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CUADRO VI
LA CACERIA DE LOS SABANEROS

Pocos días después de la escena que acabamos de narrar se hallaban en la casa de |ñor Lecio unos tantos cazadores que habían ido allí por recomendación del dueño de aquellos terrenos. En la sala se jugaba a los dados, en los corredores se tocaba tiple y en la cocina se hacia la cena.

Don Agapito Ballestas contaba sus lances de cacería, llenos de exageraciones. Todos los cazadores estaban con sus ruanas y sus zamarros, y algunos tenían debajo de sus sombreros de funda monteras de bayeta fina. Después de hablar largo rato de cacería hablaron de mujeres. Bruna y Tomasa se tenían que tapar las orejas cuando entraban a la salita. Atendían con gran cuidado a la conversación los cazadores noveles y los criados, que aprendían en ella la corrupción que después va a propagarse entre la gente de los campos.

Todos los partidos estaban allí representados: había liberales doctrinarios, absolutistas y mixtos, conservadores rabilargos y progresistas. Con semejante conjunto, natural era que la conversación de política no se hiciera esperar, y en efecto, al poco tiempo aquella reunión era un infierno en el cual nadie se entendía, cuando se dejó oír la voz de Bruna, que dijo:

-Entren a cenar.

Todos se dirigieron a la mesa.

Nada hay más animado que estas comidas de los cazadores. Beben y comen, hablan y ríen con gran placer, y sus chistes, más o menos agudos, sus hipérboles y retruécanos son tan ingeniosos como sus mismas ideas.

La chicha, el vino y el brandy rodaban de mano en mano, satisfaciendo todos los gustos y aumentando la locuacidad de los oradores. Los brindis se hacían estrepitosos.

Después de la cena se repartieron los cazadores en pequeños grupos, y llamaron a sus perros para acariciarlos y darles las sobras de la mesa.

Uno de los de la partida sacó un tiple de concha de armadillo, y añadiendo cuerdas lo puso en estado de producir alegres torbellinos, y lo dio a don Januario para que tocase, y se fue en busca de Bruna para entablar el baile.

Don Alonso, nuestro conocido, hizo entrar a las muchachas a la sala, puso guardia en la puerta y se afanaba por bailar. Tenía a Bruna de la mano; pero ella se resistía a bailar, y don Vicente había sentado a Tomasa en las rodillas. Esta cedió al fin, y ya iba a dar principio el baile cuando se dejó oír la voz de |ñor Lecio que las llamaba desde la alcoba.

Tomasa y su cuñada Nepomucena acudieron al llamamiento; pero Bruna no pudo deshacerse de la mano que la aprisionaba.

-Bruna, ¿ |vos no te |acostás esta noche? gritó |ñor Lecio.

-No se va hasta que no baile conmigo, contestó don Alonso.

-Ella lo que sabe es cocinar y ser |güena cristiana, dijo |ñor Lecio, déjela |sumercé que se venga a acostar.

-¿Y qué se suple con ser fanática?

-Con el perdón de |sumercé: mucho mejor es que sea |güena cristiana, y que no estuviera por ahí dando que hacer en el mundo.

-¡Viejo bestia! ¡Déjelas gozar de su libertad!

-¡Viva la libertad! gritó don Vicente.

-¡Viva! gritaron todos.

Bruna hizo una exponsión y se escapó de don Alfonso, diciéndole que se volvía con las otras; pero luego que entró le metió la tranca a la puerta, rezó el Ave María y el bendito y apagó la vela.

Había pasado algún tiempo, y las parameras no salían; y habiéndose molestado don Alonso por la mala fe de que había usado Bruna, comenzó a gritar:

-¡Viejo Lecio! ¡A nombre de la libertad, deje usted salir a las muchachas!

-¡Afuera las muchachas! gritaba don Vicente.

-¡Viva la libertad! ¡Vivan los derechos del pueblo! gritaban todos los demás cazadores.

Don Jorge le preguntó a uno de los criados, sacando la cabeza de su guarida.

