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CUADRO IV
CACERIA DE ESCOPETA

Habiendo convidado |ñor Lecio a don Jorge para una cacería de escopeta, éste convidó a Amílcar, y juntos partieron un domingo, al amanecer, seguidos de Juan Moreno, que llevaba a la espalda la maleta con el fiambre y los elementos más necesarios a la cacería. iban todos a pie y con sus escopetas al hombro.

El boquerón del río San Francisco, es una enorme grieta excavada entre los dos. cerros de Monserrate y Guadalupe. Aquel sitio presenta, durante la mezcla confusa de luz y de sombra del amane cer, un aspecto fantástico y medroso. Las paredes que forman aquel estrecho sendero son peñas casi verticales de grande elevación, con algunos peñascos desnudos que parecen desprenderse de ellas, siendo el más notable el |Pico de la Guacamaya, enorme roca que se ve desde Bogotá con la figura del pico de una ave.

Por aquel estrecho camino marchaban silenciosos los tres viajeros, estando el semblante de don Jorge más contemplativo que de costumbre. El aspecto de las peñas era sombrío y el rumor de las aguas semejaba el bramido de una enorme fiera, o los lamentos de un ser desconocido. La soledad era completa: las hendeduras de las rocas se asemejaban a grandes cuevas, y los árboles desnudos a fantasmas que las custodiaran.

Al ruido de los pasos de los viajeros, una manada de cabras huyó espantada por entre las rocas, y la claridad de la aurora vino a iluminar aquella medrosa naturaleza.

Don Jorge hizo notar a Amílcar la presencia de una mujer, sentada sobre una roca, hilando un copo de lana y que cuidaba de la manada de cabras espantada por ellos. Parecía más joven y hermosa, y a pesar del frío, se la veía con los brazos desnudos.

Marchaban entretenidos contemplando los diversos movimientos, da la cabrera, movimientos que daban a su figura cierto aspecto fantástico, cuando se presentó repentinamente a sus ojos el horizonte del páramo. Un cielo sereno, y lomas y cañadas iluminadas por el sol, vinieron a sustituir la grieta del boquerón. Revoloteaban las torcazas, y entonaban sus cantos monótonos o alegres las mirlas, babuyes y gorriones, y toda aquella naturaleza parecía despertar alegre y desperezarse para recibir la visita del huésped que les traía la luz y el calor.

Los cazadores hicieron sus primeros tiros sobre las torcazas, y don Amílcar se internó en el monte atraído por el canto monótono de un pájaro que parecía decir con voz dolorida: "No-hay-con-qué".

Antes del medio día saludaron los viajeros la casa de ñor Lecio con una descarga, y apareció Tomasa a abrirles la puerta de talanqueras, envuelta en el humo de las escopetas. No se veían ni en el traje ni en las manos de la carbonera las sombras fatídicas del carbón, porque se había preparado para el recibimiento de los huéspedes que esperaba su padre. Bruna y Nepomucena, que estaban en misa, llegaron poco después, y Bruna fue objeto de especiales atenciones, motivadas por el interés que siempre despierta la hermosura en el corazón del hombre. Los dos cazadores quedaron instalados en la casa como antiguos conocidos, y en tanto que ñor Lecio sacaba su fusil para componerle la piedra, y preparaba sus arreos de montería, Bruna ayudaba a los caballeros a distribuirse la pólvora y la munición, tomando ella parte que correspondía a su padre.

Después de los preparativos, |ñor Lecio fue a la huerta a coger algunas legumbres para la comida, y los dos bogotanos se acostaron en un cuero, a la sombra del florido alcaparro, para descansar de la larga jornada. Bruna entre tanto desempeñaba las funciones de las sagradas vestales, alumbrando el fuego de la casa, y habiendo prendido la leña se dirigió a la salita en busca de un cartucho de cominos que tenía guardado en una petaca de las que fabrican los indios en Pandi.

Don Amílcar la siguió al mismo aposento, dirigiéndola las siguientes palabras, con tono quejumbroso y aire de enamorado:

-Rosa fresca de la montaña, yo te había conocido desde el día que estuviste en casa de doña Antonia, y quedé prendado de tu belleza sin rival.

-¿Más que de las señoritas mellizas? preguntó Bruna con maliciosa sonrisa.

-Tú eres la belleza encantadora de los páramos, le dijo don Amílcar, sin responder a la pregunta de la joven.

-Yo no soy sino la más triste de la carboneras, mi amo, dijo Bruna con aire dolorido.

