CUADRO XIII
LAS VELACIONES
Doña Antonia había hecho la promesa de hacer en Monserrate las
velaciones de sus hijas, y en tal virtud partieron los convidados,
los novios y los padrinos a las cinco de la mañana de uno de los
días más hermosos del mes de julio del año de 1862.
El padre Anselmo iba a decir la misa ese día, y se fue con toda
la gente, pero disfrazado de paisano, porque la policía lo andaba
buscando para obligarlo a jurar los decretos de tuición y de
desamortización de los bienes llamados de manos muertas.
Don Cecilio Duque iba llevando a su cargo dos mulas cargadas con
los elementos del almuerzo, y en este grupo estaban incluidas
Atanasia y Secundina, el criado de don Amílcar y un arriero del
distrito de Fontibón.
A medida que la expedición subía por el camino fragoso de la
loma, se aclaraba el nuevo día, y cuando llegaron a la mitad del
camino, se veía ya la Sabana iluminada por los rayos del sol.
La pendiente del Monserrate por el lado de la ciudad es muy
vertical, y aun tiene faces que muestran enteramente los cortes de
roca arenisca, como paredes que han sufrido por muchos siglos los
rigores de la estación; pero la loma se halla en lo general
cubierta con una clase de vegetación pigmea, en que se ve el
|mosquero, el
|tuno, el
|ayuelo y otras
plantas de las tierras frías. Es un adorno para la ciudad el
hermoso Monserrate, al lado del no menos interesante Guadalupe, que
constituyen el fondo del panorama de Bogotá, visto por el lado de
la Sabana, y sirven además de protección contra los vientos del
páramo, que serían insoportables sin esta muralla estupenda. El
Boquerón del río que separa estas pirámides andinas, le da a la
pintura una especie de gravedad muy digna de la fisonomía general
de todas nuestras cordilleras.
Como paseos, Monserrate y Guadalupe son un verdadero encanto. El
espectador pone bajo su pupila toda la ciudad con sus manzanas
cortadas en cuadro, y toda la Sabana con sus pueblos, sus haciendas
y sus lagunas.
Sin embargo, no les haremos los mismos elogios en la parte
militar, porque ellos vienen a ser dos castillos de que se apodera
un enemigo cualquiera para acercarse a la ciudad, con las ventajas
de la altura; aún cuando eso no sea sino para insultar a los
habitantes y a la guarnición impunemente, con la ventaja de que
todo lo que se grita desde la loma se oye perfectamente en la
ciudad, y no sucede así con lo que se grita desde abajo.
El comandante Girardot ocupó a Monserrate en 1811 cuando los
federalistas de Tunja y el Socorro atacaron a los centralistas de
Santafé, y los gobernantes tuvieron que oír cuanto les dictaba el
encono provincial a los invasores, y los bogotanos oían los apodos
comunes que se les irrogan desde los tiempos más remotos de la
Colonia. Sin embargo, al día siguiente, 9 de enero de 1811, pagaron
la chanza con réditos muy subidos, con la derrota que sufrió todo
el ejército federal en la entrada de San Victorino. Después de eso
varias partidas armadas han repetido la gracia desde las eminencias
de Monserrate y Guadalupe con una amenaza continua para Bogotá,
hablando militarmente. Pocas cosas hay en el mundo que no tengan su
lado malo y su lado bueno.
Habíamos dejado en la mitad de la cuesta a los peregrinantes de
la promesa de Monserrate, y no es justo que los abandonemos a su
propia suerte. Estando fatigados se han sentado con la comodidad
posible para descansar unos pocos minutos y mirar la Sabana con
detención. Se veía allí a Rosa y Blanca; doña Evarista y doña
Estefanía, que eran las madrinas, y algunas señoras más, que no
carecían de los rasgos de belleza que se presentan desde los quince
a los treinta años. El cuadro entero, respaldado por el corte
gigantesco de la roca, era una colección de estatuas señoriles,
pues estuvieron calladas por mucho tiempo, como abismadas y
absortas en la contemplación del cuadro de la Sabana. El sol
alumbraba la parte oriental de todas las haciendas, y don Jorge les
hacía distinguir el
|Tintal,
|La Chamicera,
|Puente-Grande, La Fragua, El Salitre, y otras muchas; y
los pueblos de Fontibón, Serrezuela, Funza, Bosa y parte del
distrito de Soacha.
