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CUADRO XIII
LAS VELACIONES

Doña Antonia había hecho la promesa de hacer en Monserrate las velaciones de sus hijas, y en tal virtud partieron los convidados, los novios y los padrinos a las cinco de la mañana de uno de los días más hermosos del mes de julio del año de 1862.

El padre Anselmo iba a decir la misa ese día, y se fue con toda la gente, pero disfrazado de paisano, porque la policía lo andaba buscando para obligarlo a jurar los decretos de tuición y de desamortización de los bienes llamados de manos muertas.

Don Cecilio Duque iba llevando a su cargo dos mulas cargadas con los elementos del almuerzo, y en este grupo estaban incluidas Atanasia y Secundina, el criado de don Amílcar y un arriero del distrito de Fontibón.

A medida que la expedición subía por el camino fragoso de la loma, se aclaraba el nuevo día, y cuando llegaron a la mitad del camino, se veía ya la Sabana iluminada por los rayos del sol.

La pendiente del Monserrate por el lado de la ciudad es muy vertical, y aun tiene faces que muestran enteramente los cortes de roca arenisca, como paredes que han sufrido por muchos siglos los rigores de la estación; pero la loma se halla en lo general cubierta con una clase de vegetación pigmea, en que se ve el |mosquero, el |tuno, el |ayuelo y otras plantas de las tierras frías. Es un adorno para la ciudad el hermoso Monserrate, al lado del no menos interesante Guadalupe, que constituyen el fondo del panorama de Bogotá, visto por el lado de la Sabana, y sirven además de protección contra los vientos del páramo, que serían insoportables sin esta muralla estupenda. El Boquerón del río que separa estas pirámides andinas, le da a la pintura una especie de gravedad muy digna de la fisonomía general de todas nuestras cordilleras.

Como paseos, Monserrate y Guadalupe son un verdadero encanto. El espectador pone bajo su pupila toda la ciudad con sus manzanas cortadas en cuadro, y toda la Sabana con sus pueblos, sus haciendas y sus lagunas.

Sin embargo, no les haremos los mismos elogios en la parte militar, porque ellos vienen a ser dos castillos de que se apodera un enemigo cualquiera para acercarse a la ciudad, con las ventajas de la altura; aún cuando eso no sea sino para insultar a los habitantes y a la guarnición impunemente, con la ventaja de que todo lo que se grita desde la loma se oye perfectamente en la ciudad, y no sucede así con lo que se grita desde abajo.

El comandante Girardot ocupó a Monserrate en 1811 cuando los federalistas de Tunja y el Socorro atacaron a los centralistas de Santafé, y los gobernantes tuvieron que oír cuanto les dictaba el encono provincial a los invasores, y los bogotanos oían los apodos comunes que se les irrogan desde los tiempos más remotos de la Colonia. Sin embargo, al día siguiente, 9 de enero de 1811, pagaron la chanza con réditos muy subidos, con la derrota que sufrió todo el ejército federal en la entrada de San Victorino. Después de eso varias partidas armadas han repetido la gracia desde las eminencias de Monserrate y Guadalupe con una amenaza continua para Bogotá, hablando militarmente. Pocas cosas hay en el mundo que no tengan su lado malo y su lado bueno.

Habíamos dejado en la mitad de la cuesta a los peregrinantes de la promesa de Monserrate, y no es justo que los abandonemos a su propia suerte. Estando fatigados se han sentado con la comodidad posible para descansar unos pocos minutos y mirar la Sabana con detención. Se veía allí a Rosa y Blanca; doña Evarista y doña Estefanía, que eran las madrinas, y algunas señoras más, que no carecían de los rasgos de belleza que se presentan desde los quince a los treinta años. El cuadro entero, respaldado por el corte gigantesco de la roca, era una colección de estatuas señoriles, pues estuvieron calladas por mucho tiempo, como abismadas y absortas en la contemplación del cuadro de la Sabana. El sol alumbraba la parte oriental de todas las haciendas, y don Jorge les hacía distinguir el |Tintal, |La Chamicera, |Puente-Grande, La Fragua, El Salitre, y otras muchas; y los pueblos de Fontibón, Serrezuela, Funza, Bosa y parte del distrito de Soacha.

