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CUADRO III
LA VENTA DEL CARBON

Estaba don Jorge de la Bastida almorzando en casa de la señora doña Antonia Pérez de Florido, viuda del señor Eusebio Florido, y se encontraban a la mesa las dos hijas de la señora, Rosa y Blanca, llamadas así por haber leído la madrina El |Judío Errante días antes del nacimiento de las niñas, que eran mellizas. Los acompañaba don Amílcar Rodríguez, joven de gran reputación por sus escritos y sus exageradas ideas de libertad y progreso. Los dos jóvenes enseñaban a las mellizas, el uno francés y el otro guitarra, y aquel almuerzo era un obsequio de amistad y gratitud dedicado a ellos.

Doña Antonia tenía su patrimonio fundado en el arriendo de unas tiendas que le dejó su marido; sus hijas eran bellísimas, y ella, como muchas madres, había puesto sus ojos en aquellos jóvenes, prometiéndose casar pronto a sus hijas.

El comedor era la mejor pieza de la casa; al lado del patio, que formaba un precioso jardín, se hallaban bastidores de vidrio. Rosa y Blanca, sentadas la una al lado de la otra, peinadas y vestidas exactamente iguales, eran de un parecido asombroso. Los manjares eran selectos y el vino delicioso. Servía a la mesa una criada joven, inteligente y hermosa, amiga de estar bien vestida; imitaba la manera de hablar y caminar de sus señoras, y reía y gesticulaba como ellas. Angelita, que así se llamaba la criada, era coqueta, pero no había dado su brazo a torcer, como decía doña Antonia.

No había visita en aquellos días en la cual no se hablara de política y de religión, y doña Antonia había sufrido los ataques constantes dirigidos por Amílcar a sus creencias religiosas y a sus ideas políticas durante el almuerzo. Cada frase de aquel joven producía en la señora un espasmo, y se empeñaba en que Angelita no oyera al joven radical.

Apercibido Amílcar de esta insistencia, dijo a doña Antonia: -Déjela, señora, que la luz a nadie mata. Con el conocimiento de la verdad nada pierde.

-¿Cómo? ¿No ve usted que la confesión es un precepto que mantiene al cristiano ligado con la moral evangélica? ¿No cree usted que mis criadas se han preservado con la confesión de caer en muchas tentaciones? Mire usted, a Angelita le impuso el padre la penitencia de que contara sus pasos y no empleara en sus mandados sino el tiempo necesario; ahora hace en minutos lo que no hacía antes en horas; de modo que ella ha ganado, dando de mano a las malas entretenciones, y yo me he aprovechado mejorando el servicio. ¿Le parece malo esto?

-Me parece que en todo esto anda la mano de la tiranía. El objeto del catolicismo es tiranizar la humanidad; pero los principios liberales traen la luz, y con ellos se libertarán los criados del dominio de la teocracia.

-¿Es decir que ustedes piensan quitarnos la religión?

-La verdadera religión de los pueblos es el derecho, y esa será en lo futuro la de este pueblo desgraciado.

-Ha estudiado usted mucho, le dijo la señora con aire sentencioso; pero ha aprovechado muy poco en materia de religión. Tiene que estudiar al padre Astete, si quiere hablar de religión.

En aquel momento sonaron unos fuertes golpes a la puerta.

-¿Quién es? gritó doña Antonia.

-¿Qué si comprarán carbón?

-No.

-Es |güen carbón, mi señora.

-No.

-Es de encenillo y tuno, mi señora.

-No.

-Soy Bruna, mi señora.

-A ver, dijo ésta, y dejando su asiento se dirigió a la puerta, que la compra del carbón es asunto de grande importancia.

La señora habló con mucho cariño a la paramera y le compró en seis reales una carga. Bruna introdujo los costales, dirigida por Angelita, que le hablaba con la confianza de dos antiguas amigas; el hermano permaneció en la calle con las bestias, y la señora recomendó que le dieran de almorzar, en tanto que ella volvió a ocupar su asiento.

