CUADRO VIII
LAS FRUTAS FÓSILES
Desde la famosa cacería de los sabaneros, don Jorge se había
quedado con los deseos de subir a los picachos que dividen al
oriente de Bogotá las aguas que corren al Meta, uniéndose al
Rioblanco, de los que corren por Sopó y por el Boquerón de San
Francisco a unirse con el Funza, que después de recorrer la sabana,
se hunde por el salto de Tequendama, descendiendo
perpendicularmente de más de doscientas varas de altura, y desde
allí va a juntarse en Girardot con el manso Magdalena. El tiempo
estaba bueno, y se aprontó con dulces, pan francés y carne del
norte, que compró en la "Rosa Blanca".
No pudo Amílcar acompañar a su amigo hasta el páramo, pero lo
fue a llevar hasta la casa del Boquerón, donde vivía la señora
Marcelina.
Por el camino le dijo don Jorge a su amigo:
-No dejo de comprender alguna cosa acerca de las formaciones de
nuestro globo, por la colocación de las rocas; pero el corazón de
Blanca, que es un mundo mucho más interesante para mí, ese no lo
comprendo.
-Hablando de las mellizas, diré que la edad de su aparecimiento
sobre las aguas fue el día de la posada del Boquerón, en casa de la
señora Marcelina. Hasta entonces no habían salido del caos del
indiferentismo. Hoy adivino que las mellizas aman, y que no aman a
ninguno de sus antiguos visitadores. Y sin embargo, es para mí el
corazón de Blanca un secreto, como lo es el centro de la tierra. Yo
he oído los suspiros de Blanca, como esos sonidos de los volcanes
que nos hacen temer una explosión; pero nada he comprendido. Y todo
esto sucede, mi querido Amílcar, cuando mi corazón arde como las
galerías plutónicas que se hallan en lo más profundo de la tierra,
y mientras más estudio los caminos de mi dicha, se agranda mucho
más el abismo que me separa de ella. Después de una época dilatada
de calma he venido a ser el hombre más desdichado. ¡Oh! Blanca; tú
eres el árbitro de mi destino! Y sin embargo, de sus labios no se
desprende la palabra que debe hacerme dichoso.
-Pues así andamos por acá, le contestó su amigo; porque si Rosa
me quiere, todavía no me lo ha querido confesar. Lo que me consuela
es que a Evaristo lo ha desengañado, pues él mismo me lo dijo ayer
en la "Rosa Blanca"; pero yo no la comprendo.
Angela me dice que ha perdido el sueño su señorita; y que llora de
cuando en cuando. La pregunté que si Rosa escribía, que si se
asomaba a la ventana, que si acariciaba alguna prenda, flor,
retrato, y Angela me dice que nada ha visto. Pero las mellizas han
sufrido un cambio absoluto desde el día de la posada del Boquerón,
en eso no me cabe ni un átomo de duda.
-¿Y si no es en nuestro favor, qué nos suplimos con eso?
-Pues hombre, te digo la verdad, que aquí hay una trama que yo
no comprendo, y lo peor es que yo me he dejado aprisionar del amor
cuando menos lo pensaba, pero tengo una idea que te voy a
comunicar: Doña Antonina quiere que la llevemos al Salto; yo tengo
fe en las posadas de circunstancias y en los contrastes de las
escenas de la naturaleza, como los torrentes, y las cascadas, y los
bosques enmarañados. El amor gusta de novedades.
En la plataforma de la "Agua Nueva"
descansaron los viajeros por más de cinco minutos.
En otro tiempo se alegraba infinito don Jorge al escaparse de
las impertinencias de las visitas, del ruido de los carros y las
campanas, y de las mentiras y miserias de la bárbara política de la
Nueva Granada; hubo un tiempo en que el ruido del Boquerón y de las
mirlas y bababuyes lo alegraban más que los sonidos armoniosos del
piano; pero ahora se quedaban en Bogotá unos ojos que valían más
que todas las rocas y todos los minerales del globo. Era que
nuestro geólogo estaba más apasionado que un Gonzalo de
Córdova.