-¡Hombre! ¿qué revolución tenemos por los contornos?

-Ninguna, señor.

-¿Por qué son esos golpes en las puertas y esos vivas a la libertad?

-Es porque mis amos están volteando la puerta de la alcoba de |ñor Lecio para sacarle las hijas.

-¡No está malo! exclamó don Jorge, y se quedó en expectativa.

El dormitorio de don Jorge y Amílcar era el caidizo o cuartito de guardar los costales y enjalmas de la carbonería, de que hicimos mención en el cuadro primero. Tomasa y Bruna los habían coloca do allí muy en secreto para libertarlos de la mala noche que habían de pasar entre los cazadores y sus perros.

Les habían hecho una visita al ponerlos en posesión, po.rque no les habían podido atender. Bruna le tenía unos caracoles y unos fósiles a don Jorge, y allí se los entregó, y una servilleta con una especie de fiambre para el otro día. Felizmente para las dos, esto no lo supieron ni los huéspedes ni los individuos de su propia casa. La dulzura del trato fino y decente es tan agradable, que hasta las carboneras hacían todo lo posible por su parte por conversar con don Amílcar y don Jorge.

Los vivas a la libertad no se habían terminado y don Jorge le dijo a su compañero:

-¿Qué te parece la libertad y la igualdad, Amílcar?

-Son exageraciones de don Alonso y su pequeño círculo, pero no tengas cuidado por nada, que son inmejorables patriotas.

-Pero esto no es corriente. Yo quiero a Bruna y me duelen todas estas ofensas; y al pobre del ciudadano Lecio ya ves como lo tratan todos estos señores.

¿Pero no ves que los carboneros aguantan callados?

-Pero qué quieres, hombre, si la magia de los zapatos los tiene avasallados, y otra magia más poderosa que tú no sabes.

-¿Qué cosa?

-La magia del dueño de tierras. Esta gente ha pasado por las órdenes del dueño de la tierra; y diciendo el dueño de la tierra, los pobres agachan la frente como los esclavos de las Antillas delante de los colonos de la raza blanca. De manera que ya irás comprendiendo lo que es la igualdad tan decantada y el respeto por los derechos del pueblo.

-¿Es verdad?

-¿No lo ves? ¡Siempre los ricos corrompiendo a los pobres!

Qué más indecencias pueden hablar en las orgías de Nápoles o París los hombres más libertinos, que las propagadas por los cazadores en esta choza de los infelices carboneros.

-¿Y más tarde no sabrán estas cosas los carboneros y todos los que pertenecen al pueblo?

-Lo malo es que el pueblo se corrompa antes de civilizarse; porque lo común ha sido que se civilice antes de corromperse, le contestó don Jorge a su amigo.

-¡Pobres Tomasa y Bruna! ¿cómo han de ser virtuosas si tienen que luchar contra la omnipotencia de los zapatos, y de la plata, y de los dueños de tierras? Y si al fin triunfan ellas, quién será capaz de valorar todo el mérito de su heroísmo? Ya lo ves: sin llaves, sin portón, sin vigilancia de las matronas y sin temores de la reputación que tanto valen delante de la gran sociedad. ¡Pobres muchachas! Por eso no quisiera yo que les quitásemos los consuelos de la religión.

Diciendo esto, se iluminó toda la cabaña y se siguieron estas voces que penetraban los oídos:

-¡Que se queman los viejos! ¡Que se lleva el diablo a los viejos! Se levantaron los huéspedes del cuartito y se hallaron con un tumulto de lo más espantoso. Corrían los criados y los patrones, latían todos los perros y lloraba la dueña de la casa. Se creía que la choza estaba incendiada. |  Lecio quitó las trancas de las puertas y salió, mientras que los cazadores registraban la alcoba y todos los lugares, hasta el asilo sagrado de don Jorge y don Amílcar.

