CUADRO VII
EL ENCIERRO DE BRUNA
Vivía don Jorge en una casa muy bonita, aunque bastante pequeña.
Las barandas del corredor estaban perfectamente cubiertas por un
curubo lleno de flores; y las paredes estaban sobrepuestas de un
papel de paisajes de la India.
Estaba leyendo el, caballero en alta voz en un canapé de resorte
que había en el corredor, cuando abrió la puerta una mujer que se
detuvo a escuchar la lectura, hasta que volviendo don Jorge a mirar
la dijo:
-¿Qué quiere usted?
-Vengo a hablar con usted sobre cierto negocio muy
importante.
-Creo no tener negocios con usted, según me parece.
-Pues... usted me ha de dispensar, porque es cosa de una persona
que yo aprecio infinito... que de lo contrario yo no hubiera venido
a molestarlo aquí.
-Tal vez está usted equivocada.
-No, señor, porque usted quiere a esa persona, y yo estoy muy
bien informada de todo.
-¿A cuál persona?
-A Bruna, señor.
-¿Qué, Bruna?
-Bruna Rodríguez.
-¿Cuál Bruna Rodríguez dice usted?
-La paramuna, la hija del señor Indalecio Rodríguez, el que
tiene una fábrica de carbón vegetal por allá en el páramo del
Verjón o la Calera.
-Pues le diré a usted en pocas palabras, que mis relaciones con
esa gente no pasan del encargo que les hice de un pescado fósil,
que por fortuna, encontré estando de cacería con los sabaneros en
ese páramo. Y creo que usted y yo nada tenemos que hablar de
eso.
-Pues dispénseme, caballero. Yo voy a sentir mucho la pérdida de
esa muchacha; ¿pero qué vamos a hacer, si es una cosa que no tiene
remedio?
-La pérdida de Bruna, ¿dice usted?
-Una cosa muy parecida, porque se la robaron esta mañana.
-Explíqueme usted ese cuento.
-Tal vez no es oportuno; porque se halla muy ocupado usted; y
por otra parte, si entran y lo ven conversar con una mujer de las
tiendas, usted sufrirá un bochorno, porque a nosotras no nos hablan
delante de la gente ni aún los mismos caballeros que suelen
honrarnos con sus visitas. Deseo que usted lo pase muy bien,
caballero.
-Pero tenga usted la bondad de escucharme.
-Quién sabe qué dirán en la casa.
-Estoy sólo, absolutamente sólo, si usted quiere, podemos cerrar
la puerta.
Se paró don Jorge y corrió el picaporte del portón y se vino a
sentar junto de la mujer. Esta era la hermosa Carlota, la amiga
protectora de Bruna.
-¿Qué es lo que hay de la paramuna? le preguntó don Jorge a la
|Paloma.
-Que se ha perdido; y en mi concepto la han encerrado para no
dejarla volver al seno de su familia.
-¿Y cómo ha sido para saber usted esta noticia?
-Yo había sospechado que un pícaro le había puesto la puntería.
Es un viejo barrigón, no muy alto de cuerpo, de cara pálida y ojos
chicos, pero muy penetrantes. Se llama don Bernardo Cújar, pero
algunos le llaman don
|Cucañas. Tiene plata, amigos y
amigas que le sirvan para sus intrigas, y es rara la mujer que le
cae en gracia que no se le rinda, porque conoce, como ninguno, el
arte del amor; y es la verdad que sabe gastar su dinero para sus
empresas y tiene por de contado manos ocultas en su favor, porque
con la plata todo se consigue. Es un hipócrita.
-Pero usted se detiene demasiado en las noticias de ese doctor,
lo que usted me ha de decir es si usted está segura del rapto.
-Lo podría jurar, porque ayer cogí una carta en que el doctor le
hablaba del asunto a una de mis vecinas; y Bruna se fue hoy a la
calle desde las nueve, y son las cinco de la tarde y no aparece:
¿no es esto casi una evidencia? Tome usted la carta.
Tomándola don Jorge leyó lo siguiente:
"Mi estimada Gervasia: tengo que asistir mañana a un
jurado y dejo a cargo de usted el asunto que los dos tenemos entre
manos. Haga usted que la paramuna lleve el carbón a casa y la
detiene usted de acuerdo con Aureliana, mi ama de llaves (aun
cuando sea por la fuerza) hasta las cinco de la tarde que iré a
comer a la casa.
