V
Ocho días después de que Hugo mandó la carta para Eva de San
Luz, se presento a hacerle una visita un caballero alto, seco,
vestido de luto y de más de sesenta años de edad. Pasados los
saludos de estilo, dijo el caballero con un tono poco dulce:
-Yo soy agricultor y por eso paso el tiempo fuera de la ciudad.
Ayer he venido a ella y mi hija me ha suplicado que venga a saludar
a usted y a presentarle nuestros respetos
-Agradezco esa doble atención y me sería muy grato saber el
nombre de usted.
-Todo está dicho en estas palabras: soy San Luz.
-¿Es usted el padre de la señorita Eva?
-Para servirle a usted.
Durante este corto diálogo, San Luz observaba atentamente al
caballero de Rauzan, como si quisiera estudiar su naturaleza y
calidad.
-Debo pedirle a la señorita hija de usted mil perdones, pues ha
habido algunas irregularidades en el modo de hacer llegar cierta
carta a sus manos....
-Algo me ha dicho Eva sobre eso
-Pero usted, señor, sabe las dificultades de que, por lo común,
se ve rodeado un extranjero en una gran ciudad que visita por la
primera vez.
-Es verdad. Y bien, señor de Rauzan, ¿en qué podemos serviros mi
hija y yo?
-En honrarme con vuestra amistad y confianza.
Esta fina y oportuna contestación agrado al señor de San Luz,
quien soltó el ceño. Luego dijo:
-Aunque he dicho a usted que soy agricultor, no siempre he
tenido esa profesión. Me gustan las finanzas y alguna vez el
Gobierno me ha honrado con la cartera de ellas.
-Es muy interesante ese estudio, puesto que de él depende la
riqueza de la naciones. Las gentes superficiales creen que ser
financista es manejar con embrollos y medios empíricos, un erario
en bancarrota; pero se engañan. Ser financista es entender de
estadística, de comercio, de agricultura, de fábricas, de aduanas
de monedas, de cambios, de crédito, de administración pública, de
matemáticas, de bolsa.
-Son esas mis mismas ideas.
-Pues como yo también soy aficionado a esas materias, que pasan
por tan áridas siendo tan fecundas hemos de
|charlar largo
sobre ellas.
El señor de San Luz, que ya había soltado el ceño, se sonrió
ahora. Había venido mal dispuesto contra el caballero y éste lo
había desarmado. Si hay correlación entre las personas de unas
mismas virtudes y de unos mismos vicios, la hay también, y más
noble y más fuerte, entre personas de unas mimas ideas. El señor de
Rauzan había establecido esta correlación y con ella había
encantado al señor de San Luz. El señor de Rauzan era muy hábil en
estas cosas.
-Muy bien, dijo aquel despidiéndose: nos veremos con alguna
frecuencia.
-Me honrareis con eso.
Cuando Eva vio a su padre corrió hacia él y le dijo:
-¿Qué me decís, papá, del ogro extranjero?
-No es ogro como lo llaman sino
|irresistible.
|
-¿Y qué hay de eso?
-De eso hay mucho: ya verás, ya veras.
-Pero....
-Nada: tu juzgarás por ti misma.
-¿Va a venir a nuestra casa, según eso?
-No me lo ha dicho, pero es seguro. Es un caballero del tipo de
los que me gustan a mi: amable y serio, y habla de un modo tan
claro y profundo que persuade y seduce al mismo tiempo.
-Papá, si alguien os oyera os censuraría. Ayer no más me decías
que había que guardarse de los
|aventureros. . .
-Y hoy te digo lo mismo; pero no es el caso.
Al día siguiente se presenté el señor de Rauzan en la casa de
San Luz. Este no estaba en ella y el caballero se hizo anunciar a
la señorita Eva. Era ésta una mujer de tipo y de alma españoles, de
la clase de las altas damas de Castilla. Cabello negro abundante,
ojos negros, dulces y fieros, cutis de rosa, no muy alta pero bien
hecha. Estaba vestida de medio luto.