-Te dispensaría el |amo y el |sumercé, en cambio de tu cariño.

-¿Y cómo |quere sumercé que le diga?

-Usted a todas vueltas.

-¿A |sumercé no más?

-Y a todos.

-¿Y si se ponen bravos?

-¿Por qué?

-Porque no todos los cachacos son de la |mesma manera de pensar de |sumercé.

-Pero entonces, ¿de qué sirve la igualdad?

-¿Cuál? mi amo.

-La igualdad social, la igualdad del derecho. ¿Tú no sabes que por la Constitución somos todos iguales?

-¿Por eso no me metieron a la cárcel, no? y tan sólo por haberle dicho una bobera a un |enzapatao.

-Deja que los liberales subamos al poder, y verás cómo tratamos al pueblo de muy distinto modo. Entonces habrá civilización y progreso, y dejarás de andar con ese traje grosero.

-No, mi amo. Ese cuento de groseras sí no tendrá |sumercé que echarnos en cara, porque una cosa es la grosería y otra cosa es la |probeza.

-No te ofendas, que nosotros decimos grosero a lo que es ordinario, burdo, rústico; pero no gastemos el tiempo en estas simplezas cuando debemos hablar de amor.

-¡Avemaría! ¿Luego quién tiene amor en esta casa?

-Yo, hermosura de los páramos; yo que te quiero sin poderlo remediar.

-¿Tan presto? ¡Avemaría!

-¿No sabes que el amor es una chispa misteriosa que toca los corazones con la ligereza del rayo?

-Yo no sé de eso.

-¿No has tenido amores?

-Miren que |conversas las suyas.

-¿No admites mi amor?

-¿Luego |sumercé se había de casar con |yo?

-¿Acaso el matrimonio ha de ser consecuencia lógica del amor? ¿El amor de nuestros primeros padres no fue tan libre como la brisa suave de la mañana? Los casamientos no son sino invención de la teocracia, que pronto aplastaremos los liberales para que pueda brillar en todo su esplendor el sol de la libertad. ¿Para qué sirve el matrimonio?

-Para dar gracia a los |casaos y criar hijos para el cielo, dice la |dotrina. ¿No ve |sumercé la suerte de los hijos de las que no son casadas? Viven en la miseria; y si las |probes madres mueren en |pecao mortal se las lleva el diablo.

-Eso no es más que fanatismo, dijo don Amílcar algo turbado con la sencilla respuesta de la joven. La religión verdadera no conoce infierno ni purgatorio, porque el hombre ha nacido para gozar.

-No, mi amo, para amar a Dios en esta vida y después verle y gozarle en la otra, como lo enseña la |dotrina.

-Esos son disparates que les enseñan los curas.

Al acabar esta frase entró el padre de Bruna, e interrumpió con su presencia el coloquio amoroso-materialista del joven bogotano. Bruna escogió las papas más sanas y hermosas de entre las que había llevado su padre, y entre tanto don Amílcar decía entre dientes:

-Esa doctrina se opone a todos nuestros placeres. Es menester destruirla si queremos gozar de los aires embalsamados de la libertad.

Pasado un rato llegó don Jorge a la casa conduciendo el fruto de su cacería: tres pavas y una docena de torcazas. Mientras su compañero hablaba de amor, él se había internado en el monte y había hecho buena presa. Al verle entrar exclamó don Amílcar: ¡Pavas en Bogotá!

-Sí, señor, dijo |ñor Lecio; las hay en Cincha, en el páramo de Guasca y en los alrededores de la Peña, junto de Bogotá; son lo |mesmo que las guacharacas de tierra caliente, sólo que no cantan sino muy pasito.

-Tampoco las conocía yo, dijo don Jorge, y he tenido una sorpresa muy agradable. ¿Tú qué has hecho? le preguntó a don Amílcar.

-Hablar con Bruna de religión y de política.

-Me alegro mucho, porque así es como se civilizan las pobres gentes del campo, dijo don Jorge.

-Y |agora nos vamos a poner más |probes, dijo |ñor Lecio.

-¿Por qué? le preguntó don Amílcar.

-Porque los ricos venden carbón en Bogotá, contestó aquel con la mayor tristeza.

-¡Ah! dijo don Amílcar, con razón los apóstoles del cristianismo y del socialismo maldicen a los ricos, y sobre ellos pesa la maldición de Dios, y día llegará en que nadie tenga derecho a lo superfluo mientras otros carezcan de lo necesario.

