CUADRO XII
UNA HIJA Y UNA MADRE
Había en otro tiempo ciertas mujeres virtuosas del pueblo pobre
que servían en las casas grandes de Bogotá, no precisamente por el
salario que ellas no recibían en plata, cuanto por vivir honra das,
como lo decían ellas mismas. Es verdad que ya no existe aquel tipo
original y perfecto, pero hay uno secundario, que en muchas maneras
lo sustituye, sostenido por la buena moral, que no se ha perdido
todavía, entre la gente pobre de Cundinamarca.
Las actuales criadas de Bogotá, entre las cuales hay jóvenes
bien parecidas, viven como las alumnas internas de los colegios, en
una completa clausura del portón para adentro, bajo el dominio
absoluto de la señora de la casa y con una entera sujeción a toda
la familia. A la calle no salen sino los domingos a misa o a los
paseos de la tarde, y las más veces con las señoras. Para los
mandados a la calle hay una señalada; ésta es joven por lo regular
y de grande expedición para los recados y aún para comprar los
efectos de menor cuantía. La buena conducta de estas empleadas
depende de su conciencia y honradez, es una rareza que haya faltas
de qué acusarlas. Hay jóvenes en esta clase de las cuales no se
forma el juicio de lo que merece su abnegación.
Música, juego, baile, licores, conversaciones y galanteos, todo
esto les está prohibido a las criadas de Bogotá, y si acaso hay
infracciones, son escasas, y con toda la cautela de los
contrabandos. Ninguna criada fuma tabaco, ni canta, ni despliega su
genio en risotadas o habladurías. Son un convento las casas de
Bogotá en cuanto al orden del gobierno doméstico. Es muy fácil
suponer que la moral y la religión tengan parte en estas cosas,
pues hasta ahora el pueblo pobre no ha dejado de ser conducido por
los reglamentos provechosos del Evangelio, y en Bogotá la piedad y
la devoción son más comunes que en las ciudades de la Costa y de
las riberas de los grandes canales de comunicación. En Ambalema,
Honda o Mompox, no dejaría de asistir una criada a un baile del
domingo que le conviniese a su voluntad y a su placer por la pena
de ver enojada a su señora. Lo que hay que admirar y lamentar al
mismo tiempo es que esta fracción femenina del pueblo descalzo no
llegue a ganar un puesto decente y cómodo con los ahorros y con los
sacrificios de su dilatada profesión, porque ni aún el casamiento
lo tienen por seguro. No por eso quiero decir que las criadas o
sirvientas que bailan, tocan y pasan las noches más placenteras en
las ciudades de la ribera, sean las que tienen las mejores
seguridades para su colocación social más conveniente, porque ésta
sería una aserción aventurada que yo no me atrevería a sostener
delante de los buenos observadores de nuestras costumbres
nacionales.
En materia de servicio doméstico, la niñera o carguera de niños,
es la empleada que goza de algunos privilegios en cuanto a las
exterioridades de la libertad personal. Esta puede cantar, silbar,
asomarse a la ventana, meterse a todos los cuartos, v puede
perderse por algunas horas en la huerta y coquetear con algún
disimulo, con tal que el niño no llore. Casi se parece el ama de
los niños al gato de la casa, que vive con la libertad del animal
salvaje aún en medio de los cuidados más prominentes.
Angelita, de la que hemos hablado otras veces, era la criada de
órdenes de las señoritas mellizas y no daba que decir en cuanto a
su conducta privada, a pesar de los peligros de sus inclinaciones
naturales y de las sugestiones extrañas, de las promesas y ofertas
de los galanes ricos de la ciudad. No diremos que era insensible a
las emociones dulces y tiernas del corazón humano. Era muy buena
amiga, y particularmente con la
|Paloma, con la cual había
adquirido muy estrechas relaciones, por la compra del carbón y por
la aplanchadura de la ropa de la casa que se hacía una que otra vez
en la calle. Por rareza se pasaba una semana sin que Angelita no
visitase a su amiga dos ocasiones, aunque fuera de prisa; pero una
vez era infalible; y a las veces no era tan corta la visita que no
tuviesen tiempo para comunicarse todas esas noticias que salen de
los salones y de las cocinas de las casas grandes y entran en las
tiendas y en los talleres para formar el entero conocimiento de la
crónica general.