De allí se separaron con un abrazo aquellos amigos tan íntimos,
como Cástor y Pólux, como Orestes y Pílades, como los dos bueyes de
San Isidro, según la expresión metafórica de los peones de la
sabana.
No se pudo pasar don Jorge sin hacerle la visita a la señora
Marcelina, acordándose que lo había tratado muy bien y le había
servido en la noche de la memorable posada. Don Jorge no era de los
liberales que se fingen amigos de la igualdad cuando quieren
explotar los servicios de algún pobre artesano o de alguna pobre
estanciera.
Estaba la mujer desesperando de dolor de muela, y don Jorge sacó
de su cartera un paquetico con un polvo y se lo puso en la lengua,
y a los dos minutos la mujer estaba alentada. La homeopatía es la
medicina de la democracia, es la medicina del pueblo pobre. Los
remedios consisten en partículas infinitésimas de sustancias
medicinales, las cuales, descompuestas, adquieren nuevas virtudes;
por consiguiente, son muy baratos estos remedios, y el pobre
obtiene con un real un remedio que habría dejado de comprar en una
botica alopática por no tener diez o doce reales a su disposición.
Samuel Hahnneman, que nació en Sofania en el año de 1574, fue el
inventor de este sistema.
Se representa uno a Jesucristo curando enfermos, al ver un
médico homeopático haciendo cesar las dolencias humanas con la mera
imposición de un polvito en la lengua del paciente. Nada diremos de
lo moderno de este método, del estado de sus adelantos ni de lo que
pueda ser con el tiempo, porque no tenemos conocimientos en la
materia.
Don Jorge estuvo mirando unos letreros que estaban en la pared
del corredorcito en donde había estado conversando con las
mellizas; se quedó suspenso por mucho tiempo, y sacó su cartera y
apuntó alguna cosa, y luego siguió su camino.
Cuando llegó don Jorge a la casa de
|ñor Lecio, estaba
sola
|ña Bena, no obstante se desmontó y le hizo la
visita.
-¿Qué tal? le dijo don Jorge. ¿Cómo está toda la familia?
-Tomasa está casi
|güena con los remedios que sumercé le
dejó. Dios le dé a
|sumercé la gloria por tantas obras de
caridad que hace a los
|probes. Los demás todos estamos
|güenos.
-Eso no es nada, todos los que vivimos en la alta sociedad,
estamos obligados a servirles, porque de la sociedad es que hemos
recibido los medios para elevarnos. El médico que se ha enriquecido
recetando al pueblo, el hacendado que está bien acomodado por el
servicio de los proletarios, el comerciante que está poderoso con
el consumo que le ha hecho el pueblo, el sacerdote que tiene un
capital adquirido con las limosnas de su grey, todos están
obligados a socorrer al pueblo, porque de éste les ha venido la
riqueza; y tan cierto es esto, que sin los brazos del proletario,
sin los cuartillos del consumidor, sin las limosnas de los
creyentes, no se habrían hecho ricos ni el médico, ni el
comerciante, ni el hacendado, ni mucho menos el sacerdote.
-Dirán que se han enriquecido con su talento, su trabajo y
algunos con lo que han heredado.
-Sin embargo, dijo don Jorge con mucha seguridad: no crea usted
que hay un solo capital de un hombre rico en cuya aglomeración no
hayan concurrido los brazos y las pesetas de los pobres, bien sea
como peones, como artistas o consumidores.
-Pues quién sabe, mi amo Jorge. Lo que nosotros vemos es que los
ricos, aunque están ricos, todavía le sacan el sol del cuerpo a los
probes, y que lo mismo son los liberales que los conservadores. De
todos los ricos que pasan por este camino y que nos suelen ocupar,
|sumercé y don Cecilio son los únicos que nos dan la mano y
nos tratan con sumo cariño, los demás nos tratan como si juéramos
sus esclavos. Hasta lo hemos tenido a
|sumercé por santo,
de ver las obras de caridad que hace con todos los
|probes.
