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CUADRO IX
HISTORIA DE LA "PALOMA"

Se hallaba de visita en la tienda de la |Paloma Angelita, la hermosa criada de las mellizas, cuando llegó Bruna, a quien recibieron ambas con el mayor cariño, y la |Paloma le dijo, echándole un brazo por encima de los hombros:

-¡Qué milagro belleza de los páramos!

-Por venir a verla, dijo Bruna encendida como una grana.

-Muchas gracias. Y cómo, ¿usted no le ha cogido miedo a |Cucañas?

-Por eso he venido hoy a negocios de asegurarme; porque, como dice el dicho: de la casa sola se apoderan hasta las culebras del monte.

-¡Casorio! exclamó Angelita.

-Será que ya me conviene; y vengo con un empeño muy grande a donde la niña Carlota.

-¿Cuál será, negrita de mi alma?

-Que me sirva de madrina.

-No puedo; y lo siento infinito, porque usted sabe que yo la aprecio.

-¿Y cómo la desaira? dijo Angelita.

-A usted misma le consta que he dejado de oír misa y de rezar, y de ir a las iglesias desde que no soy |romanista. ¿Cómo quiere usted que sea la madrina?

-Pero dígame usted, ¿no han dejado de ser católicas muchas personas, y sin embargo, no siguen calentando los ladrillos de las iglesias?

-Yo no soy hipócrita, es cuanto le puedo decir.

Bruna se había puesto muy triste, y exclamó con voz adolorida.

-¡Cuándo yo pensara de la niña Carlota! ¡Ave María!

-¡ Ah! si usted supiera lo que debo a la sociedad no se admiraría de todos mis disparates. Un error sólo, un error capital es todo mío, que fue haber salido precipitadamente de la casa donde me criaron; y así me ha pesado!

-¿Y cuándo nos cuenta algo de su historia? dijo Angelita. Hoy tenemos libres tres horas, porque yo salí con licencia para ir a las Cuarenta Horas de Santa Bárbara, con Atanasia la cocinera, y me desprendí de ella con la condición de que al punto de la una nos encontraríamos en la plazuela de San Carlos.

-Pues entonces hagamos una. Yo tengo un manuscrito de mi vida, escrito por mi, y corregido y mejorado por un señor que me visitaba, y si ustedes gustan puedo leerlo.

-Con mucho gusto, dijo Angelita. Yo soy muy amiga de leer y de oír leer; y me parece que Bruna tendrá mucho gusto en oír leer si no está muy de prisa.

-Hoy no |truje carbón, dijo Bruna, y mi asunto está despachado con cajas destempladas. ¡Cuándo yo pensara de la niña Carlota!

-Y yo lo siento más que usted misma; pero ya le dije los motivos, y para que vea que deseo servirle, lleve camisones y unos zarcillos y tres sortijas, y vea en todo lo demás que yo le pueda servir para su casamiento, no siendo cosa de iglesia.

-Pues sí llevaré, ¡muchísimas gracias! Pero me voy a quedar con el sentimiento de que no sea mi madrina.

-Pero ya le digo que estoy pronta a servirle en todo lo que pueda.

Sacó la |Paloma de uno de sus baúles un manuscrito, y después de cerrar la puerta de la tienda, se recostó en el canapé y leyó lo siguiente:

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| MEMORIAS DE UNA EXPOSITA

Entiendo que nací en Bogotá, por un relicario de oro que siempre he traído conmigo, el cual tiene pintada una llave. Tiene por dentro un papelito que dice estas palabras: "Nació en Bogotá el 21 de mayo de 1847. Está bautizada y se llama Carlota. Su madre murió el día que nació. No tiene padre conocido".

Estas son todas las noticias que tengo de mi venida al mundo. Sabrán ahora mis lectores que yo me conocí en la casa de unas señoras Ireguis y Peñalozas. Estas eran dos hermanas, y tenían una especie de escuela de diez niñas externas y cuatro internas. La una de las señoras se llamaba Lugarda y la otra Redención. Eran muy buenas en su trato y en su gobierno. Desde muy temprano sentía yo una verdadera pasión en sobreponerme a todas mis condiscípulas; y un día que la señora Lugarda me dijo que yo no debía ser muy exigente, pues lo que era en la sociedad lo debía a la caridad cristiana, me puse de mal humor, y desde entonces la oscuridad de mi nacimiento no me dejaba vivir; y como no tenía la esperanza del cariño maternal, era la más desaplicada de todas. No obstante, yo iba aprendiendo a escribir y a coser regularmente, y no dejaba de saber algo de gramática francesa y castellana y un poco más de guitarra, porque le tenía grande afición a la música. El piano me gustaba muchísimo, pero no tocaba sino los domingos en casa de doña Pascuala Montes, la cual era una buena amiga de las señoras. No tenía amigas en la clase, por el contrario, miraba mal a las que me llevaban alguna ventaja conocida.

A proporción de mi cuerpo mi vanidad iba creciendo y mis deseos de ponerme maja. El espejo de cuerpo entero me había dicho todo lo que yo valía, y le consultaba en secreto hasta mi modo de andar. El testimonio del grande espejo estaba justificado con el dicho de algunos jóvenes, que al pasar por la ventana, en ocasiones que la casualidad me favorecía, me decían que era la más hermosa de todas las alumnas. De este número era un oficial que solía pasar, y que me regaló un clavel que conservo disecado en una cartera, éste es muy pequeño, de cinco hojitas y de color rosado.