Pronto cesaron los temores de un incendio general, porque la luz no era otra que la del incendio pasajero de un montón de rastrojo quemado por los satélites de don Alonso para asustar a los venerables padres de la familia, y obligarlos a quitar las trancas a la puerta.

Otro grito no menos lamentable se oyó entre los próceres del círculo de don Alonso, los cuales decían con rabia y con ternura a un mismo tiempo.

-¡No parece ninguna de las carboneras! ¡La tierra se ha comida a las carboneras!

En efecto, las carboneras no parecían ni en la huerta ni en los barzales inmediatos a la huerta.

Después de las doce ya estaba todo tranquilo. Los ronquidos de los perros y de los criados formaban una sinfonía que no privaba del sueño a los cazadores, acostumbrados a todas las miserias del mundo.

A las cuatro de la mañana marchaban los cazadores al páramo, después de tomar el chocolate y algunos tragos de brandy.

Con don Blas se acompañó don Jorge, y con don Cecilio el joven Amílcar, porque ellos no eran sino aprendices de la profesión.

Estaba muy oscura la madrugada, y Amílcar no veía nada por el camino; pero sucedía que iba subiendo a las nebulosas por las actitudes de su gran caballo morcillo y por el frío que aumentaba por grados, hasta el punto de no poder sujetar las riendas de su corcel.

Cuando se principiaron a vislumbrar los primeros rayos del sol por entre las grietas de las lomas y peñas, se quedó como aterrado don Amílcar de hallarse en la mitad de un páramo desierto. Por el contorno la vegetación consistía en la paja de helecho, la boba de cerdas y el frailejón, todo lo cual viene a componer un prado amarillento y sumamente triste a la vista; y a lo lejos se divisaba la sabana salpicada con algunos pueblos por la parte del noroeste. El horizonte era coronado por el oriente con las peñas desnudas de toda vegetación; pero la tristeza aumentó para el bogotano cuando vio el humo de las cabañas de los carboneros a muchas millas de distancia. Se creyó un Robinson perdido en aquellos desiertos, se acordó de la Rosa Blanca y de las mellizas y suspiró.

-¿Qué tiene? le dijo su compañero, ¿se siente malo?

No, don Cecilio, le contestó Amílcar, es que la soledad siempre es aterradora, porque nuestra raza es eminentemente sociable. Lo que yo deseo saber es la situación.

-La situación es que estamos de parada, porque don Vicente se ha ido a levantar el venado, y éste sale por la cañada del Cardonal arriba; y la parada de Moquentiva lo echa de para abajo; pero si el zoquete de mi compadre Blas, que se puso a venir en un caballo bueno para un canónigo, porque es justamente el de mi comadre, no lo ataja a su debido tiempo, el venado se va a los montes que caen al lado de Choachí, que son regados por las aguas que van al Meta; pero allá lo apura Marjon y Agramante, porque las bejucadas le enredan los cuernos y se vuelve para este lado, y nos sale de cuesta abajo a los dos; y si me sale a tiro lo enlazo de las |cepas a veinte pasos de distancia; y si no usted le suelta esta perra, que se llama la |Corneta, y después nos corremos por encima de las lomas y todos los demás cazadores se bajan y lo cogemos por allá en el río de San Francisco, y verá usted lo que es bueno y barato, porque con esta diversión no es comparable ni el baile, ni el Congreso, ni las elecciones, ni la plaza de toros... Pero eso sí, usted no habla, ni se desmonta, ni deja caminar al morcillo.

-¿Y por qué tapio rigor, señor don Cecilio?

-Porque la parada es una avanzada o centinela por el estilo militar.

-Y yo detesto todo lo que tiene visos de chafarote, porque los militares son los peores enemigos del pueblo soberano.

-Esas serán las montoneras y los guardias nacionales, pero el ejército permanente es la salvaguardia del pueblo.

Media hora se había pasado cuando preguntó don Amílcar a su principal con curiosidad:

-¿A qué hora es la cacería? don Cecilio.

-A las nueve lo levantarán don Vicente, lo corremos hasta las cuatro y media o las cinco, y verá una cosa buena.

