CUADRO V
LA DESCUELGA DE BRUNA
Don Jorge había dado en aumentar sus correrías por el páramo en
busca de los fósiles que tanto lo preocupaban. Un domingo regresaba
del páramo, y encontró a la orilla de una quebrada a Tomasa que se
lavaba los pies, sobre un guijarro que era su lavadero.
-¿Qué haces? le dijo don Jorge ¿cómo está Bruna y toda la
familia?
-
|Toos alentaitos y pensándolo tantísimo a
|sumercé, le contestó Tomasa.
-Vengo a buscara Bruna con un empeño muy grande.
-¿
|Pa qué cosa?
-Quiero que me regale un pedazo de roca que tiene en el altar de
la sala con los pájaros disecados, porque el altar es el museo de
ustedes, ¿no es cierto?
-Yo no sé cómo será ese cuento de los museos.
-¿Y sabes qué cosa es altar?
-¡Miren qué gracia! El altar es
|pa rezar y
|pa
acordarnos de Dios.
-Lo que llaman ustedes altar es un tutilimundi de cachivaches, y
quiero que de ellos me regale la roca tu hermana.
-Hoy no puede
|sumercé hablar con mi hermana de ninguna
manera.
-¿Por qué?
-Porque hoy está colgada.
-¿De cuenta de amores?
-Tal vez.
-Pues me voy a libertarla.
-Nos iremos, dijo Tomasa, echándose la
|múcura de agua a
la espalda y a Crispín al cuadril.
-Pero yo no sigo a tu paso, dijo don Jorge, y principió a trepar
a la casa a paso acelerado; cuando ya se acercaba a la casa vio que
había mucha gente en los alrededores, por lo cual se aumentaron sus
temores, y se decía a sí mismo:
Tolerar, o más bien proteger la corrupción de las muchachas con
el pretexto de exterminar el catolicismo no es cosa que a mí me
acomoda; pero tampoco estoy porque se las cuelgue por una debilidad
a que las hijas de Eva están expuestas en este valle de lágrimas.
Ñor Indalecio es un excelente sujeto, pero la ignorancia es capaz
de todo.
Ni aun saludó don Jorge al entrar a la casa por el afán de
socorrer a la estarciera; pero cuál no sería su sorpresa al verla
sentada en medio de dos mujeres, con los ojos bajos y aderezada
como para una fiesta...
-¿Qué hay? le preguntó. Me dijeron que estabas colgada.
-Sí, señor, dijo Bruna, sin levantar los ojos de la tierra, y me
alegro que venga
|sumercé a tan
|güen tiempo,
porque hoy es mi descuelga.
-No comprendo.
-¿Luego a
|sumercé no lo han
|colgao?
-Ni lo permita Dios; pero explícame lo que esto significa.
-Si
|sumercé se espera un poquito sabrá lo que quiere,
porque ya se acerca la hora de la descuelga.
Don Jorge estaba desatinado por saber el fin de aquella
aventura. Veía que hombres y mujeres lo miraban con cierta sonrisa
de burla; veía la puerta de la casa adornada con un arco de laurel
matizado de flores; en el altar nuevos y olorosos ramilletes a
Bruna sentada en la mitad de la sala, en medio de dos mujeres y
teniendo al frente una mesa pequeña cubierta con un pañuelo
encarnado, sobre la cual se veía un plato donde había algunas
monedas; en el centro una rosca de pan con relieves representando
flechas, corazones, palmas y coronas, y en derredor duraznos,
manzanas, fresas, curubas y muchas otras frutas. Un arco de las
mismas frutas estaba colgado de la pared.
Un golpe de música estentórea sacó a don Jorge de sus
meditaciones.
Un tiple por alto y otro por bajo venían a ser allí lo que en la
música de viento los clarinetes y flautas, y el papel de los
tiempos lo representaban las guacharacas y los alfandoques, y el
estrombón lo suplía una carraca de caballo que
|ñor Lecio
tocaba pegándole sobre la tierra. En verdad que los músicos no
entendían la nota; pero hacían mucho alboroto, que era lo que les
importaba.