-No, señora, dijo don Jorge con viveza, es que yo estoy en la
firme persuasión de que debo a la sociedad la elevación en que me
hallo, con respecto a todos los pobres; y el que debe está obligado
a pagar, si es un hombre de bien. Por esto es que les doy a los
pobres algunos socorros, y no es porque yo sea santo, como usted lo
dice. Es que todos estamos obligados a socorrer a los pobres.
-Eso que
|sumercé dice lo predican los padres, y lo reza
la santa doctrina cristiana, católica, apostólica, romana; la cual
nos enseña la caridad hasta para con los enemigos, que es hasta
donde se puede decir. Muchísimas veces les he oído repetir a los
curas, que es mucho más fácil que un camello entre por el ojo de
una aguja, que un rico por la puerta del cielo, pero dicen también
los curas, que esto no se entiende sino con los ricos, que jamás se
sacian con lo que tienen, y que exprimen a los
|probes
mucho más de lo que es necesario. A los ricos de ahora no hay modo
de corregirlos, porque ya no creen en la religión, ni en los
temores de la otra vida.
-Ahora se les asusta con el comunismo y el socialismo; pero
tampoco quiero que nos metamos en esas cuestiones, que mal
manejadas pueden causar muchos daños a la sociedad, mejor es tocar
el corazón de los ricos con mostrarles la pintura de la humanidad
doliente que echarles encima las jaurías hambrientas del pueblo
desesperado. Todos los ricos han sido iguales.
-No, mi amo don Jorge. De los que hay ahora se puede sacar uno
que otro que no es tirano; y de los ricos de antes, nos contaba mi
suegro que prestaban la plata al uno por ciento anual a los
|probes, sin más requisito que un mero recibo; y que daban
plata para los hospitales, los colegios y las escuelas; y que el
gobierno de antes era muy generoso con los
|probes, como
que al abuelo de mi señor padre le llegó a tocar una hornada de la
salina de Zipaquirá, que les daban a los
|probes y a los
vecinos; y en Nemocón tenían también hornada de sal los indios,
porque las salinas no eran enteramente del gobierno; pero el
gobierno se ha robado esa parte que el pueblo debería reclamarla.
Mi señor padre nos decía, que mientras más ha sonado la libertá en
los papeles y en las
|conversas de los gobernantes, más le
han apretado al pueblo la naranja, no
|dejante de las
revoluciones en que lo meten los enemigos de la paz y de las
propiedades ajenas. Probe de mi hijo
|Menegildo que aquí en
el patio lo amarraron de los lagartos los liberales del año de 54
para hacerlo ciudadano armado, como dijeron los soldados que lo
apresaron. Y miré
|sumercé que lo que siente una probe
madre al ver amarrar al hijo de sus entrañas para echarle a las
tropas, eso no lo comprende sino la que es madre. Dios perdone a
los que no quieren que vivamos en paz en esta tierra.
-Usted me está metiendo poco a poco en la política, mi señora
|Bena, y yo tengo que ir hasta la cima de la cordillera.
Adiós, adiós. Mil memorias a toda la familia.
-Tengo que darle a
|sumercé los agradecimientos por el
bien tan grande que le hizo a mi hija, ahora quince días, en la
ciudad. Dios se lo pagué a
|sumercé, y Dios lo socorra por
donde quiera que vaya. No he ido a hacerle a sumercé la visita con
la niña, porque no he tenido que poderle llevar; pero allá nos
tendrá en la semana de arriba.
-¿Es cierto que Bruna se quiere casar?
-Y no es todo mi gusto, porque una hija se siente mucho. No es
porque sea probe
|Lugencio, sino porque ha dado en mirar
con menosprecio las cosas de la religión, que es lo primero que se
ha de ver, porque mientras más se parezcan los esposos en los
genios, las concencias y las opiniones, es lo mejor, porque así se
sabe por la experiencia. Y Tomasa también se me quiere casar; y de
mis seis hijos no me va a quedar soltero sino el mediano, porque la
gente de las estancias toda se casa.