Llegó un día hasta la puerta de la tienda de la
|Paloma
la mencionada Angelita, y hallándola entreabierta, vaciló si
entraba: tosió dos veces y puso el oído y el silencio continuaba.
Pensó volverse, pero llevaba dos camisones para aplanchar, asunto
que tenía algunos visos de urgente, y esto la decidió al fin a
tocar.
-¿Quién es? preguntaron con voz lánguida.
-Yo, Angelita. ¿Se puede entrar?
-Por supuesto que sí. Entre Angelita, que la he deseado por
momentos.
Angelita fue a dar a la cama, siguiendo la voz de su amiga, y la
halló postrada y sin aliento.
-¿Qué es lo que usted tiene? le preguntó la criada llena de
sobresalto.
-Mala, ¿no me ve?
-¿Pero qué es lo que siente?
-Mucho dolor en la espalda, y anoche estuve arrojando
sangre.
-¿Y cuánto hace que está así?
-Tres días hace que estoy en cama, pero de ayer para acá estoy
rematada.
-¿Se ha hecho algún remedio?
-Acabé con un jarabe que me habían recetado antes. Hoy no he
tomado ni remedios ni alimentos, porque nadie se ha aparecido.
Y como yo no he podido salir ni aún a la puerta de la
calle...
-¿Pero no tiene alguna persona que se interese por usted?
-¡Pero quién, Angelita! Las personas que se le acercan a una
estando dichosa, son las primeras que huyen cuando se halla en
desgracia.
-¿Y las amigas?
-¿Cuáles, Angelita? Usted lo sabe, que fuera de usted y de
Bruna, yo no tengo fe en esto que llaman amistad. Las vecinas no
saben cómo viven o mueren las otras vecinas. Hay veces que aquí, en
Bogotá, no se sabe si viven o mueren las gentes de la vecindad. ¡Y
ahora nosotras!...
-Pero ha debido usted mandarme llamar. ¿No soy su amiga?
-No he tenido con quién.
-¡Pobre Carlota! ¿Y si yo no hubiera venido?
-Me hubieran encontrado muerta y con la puerta trancada, porque
iba a gastar mis últimas fuerzas en llegar hasta la puerta
sosteniéndome de las paredes para trancar y morirme encerrada.
-¿Qué es lo que usted dice, Carlota de mi alma? ¿Morir sin los
auxilios espirituales ni temporales? ¿Qué es lo que usted está
pensando?
-Pienso que no tengo remedio.
-¿Y los auxilios espirituales?
-¿Cuáles Angelita? ¿No sabe usted cómo pienso?
-¡Déjese de eso, Carlota! Que cuando llega la muerte no hay
chanzas. Ahora es tiempo de pensar en la eternidad, y usted lo que
debe hacer es confesarse para recibir los sacramentos y morir en
brazos de la religión.
-¿Confesarme? Angelita.
-¿Y por qué no? Yo me confieso cada nada; ¿y qué se me
quita?
-¿Pero yo?
-Usted, que está redimida con la sangre de Jesucristo como yo y
como todos los verdaderos cristianos que no han abjurado su
religión.
-Eso está trabajoso, dijo Carlota.
-Ya verá que no. Le voy a mandar al padre Anselmo, que es el que
nos confiesa a todas las de casa: es un sacerdote muy virtuoso y de
buenos conocimientos.
-¿Pero confesarme yo? Angelita.
-Pues vea, se lo mando y conversa con él; es de un trato muy
agradable, y nada se pierde con que le haga una visita. Lo que le
suplico es que no lo trate mal. Y voy a buscar el médico, porque no
se deben omitir los auxilios para conservar la vida hasta donde nos
sea posible.
