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CUADRO II
UNA FABRICA

El lector conoce ya la familia y la estancia de ñor Lécio. Lo convido ahora a que fije sus miradas en la columna de humo que se levanta por entre las ramas de un pequeño grupo de laureles, arrayanes y salvios. En aquel paraje se halla un lugar enteramente limpio, en el cual se ven muchos trozos de palo entre restos de carbón vegetal que cubren la tierra. Arde en el centro un hoyo lleno de leña, que es de donde se eleva la columna de humo. No se ve gente, pero se oyen los golpes de una hacha, y a intervalos un canto lejano, que se sucede con el de una mirla blanca, ese pajarillo que no tiene rival en los huertos ni en los bosques. Es melancólico el paraje a causa de la oscura sombra de los arrayanes y del monótono ruido de un arroyo profundo que corre a corta distancia.

De repente aparecen allí dos estancieras jóvenes trayendo cargados a sus espaldas algunos trozos de madera que arrojan al suelo. Son las hijas de |ñor Lecio que cargan leña para hacer carbón. Tomasa se muestra triste y Bruna está fatigada. Ambas se sentaron en el suelo, y después de un momento de silencio dijo Tomasa:

-Me tiene cansada la carbonería.

-¿Y qué remedio? dijo Bruna.

-Tengo ganas de |jornalear en una hacienda.

-¿A dónde irá el buey que no are? le objetó Bruna.

-Pero no ve que ya no alcanzamos ni para vestirnos y trabajando los días enteros.

-Lo |mesmo que en una hacienda cualquiera, y aquí |siquera tenemos el placer de lo que no nos regañan sino nuestros |taitas, y en una hacienda iremos a sujetarnos a los caprichos de un mayordomo que nos tratará muy a la baqueta, diciéndonos que somos esto y el otro; y no dejándonos descansar cuando lo tengamos a bien; y que no pagan sino un |mero rial y la comida, que es un cuartillo de chicha y una mogolla al almuerzo y lo |mesmo a la comida. Lo cierto es que el peón no sale de capa de raja.

-Pero el amo sí gana en el año una |porcionera de plata. -Pero también hay años en que se les pierden las sementeras. -Pero ricos los verá con el trabajo de los |probes, y bravos |que ni tampoco; pero largar un palito de papas para una peona, eso los haría |probes.

-No, Tomasa, no hable así de todos los ricos.

-Yo no digo que no hay |güenos, pero los padres dicen que es más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja que un rico en el cielo, y yo creo todo lo que predican los padres, y es trabajoso distinguir a los |güenos de los malos.

-Pues yo le diré: son ricos |güenos los que fian a los |probes, los que les prestan dinero en sus apuros, los socorren en sus |enjermedades, los que dan para los caminos, para las escuelas, los que tratan bien a los |probes y no son |espóticos y soberbios.

-Todo será, pero no cargo más leña, dijo Tomasa, porque tengo ya las costillas que me duelen.

-Carguemos el hoyo, dijo Bruna, que todo es hacer.

Y las dos hermanas se pusieron a echar leña en un hoyo profundo, sin dejar de conversar del miserable estado en que se hallaban.

-Lo que a mí me tiene más disgustada es el precio, dijo Tomasa.

-Y gracias a que mi carbón está |acreditao, que si no me vendría de Bogotá con la |mitá de la plata menos, porque los ricos han |dao en trer carbón en los carros.

-Esto es nuevo, dijo Tomasa, porque en otro tiempo los ricos no se metían en esos negocios.

-Sí, señora, |agora no se les ha |escapao este negocio miserable, con ser que tienen toos los negocios que hay en este mundo, porque to lo abarcan para ellos; no les vayan los |probes a quitar una |jilacha; cogen plata por toos los dedos, y cuando se mueren dejan los pilones, porque no pueden cargar con ella pa la otra vida. ¡Y querernos quitar el negocio del carbón! Ya |presto verá cómo se meten los ricos a pescadores en el |Junza pa que los indios no tengan ese, negocio.

-Pues por eso es que yo quero |irme a |jornalear.

-No, hermana, pasemos nuestras |necesidades al lado de nuestros |taitas, no le hagamos mal a |naiden, no quitemos lo ajeno, no demos escándalo con nuestra |conduta y esperemos en Dios que no nos ha de |jaltar. Trabajemos, que el que trabaja no come paja. Dios tiene dispuesto que haya ricos y |probes en este mundo, y así deberá ser, como dice el señor cura, porque Dios nunca se engaña.