- Hugo la vio y le interesó. Eva lo contemplé un instante y
sintió que ese hombre no tardaría en poner en movimiento su
corazón, que ella creía muerto hacia tiempo.
El señor de Rauzan dijo:
-Hubiera sentido, en verdad, la ausencia del señor de San Luz;
pero como esa ausencia me permite presentaros personalmente mis
humildes respetos, casi estoy por darle gracias al cielo por no
haberlo encontrado.
-Señor de Rauzan, vuestras palabras desmienten vuestros hechos.
. . Servios tomar un asiento.
-Me recibís en son de guerra y eso me satisface inmensamente.
-¿Por qué?
-Porque si hay algo más dulce que el aplauso de una mujer es su
reconvención.
-Casi estoy por deciros que no entiendo lo que decís, dijo Eva
ruborizada, pues comprendió que había dicho una tontería.
-Lo que he dicho es tan claro como un día sereno: una mujer
aplaude por aplaudir, pero no reconviene sino cuando padece un
enojo cierto.
-Y...? interrumpió Eva, que hacía esfuerzos por recobrar su
serenidad.
-Y una mujer no se enoja con las personas que le son
indiferentes.
Eva volvió a ruborizarse.
-Yo os he contrariado, y eso os ha mortificado, continué el
caballero; pero como no soy tan fatuo que me crea la causa directa
de esa contrariedad y como me sería imposible produciros otra
impresión más dulce, siendo con vos, me solazo de lo que ocurre.
Eva quiso hablar, pero se contuvo: si contrariaba la tesis del
caballero, se perdía. Si se callaba, producía la duda. La
|duda es para las mujeres de talento una fuerza de
investigación, como lo fue para Descartes. El señor de Rauzan
comprendió lo que pasaba en Eva y le dijo:
-Dejemos ese punto: veo que no quereís contradecir ni apoyar mis
conceptos, y os felicito por vuestra prudencia. La falta que yo he
cometido para con vos es una falta de educación, y esas no las
perdonan las señoras, ni deben perdonarlas. Os he enviado con mi
criado una carta que he debido traeros yo mismo, y he demorado esa
carta cerca de un mes.
-Eso es cierto. Yo tenía noticia de esa carta, sabía vuestra
llegada a la ciudad y la esperaba por momentos. ¿Por qué me habefs
contrariad?
| Inmediatamente que llegó la carta a mi
poder, le supliqué a mi padre que fuera a veros . . . . ya estais
aquí y puedo hablaros.
-Me sorprende lo que me decís.
-Todo es muy sencillo. La carta en cuestión es de una joven muy
querida mía y muy desgraciada. Se trata de un asunto que le
interesa a ella sobremanera. Ya han salido tres correos y yo sólo
le he escrito estas líneas: "No he visto al señor de Rauzan, ni tu
carta ha llegado a mis manos". Si conocierais la historia de esa
pobre criatura, os llamaría
|cruel. Como no la conoceís, os
llamaré simplemente
|descuidado. . La parte que me ha tocado
a mí, esa la olvido, y por lo mismo no la califico.
-Señorita, dijo el caballero, nunca he creído en ninguna
|armonía preestablecida, ni aun en la del célebre Leibnitz;
pero estoy por abjurar de esa creencia negativa viendo lo que pasa
entre los dos. Desde que llegué a*** no he dejado de tener esa
carta presente y no la había enviado a su destino de hecho
pensado...
-¿De hecho pensado?
-Ciertamente; pero no se por qué, pues no os conocía, ni sabía
lo que esa carta decía: fue una especie de capricho, o quizá un
presentimiento...
-¿Un presentimiento?
-Quizá, sin quererlo yo mismo, pensaba que esa carta nos pondría
en relación, y en que eso nos perjudicaría a ambos.
-No comprendo por qué, dijo Eva; pero esta vez, en lugar de
roja, se puso pálida.
-A vos por unas razones y a mi por otras. . . . pero tiempo nos
queda para saber si me he engañado o no.