En la casa de las señoras Ireguis no visitaban los hombres, y de consiguiente no había galantes, a pesar de que había riñas grandes, entre las cuales era yo la mayor de todas. Sin embargo, yo comenzaba a hacer el estudio del amor por medio de los libros, porque una de las externas me había proporcionado unas tantas novelas que parecían escogidas como para mi genio. Había una verdadera pasión en mi gusto por la lectura, tanto que ya me daba mis formas de eludir los preceptos del confesor, porque dos ocasiones me había prohibido dos de las novelas que más me gustaban. Delante de las señoras y de algunas otras personas no leía sino "El Sitio de la Rochela" y "Las Veladas de la Quinta", porque las señoras eran muy buenas cristianas. No tenía otro placer para mi alma que la lectura de mis novelas predilectas, y no me costaba trabajo comprender el plan y el objeto de cualquiera de ellas. Me apasionaba de algunos de sus personajes, lloraba las desgracias de las heroínas, y a las que habían sido dichosas les daba mil parabienes en el fondo de mi corazón. Ya no me escandalizaba ver que sin el requisito del matrimonio quisiesen algunas damas a sus amantes. Muchas veces me rebelaba contra la institución, cuando había que compadecer a una desgraciada como Matilde.

Para qué lo he de ocultar; yo me deleitaba en descubrir todos los misterios de voluptuosidad que el autor de una novela había dejado como velados con las flores más bellas del idioma, y que se entienden, aun cuando no se digan, y que al fin son las mismas cosas que el pueblo sabe y entiende, porque el fondo de los pasajes descritos eran los mismos que se oyen en los cuarteles o en las orgías, aunque el idioma era otro.

De todo esto había emanado que mi pensamiento estuviese iniciado en las materias del amor, antes que mi corazón lo hubiese sentido.

A la casa de las señoras no entraba con frecuencia sino un abogado, que me decía al descuido algunos galanteos de que yo me reía; pero en ocasiones me hablaba del piano y entonces le contestaba; porque yo era sumamente aficionada a la música de este instrumento.

Era blanco, muy gordo y bajo de cuerpo, y se conocía que era de alguna edad, aunque estaba muy retocado. Todas sus conversaciones eran de un hombre de bien, pero sus miradas eran de un verdadero tunante, y para esto que a mí no me quitaba la vista desde que entraba hasta que salía de la casa.

Entraba con mucha frecuencia el doctor a la casa de las señoras Ireguis porque les defendía un pleito, y además les tenía una pequeña cantidad a rédito; con respecto a él no tenían la menor descon fianza las directoras. Yo era la única que tenía fuertes motivos para no creer en el honrado doctor; sin embargo, no hacía caso de nada.

Se enfermó la señora que enseñaba a tocar guitarra, y en su lugar entró un joven pobre llamado Miguel Atuesta, y en sus ojos y en los míos se reflejaron, como por encanto, las miradas penetrantes que fijan dos criaturas con el misterio del amor.

Las imágenes recopiladas por un año entero con mis estudios se convirtieron en un volcán. Miguel me comprendió seguramente, y yo lo comprendí como por encanto. Quedamos mutuamente pagados.

Entraba todos los días a dar sus lecciones, y aunque no se podía hablar en la casa con la libertad que yo hubiera querido, la música nos prestaba su idioma, y nuestras miradas era un verdadero despacho telegráfico de nuestros corazones.

Miguel era de figura muy bella y de una modestia que venía a ser el resultado de su pobreza, porque era un joyero que no contaba sino con sus limas, tenazas y crisoles. El tiempo se pasaba en mira das y algunos suspiros, lo cual no estaba muy conforme con el estado de mi fantasía, en la cual pintaba con colores de fuego la colección de todos los cuadros más interesantes de mis novelas, volcán que yo misma había formado.

Una luz me vino a iluminar, porque yo no cesaba de buscar recursos intelectuales, como las heroínas de novelas que se han visto tiranizadas. El corazón oprimido inventa.

La huerta de la casa era muy grande y lindaba con otras varias, y había en ella manzanos y duraznos, que en parte la tenían oscurecida como un bosque; y se hallaba un rincón enteramente cubierto de matas de |chisgua. Di un paseo disimulado con un libro en la mano y destape un hueco de una pared que daba a otra de las huertas y adopté en la mente un modo de comunicarnos con Miguel, con mayor libertad que en la sala de la música. Se lo hice notar con cuatro letras en una esquelita, en que le contestaba otra muy corta de él: y en efecto, la apertura del hueco fue para nosotros tan importante, como la apertura del Istmo de Suez, porque todos los días nos comunicábamos con Miguel, quiero decir que nos apretábamos la mano y nos dábamos papelitos y flores, y recibíamos mutuamente los suspiros y las sonrisas, según se presentaban los asuntos.

Por esta especie de confesionario había conocido yo el carácter noble y franco de Miguel y la posición que ocupaba en la. sociedad. Era tímido y muy respetuoso con las señoras, según parecía. Tenía la virtud de amar a su madre, a la cual socorría con la mitad de sus ganancias, que eran las de un pobre artesano que no cuenta sino con el fruto de su trabajo. Era muy amigo de asistir a las funciones de las iglesias y no salía de noche a la calle por acompañar a su madre. Era partidario de la institución católica del santo matrimonio, pero su pobreza no lo dejaba pensar en esto. Era muy enemigo de las farsas que ejecutan los políticos para mejorar de posición a costa de la sangre de los pueblos.

Miguel me amaba con ardor, me había jurado mil veces su fe, pero de aquí no pasábamos. Las mismas conversaciones, los mismos suspiros y los mismos juramentos de palabra y por escrito: esto era lo que la ahojada nos podía conceder. Nuestros ojos brillaban encerrados en aquel trayecto como las chispas de una fragua; nuestras palabras se cruzaban como los rayos, y la efusión de nuestros corazones ardientes atravesaba el corto espacio con la velocidad del magnetismo. La efusión de nuestras almas transcurría como torrentes de fuego de parte a parte del túnel, y sin embargo, éstas no pasaban de la adición de nuevas promesas.

