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EPILOGO
Gran ruido se sentía desde lejos en la plaza principal de
Bogotá. Esta plaza está demarcada por el Oriente con la famosa
Catedral dirigida por un arquitecto capuchino, con una capilla que
llamaba la atención por un altar de carey destruido por un
terremoto, con dos edificios en que se encuentran las oficinas de
correos, la notaría y una agencia de negocios judiciales y
comerciales; por el norte está cubierto el costado por casa de dos
pisos entre las que se hallan dos de balcones del estilo colonial;
por el occidente se ve una serie de columnas que sostienen una
galería de todo el largo de la cuadra, en este edificio de tres
pisos estuvo el salón del Congreso granadino; al sur están los
cimientos de un Capitolio, que son la lección más clara de que la
opulencia de las naciones no está sino en las empresas que son
practicables.
En la mitad del área se ve la estatua de Bolívar, el Libertador
de Colombia, sobre una base de cinco varas de alta, circundada de
una baranda de fierro. La apariencia del héroe no es solamente la
militar: su ancha frente, su mirar abatido, indican que las glorias
del combate no lo distraen de los cálculos de la política y que se
preocupa por el porvenir de su obra. Parece que el artista italiano
hubiera tenido presente al trabajar la estatua la profecía del
Libertador, cuando el golpear de las olas sobre la triste playa
donde se apagaba su existencia debía parecerle el llamamiento de la
muerte. Ello es que cuando se mira la estatua de Bolívar no se sabe
qué inspira más respeto: si la espada que empuña en la diestra, el
libro de la ley que tiene en la siniestra o el tinte de tristeza
que vela su semblante. La espada recuerda sus triunfos y su gloria;
el libro la carta de emancipación de la patria; el tinte de
tristeza los desengaños y las amarguras que le produjeron en sus
últimos días los mismos a quienes había redimido. Aró en el mar y
por eso mira con tristeza el porvenir.
El ruido de la plaza lo producía la aglomeración de las gentes
del mercado. Las fruteras se han acostumbrado a extender sus
canastos de piñas, naranjas, higos, manzanas, mangos y demás frutas
de la sabana y las tierras calientes en derredor de la estatua de
Bolívar, tributándole así el pueblo suaves y delicados perfumes,
como la historia le consagra la admiración y la gloria que crece
con los años como la sombra con el declinamiento del sol. Yo me
acerqué a aquel punto para contemplar una vez más la admirable obra
de Tenerani, y buscar unos aguacates que son mi fruta predilecta.
Lo que allí vi y oí será el complemento de estos cuadros donde he
pintado las costumbres nacionales, haciendo ver la suerte
desgraciada de los hijos del pueblo, lo fácil que es la corrupción
infiltrada por la lectura de los malos libros y las horribles
escenas de las revoluciones que no hieren a los grandes sino a los
débiles y pequeños.
Al frente de una revendedora de frutas, de rostro gordiflón y
colorado como un tomate, boca grande, ojos saltados y vestida con
la antigua camisa bordada, se ha formado un grupo compuesto de una
señorita de color ligeramente aperlado, ojos grandes y negros,
cejas y pestañas pobladas; de dos caballeros ya de alguna edad y de
un pobre viejo encorvado por el peso de los años. Mientras la joven
miraba muy distraída la estatua, con un pie un poco avanzado y
jugando con la sombrilla que tenía abierta en la mano, los dos
caballeros entablaron el siguiente diálogo:
-¿Qué hay de nuevo?
-Hoy concluye el juicio contra el general Mosquera. Dicen que lo
condenan a presidio.
-No lo creo; Mosquera tiene muchos amigos y la protección de la
Logia.
-Sin embargo, Acosta está resuelto, y él dispone del Congreso,
donde se discute la venta de las reservas del ferrocarril de
Panamá.
-¿Cuánto dan por ellas?
-Un millón de pesos. Dicen que Mr. Totten ha traído una suma
para comprar los votos, y que ya tiene asegurados algunos; que a
unos les ha pagado veinte mil pesos, a otros cinco y a otros
menos.
-Ahora comprendo cómo se hizo el 23 de mayo. Para él se tuvo el
mismo móvil que para la revolución del 60. Entonces eran las manos
muertas, ahora son las reservas, mañana serán los bienes de los
particulares.
El viejo, agobiado por el doble peso de la miseria y de los
años, oía con suma atención el diálogo, cuando de repente se
escuchó el redoble de un tambor, y toda la gente corrió a ver el
paso de la tropa. -¿Qué es esto? preguntó la joven.
-La escolta que lleva a Mosquera para el Senado, contestó uno de
los caballeros.
Bendito sea Dios, dijo el pordiosero, que muestra su justicia.
Ese hombre jué la causa del incendio del rancho de mi hija Bruna,
de su locura y de la muerte de
|Lugencio. Ya la va
pagando.
Miré sorprendido a aquel pobre anciano, y me retiré para mi casa
pensando en las desgracias que dejan a los pueblos las
revoluciones, y en los móviles que guían a los personajes de
nuestra patria en las empresas en que aseguran que los mueve el
patriotismo, el bien de los asociados y el buen nombre de la
Nación.
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