-Por ahí adelante no más la alcanza
|sumercé, porque se
|jué al monte a coger unas varitas que le encargó doña
Antonina para un jardincito y ya las tiene cortadas. Ella está que
no sabe por verlo a sumercé, porque ya le tiene su encargo. Probe
mi hija, que llora haciendo buenas ausencias de
|sumercé; y
dice que no tiene con qué pagarle tantos
|javores. i Ah! si
todos los calzados
|jueran como
|sumercé, entonces
sí habría
|fratridá, y el Congreso maternal de que hablan
los señores liberales...
-Progreso material será lo que usted quiere decir, y esta es una
cosa muy diferente. Y me voy a ver si puedo alcanzar a Bruna antes
de que se meta en el monte. Hasta la tarde, doña
|Bena.
Se fue de prisa don Jorge, y al cabo de media hora alcanzó a la
paramera que iba solamente acompañada de
|Fríjol, caminando
adelante, según su inveterada costumbre. Iba distraída Bruna; y por
cierto que tenía mucho que pensar en aquellos días. Su matrimonio,
que no era del gusto de la familia; el encierro del infame abogado,
y las amenazas de don Alonso Martínez. ¡Ah! ¡quién se iba a figurar
que una pobre joven virtuosa fuese así perseguida por falta de
igualdad y de justicia en la capital de una República, a la cual
han querido dejar perfecta!
Hasta que don Jorge se acercó a cuatro varas de distancia, fue
que Bruna volvió la cabeza, porque iba sumamente distraída. Estaba
muy hermosa. Sus ojos grandes y negros eran dulces y apacibles por
la melancolía de que estaba poseída. El acento de su voz era
lánguido, y todo esto le daba un interés singular delante de los
ojos de un filósofo que sabía comprender los verdaderos
sufrimientos del alma.
Por lo que hace al traje de Bruna no era menos interesante. Sus
enaguas de frisa eran cortas, como lo exigían las necesidades del
camino y del trabajo de los montes; tenía puesta una ruana de
pintas azules y celestes, lo cual era muy honroso para la nación de
los chibchas, cuyos restos ven todavía en el siglo XIX, en una
República de cincuenta años, las industrias de sus mayores, porque
no había sido sino sobre un telar muisca que
|ñor Lecio
había tejido la ruana. El cuello y parte de la cara los tenía Bruna
tapados con la mantilla de frisa que por la postura de la ruana
parecía capucha de fraile franciscano, o gorras de las que suelen
ponerse las señoras en la nuca. El sombrero era de palma, comprado
a un fabricante de Viotá, en la plaza de la Mesa. Tenía cubiertos
los brazos con manguillos de manta azul para librarlos de las
injurias del bosque, y llevaba cogido en la mano un cuchillo
desenvainado, que brillaba con los rayos del sol.
Se le llenaron a Bruna los ojos de lágrimas cuando vio a su
amado libertador; pero la sonrisa vino muy pronto a iluminar todas
las facciones de su bellísimo rostro.
-Yo lo he pensado mucho, dijo la estanciera, y no sé con qué
pagarle todos sus beneficios. Yo quisiera ser su esclava para
servirle de rodillas delante de la mesa.
-Te hablo con el corazón en los labios. Las molestias que he
sufrido las doy por bien merecidas, por la gloria que he tenido de
salvarte de los abismos del vicio. Lo que admiro es la frescura de
los jueces de Bogotá que no hacen caso de los delitos de seducción
y de violencia, para los cuales hay castigos muy severos en los
Estados Unidos del Norte.
-Es porque yo soy una
|probe, mi amo, don Jorge.