Me acordé un día del ósculo de la célebre Ursula de la Matilde, y al encontrar de por medio la pared hubiera querido que volase, como los parapetos de Argel. Me besé las yemas de los dedos y estiré mi brazo por la ahojada, y resultó que no alcanzó al otro lado. Sin embargo, puso en contacto sus dedos con los míos el pobre Miguel y luego los trasladó a sus labios, y comprendí que se quedó extasiado por algunos instantes. Fue menos desgraciado el retorno, porque el brazo de Miguel era más largo y pude recoger con mis propios labios el néctar delicado de los suyos. Esto era lo más que nos permitía la ahojada de la pared.

El doctor aumentaba sus cuidados conmigo. Ya me había facilitado dos paseos a caballo a Bosa y a la Fiscala en unión de las señoras, había prestado dinero para un traje de valor y había conseguido que me llevasen al Coliseo dos ocasiones. Era menos tímido que Miguel, y las frases que usaba conmigo eran mucho más adecuadas al estilo de mis novelas. Me habían oído hablar de los grandes deseos de tener piano en la casa, y al poco tiempo compró uno que dejó en la suya, pero que me tenía ofrecido lo pasaría a casa de las señoras para mi servicio. Esta oferta me tenía más contenta que la de una casa propia, lo confieso ahora que todo ha pasado. Era el gusto de sobreponerme a Eloísa y a Amalia lo que me encantaba, porque ellas tenían mejores trajes, y dos años antes me habían aventajado en unos exámenes privados.

¡Quién lo creyera! Los paseos al campo que el doctor me había facilitado, las chanzonetas amorosas de todos los días, la presencia, el tacto mismo, porque me acariciaba cuando le era dable, todo esto había labrado en mi corazón una especie de cariño que yo no comprendía. Ya no me parecía que tuviese cuarenta y cinco años el doctor y se me hacía mucho más gracioso que Miguel. Pero, lo confieso francamente, era la idea del piano la dominante en mi cabeza novelesca, y era la esperanza de abatir a mis amigas con el ruido de toda la cuadra, lo que me tenía desconcertada, era la venganza, era la vanidad, era el amor propio; y el piano y el doctor eran dos ideas que vivían juntas en mi pensamiento.

Se habían disminuido mis paseos a la huerta, y los ecos de la ahojada no resonaban ya tan dulcemente en mi corazón. ¡Pobre Miguel! El me daba sus quejas, pero yo me disculpaba con los caprichos de las señoras. ¿Pero qué motivos había para un cambio como aquél'? Que Miguel era pobre, nada más, porque sus cualidades físicas y morales eran todas las mismas. Miguen no disponía de rentas, no disponía de los brazos ajenos, lo que conseguía en la semana para su manutención y la de su madre, era lo que le producía el trabajo de sus manos. Esta virtud de los artesanos nunca será bien apreciada de los gobiernos ni de la sociedad.

Mientras que las cosas andaban de esta manera, sucedió una novedad en la casa, que decidió de mi suerte para toda mi vida. Estaba sólo el doctor leyendo en la sala |El Porvenir, sentado en uno de los canapés, y al pasar yo por allí cerca me tomó de la mano y me sentó en sus rodillas, para que le escuchase un secreto en el oído. La señora Redención, que estaba invisible para nosotros en el cuarto inmediato, vio en el espejo el exceso de familiaridad con que me había tratado el doctor, y sin atender a la respetabilidad de su persona, le echó unas pestes de lo más claro y enérgico que se puede dar. Yo salí con mucha vergüenza y alcancé a oír desde el cuarto inmediato el fin de la reyerta.

El doctor se molestó y les hizo entender a las dos señoras que era una torpeza no sospechar algún interés particular en el hombre que hace mandados, que presta dinero, y da paseos cuando hay una o más muchachas bonitas en la casa. Después de esto tomó su sombrero y el portante para no volver a la casa.

Claro es que las señoras no quedaron muy contentas conmigo. Yo vivía molesta a todas horas del día. Había amor en mi desgarrado corazón, y no era ya Miguel el que lo hacía palpitar. El doctor y el piano eran para mi una sola idea, pero idea que me estaba quitando toda mi tranquilidad, y no diré mi dicha, porque esa jamás la tuve. Me habían privado la ventana y la puerta y me hallaba extraordinariamente vigilada y atormentada.

La salida de la casa me era difícil porque yo no tenía amigas ni parientes a donde ir a parar, y en este conflicto cualquier protector me hubiera consolado.

A los quince días de esta clase de vida, tocó una mujer a la puerta, ofreciendo unas flores de mano, un poco después de las seis de la noche. Yo, que había salido a la curiosidad, hallé que era una mensajera que llevaba para mí una esquelita. Allí mismo leí el papel, que decía:

"Mi querida Carlota:

"No puedo pasar más tiempo sin verla. Creo que la atormentan por haber escuchado un secreto de mis labios. Véngase a mi casa que aquí permanecerá oculta, mientras que nos podamos unir de una manera definitiva.

"La mujer portadora le servirá de guía".

Me quedé inmóvil como una estatua. Yo no tenía más antecedentes del doctor, sino que me quería. La mujer me exigió la contestación en el acto, y le pedí dos minutos para pensar sobre aquel asunto tan delicado. Se me oscurecía la vista y el corazón me sonaba como la péndula de un reloj. Yo no podía vivir en una casa donde me avergonzaba y se me ofrecía otra que no conocía. El doctor me había jurado que me amaba, y esto me daba mucho consuelo. Al fin puse término a todas las reflexiones con esta resolución que expresé temerariamente delante de la mujer: "Me botaron a esta casa y yo ahora me boto afuera". Seguí a la mujer; y caminando en silencio y con mucha precaución, al fin llegué a la casa del doctor.

Fui recibida con los brazos abiertos, y así llegué hasta el último canapé de la sala. Yo amaba al doctor y no podía menos que corresponder a las manifestaciones de su cariño.

Pasaba por una peripecia de las más raras en la vida de una mujer. Era inmensa la diferencia que había de la casa de dos señoras, a la casa de un hombre sólo. Era el salto del abismo que separa el pudor de una vida recogida y de una vida mundana; pero que remedio, el paso estaba dado, y lo que me tocaba era cerrar los ojos.

