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CUADRO XI
EL CASAMIENTO DE BRUNA

Frente de la tienda de Carlota paró un caballo rosado con su carga de carbón, y asomándose ella por debajo de la colgadura de su lujosa cama, alcanzó a ver a Bruna risueña y colorada aunque ligeramente sombreada, pasando por debajo de las horcas caudinas de las camisolas y enaguas almidonadas, que de una cabuya, sostenida por una horqueta, tremolaban sobre los pasajeros de la calle.

-¡China! ¿Qué milagro? le dijo.

-Por venirla a ver.

-No la traen otros cuidados... el carbón; don Jorge quizá... ¡entre Bruna!

Cuando hubo descargado y arrimado sus aparejos se sentó en una estera y le preguntó a la aplanchadora:

-¿Ha sabido de don Jorge?

-¿Y no sabe que se casaron las dos mellizas?

-¿Con...?

-¿No sabe?

-No.

-Pues con su amo Jorge, el geólogo.

Carlota no había reparado en los efectos que estaba causando su noticia, porque la paramera se había agachado bajo su gran sombrero; pero al mirarla detenidamente le vio las lágrimas que ella trataba de disimular.

-¿Y ahora? Bruna... ¿los platónicos?

-¡Qué platónicos ni qué nada!

-¿Y luego?

-¡Yo no sé!

-Hace bien, china de ser sensible. El corazón de la mujer no es perfecto si no brota lágrimas; y a mí no me gustan mujeres imperfectas, ¿me lo cree? Usted quería a don Jorge, y me lo había negado... Usted lo quiere; porque uno no llora por el que le es indiferente. Tiene razón, Bruna. Feliz la mujer que posea el corazón de don Jorge. ¡Tan buen mozo! ¡tan liberal! ¡tan humano! y lo bien que se portó con usted cuando el asunto del doctor | . Pero eso ya pasó, y a lo hecho pecho, como dice el dicho... llore Bruna, que usted tiene razón: eso mismo haría yo si hubiera tenido la dicha de tratarlo; ¡pero nada! él me ha mirado poco más o menos; sólo el día que nos convenimos para libertarla a usted de las uñas del viejo |Cucañas, tuve la gran dicha de conversar con él sentada en el canapé del corredor. ¡Magnífico cachaco!... y ¿él le tuvo amor a usted?... ¡cuénteme!

-De uno que él llamaba platónico, o no sé cómo, pero yo he sido la simple de cogerle tanta voluntad a un hombre rico, que tiene quien lo quisiera... ¿Qué estaría yo pensando, niña Carlota?... sin acordarme de lo que soy... una triste carbonera.

-¡Pero, Bruna! si así son las cosas del amor, que no repara en pobreza, ni en riqueza, ni en imposibles. Se deja uno llevar de lo presente sin pensar en lo que ha de venir a parar, como el niño a quien alucina el primer juguete que ve, aunque sea ajeno, aunque sea caro, aunque sea para verlo romperse entre sus manos. ¡Cuándo yo pensaba en las desdichas a que |Cucañas me redujo! ¡ Pero ay! que eso ya pasó ¿y para qué es recordar desdichas?... Con que, Bruna, llore bastante y después olvide usted a don Jorge y no se eche a la muerte por eso.

-Olvidarlo... quién sabe, niña Carlota... Pero yo sí sé lo que he de hacer.

-Se me pone que usted va a hacer un disparate.

-Se me había ocurrido entrar a servir a la casa: pero vuelvo y recapacito que qué me suplo: ¡yo no lo quiero por mal!... ¡y pobre, ya ve!... Es mejor lo que usted dice. ¡Ay! ¡lo que me han costado los fósiles!

-Pues mire, Bruna, ya usted lloró; ya se desahogó su corazón: ahora fórmese una resolución firme.

-Pues me caso, ¡y a ver!

-No me gusta su novio, china; pero en ocasiones el casamiento es el remedio para estas desgracias.

-El lo que tiene es celoso, pero no volviendo don Jorge a buscar sus fósiles al páramo, se le quitará la | , y si no aguantar callada, ¡pues yo lo más que lo hago es de ver que don Jorge se casó! Lo que me va a pasar yo lo sé: y es que |Lugencio no me deja volver a Bogotá; ni aunque me dejara mis pies no vuelven a pisar estos empedrados sino quizás hasta el día del juicio, porque a don Jorge no quiero volver a verlo... yo voy a ser muy desgraciada, ya usted lo oirá decir.

Bruna se volvió ese día tristísima para su estancia.

Fulgencio había estado apurando por el casamiento, y así que Bruna le avisó su resolución, se procedió a los arreglos.

En el casamiento de don Jorge no hubo ruido. Fue el brillo de un trozo de esas nubes que en los Andes, después de una tempestad, se ven blanquear sobre las horrendas sierras que han quedado batidas por las lluvias y los torrentes.