"Dígale usted que si se quiere quedar de ama de llaves,
que pronto tendrá la decencia de una señora, lo cual es mucho mejor
que los cartuchos de dulces que le regala un jubilado que la visita
con el pretexto de los fósiles.
"Haga usted las cosas de modo que no lo vaya a saber la
infame de la
|Paloma, que me hace la guerra porque no la
quiero. Por lo que hace a los cincuenta pesos usted puede contar
con ellos inmediatamente.
"Deseo que no tenga novedad y que mande a su
afectísimo.
BERNARDO CUJAR"
-No hay duda, dijo don Jorge; y es menester salvar a Bruna por
sobre cuantos obstáculos se nos presenten. ¡Pobre criatura! Es
imposible que ella se resista a una trama tan bien urdida! Yo voy a
ponerme de acuerdo con los jueces y alcaldes.
-¿Jueces y alcaldes, señor don Jorge?
-¡Seguro! para poder proceder con acierto en un asunto tan
delicado.
-Entonces no conoce usted el embrollo de las leyes de ahora.
Es discutible usted porque no piensa en la política sino en los
estudios y nada más. Pues vea lo que le sucede si va a tocar con
las autoridades. Mientras que usted encuentra a un alcalde o juez;
mientras que éstos toman el juramento del denuncio; mientras que
usted pone de su parte a los policías, poniéndoles una peseta en la
mano, se corre el tiempo de dos días y ya Bruna habrá corrido su
suerte; y si es posible, ya la tendrán a veinte leguas de Bogotá.
El gobierno de nuestra tierra no sirve para contener los delitos
sino para facilitarlos, de manera que a Bruna no la podremos
salvar.
-¿Y de qué otro modo la podremos salvar?
-Le diré a usted mi plan, a ver qué le parece: usted, con Juan,
su amigo Amílcar, y con un compañero que yo les daré, disfrazados
todos, le caen al viejo
|Cucañas y le dan tormento hasta
que confiese en dónde tiene a la carbonera. El vive sólo. Le
arrancan a la china de las agallas y se la hacen dotar con unos dos
mil pesos siquiera.
-¿Sabe usted la casa misiá Carlota?
-No, señor; pero
|Fríjol debe saberla, porque volvió muy
afanado a donde mí. Seguramente no lo dejaron entrar y aulla y me
hace dos mil cariños, como para decirme algo de su señora. Estoy
segura que soltándolo va a parar derecho a la casa. Para el efecto
lo tengo encerrado en la tienda.
-Muy bueno me parece el plan.
-A las siete y media lo espero en la esquina de "Los
Chorritos" con sus dos compañeros. Yo también saldré con
el mío.
-¿Y cómo se hace para la entrada?
Yo iré vestida como Indalecia la
|monacilla que sé muy
bien que tiene muchas amistades con el viejo, y tocaré a una de las
ventanas, y sin responderle me pasaré al portón. El abrirá, y
entonces usted y los compañeros entrarán, le pondrán los puñales en
el pecho para que no grite; y cerrarán la puerta con llave, como lo
hacía el difunto Russi, según la voz general de toda la gente. ¿No
le parece?
-Muy bien. A las siete y media en la esquina de "Los
Chorritos".
Se despidió Carlota del caballero don Jorge, y al abrir la
puerta se halló con don Amílcar, el cual únicamente la saludó con
un remedo de tos, y a su amigo Jorge le dijo:
-¡Hombre! Acariciando a la
|Paloma.
-Hombre, si tú supieras el objeto de esta visita...
-¿Fósiles?
-Un denuncio de la mayor importancia.
-De alguna conspiración, ¿o cosa parecida?
-De un rapto que acaba de hacerse.
-De alguna
|señora pobre?
-¡De Bruna! que se la van a robar esta noche, y esa pobre mujer
está muy interesada en que se la quitemos al raptor que es un
pillastrón estupendo, según lo he comprendido. Es virtuosa esta
mujer, no me queda la menor duda.
-¿La
|Paloma?... Vaya hombre, que por estar estudiando
las composiciones del mundo físico, no conoces ni la primera capa
del mundo moral. Hombre, a la
|Paloma la conocen hasta los
estudiantes de los colegios.
-¡Vaya, con las virtudes de la
|Paloma!... ¿Y quién es
el raptor de Bruna?
-
|Cucañas, dice la
|Paloma.
-Un hipócrita, exclamó don Amílcar, un rábula miserable!...