-Vean ustedes, les decía, las revueltas del Funza, en que
brillan las aguas heridas por el sol de la mañana.
-Es un espectáculo delicioso, dijo la señorita Rosa. ¿Qué pueblo
es el que se ve entre el humo y las arboledas del camino real?
-Es Engativá; y esa punta de cerro que se avanza sobre el llano
y parece que está metida en un lago de arbustos y gramas, es una de
las pruebas de que en otro tiempo estuvo la Sabana ocupada por las
aguas.
-¿Y cómo se hizo la Sabana? preguntó doña Antonia.
-Se cubrió la gran cuenca o cañada que había entre los cerros de
Facatativá, Sibaté, Zipaquirá y Bogotá con todos los terrenos de
aluvión que se desprendieron de los páramos en uno de esos
cataclismos que han dado las últimas formas a las mesetas y los
valles de todas las comarcas andinas. Demoraron las aguas por mucho
tiempo encima de este lecho limoso, lo que se ve en las estratas de
greda, fango y arena, en las cuales no se encuentran fósiles de
ninguna clase. Pues si en Bosa se han encontrado huesos de
mastodonte, eso ha sido en terrenos duros y blanquecinos.
-¿Y cómo fue para secarse la Sabana? preguntó de nuevo doña
Antonia.
-Se abrieron paso las aguas por Tequendama, que es la parte más
baja de todos los cerros que la rodean.
-¿Y cuándo sucedió todo eso?
-La ciencia no da todos los pormenores, pero el suceso se
comprueba con la muestra de los cerros y con los restos de lagunas
que ocupan gran parte del terreno y con las estratas limosas que
hoy se hallan en seco. La formación de la Sabana, y su desocupación
de las aguas, son hechos muy sencillos, y fuera de todo tenemos una
tradición de los chibchas que no deja duda.
-¿Cómo? dijo la señorita Blanca, ¿qué dicen los chibchas de la
formación de la Sabana?
-El "Compendio histórico del descubrimiento y
colonización de la Nueva Granada", redactado por el
coronel Acosta, refiere lo siguiente:
Indignado
|Bochica, decían los indígenas, a causa de los
excesos de los habitantes de la planicie de Bogotá, resolvió
castigarlos, anegando sus tierras, para lo cual lanzó
repentinamente sobre la llanura los dos ríos de Sopó y Tibitó,
afluentes pricipales del Funza, que antes corrían hacia otras
regiones, los cuales la trasformaron en un vasto lago. Refugiados
los chibchas en las alturas, y en vísperas de perecer de hambre,
dirigieron sus ruegos al
|Bochica, el cual se apareció una
tarde al ponerse el sol en lo alto de un arco-iris. Convocó a la
Nación y les ofreció remediar sus males, no suprimiendo los ríos
que podrían serles útiles en tiempos secos para regar sus tierras,
sino dándoles salida. Arrojando entonces la vara de oro que tenía
en las manos, abrió la brecha suficiente en las rocas de
Tequendama, por donde se precipitaron las aguas, dejando la llanura
enjuta y más fértil con el limo acumulado. No se limitó a esto el
justiciero
|Bochica sino que para castigar a
|Bacatá de haber afligido a los hombres, le obligó a cargar
la tierra que antes estaba sostenida por firmes estantillos de
|guayacán.
Se emprendió de nuevo la marcha, y con pocas paradas se llegó
por fin a la cúspide de Monserrate. Desde el atrio de la Capilla
volvieron a tender la vista a la Sabana todos los viajeros. Ya
estaba bañada por entero con toda la masa de luz que la cubre en
los días más hermosos de verano, en los cuales está el cielo
completamente azul, y todos los cerros de los contornos limpios de
nubes y de vapores. Era la Sabana un océano de verdura salpicado de
haciendas y de pueblos que recordaba la denominación de
|valle
de los Alcázares, dada por el conquistador Quesada, a la vista
de la hermosa población de los chibchas.