-Vean ustedes, les decía, las revueltas del Funza, en que brillan las aguas heridas por el sol de la mañana.

-Es un espectáculo delicioso, dijo la señorita Rosa. ¿Qué pueblo es el que se ve entre el humo y las arboledas del camino real?

-Es Engativá; y esa punta de cerro que se avanza sobre el llano y parece que está metida en un lago de arbustos y gramas, es una de las pruebas de que en otro tiempo estuvo la Sabana ocupada por las aguas.

-¿Y cómo se hizo la Sabana? preguntó doña Antonia.

-Se cubrió la gran cuenca o cañada que había entre los cerros de Facatativá, Sibaté, Zipaquirá y Bogotá con todos los terrenos de aluvión que se desprendieron de los páramos en uno de esos cataclismos que han dado las últimas formas a las mesetas y los valles de todas las comarcas andinas. Demoraron las aguas por mucho tiempo encima de este lecho limoso, lo que se ve en las estratas de greda, fango y arena, en las cuales no se encuentran fósiles de ninguna clase. Pues si en Bosa se han encontrado huesos de mastodonte, eso ha sido en terrenos duros y blanquecinos.

-¿Y cómo fue para secarse la Sabana? preguntó de nuevo doña Antonia.

-Se abrieron paso las aguas por Tequendama, que es la parte más baja de todos los cerros que la rodean.

-¿Y cuándo sucedió todo eso?

-La ciencia no da todos los pormenores, pero el suceso se comprueba con la muestra de los cerros y con los restos de lagunas que ocupan gran parte del terreno y con las estratas limosas que hoy se hallan en seco. La formación de la Sabana, y su desocupación de las aguas, son hechos muy sencillos, y fuera de todo tenemos una tradición de los chibchas que no deja duda.

-¿Cómo? dijo la señorita Blanca, ¿qué dicen los chibchas de la formación de la Sabana?

-El "Compendio histórico del descubrimiento y colonización de la Nueva Granada", redactado por el coronel Acosta, refiere lo siguiente:

Indignado |Bochica, decían los indígenas, a causa de los excesos de los habitantes de la planicie de Bogotá, resolvió castigarlos, anegando sus tierras, para lo cual lanzó repentinamente sobre la llanura los dos ríos de Sopó y Tibitó, afluentes pricipales del Funza, que antes corrían hacia otras regiones, los cuales la trasformaron en un vasto lago. Refugiados los chibchas en las alturas, y en vísperas de perecer de hambre, dirigieron sus ruegos al |Bochica, el cual se apareció una tarde al ponerse el sol en lo alto de un arco-iris. Convocó a la Nación y les ofreció remediar sus males, no suprimiendo los ríos que podrían serles útiles en tiempos secos para regar sus tierras, sino dándoles salida. Arrojando entonces la vara de oro que tenía en las manos, abrió la brecha suficiente en las rocas de Tequendama, por donde se precipitaron las aguas, dejando la llanura enjuta y más fértil con el limo acumulado. No se limitó a esto el justiciero |Bochica sino que para castigar a |Bacatá de haber afligido a los hombres, le obligó a cargar la tierra que antes estaba sostenida por firmes estantillos de |guayacán.

Se emprendió de nuevo la marcha, y con pocas paradas se llegó por fin a la cúspide de Monserrate. Desde el atrio de la Capilla volvieron a tender la vista a la Sabana todos los viajeros. Ya estaba bañada por entero con toda la masa de luz que la cubre en los días más hermosos de verano, en los cuales está el cielo completamente azul, y todos los cerros de los contornos limpios de nubes y de vapores. Era la Sabana un océano de verdura salpicado de haciendas y de pueblos que recordaba la denominación de |valle de los Alcázares, dada por el conquistador Quesada, a la vista de la hermosa población de los chibchas.