Vi el piano y di un registro y lo hallé excelente. Toqué en seguida una pieza, en boga en esos días; me asomé al patio y a los corredores con una vela en la mano, y la casa me pareció un poco triste. Me llamaron la curiosidad los gritos de muchas ranas que sonaban como campanitas, y me acerqué a una poceta que me hizo estremecer de espanto. La yerba, los musgos y unas tazas de flores, que tienen la triste apariencia de las plantas que se crían entre las piedras de las quebradas, me causaron tristeza. No había en toda la casa sino la criada que me había acompañado, y yo tuve el buen pensamiento de ahogar entre las armonías ruidosas del piano todo aquél silencio que me había causado algunos momentos de pena.

Al día siguiente el doctor me dejó sola en poder de la criada, y con orden de no asomarme a la ventana, ni de tocar el piano, para que no comprendiese la gente de la cuadra que había una vecina nueva; porque en Bogotá, me dijo, hay todavía sanción moral en cuanto a los matrimonios civiles.

Luego que me quedé sola me propuse dar un paseo en toda la casa. No era mala, pero estaba muy abandonada. El patio estaba lleno de yerbas, y la poceta, en la cual se renovaba un delgado arroyo de agua, me causó nuevamente tal espanto, que me pareció un triste presagio.

Había en el patio varias plantas descuidadas, a las cuales ofrecí mi débil protección. La cocina me pareció falta de orden, y comprendí que la cocinera se había molestado con mi presencia; ya se ve, la cocinera de un hombre sólo es soberana y dispone de todo, según su libre albedrío. ¿Cómo iba a estar contenta Lucrecia, que así se llamaba, de ver invadidos sus propios dominios por una intervención extranjera?

Entré a una huerta pequeña, en donde las plantas parecía que clamaban por una mano como la mía. Puse dos adobes y me asomé a un cuarto por una ventana pequeña a donde vi ataúdes, candeleros de iglesia y paños negros de los que usan en los entierros. Aquello me causó más susto que la poceta, y habiendo interrogado a la cocinera o ama de llaves sobre esto, me contestó que apenas hacia dos meses que gobernaba la casa, pero que le parecía que aquellos eran trastos de una iglesia que estaban allí depositados.

Entré luego a la sala, y la idea de ver el piano y no poderlo tocar, y la oscuridad sempiterna de mi familia me hizo llorar. Me trasladé al cuarto de¡ doctor por distraerme de la nube de pensamientos horribles que me asaltaban. Me acerqué a los estantes de libros, me dirigí a los más pequeños y de mejores pastas, y me quedé admirada al ver allí colocados en el mismo orden que yo los había obtenido las mismas novelas que la externa me había conseguido. Aquello me dio mucho en qué pensar.

Todo me tenía confundida, y para colmo de tristeza, di con un libro de que había oído hablar, y que me llamaba la atención por estar prohibido. Los escrúpulos de mi conciencia se habían acaba do, porque a la verdad mi posición no era ya de tener mucho cuidado por la religión. La salida de la casa de las señoras Ireguis era un paso atrevido que no sabía yo a dónde me llevaría. Cogí el primer tomo de Las Ruinas de Palmira, y leí con avidez unas cuantas páginas.

Tocaron a la puerta y salió la criada a ver quién era. Pronto volvió a traerme una carta. El sobre escrito tenía la letra de Miguel, y la abrí con una emoción que yo misma no comprendía. Leí con verdadero dolor:

"Señorita Carlota:

"Desde que usted no quiso volverme a ver me propuse conocer los motivos que usted hubiera tenido para tanta crueldad. Hoy sé todo lo sucedido, y no comprendo cómo he podido resistir al dolor de verme pospuesto a ese señor; y sólo en mi pobreza encuentro la causa de mi desgracia. Yo marcho mañana en un batallón con el grado de Alférez, dejando a mi madre la mitad de mis sueldos, porque yo no podría vivir en donde vive usted, a la que no olvidaré nunca, y a la que creo que algún día le seré útil.

"Su desgraciado amante,

MIGUEL".

Aquella carta tan sencilla y tierna me llegó al corazón, y la iba a leer por la segunda vez, cuando la criada me entregó otra que decía:

"Señora Carlota:

"Después de saludar a usted por su nuevo estado, paso a decirle que si usted no sale de esa casa dentro de tres días le daré a usted cincuenta palos, y fuera de eso haré un alboroto tan grande, que le haré dar vergüenza, sin embargo de que parece que la tiene muy perdida. "Su más acérrima enemiga,

ANTONIA ESPELETA".

La carta se me cayó de las manos. Me quedé sin sentido en el canapé, y allí se me presentó el doctor al volver de mi desmayo. Le di a leer la carta y le hablé de la necesidad que yo tenía de separarme de su lado. A todo me dio por explicaciones la existencia de un artesano joven en la misma cuadra, muy amigo de Miguel, y me aseguró que con hacerlo echar al ejército, quedaría concluido el asunto de las cartas, que no tendrían otro objeto que vengar a Miguel por lo sucedido.

No quedé muy satisfecha con estas razones, y comencé a ponerme recelosa y sobre todo muy triste; y en los días posteriores fui conociendo el carácter doble de mi protector. No era tal hombre honrado, porque me recomendaba la lectura de los libros obscenos y anticristianos. No era hombre de conciencia, porque yo reparaba que les estaba haciendo escritos a dos de sus clientes, en un mismo pleito.

Pero, ¿quién era ese doctor tan buenecito? dijo Angelita interrumpiendo la lectura. Lo conociera yo.

-Sí, señora, me parece que sí lo conoce.

-¿Bruna también?

-Más que usted. Este buen hombre era el doctor Cucañas.

-Con razón que usted metiera su brazo para no dejarle a la paramera.

-Y habría usado hasta del puñal y el veneno para no dejarla en su poder.

-Ahora comprendo todo esa trama, dijo Angelita. Pero siga la lectura del cuaderno que me está pareciendo bonito.