-Es porque el falso partido liberal se ha querido hacer una
trinchera para sostener el poder supremo con la impunidad de los
delitos, lo cual no aprobaré nunca, aunque soy del partido liberal,
porque en esto hay una anomalía sumamente detestable. Se le
sostienen a Cucañas todas sus garantías para poner en práctica los
vicios, pero a Bruna no se le sostiene la libertad de mantener su
recato, su virtud y su conciencia. Te hablo con toda verdad: hay
cosas en nuestro partido que yo no las puedo comprender. ¡Oh Bruna!
Cuánto van a sufrir los pobres, los humildes, los moderados y los
virtuosos con la demagogia de los violentos, si no se varía el
sistema de la impunidad. Pero ya te salvaste, y ahora lo que
importa es que no vayas con frecuencia a vender el carbón a
Bogotá.
-¿No sabe
|sumercé que el que es
|probe se lo
manda todo? Nosotros no tenemos peones ni criados para estarnos
metidos en la casa.
-Pues cuidado, cuidado.
-¡Ah! ¡que ni acordarme quisiera!...
-Vamos, ¿y qué encargo es el que me tienes?
-Fósiles.
-¿El pescado?
-Frutas, mi amo don Jorge...
-¿Cómo es eso de frutas?
-Granadillas, ni más ni menos.
-¿Cierto?
-¡Cuándo yo se lo digo! Y si no pregúntele a
|mana
Tomasa y verá.
-¿Cómo son esas granadillas fósiles?
-Redonditas como una naranja y con un
|huraquito
chiquito como un calabazo.
-Si esto es como me lo dices, te vas a hacer inmortal.
-¿A no morirme jamás, mi amo Jorge?
-A eternizar tu fama al lado de los sabios. Mañana pondré en
todos los periódicos de la capital, que Bruna Rodríguez, de
diecisiete años y de una hermosura nada común, ha descubierto las
granadillas fósiles en el páramo del Verjon. Vamos a verlas en el
instante.
-Están por allá lejos en un sitio muy retirao, a donde sumercé
no puede llegar.
-¿No sabes que yo he subido al Tolima y Santa Isabel, que he
bajado al cauce del Tequendama y que he penetrado en el hoyo del
aire? ¿Cómo no he de poder llegar a donde están las granadillas
fósiles?
-Hoy no, mi amo don Jorge; porque no me conviene de ninguna
manera.
-Hoy, Bruna, porque yo no quiero volver a Bogotá sin llevar la
noticia de ese prodigio; y te suplico que no me desaires, en la
inteligencia que me haces feliz o desgraciado con tu
resolución.
-Pero no se puede ir a caballo, porque el monte se halla
sumamente tupido, y hay una cañada profunda, y luego hay que salir
a unos barrancos de tierra amarilla y muy
|boja, y ahí es
donde están dichas granadillas
|fósiles.
-Iré con mis pies, y con tan buena baquiana iré contento.
-Pues camine entonces, dijo Bruna, y miró para una y otra parte
de la senda.
Ató su caballo don Jorge de la horqueta de un arrayán sumamente
coposo y siguió detrás de la estanciera, la cual tronchaba de paso
las ramas con el cuchillo, saltaba las piedras y los barrancos
buscando los pasos más escogidos, hasta llegar al arroyo que corría
por lo más profundo de la cañada, el cual tenía en lugar de puente
dos piedras grandes a una distancia que don Jorge no pudo saltar,
aunque naturalista, y Bruna pasó con la mayor facilidad, con las
enaguas un poco recogidas, y le alargó la mano a su compañero de
viaje.
-¿Ya lo ves cómo los zapatos tienen sus pequeños inconvenientes?
le dijo don Jorge a la paramera, tal vez para disculparse de su
poca destreza.
-Así todo, dijo Bruna con un ligero desdén.
Cualquiera menos distraído se habría detenido a contemplar la
coquetería natural de Bruna, en el tránsito de los malos pasos;
pero el geólogo nada veía ni reparaba, pensando en el paso
gigantesco de la ciencia.
Ni el silencio de los desiertos, ni la sombra de los arbustos,
ni el grato perfume, nada era capaz de advertirle la dicha de la
soledad de que era tan apasionado. No pensaba sino en las
granadillas, sin hacer caso de su baquiana.