De golpe se cambió la escena entrándose toda la gente a la Capilla. Estaba descubierta en el altar la efigie de Jesús, que se venera en aquella Ermita, alumbrada por cuatro ceras. El sacerdote empezó la misa y todos se pusieron de rodillas.

Los novios estaban hincados sobre la última grada del presbiterio, unidos con una cadena de oro cada pareja y los padrinos los acompañaban de cada lado. Rosa y Blanca estaban más hermosas que nunca. Las bendiciones que su amor recibía de parte de Dios por el ministerio de un sacerdote, las cubría de una aureola misteriosa que todos miraban con el más profundo respeto. La sociedad acogía, veneraba y ratificaba la sanción del sacramento y del contrato perpetuo. Todos guardaban el más profundo silencio, y sólo se oía el murmullo de las palabras del sacerdote pronunciadas en el idioma de la Iglesia.

Bendecida la alianza de por vida, toda la gente desocupó la Ermita, y se presentaron las parejas sobre la cúspide que se divisa con sus paredes blancas desde cinco leguas de distancia.

Estuvo asombroso el almuerzo, servido en la sala de la casa de los capellanes, y era muy grande el placer de los convidados, por ser de toda confianza, porque aquella no era sino una de esas ovaciones de familia, donde no se mezclan las ceremonias de alto tono, que a veces son el martirio de las parejas. La música, los brindis, la alegría de los concurrentes, todo cumplía con el objeto del convite religioso y social por sus dobles motivos. El padre Anselmo dirigió su brindis a los esposos como lo habían hecho los demás convidados.

Después del almuerzo se dispersaron las gentes, quedándose algunos en el atrio para contemplar de nuevo la ciudad; otros se fueron a cantar y tocar al pie de los matorrales, sentados encima de la grama y de las plantas pigmeas. Don Jorge y don Amílcar, llevando de brazo a sus bellas parejas, se asomaban al páramo, y con el anteojo les mostraban en lo que era visible el teatro de la cacería a que habían asistido y algunas casitas de los estancieros.

-Vea usted la casa de Bruna, le decía don Jorge a su amada Rosa.

-¿Cuál? preguntó ella.

-Allá donde se ven unos cuatro arbustos que superan todos los matorrales.

-¡Qué pequeña me parece la casa de Bruna!... Blanca, mira la casa de Bruna.

-Sí, niña. Cuándo se va a figurar Bruna que nosotras estamos viéndole su casa. ¿Y qué es de la vida de Bruna?

-Se ha casado, dijo don Jorge. Yo no he vuelto al páramo hace mucho tiempo.

-Dios quiera que le vaya bien, dijo Blanca. Es una muchacha muy buena por todos estilos.

-Amores viejos de don Jorge, dijo Rosa.

-Temeridades de las señoras mellizas.

-Jorge, por Dios, ¿qué otra cosa íbamos a pensar nosotras de los viajes de ustedes al páramo, y del sacrificio que hicieron ustedes dos para ir a salvar a Bruna de las garras de ese monstruo, que llaman |Cucañas, sino que en esa jornada se mezclaba el amor, que es el origen de todas las hazañas caballerosas?

-De cuenta de gratitud y aprecio, porque no se puede ser liberal sin ser grato. Yo no sé con qué justicia puede la clase calzada admitir los servicios de afecto de la clase descalza, sin quedar obligada a la gratitud por lo menos.

Las gentes se habían dirigido a la misma parte del cerro donde estaban las dos mellizas y se cantaba al frente del desierto, cuando se oyó otro canto en lo más oculto de los matorrales en una voz triste, descompasada, lúgubre y enteramente nueva para las señoras, que decía:

Para qué son gustos

Si se han de acabar,

Más valen mis penas

Que me han de durar.

|Arrurrú mi niña

Con tanto llorar,

Que sólo su mamá

La puede aguantar.