-Ese pícaro había de ser, exclamó Bruna, y Carlota continuó la lectura.

"Pocos días después, entraron al patio tres mujeres, y llegaron hasta la poceta en donde yo estaba componiendo unas matas de primavera, y una de ellas, joven y no mal parecida, pero de mirada hostil y muy penetrante, me dijo:

-Vengo a cumplirte la oferta, porque yo soy enteramente puntual para todos mis quedados.

-Ignoro lo que sea, le dije con un poco de calma, porque yo no tengo el honor de conocerla.

-¿No? Yo soy Antonia Espeleta, la de la carta.

-¿Y qué es lo que usted pretende?

-Darle cincuenta a usted, para que se aparte de esta casa, en donde no le pertenece vivir, ya que usted tiene el descaro que es necesario para vivir así. Porque en ese caso yo sería la que tendría más derecho; pero como yo soy una mujer que tengo delicadeza, aunque me pesa el decirlo, quiero cumplirle lo que le tengo ofrecido.

Y, diciendo esto, sacaron las tres mujeres tres instrumentos de vapulación, de que iban provistas, y la una me cogió de las manos.

La criada se había ido a la plaza, así es que el asalto me cogió sola, y tampoco me atreví a gritar, porque esto era llamar la atención de todas las vecindades. Me arrodillé, puse las manos en señal de humildad y le supliqué a la más joven de las vapuleadoras, que me perdonase si la había ofendido.

-Yo no quiero sino que usted se largue de esta casa, me contestó con la ira de una mujer ofendida, pero antes de todo recibirá usted los cincuenta para que se acuerde toda su vida... ¿O quiere usted más bien que yo la lave aquí en la poceta?

-Más bien, mi señora, le dije temblando.

En el acto me metieron las mujeres en la poceta, en la cual estaba el agua, como de una vara de altura; y comenzaron la obra de lavarme, como se lava un caballo. No me era posible hablar, oír, ni mucho menos ver, porque todo me lo estorbaba el agua que caía sobre mi cabeza en forma de un torrente continuado. En ocasiones tragaba las bocanadas de agua y casi me ahogaba al querer pronunciar un acento de súplica, poniéndome de rodillas delante de aquellos demonios, en la forma engañosa de mujeres.

Más de un cuarto de hora llevaba yo de martirio, y el que sepa lo fría que es el agua de Bogotá, puede contemplar cómo estaría yo de helada, cuando suspendieron por unos minutos la obra de echar agua sobre mi cabeza, para dirigirme palabras que me causaron más impresión. ¡Oh! ¡qué mujer tan infame!

-¿Me ofrece usted, me dijo, en resumidas cuentas, largarse a los infiernos y no volver a vivir en esta casa?

-Sí, mi señorita, la dije balbuciente y trémula.

-Pues si dentro de tres días la encuentro aquí, entonces será una pena más digna de los celos de una mujer justamente indignada. Vamos, agua con ella para que se acuerde de mí toda su vida; y vea otro día cómo es que una mujer se compromete sin saber en lo que para.

Me siguieron echando agua las tres mujeres hasta que me dejaron helada, amoratada.

La criada de la casa se apareció por mi fortuna y me sacó de la poceta, y después que me mudó la ropa, me hizo tomar una taza de caldo caliente.

Cuando vino el doctor a comer, a las dos y media de la tarde, me encontró en la cama, y toda la relación de la escena la obtuvo de la cocinera, porque yo me resistí a hablar una sola palabra. Se puso muy afanado, y maldijo la intolerancia, la crueldad, la audacia sobre todo de esa mujer infame, y me protestó que aquello no volvería a suceder, porque él tomaría todas las medidas del caso.

Dos días se pasaron sin que me levantase de la cama, ni quisiese admitir ninguna clase de consuelo de un hipócrita que me estaba causando tantas desgracias. Le dije que me saldría de su casa y me contestó con la ferocidad de un inquisidor, que yo no saldría de su poder sino con la muerte, porque había tomado todas sus medidas para retenerme por bien o por mal. De ahí para adelante no hacía sino pensar en el modo de salir de aquella casa infernal. Para ver si lo podía lograr me hice muy amable y manifesté que estaba contenta. Yo no había sido hipócrita nunca; pero la posición en que me hallaba, me obligaba a mirar por mi propia seguridad. Al verme contenta el doctor, me colmó de magníficos regalos. Me dio una sortija de diamantes y unos zarcillos de esmeraldas y varias sortijas de oro; me dio seis tomos de novelas, muy bien empastadas algunas de ellas y con láminas, y me habló de nuestro matrimonio al decidirse un pleito que le reportaría grandes utilidades.

Hacía más de quince días que no se reunían en la casa seis o siete amigos del doctor, que iban a divertirse hasta la madrugada, jugando al dado, según decía él, porque yo nos los vi sino una sola noche por la rendija de una puerta pero no me pareció que estaban divertidos: no parecía sino que se hallaban en la cama del martirio. No había uno sólo que se riese, y el aspecto de todos era enteramente lúgubre. Había noches que volvía el doctor de la calle a las tres de la mañana, y como la criada dormía en un cuarto del segundo patio, yo me contemplaba sola en la casa.

Una noche estaba leyendo en la sala, sentada en un canapé, cuando se me presentó mi rival vestida de negro y llevando una linterna sorda en la mano. Se puso el índice sobre los labios al llegar a mi asiento, y en seguida dijo estas palabras:

-Si usted no quiere perecer, sígame sin llamar a nadie. La casa está sola, la criada está encerrada en su cuarto. Sígame usted sin hablar palabra.