De golpe se cambió la escena entrándose toda la gente a la
Capilla. Estaba descubierta en el altar la efigie de Jesús, que se
venera en aquella Ermita, alumbrada por cuatro ceras. El sacerdote
empezó la misa y todos se pusieron de rodillas.
Los novios estaban hincados sobre la última grada del
presbiterio, unidos con una cadena de oro cada pareja y los
padrinos los acompañaban de cada lado. Rosa y Blanca estaban más
hermosas que nunca. Las bendiciones que su amor recibía de parte de
Dios por el ministerio de un sacerdote, las cubría de una aureola
misteriosa que todos miraban con el más profundo respeto. La
sociedad acogía, veneraba y ratificaba la sanción del sacramento y
del contrato perpetuo. Todos guardaban el más profundo silencio, y
sólo se oía el murmullo de las palabras del sacerdote pronunciadas
en el idioma de la Iglesia.
Bendecida la alianza de por vida, toda la gente desocupó la
Ermita, y se presentaron las parejas sobre la cúspide que se divisa
con sus paredes blancas desde cinco leguas de distancia.
Estuvo asombroso el almuerzo, servido en la sala de la casa de
los capellanes, y era muy grande el placer de los convidados, por
ser de toda confianza, porque aquella no era sino una de esas
ovaciones de familia, donde no se mezclan las ceremonias de alto
tono, que a veces son el martirio de las parejas. La música, los
brindis, la alegría de los concurrentes, todo cumplía con el objeto
del convite religioso y social por sus dobles motivos. El padre
Anselmo dirigió su brindis a los esposos como lo habían hecho los
demás convidados.
Después del almuerzo se dispersaron las gentes, quedándose
algunos en el atrio para contemplar de nuevo la ciudad; otros se
fueron a cantar y tocar al pie de los matorrales, sentados encima
de la grama y de las plantas pigmeas. Don Jorge y don Amílcar,
llevando de brazo a sus bellas parejas, se asomaban al páramo, y
con el anteojo les mostraban en lo que era visible el teatro de la
cacería a que habían asistido y algunas casitas de los
estancieros.
-Vea usted la casa de Bruna, le decía don Jorge a su amada
Rosa.
-¿Cuál? preguntó ella.
-Allá donde se ven unos cuatro arbustos que superan todos los
matorrales.
-¡Qué pequeña me parece la casa de Bruna!... Blanca, mira la
casa de Bruna.
-Sí, niña. Cuándo se va a figurar Bruna que nosotras estamos
viéndole su casa. ¿Y qué es de la vida de Bruna?
-Se ha casado, dijo don Jorge. Yo no he vuelto al páramo hace
mucho tiempo.
-Dios quiera que le vaya bien, dijo Blanca. Es una muchacha muy
buena por todos estilos.
-Amores viejos de don Jorge, dijo Rosa.
-Temeridades de las señoras mellizas.
-Jorge, por Dios, ¿qué otra cosa íbamos a pensar nosotras de los
viajes de ustedes al páramo, y del sacrificio que hicieron ustedes
dos para ir a salvar a Bruna de las garras de ese monstruo, que
llaman
|Cucañas, sino que en esa jornada se mezclaba el
amor, que es el origen de todas las hazañas caballerosas?
-De cuenta de gratitud y aprecio, porque no se puede ser liberal
sin ser grato. Yo no sé con qué justicia puede la clase calzada
admitir los servicios de afecto de la clase descalza, sin quedar
obligada a la gratitud por lo menos.
Las gentes se habían dirigido a la misma parte del cerro donde
estaban las dos mellizas y se cantaba al frente del desierto,
cuando se oyó otro canto en lo más oculto de los matorrales en una
voz triste, descompasada, lúgubre y enteramente nueva para las
señoras, que decía:
Para qué son gustos
Si se han de acabar,
Más valen mis penas
Que me han de durar.
|Arrurrú mi niña
Con tanto llorar,
Que sólo su mamá
La puede aguantar.