-Haga lo que le parezca, Angelita; pero no deje de volver porque
yo creo que dentro de dos o tres horas me muero, y no es malo que
usted me deje lista para que carguen conmigo los peones de la
policía, que me habrán de conducir al cementerio de los pobres.
-Pero le mando al padre.
-Le recibiré como una visita cualquiera. Llévese estas finquitas
de oro para que las guarde en su poder; y venda unos zarcillos para
lo que se ofrezca.
-Bueno, y le voy a mandar una mujer para que la asista.
-Óigame, Angelita, dijo Carlota llorando. Yo no tengo madre,
hermanos, pariente ni acreedores. Después de pagar los gastos que
se hagan, es mi voluntad que usted sea dueña de lo que poseo, y
tome este anillo para que se lo regale a Bruna a mi nombre; tome
usted este otro y téngalo desde ahora por suyo. Me siento muy mala,
Angelita. La pulmonía me lleva a la tumba a pasos acelerados... Por
mí no habrá más lágrimas que las de usted, y esto me causa
tristeza, aunque no es sino una vanidad pueril. ¿Qué me suplo yo
con que me lloren doscientas personas, después que ya no exista?
¿Qué pierdo con que no vayan acompañando mi cadáver hasta el
cementerio tantos individuos como los que van acompañando los
cadáveres de los ricos? ¿No ve usted cómo hasta después de la
muerte tienen vanidad los hombres?
-Pero lo primero es la salvación del alma, mi querida
Carlota.
-¿Qué se suplen con retardar unos años el olvido, que es una ley
tan poderosa, con inscripciones, con pirámides, tumbas y letreros
grabados en la piedra? ¿Qué se suplen con guardar el polvo de los
cadáveres en urnas, sepulcros y vanidades suntuosas, para que no se
vaya a volver a juntar con la madre tierra, si dentro de un siglo,
de dos o de veinte las bóvedas y las tumbas estarán ya refundidas
en la masa general del polvo de lo que llaman mundo? Mejor y más
aprisa va a cumplir con el destino de la naturaleza el polvo de mi
cuerpo, juntándose con la tierra del llano que está junto del
cementerio de los ricos. Y declaro por esta misma razón que no me
haga usted enterrar en bóveda. Los agiotistas civiles especulan con
los huesos de la gente después de haber especulado en la vida con
los impuestos de todo género, poniéndolos a disecar por diez años,
cobrando la cuota según la altura. Esto mismo les criticaban antes
a los señores curas, y luego los hacen sacar, con sumo riesgo de
las profanaciones indiscretas de los humanos. ¿No ve usted?...
Después de tantos esfuerzos el polvo de nuestros cuerpos se tiene
que juntar con el polvo del mundo, lo que remedio no tiene. Ni
tampoco me ponga usted mortaja. Me parece que uno de mis trajes
comunes es el que mejor me conviene. Le dejo mis periquitos para
que los lleve a la casa: son mis únicas relaciones de familia. Yo
los acabé de criar y ellos me han querido. Hay dos que pronuncian
mi nombre. ¡Pobrecitos!...
-¿Y no le tiene usted miedo a la muerte?
-Pienso del largo sueño de una manera distinta de lo que pensaba
cuando estaba alentada. Ya usted ve en la casa de los ricos el
grande alboroto que se hace por el largo sueño. Ya ve usted cómo se
recuesta un mendigo lleno de dolencias a quedarse dormido para
siempre. Sin embargo, me parece que yo soy una de las criaturas que
le deben tener menos miedo a la almohada de la muerte. Mi edad
pudiera ser un aliciente para la vida; ¿pero qué es para mí la
vida, cuando tengo que sostenerla con la infamia?
-¿Y no teme usted por el paradero de su alma?
-¿De mi alma?... Eso es otra cosa muy diferente.