¡Pero interesarse la
|Paloma porque Bruna no se pierda!...
¡Esto es admirable! Hay aquí alguna trama que más tarde se vendrá a
descubrir, si continúan las aventuras de Bruna.
-Ahora lo que importa es que me ayudes a salvarla de las garras
de un gavilán.
Don Jorge le explicó a su amigo los planes de la
|Paloma, y le suplicó que concurriera a las siete y media
de la noche a la esquina de "Los Chorritos".
-¿Pero por qué, y de cuenta de qué? le dijo don Amílcar; ¿deseas
que la paramuna sea para ti?
-¡Oh! Ni pensarlo. Ella desea casarse.
-¿Entonces qué?
-La gratitud a la familia. Yo les debo mil favores en la
casa.
-¿Las papas y la mazamorra?
-Les debo mil cuidados y regalos que valen mucho más que los
banquetes de los ricos de Bogotá, porque el afecto vale más que la
miserable plata de los explotadores de la nación. La gratitud y la
recompensa son la base de la igualdad y del verdadero liberalismo.
No sé cómo entiendes tú la igualdad, si crees que está obligado a
servirte y a quitarte el hambre
|ñor Lecio, por la única
razón de que él no tiene zapatos. ¿Esta no sería la aristocracia de
la miseria...?
-Yo te ayudaré a recompensarle al paramero su mazamorra,
libertándole a la hija de caer un poco más tarde o un poco más
temprano en las uñas de algún gavilán de tantos; ¿pero tú has
pensado bien en el papel que vamos a desempeñar?
-De libertadores, nada menos.
-¿No recuerdas que Bolívar fue asaltado en su palacio de Bogotá,
y Sucre asesinado en la montaña de Berruecos por haber sido
libertadores?
-Pero ellos murieron con gloria.
-Pues escúchame con atención y verás la gloria que se nos espera
a los dos: Si los cachacos lo llegan a entender dirán que tú fuiste
a libertar a Bruna del castillo encantado de
|Cucañas,
haciendo el papel de don Quijote, y que yo te acompañaba haciendo
el papel de Sancho; tal vez lo escribirán en un periódico y nos
entierran para toda la vida; y si las mellizas lo saben, con esto
tendremos para que nos den unas calabazas tan grandes como la
luna.
-¿Pero cómo lo van a saber cuando iremos muy bien
disfrazados?
-Iremos, pero no sé qué presentimiento tengo de que la quijotada
nos ha de salir como a todos los libertadores.
Antes de dar las ocho se reunieron en "Los
Chorritos" los libertadores de Bruna. El auxiliar que iba
con la
|Paloma no se dejó conocer. Esta iba de camisón de
muselina blanca y de mantilla de paño negro. La figura era
imponente, y como llevaba el perro cogido con una cinta verde, le
hubiéramos perdonado la vulgaridad mitológica al que la hubiera
querido comparar con Diana, cazando a la luz de los faroles, a las
ocho de la noche, en las calles de Bogotá.
Marchaban los aliados a distancias proporcionadas, sin novedad
alguna, hasta que un
|chino se propuso causar alboroto,
diciendo estas palabras con esa voz chillona de los muchachos de
Bogotá que ofende como el ruido de una lima en los dientes de una
sierra, muy distinto de la voz de los muchachos de tierra
caliente:
-¿A dónde irá a cazar esta noche la
|Paloma, que lleva
perro de laja?
-Qué te importa,
|chino malcriado; ora verás la pedrada
que te meto en la jeta para que no seas fullero; perro cochino.
El
|chino se fue sin esperarse a la última razón y el
convoy siguió derecho a su destino, guiado por
|Fríjol, el
cual tiraba de la cinta oliendo las piedras de la calle.
Cuando el perro se detuvo en un portón y dio unos araños ya no
quedó ninguna duda que allí era la casa de
|Cucañas.
Los tres conjurados se ocultaron en el zaguán más inmediato, y
mejoraron los disfraces todo lo mejor que pudieron, mientras que la
protectora tocaba en la ventana, y así que sonó la llave, pasaron
del primer portón a la casa de Cucañas y cerraron la puerta por el
lado de adentro y se retiró la
|Paloma para su tienda.
Amílcar le había puesto el puñal en el pecho al señor doctor con
la intimación de que no hablase ni una sola palabra hasta que no se
le exigiese.