No era una canción de la corte, pero la misma soledad de los
bosques le daba tal interés, que a Rosa se le llenaron los ojos de
lágrimas, y pronunció estas palabras:
-¡Oh! ¡qué criatura tan desdichada la que es arrullada en un
páramo tan desierto como éste!
-Debe ser una madre sumamente desgraciada, dijo Blanca.
-Pero oigan, que la voz se nos acerca, dijo la señorita
Rosa.
Pronto se apareció, asomándose detrás de la ceja de la loma, una
mujer llevando a cuestas alguna cosa cargada, no tenía sombrero, y
su pelo le cubría gran parte de la cara. Las enaguas hechas
andrajos, apenas le cubrían las rodillas; la camisa remendada con
nudos, era insuficiente para cubrirle los hombros y el pecho.
-¿Hemos dado con la tierra de los salvajes del Meta? preguntó la
señorita Rosa, ¿o qué clase de mujer es esta tan horrible?
-La loca, mi señora, contestó el sacristán de la Ermita, que se
había acercado a las señoras.
-¿Es furiosa? preguntó Blanca.
-Hay veces que tira piedras y amenaza con las uñas y los
dientes; pero ella no aborrece de muerte sino a los militares. A un
muchacho que imitó un toque de corneta lo iba matando a mordiscos
el domingo de la semana pasada.
Se iba acercando la loca y cuando estuvo a treinta pasos,
exclamó la señorita Blanca:
-¡Bruna! ¡Bruna! ¡Miren a la pobre Bruna!
-Ciertamente, dijo Rosa llena de espanto.
-¿Qué le habrá sucedido? dijo doña Antonia. ¡Pobre de Bruna,
miren qué traza la que tiene!
Bruna se había acercado a los circunstantes.
-Venga, Bruna, le gritaba Blanca llorando; porque las mellizas
se habían enternecido a la vista del espectro que representaba la
figura de la hermosísima Bruna.
No hacía más que reírse la paramera y hacer algunos movimientos
con todo el cuerpo, sin variar de postura, como en ademán de
arrullar un muchacho, que parecía que traía cargado, y que no se
veía por estar muy tapado y ella de frente.
-¿No me conoce Bruna? dijo Blanca a la paramera.
Bruna no le contestó sino con una carcajada.
-Yo soy Rosa, ¿no me conoce? dijo la otra de las mellizas.
Tampoco contestó la paramera, y se sentó en el mismo punto que
había ocupado desde que llegó, ensartando unas flores en un hilo,
sin hacer caso de la gente que la miraba.
-¡Qué desgracia! dijo Rosa. La paramera está enteramente loca.
Tan linda como era antes, y verla cómo está hoy, tan flaca y
descolorida. ¡Oh! ¡qué suerte la de algunas criaturas! Esta pobre
muchacha era cándida, recatada y en extremo vergonzosa, y ahora se
presenta más desnuda que una bailarina de teatro, sin hacer caso de
nada. ¡Dios mío! ¡lo que es el mundo!
-Tan hermosa como era Bruna, y tanto como nos quería a nosotras.
Me acuerdo que nos llevaba uvas camaronas, claveles rosados y
piñuelas de tierra fría. ¡Qué suerte tan desdichada! dijo Blanca
tapándose la cara con el pañuelo.
--¿Con qué la conocieron? dijo Eulalia.
-Era la que llevaba el carbón a casa, dijo Rosa, y la queríamos
mucho todas nosotras.
-¿Quieren ustedes que se acerque Bruna? dijo el sacristán.
-¿No ve usted que no quiere venir? contestó Blanca.
-Bruna, tome un dulce para la chiquita.
-Bruna se paró de un brinco y se puso en camino hasta llegar a
cuatro pasos del grupo, y así que vio a don Jorge le brillaron los
ojos como dos luceros, y le dirigió estas palabras, con voz dulce,
suplicante y tierna:
-¿Así no más se olvida lo que se
|quere? ¿No fui yo la
esclava de usted?