La concurrencia se aumentaba por instantes, luego que pasó todo
el ruido de la música, se levantó Bruna, seguida de las mujeres que
la acompañaban, y se paró junto a la mesa, y allí Fulgencio le hizo
pasar por todo el cuerpo una cinta delgada de color lacre, de la
cual pendía una moneda de plata, ensanchando con los brazos
abiertos toda la extensión del lazo que formaba, por estar unidas
las dos puntas con un nudo formado con una pequeña rosa. Este mismo
Fulgencio, con ínfulas de augurio de profeta relataba en tono muy
grave las siguientes palabras: c
|olgada que estás colgada -yo te
vengo a descolgar- para que ni en esta vida ni en la otra -tengáis
que ir a penar. Cuando el lazo tocó el suelo Bruna saltó fuera
con la mayor viveza, y todos los ojos de los espectadores se
fijaron en los pies de la carbonera, rosados y admirablemente
pequeños. Entonces levantó Fulgencio el lazo, se repitió la
ceremonia por tres veces, exclamando en la última con el tono
venerable de los profetas:
|la niña Bruna está descolgada pa
lotra vida y pa la presente.
En el instante quemaron unos tantos voladores en el patio y la
música prorrumpió en sus armonías estrepitosas. Don Jorge se acercó
a la esposa de
|ñor Lecio, que estaba parada en la puerta,
y la dijo:
-¿Qué significa la ceremonia que acabo de ver?
-¿No
|vido? le contestó Benedicta.
-Pero no comprendo, le replicó el naturalista.
-
|Pus es la descuelga de Bruna.
-¿Pero esta es una ceremonia mística como el baile del angelito;
o simbólica como los trabajos de los masones; o sagrada como las
expiaciones de los israelitas?
-
|Pus yo no sé sino que esto se usa desde los primeros
|abinicios.
-Pues hay un misterio en todo esto, dijo para sí el naturalista,
y si la fisonomía de estas gentes no me hicieran conocer que no son
indios, sino blancos sumidos en la miseria, yo no vacilaría en
afirmar que esta ceremonia es una de tantas supersticiones del
culto de los chibchas.
-No
|creiga sumercé en las
|creyencias del
enemigo malo, dijo
|ña Bena a don Jorge viéndolo tan
pensativo.
-¿Pero qué significa esto? preguntó don Jorge aguijoneado por la
curiosidad.
-Es la descuelga,
|pus como ya le dije. Hace un año que
|Lugencio colgó a mi hija Bruna echándole una peseta en una
totuma de chicha, y ella se la topó al acabar de beber y la guardó
sabiendo el misterio que contenía; se completaba el año y me
|apronté con marrano muerto y con las frutas y la rosca que
ve sumercé. Esta tarde hay boda y lo convido a sumercé para que nos
acompañe. Esto es la cuelga y la descuelga, y diré a
|sumercé que cuando llega a morir la persona colgada, el
hermano o el pariente más próximo, tiene que dejarse descolgar para
que no pene el difunto en la otra vida.
-¿Y ese plato para qué sirve?
-Es
|pa que echen sus cuartillos o sus medios las
personas que a bien lo tengan.
-¡Ah! ya sé. Este es el beneficio de Bruna; eso me parece muy
justo, y acercándose a la mesa echó un peso fuerte en el
platico.
-Mientras tenía lugar esta conversación las madrinas repartían
las roscas en pequeñas tajadas, y daban a todos los concurrentes
bizcochos y mistela de azafrán. Tomasa le sirvió a don Jorge
mantecadas v mistela.