Carlota se quedó callada y Angelita salió llorando a buscar una
enfermera, y de paso vendió unos zarcillos en una joyería y le
habló a un médico para que fuera a ver a Carlota, y al padre le
mandó razón con una amiga que la encontró como a pedir de boca. En
la casa se disculpó de su tardanza por haber tenido que buscar
médico y confesor a una pobre mujer que no tenía doliente ninguno.
Doña Antonia aprobó el acomedimiento, porque era muy caritativa
aquella señora.
La enfermera llegó a las tres de la tarde a la tienda de la
|Paloma y el padre Anselmo a las tres y media. Le había
pasado un acceso de vómito de sangre a la enferma y se hallaba
sumamente triste, aunque no sufría dolores muy grandes. Esta le
había ofrecido a su amiga Angelita que recibiría sin enojo la vista
del padre, y en efecto usó con él de buenas maneras. El padre sabía
medicina, y comenzó por hablarle a Carlota acerca de su enfermedad,
y mandó de pronto a la enfermera que trajera un jarabe de la botica
más inmediata, la que no distaba más de tres cuadras.
De los males del cuerpo pasó el reverendo Padre a hablarle a
Carlota de los males morales y le hizo notar los peligros del alma
al tocar en el fin de la vida.
-Me parece que se exagera, dijo Carlota con amabilidad. Yo creo
que a mí no me tratará Dios con tanto rigor después de haberme
criado gratuitamente; y luego como la Providencia Divina no me ha
conducido a mí de la mano como a Santa Teresa de Jesús, y como la
gracia no me ha iluminado como a Santa Rosa de Lima...
-Dios le ha dado a usted el libre albedrío, porque sin él no
habría mérito alguno para ejercer las virtudes, y le dio al mismo
tiempo las potencias del alma, la guía de la conciencia y de los
sentimientos corporales, y la luz de la razón para distinguir el
bien del mal. Dios la iluminó a usted con los preceptos y consejos
del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, en los cuales está
fundada la grande obra de nuestra redención; y si usted se ha
desviado le ofrece la reconciliación por medio del sacramento de la
penitencia, que le dará el perdón de las faltas en que haya podido
incurrir, así es que confesándose usted conmigo...
-¿Con usted? dijo Carlota con alguna ironía; ¿y para qué quiere
saber usted las curiosidades que están ocultas en mi pecho?
-Para perdonarlas en nombre de Dios.
-Pero si yo misma he de presentarme delante de Dios de aquí a
mañana.
-La confesión es un sacramento de la Iglesia, por medio del cual
se purifica el alma de todas sus manchas; ¿y cuándo es más digna de
pureza el alma que para presentarse delante de su Criador? La
confesión ha sido en todos tiempos productora de acontecimientos
favorables en el orden civil. Ella ha salvado familias enteras de
la ruina fraguada por la venganza y por la iniquidad de las malas
pasiones. Y a la confesión se deben revelaciones interesantes al
bienestar de las familias; y como hasta ahora no hay ni un sólo
ejemplo de que se haya revelado el sigilo de la confesión, a él se
han confiado secretos muy importantes, que se le han encargado al
sacerdote en el borde mismo del sepulcro.
-Con todo eso yo no estoy por contarle a usted todas mis
debilidades, padre Anselmo. Puede ser que de aquí a mañana me haya
animado, y entonces le mandaré razón con la mujer que me asiste;
por ahora me siento un poco fatigada.
La enfermera se fue a buscar el médico y el padre se quedó
callado observando los síntomas físicos y morales que presentaba la
enferma. Esta se quejaba de sus dolencias, pero no parecía estar
disgustada con la visita. Por el contrario, le suplicó al padre que
la acompañase hasta que volviese la enfermera, y en unos pocos
instante de quietud y de silencio reparó en las pinturas que
adornaban el pequeño cuarto y en los libros que había encima de la
mesa, todo lo cual se conformaba muy bien con las opiniones
religiosas de la obstinada Carlota. También se fijó en un relicario
que colgaba en la barandilla de la cama de la enferma, y no pudo
contener un acto de sorpresa, que la misma enferma hubo de notar.