-¿Y el almuerzo hasta cuándo?

-Así que lo cojamos. Almuerzo, comida y merienda todo junto; ¡porque eso es lo sabroso! Pero callemos porque si no se pierde todo el orden de la parada.

Eran las doce del día y la situación era la misma.

A un cuarto de legua de distancia vio don Amílcar un cazador de parada, en un momento en que se despejó la niebla, subido en un peñasco, y quieto como la estatua ecuestre del gran Bolívar en el Perú. Todo era triste para un orador eterno como era don Amílcar, que buscaba con quien asociarse en las fondas de la capital, como otros malos genios buscan con quien pelear en los juzgados.

Un nuevo espectáculo vino a interrumpir la inacción de la naturaleza, pero un espectáculo de muerte, y muy sorprendente para un corazón humanitario como el de don Amílcar.

Dormía en una cañada un ternero, entre la paja, al lado de una mata de frailejón, y descubrieron los cazadores dos buitres a sus inmediaciones, que se acercaron caminando a pie, a tiempo que la madre, que no estaba muy lejos ocurría dando bramidos que hacían estremecer las peñas más prominentes de la cordillera; pero uno de los buitres la esperó con las alas abiertas ocupando el espacio de cinco varas, que es lo que llenan siempre cuando se ponen en esta forma, y el otro cogió al ternero y lo puso en el suelo. La vaca huyó, porque era |primeriza y esas no hacen esfuerzos por salvar el ternero; y en dos o tres minutos despacharon su almuerzo los dos aliados, y fueron a posarse en las crestas más elevadas del páramo, donde tienen sus guaridas ordinarias. Tal es la voracidad, la fuerza, la magnitud de estos pájaros gigantes de los Andes, que tanto perjudican a los hacendados.

Don Amílcar se había quedado muy afligido, y le dirigió a su compañero estas palabras de mal humor:

-¿Por qué elogian a estos draconianos de los aires? ¿Por qué los escogen como emblemas de una república?

-Yo lo que sé es que son sucios, malvados, traicioneros y ladrones, dijo don Cecilio, mirando para una cañada distante, con uno de sus oídos rodeado con la mano derecha.

Don Amílcar se había levantado el cuello de su encauchado, porque la llovizna lo estaba molestando.

De golpe se estremeció don Cecilio y le dijo a su compañero.

-¿Oyó usted?

-¿Qué cosa don Cecilio?

-La voz de Agramante.

-No tengo la honra de conocerlo.

-No conoce usted una cosa buena. Es de los pintados legítimos. No corre mucho, pero rastro que coge no lo deja hasta no dar con el venado. Ahora va siguiendo un rastro pasteado. ¿No lo oye usted?

-Pues no, señor don Cecilio; le habló a usted con toda franqueza.

-¿Como un quejido, oyó usted?... Y mírele el rabo a la |Corneta, y mírele las orejas a su caballo, verá cómo ellos están en autos... No dilatan en levantar el venado.

Se calló don Cecilio, y don Amílcar comenzó a recitar unos versos de Vargas Tejada.

Al cabo de un cuarto de hora, se paró don Cecilio en los estribos y dijo:

-¡Los perros saltaron el venado! Oiga usted como una sinfonía de trompas, violines y cornetas. Oiga usted los gritos de don Vicente y los bramidos de mi perro Agramante. Es de los pintados legítimos, corre despacio; pero hay ocasiones que dura dos días en el rastro. Lo verá usted. Se le pelan las narices de llevarlas todo el día arrimadas a la tierra. Cuarenta perros están a la fecha entablados, y fuera de esos en las paradas le van poniendo otros nuevos de refresco.

-¿Y ahora qué falta? preguntó don Amílcar.

-Cogerlo, niño de Dios, y ese es otro gustazo que vamos a tener por allá frente de Guadalupe o de Monserrate; por ahora estemos callados hasta que nos salga, que será dentro de dos horas a lo sumo.