Las mellizas se miraban mutuamente y se fijaban en don Jorge, y
éste se hallaba un poco avergonzado, porque la escena pasaba
delante de mucha gente.
-Pero yo lo perdono, continuaba Bruna, venga acá para
abrazarlo... ¿O es que por estar de zapatos no me conoce?
Esto dijo Bruna con todo el entusiasmo de la pasión, y dio dos
saltos hasta abrazar a don Jorge, y lo hubiera besado si el
caballero no lo evitara usando de la fuerza de sus brazos.
-
|Lugencio de mi corazón, continuaba diciendo la
paramera; sólo a otro hombre he querido en el mundo; pero no tanto
como a usted, porque usted es un caballero muy decente. ¿No se
acuerda que usted me encargaba pescados de piedra? ¡Ah Lugencio
para ser ingrato! ¿Ya no me pregunta por la niñita?
Lloró al decir estas palabras la paramera, y lloraron todas las
señoras, porque el caso no era para menos. Un profundo silencio se
siguió a los discursos de Bruna, y don Jorge, que se había dejado
tomar una mano, tal vez se estaba acordando de alguno de sus paseos
al páramo, porque la emoción lo agitaba hasta el punto de
enternecerlo.
Las señoras cayeron en cuenta que Bruna, en vez de llevar un
niño a la espalda como lo aparentaba, no tenía sino un muñeco de
trapos, adornado con flores y caracoles pequeños y sostenido con
una ruana negra y unas cabuyas de fique, de la misma manera que
llevan sus hijos todas las estancieras pobres de la sabana.
Al sacristán le parecieron demasiado impertinentes las acciones
de la loca, y dijo, para ahuyentarla, que parecía que se acercaban
unos soldados, y con esto se retiró de allí con dirección a la
cañada, y a poco tiempo de haberse escondido repitieron los ecos la
misma cantinela con que se había anunciado la primera ocasión:
|Arrurrú mi niña
Con tanto llorar, etc.
El que haya visto el último acto de una buena tragedia en alguno
de los teatros más afamados, puede figurarse todo el dolor que
expresarían las fisonomías de aquellas caritativas señoras, y de
los hombres que las acompañaban, caballeros humanitarios y de una
sensibilidad cultivada por las bellas letras y el amor a la
naturaleza. En aquellos momentos se acercó el padre Anselmo,
atraído por la novedad, trayendo su breviario señalado con uno de
sus dedos, pues se ocupaba en rezar en aquellos momentos sus
oraciones a la sombra de unas matas. Faltaba en el grupo un corazón
que tenía mayores motivos para volverse pedazos: faltaba también
Angelita, que estaba ocupada en los preparativos de un famoso
refresco.
Después de enjugar Rosa sus bellos ojos, le dijo al
sacristán:
-¿Sabe usted por qué se volvió loca esta pobre muchacha?
-Lo sé, mi señora, porque tengo relaciones en la casa del señor
Indalecio Rodríguez desde el 18 de julio para acá. En esa casa me
dieron todos los auxilios necesarios para una enfermedad de
peligro; pero esta historia está relacionada con la política, y en
este tiempo es necesario saber delante de quién se dicen las
cosas.
-No tenga cuidado, dijo don Jorge, las señoras son
conservadoras, y Amílcar y yo no somos perseguidores, aunque somos
del partido liberal. No tema usted nada por nuestra parte.
-Es porque hoy se necesita saber con quién se habla, y ya
ustedes me entenderán.
-Sí, sí, dijo Amílcar, tiene usted razón; pero cuéntenos la
historia, porque las señoras desean conocerla.
Entonces el sacristán hizo la siguiente relación:
-Todo el mundo sabe que el 18 de julio del año de 1861, mil
quinientos soldados de la Confederación Granadina no pudieron
contrarrestar a más de cinco mil liberales después de una
resistencia de seis horas. Era yo cabo lo. del lo. de línea. Era y
soy todavía artesano de Bogotá en el oficio de la carpintería.