-¡Pero no ganar! dijo Tomasa llorando, y aguantar del día a la noche, y de la noche al día este trabajo. Cuando hay días que les dará a todos vergüenza darnos la mano porque nos ponemos más sucias que los limpiones de la cocina.

-Pero no a don Jorge, dijo Bruna; porque él trata a los |probes por un igual.

-Eso es |po aquí, le contestó Tomasa, pero le aseguro que en Bogotá no nos conoce, ¿no ve que yo conozco a los cachacos? se hacen los cariñosos cuando necesitan a los campesinos; pero en Bogotá se hacen de la vista gorda con ellos.

-Eso no, dijo Bruna, porque se |echa de ver que el amo Jorge es todo un caballero.

-Déjale que le pase el empeño de los |fósiles y verá. -¿Apostemos una gallina a que me da la mano en Bogotá? -Lo que hay es que usté se ha quedao queriendo a don Jorge, dijo Tomasa, mirando fijamente a su hermana.

-No lo puedo negar, pero no es por nada malo.

-Mire hermana que cuando los ricos nos |queren no es sino |pa divertirse y darnos la |patada el día menos pensao.

|-Luego qué piensa, mana Tomasa. -¿Yo?... nada.

Al decir estas palabras salió de entre las ramas un nuevo personaje. Era éste un estanciero joven, de figura elegante y de colores blancos como la familia de |ñor Lecio. Tenía cierta altivez en la mirada y en la frente, su trabajo era el de todos los leñadores de los contornos, y en su mano llevaba una hacha bien afilada. Con notable indiferencia saludó el nuevo personaje a las dos hermanas, y Bruna, que tenía encendidas como la grana sus mejillas bajó las pestañas como aturdida. Pronto cambió de colores y se mantenía con dificultad delante del estanciero.

Este se llamaba Fulgencio Ramírez, amante decidido de la carbonera; pero no había obtenido hasta entonces ninguna prueba del amor de Bruna. Parecía que ésta estaba atemorizada en aquel instante; tal vez temía que el nombre de don Jorge se hubiese oído en aquella soledad. No le había dado a Fulgencio seguridad ninguna sobre su corazón; pero estos temores, ¿no serían un misterio de amor? Si don Jorge y Fulgencio le hubieran sido indiferentes, Bruna se habría mostrado tan tranquila como Tomasa, que echaba tierra encima del hoyo para tapar la leña que debía quemarse esa noche, como el otro depósito del cual salía el humo. Algo agitaba, pues, el corazón de Bruna, y ese algo podía ser una complicación bien difícil de descifrar. ¿Les tendría igual cariño al leñador y al caballero?

Después de conversar de cosas indiferentes, se despidió Fulgencio, y al ocultarse en la trocha llamó a Bruna. La tímida joven se resolvió a seguirlo, y con pasos lentos se ocultó al fin a la vista de su hermana.

Quedóse Tomasa sola en el patio de la carbonera echando tierra sobre la leña y pisando el hoyo. Sonaba el hacha a lo lejos, y de las tres personas de la familia ninguna veía a las otras porque las ocultaba lo tupido del monte. Tomasa, ocupada en su maniobra de tapar el hoyo, sin mantilla ni ruana, era una figura que llamaba la atención; más alta que Bruna, tenía mayor elegancia, aunque se la veía siempre triste, sin duda a causa del atormentador pensamiento de su fatal destino.

Habría pasado media hora cuando se oyeron grandes gritos en la trocha donde estaba Bruna. Se había parado Tomasa a escuchar con atención, a tiempo que apareció |ña Bena llevando el almuerzo para |ñor Lecio y las dos muchachas. Detrás venía la encantadora Bruna, cabizbaja y con las orejas muy coloradas.

Tomasa llamó a gritos a su padre, y al punto cesó el ruido del hacha.

Dirigióse |ña Bena a Tomasa haciéndole las siguientes reconvenciones:

-Ya sé lo que vienen a hacer aquí, perras vagabundas.

-¿Pero yo qué? dijo Tomasa asustada.

-¿Vos? |Tapadera de tu hermana, y sabe Dios cómo |andarés, perra sin vergüenza... No ven las gracias de esta otra |mofletuda?

-Perdone |sumercé, dijo Bruna, que yo le confesaré todo.