Más de tres horas se habían pasado en un silencio profundo, cuando sonó un grito a mucha distancia, por este estilo:

-¡Ah peerro! ¡cógelo peerro!

-Ese es don Alonso, dijo don Cecilio: fue que le salió el venado y él le soltó el perro de laja.

-¿Y nosotros qué hacemos ahora?

-Esperar hasta que nos pase.

-¿Y no moriremos de hambre, como Pausanias, aquí encerrados entre estos peñascos?

-Déjese de eso que la esperanza mantiene al hombre. ¿Usted no tiene esperanzas?

-¿De qué don Cecilio?

-Pues de coger venado; ¿luego de qué otra cosa?... Pero callemos, porque ya se nos acerca la hora. ¿No oye usted por allá a mucha distancia el ruido confuso de la música de todos los perros juntos? ¿No oye usted flauta, flautines, cornabacetes, trompas y cornetas?

Al cabo de media hora vio venir el venado don Cecilio, por la cañada arriba, y se pasó a un pantano a esperar que le saliera para enlazarlo, y le dio sus instrucciones a don Amílcar para que le soltase la perra que tenía cogida con un rejo de enlazar. Pero cuando menos acordó don Cecilio vio subir al venado por el lado de su segundo, y entonces le gritó:

-¡Ahí le sale! ¡Don Amílcar! ¡Suéltele la perra!

Don Amílcar se fue a desmontar y entonces le gritó su director:

-No hay para qué desmontarse, que es nudo moreno corredizo lo que tiene la punta del rejo. Pero suéltesela, cristiano, mire que se le pasa, y el venado entonces no vuelve al cazadero. ¡Quítese los guantes!... ¡Malditos sean sus guantes y sus manos y su figura, cachaco de todos los diablos! ¡Se fue el venado para los infiernos, y con él la perra cogida de cabestro!... Esta es la vileza más grande que puede darse.

Al fin soltó don Amílcar la |Corneta, y ésta no corría con la ligereza del venado por seguir el rastro, pero latía sin cesar un solo momento.

Don Cecilio, que se subió de pronto a una colina, gritaba con el dedo metido en el oído.

-¡Ah! ¡late peerra! ¡late peerra!

Por fortuna, para los cazadores, el venado no pudo trasmontar una loma dilatada y volvió al cazadero, y atajada por una parada se volvió de para abajo.

Don Cecilio vio desde la peña que las paradas se replegaban hacia el lado del Boquerón del río San Francisco, sin perder la altura de los cerros, y en este supuesto se fue por la hondonada a estrechar al venado o a contenerlo si se volvía, y le explicaba sus pronósticos a su segundo sin acordarse de la falta ni de las maldiciones, porque los cazadores sabaneros son unos buenos cristianos que no guardan rencor ninguno. Tomaron un trago de brandy y picaron al trote.

En una cañada encontraron a don Jorge con su guía, que era don Blas, y éste le hablaba un poco recio.

-Este niño, le decía, me ha venido a salir con un espinazo de culebra marcado en una piedra, cuando esperaba que me trajera una muestra de la mina de esmeraldas que dicen que hay por aquí...

-¡Un pescado fósil! don Blas, ¡una cosa de muchísimo mérito para la ciencia!

-¿Y para qué es bueno ese pescado? ¿Sirve para remedio?

-Es una prueba de que este páramo fue asiento del mar en otro tiempo, lo cual demuestra que el mundo entero ha sido cubierto por las aguas.

-Eso no tiene que hacer, porque el diluvio universal lo han confesado hasta los indios bravos de las dos Américas...

-¡Pero monte, cristiano, que el venado ya lo tenemos abajo!

-¡Monte! ¡monte! ¿No oye los gritos de las paradas del lado de Monserrate? Pero bote ese canto de piedra que no le va a servir sino de estorbo. Con estos niños no se puede cazar ni un conejo, dijo don Cecilio. ¡Vamos! Un traguito y metamos espuelas de para abajo.