Al fin, animada Carlota, después de tomar la bebida que el padre le
alcanzó, le dijo a éste:
-Padre, ¿no será bien recibida mi alma con el pasaporte de
cualquier religión delante del tribunal de Dios?
-¿Tiene usted por acaso alguna religión? ¿Es usted mahometana o
protestante?
-No tengo ninguna, padre, es la pura verdad.
-Y en caso de escoger una, para no pasar el terrible abismo del
sepulcro sin ese amparo, ¿cuál escogería usted?
Carlota no contestó, se quejó de sus dolencias y se puso las
manos sobre los ojos. El padre estuvo callado por algunos
instantes, pero a pesar de la paz y tranquilidad de su alma parecía
que estaba agitado por alguna emoción muy grande de sus afectos
morales y de sus sensaciones físicas. Había puesto los ojos sobre
el relicario y parecía que temblaba.
Al fin, viendo el prudente padre que Carlota se prestaba a oír
sus palabras, le dijo:
-A mí no me queda duda que usted escogería la religión católica,
apostólica, romana, que tantos bienes ha hecho en la obra de la
civilización humana, y cuya verdad y autoridad están compro badas
por la historia y por los profetas y sostenida por los mártires y
muchas veces por el dicho de los mismos que la persiguieron.
-Pero de ser católica yo no soy romanista, mi padre.
-Eso no puede ser, porque la Iglesia es la congregación de todos
los fieles cristianos, cuya cabeza es el Papa. Esta es la esencia
de la religión católica; tener una cabeza en la cual se conserve la
unidad del dogma. La silla de los papas es la piedra fundamental de
la Iglesia católica, y sin la obediencia a la autoridad pontificia
no hay catolicismo; así como es la esencia del protestantismo la
desobediencia de la autoridad de los sucesores de San Pedro. Y muy
sabia es la ley de nuestro dogma que nos prescribe la obediencia a
la cabeza central del cristianismo, porque de este modo vivimos
nosotros en la más absoluta unidad de doctrina, mientras que las
iglesias protestantes difieren entre sí, supuesto que todas gozan
del libre examen de las Sagradas Escrituras. En fin, usted tiene
que resignarse a ser romanista, si quiere ser católica.
-¡Pero confesarme! Padre Anselmo.
-¿Y por qué no? para morir en los brazos de la verdadera
religión, de la religión de su país, de la religión que profesa hoy
mismo la madre que le dio la existencia.
-¿A quién? padre Anselmo.
-A usted.
-¡No, padre! porque mi madre murió al darme a luz.
-Tal vez no.
-¿Cómo es eso? preguntó Carlota sentándose en la cama, como si
se hubiese levantado impelida por un resorte. ¿Qué quiere decir eso
de tal vez no? Hable usted, padre Anselmo, si no me quiere ver
morir en el instante. ¿Sabe usted que existe mi madre en este
mundo?
-Acabo de tener una sospecha.
-Pues hable usted, si es que ha tenido alguna revelación del
cielo.
-Veo una prueba que apenas es un indicio.
-¿Qué cosa? padre.
-Ese relicario, que usted tendrá la bondad de decirme si ha sido
de usted siempre.
-Siempre, padre Anselmo. Lo uso desde que me conocí en casa de
las señoras Ireguis.
-¿Tiene dentro un papelito con un letrero?
-Exacto.
-Entonces existe la madre de usted.
-¿De veras padre?
-Puede usted estar segura de ello, como de su propia
existencia.
-¿Y cómo y por qué me dijeron que había muerto?
-Lo mismo le dijeron a ella de usted; y este es el motivo para
no conocerse. Lo mismo me dijeron a mí, y es por esto que yo no la
conocía a usted.
-¿Qué es esto padre? Hable usted pronto y hágame conocer a mi
madre antes de que yo me muera. Este nombre de madre ha resonado en
mi corazón de una manera prodigiosa, y si usted no me descubre este
misterio me hace morir llena de angustias. ¿Qué hago para conocer a
mi madre?