Cuando llegaron los viajeros al fin de la jornada, Bruna se
trepó por encima de unos barrancos amarillentos, o más bien
rojizos, los cuales se hallaban como fraccionados por grietas
verticales, y con el cuchillo se puso a derribar algunas, y
aparecían en el momento unos globitos del tamaño de las frutas
llamadas en esta ciudad
|granadillas, pertenecientes a las
pasifloras, de las cuales tomó don Jorge una, la agitó y sintió que
sonaba alguna cosa por dentro, la partió, y volviéndola a mirar con
tristeza, le dirigió a la estanciera la palabra de este modo:
-¡Oh Bruna! Así cae por tierra una esperanza como una avalancha
que se desploma dejando sus fracciones heladas por dondequiera que
viene rodando. Te has equivocado llamando granadillas fósiles estos
globos que se forman entre la tierra por la mera infiltración de
las aguas.
-¿Y cómo puede hacerlos tan bien hechecitos el agua, y tan
iguales, con las boquitas tan parecidas?
-Es lo que te digo, y por ahora estamos desengañados. El agua
hace primores por debajo de la tierra.
El geólogo y la carbonera volvieron a tomar el mismo camino,
aunque no tan callados, porque le hirió a don Jorge los ojos la
hermosa figura de Bruna; y como nada tenía de aristócrata, y como
no lo ocupaba ya el pensamiento de las frutas fósiles, se dirigió a
la encantadora joven en términos de la más fina caballerosidad, y
al volver a pasar la quebrada la convidó a comer unos dulces que
había llevado entre los grandes bolsillos de su levita de paño
color de frailejón.
Dejemos a Bruna y a su compañero descansando en el fondo de la
montaña, y pasemos a dar cuenta de otra aventura que sucedía en
aquellos momentos en casa de
|ñor Lecio.
Estaba encabando el estanciero el hacha de su trabajo en un palo
de mortiño, que es el más usado para el efecto, cuando vio venir de
cuesta abajo al alazán de don Jorge sin el jinete, y con un estribo
sobre el galápago, y notó además, que no tenía ni la jáquima ni el
freno. Sacó en el momento su rejo de enlazar, que aunque era corto
y añadido, y muy negro por cierto, no le faltaba en los casos más
apurados; y al pasar el caballo lo enlazó del pescuezo y lo tuvo,
aunque con mucha dificultad, porque estaba alborotado.
|Ña
Bena y Tomasa salieron a la novedad, y ésta exclamó:
-¿Qué le sucedería al cachaco? ¡Válgame Dios de los cielos y de
la tierra!
-¡Si lo habrá
|lastimao el caballo! exclamó la señora
|Bena.
-Si le habrá dado el
|gota-coral, o el mal de
|hijada, o el dolor
|alto, y está por ahí botado en
el camino real. Me voy a ver si lo
|topo, en el nombre de
Nuestra Señora de Guadalupe, dijo el pobre estanciero.
Se persignó
|ñor Lecio y montó muy ligero en el galápago
y se fue mirando por todo el camino los rastros del caballo hasta
llegar al arrayán en que estuvo amarrado.
-Hace una hora, y más, que este caballo fue amarrado del
cabestro, decía registrándolo todo. Aquí está la jáquima con el
freno, pero se la quitaron de
|adré, porque el palo no está
sobado. ¿Pero
|ondé está el caballero? Se metería al monte
a cazar...? Pero él no trufo escopeta, porque el galápago no tiene
las señas, y nadie lleva la escopeta en el hombro cuando va montado
a caballo... Por aquí va el rastro de las espuelas, puede ser que
esté buscando los pescados de piedra en las orillas de la
quebrada.
Iba
|ñor Lecio siguiendo los rastros de las espuelas de
don Jorge, cuando lo halló partiendo una piedra rojiza, y lleno de
gusto le dijo estas palabras:
-¡Mi amo don Jorge de mi alma! Mire
|sumercé que nos ha
metido un susto... porque pensábamos que estaba perdido.