-Pero cambiasteis al fin de modo de pensar, puesto que me
enviasteis la carta.
-Lo hice en un momento de extravío. . . casi de cólera; además,
creí que no viniendo a traerla yo mismo, la cosa se quedaría
ahí.
-¿Os pesa?
-No; pero me aturdo: no creo en la fatalidad; pero yo, enviando
la carta y vos haciendo que vuestro padre fuera a visitarme, la
hemos creado. Esto me da en qué pensar, pues de tiempo atrás los
hechos -siempre los hechos- me han estado diciendo: "no hay up
destino absoluto, pero si hay cierta especie de
|hado en los
afectos".
Eva no observé nada. Ella también se sentía inclinada hacia el
extranjero desde antes de conocerlo, pues su amiga le había
escrito: "No he podido verlo ni tratarlo, pero se que es
encantador. Lo llaman el
|irresistible. Mucho me gustaría
saber que se había enamorado de ti. . . ." He ahí por qué se sentía
contrariada cuando todos hablaban de él en la ciudad y se pasaban
días y días sin que se presentase en su casa, ni le enviase la
carta.
El señor de Rauzan se puso de pie y dijo:
-Espero de vuestra bondad, señorita, que os apresureis a
corregir todas las faltas que he cometido respecto de esa carta.
¿Y las que no pueda corregir?
-Esas las corregiré yo, si vos me lo permitís.
-Eso dependerá de vuestra conducta futura, dijo Eva y le sonrió
al caballero. Señor de Rauzan, esta casa es la vuestra.
El caballero se inclinó y salió.
Tal fue la primera entrevista de Hugo y de Eva, y aunque ambos
gustaban de la materia, ambos cortaron una conversación peligrosa,
que los conducía a donde ninguno de ellos quería ir. Pero si no
siguieron conversando, si siguió el uno pensando en la otra, y al
contrario. Eva tenía cerca de treinta años; y a semejanza de los
bellos días, que se hermosean más para terminar, estaba embellecida
con los rasgos de una hermosura enérgica.
El caballero de Rauzan tenía más de cuarenta años, y aunque
sabía inspirar pasiones locas y sabía estimar a las mujeres, no
parecía que amase a ninguna. Contrariado por la suerte en los
grandes afectos de su vida, su corazón era una urna de oro, pero
una urna fúnebre.
VI
El señor de Rauzan dejó pasar muchos días sin ir a la casa de
Eva, pero trató de verse con ella en un paseo público. Eva le dijo:
-Por el aturdimiento de nuestra conversación del otro día, o
porque no lo creí oportuno, olvidé pediros cierto informe. Tengo
que contestar a mi amiga mañana y deseo veros esta noche.
-¿Siempre la carta? dijo el señor de Rauzan sonriéndose
-Si... . tomaremos el té con mi padre. Os espero.
Eva estaba en el paseo con otras señoritas, pero no les presentó
a éstas al caballero por un impulso egoista. Fuese lo que fuese lo
que le reservase el porvenir respecto del señor de Rauzan -amistad,
amor o indiferencia- Eva quería tenerlo a su lado y no empujarlo
hacia el lado de ninguna otra persona, y menos hacia el lado de sus
amigas.
Al alejarse el caballero, dijo una de aquellas:
-¿Es éste el caballero que ha llegado últimamente a la ciudad?
Parece ser muy distinguido.
Otra observó:
-Y muy elegante
Y una tercera:
-Dicen que es muy rico y muy sabio.
Una cuarta, llamada Lais, no dijo nada, pero estuvo
contemplándolo hasta que lo perdió de vista. Luego despedazó una
flor que tenía en la mano, mas por un acto nervioso que voluntario.
Por la mente de la persona de que hablamaos, había cruzado una
idea, rápida como un rayo. Esa idea era hacerse amar de ese hombre
y dominarlo, triunfar de todas las beldades de la ciudad; y creía
poder hacerlo teniendo, como tenía, belleza, juventud, libertad y
dinero. Más, ¿al despedazar la flor había querido despedazarse a sí
misma, o había querido despedazar al señor de Rauzan?
|
¿Era un acto de impaciencia no mas?