-Condúzcanos usted a su escritorio, le dijo don Jorge, con la
voz cambiada por entero.
No había en el escritorio del doctor Cucañas sino unos legajos
de papeles manuscritos y un par de baúles muy bien tachonados. Lo
demás era lo común: asientos, una mesa y algunos libros.
-¿Caballeros, me permiten ustedes hablar? dijo el doctor
tiritando de susto.
-Tiene la palabra, dijo don Jorge.
-Sin duda que ustedes... son... caballeros, y ustedes vendrán...
en solicitud de algunos realitos.
-Exactamente, dijo don Amílcar.
Yo les ruego que no me maten, y digan ustedes cuánto
necesitan.
-Cinco mil pesos de buena ley.
-¡Santo Dios de mi alma! Cuando yo... me he quedado tan
pobre.
-¿Y toda la plata de las estafas? le dijo don Amílcar. ¿Y las
ganancias en los papeles de los pobres servidores de la patria que
usted se los ha comprado por la mitad menos, de acuerdo con algu
nos empleados del Tesoro? ¿Y todos esos robos que se hacen con la
pluma y con los números, sin pasar los riesgos que pasamos nosotros
los que robamos con el puñal y con las pistolas en la mano? ¿Y lo
que usted gana con la buena fama de hombre de bien?
-¡No hay nada! Lo poco que he podido juntar... con mi trabajo,
todo se lo han comido las revoluciones; ¡todo, todo! Yo no tengo
sino para la semana... y a veces...
-Si usted no afloja le daremos torzal en el pescuezo.
-No tengo sino unos trescientos pesos que son ajenos.
-Sáquelos usted en el momento, dijo don Amílcar con el puñal
levantado.
Puso
|Cucañas tres paquetes de cóndores sobre la mesa, y
en seguida sufrió el peso de otra exigencia que le hizo don Jorge,
mostrándole el puñal.
-Ahora entréguenos usted una muchacha que tiene escondida.
-Señores: yo puedo jurar que hoy no he visto... aquí... ninguna
muchacha; porque... yo acababa de entrar al cuarto del zaguán
cuando ustedes... entraron.
Don Jorge se quitó los botines y se entró al patio, dejándolos
en el corredor, pasó por una especie de callejón que tiene la casa,
y dio en el segundo patio, donde vio una luz que salía por la chapa
de uno de los cuartos. Se acercó y escuchó clara y distintamente la
voz de Bruna que altercaba con la ama de llaves de don
Bernardo.
-¿Dejar a mis padres? Esa sí que no era de ahí, decía Bruna.
-Pero ya le digo: zapatos, ropa y cuanto usted quiera, le
contestaba la mujer.
-¿Y mi conciencia?
-Esos son escrúpulos vanos.
-No, señora, porque todo lo que usted me ha dicho es un pecado
muy grande.
-¿Y qué hace usted de santa toda la vida vendiendo carbón por
las calles y vestida de frisa, como la más despreciable de las
indias, cuando usted es muy digna de romper zapatos de seda? y el
doctor que la quiere tanto! ¡Ave María!
-¡Pero vivir soltera con un hombre!
-¿Y para qué sirve la libertad entonces?
-Ni hecha pedazos. Y me voy porque esto es ya demasiado. No me
pagué usted el carbón, que Dios no me ha de faltar. Quédese usted
con la plata, que no será lo primero que usted se come.
-Nada, hijita de mi alma, con bravezas no se compone nada.
El portón está cerrado, y el doctor está en el cuarto del
zaguán.
-Pero grito, aunque se alborote toda la cuadra.
-Nadie acudirá a los gritos, porque yo estuve anoche gritando
hasta la madrugada de dolor de muelas, y nadie se dio por
entendido; y voy a decirle lo que hay, para que deje de estar
pensando en la salida. El doctor ha pensado detenerla por la
fuerza, si es que usted no cede a la razón. Rabiará usted por unos
días, pero al fin verá usted que es mejor vivir en la capital en
medio de todos los placeres.
Se oyeron unos gemidos dolorosos, y entonces tocó don Jorge a la
puerta. La criada torció la llave y abrió, creyendo seguramente que
era el doctor. Ambas mujeres se quedaron aturdidas al ver un hombre
desconocido con un puñal en la mano.
Don Jorge les intimó silencio y torció la llave, dejando
prisionera a la infame criada, y sacando a la víctima
rescatada.