-Yo no |quero que les quiten nada, que a quien Dios se lo dio San Pedro se lo bendiga; pero sí sería |güeno que nos dejaran algún negocito a los |probes.

-Sacuda usted su ignorancia, dijo don Amílcar: ese es el fatalismo con que los clérigos engañan a los ignorantes. La tierra como el sol y el aire pertenecen a todos, y es una injusticia que unos tengan ricas haciendas y otros sólo posean unos pocos pies de tierra para dormir el sueño de la muerte.

-Eso será |verdá, mi amo; pero el Señor así lo dispuso, y en la otra vida y en la iglesia todos |semos iguales, y los |probes de aquí |semos los ricos de allá, y los ricos de aquí son los probes de la otra vida.

Juan había puesto entre tanto el |lonche sobre la mesa, y los dos cazadores se acercaron con el apetito que era consiguiente al largo ejercicio a que se habían entregado desde por la mañana. Compo níase aquel de bocadillos de Vélez, medio queso del Rabanal, carne fría, pan francés y vino delicioso.

Don Amílcar convidó a Bruna para que se acercara a la mesa a participar del fiambre, y ella aceptó un bocadillo y una tajada de queso.

-¿Y qué haces con la igualdad? le preguntó don Jorge al amigo, ¿convidarás a toda la familia?

-La igualdad es convencional, y sin dar una respuesta categórica ofreció a |ñor Lecio un trago de vino servido en un coco primorosamente labrado.

El fiambre desapareció con prodigiosa rapidez, síntoma seguro del apetito de los cazadores. Cuando ya quedaba poco sobre la mesa, preguntó don Amílcar:

-¿Y qué hay de geología? ¿Bruna sabe ya en cuántos días se hizo el mundo?

-En seis, dijo la estarciera, porque así lo predican los padres.

-Pero no olvides que esos días son siglos, como lo manifiestan las diversas capas del globo y como lo explican los teólogos, le dijo don Jorge.

-¿Y ya saben cómo se hizo el mundo? preguntó don Amílcar.

-Por la |voluntá de Dios, contestó Bruna con suma viveza.

-Pero se ha perfeccionado por entregas, como dice Jorge.

-Eso se me figura que sucede como con las calabazas, diño |ñor Lecio, que salen de la |jlor y crecen y echan pepas, y por último se maduran con la |voluntá de mi Amo y Señor.

-¿Y ya le has explicado a Bruna todo el sistema de la geología? preguntó don Amílcar a don Jorge, con sonrisa burlona.

-No; pero ella hubiera puesto más atención que tú, que te burlas siempre de la ciencia.

-Yo no me burlo, sino que admiro la paciencia y prolijidad de los profesores al seguir las edades y las composiciones al través de una cáscara tan gruesa como es la de la tierra.

-Eso es muy fácil. Ahora verás cómo explico en este altar todo, el misterioso sistema, y tú, Bruna, fíjate en mis explicaciones y verás cómo comprendes.

Sacó don Jorge la baqueta de su escopeta y se paró frente al altar, con el semblante animado, tomando la posición de un maestro de Geografía, que va a dar sus lecciones.

-Vean ustedes, dijo señalando con la punta de la baqueta, todos esos papeles que están clavados en el altar. En primer término se destaca |El Porvenir, que traje con dulces en mi último viaje, y que Bruna se apresuró a clavar en la pared; aquí está una proclama del gobernador Pedro Gutiérrez Lee, que comprueba que estaba en el poder el señor Ospina y el partido conservador en el año de 60; debajo está el parte de la toma de Bogotá el año 54, y aquí está un pedazo de |El 17 de Abril, lo que indica una revolución. Aquí está la alocución del general Obando al recibirse de presidente; aquí tienen el ministerio del general López en este cuadro litografiado. Vean los retratos de Mosquera. Herrán y Neira, y una proclama del presidente Márquez, sostenedores del centralismo en 1840. Vean la noticia de la muerte del general Sucre, y el pronunciamiento de algunos vecinos de Bogotá haciendo dictador a Bolívar el año de 26; aquí está la primera |Gaceta de Cundinamarca, que habla de la derrota de los españoles en Boyacá. Aquí está un bando del coronel Latorre, mandando entregar las armas; vean un número de |La Bagatela, de la patria boba, y aquí la declaratoria de la independencia el 20 de julio de 1810. Santos varones que nos disteis la independencia, yo os saludo. Si no hemos podido hacer buen uso de tan precioso don, eso no es culpa vuestra... Y ya no queda sino una cédula que dice: "Don Fernando VII, por la gracia de Dios", y una Bula de la Santa Cruzada debajo de la imagen de la Virgen, y aquí termina todo.