Se hizo lo que decía el decano, y la marcha se apuró en los términos prescritos!

-Con botánicos y geólogos no se puede andar, dijo don Blas; porque dondequiera los hace parar una flor o un caracol y tiene uno que detenerse.

-Figúrense ustedes que en la parada no hacía don Jorge sino atisbar las grietas del peñasco que nos cubría las espaldas y tentar las piedras desde a caballo.

-Y este Amílcar, que es un galgo inaguantable, no se puede estar callado ni quieto...

-¡Alto ahí, caballero! que yo no me dejo insultar de ningún orejón brusco como usted.

-Como yo hablo de su tocayo, que dio en enredarse y en molestar a don Jorge, desde que sintió el alboroto de todos los perros.

-¿Qué tocayo?

-Mi perro de laja que se llama Amílcar, porque mi hija estaba leyendo un pedazo de historia cuando nació mi perro, y lo confirmó con ese nombre. Pero el que tiene tocayos tiene amigos, don Amílcar: no tenga usted cuidado.

-Conozco que usted se burla de mí. Tome usted mi guante. -No me viene, porque parece ser de mujer, dijo don Blas. ¿O es que me lo da usted para que se lo guarde?

-Para que sepa usted que está desafiado, y el duelo ha de ser tres minutos después de que se concluya toda la función.

-¡Bueno! A los tres minutos después de concluida toda la función, dijo don Blas.

Y siguieron todos rodando más bien que caminando, hasta dar con el camino que conduce a la estancia.

A este mismo tiempo gritaban las paradas de Monserrate, y al cuarto de hora se encontraron de manos a boca con el venado que se volvía de para arriba: era un famoso macho con una cornamenta estupenda de cuatro puntas en cada cuerno.

Fue grande la gritería de los cazadores, y los perros prorrumpieron en un aullido que no volvió a cesar en mucho tiempo. Corría de para abajo el venado y corrían detrás los jinetes en caballos que parecían una exhalación. Pasó el venado por la casa de Bruna, y ella le soltó su perro animándolo a grito herido.

-¡Cógelo! ¡ |Frijolito¡ ¡Muérdelo, |Friiolito de mi alma!

De la casa de ñor Lecio salió más gente a la novedad; todos llevaban el camino que baja para el Boquerón.

De tal suerte se perdió el venado en las orillas del río San Francisco, que todos los perros vagaban amontonados y buscaban desorientados sin hallar la pista, y el desconsuelo era grande.

No se oían voces de ninguna clase. Los perros y los cazadores todos estaban callados. |Lira y Agramante olían el agua del arroyo, pero no ladraban. Las yerbas que cubrían las márgenes del arroyo estaban ya examinadas y lo mismo los pocos matones. Don Amílcar miraba el sol próximo a esconderse detrás de la cordillera de Monserrate, y bostezaba montado en su famoso caballo morcillo. Don Cecilio y don Alonso estaban a pie, y perdían el tiempo rastreando como los perros. El arroyo estaba todo registrado desde muy arriba y lo brincaban los cazadores en sus caballos para ir a cerciorarse de una triste verdad. El conflicto era espantoso y la noche ya se acercaba.

De golpe se oyeron unos latidos y la voz clara, armoniosa y sonora de Bruna que decía:

-¡Cógelo, |Fríjol!

|Fríjol entendía algo de agua, fuera de conejero, era boruguero, y por esto descubrió la punta de las narices del venado entre un racimo de helechos y gramas que caía sobre el agua y dio el grito de alarma; y saliendo el venado a los matorrales los perros lo perseguían de cerca, ladrando todos a la vez, y los cazadores metiendo espuelas a sus caballos lo atajaban y aturdían. Los gritos eran estupendos y parecía que el drama estaba terminado con la efusión de todo el gusto compendiado de que es capaz el corazón humano. El sentimiento hacía brotar las fuentes de la alegría hasta rayar en el furor. No quisieron los cazadores enlazar el venado por tal de que los perros lo cogiesen, y en efecto, lo cogió |Agramante del jarrete. |Lira lo cogió del hocico, y luego llegó |Amilcar y |Corneta; pero se desmontó don Alonso y lo degolló con su cuchillo de monte, y rodeados los cazadores celebraban el triunfo, tal como era debido a las fatigas de todo un día, y a tales penas y sacrificios.

