó su entrada para siempre.
El tesoro de Juto siguió intacto. Erico no había sido el
heredero del pirata.
Edda, cargada con los huesos de su madre, hlegd a Runkirik,
cerca del gran Geysser, y fue a llamar en las puertas de la casa
del Obispo de aquel lugar. Este la hizo conducir a Groenlandia, y
de allí con la ayuda de los Hermanos Moravos quienes se
compadecieron de su juventud y sus desgracias -pasó a Europa, donde
fue colocada en un capitulo de canonesas irregulares. Edda quería
encerrarse en un claustro, pero los Hermanos le pusieron un plazo,
durante el cual le ayudarían a buscar a su padre.
Como lo sabe el lector, en los Capítulos de canonesas regulares
son permitidos los votos y se vive en comunidad, bajo la regla de
San Agustín. No es así en los Capítulos irregulares: en estos se
desconocen los votos y las afiliadas, que por lo común son nobles,
gozan de sus rentas y pueden casarse el día que quieren. Edda
aceptó el plazo y se dijo: -Si encuentro a mi padre, le diré cuál
es el sitio en donde está el tesoro de Enico. Si no lo encuentro,
ese tesoro será para los Hermanos Moravos.
Tal fue la historia que el hermano Miguel le conté al
caballero.
FIN DE LA SEGUNDA PARTE