Seguí a mi perseguidora, con la misma obediencia de que usa el sentenciado para con el verdugo que lo lleva al patíbulo. El viaje no pasó del cuarto oscuro de los estantes y los paños mortuorios. Tira ron las tres mujeres un ataúd a la mitad del cuarto, lo rodearon de candeleros con luces, me envolvieron en un paño negro chorreado de gotas de cera blanca; y en seguida me metieron en un cajón, y luego pusieron la tapa al ataúd dejándole un intersticio por cerca de mi frente por donde veía luces y respiraba. Oí que clavaban la tapa y no supe más de lo que pasó.

Cuando volví en mí, di con desesperación un grito que si fue oído por alguna persona, sería únicamente por la criada que estaba encerrada. Esperé y no oí sino las campanadas del reloj de la Catedral que tocaban las doce y el ruido de los ratones. Estaba tan atemorizada como era natural; pero reflexioné que mi vida no corría riesgo, porque pronto vendría el doctor y me sacaría de allí, por eso no insistí en gritar para que me salvasen. Mi angustia era terrible. Yo pasaba por todo el drama de la muerte, y en este horrible conflicto se me venían a la imaginación ideas muy diferentes. Me pesaba en el alma mi salida brusca de la casa de las señoras Ireguis; me pesaba el comportamiento inicuo e infame que había usado para con Miguel; me pesaba el haberme entregado por estilo de novela a un hombre desconocido; pero no levantaba mi corazón a Dios. Yo no tenía ya las mismas ideas religiosas, porque mis lecturas y mi emancipación me habían separado de la fe católica. Mi situación era espantosa. Me parecía que me ahogaba en el ataúd envuelta en los paños negros.

Había leído algunas de las venganzas que usaba la muy afamada Trinidad Forero, de esta misma ciudad, y me horrorizaba de pensar que mi perseguidora la quisiera imitar.

Sería la una de la mañana cuando sonaron en el corredor los pasos del señor doctor |Cucañas. Me llamó y me buscó en las piezas consecutivas de la sala, y luego, por el reflejo de las luces seguramente, fue a dar al cuarto de la muerte. Los candeleros y el ataúd le dieron el mejor indicio. Sentí que derribaban unas piedras y luego que desclavaba la tabla o tapa que me cubría. Yo me había propuesto guardar la actitud de una persona muerta; y cuando el doctor alzó la tabla que me cubría, oí que exclamó:

-¡La han asesinado!

Se siguió un grande ruido a la exclamación, porque el doctor cayó de espaldas encima de unos candeleros plateados. Me paré, y persuadida de que estaba privado, pasé a la sala alumbrándome con uno de los mismos candeleros de mis exequias, y tomé un pañolón cualquiera y el atado de los libros y joyas, me apoderé de la llave que estaba sobre la mesa y salí a la calle y caminé aprisa y sin detenerme hasta llegar a la primera esquina. Allí me detuve a pensar en lo que haría.

A los dos minutos sentí pasos, y en seguida vi que era un oficial, que iba a cruzar allegado a la esquina contraria, y lo llamé:

-¡Caballero!

-Mandé usted, me contestó, y se me acercó al momento.

-¿Me quiere usted hacer un favor?

-Con mucho gusto, señorita.

-¿Me quiere usted llevar a su casa?

-Si, señora, ¿por qué no?

-Y debe ser en el momento, antes que vaya a ser perseguida.

Me tomó del brazo el oficial y nos pusimos en camino.

-¿Y por qué casualidad está la señorita Carlota a estas horas en la calle?

-¿Me conoce usted?

-Desde luego. ¿Y usted no conoce al oficial que le regaló un clavel en su ventana?

-No lo había conocido. La sorpresa, los horrores de un ataúd en que he pasado gran parte de la noche, mis desgracias, que son infinitas, me disculparán para con usted de no haberlo conocido.

-Vea en lo que pueda yo servirla, dijo el oficial, yo soy el comandante Castro, oficial de uno de los batallones de la República.

-Mil gracias. Por ahora le suplico me dé usted posada, y después que me salve de la tiranía de ese monstruo que llaman |Cucañas.

-Cuente usted con mi brazo, señorita, y con toda mi protección.

En seguida le hice un bosquejo al oficial de la historia de mis padecimientos, y cuando golpeó en la puerta de su casa estaba yo un poco animada.

Abrió la puerta un soldado; y cuando estuve en el corredor, divisé unos hombres en los otros corredores, porque había un pequeño farol en una esquina. Entré al cuarto del comandante Castro, que estaba adornado con un catre, dos baúles y un canapé, y en este último me senté agobiada por el peso de los contrastes que habían pasado por mí en menos de siete horas.

Castro era fino, obsequioso y atento; y sus ofertas me llegaban al alma. Pronto llegó a la puerta el asistente y con tono enfático nos dijo:

-La cena está en la mesa.

-¿Gusta usted que vamos a cenar, señorita Carlota? me dijo con un género de cortesía inimitable.

-Mil gracias, le contesté. Nada apetezco, sino un poco de reposo.

Con el comandante vivía otro oficial llamado Noriega, y un estudiante, Teófilo de la Tuesta, los cuales se pusieron en la mesa, en la que duraron menos de una hora, pero estuvieron contentos, según las voces que me llegaban. Castro me llevó vino y unos bizcochos, y me hizo tomar algo con sus ruegos y su finura. Castro era de fisonomía delicada y de una locución blanda, dulce y caballerosa, brillando en él todas las gracias de la juventud, pues su edad no pasaría de veinticinco años, resaltando su juventud con el aire siempre imponente de los trajes de la milicia. Castro vino a ser el salvador llamado por la suerte, ¿cómo no había yo de amarlo, cuando no tenía a quien volver los ojos? Lo amé con delirio y pocos días después comparaba el cambio de los calabozos de |Cucañas con aquella casita nueva. Todo era placer y encanto. El estudiante y el alférez eran de genio festivo, y Matilde, protegida del alférez por circunstancias muy parecidas a las mías, era linda, jocosa y amable.

Los oficiales salían temprano a la calle. El estudiante se levantaba a las siete, y Matilde y yo nos levantábamos a las ocho. El oficio que teníamos era leer novelas, jugar naipes y tocar guitarra; retozábamos y corríamos por los corredores y nos prendíamos a la ventana.