En el corredor se dio a conocer don Jorge con la paramera
inocente, la cual lo abrazó, llorando de contento de ver una
persona de su parte. De pronto se impusó Bruna del secreto de su
libertad y siguió a su libertador al cuarto retirado de
|Cucañas.
-¿Quiere usted servir de criada o ama de llaves a este señor? le
preguntó don Jorge a Bruna delante de su tirano.
-De nada, porque este hombre me quiere obligar por la fuerza a
que yo lo quiera, y su criada me ha tenido encerrada. Esa mujer me
ha ofrecido joyas, plata, camisones de seda y zapatos, a nombre de
su amo; pero yo estoy más contenta con mi suerte de carbonera, que
con hacerme rica ofendiendo a Dios y dando escándalos en el
mundo.
-¿Con que la riqueza no le ha servido a este hombre sino para
corromper a la clase pobre? dijo don Jorge.
-Que le dé cien pesos a la carbonera, dijo don Amílcar.
-¿Dotarla? preguntó
|Cucañas.
-Cumplirle con todas las ofertas, dijo don Jorge.
-¿Por qué, señores, cuando no le merezco ni aun la más mínima
sonrisa? Hoy no he estado en la casa y acababa de entrar cuando
ustedes llegaron.
-Usted es muy generoso, dijo don Amílcar, déle usted la plata
que le tenía ofrecida.
-¿Pero dotarla...?
-Pagarle los ultrajes, los sustos y las penas.
-¡Tanta plata por un mero susto!
-¿Y si fuera una muchacha de zapatos no pagaría usted esta
ofensa con una paliza o el susto de un desafío?
-Eso sería muy diferente.
-¿Por los zapatos?... dijo don Jorge... ¡Vamos! Coja usted unos
paquetes, señora, y váyase para la calle.
Bruna cogió los cien pesos que le indicaron, y luego que sacó su
caballo del corral se fue en dirección a la tienda de su amiga
Carlota. Los ladrones le exigieron al doctor un documento en favor
de Bruna, y cuando estaba escrito leyó las palabras siguientes:
"Digo yo, Bernardo Cújar, que cedo, endoso y traspaso
en favor de la señorita Bruna Rodríguez, la cantidad de cien pesos,
por un rasgo de generosidad voluntaria; y para que conste firmo el
presente en la ciudad de Bogotá, a 8 de febrero de 1861
".
-Ahora suplico a los señores que firmen como testigos.
Firmaron el papel los dos amigos, y uno lo puso en manos de
Bruna, la cual desapareció en el instante.
Habría caminado una cuadra la paramera, cuando de golpe un
piquete de soldados de infantería se apoderó del cuarto, dejando
centinelas en los corredores y en el portón.
Les intimó el oficial a los disfrazados que se rindieran, y un
agente civil le preguntó al doctor Cújar:
-¿Cuánto le han robado a usted estos bandidos?
-Hasta ahora cien pesos.
-¿Nada más?
-Nada más en plata, pero me han robado una muchacha muy buena
moza, que yo había buscado para el servicio de esta casa.
El agente de policía se dirigió a los ladrones y les dijo:
-¿Cuánta plata se han robado ustedes?
-Ni un cuartillo, porque los cien pesos de que habla, los ha
cedido él a una muchacha que se había robado.
-¿Y la que ustedes le han robado a él?
-Es la misma.
-Sospecho que hay en esto una trama de amores, que no me importa
averiguar.
-Pero yo denuncio al señor Cújar como raptor y seductor de una
joven honrada.
-Eso no tiene que ver con la justicia, lo que interesa es el
robo de la plata.
-Los presos al centro, dijo el sargento del piquete.
-¡Pelotón! de frente, paso redoblado, marchen! dijo el
oficial.
El enmascarado que había asistido al asalto de la casa, por
parte de la
|Paloma, había desaparecido desde antes de
entrar la patrulla, dejando el puesto abandonado. Vamos a explicar
un hecho que el lector no ha tenido tiempo de meditar seguramente,
y es éste: ¿por qué especie de encantamiento se aparecieron los
soldados sin que sonaran las trancas de las puertas, ni el ruido de
las pisadas? Sucedió lo siguiente: La criada de honor de don
Bernardo saltó el corral de la misma casa por la ventana del
cuarto, y como usaba su llave aparte para la puerta de la calle,
abrió muy pasito y se fue a la guardia del principal, en donde se
hallaba un agente de policía, y avisó que los ladrones estaban
metidos en la casa del señor Cújar; y en el acto se destacó una
fuerte patrulla que rodeó toda la manzana, y que dio el asalto en
la misma casa con los auxilios de la mujer.