Sostuve el fuego por el pie de Monserrate con mi guerrilla, hasta
que las fuerzas de la Confederación fueron vencidas por el lado de
San Diego. Entonces me retiré hacia el Boquerón, y vi desde el
sitio de la "Agua-Nueva" la entrada de las
fuerzas de los liberales a la ciudad; y vi también la retirada de
los que se fueron por el llano de "La Chamicera"
y "Pastrana" con el comandante Abacuc Franco.
¡Ah! si los destacamentos que estaban regados nos hubieran ayudado,
de seguro que el rechazo que sufrieron los liberales en el
"Alto de San Diego" hubiera sido de una
importancia mucho mayor. Ya no hay para qué hablar de esas cosas
porque sería que así nos convenía.
-La opinión, amigo, la opinión, dijo Amílcar.
-Tiene usted razón, dijo el cabo de la Confederación, y continuó
del modo siguiente:
Yo vi la entrada del ejército de los liberales y me retiré a la
venta del Boquerón, y allí fueron llegando algunos de los
derrotados, con los cuales nos reunimos hasta el número de veinte y
cinco de varios cuerpos. Había un sargento, a cuyo mando nos
pusimos todos, llamado Chávez, artesano de Bogotá por la gracia de
Dios. Pidió de almorzar, y mientras preparaban lo que faltaba,
miraba las banderas amarillas que tremolaban en las ventanas de las
casas y escuchaba los gritos y los repiques.
-Muchachos, dijo el sargento Chávez: no se ha perdido el
Gobierno legítimo. Existe todavía Canal con gente en el Estado de
Santander; los Juanchos ocupan a Neiva, y nosotros organizaremos
una columna de operaciones en el distrito de Guasca con algunos de
los derrotados.
-¡Viva la Confederación! gritamos todos.
-Después del almuerzo seguimos por el Boquerón arriba y salimos
al páramo; pero yo me enfermé y me quedé en la choza del señor
Indalecio Rodríguez.
El sargento llegó a Choachí esa misma noche y pidió raciones al
alcalde. De allí pasó a Guasca y habló sobre su proyecto con uno de
los vecinos más influyentes entre la gente pobre, el cual le
dijo:
-Guardemos las armas; y los soldados que se dispersen, porque
hoy nada se puede hacer, hasta no saber cómo se manejan los
liberales.
-Yo me puse bueno y me escapé de toda persecución, merced a los
cuidados del señor Indalecio.
Algunos domingos he venido a misa a esta santa Ermita, en donde
he reemplazado al sacristán en sus ausencias, y de aquí ha dimanado
mi gratitud al señor
|Lecio y a mi casamiento con Tomasa
Rodríguez, mujer muy hacendosa, muy honrada y muy bien parecida. En
las Nieves estamos viviendo, y me ofrezco a ustedes en mi nuevo
estado.
-Ahora sí díganos cómo fue para volverse loca la pobre Bruna,
dijo doña Antonia.
-Es un asunto un poco delicado por estar relacionado con la
política.
-¿Pero a quién teme usted?
-Es que me hallo un poco impresionado, mi señora.
-¿De qué? ¿por qué? le preguntó la señora Antonia.
-Tal vez fue por haberme dado las noticias estando yo con
calentura. La única persona que iba a la ciudad era la niña Bruna,
y ella me llevaba las noticias a veces un poco exageradas. Me dijo
sin precaución alguna que los liberales habían fusilado a los
señores Hernández, Morales y Aguilar; que habían echado a las
Hermanas de la caridad del Hospital de San Juan de Dios; que los
caucanos habían saqueado las casas de don Felipe Sandino, don
Joaquín Ortiz, don León Vargas y otras; que algunos cadáveres de
los soldados conservadores habían durado botados en las
inmediaciones de San Diego hasta los cinco días; que había muchos
señores presos en las cárceles, y que buscaban a otros, para lo
cual le ponían sitio a las manzanas. Al cabo de algunos días pasó
un artesano, amigo mío, por la casa de
|ñor Lecio, y me
dijo que habían sacado a los señores Calvo y Ospina, últimos
presidentes de la Confederación, para llevarlos a Boca-chica con
otros señores; que estaban reclutando mucha gente; que le habían
echado multa a unas señoras que habían asistido al entierro de don
Juan Crisóstomo Uribe; que estaban recogiendo empréstitos muy
grandes, hasta de seis mil y diez mil pesos a los más ricos, y que
rondaban las casas y perseguían a los comprometidos en el partido
conservador, para hacer que se sometieran. Yo les confieso a
ustedes la verdad: me quedé aterrado al saber todas estas cosas y
no quise volver a la ciudad, sino que me disfracé y me puse a hacer
carbón para que no me conocieran. Las imágenes de Boca-chica y el
Magdalena y el reclutamiento, me hacían temblar. Supe los decretos
de tuición y de desamortización de los bienes de manos muertas y
extinción de los conventos de monjas y frailes.