El desayuno era de las ocho a las nueve, el almuerzo a las cuatro, y la comida a las nueve o diez de la noche, y nos acostábamos a las dos o tres de la mañana, después de asistir a uno que otro baile de gente de mucha confianza. Nuestra vida era de princesas, y sobre todo de muy ricas, si es cierto que comer tarde es señal de riqueza, porque nosotras comíamos más tarde que todos los ricos.

A los ocho días de estar en la casita me dijo el asistente del Alférez, que le había dicho el ama de llaves del doctor |Cucañas, que su amo había estado privado por más de dos horas, a causa del porrazo que había sufrido. También supe que estaban impuestas las señoras de todas mis aventuras y que me tenían mucha lástima.

Parecía que nada era capaz de turbar mi dicha, cuando vinieron los oficiales una noche con la novedad de que saldría su batallón al día siguiente, y éste fue un golpe de rayo para mí. No dormí en toda la noche pensando en la pérdida de mi único amparo en el mundo; y cuando fue tiempo de la última despedida, lloré, grité y hablé mil disparates, tal vez porque la fuerza de mi dolor me tenía confundida.

Maldito sea el derecho de insurrección de que gozan los pueblos para alzarse contra los presidentes o los gobiernos que no le gustan, dije a grito entero, pensando en la suerte de mi protector. ¿Cuál de los revolucionarios sería capaz de recompensar sus pérdidas a las viudas, los huérfanos y los amigos? ¡Oh, Castro, Castro! ¿Quién recogerá tu cadáver de los campos de batalla?

Mucho debo al estudiante, quien tomó a su cargo el trabajo de consolarme con su retórica estudiada y con sus cuidados que fueron muchos; y no sé que hubiera sido de mí, si él no se hubiera hecho cargo de pagar la casa y la comida con el producto de sus libros y de su reloj que vendió por la mitad de lo que valía; pero se llegó el otro mes, y como no tuvo con qué pagar adelantado, nos botaron a la calle. Para colmo de males, la criada se ocultó en la ciudad, llevándose mi ropa y parte de mis fincas de oro y el estudiante tuvo que irse para su tierra, porque su padre lo llamó, conocedor de la vida que llevaba.

Yo salí con lo encapillado a buscar dónde meterme, y no hallé sino esta tienda en que escribo mis memorias, de la cual iba a salir la arrendataria para entrar a una casa, y pagado el mes adelantado, contraté a puerta cerrada los muebles con la saliente. Tiene mi habitación un cuarto grande con puerta a la calle, lo que aquí se llama tienda; una pieza colateral con una pequeña ventana, que yo he dividido en dos, que sirven, la una de alcoba y la otra de sala de recibo.

Barrí las paredes de infinidad de láminas que las cubrían, entre las cuales encontré algunos santos y algunos presidentes de la Nueva Granada. En lugar de Pío IX, puse el retrato de Garibaldi, y en lugar de los santos, puse cuatro láminas de dioses, entre las cuales sobresale la de los deleites, sonriendo a los amores que la observan. Es tomada de un libro que corre en manos de las señoras; y en cuanto a las otras diosas, nada me pudieran censurar los padres de familia que tienen pinturas de esta clase. La tienda principal es hoy patio, cocina, huerta, y departamento de la plancha. Una jaula con dos toches y otra con tres periquitos, componen el mayor adorno de mi patio, embellecido con algunas flores.

Se ha visto de que manera fui descendiendo hasta llegar a la perfecta soberanía de mi persona. Yo, la única habitadora de la tienda, era dueño absoluto de mi voluntad. No obstante, salía poco a la calle, y para no malbaratar el tiempo por entero, emprendí el oficio de aplanchadora. Por la noche tocaba guitarra, o leía, cuando no tenía gente en mi cuarto de recibo, no visitaba a nadie, ni tenía amigas entre las vecinas. Angela Salabarrieta y Bruna Rodríguez, la que me vendía el carbón, eran las únicas que yo trataba con intimidad y confianza. Yo tenía fama de buena moza, y aunque tuve desde la infancia grande pasión en sobresalir y hacerme visible, ahora estaba sintiendo que la clase a que pertenecía no era la propia para lucirme por la separación tan visible y natural que se hace en esta ciudad de las mujeres de mi clase, pues ni aún los mismos que nos visitan se atreven a saludarnos en donde los vea la gente. No me gustaba exhibirme con lujo en los parajes más públicos, no me gustaban los bailes a que me convidaban y no me gustaba hacer ruido; en una palabra, ni la libertad, ni los placeres de que gozaba habían extinguido la voz secreta de mi corazón, que me recordaba mi salida imprudente de la casa de las señoras Ireguis.

Mi madre se me había aparecido en los sueños que agitaban mi fantasía y yo me había despertado pidiendo perdón por mis extravíos. No era dichosa en la última peripecia de mi vida.

El oficio que tenía no me dejaba sino dolores muy acervos en las espaldas y poca ganancia, porque el comerciante que me daba su ropa era un miserable de la plana mayor; pero yo no quería dejar el oficio por tener una ocupación cualquiera. Los martes, antes de amanecer, me iba al Boquerón a lavar, y allí me pasaba el día hasta entrar ya oscuro a la ciudad con mi tercio de ropa, y cuando me quedaba que hacer, dejaba la ropa en poder de una mujer sumamente pobre que vivía en un ranchito. Mi fiambre para el almuerzo y la comida era pan, queso y alfandoque; y en algunos ratos que me sobraban leía en algún libro que llevaba. Esos paseos al Boquerón,, lo confieso, eran los mejores días de mi vida. La corriente de las aguas cristalinas, la vista de Guadalupe y Monserrate, los dos cerros que dominan la capital con sus piedras desnudas y sus miserables matorrales, todo esto me sugería bellezas melancólicas que comparaba con las descripciones de mis novelas. Pero este desahogo semanal me lo quitó mi fatal estrella, con haberse presentado a bañar por dos semanas seguidas, la que me hizo las exequias en el cuarto oscuro del doctor |Cucañas; y aunque ella no me conoció, aborrecí el paseo del Boquerón, y me volví nunca.