-Los disfrazados quedaron presos esa noche en un calabozo, en
donde se hallaban tres individuos, de facciones temerosas, pero que
don Jorge y su compañero Amílcar tenían necesidad de tratar, por
hallarse en la misma posada. Uno de aquellos le dio la mano con
mucho cariño a don Jorge, y le habló de esta manera:
-Usted debe ser un caballero excelente, y ya me figuro por qué
lo han metido a la cárcel, puesto que tiene rastros en la cara de
haber estado disfrazado. Ha errado usted el golpe, porque la
fortuna no es igual para todos los que tenemos valor. Pero no tenga
usted cuidado, que los enemigos de la propiedad tenemos mil
defensores en una República en donde se ha enseñado que la
propiedad es un robo; en donde se les ha quitado a las leyes y al
procedimiento civil lo que tenían de adverso para los enemigos de
las propiedades; en donde los fautores de elecciones buscan
electores en las cárceles públicas y los presidios; en donde las
revoluciones de todos los días les dan la libertad a los presos; en
donde la impunidad de los delitos es la única protección que al
pueblo soberano le han podido dar los defensores del pueblo. No
tenga usted cuidado, que ya el general Mosquera está en la
provincia de Mariquita con más de quince mil hombres. Mi prisión no
pasará de veinte días a lo sumo. El general Bolívar gastó cuarenta
días en toda su campaña desde el Orinoco hasta Boyacá, y el general
Mosquera cuenta con mayores recursos, y entonces, pobres de los
testigos de mi causa, pobres los jueces y los alcaldes, pobre el
dueño de unas vacas miserables que maté por mi cuenta, porque ya se
pasaban de gordas, y por eso me hizo meter a la cárcel. A todos los
perseguiré de muerte así que yo tome las armas. Y sabe Dios si
dentro de cuatro días no estoy fuera de esta cárcel, porque tengo
muy buenos padrinos.
Luego que don Jorge le pudo hablar a su compañero, le dijo:
-¡Hombre, estamos lúcidos!
-¿No lo ves? Por libertadores, le contestó don Amílcar.
-Pero quien se iba a figurar...
-Yo lo que siento es que lo vaya a saber Rosita.
-Y Blanca ¡oh! qué desgracia, exclamó don Jorge con la mano
puesta en el corazón.
La noche fue de lo más triste que pueda darse, porque el alcaide
apagó la vela y se quedaron los libertadores a oscuras con los
ratones y las pulgas, y un millón de pensamientos lúgubres,
fatídicos y espantosos.
A las siete de la mañana se presentó Angelita en la puerta del
calabozo, con licencia del alcalde, y acercándose a don Jorge y
Amílcar, que estaban sentados en un rincón, junto de unas cadenas y
grillos, les relató el siguiente recado con todos sus
requisitos:
-Que tantos recaditos le mandaron a sus mercedes mis señoritas y
mi señora, que han sentido muchísimo sus trabajos, y que los han
pensado infinito, y que vean en qué les pueden servir, y que las
ocupen con toda confianza, que anoche, después de las diez que
supieron la prisión, han estado locas de pesadumbre; y que les
manden sus mercedes a decir cuál es la causa de la prisión, porque
en el público hay dos opiniones: unos dicen que sus mercedes le
robaron diez mil pesos al doctor Cújar, y otros dicen que sus
mercedes le robaron una muchacha a dicho caballero; y que no dejen
de mandarles la legítima razón a mis señoras, para ver qué pueden
hacer por sus mercedes, porque es muchísima la pesadumbre que
tienen desde que supieron que sus mercedes estaban en la cárcel
pública; y mis señoritas les mandan estos bizcochitos, y mi señora
estas dos botellas de vino, y que dispensen la cortedad; y mi
señora les manda a decir que mañana a las ocho va a mandar decir
una misa a San Juan Nepomuceno para que los saque con bien a sus
mercedes, y que ella no cesa de encomendarlos a Dios.
Angelita le dio al descuido un atado de tabacos muy pequeños a
don Jorge y se despidió llorando.
-Mil gracias, le dijo el caballero.
-Tienes que hacernos un servicio muy grande, le dijo don
Amílcar.