No era una canción de la corte, pero la misma soledad de los bosques le daba tal interés, que a Rosa se le llenaron los ojos de lágrimas, y pronunció estas palabras:

-¡Oh! ¡qué criatura tan desdichada la que es arrullada en un páramo tan desierto como éste!

-Debe ser una madre sumamente desgraciada, dijo Blanca.

-Pero oigan, que la voz se nos acerca, dijo la señorita Rosa.

Pronto se apareció, asomándose detrás de la ceja de la loma, una mujer llevando a cuestas alguna cosa cargada, no tenía sombrero, y su pelo le cubría gran parte de la cara. Las enaguas hechas andrajos, apenas le cubrían las rodillas; la camisa remendada con nudos, era insuficiente para cubrirle los hombros y el pecho.

-¿Hemos dado con la tierra de los salvajes del Meta? preguntó la señorita Rosa, ¿o qué clase de mujer es esta tan horrible?

-La loca, mi señora, contestó el sacristán de la Ermita, que se había acercado a las señoras.

-¿Es furiosa? preguntó Blanca.

-Hay veces que tira piedras y amenaza con las uñas y los dientes; pero ella no aborrece de muerte sino a los militares. A un muchacho que imitó un toque de corneta lo iba matando a mordiscos el domingo de la semana pasada.

Se iba acercando la loca y cuando estuvo a treinta pasos, exclamó la señorita Blanca:

-¡Bruna! ¡Bruna! ¡Miren a la pobre Bruna!

-Ciertamente, dijo Rosa llena de espanto.

-¿Qué le habrá sucedido? dijo doña Antonia. ¡Pobre de Bruna, miren qué traza la que tiene!

Bruna se había acercado a los circunstantes.

-Venga, Bruna, le gritaba Blanca llorando; porque las mellizas se habían enternecido a la vista del espectro que representaba la figura de la hermosísima Bruna.

No hacía más que reírse la paramera y hacer algunos movimientos con todo el cuerpo, sin variar de postura, como en ademán de arrullar un muchacho, que parecía que traía cargado, y que no se veía por estar muy tapado y ella de frente.

-¿No me conoce Bruna? dijo Blanca a la paramera.

Bruna no le contestó sino con una carcajada.

-Yo soy Rosa, ¿no me conoce? dijo la otra de las mellizas.

Tampoco contestó la paramera, y se sentó en el mismo punto que había ocupado desde que llegó, ensartando unas flores en un hilo, sin hacer caso de la gente que la miraba.

-¡Qué desgracia! dijo Rosa. La paramera está enteramente loca. Tan linda como era antes, y verla cómo está hoy, tan flaca y descolorida. ¡Oh! ¡qué suerte la de algunas criaturas! Esta pobre muchacha era cándida, recatada y en extremo vergonzosa, y ahora se presenta más desnuda que una bailarina de teatro, sin hacer caso de nada. ¡Dios mío! ¡lo que es el mundo!

-Tan hermosa como era Bruna, y tanto como nos quería a nosotras. Me acuerdo que nos llevaba uvas camaronas, claveles rosados y piñuelas de tierra fría. ¡Qué suerte tan desdichada! dijo Blanca tapándose la cara con el pañuelo.

--¿Con qué la conocieron? dijo Eulalia.

-Era la que llevaba el carbón a casa, dijo Rosa, y la queríamos mucho todas nosotras.

-¿Quieren ustedes que se acerque Bruna? dijo el sacristán.

-¿No ve usted que no quiere venir? contestó Blanca.

-Bruna, tome un dulce para la chiquita.

-Bruna se paró de un brinco y se puso en camino hasta llegar a cuatro pasos del grupo, y así que vio a don Jorge le brillaron los ojos como dos luceros, y le dirigió estas palabras, con voz dulce, suplicante y tierna:

-¿Así no más se olvida lo que se |quere? ¿No fui yo la esclava de usted?