La música tocaba el torbellino y Fulgencio salió a la mitad de
la sala, se echó la ruana al hombro, y zapateando al compás de los
instrumentos, fue a dar hasta el asiento de Bruna, y quitándose el
sombrero la hizo una venia profunda. Bruna se paró, trémula de
vergüenza, se miró el traje con disimulo y dio la primera vuelta
del torbellino sin levantar sus ojos del suelo ni alzar para nada
los brazos; Fulgencio hacia el ademán de perseguir a la pareja, la
cual escapaba haciendo giros, sin apartarse del centro sino unos
tres pasos a lo sumo, y a las tres vueltas se cambiaban los
puestos. Tal es el torbellino, baile galante, tan usado entre todas
las gentes del pueblo.
Otra pareja de leñadores vino a ejecutar el baile llamado
"La manta", cuya música revela su origen, porque
la abnegación y el sufrimiento de los indios están pintados en este
baile nacional de los pueblos de Cundinamarca. El canto de
"La manta" no es menos melancólico que el baile.
Uno de los músicos, que era amante chasqueado de Tomasa, le dirigió
este cuarteto, que aunque no fue cantado en italiano, cualquiera
hubiera dicho que era un trozo de ópera paramera:
Más vale querer a un perro
Que querer a una mujer,
Que el perro es agradecido
Donde le dan de comer.
Volvieron a tocar torbellino, y dos carboneros empezaron a
cantar a dúo en cierto género de poesía muy propio de su
sentimiento y de su carácter. Hubiera querido don Jorge tener oídos
de artillero de la Rusia, para soportar aquel canto muy digno de
acompañado por las melodías de la carraca. Los versos eran
aplaudidos por todos los concurrentes, y he aquí una muestra de
ellos:
Cuando un pobre está queriendo
Y un rico se le atraviesa,
Al rico también le cabe
Un buen palo en la cabeza.
Había entre los concurrentes dos mujeres que eran del sitio de
los Cristales, al oriente de Bogotá, que se daban ciertos aires de
tono y de superioridad, nombrando a cada paso los bailes de la
ciudad y la música de las tropas, aunque sus sombreros de fieltro y
sus enaguas de zaraza desteñidas valían mucho menos que los trajes
de frisa y los sombreros de palma de las campesinas, que por lo
menos habían sido estrenados por ellas mismas.
-No hay como la
|varsoviana, dijo una de las dos
semi-bogotanas.
-Si los músicos me tocaran la
|polka, yo sí la
bailaba.
Don Jorge no podía esperarse al baile ni a la comida, por lo
cual se excusó y salió seguido de Tomasa, que al abrirle la puerta
de talanquera le dijo con mucho cariño:
-Mucho siento que no
|quera esperarse
|sumercé
al bailecito de esta noche.
-Mil gracias. Dile a Bruna que de esa manera la quisiera ver
colgada todos los días.
-Sí, señor, y dispénsela
|sumercé que hoy no haiga
salido a acompañarlo, porque hoy no se puede.
-¿Y me dejas ir sin decirme qué significa esta ceremonia de la
cuelga?
-¿No
|vido?
-Ocúltamelo, que Bruna me lo dirá, dijo don Jorge, y tomó el
camino de regreso a la ciudad.
Parece que no habrá ninguno que sepa más que Tomasa lo que esta
ceremonia significa.
Pocas fiestas habrá que no terminen con un famoso baile. Las
procesiones de Corpus, la unión de los esposos, la noticia de una
batalla ganada, la bendición de una casa nueva, y en algunas
partes, hasta la muerte de los chiquillos, se celebran con baile,
con esa locura de la juventud, tan inocente como una paloma y tan
traidora como una culebra; porque el baile puede ser una diversión
que no deje más rastros que el cansancio, o bien puede ser el
motivo de una desgracia más terrible que la muerte, la pérdida de
la virtud de una joven pura y candorosa que cae herida bajo el
poderoso aliento del hombre que la estrecha en sus brazos, que la
habla al oído y que la embriaga con sus miradas.
Para la descuelga de Bruna se ejecutó uno al cual concurrieron
las gentes de dos leguas a la redonda, hasta el extremo de no caber
ni aun en el patio.