A poco tiempo tuve la desgracia de ser apaleada por un cobarde que abusó de sus fuerzas tratándome como a una bestia. Quince días duré en la cama de la paliza.

Apenas estaba repuesta cuando se corrió en las tiendas de la cuadra la fatal noticia de que nos iban a echar los gobernantes a los llanos de San Martín, para dar un ejemplo de moralización. Es muy difícil que el lector se figure las imprecaciones que todas las tenderas le dirigían al gobierno tiránico de los conservadores. La rabia y el espanto se veían pintados en el bello rostro de todas mis vecinas. Yo me eché a la cama y lloraba con desesperación.

Lo último que me faltaba, era descender al dominio de los tigres, de los caimanes y de los indios bravos.

En medio de mi desesperación adopté la resolución de huir de Bogotá. Pagué dos meses adelantados de la tienda, dejé en la casa de un albañil, amigo mío, mis muebles y animalitos, y reuniendo todos mis ahorros me dirigí a Ubaté. Allí me presenté como una mujer desgraciada que había quedado viuda.

Fui recibida en una casa de asistencia. La virtud de la familia, las prácticas religiosas, y ese perfume que esparce la inocencia y el pudor eran para mí el mayor tormento. No sabía obedecer ni ser humilde, y pronto tuve que abandonar la casa y el pueblo.

Me encaminé entonces a una pequeña población vecina, y fui recibida en casa del cura, anciano que vivía con su hermana y dos sobrinas. Pensé hacer supremos esfuerzos para disimular y mentir; más los remordimientos despedazaban mi alma, y mis faltas se levantaban ante mi conciencia como fantasmas aterradores. Las campanas del templo sonaban a mis oídos como golpes dados en mi conciencia, que al perder los sentimientos religiosos había perdido los perfumes de la virtud. Las voces de los feligreses reunidos al pie del altar me parecían las voces acusadoras ante el tribunal de Dios. La imagen de la Virgen, con su mirada dulce y melancólica, me causaba espanto; yo la había llamado madre en mi niñez, y ya no sabía las oraciones que me enseñaron ni tenía ninguna esperanza ni ninguna creencia. Perdida la religión me dejé resbalar por una pendiente que me había conducido a un abismo; en él todo lo que me rodea me causa horror, y lo que el mundo llama placer, es sólo el lujo del vicio que degrada y hastía.

Un día el señor cura me dijo que debía prepararme para confesarme, y al día siguiente principiaron en la iglesia una serie de prácticas religiosas que llamaban ejercicios espirituales.

La voz solemne y cariñosa del cura me aterraba, vi hacer mi retrato moral en una de las pláticas, y tal vez se hubiera efectuado mi conversión, si en aquel momento el ruido de una banda de cornetas y tambores no hubiera ahogado la voz del cura y suspendido el llanto que a torrentes brotaba de los ojos de todos los feligreses.

Un oficial se presentó a la puerta del templo y pronto una partida de soldados entró en él. Fueron reclutados todos los hombres capaces de llevar las armas, y el señor cura fue arrestado en la sacristía. Nos hicieron salir a todas las mujeres, y la casa de oración se convirtió en cuartel.

Tres días permanecieron allí las fuerzas liberales. Yo veía en esos soldados a mis libertadores, ellos iban a destruir el gobierno de los tiranos que me habían arrojado a la ventura, amenazándome col un castigo atroz. Tomé el oficio de vivandera y me enrolé en la fuerzas revolucionarias.

De vivandera de aquella fuerza salí de aquel pueblo donde pude encontrar la felicidad. Marchamos hacia el Oriente, y a pocos días llegaron sobre nosotros tropas enemigas. No era posible huir porque todos los caminos estaban cerrados, y el jefe se dispuso a pelear. Yo me retiré a la casa de unos campesinos que me recibieron como si fuese una persona de su familia. El combate principió a las ocho, y a las nueve ya las fuerzas liberales estaban derrotadas. Quedaron unos veinte muertos, bastantes heridos y los demás prisioneros, que se los llevaron para Tunja. El combate me había producido profunda impresión, y al día siguiente emprendí camino para Bogotá,

Volví a la ciudad de mis desdichas y ocupé la misma tienda donde mi vida había corrido como la de un manantial ensuciado por el fango. De aquí me sacarán para el cementerio entre el desprecio de los hombres, y sin que una mano amiga venga a cerrar mis ojos por la última vez. Esa será la última página de mi historia.

Angelita y Bruna lloraban al oír las últimas palabras del manuscrito de |La Paloma, y levantándose entrambas abrazaron a la desgraciada amiga y se despidieron de ella entre suspiros y sollozos.

El lector se preguntará qué objeto he tenido en recoger esta relación histórica de una mujer que se dejó arrastrar por la pendiente del vicio, y confieso que antes de ponerle punto final a este cuadro copiado, como los otros, del natural, debo hacer algunas reflexiones.

El abandono de los hijos es camino seguro para su perdición. La madre que deja a su hija a merced de la suerte, pone en su frente el sello ignominioso de la prostitución.

Inútil es la instrucción de una joven si no se le educa en el santo temor de Dios, si no se combaten sus malos instintos y no se pone cuidadosamente el muro religioso entre sus pasiones y su deber.

Las novelas perversas despiertan en el alma de las jóvenes pasiones y deseos desconocidos. La imaginación se prenda de los héroes de la novela, y la fantasía quiere imitarlos, se bebe el veneno en esos libros sin apercibirse de él y luego se va adonde fue la infeliz Carlota. Gran cuidado deben tener los padres con los libros que ponen en manos de sus hijas.

Ojalá esta historia sirva de saludable enseñanza.

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