Las mellizas se miraban mutuamente y se fijaban en don Jorge, y éste se hallaba un poco avergonzado, porque la escena pasaba delante de mucha gente.

-Pero yo lo perdono, continuaba Bruna, venga acá para abrazarlo... ¿O es que por estar de zapatos no me conoce?

Esto dijo Bruna con todo el entusiasmo de la pasión, y dio dos saltos hasta abrazar a don Jorge, y lo hubiera besado si el caballero no lo evitara usando de la fuerza de sus brazos.

- |Lugencio de mi corazón, continuaba diciendo la paramera; sólo a otro hombre he querido en el mundo; pero no tanto como a usted, porque usted es un caballero muy decente. ¿No se acuerda que usted me encargaba pescados de piedra? ¡Ah Lugencio para ser ingrato! ¿Ya no me pregunta por la niñita?

Lloró al decir estas palabras la paramera, y lloraron todas las señoras, porque el caso no era para menos. Un profundo silencio se siguió a los discursos de Bruna, y don Jorge, que se había dejado tomar una mano, tal vez se estaba acordando de alguno de sus paseos al páramo, porque la emoción lo agitaba hasta el punto de enternecerlo.

Las señoras cayeron en cuenta que Bruna, en vez de llevar un niño a la espalda como lo aparentaba, no tenía sino un muñeco de trapos, adornado con flores y caracoles pequeños y sostenido con una ruana negra y unas cabuyas de fique, de la misma manera que llevan sus hijos todas las estancieras pobres de la sabana.

Al sacristán le parecieron demasiado impertinentes las acciones de la loca, y dijo, para ahuyentarla, que parecía que se acercaban unos soldados, y con esto se retiró de allí con dirección a la cañada, y a poco tiempo de haberse escondido repitieron los ecos la misma cantinela con que se había anunciado la primera ocasión:

|Arrurrú mi niña

Con tanto llorar, etc.

El que haya visto el último acto de una buena tragedia en alguno de los teatros más afamados, puede figurarse todo el dolor que expresarían las fisonomías de aquellas caritativas señoras, y de los hombres que las acompañaban, caballeros humanitarios y de una sensibilidad cultivada por las bellas letras y el amor a la naturaleza. En aquellos momentos se acercó el padre Anselmo, atraído por la novedad, trayendo su breviario señalado con uno de sus dedos, pues se ocupaba en rezar en aquellos momentos sus oraciones a la sombra de unas matas. Faltaba en el grupo un corazón que tenía mayores motivos para volverse pedazos: faltaba también Angelita, que estaba ocupada en los preparativos de un famoso refresco.

Después de enjugar Rosa sus bellos ojos, le dijo al sacristán:

-¿Sabe usted por qué se volvió loca esta pobre muchacha?

-Lo sé, mi señora, porque tengo relaciones en la casa del señor Indalecio Rodríguez desde el 18 de julio para acá. En esa casa me dieron todos los auxilios necesarios para una enfermedad de peligro; pero esta historia está relacionada con la política, y en este tiempo es necesario saber delante de quién se dicen las cosas.

-No tenga cuidado, dijo don Jorge, las señoras son conservadoras, y Amílcar y yo no somos perseguidores, aunque somos del partido liberal. No tema usted nada por nuestra parte.

-Es porque hoy se necesita saber con quién se habla, y ya ustedes me entenderán.

-Sí, sí, dijo Amílcar, tiene usted razón; pero cuéntenos la historia, porque las señoras desean conocerla.