-Tranquilícese usted, dijo el padre Anselmo, porque esta
declaración no puede hacerse de improviso.
-¿Pero no ve usted que ya llega la muerte? ¿Cómo esperar cuando
se ha oído el dulce nombre de madre? ¡No, padre! Esto no es
posible, yo le ruego a usted por el Dios que adora que me saque de
esta angustia, si no me quiere ver morir a sus pies.
Carlota se hincó de rodillas al decir estas palabras, y en las
lágrimas, y en la actitud que guardaba, y en toda su fisonomía
dejaba conocer la emoción suprema que la agitaba.
-Óigame usted, le dijo el padre: llame usted en su favor toda la
fortaleza de su alma; aquiétese por un momento, y siéntese de nuevo
en su cama para que me oiga.
-No hay para mí quietud ni sosiego, hasta que usted no me diga
cuál es mi madre.
-Siéntese usted, repitió el padre Anselmo. Este secreto lo he
sabido yo por medio de la confesión, y sólo por medio de la
confesión...
-Yo me confieso, padre; pero usted me dirá que se necesita de
medio día para el examen y demás preparativos.
-El primer requisito es el arrepentimiento; y ese puede ser en
menos de un minuto. Arrepentimiento y propósito firme de no volver
más a pecar.
-De lo último estoy segura, padre; porque yo siento que la
muerte ya se me acerca.
-¿Y de lo primero? ¿No se arrepiente usted de haber ofendido a
un Dios tan perfecto, tan sabio, y por otra parte tan bondadoso,
que le acaba de conceder la esperanza de conocer a su madre?
-¡Oh! ¡mi madre, mi madre! dijo Carlota; y se quedó sumida en
una profunda meditación.
El padre se había quedado mirando a la enferma con atención y le
hizo estas preguntas:
-¿Se arrepiente usted de haber ofendido a Dios?
-Sí, padre, dijo la enferma con emoción.
-¿Quiere usted volver al gremio de la Iglesia católica,
apostólica, romana?
-Sí, padre.
-¿Cuánto hace que usted no se confiesa?
-Seis años, me parece.
-¿Y cumplió usted la penitencia?
-No estoy segura.
-Diga la oración de la confesión.
-No la recuerdo.
-Diga: Yo pecadora me confieso, a Dios Todopoderoso... Carlota
recitó la oración ayudada por el padre, y se cubrió la frente con
ambas manos.
-Diga sus pecados, la ordenó el padre bajando los ojos al suelo
y cubriéndose la cara con su pañuelo.
-Imposible acordarme de todos, sin haber hecho un examen
minucioso.
-No es necesario, dijo el Padre. Yo le iré haciendo, un ligero
recuerdo por los mandamientos de la ley de Dios y los cinco de la
Iglesia, y usted irá diciendo lo que se le ocurra, y comenzaremos
por el primero: amar a Dios.
-Es claro que no lo he amado, dijo Carlota, puesto que le he
ofendido.
-El segundo: no jurar su santo nombre en vano.
-No he tenido para qué jurar, sino cuando más de chanza. ¡Ah!
¡sí! Ofrecí amar a un joven virtuoso y no lo cumplí.
-El tercero: santificar las fiestas.
-Yo no volví a entrar a la iglesia, ni a rezar desde que me hice
antirromanista.
-El cuarto: honrar a padre y madre.
-He sido muy pecadora, es la verdad, pero no sabía que tuviese
padres a quienes deshonrar con mis grandísimas culpas... ¿Pero
quién es mi madre?
-Es la señora... y el padre Anselmo pronunció al oído de Carlota
un nombre que tal vez le era conocido.
-¿De veras?
-No le quede a usted la menor duda.
-¿Y mi padre?
-No lo conozco.
-¿Y veré a mi madre antes de que mi enfermedad se agrave?
-Seguro.
-¿Cuándo veré a mi madre?
-Hoy me parece, yo haré todo lo posible.