-Habría sido menester que Bruna se hubiera perdido; y eso era
imposible. Ella me dejó por irse a recoger unos palos, según me
dijo.
-De eso no digamos, porque todos lo conocemos a
|sumercé
por un caballero muy
|honrao y muy temeroso de Dios. Ojalá
que todos los ricos
|jueran como el amo don Jorge.
-¿Y entonces por qué son los temores?
-¡Jesús María! Con que se nos apareció el caballo por el camino
abajo, suelto de pies y piernas, como si lo hubiera tentado la ira
mala.
-¿Y se fue para Bogotá siquiera?
-No, mi amo, porque le clavó un
|chambuque en todito el
pescuezo que no tuvo
|pa qué alegar, y allí lo dejé en el
arrayán amarrado, porque hay que ser, como dice el dicho:
|hoy
por mí,
|mañana por ti; y por eso es que ninguno puede
decir de esta agua no beberé. ¿No es
|verdá mi
caballero?
-¡Mil gracias,
|ñor Lecio, mil gracias!
-Los campesinos hacemos esas gracias como una obra de caridá,
pero los bogotanos no saben hacer esas gracias con nosotros, porque
están enseñaos a que nosotros hemos de ser sus sirvientes. ¡Qué
vamos a hacer, mi amo don Jorge! Esto lo llaman
|igualdá
los caballeros de
|Santajé.
-
|Taita Lecio, le dijo don Jorge al estanciero, ¿qué
hago yo para unas flores de
|quiche y
|aguadija,
que me encargó el catedrático de botánica del colegio de San
Bartolomé?
-Eso está por la mano, le contestó el carbonero. Camine
|sumercé conmigo, y verá como lo llevo a una
|chapa
de monte, donde no hay otra cosa, y que ahora es el tiempo de las
|jlores.
Se habían internado bastante los camaradas en el bosque, cuando
oyeron voces de dos personas que reñían en el sitio de la
carbonería de
|ñor Lecio, que era un patio pequeño, todo
rodeado de bosque tupido, como se dijo en el cuadro segundo de la
presente colección. Se acercaron un poco y por entre las ramas
vieron a Bruna y Fulgencio, que eran los dos interlocutores. Don
Jorge detuvo a su compañero, para poder escuchar.
-Perra sin vergüenza, ¿todavía me lo
|negás? decía el
amante de la carbonera.
-¿Y luego qué es lo que
|vos pensás? temerario.
-Con que meterse a la casa los cachacos de cuenta de la
|medecina y la cacería, y ahora meterse don Jorge con vos
en el monte...
-¿No
|sabés que anda en busca de unas granadillas
|jósiles?
-Con que ya no son
|pescaos de piedra!... Cachaco
vagamundo, que ya no tiene más
|ojicio que acechar en los
barrancos y en las cañadas a los carboneros, como el zorro a las
gallinas. Y vos y la desbaratada Tomasa que están que echan la
baba...
-Anda
|noramala, borracho, que no
|sabés ni
|onde tienes las narices; y desde ahora te lo digo, que ni
me vuelvas a mirar siquiera, que lo que di por verte, diera por no
haberte visto, y adiós!
-¿Qué te vas sin chupar de mis manos? Ahora lo
|verés
grandísima perra!
Se acercaba con la
|zurriaga Fulgencio para sacudirle a
su futura, cuando dio el grito don Jorge y cayó sobre el puesto,
diciendo con el tono de la mayor dignidad estas palabras:
-A la señora no se trata de esa manera. ¡Canalla! ¡bribón!
-¿Y a usted quién lo mete en camisa de once varas? Cachaco
indecente.
-¡Calla, miserable! Que no sabes con quién estás tratando.