Entonces el sacristán hizo la siguiente relación:

-Todo el mundo sabe que el 18 de julio del año de 1861, mil quinientos soldados de la Confederación Granadina no pudieron contrarrestar a más de cinco mil liberales después de una resistencia de seis horas. Era yo cabo lo. del lo. de línea. Era y soy todavía artesano de Bogotá en el oficio de la carpintería. Sostuve el fuego por el pie de Monserrate con mi guerrilla, hasta que las fuerzas de la Confederación fueron vencidas por el lado de San Diego. Entonces me retiré hacia el Boquerón, y vi desde el sitio de la "Agua-Nueva" la entrada de las fuerzas de los liberales a la ciudad; y vi también la retirada de los que se fueron por el llano de "La Chamicera" y "Pastrana" con el comandante Abacuc Franco. ¡Ah! si los destacamentos que estaban regados nos hubieran ayudado, de seguro que el rechazo que sufrieron los liberales en el "Alto de San Diego" hubiera sido de una importancia mucho mayor. Ya no hay para qué hablar de esas cosas porque sería que así nos convenía.

-La opinión, amigo, la opinión, dijo Amílcar.

-Tiene usted razón, dijo el cabo de la Confederación, y continuó del modo siguiente:

Yo vi la entrada del ejército de los liberales y me retiré a la venta del Boquerón, y allí fueron llegando algunos de los derrotados, con los cuales nos reunimos hasta el número de veinte y cinco de varios cuerpos. Había un sargento, a cuyo mando nos pusimos todos, llamado Chávez, artesano de Bogotá por la gracia de Dios. Pidió de almorzar, y mientras preparaban lo que faltaba, miraba las banderas amarillas que tremolaban en las ventanas de las casas y escuchaba los gritos y los repiques.

-Muchachos, dijo el sargento Chávez: no se ha perdido el Gobierno legítimo. Existe todavía Canal con gente en el Estado de Santander; los Juanchos ocupan a Neiva, y nosotros organizaremos una columna de operaciones en el distrito de Guasca con algunos de los derrotados.

-¡Viva la Confederación! gritamos todos.

-Después del almuerzo seguimos por el Boquerón arriba y salimos al páramo; pero yo me enfermé y me quedé en la choza del señor Indalecio Rodríguez.

El sargento llegó a Choachí esa misma noche y pidió raciones al alcalde. De allí pasó a Guasca y habló sobre su proyecto con uno de los vecinos más influyentes entre la gente pobre, el cual le dijo:

-Guardemos las armas; y los soldados que se dispersen, porque hoy nada se puede hacer, hasta no saber cómo se manejan los liberales.

-Yo me puse bueno y me escapé de toda persecución, merced a los cuidados del señor Indalecio.

Algunos domingos he venido a misa a esta santa Ermita, en donde he reemplazado al sacristán en sus ausencias, y de aquí ha dimanado mi gratitud al señor |Lecio y a mi casamiento con Tomasa Rodríguez, mujer muy hacendosa, muy honrada y muy bien parecida. En las Nieves estamos viviendo, y me ofrezco a ustedes en mi nuevo estado.

-Ahora sí díganos cómo fue para volverse loca la pobre Bruna, dijo doña Antonia.

-Es un asunto un poco delicado por estar relacionado con la política.

-¿Pero a quién teme usted?

-Es que me hallo un poco impresionado, mi señora.

-¿De qué? ¿por qué? le preguntó la señora Antonia.

-Tal vez fue por haberme dado las noticias estando yo con calentura. La única persona que iba a la ciudad era la niña Bruna, y ella me llevaba las noticias a veces un poco exageradas. Me dijo sin precaución alguna que los liberales habían fusilado a los señores Hernández, Morales y Aguilar; que habían echado a las Hermanas de la caridad del Hospital de San Juan de Dios; que los caucanos habían saqueado las casas de don Felipe Sandino, don Joaquín Ortiz, don León Vargas y otras; que algunos cadáveres de los soldados conservadores habían durado botados en las inmediaciones de San Diego hasta los cinco días; que había muchos señores presos en las cárceles, y que buscaban a otros, para lo cual le ponían sitio a las manzanas. Al cabo de algunos días pasó un artesano, amigo mío, por la casa de |ñor Lecio, y me dijo que habían sacado a los señores Calvo y Ospina, últimos presidentes de la Confederación, para llevarlos a Boca-chica con otros señores; que estaban reclutando mucha gente; que le habían echado multa a unas señoras que habían asistido al entierro de don Juan Crisóstomo Uribe; que estaban recogiendo empréstitos muy grandes, hasta de seis mil y diez mil pesos a los más ricos, y que rondaban las casas y perseguían a los comprometidos en el partido conservador, para hacer que se sometieran. Yo les confieso a ustedes la verdad: me quedé aterrado al saber todas estas cosas y no quise volver a la ciudad, sino que me disfracé y me puse a hacer carbón para que no me conocieran. Las imágenes de Boca-chica y el Magdalena y el reclutamiento, me hacían temblar. Supe los decretos de tuición y de desamortización de los bienes de manos muertas y extinción de los conventos de monjas y frailes.