Don Blas abrió el venado, y de las entrañas les repartió una ración homeopática a los setenta perros de la corrida. Los criados pusieron el venado en ancas de un caballo, y se siguió la comida.

Esta es la última escena del drama de la cacería, pero es imposible describirla como lo merece.

El comedor era un prado lindísimo de cuarenta o cincuenta varas de extensión. Estaba rodeado de arrayanes, mortiños y uvas camaronas. Corría por uno de sus costados el arroyo de San Fran cisco, cuyas aguas cristalinas murmuraban entre los movedizos barrancos de sus dos orillas, adornadas de zarcillejo y otras plantas de flores pequeñas. Se habían puesto en un círculo estrecho los cazadores, sentados en el suelo, para evitar que los perros se hiciesen los convidados, y por fuera del círculo hacian la guardia los criados con las zurriagas de guayacán, de los patrones.

La variedad de los manjares era infinita. Sobre diez o doce servilletas puestas encima de la grama, se mostraban las torrejas, las gallinas asadas, los salchichones y lenguas de vaca; allí se veían también bollos de mazorca y los huevos cocidos de fiambre. Habían presentado sus cajetas de lata repletas de arroz cocido, o de papas, o de pasteles y empanadas algunos de los cazadores: todos habían contribuido con pan de distintas hechuras y formas, y algunos con bocadillos y dulces secos y el queso de sus haciendas.

En cuanto a licores vamos a presentar un verdadero fenómeno del comercio y de la civilización humana. El brandy, el oporto y el coñac se hallaban después de un viaje peligroso, coronando las alturas de los Andes, lo cual quiere decir que no estamos tan pobres los cundinamarqueses, o que nos pasamos de la escala del lujo que nos conviene. La chicha también aparecía entre las botellas de licores extranjeros, y por cierto que no era despreciada, aunque su viaje no hubiera pasado de cuatro o cinco leguas.

Muy justo era que los cazadores comieran y bebieran con apetito después de un ayuno de tantas horas, y justo que estuvieran locos de placer con la presencia del venado que tanto los había fatigado.

Todos hablaban a un mismo tiempo gritando, riendo y gesticulando con entusiasmo para recordar una hazaña de sus perros o de sí mismos. Eran valientes todas las figuras de su retórica especial; pero la hipérbole fulguraba con toda su fuerza, como en los discursos de los orientales del Asia. La voz de don Jorge era la que menos se oía. Los cazadores hablan muy recio, y los de raza sabanera pura, mucho más. No obstante, cuando se ponderaban las proezas de los generales |Agramante y |Amílcar, |Cucalón y |Scipion, donde Jorge levantó la voz todo lo que pudo para decir que |Fríjol era muy digno de elogios por haber descubierto el venado, bajo la dirección de la bellísima y encantadora Bruna. Pero don Alonso le dio una carga tremenda por las consideraciones extremadas con la hija de un carbonero. Sin embargo, pidió dos o tres minutos de atención al partidario de la igualdad, y brindó por Bruna y por el respeto debido al pueblo soberano.

Este festín hermoso de los cazadores, animado por los licores y por la gloria de un triunfo inmediato, dotado con toda la libertad de la palabra, como es de suponerse, no tiene rival en las orgías ni en ninguna de las comilonas de las gentes del alto tono. Es el último cañonazo de la batalla.

A los tres minutos de haberse parado los cazadores, se acercó don Amílcar con el reloj en la mano y le dijo a don Blas:

-Caballero, los dos tenemos una cuenta pendiente.

-Muy bien; pero yo escojo las armas, contestó el sabanero.

