CUADRO XIV
LOS FUNERALES DE BRUNA
À los quince días del famoso paseo a Monserrate, don Jorge le
dijo a su querida esposa que tenía que ir a visitar la sierra
divisoria de Bogotá y de Choachí, y que también aprovecharía la
ocasión de llegar a la casa de
|ñor Lecio a preguntar por
la salud de Bruna, y a llevarle algunos medicamentos, lo que fue
aprobado por la señora que tanto se había conmovido por la suerte
de la carbonera.
Tomó camino don Jorge, y al pasar por la venta del Boquerón le
hizo a la patrona una visita y le dijo que se había casado y se le
ofreció en su nuevo estado.
Serían las nueve cuando divisó la miserable estancia de los
carboneros, y notó con suma admiración que en el patio se veía más
gente de la acostumbrada.
Estaba muy triste la mañana, teniendo los cerros por delante una
masa de niebla que estorbaba la salida del sol. Una choza en el
desierto decorada con unos cuatro árboles piramidales no era una
alegre perspectiva para un viajero que hacía una jornada
enteramente solo.
A media cuadra de la casita sus oídos fueron heridos por los
latidos impertinentes de los perros, y al acercarse un poco más,
oyó un murmullo de que no tenía la menor idea, y al pararse junto a
la puerta de talanqueras, vio en la salita unas velas encendidas y
algunas personas que estaban puestas de rodillas. Echó pie a tierra
el caballero y entró con el sombrero en la mano. Vio allí a Bruna
tendida en el suelo en medio de cuatro candeleros de greda de una
forma cuadrangular, que sostenían cuatro velas de muy poca luz.
Estaba muerta y tenía por mortaja una túnica blanca atada con una
cuerda de fique, y con las manos cruzadas encima del pecho sostenía
una cruz muy pequeña de palo de nogal. Era menester haber tratado a
Bruna muy de cerca para reconocerla; lo único que se había
resistido al estrago general de su rostro eran las cejas, porque
estaban más visibles y formando el contraste más notable con la
blancura de su frente. Los bellísimos ojos de Bruna se habían
ocultado para siempre debajo de un velo espantoso. Sus labios
estaban contraídos y amoratados como las flores de lirio que había
en el patio. El conjunto era el retrato de la muerte.
Al ver que todos estaban arrodillados, don Jorge se arrodilló
también junto de los carboneros y leñadores, y tal vez pasaban por
su imaginación en esos momentos, la memoria de los días felices de
Bruna, porque de sus ojos se desprendieron algunas lágrimas. El
rezo de los carboneros y sus vecinos seguía adelante, por lo cual
se paró don Jorge y se salió al corredor, en donde recibió todos
los informes de la muerte de aquella joven tan hermosa y
hospitalaria, que le había prestado sus auxilios en beneficio de
las ciencias naturales.
El sargento García le dijo a don Jorge en el corredor:
-Usted vio que Bruna estaba demente y la vieron todas las
personas en el paseo de Monserrate.
-¡Oh! sí. Tuvimos muchísima pena.
-Después de que las señoras vieron a Bruna en la Ermita de
Monserrate, ella siguió con sus mismas tonteras, saliéndose de la
casa y trasegando los montes con su muñeca de trapo a las
costillas, cantando, gritando y hablando sola, pero sin dejar de
volver a la casa todas las noches. Sucedió que se quedó una noche
sobre las cenizas de su casita, mojadas por un grande aguacero, y
al día siguiente no consiguió mi suegra que se mudase sino muy
tarde, y desde esas horas tuvo calentura, y a pesar de los
medicamentos que se le hicieron se fue agravando cada día más,
hasta no moverse de la cama, aturdida por una fiebre espantosa. Su
cuñada Nepomucena, que fue a Bogotá varias veces a buscar algunos
recursos, dio con Carlota la aplanchadora, que solía comprar el
carbón, y fuera de los auxilios que enviaba, hizo todos los empeños
necesarios hasta conseguir que viniese el padre Anselmo a consolar
la familia y Bruna se confesó en unos pocos momentos de juicio que
tuvo un día, terminando su carrera como cristiana, apostólica,
romana. Esa mortaja que tiene la difunta se la mandó su amiga
Carlota, la cual siente y llora esta muerte, como se siente la
muerte de los hermanos más queridos de la familia. Hoy vive muy
recogida Carlota en una tienda de pulpería, y ya usted ve que se
porta muy bien.
-Parece que ha cambiado enteramente de vida desde una enfermedad
muy grave que tuvo. Yo me alegro que se haya portado bien con la
familia. ¡Vamos! ¿Dónde piensa enterrar a Bruna?
-La llevamos a la iglesia de las Nieves de Bogotá para que le
canten un responso, porque esa es la iglesia parroquial de los
feligreses de esta parte del páramo, y después la llevaremos al
cementerio.
Don Jorge sacó un cóndor de su bolsillo y se lo dio al artesano,
acompañando la acción con las siguientes palabras:
-Agregue usted a la cuota de los gastos esa cantidad sumamente
pequeña de que yo puedo disponer en la actualidad.
-Le doy a usted las gracias a nombre de la familia.