Seguían los alistamientos y reclutamientos, y comenzaron a salir huyendo de la ciudad algunas gentes; y entonces fue cuando se formó la guerrilla de Guasca, que pronto fue columna de operaciones y peleó contra varios generales del Gobierno de Colombia, obteniendo en ocasiones considerables ventajas.

-¿Pero qué tiene que ver Bruna con la guerrilla de Guasca? preguntó Eulalia.

-Allá vamos, mi señora. El señor general Mosquera estaba acampado en Facatativá con todo el parque y todo el ejército, y viendo que la columna de Guasca se sostenía con tenacidad, valor y fortuna algunas veces, se puso en campaña él mismo y la estrechó por el lado de Guasca y Guatavita con el ejército de reserva. El coronel Sánchez, que acababa de incorporarse a los Guascas, lo mismo que Obando y Ramón Acosta, hicieron la evolución de asaltar a Bogotá el día 4 de febrero de 1862.

Los Guascas tocaron retreta en la cumbre de Guadalupe con las cornetas y a tambores, y a la mañana siguiente tocaron diana. Toda la ciudad se alborotó con la novedad, y los liberales se encerraron en los cuarteles de Santo Domingo y San Bartolomé con la guarnición de la ciudad.

A las ocho comenzaron a bajar los Guascas con tambor batiente y bandera desplegada, dando vivas y mueras y ocupando toda la ciudad. La mitad se puso a tirotear los cuarteles mientras la otra mitad se paseaba por la población. Se apoderaron del vestuario de la tropa que había en una casa, y de la plata que se encontraba en la Casa de Moneda, lo mismo que de la corona de oro que los peruanos regalaron al general Bolívar. Algunos les echaron de comer a sus caballos, visitaron a sus relacionados, se proveyeron de algunas cosas muy necesarias, y cuando se acercaba el general Mosquera, se fueron retirando cerro arriba, llevando al comandante Obando herido en guando, que se veía blanquear desde la ciudad.

-Señor cabo-sacristán, ¿usted se ha olvidado de Bruna? dijo doña Antonia.

-Voy allá, mi señora, dijo el sacristán, y continuó la relación:

Al siguiente día marchó el general Mosquera por el cerro arriba con mil doscientos hombres del ejército de reserva, por el mismo camino que los Guascas habían llevado. El abra de los raudales del San Francisco se cubrió de una línea de soldados vestidos de amarillo, azul y colorado, que llenó de pavor a todos los carboneros. El padre y el esposo de la niña Bruna estaban cortando palos en el monte, y habían cesado para no ser advertidos por el golpe de la herramienta. Bruna estaba lavando, oculta entre los árboles de la quebrada, cuando sintió un toque de corneta y se iba quedando muerta de la sorpresa. Ella se había casado con Fulgencio y vivía en una casita muy reducida, pero aseada y digna de atención por su misma pobreza. No tenía más alhajas que la cama de varitas de tuno, una barbacoa de asiento, una cajita de pino, que yo le había hecho, dos ollas y cinco piezas de loza vidriada entre platos, tazas y pozuelos. No obstante, mi cuñada estaba contenta con su destino, era dichosa; pero sobre ella caía en aquel momento todo el peso de una desgracia desconocida, la desgracia más grande que le puede sobrevenir a una madre. Se asomó a un cerrito y vio que la tropa había pasado, y que de su rancho, como llamaba ella a su casita, se levantaba una columna de humo, y corrió a ver lo que era, y al asomar al patio se halló con la casa incendiada. Trató de meterse por en medio de las llamas a salvar a su hijita de tres meses que había dejado dormida en la hamaca, pero había caído el techo incendiado y la salita con todo su contenido era una hoguera estupenda. La niña ardía juntamente con la madera de la casa. El alma de aquel ángel subía con el humo a las alturas del cielo, a tiempo que su bello cuerpecito era convertido en un tizón, que la madre inútilmente quería distinguir en medio de los escombros.