-¿Y qué sacamos con esa revista? preguntó don Amílcar, que miraba a Bruna que se levantaba en la punta de los pies y seguía con las miradas llenas de curiosidad la baqueta que tenía en las manos don Jorge, y había cruzado los brazos como el discípulo que escucha la lección oral de su maestro.

-Que hemos visto en estos papeles la vida y las revoluciones de nuestro país en unos tantos años de existencia, y de la misma manera se explica la formación geológica del mundo. |El Porvenir y la proclama forman las primeras capas compuestas de terrenos de aluvión, o rocas desnudas, y la Bula de la Santa Cruzada viene a ser el último término conocido hoy día, y cuya composición atestigua el fuego central.

Así como cada uno de estos papeles marca una época del pasado, así también las diferentes capas indican la época de su formación: |El 17 de Abril es a manera de |estratificación discordante; el parte de la toma de Bogotá representa un |terreno de transición; la proclama de Obando puede ser un terreno de los que llaman los alemanes |zeichstein, que encierra reptiles, pescados y conchas; este cuadro litografiado del ministerio de López, puede compararse al |terreno jurisaico que encierra grandes lagartos voladores o megalosauros, animales de las formas más extrañas; el retrato del general Mosquera puede compararse a un fósil, cuyo origen es de difícil conocimiento; los de Herrán y Neira pueden ser rocas cristalizadas; la proclama de Márquez puede ser el terreno llamado por los alemanes |keuper; la noticia de la muerte de Sucre puede ser la arena roja que se halla en el terreno zeichstein; la proclamación de la dictadura Bolívar podría ser el |terreno volcánico, y el parte de Boyacá sería la lava que parece caliente aún; así como el Acta de Independencia podría representar el |terreno granítico, sobre cuyos macizos cimientos se levantó nuestra Patria, y esa real cédula de don Fernando, el |terreno subapenino, que encierra depósitos marinos.

Si ustedes estudian con cuidado este pequeño altar de Bruna, encontrarán en sus diversas capas la historia de la República, y así estudiando el grande altar del globo, encontrarán la historia de la formación de la tierra.

-Muy exacta me parece la comparación, dijo don Amílcar, pero es mejor que dejemos la explicación para otro día y vamos a buscar los venados. ¿Nos vamos, amigo Lecio?

-Nos vamos, señor; pero |cuidao con ir a perder el tiempo, ya que éste está tan |güeno.

-No tenga cuidado; pongámonos en camino.

Salieron los cazadores con sus escopetas al hombro, sirviéndoles de guía |ñor Lecio, que marchaba con sus perros atados con un lazo, y su fusil en balanza. Todos caminaban en profundo silencio, hasta que |ñor Lecio tomó la palabra diciendo:

-¿Y cómo será, mi amo don Jorge, echarán por fin abajo al Gobierno del señor Ospina?

-Así parece.

-¿Y son |güenas las revoluciones?

-En muy pocos casos. Yo no admito sino las revoluciones de ideas, cuyos medios de acción los forman la palabra y la imprenta; pero si una minoría se apodera del mando supremo, y esta minoría ahoga el sufragio y amordaza la prensa, entonces creo que la revolución es un derecho, y que el que apela a las armas hace lo mismo que el que se defiende de una cuadrilla de malhechores. Estas revoluciones nuestras de todos los días no las admito, porque no las hace el pueblo; se pelea por los destinos y los contratos. La cuestión que hoy está llevando a la tumba tantos hombres honrados es sólo una cuestión de esas. El general Mosquera estaba quebrado.

-¿Cómo, mi amo, se le rompió alguna costilla? interrumpió |ñor Lecio.

-No, mi amigo; gastó lo suyo y lo ajeno, y quedó debiendo sin tener con qué pagar, por eso hizo la revolución y se ha pasado a los liberales; para poder disponer a su antojo de las rentas públicas y pagar sus deudas. El pretexto es la libertad; pero todo el mundo sabe que los norteamericanos viven bien con algo más de libertad que la que han tenido los suizos, y que los chilenos viven bien con un poco menos de libertad de la que gozamos nosotros. Lo que importa es que haya virtudes republicanas. Lo que se necesita es agua cuando se quiere tener molino de agua.