A las ocho de la noche estaban listas las parejas, y Fulgencio y
Bruna dieron principio al baile. Se querían, y es instinto de los
que se aman, sean pobres o ricos, bailar juntos cuantas veces
pueden; pero para aquellos pobres la civilización no había refinado
sus bailes, y por eso no se abrazaban delante de todos, y solamente
bailaban el incitante
|torbellino, la modesta
|manta y el airoso y enamorado
|bambuco.
Después de Fulgencio y Bruna siguieron otras parejas, haciendo
resaltar su belleza algunas que llevaban las enaguas de frisa bien
ceñidas a la cintura, y lucían su camisa de bogotana fina y un
pañuelo estampado, de colores, cruzado sobre los hombros; al par
que otras, y eran las más, no abandonaban la mantilla de bayeta
azul, y otras, que no fueron muchas, bailaron con ruana puesta.
Aquellas muchachas, blancas y robustas,
|chapeadas sus
mejillas con los colores más vivos, hubieran dado golpe con trajes
elegantes y en un salón iluminado por las hermosas bujías de la
ciudad.
Todos los hombres eran pobres; pero estaban limpios, y lucían
sus blancas alpargatas y sus calzones de manta.
A las primeras piezas llegó una señora ricamente vestida,
acompañada de don Alonso Martínez y de don Vicente Alarcón. Esta
dama era Carlota, que había sido convidada a la fiesta por Bruna,
que la recibió con muestras del mayor cariño. Entre todas aquellas
gentes había causado grande embarazo la presencia de aquella
elegante dama, y no tuvo poco trabajo Bruna para centralizar los
músicos que se habían federado a la llegada de aquellos
personajes.
La música restableció el baile, y la chicha y mistela dieron
nueva animación a los concurrentes. Al compás del torbellino
bailaron las bogotanas polka, redowa y straus, y causaba grande
admiración a tan sencillos espectadores ver los saltos que daban
aquellas parejas tan estrechamente abrazadas.
El canto de los gallos se dejó oír a pesar del estruendo de los
tiples y de las carracas, y el baile hubiera terminado sin la menor
interrupción sin las pretensiones de don Vicente, que quiso hacerse
dueño absoluto de Tomasa, y armó una disputa con un muchacho
robusto y resuelto que la sacó a bailar.
-No venga a tratarme mal
|sumercé de cuenta que
|semos
|probes, le decía Jacinto, que era el nombre
del joven.
-Poco a poco, dijo don Vicente, que a mi pareja no se le acerca
nadie.
-Las parejas de
|susmercés son las señoras.
-¡Yo no alterno con los miserables! exclamó don Vicente.
-¿Entonces
|pa qué asiste
|sumercé a los bailes
de los miserables?
Don Alonso se paró, y acercándose a Jacinto le dio un empellón,
acompañando el ultraje con una interjección que no se acostumbra a
escribir.
-Eso no, mi caballero, dijo
|ñor Lecio, que cada gallo
en su gallinero es rey.
-Quita allá, le dijo don Vicente, y le dio un empellón.
-Háganos el favor, mi caballero, de no propasarse, le dijo
Fulgencio con respeto.
-A todos los paro en la cabeza, miserables, indecentes, y dio un
puntapié a
|ñor Lecio.
Desde aquel momento todos perdieron la paciencia, y se armó una
batahola de mil demonios. Los gritos, las amenazas y los insultos
eran la explosión más justa de la rabia y de la venganza, y los
resultados hubieran sido fatales si la hermosa Carlota no hubiera
intervenido y los bogotanos no se hubieran humillado.
Después de aquietarse el tumulto se dispersó la concurrencia. Es
cosa singular que no pueda reinar la armonía y el contento en estos
bailes de la gente del pueblo, cuando a ellos concurren gentes
calzadas de la ciudad. Los calzados se creen dueños de todas las
muchachas bonitas, y despiertan los celos y la rabia de los
campesinos que se ven tratados con desprecio.
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