-Y con ese tunante que está |dejao de la mano de Dios. Ya se me había puesto, pero como ustedes tienen los montes y los caminos de su cuenta; ¡pero eso sí la |limpia que yo les meta...

- |Verdá es |sumercé que Fulgencio me ha propuesto...

-Ese vagabundo que no tiene un maíz que asar, y que hasta la |jacha es alquilada, pendenciero y enemigo de la misa. ¿Y si es una cosa de |jormalidá, cómo no cuenta conmigo?

-Dice que |sumercé lo aborrece y que por eso le tiene miedo.

-Eso es, mucho miedo y poca vergüenza. No ven ¿cómo los he |pillao? Pero eso sí, va nos compondremos de cuentas.

Tuvo la madre de las carboneras la excelente idea de suspender la reprimenda en cuanto se oyó la voz de |ñor Lecio, que entonaba un aire torbellino.

Se sentó |ñor Lecio sobre unos manojos de helecho destinados para añadir a los costales de carbón, que es lo que los carboneros llaman bocas. Las tres mujeres lo imitaron, para dar principio al almuerzo.

Llenó la esposa dos platos de mazamorra, el uno para |ñor Lécio y el otro para los dos hijas, que comían juntas en un solo plato y con una sola cuchara; puso en un plato grande unas cuantas papas cocidas con habas y arvejas, y unas tajadas de ají rocote. Comían Tomasa y el estanciero con buen apetito; pero Bruna no los imitaba porque estaba desganada y distraída. Las papas eran muy secas, y para mojarlas, hizo |ña Bena brotar de una |perra de cuero un chorro de licor amarillo que |ñor Lécio recibía en una |totuma; luego que estuvo llena la alzó el estanciero a nivel de la boca y dejó caer por el gargüero abajo un chorro que sonaba como el río San Francisco cuando baja estrechándose por entre los grandes peñascos del Boquerón. La |totuma pasó en seguida de mano en mano, y |ña Bena recogió sus cucharas y platos, en tanto que |ñor Lecio decía:

-¡Bendito sea mi Amo y Señor que nos ha dao que comer. Dios se lo pagué a mi vieja'

-Que le aproveche, dijo la esposa, acomodando sus ollas y platos en la mochila de mallas para emprender su viaje de regreso a la estancia.

-¿Y qué noticias corren por esos caminos de mi Dios? preguntó el estanciero a su esposa.

-Que ya viene muy cerca el señor Mosquera y que |tre muchísimos negros.

-¿Quién le dijo eso, cristiana de mi Dios?

-Un señor |Cominé que va |pa Choachí.

-Y ¿qué más le dijo?

- |Pus me dijo que lo tiene por seguro que el señor Mosquera se |dentra a Bogotá.

-Y ¿qué será lo que busca?

-Que viene a componer la religión y a quitar el gobierno de la |Generación Granadina, |pa que el pueblo se ponga rico y tengamos |igualdá.

-Ese señor es liberal, cuando menos, y apostaría a que es de los que quieren armar una guerrilla por Quetame. Y vean qué |igualdá la que |queren esos señores liberales, que no castiguen los delitos, |pa que los hombres de bien la llevemos |perdia. Yo me |reigo de todas sus |igualdaes cuando veo que los |probes estamos siempre |pior que los ricos. Pero vamos a trabajar, que con todas esas cosas no comemos los |probes.

Tomó |ñor Lecio su hacha y Benedicta los trastos de la comida, y se internaron por diferentes trochas, quedándose las dos muchachas en la fábrica.

-Valiente, Bruna, le dijo Tomasa a su hermana, pasado un momento, ¡no sabía que por ese camino había de venir mi - |señá madre!

-No me diga nada, que no sabe lo que es |Lugencio de |porfiao. Pues me cogió |pa reconvenirme porque estábamos hablando de don Jorge...

-Pero nada dijimos de malo.

-Es tan poquito celoso...

-Siendo así, yo no me casaba.

-Yo no le he |dao mi palabra.

-Pero, ¿lo |quere o no lo |quere?

- |Pus... asina...

- |Antonces, terco y atrevido no será |pa usté sino un santo... ¿Pero qué |jué lo que vio mi |mama, que vino a decirme que era la |tapadera?

- |Jué que |Lugencio me detuvo a conversar y hacerme cariños, y me habló de la casita que tiene pa que vivamos juntos después de casaos. Estábamos sentaos debajo de un arrayán, y me tenía |cogia la mano, cuando apareció mi |mama y se puso violenta de brava.