-Esa es la ley, dijo don Amílcar.

-Yo quisiera que fuese la pistola, pero los sabaneros no usamos más arma que la zurriaga. Sin embargo, todo lo que sirva para ofender es arma. Montemos a caballo, y yo le diré como nos hemos de batir. Yo nombro de padrino a mi vecino Cecilio.

-Yo a mi compañero don Jorge de la Bastida.

Cuando estuvieron a caballo los duelistas, dijo don Blas:

-Presento por arma el rabo de mi caballo.

-¿Cómo? dijo don Amílcar.

-Que amarren los padrinos los dos rabos y nosotros metamos espuelas, y el que se lleve al enemigo, ese es el que tiene la razón.

-¡Bueno! ¡bueno! dijeron todos los cazadores, y se procedió a los preparativos.

El caballo de Amílcar era mucho más grande, y eso fue lo que lo hizo consentir en el desafío.

A la voz de uno, dos y tres, picaron los duelistas, y los sabaneros vieron con sumo disgusto que el morcillo del bogotano se llevó al caballo de don Blas, por más de cuatro y media varas; y lo colmaron de insultos, con lo cual se estimuló de nuevo y le metió las espuelas al castaño hasta donde pudo, y desde entonces se quedó indecisa la pelea por algunos cortos minutos; pero a lo último volvió a picar don Blas y se arrastró al morcillo de don Amílcar por más de media cuadra; y fue aplaudida la victoria por todos los sabaneros y demás concurrentes.

Después de esto, se arrimó don Jorge a donde estaba Bruna y la dijo:

-¿Cómo tengo la dicha de verte cuando anoche decían los cazadores que la tierra te había comido?

- |Jué que al pensar que la cocina se estaba quemando, nos botó mi señor padre a |mana Tomasa y a |mana Ponucena y a mí por la esquina del empaje de la alcobita |pa que nos |juésemos a esconder antes de abrir la puerta; y |Lugencio, que estaba por ahí disfrazado desde las diez de la noche, nos recibió y nos acompañó donde |mana Ponucena, y allá pasamos la noche.

-¡Cómo siento las tropelías que se han ejecutado contra toda tu familia y contra ti en particular!

-Qué se va a hacer si |semos probes. Yo les tengo mucho miedo a los señores cuando comienzan a gritar la libertá, y lo mismo todos los de casa.

Era la oración cuando los cazadores montaron y desde lejos, se oían los gritos que daban cuando iban atravesando el medroso Boquerón en las horas inusitadas de la noche.

Don Jorge se había quedado un poco atrás y le decía a su compañero Amílcar que lo seguía:

-No me ha disgustado el carácter de estos cazadores de venados. Son joviales a su modo y se divierten a todo su gusto, pero da miedo verlos correr sobre los peñascos más elevados en esos caba llos, que más bien parecen venados. Me gustan, prescindiendo de sus desafíos y de sus galanteos.

-Un poco bárbaros me parecen, dijo don Amílcar con sumo desprecio.

-Qué desgracia que en estos lances de la vida en que los cazadores se ponen en contacto con los pobres sea para corromperlos en sus costumbres patriarcales. No hay medio. Los ricos corrom pen al pueblo, pero no le civilizan. El pueblo gime bajo la coyunda de la ignorancia y de la miseria, después de haberse independizado de sus tiranos de más allá de los mares.

-¿Te has olvidado de que el pueblo conoce sus intereses? y que hay un axioma que dice: "¿dejad hacer?".

-Sin embargo, si yo fuera al Congreso propondría una ley para que se obligue a todos los ricos a dar una contribución para las escuelas de los pobres en los sitios o partidos distantes de las parroquias, para que hagan algo bueno por los pobres, ya que les dan tan malos ejemplos.

Los sabaneros siguieron derecho para sus casas, a pesar de que era muy tarde y de que estaba muy oscura la noche; los bogotanos se quedaron en la ciudad, y de esta manera se disolvió la famosa reunión de los cazadores.

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