Tengo que irme hasta el Boquerón de las lajas y de vuelta les
haré una visita. Tenga usted la bondad de saludarme a toda la
familia.
|Ñor Lecio salió a tiempo que don Jorge iba a montar y
le dio a entender con sus lágrimas y sus discursos lo mucho que
sentía a su hija tan desgraciada, y terminó con estas palabras:
-Pero allá está descansando en el cielo, mi amo don Jorge, y se
quitó de pasar trabajos. Ya
|sumercé puede ver qué vida
sería la que pasaba desde que se volvió loca. ¡Dios la tenga en la
gloria! mis palabras no la ofendan.
Don Jorge siguió por el camino de Choachí, entretanto que el
rezo de los leñadores y carboneros seguía en la salita, y los
gemidos y lamentos en todos los rincones de la casa; siendo la
cocina el lugar de recibo para las comadres y amigos que llegaban
de las estancias más apartadas de la gran cañada que se extiende
por detrás de los cerros de Monserrate y Guadalupe.
A las tres de la tarde estaba don Jorge de vuelta; a esa misma
hora salía de la casa de
|ñor Lecio la procesión funeraria
del catafalco de Bruna y los gritos que se oían en la casa lo
llenaron de espanto. Luego vio pasar por delante el ataúd compuesto
de dos palos largos de encenillo y cuatro o cinco toletes
atravesados, atado todo con cierto bejuco que llaman olivo los
estancieros, sobre los cuales iba el cadáver, llevando unos manojos
de yerba-buena debajo de la cabeza, y cargado por los deudos que
llevaban las puntas de los palos sobre los hombros.
-¡Se fue la hijita de mis entrañas, y ya no la veré jamás!
exclamaba
|ña Bena.
Se confundían los gemidos de las personas que se quedaban en la
casa, y don Jorge sentía con toda la ternura de su alma aquella
despedida de la eternidad, en que tenía una gran parte su corazón
humanitario, después de haber tratado a Bruna con cariño por el
espacio de dos años, poco más o menos.
|Ñor Lecio, Nepomucena, Fermín, la viuda de
Hermenegildo, varias personas de la familia y los vecinos del
sitio, acompañaron el cadáver. Don Jorge se apeó de su caballo y
dio de su cartera un medicamento a la señora
|Bena que se
enfermó a poco rato de la partida de su hija para el cementerio.
Después de esto se quedó toda la casa en silencio, en poder de la
madre y de Tomasa, no menos afligida.
Don Jorge estaba sentado en el banco de tíbar del corredor y el
sargento le hacía la conversación sentado en una de las enjalmas de
la carbonería.
-¿Dónde se halla el esposo de Bruna? le preguntó el naturalista
al yerno de
|ñor Lecio.
-¿Recuerda usted que yo le dije el día de las velaciones de
Monserrate, que Fulgencio había tomado el fusil de
|ñor
Lecio y había desaparecido?
-Sí recuerdo.
-Fue a juntarse con los Guascas en el páramo de "Cerro
Gordo"; y después de muchas escaramuzas y algunos ataques
de consideración, Fulgencio murió en la acción de Checua, en la que
asesinaron al señor Secundino Sánchez que mandaba toda la
guerrilla, y don Alonso Martínez murió antes de esta acción.
A las cuatro de la tarde se despidió don Jorge y se puso en
camino para la ciudad. La tarde estaba toldada y el Boquerón casi
privado de luz. Los peñascos de cien varas de altura, los cantos de
roca que imitan las figuras caprichosas de las sepulturas, el ruido
de las aguas y la soledad absoluta de la grieta, todo era triste y
todo le representaba el convoy que acababa de atravesar el camino,
dejando las huellas en los diversos pasos del río, llevando consigo
el cuerpo de la más bella de las estancieras, que tantas veces
había pasado por allí radiante de hermosura y de vida.
La muerte tiene sus pinturas y galerías muy adecuadas para
anunciarse a los que no piensan en su llegada, como son los
cementerios, las ruinas y los sepulcros. El que haya pasado a las
cinco de la tarde por el Boquerón del río San Francisco, labrado
por entre los cerros de Guadalupe y Monserrate, por la furia
omnipotente de las aguas, ese habrá podido tener todas las
impresiones de los cementerios más fúnebres y más pavorosos que se
hayan conocido jamás en los dominios infinitos de la muerte. Don
Jorge se estremecía a cada momento y picaba el alazán para salir
aprisa del estrecho camino del Boquerón.
Cuando llegó a la casa le dio la noticia de la muerte de la
carbonera a su amada Rosa, y este corazón sensible a todas las
desgracias de los pobres, no pudo menos que llenarse de tristeza,
de lo cual sus ojos dieron un testimonio irrefragable con las
lágrimas que arrastraban las simpatías de don Jorge.
Todas las señoras de la casa sintieron a Bruna como se siente a
una persona querida. Angelita le tributó su llanto por muchas horas
consecutivas, y todas estas lágrimas y las que vertieron por ella
sus deudos, suplieron la tumba que en estos tiempos de miseria no
alcanzan a tener los proletarios.
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