El caballero fue puntual a la cita, y como el té se servía un
poco tarde en la casa de San Luz, Eva pudo hablar largo tiempo con
aquel.
-Oidme, señor de Rauzan, y juzgad por vos mismo de mi inquietud.
Hay en la ciudad de donde vos habeis venido últimamente, una
persona -la señorita de la carta- que está enamorada de un
caballero que le ha prometido casarse con ella. Ese caballero hace
años que desapareció de allí, y aunque le escribe con frecuencia y
mantiene viva su esperanza, no ha ido a cumplirle su palabra. La
señorita está ya desconfiada de su amante, pues han llegado rumores
de que se ha casado, y desea con ansia saber la verdad. Cuando
salisteis para acá me escribió diciéndome: "Va para vuestro país
el caballero don José Hugo de Rauzan, a quien no he podido ver. El
es compatriota de Luis (este es el nombre de su novio), tratad de
hablar con él y preguntadle lo que él sepa de aquel. Lo que el
señor de Rauzan os diga, no me lo oculteis ni me lo disfraceis. He
sufrido muchísimo y estoy resignada. Si el señor de Rauzan no
conoce a Luis, puede escribir a su país e informarse. Yo haré que
llegue a sus manos una carta de introducción para vos, mia o de
otra persona, y como él irá a visitaros, podeis hacerme el servicio
que os pido". Lo demás, continué Eva, lo sabeis vos. Mi amiga me ha
preguntado por todos los correos qué me habeis dicho, y yo le he
contestado que no os he visto. Como quiero mucho a mi amiga, me
intereso por su suerte, y he estado mortificada por vuestra
conducta.
-¿Cuál es el apellido de ese caballero?
-Rojas y Haro.
-No conozco a ese caballero; pero tengo modo de informarme, y
vos y vuestra amiga sereis servidas.
--Ojalá sea pronto!
-Pronto será, pues hay en *** personas que deben conocer a ese
caballero.
-Ahora lo comprendereis todo: el cariño que le tengo a mi amiga,
la lástima que me inspira su suerte y vuestra tardanza en enviarme
la carta, todo eso me hacía pensar en ella y en vos, hasta el punto
de enojarme. Cuando al fin llegó la carta a mi poder, me apresuré a
suplicarle a mi padre que fuese a veros . . . . no había otro medio
de ponerme al habla con vos; y si vos nos juzgabais mal a mi padre
y a mi en el primer momento, tiempo me quedaba para explicaros las
cosas. Lo importante era no dejar burlado el interés de mi
amiga.
-¿Por qué la carta de introducción de la señorita no vino
dirigida a vuestro padre?
-Es extraño que un hombre como vos me haga esa pregunta! ¿Cómo
habría podido una señorita escribirle a mi padre introduciendo en
su amistad a un caballero? Además, lo que ella quería era poneros a
vos en íntima relación conmigo, para averiguar lo que deseaba, y
ese no habría sido el medio. Escribiéndome a mi, yo tenía derecho
de esperar vuestra visita y de hacerme vuestra amiga. Lo demás
vendría naturalmente.
-Teneis razón. Vosotras las mujeres sabeis siempre escoger el
mejor camino para llegar a vuestro fin.
-Ahora no falta sino que busqueis las noticias que necesitamos,
y todo quedará terminado.
-¿Todo?
-Pues. . quiero decir que se habrá conseguido el objeto. Yo le
escribiré mañana a mi amiga que al fin os he visto y que por el
próximo correo sabrá lo que desea.
-¿Y después?
-Habré acabado de perdonaros vuestra falta de solicitud, máxime
cuando espero que ahora abundareis en ella por interés de mi amiga.
-Y por deseo de agradaros a vos.
-Es posible.
-Me habeis dicho que lo olvidaríais todo.
-Está olvidado.