-Ahora deseo no morirme para disfrutar de la vista de mi madre.
¡Dios mío! concededme la vida para estar junto de mi madre.
Siguió la confesión por el orden que había comenzado; y después
de haber hecho algunas indagaciones el padre en la conciencia de la
enferma, le ordenó que hiciese el acto de contrición y la
absolvió.
Carlota se quedó tranquila por algunos momentos y luego comenzó
a delirar, porque la fiebre se aumentaba por grados.
-Hoy he nacido para un nuevo mundo, decía Carlota...
¡Desgraciada madre! Le dijeron que yo había muerto... Ella no tuvo
la culpa... Pobre madre... Ella va a encontrar a una hija que la ha
de llenar de vergüenza cuando sepa que yo he sido una mujer
pública... ¡Dios mío! que no lo sepa jamás... ¡Oh madre mía!
Perdonadme que Dios me tiene ya perdonada!... ¡Abrazadme, madre
mía! abrazadme...
Se calló Carlota, y parecía que estaba dormida, y así duró hasta
las cinco de la tarde.
La enfermera le avisó a Angelita, en casa de las señoras, que el
padre Anselmo iba a llevarle la comunión a Carlota al día
siguiente; y compró sagú y algunos otros objetos de que había suma
necesidad.
El médico fue a la seis y cuarto, y luego que la recetó se le
hicieron las aplicaciones. De las nueve para adelante siguió la
enferma con algún alivio.
El padre Anselmo no había estado ocioso, porque se propuso dar
el aviso a la madre de Carlota del hallazgo de la hija; y para esto
tuvo que dar muchísimos pasos, con suma precaución y prudencia,
sobre todo. Sabía desde la noche del nacimiento de la niña, que una
hermana de la señora era la única de la familia que había
intervenido en los desagradables asuntos, y la buscó para hablar a
la señora por su conducto. Es de figurarse cuál sería el tino que
se necesitaba para comunicar la noticia. Le hizo que el padre
estuviese presente y que la escena pasase en una casa desocupada.
La señora se enfermó en el momento, y se iba volviendo loca de
gusto al saber que existía su hija, por quien había llorado y
suspirado por el espacio de diez y ocho años. La hermana y el padre
arreglaron las cosas de manera que esa misma noche se conocieron la
hija y la madre.
Un poco antes de las diez entró el padre Anselmo a la tienda de
Carlota, en clase de auxiliador, y la preparó el ánimo para la
entrada de la madre.
Dijo la enferma que estaba un poquito mejor y tomó una tacita de
caldo. A las diez se abrió la puerta y se sintieron pasos
cautelosos en la primera pieza y se acercó al lecho de Carlota una
persona diciendo:
-¿Dónde está la enferma?
-Aquí, dijo Carlota, aquí está la hija desconocida.
-¡Hija de mis entrañas! exclamó la señora arrojándose sobre la
cama de Carlota.
-¡Madre! aquí tiene usted a su hija.
-Yo la he llorado diez y ocho años.
-Y yo he llorado a mi madre desde que tengo uso de razón.
-No fue mía la culpa. El padre Anselmo sabe toda la historia. Yo
estuve a riesgo de muerte al dar a luz el fruto de un amor
desgraciado, y hubo en la familia la determinación de ocultarlo
para poner a salvo el honor mío y de la misma familia. A los cuatro
días que me repuse de una fiebre continua, me dijeron que había
muerto mi hija, y me iba volviendo loca de la pena. Después he
vivido en una profunda tristeza, sin tener un objeto querido a
quién prodigar mis caricias y mis cuidados.
-Y yo llorando la falta de una madre que me consolase, dijo
Carlota. Yo, extraviada, perdida y llena de afrenta, y sin
pronunciar el dulce nombre de mi madre hasta hoy que toco
infaliblemente al borde la sepultura. Pero muero siquiera con el
consuelo de estrechar entre mis brazos a mi madre.