Seguían los alistamientos y reclutamientos, y comenzaron a salir
huyendo de la ciudad algunas gentes; y entonces fue cuando se formó
la guerrilla de Guasca, que pronto fue columna de operaciones y
peleó contra varios generales del Gobierno de Colombia, obteniendo
en ocasiones considerables ventajas.
-¿Pero qué tiene que ver Bruna con la guerrilla de Guasca?
preguntó Eulalia.
-Allá vamos, mi señora. El señor general Mosquera estaba
acampado en Facatativá con todo el parque y todo el ejército, y
viendo que la columna de Guasca se sostenía con tenacidad, valor y
fortuna algunas veces, se puso en campaña él mismo y la estrechó
por el lado de Guasca y Guatavita con el ejército de reserva. El
coronel Sánchez, que acababa de incorporarse a los Guascas, lo
mismo que Obando y Ramón Acosta, hicieron la evolución de asaltar a
Bogotá el día 4 de febrero de 1862.
Los Guascas tocaron retreta en la cumbre de Guadalupe con las
cornetas y a tambores, y a la mañana siguiente tocaron diana. Toda
la ciudad se alborotó con la novedad, y los liberales se encerraron
en los cuarteles de Santo Domingo y San Bartolomé con la guarnición
de la ciudad.
A las ocho comenzaron a bajar los Guascas con tambor batiente y
bandera desplegada, dando vivas y mueras y ocupando toda la ciudad.
La mitad se puso a tirotear los cuarteles mientras la otra mitad se
paseaba por la población. Se apoderaron del vestuario de la tropa
que había en una casa, y de la plata que se encontraba en la Casa
de Moneda, lo mismo que de la corona de oro que los peruanos
regalaron al general Bolívar. Algunos les echaron de comer a sus
caballos, visitaron a sus relacionados, se proveyeron de algunas
cosas muy necesarias, y cuando se acercaba el general Mosquera, se
fueron retirando cerro arriba, llevando al comandante Obando herido
en guando, que se veía blanquear desde la ciudad.
-Señor cabo-sacristán, ¿usted se ha olvidado de Bruna? dijo doña
Antonia.
-Voy allá, mi señora, dijo el sacristán, y continuó la
relación:
Al siguiente día marchó el general Mosquera por el cerro arriba
con mil doscientos hombres del ejército de reserva, por el mismo
camino que los Guascas habían llevado. El abra de los raudales del
San Francisco se cubrió de una línea de soldados vestidos de
amarillo, azul y colorado, que llenó de pavor a todos los
carboneros. El padre y el esposo de la niña Bruna estaban cortando
palos en el monte, y habían cesado para no ser advertidos por el
golpe de la herramienta. Bruna estaba lavando, oculta entre los
árboles de la quebrada, cuando sintió un toque de corneta y se iba
quedando muerta de la sorpresa. Ella se había casado con Fulgencio
y vivía en una casita muy reducida, pero aseada y digna de atención
por su misma pobreza. No tenía más alhajas que la cama de varitas
de tuno, una barbacoa de asiento, una cajita de pino, que yo le
había hecho, dos ollas y cinco piezas de loza vidriada entre
platos, tazas y pozuelos. No obstante, mi cuñada estaba contenta
con su destino, era dichosa; pero sobre ella caía en aquel momento
todo el peso de una desgracia desconocida, la desgracia más grande
que le puede sobrevenir a una madre. Se asomó a un cerrito y vio
que la tropa había pasado, y que de su rancho, como llamaba ella a
su casita, se levantaba una columna de humo, y corrió a ver lo que
era, y al asomar al patio se halló con la casa incendiada. Trató de
meterse por en medio de las llamas a salvar a su hijita de tres
meses que había dejado dormida en la hamaca, pero había caído el
techo incendiado y la salita con todo su contenido era una hoguera
estupenda. La niña ardía juntamente con la madera de la casa. El
alma de aquel ángel subía con el humo a las alturas del cielo, a
tiempo que su bello cuerpecito era convertido en un tizón, que la
madre inútilmente quería distinguir en medio de los escombros.