-Todo lo que se pueda, dijo la criada; porque, como dice el
dicho: en la cama y en la cárcel es donde se conocen los
amigos.
-Vas donde la
|Paloma, ya que tienes mucha amistad con
ella, y me le llevas un papelito.
-Con muchísimo gusto, dijo la hermosa criada de las
mellizas.
Escribió don Amílcar una esquelita con el lápiz en una hoja de
su cartera, arrimando el papel a la pared, y se lo leyó a su
compañero de prisión.
Don Jorge quiso contestar el recado de su parte, y le dijo a la
criada lo siguiente:
-Pues me les dices a las señoras, de parte de ambos, que les
agradezco mucho el interés que han tomado por nosotros; que me
parece que en esta semana saldremos absueltos, porque todo no ha
dependido sino de una farsa. Mil memorias a las señoras, que las
hemos pensado mucho; y a la señorita Blanca me le dices aparte, que
yo no he dejado de pensarla ni un solo momento.
Y de mi parte a Rosa que la tengo pintada en mi memoria, dijo
don Amílcar; que mi corazón no palpita sino por ella, ¿me
entiendes? Díle que no me afligen las cadenas sino su ausencia, ¿me
oyes Angelita? Dile que es mi ángel, mi bien y mi delicia, ¿me has
comprendido?
-Sí, señor, todo se lo diré, así como sumercé me lo dice, y
hasta luego, hasta luego.
Al recibirles la declaración indagatoria, hicieron pasar la
escena por una calaverada de cachacos, y los pusieron en libertad
ya entrada la noche.
No hemos vuelto a saber nada de Bruna, desde que salió de la
casa del tirano con su caballo de cabestro.
Eran las diez y cuarto, y al pasar la carbonera por junto de una
puerta que no estaba enteramente cerrada, le dijo un hombre:
-¡El amor o la plata!
Bruna no contestó, y fue tal el temor que le causó la voz, que
se quedó quieta, sin poder dar un paso más adelante.
-¡Vamos! La plata o el amor, le volvió a decir el mismo
individuo.
-Yo que plata, contestó la carbonera temblando de susto.
-Los cien pesos que te dio
|Cucañas envueltos en un
papel amarillo. ¿Dónde están? le dijo el sujeto, esculcándole la
faltriquera.
Nada encontró el bandido, porque Bruna había metido los cóndores
entre la paja de la enjalma.
-¿No me conoces? le preguntó el bandido.
-Es uno de los que me libertaron esta noche, pero no sé quién
será
|sumercé.
-¡Mírame la cara! ¿No me conoces?
-No lo conozco, dijo Bruna temblando de susto.
El incógnito se quitó unas narices muy largas que tenía
sobrepuestas, y Bruna exclamó con más miedo que antes:
-¡Huy! don Alonso.
Era él, efectivamente, que se hallaba en el nido de la Paloma a
las siete y media, y fue buscado por ella para ayudar a la buena
obra, y había venido con la condición expresa de que pasaría por
incógnito para con los compañeros.
-Ya ves como soy uno de tus libertadores, le dijo don Alonso,
teniéndola cogida por la mano derecha, a tiempo que ella tenía
cogido con la otra mano el cabestro del caballo.
-¡Dios se lo pague! dijo Bruna temblando, y sin levantar los
ojos del suelo.
-Ahora lo que importa es descansar. Ese Cucañas es un grandísimo
pícaro. Te ofrezco mi posada. Yo vivo aquí con tres sujetos que no
molestan en la casa para nada. A la madrugada se meten en sus
cuartos, y ni ellos me ven a mí ni yo a ellos. Entra, y te quedas
aquí esta noche.
-Muchas gracias. Me voy aprisa porque este caballo no ha comido
desde la madrugada que me vine de casa, y mi mama me está
esperando.
-Tu caballo pasará muy buena noche en la pesebrera, y tú te
quedarás en mi cuarto. No faltará una cama, y tengo vino y muy
buenos bizcochos.
-¡Ni lo piense!
-¡Cómo! ¿me desairas?
-¡De fuerza! ¿Luego yo me había de quedar fuera de mi casa?
-Y ¿piensas ir hasta allá?
En este momento apareció la patrulla por la calle y don Alonso
dejó sola a Bruna, que tomó el camino de su casa, pensando en todas
las miserias que se ocultan en la ciudad, donde muchos hombres que
parecen honrados, son bandidos que escapan a la acción de la
justicia por sus relaciones y dinero.
|