-No morirá porque mis cuidados la harán reponer. ¿Con que usted
es hija mía, mi querida Carlota?... ¡Ah! Yo la había visto varias
ocasiones en la puerta de su tienda; pero la idea de que había
perecido no me dejaba atender los anuncios fieles de mi corazón.
¿Con que acabo de recuperar a mi hija en este momento? Esta es la
mayor dicha que el cielo me puede conceder.
-Pero su hija está proscrita de la sociedad, dijo Carlota
cubriéndose el rostro con el pañuelo y derramando lágrimas sin
fin.
-Usted no tiene la culpa, hija mía. El honor de la familia ha
sido la causa. ¡Pobre hija mía! Si se hubiera criado en mi regazo
su suerte sería diversa, dijo la señora abrazando de nuevo a
Carlota.
Un silencio profundo se siguió a la efusión de tantos
sentimientos, y el padre Anselmo pensó que no era conveniente
continuase esta escena a causa de la debilidad de Carlota, y separó
a la madre de la hija.
Cualquiera se figura lo imponente que seria aquel espectáculo;
lo interesante por las emociones de la madre y de la hija; lo
amargo de las reflexiones sobre un destino tan adverso; lo
majestuoso y grave de la voz de la naturaleza en la plenitud de su
libertad, y lo serio de los contrastes que aquí se tocaban, como
eran la decencia de la señora y la pobreza de la tienda.
Después de esto, Carlota fue acometida por un paroxismo con
todos los indicios de la muerte. Se buscó una insignia del Salvador
y no hubo ni siquiera una cruz. La madre de Carlota se quitó su
rosario y se lo puso.
La hermosa Carlota había perdido todos sus colores, y aquel
rostro señoril, en el cual habían brillado en otro tiempo todos los
encantos de la belleza, sufría la palidez de la muerte con todos
sus horrores, al mismo tiempo que recibía los ósculos de una madre
que acababa de encontrar a su hija, únicamente para llorar sobre su
tumba. La enferma estaba ausente, y la madre de rodillas,
recostando ligeramente la barba sobre el pecho de su hija,
observaba todos sus movimientos. Eran las doce de la noche.
Cuando volvió en sí Carlota de su accidente, la madre se retiró
y el resto de la noche fue de sumo cuidado.
Por la mañana se presentó Angelita con el médico, y la fiel
amiga se dedicó a los preparativos para la comunión. Había sacado
licencia de doña Antonia para estar en la calle hasta las doce.
Formó un altar sobre la mesa, poniendo un crucifijo y dos cuadros
de San José y la Virgen; puso cuatro candeleros con ceras y varios
ramilletes de flores. No regó flores en la puerta de la calle
porque la administración era en secreto, a causa de que el padre
Anselmo no se había sometido a los decretos que había dado el
general Mosquera contra los ministros del culto católico, y el
padre era el que había de llevar el Sacramento de la
Eucaristía.
Carlota se había aliviado con una sangría que el doctor le
aplicó, y la asistencia que varió ventajosamente para ella.
A las once entró el padre Anselmo. Angelita y la enfermera, que
estaban listas, acompañaron con ceras la administración, poniéndose
de rodillas junto de la cama.
Angelita acompañó a su amiga hasta las doce.
A la noche volvió la madre de Carlota a las mismas horas y con
las mismas precauciones.
El médico a los tres días declaró que no había peligro, y lo
mismo dijo el padre Anselmo, que entendía algo de medicina, como lo
hemos indicado.
A pocos días estuvo levantada Carlota, y su tienda fue
trasformada en tienda de pulpería; con la sola adición del
mostrador y los estantes del caso; y se dijo por la calle que una
señora había hecho compañía con ella. Una señora pobre la
acompañaba, y su traje pasó de nuevo al de saya, como era antes de
salir de la casa de las señoras Ireguis, y vovió a la vida
honrada.
Sirva este cuadro histórico de ejemplo a los que quieren quitar
a la mujer los sentimientos religiosos para conducirla a la
prostitución.
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