El perro de Bruna, usando de la confianza absoluta que tales animales tienen en todas partes, se dirigió al comedor. Al verlo doña Antonia, exclamó dirigiéndose a don Jorge:

-Máteme ese perro, por vida suya; métale unos garrotazos

El animal, indiferente a aquella sentencia, se acercó a don Jorge, y oliéndole los pies, batía la cola en señal de cariño y amistad. Don Jorge le acarició, y la señora le preguntó admirada:

-¿Tiene usted amistad con ese perro tan feo?

Bruna esperaba en el corredor que le pagaran el carbón, y tosía para llamar la atención de doña Antonia. Las mellizas fijaron en ella la atención, y Rosa le dijo a Blanca:

-Esta carbonera quedaría deliciosa con su traje blanco de linon.

-¡Qué colores! dijo Blanca, es imposible que haya papelillo que los imite; ¿y le has visto los pies? tan chicos como los nuestros, y quién sabe!

-Mírale los ojos: ¡son preciosos!

-Y se fija en Jorge con una insistencia de enamorada; tal parece que le pesara verle aquí.

En este momento se levantó doña Antonia, y pagándole el carbón, le recomendó que hiciera todo lo posible porque triunfara el gobierno. Entre tanto las dos mellizas se dirigían a la sala, y se sentaba la una al piano y la otra se asomaba a la ventana, mientras los dos convidados fumaban sus tabacos y hablaban de ciencias el uno y de política el otro.

Pero sigamos a Bruna, que lleva sus cargas por el centro de la calle, y que va de puerta en puerta tocando con su zurriaga y gritando: "que si comprarán carbón". Inútiles habían sido sus ofertas en muchas casas, y después de andar algunas calles, oyó la alentadora contestación:

-A ver.

Una señora de edad, peinada y vestida a la moda, abrió la puerta y le preguntó a Bruna:

-¿Qué vale tu carbón?

-Ocho |ríales, mi señora.

-¿Estás loca?

-Es de encenillo, mi señora, y el trabajo que cuesta, que sólo Dios lo sabe...

-Y el trabajo que cuesta para buscar la plata con este gobierno de musulmanes.

-Le rebajaré un |rial.

-¿Quieres cinco reales?

-Hay me dará |sumercé los seis y medio.

-Si quieres cinco y medio puedes meterlo, y si no estamos despachadas, porque tengo que hacer.

-Es muy poquito, mi señora.

-¿Lo metes por cinco y medio? no te doy más.

- |Güeno, mi señora, qué voy |hacer...

La cara de la señora perdió su aspecto de seriedad, y dijo con tono cariñoso a Bruna:

-Deja que llegue el general Mosquera, y entonces verás como vendes bien tu carbón, y lo que has de hacer es hacerle la guerra a este gobierno, para que caiga la inquisición y se acaben las contribuciones, los patíbulos, las cárceles y el ejército permanente, y dile a todos que no se dejen engañar, que el gobierno liberal es de todos y para todos, pero que es necesario ayudarlo a levantar.

-Sí, mi señora, dijo Bruna, y entró con los costales del carbón.

La señora le contó con gran cuidado los cinco reales y medio, y la carbonera salió en el instante. Se dirigió a una chichería y compró tres panelas, una libra de arroz y medio real de |espesos, que echó en un zurrón de cuero; y provista de lo que su madre le había encargado, se dirigió a hacerle una visita a una amiga. Caminaba Bruna por una calle excusada, cuando se vio detenida por un caballero rechoncho, que le dijo:

-¡Cuánto me alegro de verte!

-Mire qué |jortuna la suya, contestó la estanciera mirando las piedras de la calle.

-¿Y no vas hasta casa?

-Yo |pa qué.

-A hacerme una visita.

-De verás ¿no?

-¿Y ya me quieres?

-Ni lo |quero ni lo aborrezco.

-¿No has pensado en tu felicidad?

-Miren qué |jelicidá agora; déjeme pasar, que mi |mama me está esperando.

-¿No quieres zapatos, crinolina, casa donde vivir?

-¿Y el |pecao? ¿Acaso tengo cara de masona?

-¿Es decir que me desprecias?

-¿Luego yo soy carbón para venderme por plata?