En la casa, con las licencias necesarias se casaron, las mellizas según los ritos católicos, a los pocos días del paseo al Salto. Don Jorge siguió viviendo en la casa de doña Antonia, en donde abrió su despacho de medicina. Angelita siguió sirviéndoles, porque les había cogido cariño a las señoras, despreciando propuestas de zapatos, de casa y de acomodos, por vivir en una casa honrada como ella decía.

|Ña Bena no se anduvo por las ramas sino que se vino a Bogotá con Bruna a hacer el mercado y prestar la ropa para el casamiento. Carlota tuvo al fin la condescendencia de ser su madrina amonestándoles que no por eso fuesen a hacer gastos demasiados. Así es que la ropa se la buscó ella, y prestó un galápago para ir al páramo el día de la función.

Los caballos los prestó don Cecilio, el cazador, con quien tenía trato |ñor Lecio para la madera de un potrerito que estaba cercando junto de Chapinero.

El casamiento fue en las Nieves, y los novios fueron a montar a la salida de la ciudad en una pequeña casa donde fue el almuerzo. La estancia de |ñor Lecio presentaba un aspecto risueño y pintoresco; en la puerta de talanqueras había un arco de laurel y flores de injerta. Otro de la misma clase formaba la portada del corredor y el altar brillaba de flores y de otros adornos.

Luego que los novios asomaron, la música y los voladores estallaron como en una fiesta nacional, y toda la concurrencia que en la casa hormigueaba, se salió a mirarlos.

Venía adelante el padrino, que era un artesano amigo de la familia, en seguida Fulgencio con ruana listada muy buena, prestada por su padrino como las prendas de su vestuario, con sombrero |murrapo con ancha cinta, y corbata muy molesta para su pescuezo. Le seguía el padrino y luego la novia de traje largo, de sombrero de fieltro con velillo verde, de muy buen zapato, y cobijada con un pañolón muy hermoso y flamante. Bruna había dado honor por su hermosura ese día, no sólo a las breñas y peñascos del Boquerón, por donde viajaba siempre, a esas breñas que la vieron en faldellín, sino aún a las calles de Bogotá, entre tantas bellezas como las cruzan. Estaba linda la paramera: rosada, garbosa, animada en su expresiva y risueña fisonomía, y vestida según el estilo de la ciudad.

En la puerta de talanqueras no más se desmontó, y mientras Fulgencio y el padrino disponían de las bestias se fue Bruna con su madrina en dirección a la cocina a buscar a su querida madre, que se afanaba en los preparativos de la boda. De paso, al voltear de la esquina de la casita, junto de un alcaparro frondoso y cargado de flores, le salió al encuentro |Fríjol, que firme en sus conatos esperaba también en un porvenir dichoso por lo que pasaba por sus ojos y su exquisito olfato, aun cuando había sido expulsado ignominiosamente por dos ocasiones del lugar de la escena. Sus caricias para con su señora parecía que en esta vez se excedían, aunque es la verdad que ella soportaba con paciente agrado el que le ensuciase sus medias y sus zapatos. Se había agachado Bruna en el polvo a corresponder los cariños del compañero de sus viajes, del testigo de sus lances críticos, de su libertador en una vez, y poniéndole la mano sobre la frente, después de haberlo sobado por encima, fijándole mucho sus expresivos ojos, le dijo con una exquisita ternura que hizo asomar las lágrimas a los ojos de la madrina.

¡Ya no hay amo Jorge!

En seguida plegó sus dos manos y le dijo bendito a su querida madre; ésta le echó los brazos y Bruna se quedó anegada en lágrimas, formando un tierno contraste la mezcla de lágrimas y de alegría en un solo minuto; pero es menester considerar que este día iba a cortar el hilo de la vida doméstica de 17 años para Bruna, que iba a renunciar las ternuras de su madre por la obligación de dispensarlas ella, que el hogar, que los sitios de sus juegos infantiles iban a desaparecer, que sus oficios y su libertad iban a cambiar.

Cuando volvió Bruna a la puerta de la salita, iba ya consolada y perfectamente resignada. Los consejos de su madrina la sirvieron de mucho consuelo, y aun de segura norma para lo sucesivo.

Se siguió el refresco, que constaba de dos botellas de mistela, una de vino seco, tres de horchata, algunas de anisado, y bizcochuelos y bizcochitos de filigrana.

En seguida bailó Fulgencio con Bruna y el padrino con Carlota, siguiéndose otras parejas, que aun cuando no fuesen novias, algunas había que esperaban serlo y se gozaban en esta galantería que representa el amor, y otras que no podían serlo, se contentaban con la pantomima sin las esperanzas.

Por la noche no cabía la casita de gentes. Los parientes de Bruna, y los de Fulgencio, los compadres, los vecinos, los relacionados; todos a una contribuían gustosos con el contingente de sus pies, de sus gracejos, de su apetito para la celebración de las bodas de Bruna. Los bailadores amanecieron; pero los novios no los acompañaron por seguir una ceremonia antigua: la de ser conducidos por sus padrinos al lecho conyugal con un respeto y una seriedad dignas de un sacramento.

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