-Ya es tiempo de callar, dijo el ciudadano Lecio, y de coger el lado del aire, porque los venados ven con las narices y las orejas.

Colocó |ñor Lecio a los tiradores en sus debidos puestos, dejandolos muy separados el uno del otro, y con órdenes expresas de no estornudar, ni toser, ni fumar tabaco, ni hacer ruido de ninguna clase. Don Amílcar sufría mucho por la soledad y por la postura, que no era cómoda a la verdad. Don Jorge estaba tendido en la tierra apoyado en los codos, y |ñor Lecio desapareció por entre los matorrales.

El sitio donde se habían ocultado los cazadores era una pequeña labranza de habas y arvejas, resguardada por piedras y barrancos hacia el oriente y lo demás por una cerca de ramas de tuno y uvo de anís. El venado debía salir de la maleza y saltar la cerca por un punto dado.

Hacía un cuarto de hora que esperaban los cazadores la aparición de su presunta víctima, cuando don Jorge atronó las lomas con sus gritos. La causa de aquella falta a la consigna recibida era una mosca parda que le había causado una sangría con admirable primor. Esta mosca, tan común en los montes de la Nueva Granada, se llama tábano, y tiene un aguijón como una alesna, que introduce lo mismo en la piel de los animales que por sobre los vestidos de la gente.

Después de tan fatal accidente asomó en la labranza una venada. Era de andar majestuoso, de talla elegante, ojos negros y grandes, orejas largas y flexibles, color pardo por encima y blanco por debajo. Se detuvo al pie de unas ramas de tíbar, observó con cuidado a todas partes, y como si algún ruido le anunciara un peligro próximo se quedó con una mano levantada y la cabeza tendida hacia atrás en actitud de acecho. No hay colores que sean apropiados para la pintura de este cuadro solemne de los desiertos. Servíanle de fondo una serie de peñascos que se levantaban entre los arbustos de la loma; formaba el horizonte un prado matizado de árnica, frailejón, uche, zarcillejo y esterilla, y estaba en parte sombreado por algunas matas de encenillo cubiertas de la parásita que viste de colorado los árboles de que se prende.

La pintura era digna de un gran pincel, y los bogotanos pudieron contemplarla a su sabor desde sus escondites. La venada saltó la cerca de ramas, y al agacharse a morder una mata de acelga, sonaron las escopetas de los bogotanos y quedó herida en un brazo: sonó entonces el tiro de |ñor Lecio y cayó sin resuello. Cuando los cazadores llegaron de distintos lados, ya no tenía movimiento: dos gruesas lágrimas rodaban de sus ojos negros y bellos.

|Ñor Lecio y Juan, que ocurrió de pronto, alzaron la venada en un palo, y así marchaban triunfantes, a tiempo que se veía sobre las cimas de Monserrate y Guadalupe una nube que formaba un umbralado sobre la abertura del Boquerón, por debajo de la cual se veía la sabana iluminada por los rayos del sol. Los goterones comenzaron a caer y tuvieron los cazadores que andar a la carrera.

Cuando llegaron a la casa ya los esperaba la comida y se sentaron a la mesa, después de los parabienes de las caseras, a tiempo que sonaba el empaje de la casita, herido por los cristalinos óvalos del granizo como por una descarga continua de balas de fusil. La sopa era la excelente mazamorra con papas criollas y guascas, sobresalía en la mesa un plato de papas, que eran el |yemogó de la pequeña cosecha, y sobre las papas se mostraban las arvejas cocidas con la cáscara, entre la cebolla y el queso. Las carnes eran un conejo y un tinajo, cuya carne no tiene rival ni en la montería ni entre las aves de corral. Lucía una gran totuma de chicha en medio de aquel banquete, y Bruna era la que servía, haciendo más agradable la comida con su inocente sonrisa.

Cuando terminó el aguacero estaba ya bien avanzada la tarde, y las lomas y los caminos brillaban con la blanca cubierta de cristal. Don Jorge tenía precisión de regresar a Bogotá, y para emprender el viaje le proporcionó |ñor Lecio sus dos caballos enjaezados con enjalmas y cabezales para irse hasta las entradas de la ciudad.

Se despidieron los cazadores con sumo cariño de toda la familia, que tanto los había obsequiado, y regalaron a |ñor Lecio algunas monedas.

Colocados los bogotanos sobre las enjalmas, auxiliados por las dos estancieras, siguieron su camino, seguidos de |ñor Lecio destinado a devolver los caballos.

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