-¡Qué horror! exclamaron las mellizas.
-¡Pobre madre! dijo la señora Antonia.
-Bruna dio un grito espantoso y cayó privada, continuó el
sacristán. Desde lejos había visto ñor Lecio que las dos chozas
habían sido incendiadas luego que el ejército había acabado de
pasar, y había conocido a don Alonso Martínez entre los últimos que
se habían retirado, y así que vio salir humo de la casa de su hija
corrió a la novedad. Bruna estaba tendida en el suelo, y
|ñor
Lecio la alzó en sus brazos y la puso debajo de un árbol de
las inmediaciones, trajo agua y le mojó el pecho y la hizo pasar
algunos tragos y tuvo la dicha de verla sentarse y hablar; pero
notó que hablaba disparates. No recordaba nada de lo pasado,
gritaba, lloraba y se reía; pero ni aún se fijaba en lo que había
sucedido.
Llegó Fulgencio, que se había ido a escondes- a los bosques
mientras que pasaban las tropas, y se halló únicamente con los
horribles escombros de su casa entre los cuales estaban las cenizas
de su hija. Lo primero que hizo fue tenderle los brazos a la esposa
y ésta lo rechazó con un empujón y le contestó con palabras de
ternura, con risa y con frases que no venían al caso. El dolor y la
desesperación estaban pintados en el rostro del leñador. Ya no
tenía casa, ya no tenía hija, ya no tenía esposa con quien
compartir sus penas! ¡Todo el peso de la desgracia había caído
sobre su cabeza!
-¡Pobre familia! dijo Rosa.
-Llevaron a Bruna a la casa paterna, no reconoció a la madre ni
admitía los cuidados de la familia. Estaba insensata, sin embargo,
no parecía furiosa. Fulgencio sacó el fusil de
|ñor Lecio,
recomendó a su esposa, y desapareció pronunciando un juramento de
lo más espantoso contra don Alonso Martínez. Bruna corrió
maquinalmente hasta llegar a los escombros de la choza, en donde
gritó, lloró y rebuscó las cenizas que
|ñor Lecio había
removido, y se volvió a la casa dando gritos espantosos que se oían
en las pocas vecindades del sitio; duró sin comer ni dormir dos
días consecutivos, entrando, saliendo y buscando por todas partes.
Entonces fue cuando despedazó la ropa para hacer un muñeco que dice
que es su hijita Mercedes, y desde entonces no deja de andar por
todas partes. Le han aplicado muchos medicamentos, pero no le ha
disminuido la locura. No recuerda más nombres que los de Fulgencio,
Mercedes y don Jorge, y aborrece a los soldados como no hay
idea.
-Y qué hizo Fulgencio, preguntó don Amílcar.
-Fue a unirse con la columna de los Guascas, por caminos
extraviados.
Angelita llamó a las señoras y caballeros a tomar las onces en
la salita de la casa de los capellanes. Era un banquete espléndido
el que allí estaba preparado; pero no correspondía la tristeza de
los caballeros y de las señoras, con la gran festividad de una
velación. La memoria de la paramera se hallaba fresca, y muy pocos
fueron los que hablaron durante el convite.
En el acto de sonar las dos en la Catedral se emprendió la
marcha. Don Jorge le dijo al sacristán, al despedirse, que mandase
a su casa por unos medicamentos para su cuñada y la recomendó
mucho.
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