-¡Qué horror! exclamaron las mellizas.

-¡Pobre madre! dijo la señora Antonia.

-Bruna dio un grito espantoso y cayó privada, continuó el sacristán. Desde lejos había visto ñor Lecio que las dos chozas habían sido incendiadas luego que el ejército había acabado de pasar, y había conocido a don Alonso Martínez entre los últimos que se habían retirado, y así que vio salir humo de la casa de su hija corrió a la novedad. Bruna estaba tendida en el suelo, y |ñor Lecio la alzó en sus brazos y la puso debajo de un árbol de las inmediaciones, trajo agua y le mojó el pecho y la hizo pasar algunos tragos y tuvo la dicha de verla sentarse y hablar; pero notó que hablaba disparates. No recordaba nada de lo pasado, gritaba, lloraba y se reía; pero ni aún se fijaba en lo que había sucedido.

Llegó Fulgencio, que se había ido a escondes- a los bosques mientras que pasaban las tropas, y se halló únicamente con los horribles escombros de su casa entre los cuales estaban las cenizas de su hija. Lo primero que hizo fue tenderle los brazos a la esposa y ésta lo rechazó con un empujón y le contestó con palabras de ternura, con risa y con frases que no venían al caso. El dolor y la desesperación estaban pintados en el rostro del leñador. Ya no tenía casa, ya no tenía hija, ya no tenía esposa con quien compartir sus penas! ¡Todo el peso de la desgracia había caído sobre su cabeza!

-¡Pobre familia! dijo Rosa.

-Llevaron a Bruna a la casa paterna, no reconoció a la madre ni admitía los cuidados de la familia. Estaba insensata, sin embargo, no parecía furiosa. Fulgencio sacó el fusil de |ñor Lecio, recomendó a su esposa, y desapareció pronunciando un juramento de lo más espantoso contra don Alonso Martínez. Bruna corrió maquinalmente hasta llegar a los escombros de la choza, en donde gritó, lloró y rebuscó las cenizas que |ñor Lecio había removido, y se volvió a la casa dando gritos espantosos que se oían en las pocas vecindades del sitio; duró sin comer ni dormir dos días consecutivos, entrando, saliendo y buscando por todas partes. Entonces fue cuando despedazó la ropa para hacer un muñeco que dice que es su hijita Mercedes, y desde entonces no deja de andar por todas partes. Le han aplicado muchos medicamentos, pero no le ha disminuido la locura. No recuerda más nombres que los de Fulgencio, Mercedes y don Jorge, y aborrece a los soldados como no hay idea.

-Y qué hizo Fulgencio, preguntó don Amílcar.

-Fue a unirse con la columna de los Guascas, por caminos extraviados.

Angelita llamó a las señoras y caballeros a tomar las onces en la salita de la casa de los capellanes. Era un banquete espléndido el que allí estaba preparado; pero no correspondía la tristeza de los caballeros y de las señoras, con la gran festividad de una velación. La memoria de la paramera se hallaba fresca, y muy pocos fueron los que hablaron durante el convite.

En el acto de sonar las dos en la Catedral se emprendió la marcha. Don Jorge le dijo al sacristán, al despedirse, que mandase a su casa por unos medicamentos para su cuñada y la recomendó mucho.

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