-Con un cachaco cualquiera. ¿Luego cree
|busté que yo me
dejo asustar de cuenta de los zapatos? Tire, si quiere saber lo que
son las manos de los leñateros.
|Ñor Lecio se metió en medio y contuvo a Fulgencio, y
don Jorge, por su parte, aflojó la mano que tenía apretada para
tirarle un puño a su antagonista de los bosques, y dijo:
-Sepa usted que la hija del señor Indalecio ha rechazado
propuestas de mucho dinero por sus muchísimas virtudes; y que ha
escapado de que se la robase un hipócrita, porque yo la he rescata
do. Bruna es honrada, pura inocente y digna de que sus virtudes
sean respetadas; y usted, que va a casarse, es el que menos la
debiera desacreditar.
-Pero póngase en mi lugar, caballero, dijo Fulgencio quitándose
de) hombro el doblez de la ruana; póngase en mi lugar y
|carcule que usted no deja de venir hace ya como el espacio
de siete meses y veo que lo queren en la casa como si
|busté
|juera el novio de todas ellas; veo que se
meten juntos al monte hará como dos horas, y queriéndola, como la
|quero, porque yo por Bruna daría el alma, la vida y el
corazón... ¿no es lo bastante pa que yo haga un
|desasurdo?
-Es que usted no sabe que un liberal como yo sabe respetar todas
las garantías de una mujer, que son la honradez y el pudor; y esto
se entiende lo mismo de las pobres que de las ricas, porque si no
es así no hay tal igualdad social ni tal igualdad de derechos.
-Pero yo sé que a Bruna le quieren quitar su religión los
cachacos liberales que visitan a
|ñor Lecio con el pretexto
de las cacerías.
-No, amigo: los liberales no nos metemos con la religión para
nada.
-Yo he oído a su compañero de
|sumercé y a don Alonso
que le han dicho a Bruna que no crea en el casamiento ni en el
rezo, ni en la
|dotrina cristiana, porque yo estoy más
cerca de Bruna que lo que a todos les parece. Yo mismo he visto la
porfía del mismo don Alonso para que se
|chispara la noche
de la posada de los cazadores, y yo, aunque soy un
|leñatero, no dejo de comprender que si a Bruna le quitan
la vergüenza y la religión los cachacos, harán de ella lo que
|queran. Yo sé que Bruna no ha dado su brazo a torcer por
el miramiento de la confesión y de la religión, y los consejos de
la madre y las buenas enseñanzas de la
|dotrina cristiana;
y sobre todo por los temores del qué dirán. Pero si le quitan todos
estos temores los señores que han dado en visitarla, ¿no es cierto
que la pierden? ¿Por qué no queren don Amílcar y don Alonso que
Bruna crea en el infierno y en el purgatorio, y en la misa, y en el
Papa, y en las reliquias, y en la religión Católica, Apostólica,
Romana? ¿Por qué es ese empeño que tienen en que deje los temores
de la religión? ¡Ah! yo sí sé por qué es! Y esta sí que es una
maldad estupenda venirse a los páramos a perjudicar muchachas,
habiendo en Bogotá tantas como hay. Y me admiro más porque don
Amílcar y don Alonso nos están hablando siempre de la
|igualdá.
|Igualdá fuera que ellos no buscaran a
las descalzas, así como nosotros los descalzos no vamos a buscar a
los calzados... Y me voy porque tengo que aprontarle unas cargas de
cusque a don Alonso, que me comprometió a cortárselas casi
regaladas, metiendo de por medio al dueño de la tierra en que yo
trabajo, y hablando eternamente de la
|fraternidá y de la
|libertá.
Don Jorge convino en que no le faltaba algo de razón al indómito
leñador y se salió del teatro de la carbonería acompañado de ñor
Lecio a buscar su caballo. Bruna se internó de nuevo en el bosque a
recoger las varas que había dicho. Don Jorge no pudo seguir hasta
la cumbre del páramo porque se le hizo muy tarde y se volvió a
Bogotá, deteniéndose un cuarto de hora en la casa de
|ñor
Lecio, en donde se comió su fiambre más una taza de
|mazamorra con habas, arvejas y papas amarillas que le
sirvió
|ña Bena.
|