Unas señoras que se acercaban interrumpieron aquel coloquio, y aprovechando Bruna el embarazo del caballero, emprendió la fuga, y en pocos momentos estuvo a la puerta de la tienda de una aplanchadora llamada Carlota, conocida con el nombre de |La Paloma.

La puerta estaba cubierta con un bastidor de género, y toda la habitación la componían dos piezas, de las cuales la primera era sala, zaguán, cocina, despensa, huerta y patio, y la otra, pequeña y oscura, donde lucía una ancha cama con cortinas de muselina blanca. Componían los muebles un canapé pequeño, una mesa grande, dos taburetes y dos baúles desiguales.

Seguramente tenía instrucción |La Paloma, según lo manifestaba la reforma de su habitación, pues no se veían prendidos a la pared los dibujos de |El Correo de Ultramar, ni los figurines de modas que están plagadas las paredes de los cuartos de las unitarias, y había reemplazado estas láminas con cuatro cuadros de diosas semidesnudas, objeto de comercio, cuya introducción se debe a M. Saunier.

|La Paloma, si no era literata, no le faltaba cierto gusto por la literatura, así era que se veían allí algunas novelas y en lujosa pasta |La Dama de las Camelias.

Carlota había podido servir para modelo de una estatua griega. Alta de cuerpo, colores de rosa, todas sus facciones eran perfectas, sus ojos grandes y negros, y la mata de sus cabellos tan largos y sedosos que causaban envidia.

Angelita tenía amistad con aquella beldad celibataria, y allí estaba cuando llegó Bruna, la que, antes de traspasar el bastidor, dijo con voz respetuosa:

- |Güenos, días, niña Carlota.

-¡Oh, mi negra! dijo |La Paloma, ya extrañaba que no hubiera venido siendo día de mercado; entre y descanse, que está colorada como una chugua.

-¿Cómo le va a la formal? dijo Angelita, y está preciosa.

-Y tiene sus pretendientes, ahí donde la ve, dijo Carlota.

-No diga nada, niña Carlota, dijo Bruna bajando los ojos.

-¿Y qué tal de carbón?

-Mal; ya poco se vende, y tanto como se trabaja y se sufre.

-Yo me cambiara por usted, dijo Carlota suspirando.

- |Pus vámonos a casa, dijo Bruna.

-Mil gracias; pero yo no puedo ya ganar mi vida con el trabajo. Es bueno que ya no puedo coser ni aplanchar por la pulmonía; yo soy muy desgraciada. Usted es feliz con sus enaguas de frisa y tiznada con el carbón. Ya no espero sino que me lleve el diablo.

-Pero, Jesús, dijo Angelita llena de susto, no diga eso; ¿por qué no busca a Dios?

-Porque yo no creo en la virtud y estoy peleada con la sociedad. Yo la aborrezco tanto como ella me desprecia. Yo les contaré mi historia, y entonces verán si tengo razón. Pero dejemos esto para otro día.

-¿Qué hay del cachaco? Bruna.

-La |mesma cosa.

-El doctor Cucañas es un bandido. ¿Y qué le ofrece?

-Ropa, plata, casa y cuanto hay.

-Pues ya se lo tengo dicho. Es más feliz usted con su traje de frisa y vendiendo carbón, que llena de plata con ese viejo usurero. Y cuidado, Bruna, mire que a los estratagemas de los ricos no se resiste nada.

-No tenga |cuidao, niña Carlota, que yo no me vendo. El día que güelba le diré lo que voy a hacer.

Sacó Carlota unos bizcochos y una botella de mistela y obsequió a sus amigas. Angelita y Bruna se separaron pocos momentos después.

Bruna tomó el camino de su estancia, resolviendo en su pensamiento todos los acontecimientos del día, las encontradas recomendaciones políticas, las promesas del doctor Cucañas, la presencia de don Jorge en casa de las mellizas, la desesperación y los consejos de |La Paloma, y tantas otras cosas que llenan la imaginación de una estanciera joven y hermosa cuando se retira un viernes en la tarde de la bulliciosa ciudad de Bogotá.

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