-Otro día no sea tan majadera.

Las dos muchachas hacían, durante su diálogo, tercios de carbón, y los ataban con cabuya, hojas de frailejón y helechos, cuando fueron interrumpidas por el tropel de una yunta de bueyes que salió de entre la maleza. Estos conducían una carga de chusque prendida del yugo, y al ver Tomasa que iban a pasar por sobre el carbón, se armó de un palo con el propósito de atajarlos, y decía:

-¿Quién diablos será el que nos viene a echar estos animales por encima del carbón?

-Déjelos pasar, gritó un jinete que venía arriando los bueyes.

- |Puaquí no es camino, y nos apachurra los tercios y los montones, replicó la carbonera.

-¡Ja! ¡Ja! dijo el jinete, y dio varios zurriagazos a los bueyes para que siguiesen derecho.

-Se atienen a los zapatos para hacer lo que se les antoja, gritó la carbonera. Miren cómo me volvió el carbón con la rastra de su madera.

-Qué cuentas tengo yo con estas indecentes.

-Harto indecente será cada cual, |cachaco malcriao, dijo Bruna.

-Calla, grandísima perra, que te habrán dicho que eres bonita y por eso estás orgullosa.

El que así trataba a aquellas pobres muchachas era don Mariano Cornejo, que le había comprado a Fulgencio unas cargas de chusque y las conducía a Bogotá. A los gritos se aparecióñor Lecio v le dijo al caballero aquél:

-Tiene que pagarme |sumercé el daño que me ha hecho con su yunta.

-No contesto con la canalla, dijo don Mariano, y desapareció con sus bueyes.

Detrás venía otra yunta, arreada por un gañán, y queriendo Bruna atajarla, fue atropellada y cayó lejos, por encima de unos troncos de palo. Tomasa acudió a levantarla, y la halló sin movimiento; |ñor Lecio corrió a la quebrada que pasaba por allí cerca y trajo agua en una |totuma, le hizo pasar a la joven algunas gotas y le mojó las sienes y el pecho. Así lograron reanimarla.

Tomasa colmaba de abrazos a su hermana, y |ñor Lecio contemplaba en silencio el daño que le habían causado los bueyes.

-Buen primor, decía, que seamos tan desiguales en un |mesmo gobierno y con unas |mesmas leyes. Si yo hubiera causado tanto daño así, me hubiera hecho pedazos don Mariano. Mucha desgracia es ser |probes.

Las sombras de la tarde y el canto de las mirlas, despidiéndose del día, daban a aquel cuadro un aspecto de indefinible tristeza. Bruna se apoyó en los brazos de su hermana, y precedidas de |ñor Lecio se internaron por las estrechas sendas que conducían a la estancia. A la puerta de ésta las esperaba su cuñada Nepomucena, y después de saludarse con el medio abrazo de costumbre, le contaron todas las desgracias del día.

-Y lo que han de ver, dijo Nepomucena, es que cada vez que don Mariano va a casa |pa que mi marido le corte leña, no habla sino de los derechos del pueblo y de la protección a los |probes.

- |Asina son todos los liberales, dijo ña Bena, que se presentó en aquel momento en la puerta de la cocina llevando la mazamorra para su esposo y Nepomucena. Todos se sentaron en el suelo y cenaron sin hablar una palabra más. Después rezó el rosario toda la familia, y a la luz de un candil de trementina, se acostaron mudos y pensativos.

El padre de Fulgencio aconsejó a |ñor Lecio al día siguiente que fuese a Bogotá a cobrar por medio de la justicia el carbón que le había dañado don Mariano.

Así lo hizo el campesino, y acompañado de Bruna se presentó en el Juzgado a las once del día; puso su demanda y lo citaron para las tres de la tarde. No había llevado plata |ñor Lecio, y tuvo que empeñar su cuchillo para pagar el almuerzo y la comida.

A la hora señalada compareció don Mariano. Expuso |ñor Lecio los términos de su demanda, parado y con el sombrero en la mano. Don Mariano estaba sentado en una silla, junto del secretario; negó el hecho y trató al demandante y a Bruna peor que los había tratado en el monte. Don Mariano gritó y habló sin término, y a los campesinos no se les permitió alegar sus razones, y fueron condenados a dos días de prisión por injurias al señor don Mariano Cornejo.

Esta es la justicia y esta la ley de igualdad: ancha para los ricos, angosta para los pobres.

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